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lunes, 4 de diciembre de 2023
domingo, 8 de octubre de 2023
domingo, 11 de octubre de 2020
Spiraling Self-Censorship
Gibson, James L. and Sutherland, Joseph L., Keeping Your Mouth
Shut: Spiraling Self-Censorship in the United States (June 1, 2020).
Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=3647099 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.3647099
martes, 30 de junio de 2020
Expediente Royuela en Estado de Alarma
Aquí está la entrevista que hicieron sobre el Expediente Royuela en el canal Estado de Alarma, y que luego borraron. Es los más cerca que ha estado hasta ahora el Expediente Royuela de ser difundido por un medio periodístico profesional —a pesar de la marginalidad relativa de "Estado de Alarma", y a pesar de la cautela o escepticismo o mieditis que demuestra el entrevistador.
Prometían en Estado de Alarma, entre desmentidos y mensajes confusos, hacer algún programa más sobre el Expediente Royuela "en cuanto lo examinasen sus abogados." Me parece que lo van a estar examinando hasta el día del Juicio, y que Estado de Alarma se ha sumado a la larga serie de medios donde ha pasado a regir la Consigna de Silencio Obligatorio sobre el Expediente Royuela.
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domingo, 17 de noviembre de 2019
Autocensuras actuales
¿Os apetece media horita de charla con Albert Boadella y un servidor? ¿Hablar de si la excelencia es “facha”, de las autocensuras actuales, de si la vida es drama, farsa o tragedia? Ya hemos editado el vídeo de nuestro 1er #CaféVienés para @TheObjective_es https://t.co/13mHwfQmFp— Miguel Ángel Quintana Paz (@quintanapaz) November 17, 2019
lunes, 14 de octubre de 2019
Sobre unos incidentes de Corrección Política en la Universidad
Sobre los recurrentes incidentes relativos a la Corrección Política obligatoria en la Universidad (en todas las universidades, y en concreto en la nuestra) hace un comentario adecuado Javier Marías en su libro Cuando los tontos mandan, para más precisión en su último capítulo, "Cuando los tontos mandan":
"El problema no es que haya idiotas gritones y desaforados en todas partes, exigiendo censuras y vetos, sino que se les haga caso y se estudien sus reclamaciones imbéciles" (....)
"Hoy no es nadie quien no protesta, quien no es víctima, quien no se considera injuriado por cualquir cosa, quien no pertenece a una minoría o colectivo oprimido. Los tontos de nuestra época se caracterizan por su susceptibilidad extrema, por su pusilanimidad, por su piel tan fina que todo los hiere. Ya he hablado en otras ocasiones de la pretensión de los estudiantes estadounidenses de que nadie diga nada que los contraríe o altere, ni lo explique en clase por histórico que sea; de no leer obras que incluyan violaciones ni asesinatos ni tacos ni nada que les desagrade o 'amenace'. Reclaman que las Universidades sean 'espacios seguros' y que no haya confrontación de ideas, porque algunas los peturban." (...)
"La presión sobre la libertad de opinión se ha hecho inaguantable. Se miden tanto las palabras — no se vaya a ofender cualquier tonto ruidoso, o las leguiones que de inmediatos se le suman en las redes sociales — que casi nadie dice lo que piensa. Y casi nadie osa contestar: "Eso es una majadería" (...) Cuando se cede el terreno a los tontos, se les presta atención y se los toma en serio; cuando éstos imponen sus necedades y mandan, el resultado suele ser la plena tontificación de la escena."
En la Universidad, en concreto, la cosa es aún más sangrante. ¿Qué responsabilidad tienen las autoridades universitarias cuando, en lugar de poner las cosas en su sitio, con "alguien razonable y enérgico capaz de decir alguna vez 'No ha lugar ni a debatirse'", se pliegan a las demandas de los tontos y los intolerantes y los Ofendiditos? ¿Cuando los tontos mandan, qué nombre merecen las autoridades que les obedecen?
—oOo—
lunes, 29 de octubre de 2018
Oh es-cán-dá-lo
Me dicen en el departamento que hay quejas, o comentarios, de alguna o algunas estudiantes que encuentran ofensivo el contenido de mi blog: demasiadas fotos de chicas, demasiado eróticas, que si soy normal, etc. Quizá esta misma foto de aquí abajo les parezca escandalosa—seguro que sí, vamos. O la del artículo anterior de abajo.
En cambio, si llego a poner fotos de chicos o de boys, seguro que no habría ningún problema. O vaya usted a saber.
Mi impresión es que vivimos en una era de hipocresía astronómica y de puritanismo rampante—en plena ola de falsa corrección política que lleva a la censura biempensante y que pretende inducir a todo dios a la autocensura. "No son tiempos para hippies", me decía mi compañera que me ha hecho llegar el mensaje. Y cierto que el nivel de hippismo está más que bajo; ahora cualquier cosa puede pasar por hippie, o por friki, o por facha, o por perro verde, si se crea una espiral de atención histérica en torno suyo. Ya nos lo contó bastante bien Philip Roth en The Human Stain.
En cualquier caso, les he reenviado por la misma vía la respuesta más oportuna: que en lo referente a mí se atengan las estudiantes en cuestión a los materiales que recomiendo para clase en la web, y que si se ponen a navegar por mis blogs, o por Internet en general, no está garantizado que les vayan a gustar ni mis ideas políticas, ni estéticas, ni mis aficiones, ni mi rollo en general. Ni tiene por qué gustarles, ni tengo por qué gustar en mis blogs personales ni a todo el mundo en general ni a mis estudiantes en particular. Que el mundo no es tan estrecho.
Así que lo dicho. Si hay visitantes de mi blog que se escandalizan fácil, que revisen no vaya a ser que se estén metiendo donde no las llaman, o que sean ellas las que son de escándalo fácil. Que maduren un poquito. Y si quieren insistir en que yo me atenga en mi vida privada o pública a los gustos u opiniones de ellas, por mí que les frían un paraguas.
¿Está claro?
En cambio, si llego a poner fotos de chicos o de boys, seguro que no habría ningún problema. O vaya usted a saber.
Mi impresión es que vivimos en una era de hipocresía astronómica y de puritanismo rampante—en plena ola de falsa corrección política que lleva a la censura biempensante y que pretende inducir a todo dios a la autocensura. "No son tiempos para hippies", me decía mi compañera que me ha hecho llegar el mensaje. Y cierto que el nivel de hippismo está más que bajo; ahora cualquier cosa puede pasar por hippie, o por friki, o por facha, o por perro verde, si se crea una espiral de atención histérica en torno suyo. Ya nos lo contó bastante bien Philip Roth en The Human Stain.
En cualquier caso, les he reenviado por la misma vía la respuesta más oportuna: que en lo referente a mí se atengan las estudiantes en cuestión a los materiales que recomiendo para clase en la web, y que si se ponen a navegar por mis blogs, o por Internet en general, no está garantizado que les vayan a gustar ni mis ideas políticas, ni estéticas, ni mis aficiones, ni mi rollo en general. Ni tiene por qué gustarles, ni tengo por qué gustar en mis blogs personales ni a todo el mundo en general ni a mis estudiantes en particular. Que el mundo no es tan estrecho.
