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miércoles, 22 de mayo de 2019

Cervantes y Groenlandia: Historia septentrional





Acabo de leerme la novela póstuma de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, y me ha llamado la atención un detalle al final de esta narración subtitulada Historia setentrional (por septentrional). En efecto, está ambientada vagamente en las islas de Noruega y el norte del Mar del Norte, aunque los personajes navegan al sur, para desembarcar en Lisboa y hacer una peregrinación a Roma pasando por España. Es novela peregrina y de mucha peregrinación, muy católica, muy antiislámica, y desconfiada de esos países del norte donde la fe católica anda "algo de quiebra" — Aunque no se menciona la Reforma como tal, la novela está ambientada hacia 1558, con el protestantismo bien asentado en la mayoría de las tierras norteñas que describe. 

Empieza la novela, con una memorable escena de cautiverio in medias res, en tierras más bárbaras que cristianas, entre historias de piratas y salvajes de los que van escapando y librándose poco a poco los protagonistas, los príncipes Persiles y Sigismunda, o más bien Periandro y Auristela, pues con esos alias se los conoce durante toda la novela. Enamorados haciéndose pasar castamente por hermanos, viajan a Roma para ver allí resuelta su historia familiar en una anagnórisis final que los deja libres para volver a reinar a sus tierras (aunque no al parecer para llevar allí el verdadero catolicismo, si a la evidencia histórica nos remitimos).

Bien, pues siendo una novela que tanto canta las loas de la Iglesia, se molesta Cervantes en contarnos, ya casi concluida la novela, estas curiosidades de las iglesias católicas más remotas en los confines de la tierra, allá por el norte mal explorado. Cito estos pasajes de los capítulos doce y trece del cuarto libro. En el primero sorprende Persiles una conversación en noruego, a las afueras de Roma:


Pero lo que más le admiró fue que hablasen en lengua de Noruega, estando tan apartados della. Acomodóse detrás de un árbol, de tal forma que él  y el árbol hacían una misma sombra; recogió el aliento, y la primera razón que llegó a sus oídos fue:
    —No tienes, señor, para qué persuadirme de que en dos mitades se parte el día entero de Noruega, porque yo he estado en ella algún tiempo, donde me llevaron mis desgracias, y sé que la mitad del año se lleva la noche y, la otra mitad, el día. El que  sea esto así, yo lo sé; el porqué sea así, ignoro.
    A lo que respondió:
    —Si llegamos a Roma, con una esfera te haré tocar con la mano la causa dese maravilloso efeto, tan natural en aquel clima como lo es en éste ser el día y la noche de venticuatro horas. También te he dicho cómo en la última parte de Noruega, casi debajo del polo Ártico, está la isla que se tiene por última en el mundo, a lo menos por aquella parte, cuyo nombre es Tile, a quien Virgilio llamó Tule en aquellos versos que dicen, en el libro 1 Georg.:

                                         ... ac tua nautae
           numina sola colant: tibi serviat ultima Thule.

   Que Tule, en griego, es lo mismo que Tile en latín. Esta isla es tan grande, o poco menos, que Inglaterra, rica y abundante de todas las cosas necesarias para la vida humana. Más adelante, debajo del mismo norte, como trecientas leguas de Tile, está la isla llamada Frislanda, que habrá cuatrocientos años que se descubrió a los ojos de las gentes, tan grande que tiene nombre de reino y no pequeño. De Tile es rey y señor Maximino, hijo de la reina Eustoquia, cuyo padre no ha muchos meses que pasó desta a mejor vida, el cual dejó dos hijos, que el uno es Maximino que te he dicho, que es el heredero del reino, y, el otro, un generoso mozo llamado Persiles, rico de los bienes de la naturaleza sobre todo estremo....

etc. etc.,; Reconoce Persiles en el que habla a su ayo Serafido. Y sigue la narración de Serafido sobre el Septentrión remoto en el cap. 13:


Volvióle a repetir Serafido cómo la isla de Tile o Tule, que agora vulgarmente se llama Islanda, era la última de aquellos mares setentrionales,
     —...puesto que un poco más adelante está otra isla, como te he dicho, llamada Frislanda, que descubrió Nicolas Teno [Nicolás Zeno—errata], veneciano, el año de mil y trecientos y ochenta, tan grande como Sicilia, ignorada hasta entonces de los antiguos, de quien es reina Eusebia, madre de Sigismunda, que yo busco. Hay otra isla, asimismo poderosa y casi siempre llena de nieve, que se llama Groenlanda, a una punta de la cual está fundado un monasterio debajo del título de Santo Tomás, en el cual hay religiosos de cuatro naciones: españoles, franceses, toscanos y latinos; enseñan sus lenguas a la gente principal de la isla, para que, en saliendo della, sean entendidos por do quiera que fuesen. Está, como he dicho, la isla sepultada en nieve y, encima de una montañuela está una fuente, cosa maravillosa y digna de que se sepa, la cual derrama y vierte de sí tanta abundancia de agua, y tan caliente, que llega al mar y, por muy gran espacio dentro dél, no solamente le desnieva, pero le calienta de modo que se recogen en aquella parte increíble infinidad de diversos pescados, de cuya pesca se mantiene el monasterio y toda la isla, que de allí saca sus rentas y provechos. Esta fuente engendra asimismo unas piedras conglutinosas, de las cuales se hace un betún pegajoso, con el cual se fabrican las casas como si fuesen de duro mármol. Otras cosas te pudiera decir —dijo Serafido a Rutilio— destas islas, que ponen en duda su crédito, pero, en efeto, son verdaderas. 

Los diversos editores (Carlos Romero Muñoz, editor de la edición de Cátedra que manejo, sus propias fuentes como Lozano Renieblas, R. H. Major, editor del volumen de la Hakluyt Society sobre los Zeno, el almirante Zahrtmann, y las diversas fuentes citadas en la Wikipedia) especulan con diversas localizaciones para Frislanda, tierra nativa de Sigismunda/Auristela, tanto en la geografía mental de Cervantes como en la del mapa de los hermanos Zeno, que reproduzco aquí. Bueno, reproducción de reproducción, que aquí todo va de un oído a otro y una fuente a otra deformándose por el camino, como en el juego del teléfono. (Véase por ejemplo la duplicación de Groenlandia en "Engronelant" y "Grolandia", y la situación norteña, bajo la "Tramontana", del monasterio de Santo Tomás, del cual hablaremos luego.


El mapa, copia de uno del siglo XVI, se remonta supuestamente a un original del siglo XIV.

Aparte de las Shetland y las Faroe, entran en danza especulativa tierras tan alejadas como Labrador o Terranova, amén de las más o menos fantasiosas Estotilandia e Icaria mencionadas por los Zeno. Se mueven más que la isla de San Borondón. A ojímetro de cartógrafo distorsionado, Estotilandia podría parecer alguna tierra firme del Canadá, e Icaria y Frislanda una Terranova un tanto flotante, o vaya usted a saber. Cervantes sí debió conocer algo (no sabemos si de primera mano) de las cartas de los hermanos Zeno transcritas por su descendiente Nicolò Zeno. Aquí hay una edición inglesa de las mismas, en el Archivo de Internet. En las páginas 12-13 del relato de los Zeno (en realidad de su familiar y editor Nicolò Zeno "bis") se encuentra la referencia a un monasterio en "Engroneland" (Groenlandia al parecer), descripción muy magnificada que se reconoce, distorsionada a su vez, en el Persiles: véase una curiosa descripción del uso de fuentes calientes para la calefacción central, algo sin duda aprendido en Islandia, y también una mención de las "piedras conglutinosas" cervantinas usadas para construcción, que aquí en la fuente textual provienen del volcán, pasando quizá por la fuente balnearia:



Las fantásticas exploraciones de los Zeno y de su señor nórdico, el explorador Zichmni, llegan hasta "Estotilandia", quizá Norteamérica según la edición de la Hakluyt Society. Ciertamente hay curiosos encuentros con los nativos que nos recuerdan a relatos similares de Bernal Díaz del Castillo o de Cabeza de Vaca, si bien a la vez enigmáticamente mezclados con aparentes imposibilidades geográficas medievales.

