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domingo, 13 de marzo de 2016

Retropost #734 (30 de enero de 2006): Munich



Termina Munich con una imagen de Avner, ex-agente del Mosad volviendo a su casa de Brooklyn, tras un contacto (¿oficial?) con su antiguo jefe del servicio secreto. El East River, panorámica de rascacielos, entre ellos las Torres Gemelas-- estamos a mediados de los 70. El mensaje del director está muy claro: aquí tenéis, aquí tenemos, vuestro (nuestro) Septiembre Negro. No cometáis los mismos errores. Porque Munich se presenta como la historia de un error, de cómo la respuesta al terrorismo con el terrorismo no es solución, sino que engendra una espiral de violencia. No es solución, en todo caso, que adopten los poderes públicos, porque siempre se desentienden oficialmente de lo que les prohíben las leyes. Así se acaba encontrando este mercenario (¿o patriota?) en tierra de nadie, sin saber al final si ha hecho mal o bien, si ha trabajado por lo que daba sentido a su vida o lo ha destruido él mismo, porque lejos de exorcizar al terrorismo lo ha colocado en el centro de su vida y de sus temores. Al final, su relación con los poderes que le han encomendado la misión es ambigua, y ha visto el rostro más indeseable donde el poder legítimo pierde su honesto nombre y se codea con el crimen. En este sentido, y en muchos otros, la película se parece muchísimo a Lobo, la película de 2004 sobre un infiltrado en la ETA.

Se ha hablado mucho de la valentía de Spielberg y de las críticas que se ha atraído del ala dura sionista. Pero no puede decirse que no represente al discurso sionista en sus propios términos en la película, en boca de la madre del protagonista, por ejemplo, o de Golda Meir. Y el hecho mismo de escoger como protagonista al agente secreto éste es por supuesto una elección de bando: se nos presenta a Avner como una figura trágica, que siguiendo el destino que elige no sólo destruye el mal que quería destruir, sino que descubre la parte de bien que había en ese mal, contribuye a engendrar más mal, y envenena su propia vida. Eso es trágico, y si bien no llegamos a simpatizar totalmente con la siniestra banda de Mortadelos y Filemones del Mosad, sí es cierto que se nos invita a verlos como seres humanos normales haciendo su trabajo. Eso es una elección. Lo mismo se hace durante breves segundos con los terroristas palestinos, pero los segundos de pantalla, como bien sabe Berlusconi, suponen una gran diferencia. Así pues Spielberg no condena las actividades terroristas del estado israelí; más bien muestra sus causas, contexto y consecuencias, dudosas y envenenadas como dudosa y envenenada es toda opción que se tome en un ambiente envenenado.

Tan importante como lo que se muestra es lo que no se muestra: se nos habla de ataques aéreos contra los palestinos, de 50 o 200 muertos a cambio de los once muertos de Munich, de la escalada de venganza, pero poco de eso vemos, sólo lo que afecta directamente al protagonista. A Avner le parece caro matar palestinos, pero para la aviación israelí no es tan caro, seguramente. Avner, futuro padre de familia se convierte en un terrorista por invitación de la primera ministra sin pensárselo demasiado, y las preguntas obvias ("¿por qué no los juzgamos, etc?") se le ocurren sólo con varios años de retraso, vaya, hasta entonces estaba demasiado ocupado haciendo su trabajo, y algunos extras, una vez cogida la marcha. Ahora, la pasta la cobra puntualmente. Y esto se nos muestra también, pero no se enfatiza, haría desagradable al protagonista. Como si fuese un tío que no duda en poner en peligro a su familia, en comprometer la honorabilidad de su país y en entrar en tratos sucios con criminales de todo tipo, sólo por un beneficio tangible: la pasta, la pasta, que el banco suizo es muy fiable. "No trabajo para usted; trabajo para una cuenta bancaria", le dice a su (¿ex?)jefe, y es cierto, muy cierto. En una película más responsable, menos implicada emocionalmente (y ésta lo está, aunque lo disimule con la frialdad ambiental), la relación del hombre sensible con la pasta aparecería retratada de muy otra manera. Claro que también hay en la personalidad del héroe un cierto trauma edípico, de competencia con el padre, héroe nacional. Los flashbacks que nos remiten una y otra vez al Septiembre de Munich hacen vivir como una crisis personal del héroe aquellos días de septiembre, hasta un punto un tanto forzado, se ve la necesidad del protagonista, y del director, de justificarse por su elección ante el giro dudoso que están tomando los acontecimientos. Así pues, demasiado Munich, y por ahí se le ve el plumero...

