miércoles, 8 de junio de 2016
¿Qué es la semiótica o semiología, reinterpretada desde el Materialismo ...
Tengo que decir que aunque escucho con un cierto interés las aportaciones de Jesús G. Maestro en teoría literaria, y encuentro muy loable el esfuerzo que le dedica a esta materia en la Red, no estoy de acuerdo en más de un 10% con lo que aquí se dice sobre semiología, literatura, o teoría literaria.
El tono prepotente y despectivo del Dr. Maestro, a la vez que el simplismo más absoluto de que hace gala a la hora de caracterizar los conceptos de la semiología y las aportaciones de los semiólogos, hacen realmente inútil el entrar a debatir estas cuestiones en más detalle. Es lástima ver tanta capacidad expresiva, y tanto trabajo y dedicación, que los hay, tan mal orientados y tan creadores de confusión, a la vez que se cree estar iluminando y aclarando las supuestas ficciones y confusiones de otros (que suelen ser desautorizados así, en un barrido general). No sería de desear que se tomase esta perspectiva como una aportación consistente y de peso en teoría literaria o en semiología, por mucho que el autor quiera dar a entender lo contrario, y por mucho que inviten a la aquiescencia el torrente de palabras del autor, y su tono de autosuficiencia y de independencia intelectual (o de dependencia respecto del discurso de Gustavo Bueno, en otro sentido). Los conocimientos reales del Dr. Maestro sobre las cuestiones que comenta son bastante más limitados de lo que podría parecer, y con frecuencia hace gala de una incomprensión pasmosa de cuestiones básicas en la literatura, la crítica, y la semiótica—incomprensión que se envuelve en el ropaje de una supuesta desmitificación o desenmascaramiento de imposturas. Flaco favor se le hace a la crítica cuando el supuesto desenmascaramiento de imposturas tiene más de impostura que de desenmascaramiento.
La comprensión o incomprensión de Derrida (o la finura con que se entre en diálogo con su concepción, una finura aquí totalmente ausente) puede tomarse como un buen indicador de la medida en que una aportación a la teoría literaria es o no significativa. Aquí a Derrida se le despide de modo simplista y grosero, y como simplista y grosero puede quedar caracterizado este acercamiento a la cuestión.
lunes, 5 de agosto de 2013
La falacia cosmológica y la falacia modélica
De paseo por la playa pensaba en la interacción de todas las cosas, no sólo por sus efectos en mis pensamientos, sino también entre sí. Esta playa está aquí por la forma de la costa y las corrientes, y el efecto de los vientos. Esta roca hace que detrás se acumule la arena de tal manera, y que la roca de enfrente se erosione precisamente de esta forma y no de otra, al rebotar las olas en la primera. Todo el universo es un vasto sistema de interacciones que sólo se pueden describir con modelos abstractos, pues cada fenómeno concreto tiene una complejidad inabarcable. Esto es la otra cara de la moneda de lo que Lee Smolin llama la falacia cosmológica, que nos lleva a describir el universo entero con modelos idealizados y abstractos. La complejidad de cada fenómeno individual es inabarcable; cuánto más la del universo y sus interacciones. De allí la necesidad de los modelos, y sus insuficiencias.
Uno de los puntos básicos de libro de Lee Smolin Time Reborn es la necesidad de entender el universo en sus propios términos globales, sin reducirlo a un modelo que lo simplifique indebidamente, ni lo interprete como si fuese la parte de un todo. La ciencia del paradigma newtoniano se basa en la construcción de tales modelos; son adecuados para proporcionar explicaciones aproximadas, y por abstracción, de sistemas parciales de interacciones—es lo que Smolin llama hacer physics in a box. Pero dan lugar a errores de concepto cuando se pretenden aplicar al universo entero. Aquí explica Smolin lo que llama la falacia cosmológica de la física moderna:
The universe is an entity different in kind from any of its parts. Nor is it simply the sum of its parts. In physics, all properties of objects in the universe are understood in terms of relationships or interactions with other objects. But the universe is the sum of all those relations and, as such, cannot have properties defined by relations to another, similar entity.