Así que lo dicho. Si hay visitantes de mi blog que se escandalizan fácil, que revisen no vaya a ser que se estén metiendo donde no las llaman, o que sean ellas las que son de escándalo fácil. Que maduren un poquito. Y si quieren insistir en que yo me atenga en mi vida privada o pública a los gustos u opiniones de ellas, por mí que les frían un paraguas.
¿Está claro?
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martes, 30 de agosto de 2016
Retropost #1121 (30 de agosto de 2006): Suite française
Irène Némirovsky, SUITE FRANÇAISE
Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa
Muy recomendado viene este libro desde que le dieron el Prix Renaudot en 2004; tiene su historia excepcional, pues se escribió en 1942, poco antes de que deportasen a su autora, judía rusa exiliada en Francia, a la cámara de gas. Su marido corrió la misma suerte; sus hijas se salvaron con la asistenta, y guardaron el manuscrito durante años hasta su reciente edición. Tiene delito que quienes la arrestasen para su deportación fuesen los gendarmes franceses, que también buscaron a sus hijas sin éxito. Y casi aún más delito tiene que la madre de Irène, personaje frívolo y egoísta hasta decir vale, se negase a recibir a sus nietas en su pisazo de Niza; murió en 1989 a los 102 años de edad. Había hostilidad entre madre e hija, y parte del sarcasmo frío de la Suite française y de otras obras de Némirovsky va dirigido contra personajes de la clase y actitudes de su madre. Incluso se han intentado buscar elementos antisemitas en su obra... por ejemplo lo intentó su marido, con la vana esperanza de defenderla ante los nazis como una conversa cristiana (que lo era, técnicamente) enemiga de los judíos (que evidentemente no lo era).
La Suite Française está inacabada; consta de dos partes de las cinco que iba a tener, si bien las notas de Némirovsky dejan claro que el argumento de conjunto apenas estaba esbozado, y que iba improvisando conforme escribía. Tenemos lo que le dio tiempo a hacer antes de su deportación: una primera parte llamada Tempête en juin, que narra la huiída de París de grandes y pequeños burgueses ante el temor de la llegada de los alemanes en 1940; y una segunda parte llamada Dolce, sólo levemente conectada con la primera, centrada en la estancia de las tropas alemanas en un pueblo de la Francia ocupada, y en las reacciones de los vecinos a lo largo de los tres meses que dura su convivencia. En las dos partes, la voz narrativa no se explaya por cuenta propia en reflexiones ni interpretaciones, sino que más bien se atiene a reflejar los pensamientos e impresiones de diversas clases de personajes: en sus notas muestra Némirovsky una voluntad de estilo muy modernista de mostraren lugar de decir. Lo más que se permite es poner en evidencia irónica la mezquindad, egoísmo e hipocresía de los ricachones que intentan ante todo conservar sus bienes y privilegios, mejor que ayudar a sus vecinos en apuros. Aunque de todo hay: la primera parte es una panorámica de diversos personajes y escenas, y también hay comentaristas fiables (al menos moralmente rectos) de la situación., como el matrimonio de bancarios que no consiguen huir de París y son despedidos por el típico patrón avaro Corbin (posbilemente una caricatura judaica de las que se solían achacar a Némirovsky). La mayoría de los personajes de esta primera parte pertenecen a una familia adinerada que es contemplada con bastante ironía fría, aunque varios de sus miembros mueren durante la invasión alemana. La segunda parte se centra en Lucile angellier, una joven dama en un sofocante ambiente de provincias, esposa de un prisionero de guerra al que no ama, y que vive con su suegra en un caserón, pendiente del ausente; y su amistad romántica, casi amores, con el oficial alemán que les asignan para alojamiento. Termina esta parte con los alemanes retirándose cantando a la lejanía, partiendo hacia las batallas de Rusia, y sin que ni el conflicto ni el amor hayan llegado a los extremos que eran de temer o de desear. Casi se les va a echar de menos...
Así pues, la obra, fuese a ser lo que fuese en tanto que novela organizada, no nos queda sino como dos fragmentos autónomos, cuyo mayor valor está en mostrar desde dentro la psicología e impresiones del tiempo de la ocupación. Lo realmente curioso de leer la Suite Française tal como se ha publicado actualmente es que a la vez que tenemos la visión de los personajes controlados por la autora, tenemos las notas de la novelista que muestran otra narración de guerra, la de su propia escritura, con reflexiones sobre cómo limitarse a retratar y crear sensaciones, comentando sobre los alemanes que su marido y ella tuvieron que alojar en el pueblo de Issy-l'Évêque donde estuvieron entre 1941 y 1942, y después las cartas desesperadas de su pobre marido buscando ayuda para liberar a su esposa, intentando demostrar su antibolchevismo, antijudaísmo... (en vano, claro; pronto sería gaseado él mismo). Las dos historias no coinciden totalmente. Por supuesto, una es ficción, con personajes inventados, etc., y la otra no, pero me refiero a que las prioridades no parecen ser las mismas. En la Suite française, los alemanes aparecen vistos un tanto exteriormente; apenas unos ejércitos que pasan en la primera parte, y unas disciplinadas tropas de ocupación en la segunda. Los malos, o los personajes caricaturizados o expuestos a la ironía de la autora, no son nunca los alemanes; siempre los franceses, sobre todo los de las clases más pudientes y más dispuestos al colaboracionismo tras el primer sofoco de terror al invasor. Los que alaban a Pétain y barren para casa mientras moralizan a los demás, o los denuncian, como hace la vizcondesa de Montmort en Dolce. Por supuesto, era prudente para la autora no criticar abiertamente a los alemanes por si se encontraba su manuscrito. Y sin embargo, he aquí que los alemanes aparecen en exceso bien parados. Poco imaginativos, en todo caso dados a un romanticismo educado; guapos, bien perfilados, pulcros, disciplinados, gente de orden, educados, cordiales con los invadidos, si bien de una cordialidad ligeramente siniestra a veces, basada como está en la fuerza que no se muestra. Hay amenazas de ejecuciones, etc., pero las únicas muertes violentas e injustas son los franceses quienes las llevan a cabo, y no los más admirables. En este sentido la novela recuerda mucho a la célebre de Vercors, Le Silence de la mer, de la misma época, donde un culto y educado oficial alemán de las fuerzas de ocupación se encontraba con el muro de silencio y el rechazo gélido que le ofrecen una joven y su padre en la casa donde se aloja. No es el caso aquí, donde Lucile casi casi es seducida por el alemán, aunque no puede vencer su rechazo interno al final, y hasta ayuda a ocultar al vecino que ha matado al alemán que le alojaban a él en casa (a traición, un gesto feo). Pero, como digo, la novela es casi germanófila, triste paradoja. Con estos encantadores alemanes, la colaboración no parece sino una conveniencia sin apenas contrapartida moral, algo más que sorprendente aunque ciertamente sí ayuda a entender la percepción y la ambivalencia de tantos franceses de entonces... Pero ni un pensamiento dedicado jamás por nadie a las políticas brutales del Reich, o a las opresiones mentales del nazismo. Podría decirse, tristemente, que es un libro desbordado por la historia, que se concentra en las pequeñas mezquindades y pasa por alto los grandes crímenes... Hasta el asesinato del alemán Bonnet se diluye convirtiéndolo en cuestión más de celos que de guerra o política. Así pues, mal puede ser ésta la gran novela de Francia en la segunda guerra mundial. La cosa que más llama la atención en la ficción la ausencia total de referencias a las persecuciones de los judíos—algo que desde luego ocupa un primerísimo plano en las notas y cartas de la autora y su marido, la novela detrás de la novela. Expulsados de París, fichados, despedidos de su empleo... y ni una la menor alusión a las "desventajas" de la política judía del Reich en la ficción. ¿Prudencia también? ¿Incredulidad, o inconsciencia, de hasta dónde podían llegar las cosas? Es curioso que el "tema judío" sólo aparezca en las notas de la autora cuando se refiere a su vida cotidiana, nunca a sus planes para la escritura. Y el desagradable Corbin sí parece ser judío... Así que, aunque la Suite française es un relato apreciable, lo es tanto más como síntoma de los tiempos, por lo que no cuenta y quizás no podía contar, y por las extrañas prioridades que muestra en lo que sí cuenta. Requiere, en todo caso, ser leída como parte de la historia y destino de su autora, pues lo que aparece en el texto marginal es tan indicativo, y tan trágico, como la novela que se premió. ¿O quizá se premió el conjunto de novela inacabada, culminando en muerte trágica de la autora? Así, inhabitualmente, en la edición de Folio se ha elegido un retrato de la autora para la portada. Es, en todo caso, un fenómeno literario de poco habitual de conjunción, y contraste, entre vida y obra.