La edición de Major también incluye la traducción inglesa de otro documento de gran interés: la descripción de Groenlandia escrita por un groenlandés adjunto a la sede episcopal, Ivar Bardsen, en el siglo XIV.

En fin, no quiero cerrar el artículo sin aludir a dos fuentes más; una, dudosa historiografía quizá pseudohistórica, el libro de Gavin Menzies 1421, que también se refiere a fuentes que nos citan las diócesis medievales de Groenlandia, en contacto (por remoto que parezca) con el Vaticano durante la Edad Media. Lejos de mí el sustentar las especulaciones de Menzies sobre exploraciones chinas alrededor de todo el mundo, incluida una circumnavegación de Groenlandia, o el crédito que le presta al llamado "Mapa de Vinlandia". Pero sí me interesa, de una de las referencias que utiliza,

una curiosa carta escrita en 1448 por el papa Nicolás V a los obispos de Skálholt y Holar, en Islandia, preparando el terreno con la intención de nombrar un nuevo obispo en Groenlandia: "[Hace treinta años] los bárbaros vinieron de la cercana costa de los paganos, y atacaron a los habitantes de Groenlandia con gran crueldad, y así devastaron la madre patria y los sagrados recintos con el fuego y la espada, de modo que no quedaron más de nueve iglesias parroquiales [...]  se llevaron a los miserables habitantes de ambos sexos [...] después la mayoría de ellos han regresado de la cautividad a sus propias casas." (Menzies, 1421: El año en que China descubrió el Mundo; DeBols!llo, 2004; p. 357-58).

Menzies pasa de allí a especular con muy poca base que pudieron ser "bárbaros chinos". Pero nos interesa hacer constar la fuente de donde saca la cita de la carta de Nicolás V: el libro de Farley Mowat The Farfarers: Before the Norse (Toronto: Seal Books, 1998). La carta de Nicolás V puede hallarse traducida al inglés, con otras referencias papales a la diócesis de Gardar en Groenlandia entre los siglos XIII y XV, en este informe:



Papal Letters Concerning the Bishopric of Gardar in Greenland During the Fifteenth Century. (American Journeys Collection; Document No. AJ-060). Wisconsin Historical Society Digital Library and Archives, 2003. Online at American Journeys.*
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No nos consta sin embargo en ninguna de estas fuentes que hablasen allí jamás italiano, francés y español como dice Cervantes; —y lo que es la fuente de los Zeno sólo menciona el latín como lengua eclesiástica groenlandesa: lo hablan la mayoría de los eclesiásticos, sobre todo los principales; los demás, procedentes "de diversas naciones" nórdicas, deben de hablar además dialectos nórdicos próximos al noruego. Son llamativos los detalles del libro de Zeno referentes no sólo al uso de calefacción central de fuentes calientes cercanas a un volcán, sino también los cultivos en invernaderos y la admiración que despiertan en los demás habitantes de la región. Pero entre la vaguedad y la extrañeza es difícil distinguir aquí qué parte hay de invención, o de distorsión, y qué parte de trasposición de noticias o leyendas de otros países del Norte.

Un artículo de Der Spiegel recogía hace unos años los resultados de una investigación arqueológica de los asentamientos vikingos en Groenlandia. Están bien acreditados, como bien acreditado parece que fueron abandonados hacia finales de la Edad Media (siendo por tanto totalmente fantástica la continuidad de esos reinos cristianos imaginada allí por Cervantes a mediados del siglo XVI).


Stockinger, Günther. "Abandoned Colony in Greenland: Archaeologists Find Clues to Viking Mystery." Spiegel Online 10 Jan. 2013.*
         2019

 
Llegaron los vikingos posiblemente poco después del año 1000, y debido al enfriamiento climático los últimos asentamientos se abandonaron en la segunda mitad del siglo XV, poco antes del inicio de las expediciones colombinas.



Y cierro con el resto arqueológico más impresionante que nos proporciona la pista de esta "historia septentrional": la iglesia, quizá la de Santo Tomás de Cervantes, y que más probablemente sea de San Olaf (Major lxxxi), en Hvalsey, en los fiordos de la costa oriental de Groenlandia. Una construcción medieval, relacionada con un asentamiento que por tradición tenue pero continua llevaba a las noticias que tenía Colón de unas tierras alcanzables por navegación al oeste, y también a la fantasía cervantina de una enrevesada historia de cristianos de tierras remotas que peregrinan a Roma.



Estos últimos confines de la Europa medieval se pueden ver en Google Maps.







No termino de llegar a los confines del artículo. Creo que como colofón y cierre voy a transcribir tres notas apéndices de la edición de Cátedra, de Carlos Romero Muñoz. Una, sobre Frislanda; otra, sobre Ultima Thule. Y la tercera, sobre Groenlandia.



XXXVI
A PROPÓSITO DE FRISLANDA
(IV, 12: 699)

A la vista de la fecha del "descubrimiento" de Frislanda, recordada por este mismo personaje en IV, 13 (706) ("el año de mil y trecientos y ochenta") el cuatrocientos de este pasaje tiene la apariencia de ser un mero error material de lectura (por el probable docientos del original), imputable al cajista más que a Cervantes.

Base de las presentes líneas es la relación publicada por Niccolò Zeno "el joven" en 1558, luego reimpresa en 1574, en la 2ª ed. de las Navigazioni e viaggi de Ramusio. Rudolf Schevill y Adolfo Bonilla recuerdan que, según Fred W. Lucas (The Annals of the Voyages of the Brothers..., Londres, 1898), Nicolò Zeno "el Menor" resucitó el nombre de Frislanda, presente en numerosas geografías, a pesar de su carácter poco fidedigno, "haciendo de la isla una combinación ficticia de Islanda y dee las Feroe. Lucas ha descubierto casi todos los lugares que Zeno pone en Frislanda en otras islas de mapas más antiguos, como el de Olao Magno de 1529". Cfr. ahora Giorgio Padoan, "Sulla relazione cinquecentesca dei viaggi  nord-atlantici di Nicolò e Antonio Zen (1383-1403)", en L'Impatto della scoperta d'America nella cultura veneziana, ed. Angela Caracciolo-Aricò, Roma Bulzoni, 1990, 219-227.

En esta ocasión, lo único de veras importante es recordar que, cuando escribía la parte propiamente septentrional del Persiles, Cervantes podía creer sin excesivas reservas en la existencia de la isla, con gran frecuencia registrada en cartas y tratados de gran autoridad, como el Theatrum Orbis Terrarum, de Abraham Ortelio, eds. de Amberes, 1574, 1579, 1584, 1592 y —en traducción castellana— 1612 (en ningún caso en el mapa general de Europa, pero sí en los dedicados a América y a Escandinavia, con el añadido de una página de texto, en que se traducen, casi a la letra,varias especies afamadas en la relación del viaje de los hermanos Zeno), el Ptolomeo italiano de 1576, el Ptolomeo italiano de 1575 y el latino 1596. Cabe, de todos modos, preguntarse si las cosas habían cambiado de manera sustancial entre 1615-1616. No estoy en condiciones de afirmarlo ni de negarlo. Aquí me limitaré a recordar que, según Novo y Fernández Chicharro (Cervantes, 1928: 25), Frislanda está todavía presente, p. ej., en el mapa "del holandés Jansoon Blaeu, de 1605". Cervantes, de todos modos, podría no haber "puesto al día" su información para estos capítulos conclusivos de la novela, contentándose con la documentación recogida bastantes años antes. Cuando —como, no sin razón, sugiere Harrison (Cervantes, 1993: 53, 150, 160-161)—, podría haberlos escrito realmente, antes de ponerse a complicar la sencilla fábula con la larga serie de episodios.