Dicho esto, la película es muy buena, no hay que perdérsela. Es magistral presentando la dinámica del día a día del (contra)terrorista, y la ambigüedad y variedad de motivaciones y actitudes de una enorme gama de personas más o menos implicadas en la lucha terrorista y contraterrorista, y cómo el dinero del contribuyente acaba yendo inexorablemente a manos de criminales que sacan tajada a cuenta de los servicios secretos. Mantiene Spielberg la ecuanimidad hasta extremos poco frecuentes en estos casos, presentando al Otro como uno mismo (así en la conversación del protagonista con el terrorista palestino con el que comparte piso franco: si los judíos esperaron dos mil años para tener su nación, lo mismo harán los palestinos). Supongo que son estas cosas las que no le perdonan a Spielberg los fundamentalistas. Pero si lo piensan, no está tan mal, presentar como un héroe trágico a un asesino a sueldo de la caja negra de Suiza, un personaje con las prioridades muy mal puestas. Esa es la única certidumbre que a la que se atiene el protagonista a fin de cuentas: la cuenta. No es lo que dice, claro, ni él ni la película -- pero es lo que hace.





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domingo, 20 de diciembre de 2015

Retropost #469 (25 de mayo de 2005): La Guerra de los Mundos


Había un país lleno de tensiones en la convivencia familiar, y con sus problemas de política interior y exterior, un país empero donde se vivía básicamente la vida cotidiana -- y que de repente se vio sumergido en un problema de una dimensión mucho mayor: invadido, planchado, masacrado, bombardeado por una civilización tecnológicamente muy superior contra la que no tenía la menor esperanza de poder defenderse. Los invasores tenían los planes de conquista trazados, y los siguieron implacablemente hasta dominar totalmente la situación, mientras columnas de refugiados huían aterrorizados, en medio de un mar de destrucción, y veían a sus ejércitos estrellarse impotentes contra las indestructibles máquinas de matar venidas de otro mundo. Pero... "ninguna ocupación tiene éxito, lo ha demostrado la historia", cito de la película. Nuestra adaptación al terreno nos ha dado el derecho de vivir aquí, mientras que los invasores serán rechazados, a pesar de su triunfo inicial, por el mismo aire que respiran. Cuando no por la resistencia subterránea. Vamos, que la película de Spielberg va de la mala conciencia existente en los EE.UU. acerca del imperialismo agresivo de su país en países como Irak. Las filas de refugiados occidentales, imagen que nos lleva a la Segunda Guerra Mundial o a la guerra de Bosnia-Herzegovina, nos recuerdan que los iraquíes son como nosotros, y que no necesariamente nos va a tocar siempre estar del lado que bombardea. (El Holocausto también palpita por aquí debajo).

¿Que la película va también de América, y que los marcianos son una alegoría de los terroristas? Pues claro, no pretendo negarlo: una cosa no quita la otra. Tanto más onírico, y cinematográfico, si se fusionan el yo y el otro, si se crea en los marcianos una imagen compleja en la que se funden el Otro absoluto que es el terrorista para su víctima, y el otro Otro dentro de nos-Otros–el terrorista que somos nosotros para otros. (La lógica de la abyección una vez más). Porque los marcianos, claro, también son terroristas infiltrados en el vecindario: en nuestro patio trasero, debajo de nuestras casas se ocultaba la amenaza, y no lo sabíamos hasta que empiezan a derrumbarse las torres. Holy shit! Las escenas de destrucción de edificios y de reacciones de masas no pueden sino recordar al 11 de septiembre. Pero Spielberg toma aquí partido por la acción y por un punto de vista limitado: corta la electricidad. Con lo cual se autolimita en el uso de imágenes dentro de imágenes del que tanto gustaba en otras películas. Gana así la película en intensidad, pero pierde en complejidad, porque la dimensión informática de esta guerra de los mundos desaparece. Nunca vemos, por ejemplo, el punto de vista del extraterrestre, aunque ellos sí tengan comunicaciones. Pero ya se sabe que es mejor no mirar con mucho detenimiento dentro de uno mismo: buscando terroristas por los subterráneos puede que tu cámara se encuentre con un espejo.