Thus the Earth is, in Anaximander's universe, the one thing that doesn't fall, because it is the thing that objects fall to. Similarly, our universe is the one thing that cannot be caused by or explained by something external to it, because it is the sum of all the causes. (97).
El paradigma newtoniano no puede responder a dos cuestiones clave que pretende incluir Smolin en su nueva física: por qué esas leyes físicas en concreto, y por qué las condiciones iniciales del universo. Eso hace concebir a Smolin un paradigma evolutivo más amplio, que seguramente desbordará la noción de un universo delimitado por el Big Bang, para llevarnos a un universo mucho mayor todavía, en el que las leyes físicas evolucionan con el tiempo. También llevará a una mayor conciencia de las limitaciones de los modelos científicos, basados en la abstracción de todo el complejo de interacciones físicas externas al fenómeno estudiado. Señala Smolin un gran dilema en el corazón mismo del concepto de lo que es una ley física en el paradigma newtoniano:
To apply a law of nature without approximation, we must apply it to the whole universe. But there is only one universe—and one case does not yield sufficient evidence to justify the claim that a particular law of nature applies. This might be called the cosmological dilemma. (99)
El paradigma newtoniano, y su perfeccionamiento en la física cuántica y la teoría unificada, eliminaban el tiempo del universo. Pero eso era consecuencia de aplicar un modelo válido a pequeña escala, para dar cuenta de todo el universo—un paso que da lugar a paradojas. La teoría propuesta por Smolin llevará a una revalorización del papel del tiempo y de la evolución, más allá de la física basada en modelos abstractos. No es sorprendente, para Smolin, que hayan proliferado las teorías sobre multiversos en la física actual, visto que todas nuestras teorías físicas son aplicables sólo a una parte de un sistema mucho mayor. (105).
Pero su propia teoría resulta en otra variedad de multiverso, una sucesión de universos con leyes físicas que evolucionan a través del tiempo, en una radicalización del concepto de evolución que alcanza esta vez a las leyes físicas. No abandonamos por tanto la paradoja de cómo el universo es a la vez uno y muchos, sucesivos o simultáneos, superpuestos o relativos al instrumento de la descripción. Toda la ciencia está siempre implicada en esta interrogación, y siempre existe el peligro de que se crea absoluta y extienda sus principios más allá del ámbito en el que son válidos. Hay una falacia muy tentadora en la idea misma de ciencia. Es una falacia, más amplia que la cosmológica, que podríamos llamar la falacia analógica, o reductiva—reducir la complejidad de lo que hay a una identidad o a un único principio explicativo. Es difícil escapar a ella, pues somos seres simbólicos, por definición buscadores de analogías y creadores de modelos y metáforas.
Jacques Derrida, en su gramatología, criticaba lo que denominaba diversamente la ilusión de transparencia, o de no mediación, o el logocentrismo: consistentes en ignorar la materialidad de los signos, la entidad propia del signo, y confundir lo significado con el signo mismo. Un caso ilustrativo podría ser el de la idolatría, que confunde a la divinidad con su representación, y adora a las imágenes tomándolas por dioses. A ésta se contrapone otra falacia correlativa, la falacia iconoclasta, que destruye o prohíbe las imágenes sea por considerarlas inherentemente sacrílegas, sea por temor a que conduzcan a la idolatría.
Emparentada con éstas podemos ver a la falacia que señala Smolin, la falacia que confunde el mapa con el territorio, o en el terreno de la ciencia, el modelo con el fenómeno modelado. La falacia modélica podríamos llamarla, quizá, en un doble sentido—por los errores a que puede llevar sobre la naturaleza de los modelos, y también porque es un caso modélico de las falacias a que nos lleva la simbolización de la realidad.
La falacia cosmológica y la falacia modélica en Ibercampus.