XXXVII
ULTIMA THULE
(IV, 13: 706)


Tras recordar la importante declaración que el ayo de Periandro hace a Rutilio (IV, 12 [698]): ("También te he dicho cómo en la última parte de Noruega, casi debajo del Polo Ártico, está la isla que se tiene por última del mundo, a lo menos por aquella parte"), Lozano Renieblas (Cervantes, 1998: 94-98) declara que, para entender de veras el pasaje, "el sintagma clave" consiste en el más adelante. El cual

ofrece, al menos, dos interpretaciones. Si Tule está en algún lugar al norte de Noruega, Frislanda está al oeste. Y en consecuencia habría que interpretarlo como sinónimo de occidental. Pero si la situamos al noroeste de Inglaterra, frente a la costa noruega, más adelante habría que leerlo con el significado de septentrional, puesto que Frislanda quedaría al norte. Sin embargo, si se identifica a Tule con Islandia, más adelante parece no tener sentido, habida cuenta de que Frislanda está al sur de Islandia (en algunos mapas, orientada ligeramente hacia el suroeste de Islandia) y Seráfido le habla a Rutilio en Roma. El siguiente fragmento autoriza a descartar esta identificación [lo encontraremos en IV, 13: 706]:

Volvióle a repetir Serafido cómo la isla de Tile o Tule, que agora vulgarmente se llama Islanda, era la última de aquellos mares septentrionales, puesto que un pco más adelante está otra isla, como te he dicho, llamada Frislanda [...]

    El valor concesivo de puesto que plantea un problema de difícil solución si se ubica Tule en Islandia. [...] No tiene sentido decir que Islanda es la última parte de la tierra, aunque más adelante está Frislanda, siendo que está al sur. En cambio, si se sitúa Tule en algún lugar más allá de las Islas Británicas, de acuerdo con la tradición clásica, la salvedad de que más allá está Frislanda no solamente es comprensible, puesto que, en efecto, está al norte, sino obligada si se quiere evitar la contradicción de que 'se tiene por última en el mundo, a lo menos por aquella parte' [...] La localización histórica de Tule se subordina a la tradición literaria a la que pertenece el Persiles, como confirman los versos virgilianos [...] Y no se le escapó a Cervantes que era contradicción lo que estaba diciendo Seráfido: si Tule estaba donde la suponían los textos clásicos no era el último lugar de la tierra para el XVII, porque Groenlandia, Frislandia y otras tierras continuas, ignotas para los antiguos, habían sido descubiertas, como él mismo menciona al final del Persiles [sobre Groenlandia, cff. IV, 13: 706-707]. El autor se sirve de la ambigüedad para resolver el conflicto entre referente y tradición, ajustando el discurso para hacer un relato verosímil. De habernos dado su localización, hubiera caído, como dice Seráfido, en la vulgaridad de identificarla con Islanda, arrancándola a su tradición y despojándola de su leyenda.

El razonamiento es, sin duda alguna, digno de atención. Que yo recuerde, el único estudioso que hasta ahora se ha planteado —muy de pasada— la cuestión de la incongruencia de la colocación de Tile, Frislada y Groenlanda es Novo F. Chicharro (Cervantes, 1928: 27-28, en parte reproducidas en IV, 12 [701 y nota 9] - [9 - Novo y Fernández Chicharro (Cervantes, 1928: 27-28) recuerda que "en el mencionado mapa [de N. Zeno] figuran Groenlandia, Islandia y Frislandia, así es que la confusión de nombres que sufriera Cervantes también la padeícan los cartógrafos de la época, y a causa de ello dudamos si Sigismunda sería natural de Groenlandia (que dista de Islandia, no las 300 leguas que calcula Cervantes, sino algo más de 500), o si, presciendiendo de ese vago indicio, debemos suponerla natural de las islas feroe o, en fin, si, para los Zeni, Frislanda era Vinlandia (descubierta por los normandos en el siglo XI), y entonces llegamos a la temeraria hipótesis de que Sigismunda.... era criolla americana precolombina (¡!)" - p. 701 n. 9], pero debemos tener presente que, para él, Tile/Tule es, a no dudar, Islandia ["maravilloso fuera que en la época en que imperaba el gusto clásico no e citase la isla de Tule de Virgilio, situada 'en la última parte de Noruega' (...), patria de Persiles, que, por tanto, era islandés" (27)]. Con lo que, si no me equivoco, Lozano Renieblas se nos presenta como el pionero en negar sin ambages una identidad formalmente propuesta como auténtica en la princeps por un personaje autorizado, como ayo que ha sido de Periandro. Pero esa bien articulada argumentación ¿es al mismo tiempo de veras persuasiva, convincente?

Conviene volver a examinar todas las informaciones pasadas por el narrador, de manera directa o a través de su personaje.

1) En el c. 12 se nos ha dicho que Periandro, durante la noche, fuera de Roma, cerca de un arroyuelo, en un soto, oye una voz extranjera en lenguaje de su patria (IV, 12: 698). En seguida se da cuenta de que son dos las personas que hablan en lengua de Noruega. No hay el menor motivo de sorpresa. Periandro es, sí, hijo de los reyes de Tile, pero considera el noruego su propio idioma. Cosa natural, dados el estrecho parecido de éste con el islandés y, sobre todo, las relaciones políticas con Noruega, que en más de un sentido podía ser todavía considerada como "madre patria" por los islandeses del siglo XVI (Islandia, poblada sobre todo por noruegos a partir del siglo IX, estuvo anexionada al reino de Noruega —del que dista unos 1.000 kms. —de 1262 a 1381, fecha en que tanto la una como la otra pasaron a depender del de Dinamarca).

2) Serafido explica a Rutilio (IV, 12: 698-699):
También te he dicho cómo en la última parte de Noruega, casi debajo del polo Ártico, está la isla que se tiene por última en el mundo, a lo menos por aquella parte, cuyo nombre es Tile, a quien Virgilio llamó Tule [...] Esta isla es tan grande, o poco menos, que Inglaterra...
El ayo de Periandro ha habldo ya del tema con el ex maestro de danzar senés. Y aún volverá a hacerlo, dentro de muy poco, por cierto que repitiendo casi palabra por palabra sus declaraciones de ahora, Serafido declara que Tule se tiene por última, no ya que lo es de veras (no en 1559 ni, por supuesto, en 1616: pero urge adelantar que en el c. 13 [706] el narrador dirá, en cambio, que era la última de aquellos mares setentrionales). Se trata de algo que, en su misma obviedad, es necesario tener presente a la hora de reconsiderar los dos pasajes del Persiles en cuestión. Continuando la relectura del primero, parece legítimo imaginar que, para quien ha afirmado que Tile es tan grande o poco menos que Inglaterra (en la realidad, si se trata de Islandia, no llega a la mitad de la extensión de la Gran Bretaña: 102.842 Km2, frente a 229.885) [Obsérvese sin embargo que el área de Inglaterra, y no de Gran Bretaña, es de 130.395 Km2—JAGL], declarar que se encuentra en la última parte de Noruega, casi debajo del Polo Ártico bien puede equivaler a se halla en la misma latitud que Noruega aunque, por supuesto, en diferente longitud —bastante más a poniente— que la parte septentrional de la Península Escandinava. (Por lo que se rfiere a la latitud, sabemos que no es así, pero así precisamente resulta en no pocos mapas de la segunda mitad del siglo XVI y aun de principios del XVII.)

3) "Más adelante, debajo del mismo norte, como trecientas leguas de Tile, está la isla llamada Frislanda, que habrá cuatrocientos años que se descubrió a los ojos de las gentes, tan grande que tiene nombre de reino, y no pequeño." (c. 12: 699).

Serafido habla en las afueras de Roma. En principio, su más adelante puede ser entendido (así hace Lozano Renieblas) como más a occidente o como más al norte.  Pero estas soluciones (ella misma lo reconoce) no satisfacen. ¿Será factible encontrar otra al pequeño enigma? A mi entender, Serafido, aquí, está usando más adelante ni más ni menos que en el sentido de más acá, hacia donde nosotros estamos ("Como atrás queda dicho", puede afirmar el autor de un libro, para expresar "como arriba". Y, paralelamente, "como más adelante se dirá", para indicar "más abajo"). Si se acepta cuento precede, Frislanda está situada precisamente más al sur (por supuesto, dentro de la misma zona del Atlántico, como de veras resulta en no pocos mapas de la época) y es de un tamaño respetable (en I, 13 [706], el propio Serafido dirá que Frislanda es tan grande como Sicilia). Ni debe sorprendernos, dado lo aproximado de las cifras aquí ofrecidas, que el personaje fije en unas 300 leguas la distancia entre las dos islas. Más importancia tiene que se feche el "descubrimiento" de Frislanda en unos 400 años atrás. Se trata, sin duda, de un error, con toda probabilidad imputable al cajista (en el c. 13 [706], el propio Serafido dirá que el hecho tuvo lugar en 1380: lo mas probable, pues, es que el original trajera aquí docientos).