Los extraterrestres, por cierto, son el resultado de una noche de amor entre Alien y E.T. (los autoguiños de ojo del director son numerosos, parece un tic temblón). Casi parecen vulnerables estos no-marcianos: repugnantes pero no personalmente temibles en un cuerpo a cuerpo, si nos conociésemos en otras circunstancias. Son sus máquinas, los trípodes (hechas a su imagen y semejanza, claro, uno y trino - también a modo de los trífidos) las que hacen la destrucción. Recuerdan a pulpos y monstruos submarinos - pero también a un F-117 con patas. De repente se derrumban: los marcianos mueren envenenados por las bacterias terrestres. Aquí ha fallado su tecnología, y la de Spielberg - pero qué vergüenza, puestos a planear las cosas con tanto cuidado y tanta pasta. Puestos a modernizar la novela de H.G. Welles (oops), un retoque inteligente al final hubiera ayudado: los "gérmenes" no tienen hoy el impacto novedoso que tenían a finales del 19, al margen de que el final predecible a la manera sabida resulta decepcionante. Es decir, no basta con ambientarla en el siglo XXI para ambientarla en el siglo XXI. Orson puso el listón metaficcional muy alto al mezclarla con la realidad, y Spielberg ha preferido cortar por lo sano y contener la historia en unos límites en los que ya no cabe.

En cualquier caso, la película está llena de aciertos por aquí y por allá: gran parte del trabajo de los actores y de la cámara, escenas como la de la tormenta inicial, los cadáveres en el río, la lucha por el coche, o el tren incendiado... Hay otras escenas falsas, como el encuentro con la reportera en el avión estrellado (otra alusión 7/11 esa). Parece insertada bajo el dictado de la corrección política - solidaridad entre judíos, negros y blancos. También está escena del americano profundo paranoico (je, con razón - hasta los paranoicos tienen enemigos). Se supone que hay que exterminarlo, como momento moralmente duro de la peli; pero no queda convincente. Toda esta escena es demasiado larga y chirría. Tampoco Cruise debería ponerse al final a volar trípodes, eso abarata la película. Ni gusta (veo por las reseñas) que toda la familia se reúna al final, sin víctimas. Queremos más víctimas. Bueno, Cruise sigue siendo the odd man out, es una falsa reconciliación con su familia desestructurada la que sigue, tanta calamidad para que al final no se consiga remendar la familia americana. Y nos quedamos sin saber si el hijo, por fin abrazado, termina de hacer su trabajo de curso para el lunes sobre "la guerra de Argelia": le sugiero una visión comparativa con la de Irak y con la invasión marciana.

(Y más ciencia ficción y más extraterrestres: me han regalado, a domicilio además, This Island Earth, una peli de vintage SF que llevaba con ganas de ver desde los 70... ¡Gracias, Alessandra! Por cierto mientras leía varias críticas de la película en Google, me he fijado por primera vez en el pie de página que ponen, imitando los finales de las películas: "Ningún crítico cinematográfico ha sufrido daños durante la creación de esta página. De hecho, la página se ha creado sin su ayuda, ya que la selección y colocación de las críticas se ha determinado automáticamente mediante un programa informático." Ya que no hacen daño, ¿se va a apuntar alguien al servicio este de mensajería de Google?)









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lunes, 23 de noviembre de 2015

Retropost #425 (21 de julio de 2005): La catarsis postindustrial


Tras el Gran Circo Italiano, espectáculo de tradición decimonónica europea, llega a Cedeira la marea globalizadora con Motor Show, uno de esos espectáculos de destrucción de coches, saltos con motos por aros de fuego, y vehículos aplastadores con ruedas gigantes. No creo que contribuyamos a subvencionar la adquisición de diversos vehículos para que nos los hagan migas delante; ya se sabe que los intelectuales somos aficionados a productos culturales con raíces tradicionales, ya sean reales o fingidas.