PS: comentario que pongo a una reseña poco positiva de Suite française en solodelibros:
Veo que te ha chocado lo mismo que a mí: lo suavísimo que es el libro con los alemanes, que poco después iban a exterminar a Némirovsky y a su marido y su comunidad; aunque de antisemitismo no hay ni palabra en el libro: todos los alemanes son idealistas, correctos, guapos… y son los franceses los que son falsos y vendidos y rastreros la mayoría, que seguramente sí lo eran. Supongo que la intención de Némirovsky era publicar su libro… si vivía, y malamente podía poner de vuelta y media a los alemanes. Triste ironía, que ahora se celebre como un retrato ajustado de la situación un libro hecho para publicarse en condiciones de tiranía asesina y opresión. Y que sin embargo, como dices, se deja leer… pero ojo con él. Saludos.
Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa
Muy recomendado viene este libro desde que le dieron el Prix Renaudot en 2004; tiene su historia excepcional, pues se escribió en 1942, poco antes de que deportasen a su autora, judía rusa exiliada en Francia, a la cámara de gas. Su marido corrió la misma suerte; sus hijas se salvaron con la asistenta, y guardaron el manuscrito durante años hasta su reciente edición. Tiene delito que quienes la arrestasen para su deportación fuesen los gendarmes franceses, que también buscaron a sus hijas sin éxito. Y casi aún más delito tiene que la madre de Irène, personaje frívolo y egoísta hasta decir vale, se negase a recibir a sus nietas en su pisazo de Niza; murió en 1989 a los 102 años de edad. Había hostilidad entre madre e hija, y parte del sarcasmo frío de la Suite française y de otras obras de Némirovsky va dirigido contra personajes de la clase y actitudes de su madre. Incluso se han intentado buscar elementos antisemitas en su obra... por ejemplo lo intentó su marido, con la vana esperanza de defenderla ante los nazis como una conversa cristiana (que lo era, técnicamente) enemiga de los judíos (que evidentemente no lo era).
La Suite Française está inacabada; consta de dos partes de las cinco que iba a tener, si bien las notas de Némirovsky dejan claro que el argumento de conjunto apenas estaba esbozado, y que iba improvisando conforme escribía. Tenemos lo que le dio tiempo a hacer antes de su deportación: una primera parte llamada Tempête en juin, que narra la huiída de París de grandes y pequeños burgueses ante el temor de la llegada de los alemanes en 1940; y una segunda parte llamada Dolce, sólo levemente conectada con la primera, centrada en la estancia de las tropas alemanas en un pueblo de la Francia ocupada, y en las reacciones de los vecinos a lo largo de los tres meses que dura su convivencia. En las dos partes, la voz narrativa no se explaya por cuenta propia en reflexiones ni interpretaciones, sino que más bien se atiene a reflejar los pensamientos e impresiones de diversas clases de personajes: en sus notas muestra Némirovsky una voluntad de estilo muy modernista de mostraren lugar de decir. Lo más que se permite es poner en evidencia irónica la mezquindad, egoísmo e hipocresía de los ricachones que intentan ante todo conservar sus bienes y privilegios, mejor que ayudar a sus vecinos en apuros. Aunque de todo hay: la primera parte es una panorámica de diversos personajes y escenas, y también hay comentaristas fiables (al menos moralmente rectos) de la situación., como el matrimonio de bancarios que no consiguen huir de París y son despedidos por el típico patrón avaro Corbin (posbilemente una caricatura judaica de las que se solían achacar a Némirovsky). La mayoría de los personajes de esta primera parte pertenecen a una familia adinerada que es contemplada con bastante ironía fría, aunque varios de sus miembros mueren durante la invasión alemana. La segunda parte se centra en Lucile angellier, una joven dama en un sofocante ambiente de provincias, esposa de un prisionero de guerra al que no ama, y que vive con su suegra en un caserón, pendiente del ausente; y su amistad romántica, casi amores, con el oficial alemán que les asignan para alojamiento. Termina esta parte con los alemanes retirándose cantando a la lejanía, partiendo hacia las batallas de Rusia, y sin que ni el conflicto ni el amor hayan llegado a los extremos que eran de temer o de desear. Casi se les va a echar de menos...