4) "Volvióle a repetir Serafido cómo la isla de Tile o Tule, que agora vulgarmente se llama Islanda, era la última de aquellos mares setentrionales,
—... puesto que un poco más adelante está otra isla, como te he dicho, llamada Frislanda [...] tan grande como Sicilia [...] Hay otra isla, asimismo poderosa y asimismo llena de nieve, que se llama Groenlanda... [706]

Tiene razón Lozano Renieblas cuando concede un valor dirimente a ese puesto que. Tal cojunción (en castellano clásico, sólo concesiva) y lo que se leerá dentro de un momento relativo a Groenlanda, con toda evidencia situada al norte de Islanda, desautoriza literalmente cuanto he ido diciendo hasta ahora (si no me equivoco, con un buen índice de "aceptabilidad"). Al llegar a este punto, no hay más remedio que preguntase si el desinterés de Cervantes por la exactitud o, siquiera, por la verosimilitud de lo que está contando es tan grande como para inducirlo a olvidar cosas muy claras en la mente de quienquiera haya visto alguna vez un mapa donde aparezcan las tres islas aquí citadas (dos, reales; otra, casi inventada, resultado del "agigantamiento" y reunón en un solo territorio de casi todo el archipiélago de las Feröe y de los espacios marítimos que las unen/separan, lo que le permite compararla —ya se ha dicho— con Sicilia (Nicolò Zeno "el joven" la considera en cambio "assai maggiore che Irlanda": cfr. G. B. Ramusio, Navigazioni e viaggi, ed. cit.: IV, 189; pero la extensión de ambas islas es, en realidad, muy distinta: Irlanda tiene 84.261 Kms2; Sicilia, tan sólo 25.738). No es demasiado atrevido suponer que nuestro autor habrá visto y estudiado más de una de estas cartas geográficas. ¿Qué ocurre, pues? ¿Debemos atribuir tal falta de coherencia a un Cervantes que ya no dispone del tiempo necesario para revisar estos capítulos finales de su novela y eliminar gratuitas incoherencias, con toda probabilidad debidas tan sólo a la prisa o a otros factores "humanos, demasiado humanos"? ¿Habrá que pensar en la torpe intervención del encargado de revisar un texto a todas luces no perfectamente "terminado"? ¿Se reducirá todo a una mala lectura del famoso sintagma por parte del cajista o incluso a una pérdida de texto, en las líenas que siguen al puesto que? Buscando una respuesta, siquiera provisional, he repasado una vez más los pasajes de los cc. 12 y 13 del lib. IV que nos interesan y constatado en ellos no menos de seis contradicciones y/o errores:

1) Tile o Tule es, según Serafido, la isla que se tiene por última en el mundo [se considera, no es] a lo menos por aquella parte (698), pero más tarde (706), el narrador dice de ella que era [lo que, en el tiempo gramatical del personaje, equivale —ni más ni menos— a que es] la última de aquellos mares setentrionales;

2) Frislanda habrá cuatrocientos años que se descubrió a los ojos de las gentes (699), pero luego (706) Serafido precisa que el descubrimiento tuvo lugar en 1380 (en realidad, más bien resulta oportuno hablar de 1394: cfr. Ramusio, ed. cit., IV 192 y nota 1).

3) el inesperado puesto que (706) desmiente cuanto se había afirmado en 698;

4) un poco más adelante (706) constitutye una vistosa "reducción" del precedente Más adelante, debajo del mismo norte, como trescientas leguas de Tile (699);

5) Zeno resulta deformado en Temo (720-721)

6) Groenlanda, sin duda al norte de Islanda (en la zona hoy llamada Canal danés, a apenas 360 kms.), es citada después que Frislanda, situada en el texto —a mi entender, con no menos certeza— al  sur de la propia Islanda.

De los seis puntos en cuestión, 1), 2), 4) y 5) son fácilmente subsanables por el buen sentido del lector. Las auténticas dificultades consisten, claro está, en 3) y 6).

Por vía de pura hipótesis, cabe conjeturar que 3) no es más que el resultado de una mala lectura del original cervantino o del manuscrito dispuesto —¿por quién?— para la imprenta, donde no es imposible que constara puesta un poco más adelante. De ser ello así, las líneas en cuestión traerían (reproduzco con el mayor escrúpulo las grafías y la puntuación de M1):

Voluiole à repetir Serafido, como la isla de Tile, o Tule, que agora vulgarmente se llama Islanda, era la vltima de aquellos mares Setentrionales, [puesta] un poco más adelante está otra isla, como te he dicho, llamada Frislanda, que descubrió NIcolas Temo Veneciano, el año de Mil y recientos y ochenta, tan grande como Sicilia, ignorada hasta enconces de los antiguos, de quien es reyna Eusebia, madre de Sigismunda, que yo busco... (706)

O, transcrito a la moderna:

era la última de aquellos mares setentrionales. [Puesta] un poco más adelante...

Resta dar una solución, igualmente hipotética, al problema constituido por 6). Si bien se mira, la repetición de algunos términos podría explicar la corrupción de la lección de M1, en este caso por pérdida de algunas palabras del original. Así, donde se lee

que yo busco, ay otra isla, assi mismo poderosa, y casi siempre llena de nieue, que se llama Groenlanda, a una punta de la qual está funado un Monasterio... (706)

no parece absurdo integrar, por conjetura:

que yo busco. [Más allá de Tile] hay otra isla, asimismo poderosa...

Es comprensible que estas consideraciones queden confinadas en los términos de un apéndice, sin que la doble enmienda aquí sugerida pase de ninguna manera al comentario ni, menos aún, al texto. Se trata —bueno será repetirlo— tan solo de una doble hipótesis, finalizada a dar congruencia a un pasaje , que tras haberla tenido, siquiera suficiente, deja del modo más inesperado de tenerla por completo. A primera vista, inexplicablemente, pero... quizá tan solo a primera vista.

Reconozco a Lozano Renieblas el mérito de habernos hecho notar, con ejemplar lucidez, algo que a tantos se nos había escapado. Me resisto, en cambio, a aceptar, sin más, que Cervantes haya obrado así, en estos dos segmentos del Persiles, con el solo propósito de desorientarnos y que la explícita ecuación Tile = Islanda no haya de ser tomada en serio. En mi opinión, la sentencia de la estudiosa (que conviene reiterar: de habernos dado su localización, nuestro autor "hubiera caído, como dice Seráfido, en la vulgaridad de identificarla con Islanda, arrancándola a su tradición y despojándola de su leyenda") peca de ideologismo, resultado de la adhesión a una respetable teoría de la "novela de aventuras" pero poco plausible para quien considera que la citada "identificación" de Serafido tiene un claro sentido, que se impone al lector sin necesidad de ir a buscarle segundas y aun terceras intenciones.


XXXVIII
GROENLANDA
(IV, 13: 707)

En Groenlandia (descubierta en el año 983 por Erik el Rojo, que asentó en ella una colonia a su manera floreciente), el cristianismo fue introducido en torno al año 1000.

"En 1261, la isla pasó a poder de Noruega, lo cuaal no la favoreció en nada. [...] Hacia fines del siglo XIV, Vestriboygd fue devastada por los skrálinger (esquimales), y en 1418 fue destruida por los piratas ingleses. En vano mandaron allá, más tarde, los reyes de Dinamarca expediciones en busca de la desaparecida colonia groenlandesa, la cual andaba errante por la costa este. Los mismos exploradores [Davis (1585-87), Baffin (1616)] y los pescadores de ballenas que luego visitaron la costa oeste, no hallaron huella ninguna de civilización europea. Por fin, en 1721 estableció una nueva colonia en las inmediaciones de Godhaab el misionero Hans Egede..." (Enciclopedia Espasa).

