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lunes, 28 de marzo de 2016

Retropost #789 (27 de febrero de 2006): Etnicidades



Este fin de semana han caído visto dos películas sobre etnicidades, Crash y La Pantera Rosa. Bueno, vale, una más que otra.

En Crash, el director saca a relucir las cosas que piensan y normalmente no dicen los americanos sobre las características étnicas y políticas de grupo de las distintas comunidades estadounidenses; bueno, lo que dicen entre ellos pero (in mi experiencia al menos) cuidan muy mucho normalmente de decir en presencia de nadie de otra etnia. La diferencia es que en esta película no se cortan, con lo cual vemos una realidad filmada de modo realista pero con comportamientos un poco surreales a veces. Algunos de ellos encasillados en sus actitudes e incapaces de cambiar; varios de los personajes cuyas vidas se entrecruzan aprenden sin embargo una lección, normalmente tras enfrentarse a una situación límite. Y uno de los personajes, el policía joven que creía no ser racista (o por lo menos creía ser menos racista que la mala bestia de su colega), descubre para horror suyo que era tan capaz como el que más de cometer un homicidio por sus prejuicios racistas. Recoge a un autoestopista negro y acaba dándole un tiro de puro miedo tras una discusión. (No sé si hay una historia gay mezclada aquí: ¿podría ser?). Así se cumple la profecía del colega borde, cuando le dice que no era mejor que él. Y se demuestra la tesis de la película: que el racismo y la suspicacia son inherentes a esta sociedad multiétnica, que van más allá de las buenas intenciones o malas de los personajes y de su "política" explícita -- aunque la grosería gratuita de muchos haga suponer lo contrario a primera vista. Por contra, se nos hace ver cómo el poli malo salva a la misma negra (bueno, negra por decir algo) a la que había humillado a conciencia. Eso tampoco lo convierte en poli bueno, claro, aunque la cámara lenta parezca querer sugerir algo en esa línea ("cerdo racista pero buen (a) gente en realidad"). Hay que consolarse con que un negro criminal no llegue (al recordar sus raíces) a vender a un grupo de asiáticos como esclavos cuando se le presenta la oportunidad. Por cierto, que el único blanco que lo trata como a un igual (en el crimen) es el mafioso que le intenta convencer para que se los venda: allí no hay lugar para sensiblerías, parece decirle. Pero ni aun queriendo lo puede tratar como un igual, porque el negro lleva su historia a cuestas, quiera que no, y se niega a vender esclavos. (Je, será que no es de la línea pro-africanista, porque andá que los antepasados africanos no vendían esclavos ni nada). Eso sí, los llama "jodidos chinos", la política verbal aquí desde luego no la cuida nadie mucho. Menos mal que en la América real no andamos a este nivel de indiscreción y hay un poquito más de hipocresía, que si no...

Y luego La Pantera Rosa, con sus fgansesés con acsentós... La solución final del caso viene para Clouseau cuando recuerda lo que el espectador había interpretado como una escena cómica, y lo era. Había salido Clouseau entrevistando a una abuela china que le habla en chino, y él finge entender; esto se retoma en flashback, y nos sale subtitulado lo que la china decía, y vemos que Clouseau en efecto entendía chino, como había proclamado. Esto si que es humorístico, claro, aún más que fingir, saber chino: que un occidental, en efecto, sepa chino. Humor surrealista. Pues acabamos de pasar en el mundo los seis mil quinientos millones de habitantes, y uno de cada cinco es chino. Pronto uno de cada cinco aquí.

Aún me acuerdo de esos tiempos, no tan lejanos, en los que se decía que los españoles no somos racistas. Me parece que a nadie se le ocurre ya repetir esas cosas; en lugar de eso estamos aprendiendo la hipócrita y prudente discreción sobre etnicidades que tan ensayada tienen los americanos.



(PS: Vaya, observo que triunfa Crash en los oscars: debe ser el optimista mensaje de reconciliación que transmite tras un duro planteamiento inicial. Si ya lo decía Jameson --Fredric, no J.J.: la función ideológica de la narración es dar soluciones imaginarias a problemas reales...).