Así pues, la obra, fuese a ser lo que fuese en tanto que novela organizada, no nos queda sino como dos fragmentos autónomos, cuyo mayor valor está en mostrar desde dentro la psicología e impresiones del tiempo de la ocupación. Lo realmente curioso de leer la Suite Française tal como se ha publicado actualmente es que a la vez que tenemos la visión de los personajes controlados por la autora, tenemos las notas de la novelista que muestran otra narración de guerra, la de su propia escritura, con reflexiones sobre cómo limitarse a retratar y crear sensaciones, comentando sobre los alemanes que su marido y ella tuvieron que alojar en el pueblo de Issy-l'Évêque donde estuvieron entre 1941 y 1942, y después las cartas desesperadas de su pobre marido buscando ayuda para liberar a su esposa, intentando demostrar su antibolchevismo, antijudaísmo... (en vano, claro; pronto sería gaseado él mismo). Las dos historias no coinciden totalmente. Por supuesto, una es ficción, con personajes inventados, etc., y la otra no, pero me refiero a que las prioridades no parecen ser las mismas. En la Suite française, los alemanes aparecen vistos un tanto exteriormente; apenas unos ejércitos que pasan en la primera parte, y unas disciplinadas tropas de ocupación en la segunda. Los malos, o los personajes caricaturizados o expuestos a la ironía de la autora, no son nunca los alemanes; siempre los franceses, sobre todo los de las clases más pudientes y más dispuestos al colaboracionismo tras el primer sofoco de terror al invasor. Los que alaban a Pétain y barren para casa mientras moralizan a los demás, o los denuncian, como hace la vizcondesa de Montmort en Dolce. Por supuesto, era prudente para la autora no criticar abiertamente a los alemanes por si se encontraba su manuscrito. Y sin embargo, he aquí que los alemanes aparecen en exceso bien parados. Poco imaginativos, en todo caso dados a un romanticismo educado; guapos, bien perfilados, pulcros, disciplinados, gente de orden, educados, cordiales con los invadidos, si bien de una cordialidad ligeramente siniestra a veces, basada como está en la fuerza que no se muestra. Hay amenazas de ejecuciones, etc., pero las únicas muertes violentas e injustas son los franceses quienes las llevan a cabo, y no los más admirables. En este sentido la novela recuerda mucho a la célebre de Vercors, Le Silence de la mer, de la misma época, donde un culto y educado oficial alemán de las fuerzas de ocupación se encontraba con el muro de silencio y el rechazo gélido que le ofrecen una joven y su padre en la casa donde se aloja. No es el caso aquí, donde Lucile casi casi es seducida por el alemán, aunque no puede vencer su rechazo interno al final, y hasta ayuda a ocultar al vecino que ha matado al alemán que le alojaban a él en casa (a traición, un gesto feo). Pero, como digo, la novela es casi germanófila, triste paradoja. Con estos encantadores alemanes, la colaboración no parece sino una conveniencia sin apenas contrapartida moral, algo más que sorprendente aunque ciertamente sí ayuda a entender la percepción y la ambivalencia de tantos franceses de entonces... Pero ni un pensamiento dedicado jamás por nadie a las políticas brutales del Reich, o a las opresiones mentales del nazismo. Podría decirse, tristemente, que es un libro desbordado por la historia, que se concentra en las pequeñas mezquindades y pasa por alto los grandes crímenes... Hasta el asesinato del alemán Bonnet se diluye convirtiéndolo en cuestión más de celos que de guerra o política. Así pues, mal puede ser ésta la gran novela de Francia en la segunda guerra mundial. La cosa que más llama la atención en la ficción la ausencia total de referencias a las persecuciones de los judíos—algo que desde luego ocupa un primerísimo plano en las notas y cartas de la autora y su marido, la novela detrás de la novela. Expulsados de París, fichados, despedidos de su empleo... y ni una la menor alusión a las "desventajas" de la política judía del Reich en la ficción. ¿Prudencia también? ¿Incredulidad, o inconsciencia, de hasta dónde podían llegar las cosas? Es curioso que el "tema judío" sólo aparezca en las notas de la autora cuando se refiere a su vida cotidiana, nunca a sus planes para la escritura. Y el desagradable Corbin sí parece ser judío... Así que, aunque la Suite française es un relato apreciable, lo es tanto más como síntoma de los tiempos, por lo que no cuenta y quizás no podía contar, y por las extrañas prioridades que muestra en lo que sí cuenta. Requiere, en todo caso, ser leída como parte de la historia y destino de su autora, pues lo que aparece en el texto marginal es tan indicativo, y tan trágico, como la novela que se premió. ¿O quizá se premió el conjunto de novela inacabada, culminando en muerte trágica de la autora? Así, inhabitualmente, en la edición de Folio se ha elegido un retrato de la autora para la portada. Es, en todo caso, un fenómeno literario de poco habitual de conjunción, y contraste, entre vida y obra.
PS: comentario que pongo a una reseña poco positiva de Suite française en solodelibros:
Veo que te ha chocado lo mismo que a mí: lo suavísimo que es el libro con los alemanes, que poco después iban a exterminar a Némirovsky y a su marido y su comunidad; aunque de antisemitismo no hay ni palabra en el libro: todos los alemanes son idealistas, correctos, guapos… y son los franceses los que son falsos y vendidos y rastreros la mayoría, que seguramente sí lo eran. Supongo que la intención de Némirovsky era publicar su libro… si vivía, y malamente podía poner de vuelta y media a los alemanes. Triste ironía, que ahora se celebre como un retrato ajustado de la situación un libro hecho para publicarse en condiciones de tiranía asesina y opresión. Y que sin embargo, como dices, se deja leer… pero ojo con él. Saludos.
domingo, 23 de agosto de 2015
La huella de lo que se borra
La novela de Evelyn Waugh Oficiales
y Caballeros
tiene una traducción española de Carlos Villar Flor acompañada de una
excelente introducción crítica y notas. Me llama especialmente la
atención la relación tan cercana que observa Villar Flor entre los
diarios de Waugh, con sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial, y
la versión literaria de esas experiencias transmutada en la trilogía
que incluye a Oficiales y Caballeros
(trilogía
toda editada por Villar Flor en Cátedra). Y un tema metaficcional que
se apunta, relativo a la supresión de testimonios de actos vergonzosos.
La novela, mayormente satírica y desmitificadora, en la línea de Waugh,
viene a narrarnos la progresiva desilusión del protagonista Guy
Crouchback con respecto a la dinámica y motivaciones de la guerra, y
con respecto a su implicación personal en ella. Una crónica de
desilusión y deshonor (narra una derrota) que a la vez señala a más
desilusión y deshonor de los que muestra directamente. Esa es la
relación entre los diarios y la novela, o lo que podríamos llamar
también la huella que deja en la novela lo que se borra, y no se cuenta
ni en ella ni en los diarios. Es una dimensión metaficcioinal de la
novela, pues señala a la convencionalidad de la ficción que se nos
presenta, y a su ambivalente relación con lo testimonial y con las
maniobras de autojustificación y de evasión y disimulo del autor. Para
entenderlas, convendrá tener en mente una cuestión poco resaltada en el
comentario: el esnobismo terminal de
Waugh,
su conciencia de clase y de la primacía de la solidaridad entre los Old
Boys por encima de cualquier consideración práctica o idealista.
Podríamos decir que es casi un identity-theme,
de donde extrae Waugh la energía vital que anima su persona y su
sátira. Esta participa del clasismo de los personajes a la vez que los
satiriza (es decir, lo satiriza desde dentro)—como puede verse de modo
ejemplar en la actitud de frivolidad dandy de los personajes del
capítulo primero, poco impresionados por los bombardeos alemanes del Blitz, que al decir de Waugh mismo
eran, "como todo lo alemán, exagerados".