Para Rudolf Schevill y Adolfo Bonilla, todo depende, y bien claramente, del relato de Nicolò Zeno "el joven", cuyo crédito minimizan en casi todo cuanto se refiere al convento, etc. [cfr. Ramusio, Navigazioni e viaggi, ed. cit., IV: 191-194]. "La idea de las fuentes termales en estas regiones pudo proceder de Olao Magno; pero todo demás es sencillamente absurdo." (Para ulteriores precisiones, cf. G. Padoan, art. cit., 268-271.)

Lozano Renieblas (Cervantes, 1997) tras recordar que la alusión a las nacionalidades de los frailes de tal monasterio falta —siquiera en los términos usados por Cervantes— en Dello scoprimento..., concluye (351): "En suma, la información que aparece en el Persiles podría leerse en cualquier atlas sin necesidad de retrotraerse más de medio siglo para encontrar este material. / Hay, sin embargo, un aspecto del relato de Cervantes que permite conjeturarque la selección no viene directamente del relato de Zeno: la denominación de Groenlanda." De acuerdo, pero ello no impide que el mismo Cervantes (para mí, más que probable conocedor del relato en cuestión, vuelto a publicar en 1574 y 1583 en la colección ramusiana, pero sin el mapa que acompaña la ed. princeps de 1558) haya querido "modernizar" por su cuenta —a partir de otros textos y cartas geográficas— el nombre de un territorio ya por todos considerados isla y por casi ninguno nombrado todavía Engroveland o Engrovelanda, como la misma Lozano nos ilustra (ibidem). O, invirtiendo los términos: ese casi seguro recurso de Cervantes a otras fuentes, de identificación más o menos ardua, no excluye por fuerza una (el relato Dello scoprimento...) de la que parece haber tomado varias noticias o detalles útiles para su novela.

(Las notas vienen de la edición del Persiles de Carlos Romero Muñoz en Cátedra, 5ª ed., 2004: 750-57).


























Siempre de camino a Ultima Thule...

Ultima Thule (Refoto)






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miércoles, 18 de mayo de 2016

How Things Hang Together


La conexión de todas las cosas: desde Heráclito hasta Adam Smith, y hasta aquí.

La symploké, los sistemas naturales y las máquinas mentales, la integración conceptual, y la consiliencia del saber.

Cita Daniel Dennett en esta conferencia la siguiente frase de Wilfrid Sellars, para definir a la filosofía y a su objeto:

"The aim of philosophy, abstractly formulated, is to understand how things in the broadest possible sense of the term hang together in the broadest possible sense of the term",

Construir un sistema es por tanto en cierto sentido construir un mapa, un mapa de la realidad habitable y concebible.

Si admitimos que la realidad es presente, pasada, o futura, ese mapa es siempre, en cierto sentido, un mapa temporal, un mapa en evolución. Aun si es un mapa estático de la realidad, deja sitio a que nos preguntemos, necesariamente, sobre los orígenes y antecedentes, y sobre el futuro y destino, de esta realidad presente. Pero un mapa global no puede ser un mapa estático, y ha de contemplar una realidad en el tiempo, en evolución y transformación.

De ahí que el análisis de la narración, o de la representación temporal de las cosas y de sus transformaciones, de la realidad en evolución, sea un instrumento filosófico y evolucionista de primera categoría. Es la tesis que defendemos en nuestra conferencia de París, "El relato que hay detrás de todos los relatos". Y exponemos ahí cómo los conceptos de mapa narrativo, y de anclaje narrativo (engarzar unas narraciones con otras en un mapa general de las narraciones) son asimismo nociones absolutamente centrales, y quizá descuidadas, en filosofía, y en ciencia, y en narratología.

Un razonamiento es un pequeño mapa, o instrumento cognitivo para orientarse, que permite conectar dos ámbitos de la experiencia antes desconectados.  De ahí surge el placer de la comprensión, de la iluminación súbita al ver la coherencia de las cosas, y también el goce estético del discurso bien trabado (esté escrito o no con palabras "bellas") que efectúa esa maniobra cognitiva, y la facilita en el lector. "Surge una armonía maravillosa", dice una traducción o paráfrasis de Heráclito, "cuando se une en la mente lo que estaba aparentemente inconexo". 

Por poner un ejemplo cercano a Heráclito, piénsese en la analogía entre la hazaña memorable de las armas y la acción certera y memorable del discurso, en este poema de Píndaro:

Espero,
que por altas que sean mis palabras, den en el blanco de lleno,
como lanzadas por un arco bien tensado. Musa mía, guíame el vuelo
de estas mis palabras
rectas y gloriosas. Pues los hombres pasan
pero las canciones
y los relatos nos devuelven el esplendor de sus acciones.

I hope, 
high though my speech be, it strikes the mark squarely, 
as from a bow drawn true. My Muse, steer me the flight 
of these my words 
straight and glorious. For men pass, 
but the songs 
and the stories bring back the splendor of their deeds. 
 (Nemea 6, en The Odes of Pindar)

La imagen certera y sorprendente, que ilumina inesperadamente un aspecto de la experiencia, fue apreciada por los poetas metafísicos, los conceptistas ingleses—por John Donne en especial, y fue descrita con cierto enfado por Samuel Johnson como un malabarismo conceptual, "the most heterogeneous ideas yoked together by violence". Gracián, más sensible a la estética barroca, les había dedicado a los conceptos y a los conceptistas un par de tratados sobre el Arte del Ingenio, en los que podemos ver un precedente de la estilística cognitivista. En una expresión más benevolente o más cognitivista, Johnson también describió la imagen de los metafísicos como una modalidad de ingenio poético que expande la comprensión (ver "Cognitive Johnson"), una discordia concors que no sólo es una tensión entre los elementos que la crean, sino una tensión entre lo que eran antes de que viéramos su conexión, y lo que vemos ahora, con la iluminación retrospectiva de la analogía que los une.

Surge una armonía o una iluminación—la conexión entre ambas imágenes es natural—acompañando a una idea brillante, una percepción penetrante, o a la satisfacción casi espiritual de la comprensión de un enigma ("something understood", como dice el poema de George Herbert "Prayer").

Una imagen, una analogía vista entre dos fenómenos, es como una herramienta mental. Permite reelaborar el primer fenómeno y presentarlo desde otra perspectiva, conocerlo mejor en alguno de sus aspectos, modelarlo, y prepararlo, quizá, para otra expansión conceptual efectuada mediante otra analogía. Mediante las fusiones o integraciones conceptuales, las metáforas, los símbolos y las analogías, construimos el espacio conceptual de la realidad humana, un espacio navegable y recomponible, plástico y expandible en dimensiones inesperadas. Si la realidad en que habitamos tiene (desde mucho antes de que se inventasen los gráficos de ordenador) mucho de realidad virtual, los símbolos y los puentes tendidos entre ellos son los píxeles y las sinapsis de esta cibernética mental desbordada en la realidad.

Diseñada para comprender y analizar esta maniobra esencial de la mente, esta "sabiduría poética" que diría Vico, está la teoría de la mezcla o integración conceptual, de Turner y Fauconnier. Comprender esa comprensión—es quizá una iluminación de otro orden superior, o quizá una aplicación recursiva de la misma, iluminándose a sí misma—oyendo la audición, como decía Derrida.

La conexión coherente de todas las cosas (o quizá, a veces, el efecto mental que acompaña a la percepción de esa conexión) también se experimenta a veces en las epifanías modernistas, y en otras experiencias trascendentes—me viene a la mente la misteriosa revelación que sufrió Santo Tomas de Aquino, y que le hizo aparecer todas sus Summas como una suma vanidad; o la súbita comprensión del sentido de las cosas que ha experimentado el hiperlúcido personaje de Nabokov en "Ultima Thule".

 Comentábamos (en este artículo al que conecto) la analogía o lazo subyacente entre la perspectiva dominante, topsight, y la visión de esa coherencia subyacente.