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sábado, 15 de agosto de 2009

El Reino de los Suevos


Todos los años nos pillan las fiestas de por medio, nos cierran la biblioteca y nos vamos de Viveiro sin poder devolver algún libro (pero lo enviamos por correo luego, eh...). —"Anda, ve a llevar a correos la historia esa los cojones".... porque esta vez el libro en cuestión es El reino de los suevos, de Casimiro Torres Rodríguez (1977).

Es de hecho un admirable libro de historia de esos que lleva tanto trabajo hacer y que tan poco leídos quedan. Los suevos al parecer eran unos señores tirando a rubios, de cara ancha, más bien bajitos, cuadradetes, coloradotes y mazacotitos, de poca cadera y poca cintura, cuyos genes todavía se ven abundantemente por Galicia, sobre todo rural. Pero de estas cosas de aspecto físico no se ocupa el libro de Torres; ni tampoco los españoles en general, a los que bien poco les interesa, menos a los vascos, conocer sus orígenes raciales. Claro, de racial a racista, hay pocos pasos... Creo que el olvido activo que viene habiendo desde hace tiempo en España con estos temas es una mezcla de sano e insano—sano por lo que tiene de melting pot, y de ignorar diferencias étnico-raciales o viejos traumas y conflictos; insano porque quien se pica, o se ignora a sí mismo, debe ser que aún come ajos. La razón más directa del olvido activo es, aparte de efectos indirectos de fenómenos como la Guerra Civil, la consciencia enterrada de tantos siglos de Inquisición, de limpieza de sangre y de judaizantes o moriscos reprimidos—los no expulsados, me refiero. Estas cosas se han ventilado más bien por vía de contactos familiares y costumbres de puertas para adentro: no juntarse mucho con los de tal pueblo, o con los de tal barrio, o con los gitanos, o con los agotes, o con los pasiegos, o con tal y cual... O sea, que todos mezclados, pero a veces no tanto.

Ahora que estamos en la España de los derechos históricos, imagínate que volviesen los judíos expulsados, a Zapatero, a pedirle compensaciones. Y los moriscos. O los suevos, que los conquistó Leovigildo, yo creo que bien merecerían autonomía y fueros, ¿no? Estos sí tuvieron reino en los siglos V y VI; otros con menos reino tienen más Derechos Históricos. A lo que voy, es que hoy en España, nadie (que no sea vasco, que ahí el racismo sí que cabalga fuerte) se interesa por su remoto origen étnico, y sin embargo las caras se ven por las calles: judíos, a patadas; moros, que tampoco faltan, y romanos, e iberos botorritos, y hasta celtas, aunque muchos que le pegan a la gaita y se creen celtas son otra cosa, seguro. Y suevos, y suevos. Y godos auténticos, y guanches. Con el mapa genético que van a hacer de los flujos de población los secuenciadores del genoma, los de 23&Me y otras compañías, si no pronto sí un poco más tarde, puede que esto cambie, y vuelva el interés por lo racial—esperemos que no demasiado, por favor. Nos enteraremos si los rubietes anchotes coloradillos de cara cuadrada son en realidad suevos, o son más bien asdingos, o silingos—que también vinieron en el 409. Fueron años de calamidades incontables, según Torres Rodríguez, que como digo no está nada interesado en los suevos de la actualidad, si los hay.

De la cultura sueva poco queda. Están los nombres y hechos de los reyes, como Reckiario, o Mirón. Sí quedan nombres de escritores e intelectuales (eclesiásticos) de aquella época, del reino suevo de Galicia, pero son hispano-romanos, no suevos. Son Paulo Orosio; San Martín de Braga; los dos Avitos que impugnaron a Prisciliano; Hidacio de Chaves, que escribió la historia de los suevos... y otros personajes de curiosos nombres, como Balconio de Braga, el teólogo Siagrio, Agrestio de Lugo, o Profuturo de Braga. Profuturo de Braga... ojo al parche.

Nos dice Torres que "No consta que ninguno de los suevos se haya distinguido en alguna de las ramas de la cultura. Era un pueblo de labriegos y de guerreros, y no sabemos de ningún hombre de raza sueva que haya superado dichas actividades" (293). Al margen de los genes, desde luego, poco queda de los suevos—casi ni el recuerdo de que fueron suevos, que sembraron el terror, y que aquí tuvieron un reino.

 

 

 

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Torres Rodríguez, Casimiro. El reino de los suevos. (Galicia Histórica). La Coruña: Fundación Barrie de la Maza, 1977.



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