Así comenta Villar Flor el tema crucial de la indignidad y la desilusión en la ideología de la novela:
Así narra Waugh este episodio en la novela, una vez Guy se ha recuperado en un hospital tras huir de Creta en un bote hacinado, y sufrir penalidades y visiones en la travesía hasta Alejandría:
La última frase resume la resolución ética que adopta Guy (y Waugh): aparcar las meditaciones, adoptar "estas sencillas normas de conducta" que engrasan la vida social y sus tomas y dacas, aceptar la propia implicación en la corrupción del sistema, y hacer lo más conveniente desde un punto de vista oportunista, no lo legal ni lo éticamente correcto. Podemos decir que a estas alturas el meditabundo Guy es aún inocente, pero accede al punto de vista cínico de su autor cuando decide callar y quemar las pruebas de sus anotaciones. Tras el párrafo citado por Villar Flor, "Ahora esa alucinación se había disuelto (...) hacia el deshonor", sigue así:
Los dos son actos simbólicos a un nivel, pero reales a otro. Y el simbolismo que los identifica es engañoso, cosa que ni Guy el focalizador ni el narrador comentan, pues ambos son ahora solidarios en su visión cínica de los actos de Guy (for good reason). Lo que hay que matizar es lo siguiente: el ver a un soldado destrozar su ametralladora y dispersar las piezas es sólo aparentemente un acto de indignidad. En un heroísmo de tebeo, el soldado (abandonado en la playa de Creta por su plana mayor en retirada, no lo olvidemos) hubiera esperado a los alemanes y hubiera muerto ametrallándolos, llevándose unos cuandos por delante. Pero no eran esas sus órdenes, sino las más realistas de rendirse a los alemanes. Y el soldado destroza su arma no como acto simbólico que exprese su cobardía y oportunismo, sino como una contribución real al esfuerzo de guerra: impedir que los alemanes se hagan con armamento que podrían reutilizar. En cambio, la "ametralladora" de Guy, las notas comprometedoras que destroza, caerían en manos no precisamente de los alemanes, sino de alguien ajeno al círculo de amistades y contactos de la clase alta, alguien que no tendría reparos en llevar a Ivor a un consejo de guerra, porque sería lo legal. Guy elige pasarse al enemigo, en cierto, modo, pero el enemigo es a la vez su propio bando, al que pertenece o intenta pertenecer, la "casta" superior que usa la maquinaria de guerra, y de hecho todas las instituciones públicas, en beneficio propio. Así, Guy a la vez admite y reconoce su propia corrupción, su propia implicación en el sistema, y profundiza en ella con este acto cuyos efectos reales son tan notables como los simbólicos.
Villar Flor observa la manera en que en el paso de los diarios de guerra de Waugh a la trilogía novelesca, y en particular a Oficiales y Caballeros, la ficcionalización modera o desvía las indignidades y vergüencillas de la guerra, y desvía la responsabilidad de las personas concretas con quienes trató Waugh. Ahora bien, vemos aquí a Guy destruyendo unas notas previas a su diario de guerra, con lo cual se nos anuncia un nivel más de atemperación o autocensura: aun si toda la realidad observada, con sus miserias, pasó a las notas del natural tomadas por estos testigos, esos datos pasan al olvido, o quedan para la discreción de la memoria personal. El diario que producirá Guy en el mundo ficticio, y Waugh en el real, es ya una producción "ficticia", conscientemente amañada, de hecho, para encubrir la verdad y ocultarla bajo una apariencia de documento. Una ficción que a su vez se reelaborará en el caso de Waugh en otra ficción, esta vez explícita, la de la trilogía Men at Arms que incluye como pieza central a Oficiales y Caballeros. Allí Guy sale relativamente indemne en su honorabilidad (aunque una frase críptica y contradictoria, repetidamente sopesada por Villar Flor, sugiere que en el día de la desbandada en Creta, Guy "perdió buena parte de su hombría"). Es Ivor, el admirado 'buddy' símbolo de la elegancia y rectitud inglesa para Guy, quien resulta tener pies de barro. La ficción señala, sin embargo, a una supresión presente tanto en los diarios como en ella misma, de modo paradójico, como un tachón sobre un borrón.
Una doble envoltura de distorsión o de ficcionalización. Y sin embargo es a través de esta ficción, por vía interpuesta de su ficcionalizado representante Guy, como Waugh deja entrever que hay cosas que es mejor no contar, que no pasen a los diarios –posiblemente cosas a las que sólo se puede señalar como algo que se ha borrado. La intensidad de la desilusión de Guy, así como su elección final de la vida social y los contactos por encima de la honorabilidad, me hacen pensar que no es sólo en la traición de otros, o la de su país, en la que está pensando Waugh, sino en su propia traición a los ideales, y su desilusión consigo mismo, mostrada aquí por vía interpuesta. Es más fácil justificarse a sí mismo si es todo el país el que se envilece, y si hay quien lo ha hecho más visiblemente. Pero hay también una honestidad en el hecho de dejar visible el borrón, debajo del tachón, o en incluir estos hilos conductores y alusiones por las cuales quien lo desee puede, si no extraer el ovillo de lo que en realidad se ventila en la novela, sí intuir que hay un ovillo, o que lo hubo antes de que se escamotease y dejase esta especie de huellas en el texto. Que deviene en cierto modo, en lo que se refiere a su relación con la realidad de la experiencia del autor, un self-consuming artifact, que a la vez expresa y ocultan la desilusión del autor con sus propios ideales y consigo mismo, la desilusión vivida desde dentro.
Así comenta Villar Flor el tema crucial de la indignidad y la desilusión en la ideología de la novela:
Si el anterior enfoque temático se
concretaba en la indignidad de oficiales concretos, al extrapolar tal
inadecuación a todo el bloque aliado podemos vislumbrar la lectura
política que Waugh propone con esta novela. Ya en la introducción a HA [Hombres en Armas]
se reflexiona sobre esta materia (véase págs. 81-84). A pesar de obvias
diferencias de matiz, se puede considerar que Guy actúa a lo largo de
la trilogía como portavoz de las ideas de su autor; y para Waugh la
honorabilidad de la contienda sufrió un revés irreparable con la
alianza entre la URSS y Gran Bretaña. A partir de ese momento entra en
crisis el concepto de guerra justa,
que para Guy/Waugh era el motivo que legitimaba el esfuerzo bélico de
su país. En HA
Buy se plantea la pregunta de "para qué estamos luchando" a partir del
cuestionario del MIM, número 31 (véase págs. 313-319). Su respuesta
entonces es optimista, acaso ingenua: los aliados ganarán la guerra
porque la suya es una causa justa. Al final de OC, sin embargo, su espejismo
idealista se ha disuelto:
Como hemos señalado, Guy se endurece aún más en su aislamiento cuando comprueba que las personas de su entorno celebran con satisfacción la nueva alianza con Rusia. Y poco después realiza un acto simbólico destruir en el incinerador la libreta donde apuntó los detalles de la batalla de Creta. No tiene ya sentido comprometer el futuro de un antiguo amigo y compañero cuando la indignidad se extiende a los dirigentes del país. (71-72)
Fue también
un día mediterráneo soleado y oreado dos años atrás cuando leyó acerca
de la alianza ruso-germana, cuando parecía que una década vergonzosa
finalizaba en luz y razón, cuando el enemigo se presentaba claramente a
la vista, enorme y odioso, despojado de todo disfraz; la era moderna en
armas.
Ahora esa alucinación se había disuelto (...) y había regresado, tras una peregrinación de dos escasos años en una ilusoria Tierra Santa, al viejo mundo ambiguo, donde los sacerdotes eran espías y los gallardos amigos [Ivor Claire, por ejemplo, huyendo de Creta sin sus tropas] resultaban traidores, y su país se conducía dando tumbos hacia el deshonor (pág. 415).