Pero hay que señalar otra conexión igual de importante, entre la conexión de ideas y el conocimiento.  Es la noción de consiliencia, el ideal regulativo de la integración deseable o concebible de todo el saber, una noción que ha impulsado E. O. Wilson (Consilience, 1998) desde una perspectiva ecologista y evolucionista. El relato de la Gran Historia, de la evolución cósmica en la que cada fenómeno halla su momento y su ubicación, es (y volvemos a encontrárnoslo aquí) el mapa cognitivo más útil para orientarse en el terreno de la consiliencia—llevándonos, en una primera visión panorámica, a dar un paseo cósmico por todas las ciencias, desde la cosmología y la física básica, a la astronomía, a la química y a la geología; luego a su sección especializada que es la biología y la ciencia de los entornos, y a la teoría evolucionista de la vida, y de las especies y sus muchos mundos. Especialmente los mundos culturales e históricos e inventados de nuestra especie humana, la única que sepamos que es capaz de efectuar unas integraciones conceptuales que le permitan construir estos mapas cognitivos, y estos símbolos dentro de símbolos y mundos dentro de mundos.

La consiliencia puede ser despreciada por muchos filósofos, en especial los menos ambiciosos que Hegel.  Pero quien quiera comprender la conexión de todas las cosas, ha de incluir el concepto de esta conexión de alguna manera en su sistema. La symploké de Platón, por ejemplo, una composición de ideas que es también un sistema de relaciones subyacente a la realidad y que vincula su pluralidad.  (Aquí una lección de Gustavo Bueno sobre esta noción, y las limitaciones que Platón le impone: "unas cosas están relacionadas con otras, pero no todas con todas en la misma medida", por parafrasear).

O, más cerca de nuestro tema, y de la noción de consiliencia, aparece esta conexión o symploké en unas reflexiones de Adam Smith que paso a exponer o recordar.




En los Ensayos Filosóficos de Adam Smith se publicaron póstumamente los restos de sus notas (las que no destruyó) encaminadas a un proyecto filosófico de conectar las ciencias y las artes. Escribió Smith sobre economía, como bien sabemos—fundándola como ciencia, dicen algunos, si es que hay ciencia de la economía— y sobre moral y psicología social (he aquí un ensayo sobre su Teoría de los Sentimientos Morales). Pero también dio lecciones sobre retórica, estética y poética, y sobre jurisprudencia. Tiene unos ensayos sobre los cinco sentidos, y unos ensayos sobre el desarrollo de la ciencia en la antigüedad, de la astronomía, de la física, y de la lógica y metafísica, de gran interés para la teoría del conocimiento.

Comienza el libro con un análisis de las emociones de la sorpresa (que se relaciona con lo inesperado) y del asombro (efecto de la novedad). Y se pregunta por el origen de la disposición filosófica—qué es lo que nos lleva a conocer o a indagar en el mundo.  En La Riqueza de las Naciones ya se planteaba Smith esta indagación como la construcción de un sistema conectivo y una reducción a principios básicos, tanto en ciencias naturales como en ciencias morales:

La belleza de una disposición sistemática de observaciones diferentes conectadas por unos pocos principios comunes fue percibida por vez primera en los rudos ensayos que en la ciencia griega antigua apuntaban hacia un sistema de filosofía natural. Con posterioridad se intentó algo parecido en la moral. Las máximas de la vida ordinaria fueron organizadas con un orden metódico y conectadas merced a un puñado de principios comunes de la misma manera en que se había procurado ordenar y conectar los fenómenos de la naturaleza. La ciencia que pretende investigar y explicar esos principios conectivos es con propiedad denominada filosofía moral. (La riqueza de las naciones, libro V)

John Reeder señala el parentesco entre la perspectiva de Smith en su filosofía de la ciencia y la de Thomas Kuhn en La estructura de las Revoluciones científicas. Con respecto a su historia de la astronomía:

En esta Historia, pues, Smith trata de cómo los sistemas científicos, definidos como "una máquina imaginaria inventada para conectar en la mente los diversos movimientos y efectos que ya existen en la realidad" (Seccción IV), de cómo estos sistemas científicos se suceden unos a otros a lo largo de la historia en función no de su mayor capacidad explicativa sino por razones casi de estética y de insatisfacción psicológica. Al aparecer nueva información se hace cada vez más complicado para la imaginación asimilar esta información en el sistema. Se contruye entonces un nuevo sistema, más sencillo en su concepción y diseño, pero que incorpora esta nueva información, es decir, una nueva versión que permite presentar el nuevo conjunto de hipótesis de una manera más coherente, más estéticamente satisfactoria, más capaz en definitiva de tranquilizar otra vez a la imaginación, como diría Smith. Y así sucesivamente. El parecido de esta versión smithiana de la historia de la ciencia con la hipótesis kuhniana de los paradigmas salta a la vista. (Reeder, introd. a Ensayos Filosóficos de Adam Smith, 30).

Hay un cierto psicologismo dieciochesco en la formulación de Smith, que nos hace pensar mucho en la influencia de Addison y sus "placeres de la imaginación", en ensayos que sin duda conoció y apreció. Y se aprecia aquí, como resalta Reeder, la importancia de la coherencia estética y la sencillez digamos "neoclásica" en una teoría cuando logra reducirse a principios sencillos—ser lo que en el siglo XX se llamará una teoría bella, una noción con mucho predicamento en física matemática (ver Gell-Mann, "Beauty and Truth in Physics") pero que como vemos tiene sus raíces también en la estética y en Smith. Hay que matizar que desde luego no es cuestión de pura belleza formal lo que aprecia Smith, sino la capacidad explicativa o cognoscitiva aumentada que va unida a esta formulación más certera.

Y otra cosa que quiero resaltar es la dimensión semiótica o pragmática de la concepción de Smith: las teorías son mapas o modelos, tienen una relación imaginaria (a la vez que real) con la realidad—su finalidad es proporcionar un efecto cognitivo, un mapa o modelo de los fenómenos en la mente, que permita la comprensión y manipulación de la realidad. La mente descansa al  hallar una buena teoría como lo hace al resolver un acertijo, un enigma, o al dar con la solución de un problema matemático, something understood—son otras tantas analogías válidas que ayudan a entender dimensiones de la concepción de Smith.  Y aprovechemos para retomar la noción de una Gran Historia como modelo o mapa de la realidad en evolución, que nos ayuda a ver sus conexiones, las de la realidad, a la par que las conexiones entre las ciencias que estudian sus diversos aspectos. Un modelo para facilitar la consiliencia—y a la consiliencia vamos, de nuevo, pues tiene en Smith, como decíamos, uno de sus precursores.

(Sobre las dimensiones semióticas del concepto de consiliencia, noción de Wheeler y de E. O. Wilson, y sobre las críticas de Gould a la concepción consiliente, puede leerse también este artículo mío, "Consiliencia y retrospección").

Comienza así Adam Smith su ensayo sobre la astronomía (o sobre la consiliencia si se quiere), a su modo psicológico, partiendo como decíamos del análisis de las emociones de la mente—y buscándoles una raíz común, o un sistema que las integre, sacando a la luz sus vínculos:

El asombro, la sorpresa y la admiración son palabras a menudo confundidas, que en nuestra lengua denotan sentimientos que en realidad están vinculados, aunque en algunos aspectos también difieren y son recíprocamente distintos. Lo nuevo y singular suscita el sentimiento que con estricta propiedad se denomina asombro; lo inesperado anima la sorpresa; y lo que es grandioso o hermoso, la admiración. (Ensayos filosóficos, 43)

Comienza con unos comentarios sobre la tendencia de la mente a relacionar fenómenos iguales para comprenderlos, y la sorpresa o inquietud mental causada por lo novedoso que no puede "situarse" en ese mapa mental. Son reflexiones que recuerdan en gran medida (aunque a un nivel menor de densidad y elaboración teórica) a las de Umberto Eco en Kant y el Ornitorrinco: 

¡Con qué notable atención examina un naturalista una planta peculiar o un fósil extraordinario que le sean presentados! No padece desorientación alguna para referirlos al género amplio de plantas o fósiles, pero esto no lo satisface, y cuando considera todas las diferentes tribus o especies de cada uno con las que ha estado familiarizado hasta este momento, comprueba que todas rehúsan admitir entre ellas al nuevo objeto. Está solo en su pensamiento, separado de todas las demás especies del género al que pertenece. El naturalista se esfuerza por conectarlo con alguna de ellas. (Ensayos filosóficos 57).

