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J. Edgar,
con Leonardo diCaprio, es una buena película de Clint Eastwood sobre J.
Edgar Hoover, el fundador y director del FBI durante muchas
administraciones. La ambientación es sobresaliente (a pesar de las
consabidas listas de anacronismos que pueden encontrarse en IMDb), y la
interpretación también. Algún problema con el envejecimiento a base de
máscaras de goma, aunque no tanto en el caso de diCaprio, que está
realmente acertado, así como su secretaria Naomi Watts. Hace tiempo que
no se veía una perspectiva tan favorable sobre el aborrecido Edgar
Hoover, creador del espionaje masivo a sospechosos y a aliados y a sus
amantes y a cualquier persona que pudiese ser candidata a tener
influencia. Muere Edgar Hoover al llegar Nixon a la adminsitración, y
como se sabe Nixon continuaría con sus prácticas hasta que se le expuso
y perdió el cargo en el caso Watergate; a pesar de que sus métodos
coincidían, se llevaban a matar, con la desconfianza y paranoia
debidas. Muy a punto viene, por cierto, esta cuestión de exponer a los
escuchadores, ahora que estamos a vueltas con el (ex-)juez Garzón
protegiéndonos del crimen a base de escuchas ilegales; quizá este
paralelismo indebido con J. Edgar Hoover les dé a su club de fans algo
de food for thought,
aunque
no creo, porque normalmente también son fans del régimen castrista, y
allí las tácticas de Hoover, o de los comunistas rusos, que hacían lo
mismo, están en plena vigencia. Como se ve es un personaje paradójico,
que por oponerse al peligro soviético amenazaba con instaurar una
dictadura policial y burocrática en todo semejante al KGB, imagen
especular suya. La película he dicho que da una imagen favorable,
quiero decir relativamente—favorable en tanto que es equilibrada y no
busca demonizar al personaje, sino retratarlo en su momento histórico y
en su psicología interna. En cuanto al momento histórico, varias veces
se repite que en momentos de revolución y de plaga terrorista se toman
decisiones que otras épocas no entienden. Algo parecido pasó aquí con
los GAL, a principios de los 80; y hay que decir que J. Edgar no llegó
a
los extremos de Mister X en este sentido, aunque sin duda lo hubiera
hecho de tener las manos libres. Hoover es oficialmente caracterizado
hoy como un indeseable, pero parece claro que los personajes a los que
investigaba lo eran todavía más. (Ver por ejemplo esta Emma Goldman,
que en la película aparece casi dignificada antes de su deportación. No
la querría yo en mi familia). La película se mueve libremente entre
distintas épocas, los años 70, los 60, los 50, los 40, los 30....
contrastando a veces de modo inmediato las decisiones iniciales de J.
Edgar y el carácter que va adquiriendo el FBI con los años. Un episodio
muy central recurrente es el secuestro del hijo de Lindbergh y el
arresto del secuestrador, con el desarrollo de métodos de policía
científica, análisis de huellas, etc. Era Hoover sin duda una persona
de enorme capacidad para la organización, volcando allí una energía
casi demente, haciendo para el Estado un trabajo que había que hacer, y
que sólo personas obsesivas como él podían hacer. Es una demencia y una
obsesión que en la película aparecen derivadas de sus frustraciones
personales, de una homosexualidad mal asumida y de una inseguridad
personal sobrecompensada con una voluntad descomunal y casi inhumana.
Obsesionado por vigilarse a sí mismo, temeroso de que descubran su
interioridad, avergonzado de su propia orientación sexual, Hoover
reacciona con agresividad y sobrecompensación, montando un sistema de
vigilancia que asegure que sea él quien sepa los secretos de los demás,
y no al revés. El personaje es desagradable y patético, a martinet
en el trabajo y un peligro público a la vez que un modelo de eficacia; es una herramienta del Estado que
amenaza con degenerar en cáncer incontrolado. Pero es un retrato humano
muy conseguido el de la película, y su historia de amor
homosexual reprimido con su colaborador más estrecho, Clyde Tolson,
está contada como lo han hecho pocos directores, al menos
heterosexuales (se
me ocurre quizá Brokeback Mountain)—una
historia a la vez patética, despreciable y conmovedora.
Obviamente no hay quien lo aguantase a J. Edgar excepto con alianzas
emocionales inconfesables, como las que lo unen a su secretaria la
señorita Gandy, y a Tolson.
Como un cura reprimido y acogotado por su
madre, que con su furia sexual sublimada llega a cardenal rabioso, Hoover traza
un trayecto que pocas veces se ve en una película de gran presupuesto,
por lo antipático del personaje, claro. Parece que hay un subgénero de
películas con personaje falsario y patético en primera plana, se me
ocurre en la línea de biopic homosexual la de Capote, en
años recientes, aunque como digo no es intención de la película el
satirizar a Hoover o criticar sus acciones, sino más bien el dar un
retrato global del personaje. La megalomanía, por cierto, que le
llevaba a promocionar comics de G-Men en los que aparecía él como
héroe, a exagerar su protagonismo directo, a montar escenas apañadas
para la prensa... esa megalomanía, digo, adquiere aquí una interesante
dimensión metaficcional, puesto que al final de la película queda claro
que varias de las escenas que hemos visto están infiltradas por la
megalomanía de Hoover, y que son no tanto al verdad literal de lo que
pasó, cuanto la versión que Hoover filtró o el sesgo que quería darle.
Es una manera inteligente de solventar una ficción histórica, en la que
los protagonistas normalmente han de desempeñar por razones de
construcción estética un papel argumental mucho más central del que en realidad
les correspondió en la historia. La historia la hacen entre muchos, y
el estado policial del FBI no fue obra sólo de Hoover, sino que él
actuó como agente y catalizador. Es justo a la vez darle un
protagonismo personal acentuado, y mostrarlo a la vez como producto de una época
en la que las cosas se hacían, o se hacen, así. Uno de los más
siniestros y totalitarios planes que el Lado Oscuro le inspira a J.
Edgar, y que en esta ocasión no llega a buen puerto, era la
implantación en Estados Unidos de un DNI con información centralizada y
huellas digitales similar al que hay en España desde hace muchos años.
(
En lo referente a la caracterización de los personajes también a mí me chocó que a un director como Eastwood se le pudiera "escapar" ese detalle, pero quizá se deba también al juego metaficcional del director, haciendo más patente que se trata de personajes y no de personas reales, de una ficción, en suma.
ResponderSuprimirSea como sea, le han dado boinazos hasta en el paladar, y supongo yo que luego Eastwood al de las caretas le habrá echado una mirada de las suyas.
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