Ahora esa alucinación se había disuelto (...) y había regresado, tras una peregrinación de dos escasos años en una ilusoria Tierra Santa, al viejo mundo ambiguo, donde los sacerdotes eran espías y los gallardos amigos [Ivor Claire, por ejemplo, huyendo de Creta sin sus tropas] resultaban traidores, y su país se conducía dando tumbos hacia el deshonor (pág. 415).
Como hemos señalado, Guy se endurece aún más en su aislamiento cuando comprueba que las personas de su entorno celebran con satisfacción la nueva alianza con Rusia. Y poco después realiza un acto simbólico destruir en el incinerador la libreta donde apuntó los detalles de la batalla de Creta. No tiene ya sentido comprometer el futuro de un antiguo amigo y compañero cuando la indignidad se extiende a los dirigentes del país. (71-72)
Así narra Waugh este episodio en la novela, una vez Guy se ha recuperado en un hospital tras huir de Creta en un bote hacinado, y sufrir penalidades y visiones en la travesía hasta Alejandría:
El equipo de Guy le
había seguido —si bien mermado por el pillaje— del campamento al
hospital. También estaba el fardo que contenía los harapos, lavados y
planchados, que había llevado en Creta, y un ordenado envoltorio de las
posesiones sacadas de sus bolsillos y su mochila; junto al disco rojo
de identidad estaba su manumisión por parte de Chatty Corner y la
libreta en la que había tomado las notas para el diario de guerra. No
estaba la goma elástica. Las tapas tenían jirones, se habían
reblandecido, arrugado y estropeado, algunas páginas se habían pegado.
Guy las separó cuidadosamente con una navaja. Todo estaba allí. Sobre
el papel cuadriculado separado de manchas podía seguir, en el deterioro
de su escritura, las sucesivas fases de agotamiento. A medida que se
debilitaba había escrito con letra más grande y pesada. La última
entrada era un profundo garabato que ocupaba una hoja en el que
registraba la aparición de un aeroplano sobre el bote. Ésta era su
contribución a la Historia; ésta, quizá la evidencia en un notorio
juicio.
Guy se tumbó en la cama, demasiado conmocionado por los acontecimientos físicos del día para concentrarse en las cuestiones morales. Para Julia Stitch no había dilema. Un viejo amigo estaba en apuros. Todos debemos cooperar. Tommy tenía su constante guía en el precepto "nunca hay que causar problemas excepto cuando supongan una predominante ventaja positiva." En el frente, si Ivor o cualquier otro hubiera puesto en peligro una posición, Tommy no habría tenido escrúpulos en fusilarle sin más. Pero ésta era otra cuestón. Nadie estaba en peligro salvo la reputación de un solo hombre. Ivor se había comportado abominablemente, pero no había herido a nadie salvo a sí mismo. Ahora estaba quitado de en medio. Tommy se encargaría de que nunca volviera a estar en situación de comportarse como en Creta. También su tropa estaba quitada de enmedio hasta el fin de la guerra. No importaba mucho, en lo que respectaba a ganar la guerra, lo que se comentara en un campo de prisioneros. Quizá al cabo de los años, cuando Tommy se encontrara con Ivor en el Bellamy's, sería una pizca menos cordial que antaño. Pero instigar un consejo de guerra por un delito capital era inconcebible; en sentido estricto causaría interminables molestias y retrasos profesionales; en conjunto, beneficiaría al enemigo.
Guy carecía de estas sencillas normas de conducta. Ya no conservaba su antiguo afecto hacia Ivor, ni siquiera aprecio, pues el hombre que había sido su amigo resultó ser una ilusión. También tenía conciencia de que toda guerra consistía en crear problemas sin apenas esperanza de sacar nada en limpio. ¿Por qué estaba él en el sótano de la señora Stitch, por qué estaban Eddie y Bertie en prisión, por qué el joven soldado yacía aún insepulto en el pueblo abandonado de Creta, si no era por la Justicia?
Así, permaneció acostado meditando hasta que la señora Stitch le convocó al aperitivo. (413)
Guy se tumbó en la cama, demasiado conmocionado por los acontecimientos físicos del día para concentrarse en las cuestiones morales. Para Julia Stitch no había dilema. Un viejo amigo estaba en apuros. Todos debemos cooperar. Tommy tenía su constante guía en el precepto "nunca hay que causar problemas excepto cuando supongan una predominante ventaja positiva." En el frente, si Ivor o cualquier otro hubiera puesto en peligro una posición, Tommy no habría tenido escrúpulos en fusilarle sin más. Pero ésta era otra cuestón. Nadie estaba en peligro salvo la reputación de un solo hombre. Ivor se había comportado abominablemente, pero no había herido a nadie salvo a sí mismo. Ahora estaba quitado de en medio. Tommy se encargaría de que nunca volviera a estar en situación de comportarse como en Creta. También su tropa estaba quitada de enmedio hasta el fin de la guerra. No importaba mucho, en lo que respectaba a ganar la guerra, lo que se comentara en un campo de prisioneros. Quizá al cabo de los años, cuando Tommy se encontrara con Ivor en el Bellamy's, sería una pizca menos cordial que antaño. Pero instigar un consejo de guerra por un delito capital era inconcebible; en sentido estricto causaría interminables molestias y retrasos profesionales; en conjunto, beneficiaría al enemigo.
Guy carecía de estas sencillas normas de conducta. Ya no conservaba su antiguo afecto hacia Ivor, ni siquiera aprecio, pues el hombre que había sido su amigo resultó ser una ilusión. También tenía conciencia de que toda guerra consistía en crear problemas sin apenas esperanza de sacar nada en limpio. ¿Por qué estaba él en el sótano de la señora Stitch, por qué estaban Eddie y Bertie en prisión, por qué el joven soldado yacía aún insepulto en el pueblo abandonado de Creta, si no era por la Justicia?
Así, permaneció acostado meditando hasta que la señora Stitch le convocó al aperitivo. (413)
La última frase resume la resolución ética que adopta Guy (y Waugh): aparcar las meditaciones, adoptar "estas sencillas normas de conducta" que engrasan la vida social y sus tomas y dacas, aceptar la propia implicación en la corrupción del sistema, y hacer lo más conveniente desde un punto de vista oportunista, no lo legal ni lo éticamente correcto. Podemos decir que a estas alturas el meditabundo Guy es aún inocente, pero accede al punto de vista cínico de su autor cuando decide callar y quemar las pruebas de sus anotaciones. Tras el párrafo citado por Villar Flor, "Ahora esa alucinación se había disuelto (...) hacia el deshonor", sigue así:
Esa tarde llevó su libreta al
incinerador del patio exterior y la arrojó dentro. Fue un acto
simbólico; como el del soldado de Skafia que desmembrara su
ametralladora y arrojara las partes una a una por el puerto, chapoteo
tras chapoteo, entre los residuos. (415)
Los dos son actos simbólicos a un nivel, pero reales a otro. Y el simbolismo que los identifica es engañoso, cosa que ni Guy el focalizador ni el narrador comentan, pues ambos son ahora solidarios en su visión cínica de los actos de Guy (for good reason). Lo que hay que matizar es lo siguiente: el ver a un soldado destrozar su ametralladora y dispersar las piezas es sólo aparentemente un acto de indignidad. En un heroísmo de tebeo, el soldado (abandonado en la playa de Creta por su plana mayor en retirada, no lo olvidemos) hubiera esperado a los alemanes y hubiera muerto ametrallándolos, llevándose unos cuandos por delante. Pero no eran esas sus órdenes, sino las más realistas de rendirse a los alemanes. Y el soldado destroza su arma no como acto simbólico que exprese su cobardía y oportunismo, sino como una contribución real al esfuerzo de guerra: impedir que los alemanes se hagan con armamento que podrían reutilizar. En cambio, la "ametralladora" de Guy, las notas comprometedoras que destroza, caerían en manos no precisamente de los alemanes, sino de alguien ajeno al círculo de amistades y contactos de la clase alta, alguien que no tendría reparos en llevar a Ivor a un consejo de guerra, porque sería lo legal. Guy elige pasarse al enemigo, en cierto, modo, pero el enemigo es a la vez su propio bando, al que pertenece o intenta pertenecer, la "casta" superior que usa la maquinaria de guerra, y de hecho todas las instituciones públicas, en beneficio propio. Así, Guy a la vez admite y reconoce su propia corrupción, su propia implicación en el sistema, y profundiza en ella con este acto cuyos efectos reales son tan notables como los simbólicos.