El pensamiento crea sistemas, por asociaciones de ideas (aquí hay que relacionar a Smith con la filosofía de su amigo Hume, tan próxima en algunas cuestiones), y ello le permite funcionar y ahorrar esfuerzo. La mente crea así, a resultas del hábito y la experiencia, sistemas ordenados y coherentes "Las ideas provocadas por una ordenación tan coherente de las cosas parecen, por así decirlo, flotar a través de la mente de forma espontánea, sin obligarla a ejercitarse ni a realizar ningún esfuerzo para pasar de una a otra" (Ensayos Filosóficos 52). Podríamos, forzando la imagen, decir que una mano invisible crea estos sistemas cognitivos y a través de ellos la realidad mental que habitamos, un orden mental sobre la multiplicidad de los fenómenos. (Recordemos aquí y en el artículo antes nombrado sobre los sentimientos morales, que Adam Smith es uno de los grandes teorizadores del orden espontáneo, y que mucho aprendió Darwin de él a este respecto). En su ensayo sobre la historia de la astronomía, Smith también establece una analogía entre los sistemas y las máquinas, como modos de conectar, organizar y relacionar fenómenos, procesos y efectos (Ensayos Filosóficos 75). Podríamos decir que una analogía tal es de por sí una máquina mental: y un sistema científico es una máquina mental para relacionar partes de la realidad y facilitar la acción humana sobre ella. Veamos cómo Smith da un excelente uso, rentabilizando al máximo estos principios "psicologistas", para exponer una versión de dieciochesca de los ideales de la reducción en física, y de la Teoría de Todo, en la medida en que se pueden atisbar:

El paso del intelecto de un objeto a otro se ha vuelto gracias a la costumbre tan fluido y sencillo que casi prescinde del supuesto de dicho proceso. Es cierto que los filósofos, que a menudo buscan una cadena de objetos invisibles que permita enlazar dos hechos que ocurren en un orden familiar a todos, han procurado descubrir una cadena de este tipo entre los dos hechos que acabo de mencionar, del mismo modo en que han intentado merced a una cadena intermedia similar conectar la gravedad, la elasticidad e incluso la cohesión de los cuerpos naturales con algunas de de sus otras cualidades. (Ensayos Filosóficos 56)

El ejercicio de la atención en la observación de los fenómenos lleva al desarrollo de la misma capacidad de atención, y lleva a percibir discontinuidades allí donde ojos poco avezados o una mente poco entrenada no ve nada—por el mismo proceso de desarrollo de la percepción, el entrenamiento del tren de las ideas:

Y así como para uno puede parecer disonante una música que no alcanza la armonía más perfecta, para el otro unos hechos parecen totalmente separados y desunidos cuando no llegan a la conexión más estricta y perfecta. (Ensayos Filosóficos 57)

—Tengo que decir que en esta frase precedente me parece oír a un Adam Smith que suena casi casi como Heráclito, dos personajes heterogéneos que hasta ahora sólo hubieran podido uncirse mediante una Labor Violenta del Cerebro.

E inmediatamente se nos convierte Adam Smith en Wilfrid Sellars, al darnos su propia definición de la función y definición de la filosofía. Si para Sellars o para Dennett era la filosofía "el estudio de las relaciones entre las cosas", la definición de Smith es parecida, y es toda una propuesta o proyecto consiliente antes de la formulación supuestamente inicial de la consiliencia por parte de Whewell en el siglo XIX:

"La filosofía es la ciencia de los principios conectivos de la naturaleza." (Smith, Ensayos filosóficos 57)

Tómese la definición con cierta precaución, porque en el vocabulario dieciochesco de Smith, "filosofía" quiere decir en realidad algo más parecido a lo que nosotros llamaríamos ciencia, o más bien es un término mucho más general que incluye tanto filosofía como ciencia. Para la disminuida disciplina que hoy llamamos "filosofía" se empleaban términos más concretos como "metafísica", "filosofía moral" o "lógica" según los objetos. Por tanto, si bien nos proporciona, oída desde hoy en día, una bonita y sugestiva definición de filosofía en tanto que metadisciplina, disciplina de disciplinas, o reflexión sobre el conocimiento,  hay en la frase de Smith en realidad algo más próximo a lo que antes decíamos, una concepción consiliente de las ciencias... sin que de ellas quede excluida la filosofía; una concepción plenamente consiliente de las disciplinas del saber, por tanto, que abarca ciencias humanas, ciencias naturales y ciencias formales. Así sigue el párrafo de Smith:

La filosofía es la ciencia de los principios conectivos de la naturaleza. Tras la máxima experiencia que la observación pueda acumular, en la naturaleza parecen proliferar los hechos solitarios e incoherentes con todo lo que los precede, y que por ende perturban el movimiento cómodo del pensamiento; que hacen que sus ideas se sucedan en saltos y corcovos irregulares, por así decirlo; y que tiende de esta manera a introducir las confusiones y desórdenes ya mencionados. La filosofía, al exponer las cadenas invisibles que conectan todos esos objetos dislocados, pretende traer el orden a este caos de apariencias discordes y chirriantes, apaciguar el tumulto en la imaginación y restaurar en ella, cuando revisa los grandes cambios del universo, el tono de tranquilidad y compostura que le es al tiempo más grato de por sí y más conforme a su naturaleza. La filosofía, en consecuencia, puede ser considerada como una de las artes que se dirigen a la imaginación, y cuya teoría e historia caen por ello propiamente dentro del ámbito de nuestra investigación. Intentemos rastreala, desde sus primeros orígenes hasta la cumbre de perfección que se supone ha conquistado en el presente y a la que, en realidad, se supuso casi siempre en el pasado que ya había arribado. Es la más sublime de todas las artes agradables y sus revoluciones han sido las más grandes, las más frecuentes y las más distinguidas de todas las que han occurrido en el mundo del saber. Por ello, su historia debe ser desde todos los puntos de vista la más entretenida e instructiva. Examinemos entonces, los diferentes sistemas de la naturaleza que en estas partes occidentales del mundo, las únicas partes donde sabemos algo de su historia, han sido adoptados sucesivamente por las personas sabias e ingeniosas; y, sin considerar su absurdo o verosimilitud, su acuerdo o incompatibilidad con la verdad y la realidad, estudiémoslos sólo desde el enfoque particular que corresponde a nuestro tema, y limitémonos a investigar el grado en que cada uno de ellos estaba preparado para aliviar la imaginación, para transformar el teatro del mundo en un espectáculo más coherente y por ello más magnífico de lo que podría haber parecido en otro caso. Según lo hayan conseguido o no, habrán sistemáticamente logrado reputación y reconocimiento para sus autores o no; y se verá que ésta es la clave que mejor puede conducirnos a través de todos los laberintos de la historia filosófica; al tiempo sirve para confirmar lo que ha sucedido antes y arroje luz sobre lo que puede venir después; y podemos observar en general que no hay sistema, por mejor fundamentado que haya estado en otros aspectos, que haya podido cosechar un crédito amplio en el mundo si sus principios conectivos no resultaban familiares a toda la humanidad. (57-58)

Por especificar una cuestión importante en la sugestiva propuesta de Adam Smith (sobre los sistemas del saber como propuestas cognitivas heurísticas, basadas en la reducción gradual a principios simples), habría que ir más allá del lenguaje y el énfasis psicológico para discernir aquí también una concepción comunicativa e interaccional: es decir, que el "alivio mental" producido por un sistema más comprensivo o más consiliente no es una cuestión de percepción individual, sino de comunicación social—del mismo modo que las distintas disciplinas y conceptos del saber no son de acuñación individual, sino una obra colectiva. Lo que se facilita cuando una nueva concepción o una nueva ecuación integra electricidad y magnetismo, o teatro y psicología social, no es sólo una iluminación individual, sino que toda una serie de procesos y discursos sociales, modos de comunicación y de concepción de esos fenómenos, operaciones, físicas o mentales, se transforman. Se crea una nueva realidad conversacional, en términos de Shotter (1993). Circula la energía comunicativa de otra manera, y con la nueva concepción teórica se ha transformado el mapa de la realidad para un uso colectivo y comunicativo. (Es en cierto modo la respuesta a Marx cuando denunciaba que los filósofos se limitaban a interpretar la realidad—pues interpretarla es ya transformarla).