Cuando yo era crío, la versión más cercana a estos shows de coches eran las gymkanas, que ya no sé si se llevan, hace como diez años que no veo esa palabra por los carteles de fiestas. Eran menos pasivas, porque podía participar el personal con su propio coche, mientras que en el motorshow te limitas a ver cómo chafan coches delante de tí. Claro que también hoy serían políticamente incorrectas las gymkanas; recuerdo que una de las pruebas habituales era llegar corriendo con el coche de la prueba anterior, beberse tres cervezas de golpe, y salir zumbando a la siguiente prueba. Pero esto otro de desguazar los coches estrellándolos ya es peor, aquí aflora una neurosis postmoderna, una especie de fascinación malsana por la tecnología y por la destrucción, y por la destrucción de la tecnología, y la tecnología de la destrucción.

Es este ingrediente de la era postindustrial el que retratan novelas/películas como "Crash", de Ballard/Cronenberg (que va sobre unos fanáticos de las cicatrices y los accidentes de tráfico). Los coches, objeto de deseo moderno por excelencia, pasan aquí a una fase postmoderna al exprimirles la destrucción que llevan dentro, en plan return of the repressed. Me gusta una frase de Stephen Metcalf sobre "Crash", donde dice que los coches encarnan "un erotismo terminal de la tecnología al colisionar con el cuerpo humano y estallar en pedazos, vaciando violentamente una subjetividad que se deposita como basura" (1). Hay una versión japonesa de esta neurosis que va enfocada al entorno laboral: hay compañías que alquilan a los oficinistas frustrados una oficina que pueden destruir con saña, volcando ficheros y reventando ordenadores con mazos. Ayuda a esto, sin duda, la obsolescencia consumista de coches y aún más la de ordenadores - aunque siempre habrá algún vicioso que necesite atizarle al último modelo, y no al de 1998.

En la película de Spielberg "AI: Inteligencia Artificial" hay una escena que ofrece una visión futurista del mismo espectáculo. La película es la historia de Pinocho en un mundo donde los robots son cosa corriente: una pareja que pierde un hijo adquiere un pequeño androide programado para quererles, pero la madre, insensible o enloquecida, cambia de planes y lo abandona (después de todo, sólo es una máquina). Pero el robotito es consciente, y sufre, y vive aventuras acompañado por otro desecho social, un androide-gigoló que es todo un hallazgo. Uno de los peligros que evita es un Motor Show / Ordenata Show futurista: un espectáculo de destrucción masiva de robots obsoletos, ante un público embrutecido de la América profunda, del tipo linchador republicano matón de bar. Allí los robots son a la vez cristianos entregados a las fieras y esclavos negros atrapados por una horda del Ku Klux Klan; y los romanos/fascistas son a la vez ciudadanos normales que pasan un rato agradable limpiando el barrio de tecnología atrasada. Es una de esas escenas donde se crea un símbolo de la experiencia contemporánea que es un éxito, a la vez por las raíces emocionales de los episodios que recombina, extraídos de la intertextualidad fílmica de películas de romanos o del oeste, y también por la manera en que participa del propio fetichismo tecnológico que denuncia. Nos convierte también a nosotros los espectadores en mirones con mala conciencia, voyeurs de los linchamientos tecnológicos, identificándonos explícitamente con las víctimas maquinizadas, e inconfesadamente con los agresores, proyectando allí los deseos malsanos de destrucción que extraemos de nuestra propia relación con la tecnología y el consumismo desbocados. Esta escena de los robots se retomó en parte el año pasado en "Yo, Robot", donde también se utilizaba el tema de la obsolescencia acelerada de las generaciones cibernéticas, y se comparaba a los robots desfasados con un lumpenproletariado jubilado anticipadamente, retirado a almacenes tercermundistas fuera del centro de la ciudad.

La destrucción de coches, por supuesto, es uno de los placeres inconfesos de cualquier película americana: sólo cuando se presenta explícitamente como espectáculo adquiere un matiz reflexivo, aunque quizá sea esto más pérfido, al hacernos disfrutar igualmente de lo que se denuncia. No hay escapatoria: si no vas a ver Motor show, al menos lo mirarás por la tele, o verás "Crash" o "AI" o "Yo, Robot"; son maneras más finas e indirectas de lograr la catarsis postindustrial, y de subvencionarla: todos vivimos ya en la América profunda.

(1) Stephen Metcalf, "Autogeddon", en VIRTUAL FUTURES: CYBEROTICS, TECHNOLOGY AND POST-HUMAN PRAGMATISM, ed. J. Broadhurst Dixon y E. J. Cassidy (Londres y Nueva York: Routledge, 1998), 112.







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