Villar Flor observa la manera en que en el paso de los diarios de guerra de Waugh a la trilogía novelesca, y en particular a Oficiales y Caballeros, la ficcionalización modera o desvía las indignidades y vergüencillas de la guerra, y desvía la responsabilidad de las personas concretas con quienes trató Waugh. Ahora bien, vemos aquí a Guy destruyendo unas notas previas a su diario de guerra, con lo cual se nos anuncia un nivel más de atemperación o autocensura: aun si toda la realidad observada, con sus miserias, pasó a las notas del natural tomadas por estos testigos, esos datos pasan al olvido, o quedan para la discreción de la memoria personal. El diario que producirá Guy en el mundo ficticio, y Waugh en el real, es ya una producción "ficticia", conscientemente amañada, de hecho, para encubrir la verdad y ocultarla bajo una apariencia de documento. Una ficción que a su vez se reelaborará en el caso de Waugh en otra ficción, esta vez explícita, la de la trilogía Men at Arms que incluye como pieza central a Oficiales y Caballeros. Allí Guy sale relativamente indemne en su honorabilidad (aunque una frase críptica y contradictoria, repetidamente sopesada por Villar Flor, sugiere que en el día de la desbandada en Creta, Guy "perdió buena parte de su hombría"). Es Ivor, el admirado 'buddy' símbolo de la elegancia y rectitud inglesa para Guy, quien resulta tener pies de barro. La ficción señala, sin embargo, a una supresión presente tanto en los diarios como en ella misma, de modo paradójico, como un tachón sobre un borrón.
Una doble envoltura de distorsión o de ficcionalización. Y sin embargo es a través de esta ficción, por vía interpuesta de su ficcionalizado representante Guy, como Waugh deja entrever que hay cosas que es mejor no contar, que no pasen a los diarios –posiblemente cosas a las que sólo se puede señalar como algo que se ha borrado. La intensidad de la desilusión de Guy, así como su elección final de la vida social y los contactos por encima de la honorabilidad, me hacen pensar que no es sólo en la traición de otros, o la de su país, en la que está pensando Waugh, sino en su propia traición a los ideales, y su desilusión consigo mismo, mostrada aquí por vía interpuesta. Es más fácil justificarse a sí mismo si es todo el país el que se envilece, y si hay quien lo ha hecho más visiblemente. Pero hay también una honestidad en el hecho de dejar visible el borrón, debajo del tachón, o en incluir estos hilos conductores y alusiones por las cuales quien lo desee puede, si no extraer el ovillo de lo que en realidad se ventila en la novela, sí intuir que hay un ovillo, o que lo hubo antes de que se escamotease y dejase esta especie de huellas en el texto. Que deviene en cierto modo, en lo que se refiere a su relación con la realidad de la experiencia del autor, un self-consuming artifact, que a la vez expresa y ocultan la desilusión del autor con sus propios ideales y consigo mismo, la desilusión vivida desde dentro.
—oOo—
sábado, 11 de febrero de 2012
Apología de la censura
Donde se explica que es una
ingenuidad creer que no hay censura, y se aclara que los censores somos
nosotros. Esta carta es parte de un intercambio que tuve, hace años,
con un medio en el que colaboraba y donde hubo sus más y sus menos por
la virulencia ocasional de mis escritos—ante lo cual dije que "había
censura" en ese medio, cosa que ofendió seriamente a los editores. Me
escribieron airados diciendo cómo osaba yo decir que había censura en
su medio. Ahora que estamos en otros asuntos, me interesa recordar lo
que decía yo en esa ocasión sobre censura y autocensura.
Estimado compañero:
Me temo que te has sentido ofendido al decir yo que en tu sitio web hay censura, y que te has visto por un momento caracterizado como un censor "inquisitorial". Por favor no te enfades conmigo, que no es para tanto. Quizá tengas una alergia especial a la palabra "censura", y te ha resultado ofensiva. La intención no era ofender, desde luego. Porque la práctica de la censura no es sólo privilegio de terceras personas desagradables a las que condenar: todos censuramos, y todos nos censuramos. Censura hay en tu sitio web, y en el mío, y en todos (no en todos el mismo tipo, claro). Un administrador es, entre otras cosas, un censor. Censura es, desde luego, exigir el uso de un determinado estilo, expresiones, etc. Llámalo "normas de uso", como lo haces, si prefieres: pero el rechazo de un escrito por no atenerse a las normas de uso no es algo distinto de la censura "clásica" en esencia, sólo en grado, latitud, modos.... Y por supuesto que los administradores podéis no publicar, o publicar, en vuestro sitio web lo que estiméis oportuno---como yo en mi blog---aunque os autocensuréis, y aunque yo también me autocensure. Eso no es algo que me tengas que explicar, ni yo a tí. No iba por ahí en absoluto la cosa. Todos trabajamos con condicionantes: como tú mismo me has aclarado tan amablemente, no podéis correr el riesgo de publicar cualquier cosa, porque os cerrarían. Ergo: censura. No tuya, o no a tu gusto, quizá, pero sí exigible por las condiciones mismas del medio, su administrador último, que no eres tú sino el Rector, y ni siquiera él quizá, pues vamos acercándonos a los límites legales del uso de la palabra, etc. Que los hay aquí y en la España de Franco. Creo que no deberías ofenderte, y te lo digo amistosamente, por el hecho de que yo hable de una "versión censurada" de mi artículo---tampoco digo quién la censura, no digo si la censuro yo, como es el caso, al aceptar publicarla "censurada"---ya que la versión que publicáis no es la que yo quería enviar, pues esa se borró, sino una pactada dentro de ciertas limitaciones a la expresión---limitaciones aceptadas de una manera que me parece que supone un acercamiento racional entre las dos partes. A mí no me parecería racional que no existiese la censura, de un modo u otro, pues todos tenemos intereses que defender. Si has visto mi blog, quizá hayas visto lo que pasa cuando una lista de correo supuestamente "no ejerce la censura" (me refiero a la de AEDEAN), sino que, según los administradores, los socios pueden publicar en ella lo que quieran. A la primera de cambio, con el primer conflicto, aparece la censura. Normal. Lo que no era normal era hacer gala de que no había censura, ignorando lo que son los propios intereses, y los condicionantes del medio institucional en el que nos movemos. Creer que puede no haber censura es creer que el mundo es una balsa de aceite, un lugar sin conflictos, donde podemos presuponer todos los mismos sobreentendidos. Y me parece obvio que no es así, en ningún caso, y menos cuanto más abierto sea el medio a opiniones diversas. En un sitio donde todos están de acuerdo nunca hay que censurar a nadie; es donde empiezan los