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sábado, 22 de septiembre de 2012
Origen de la gramática en Platón
En un pasaje un tanto pitagórico del Filebo, Platón teoriza los conceptos básicos de relación gramatical y estructura, en base a la relación entre unidad y diferencia: el establecimiento de analogías que engloben bajo un marco común cosas que de por sí son diferentes, y permitan concebirlas como una unidad. Además de la teoría de conjuntos en matemática o la lógica, podemos ver aquí el primer paso de una teoría de las estructuras semiológicas o los marcos. Es el origen mismo de la teoría semiótica.
Aquí tenemos a Sócrates en conversación con Protarco y con Filebo, pasando (muy significativamente, diría Darwin) del canto indiferenciado a la articulación de sonidos, y de allí a la creación de estructuras gramaticales. Y pasando seguidamente también, aquí, a su teorización: el origen de la gramática primero, y el origen de la Gramática a continuación. Vemos la primera noción de estructural de la fonología, en la que cada elemento necesita del sistema para definir su valor, como diría luego Saussure.
Para Platón,
todos somos espontáneamente gramáticos, en cuanto que usamos las
estructuras de la gramática—otra cosa es, claro, llegar a un
conocimiento reflexivo de lo que hacemos espontáneamente, hablando en
prosa por así decirlo.
Éste es el pasaje en cuestión. Sócrates alude en Filebo (16)
a un camino hacia el conocimiento "del que yo estoy enamorado desde
siempre, pero, muchas veces ya, me ha abandonado y me ha dejado solo y
sin salida":
Sócrates.—Señalarlo no es nada difícil, pero seguirlo es dificilísimo; pues todo lo que se haya descubierto alguna vez que tenga que ver con la ciencia, se ha hecho patente por él. Atiende al camino que digo.
Protarco.—Dilo pues.
Sócrates.—Don de los dioses a los hombres, según me parece al menos, lanzado por los dioses antaño por medio de un tal Prometeo junto con un fuego muy brillante. Y los antiguos, que eran mejores que nosotros y vivían más cerca de los dioses, transmitieron esta tradición según la cual lo que en cada caso se dice que es, resulta de lo uno y de lo múltiple y tiene en sí por naturaleza límite y ausencia de límite. Así pues, dado que las cosas están ordenadas de este modo, es menester que nosotros procuremos establecer en cada caso una sola forma que abarque el conjunto—hay que encontrar, en efecto, la que está presente. Y si nos hacemos con ella, que examinemos, después de esa única forma, dos, si las hay o no, o tres, o cualquier otro número, y de nuevo igualmente cada una de ellas, hasta que uno vea no sólo que la unidad del principio es una y múltiple e ilimitada, sino también su número. Y no aplicar la forma de lo ilimitado a la pluralidad antes de ver su número total entre lo ilimitado y la unidad, y después dejar ya ir hacia lo ilimitado cada una de las unidades de los conjuntos. Como he dicho, los dioses nos han dado así el examinar, aprender y enseñarnos unos a otros. Pero de los hombres, los que ahora son sabios, hacen lo uno como les sale, y lo múltiple más deprisa o más despacio de lo debido, y después de lo uno, inmediatamente las cosas ilimitadas, y se les escapan las de en medio, en las que queda demarcado el que desarrollemos nuestras conversaciones dialéctica o erísticamente.
Protarco.—Me parece que te comprendo en algunos puntos; en otros, en cambio, necesito oír con mayor claridad aún lo que dices.
Sócrates.—Lo que digo, Protarco, está claro en las letras; tómalo en las que aprendiste de niño.
Protarco.—¿Cómo?
Sócrates.—La voz emitida por la boca de todos y cada uno de nosotros es una sola, y a la vez, ilimitada en diversidad.
Protarco.—¿Y bien?
Sócrates.—De ningún modo somos sabios por una u otra de estas cosas, ni por reconocer su carácter ilimitado, ni por reconocer su carácter unitario. En cambio, saber qué cantidad tiene y qué cualidades es lo que nos hace a cada uno de nosotros gramático.