desacuerdos cuando empieza a actuar la censura inevitablemente. Así que, si no estás demasiado enfadado conmigo para verlo con humor, acéptame esta paradoja: es la existencia de la censura en él la que prueba que un medio tiene cierta dosis de visión crítica y variedad de opinión. Siempre cierta dosis, no seamos absolutistas... Mira, francamente, creo que no deberíamos partir peras por esta cuestión, sino seguir aprovechando el espacio de entendimiento que tenemos, que no es poco. En realidad siempre tienes sólo un espacio de entendimiento con la gente con quien te entiendes, pues hay tantas cosas en las que podríamos disentir con las personas que nos son más cercanas, si las estudiamos de cerca... Entiendo que en la versión del artículo que envié revisada no encuentras nada que contravenga vuestras normas de uso (no digo que estés de acuerdo, que eso es otra cosa). Si las sigo contraviniendo, como pareces temer, pues dímelo, y o bien enviaré otra versión más dulcificada, o bien renunciaré a enviar este artículo, y enviaré otros, o ninguno si no logramos entendernos. Pero no pasa nada, no me voy a enfadar con vosotros por eso, que entiendo perfectamente la situación. Ahora bien, tampoco te enfades tú por lo que yo pongo en mi blog, que sólo es ofensivo para quien crea que la censura es algo así como el Coco---no para quien sabe que es una realidad inherente a la comunicación pública. Y créeme, que es muy fácil tolerar la libertad de expresión cuando estamos de acuerdo con lo que se dice: es cuando disentimos cuando llega el auténtico test de la tolerancia. Que (como he venido diciendo) tiene sus límites, por supuesto. Espero no exceder los tuyos con mi explicación, y que podamos seguir encontrando espacios de entendimiento.
Un saludo muy cordial, etc
Estimado compañero:
Me temo que te has sentido ofendido al decir yo que en tu sitio web hay censura, y que te has visto por un momento caracterizado como un censor "inquisitorial". Por favor no te enfades conmigo, que no es para tanto. Quizá tengas una alergia especial a la palabra "censura", y te ha resultado ofensiva. La intención no era ofender, desde luego. Porque la práctica de la censura no es sólo privilegio de terceras personas desagradables a las que condenar: todos censuramos, y todos nos censuramos. Censura hay en tu sitio web, y en el mío, y en todos (no en todos el mismo tipo, claro). Un administrador es, entre otras cosas, un censor. Censura es, desde luego, exigir el uso de un determinado estilo, expresiones, etc. Llámalo "normas de uso", como lo haces, si prefieres: pero el rechazo de un escrito por no atenerse a las normas de uso no es algo distinto de la censura "clásica" en esencia, sólo en grado, latitud, modos.... Y por supuesto que los administradores podéis no publicar, o publicar, en vuestro sitio web lo que estiméis oportuno---como yo en mi blog---aunque os autocensuréis, y aunque yo también me autocensure. Eso no es algo que me tengas que explicar, ni yo a tí. No iba por ahí en absoluto la cosa. Todos trabajamos con condicionantes: como tú mismo me has aclarado tan amablemente, no podéis correr el riesgo de publicar cualquier cosa, porque os cerrarían. Ergo: censura. No tuya, o no a tu gusto, quizá, pero sí exigible por las condiciones mismas del medio, su administrador último, que no eres tú sino el Rector, y ni siquiera él quizá, pues vamos acercándonos a los límites legales del uso de la palabra, etc. Que los hay aquí y en la España de Franco. Creo que no deberías ofenderte, y te lo digo amistosamente, por el hecho de que yo hable de una "versión censurada" de mi artículo---tampoco digo quién la censura, no digo si la censuro yo, como es el caso, al aceptar publicarla "censurada"---ya que la versión que publicáis no es la que yo quería enviar, pues esa se borró, sino una pactada dentro de ciertas limitaciones a la expresión---limitaciones aceptadas de una manera que me parece que supone un acercamiento racional entre las dos partes. A mí no me parecería racional que no existiese la censura, de un modo u otro, pues todos tenemos intereses que defender. Si has visto mi blog, quizá hayas visto lo que pasa cuando una lista de correo supuestamente "no ejerce la censura" (me refiero a la de AEDEAN), sino que, según los administradores, los socios pueden publicar en ella lo que quieran. A la primera de cambio, con el primer conflicto, aparece la censura. Normal. Lo que no era normal era hacer gala de que no había censura, ignorando lo que son los propios intereses, y los condicionantes del medio institucional en el que nos movemos. Creer que puede no haber censura es creer que el mundo es una balsa de aceite, un lugar sin conflictos, donde podemos presuponer todos los mismos sobreentendidos. Y me parece obvio que no es así, en ningún caso, y menos cuanto más abierto sea el medio a opiniones diversas. En un sitio donde todos están de acuerdo nunca hay que censurar a nadie; es donde empiezan los desacuerdos cuando empieza a actuar la censura inevitablemente. Así que, si no estás demasiado enfadado conmigo para verlo con humor, acéptame esta paradoja: es la existencia de la censura en él la que prueba que un medio tiene cierta dosis de visión crítica y variedad de opinión. Siempre cierta dosis, no seamos absolutistas... Mira, francamente, creo que no deberíamos partir peras por esta cuestión, sino seguir aprovechando el espacio de entendimiento que tenemos, que no es poco. En realidad siempre tienes sólo un espacio de entendimiento con la gente con quien te entiendes, pues hay tantas cosas en las que podríamos disentir con las personas que nos son más cercanas, si las estudiamos de cerca... Entiendo que en la versión del artículo que envié revisada no encuentras nada que contravenga vuestras normas de uso (no digo que estés de acuerdo, que eso es otra cosa). Si las sigo contraviniendo, como pareces temer, pues dímelo, y o bien enviaré otra versión más dulcificada, o bien renunciaré a enviar este artículo, y enviaré otros, o ninguno si no logramos entendernos. Pero no pasa nada, no me voy a enfadar con vosotros por eso, que entiendo perfectamente la situación. Ahora bien, tampoco te enfades tú por lo que yo pongo en mi blog, que sólo es ofensivo para quien crea que la censura es algo así como el Coco---no para quien sabe que es una realidad inherente a la comunicación pública. Y créeme, que es muy fácil tolerar la libertad de expresión cuando estamos de acuerdo con lo que se dice: es cuando disentimos cuando llega el auténtico test de la tolerancia. Que (como he venido diciendo) tiene sus límites, por supuesto. Espero no exceder los tuyos con mi explicación, y que podamos seguir encontrando espacios de entendimiento.
Un saludo muy cordial, etc
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