Protarco.—Es verdad.
Sócrates.—Por lo demás resulta que lo que nos hace músicos es eso mismo.
Protarco.—¿Cómo?
Sócrates.—También con relación a esa ciencia la voz es sólo una en ella.
Protarco.—¿Cómo no?
Sócrates.—Pongamos dos tonos, el grave y el agudo, y en tercer lugar el tono intermedio. ¿Cómo?
Protarco.—Así.
Sócrates.—Aunque en modo alguno serías sabio en música si solamente supieras eso, si no lo supieras, serías, por así decirlo, completamente incompetente en ello.
Protarco.—Claro, ¿cómo no?
Sócrates.—Mas, querido, cuando captes todos los intervalos—su número—que hay de la voz acerca de lo agudo y lo grave y de qué clase son, y los límites de los intervalos y todas las combinaciones que nacen de ellos—que los antepasados reconocieron y nos transmitieron a sus sucesores con el nombre de armonías, y, por otra parte, que se dan otros accidentes semejantes que residen en los movimientos del cuerpo, los cuales dicen que deben ser llamados ritmos y metros, y a la vez hay que considerar que así hay que atender a toda unidad y multiplicidad —cuando, pues, captes eso de este modo, entonces habrás llegado a ser sabio, y cuando al examinarlo de este modo captes otra unidad cualquiera, así habrás llegado a ser competente en ello. En cambio, el carácter ilimitado de cada una de las cosas y la ilimitada multiplicidad que reside en cada una de ellas te apartan en cada caso de captarlo y hacen que seas incapaz de dar cuenta de su razón y de su número, porque nunca has visto en ninguna ningún número.
Protarco.—A mí al menos, Filebo, me parece que Sócrates ha expuesto perfectamente lo que acaba de decir.
Filebo.—También a mí me parece eso mismo; pero ¿qué nos dice ese discurso ahora y qué pretende?
Sócrates.—Con razón, Protarco, nos ha preguntado eso Filebo.
Protarco.—Bien, contéstale.
Sócrates. Lo haré después de haber agregado todavía una pequeña explicación sobre estos mismos puntos. Pues lo mismo que , según decimos, si alguien capta alguna vez una unidad, no debe ése mirar inmediatamente a la naturaleza de lo ilimitado, sino hacia un número, así también al contrario cuando uno se ve obligado a captar primero lo ilimitado, no debe pasar inmediatamente a la unidad, sino también a un número que permita concebir cada multiplicidad y acabar al final del todo en la unidad. Captemos de nuevo lo que quiero decir en las letras.
Protarco.—¿Cómo?
Sócrates.—Después de que un dios o un hombre divino observó que la voz es ilimitada—según una tradición egipcia fue un tal Theuth el que observó el primero que las vocales en lo ilimitado no son una sola unidad sino más, y además, que otras articulaciones, que no tienen voz, participan, sin embargo, de algún ruido, y que también en ellas hay un número, y separó como tercera especie de letras las que ahora llamamos mudas. Después de eso dividió una por una las que no tienen ni ruido ni voz y las que tienen voz, y las del segundo grupo del mismo modo, hasta que captó su número en cada una y en todas y las llamó elementos. Mas viendo que ninguno de nosotros podría aprender cada una por sí sin el conjunto, calculó también que ese vínculo era uno y que todo eso constituía en algún modo una unidad, y las sometió a una sola ciencia llamándola arte gramatical.
Filebo.—He comprendido, Protarco, esta explicación como algo aún más claro que la anterior, al menos consideradas en relación la una con la otra. Pero para mí le sigue faltando ahora a la exposición lo mismo que hace un momento.
Sócrates.—¿No es, Filebo, el qué tiene también esto que ver con nuestro tema?
Filebo.—Sí, eso es lo que desde hace un rato buscamos Protarco y yo.
Sócrates.—En verdad cuando ya estáis sobre ello lo buscáis, según dices, desde hace un rato.
(...)