Esa transformación de la realidad es la que persigue el estudio de la consiliencia, y de las relaciones entre las cosas. El estudio de las relaciones entre las cosas crea nuevas cosas: la representación de esas relaciones, ahora visibles y manejables. Es una expansión de la realidad, a la vez que una simplificación de la misma... por vía de la complejidad.





Referencias:

Bueno, Gustavo. "Symploké." Video presentation. (Teselas, 34). YouTube (fgbuenotv) 13 April 2010.*
    http://www.fgbueno.es/med/tes/t034.htm
    https://youtu.be/fML2Ysy6l6s
    2015
Dennett, Daniel. "Ontology, Science, and the Evolution of the Manifest Image." Video lecture. YouTube (New College of the Humanities) 21 March 2016.
    https://youtu.be/GcVKxeKFCHE
    2016
Eco, Umberto. Kant y el ornitorrinco. Trans. Helena Lozano Miralles. (Palabra en el Tiempo, 265). Barcelona: Lumen, 1999.
García Landa, José Angel. "Consiliencia y retrospección." Ibercampus (Vanity Fea) 16 Nov. 2009.
    http://www.ibercampus.es/articulos.asp?idarticulo=14473
    2013
Gell-Mann, Murray. "Consciousness, Reduction, and Emergence." In Cajal and Consciousness: Scientific Approaches to Consciousness on the Centennial of Ramón y Cajal's TEXTURA. Ed. Pedro C. Marijuán. New York: New York Academy of Sciences, 2001. 41-49.
_____. "On Beauty and Truth in Physics." TED (Dec. 2007).
    http://www.ted.com/talks/murray_gell_mann_on_beauty_and_truth_in_physics.html
    2009
Gracián, Baltasar. Arte de ingenio. Tratado de la agudeza. Edición facsímil (Madrid: Juan Sánchez, 1642). Introd. Aurora Egido. Zaragoza: Gobierno de Aragón / Institución "Fernando El Católico", 2005.
Kuhn, T. S. The Structure of Scientific Revolutions. 2nd ed. Chicago: U of Chicago P, 1970.
Nabokov, Vladimir. "Ultima Thule." In The Stories of Vladimir Nabokov. London: Weidenfeld and Nicolson, 1996. 500-22.
Smith, Adam. Ensayos filosóficos. Introd. John Reeder. Trans. Carlos Rodríguez Braun. (Clásicos de la Economía). Madrid: Pirámide, 1998.
Shotter, John. Conversational Realities: Constructing Life through Language. (Inquiries in Social Construction). London, Thousand Oaks, New Delhi: SAGE, 1993.
Wilson, E. O. Consilience: The Unity of Knowledge. New York: Knopf, 1998.





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lunes, 16 de mayo de 2016

Retropost #925 (16 de mayo de 2006): El mundo distorsionado



Vía BoingBoing, llego a World Mapper. Es un sitio que da mapamundis con el área de los países estadísticamente proporcionada según diversas variables: población, riqueza, etc... de manera que los continentes adoptan las formas más variadas y desproporcionadas imaginables, según sea la variable en cuestión. Por ejemplo, este es uno de los mapas más esperpénticos (en el sentido del Callejón del Gato): indica la proporción neta de ciudadanos que hacen turismo fuera de su país frente a los que hacen turismo dentro.
mundoraro
Los mapas de la primera página, si bien desproporcionados, no dejan de ser reconocibles. Así, la población en el año 1 estaba peor distribuida con respecto al área de los países, y se ve una evolución hacia un cierto equilibrio. Pero las variables más distorsionadoras son muy relevantes, por ejemplo ésta del turismo. Indican, claramente, algún tipo de distorsión espectacular en el comportamiento o distribución de riqueza de los habitantes. Los mapas de países de origen y destino de refugiados y desplazados también son muy significativos. Y en el número 40 hay otra variable tuercemapas: el tonelaje de barcos de carga, inflando o desinflando el área del país. Reinan Panamá y Liberia, como se ve.
Hombre, supongo que con variables muy específicas culturalmente, como el número de turbantes por kilómetro cuadrado, o el número de hablantes de italiano por kilómetro cuadrado pues también saldrían cosas curiosas, pero los fríos datos económicos son a su manera más reveladores aún. Mirad especialmente el 67, relativo a la exportación de medicamentos.
Otro, el 87, que refleja la exportación neta de maquinaria, es muy espectacular, pero el dato ya es muy elaborado (exportación neta, con lo cual no salen los países que importan más que exportan, aunque exporten mucho) y por tanto me parece menos revelador que los que ofrecen datos menos relativos.
Serían interesantes (y sangrantes) otros mapas posibles, como los de índices de mortalidad infantil, promedio de vida, etc.


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viernes, 15 de enero de 2016

Retropost #539 (7 de septiembre de 2005): Con Google por el espacio



Mientras admiraba una foto de Hiperión tomada por la Cassini, me acabo de enterar del acuerdo entre la NASA y Google, por el cual Google ya no sólo se dedica a dar wifis o conexión telefónica gratis, o a crear la Biblioteca Universal, sino que se expande por el cosmos... la pesadilla de los que piensan que Google is evil, supongo. (Si le preguntamos a Google "Is Google Evil?" nos contesta como un gallego, con la misma pregunta – hoy). De momento están mapeando la Luna. Voy con retraso.. apenas he conseguido ver alguno de mis libros en versión digital por ahí en Google Print, sin comerlo ni beberlo, y hoy he visto Google Maps tras cambiar de buscador (un punto más para Firefox, OK). A Google Earth no puedo acceder, por maquero. Pero en Google Local he estado viendo Providence, Rhode Island, la misma casa donde viví a finales de los ochenta... de hecho era una residencia con cuatro torres y un bloque central, y se ve perfectamente. También la biblioteca donde estudiaba, y el prado del campus... Luego puedes despegar como un cohete, aumentando la escala del mapa, alejarte de la superficie del planeta, y aterrizar en otro sitio de tu agrado. impresionante. En Cedeira, donde he pasado el verano, se distinguía perfectamente hasta la profundidad del mar al lado de la playa. Ahora voy a buscar Biescas, y la casa donde vivían mis abuelos en Francia... a ver si los encuentro, que tierra adentro es un poco más difícil... Bueno, Les Gouets, imposible. Pero en Biescas se ven perfectamente el canal, la central... y en Zaragoza, con más definición, la casa donde estoy, la estatua de la Plaza de los Sitios, la calle Mefisto de la quedada bloguera, y hasta la plaza de parking donde dejo el coche....Bueno, pues si Google tiene esto y nos lo regala, ¿qué no tendrá el Pentágono y esconde? ¿Fotos de los piojos de la barba de Bin Laden, quizá?





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viernes, 2 de enero de 2015

Mapping the whole world

—From the introduction to A History of the World in Twelve Maps, by Jerry Brotton (Penguin, 2013):

In Lewis Carroll's Sylvie and Bruno Concluded (1893), the other-worldly character Mein Herr announces that '[w]e actually made a map of the country, on a scale of a mile to the mile!' When asked if the map has been used much, Mein Herr admits, 'It has never been spread out', and that 'the farmers objected: they said it would cover the whole country, and shut out the sunlight! So we now use the county itself, as its own map, and I assure you it does nearly as well' (17). The conceit was taken a stage further by Jorge Luis Borges, who, in his one-paragraph short story 'On Rigour in Science' (1946), recast Carroll's account in a darker key. Borges describes a mythical empire where the art of mapmaking had reached such a level of detail that

the colleges of Cartographers set up a Map of the Empire which had the size of the Empire itself and coincided with it point by point. Less Addicted to the Study of Cartography, Succeeding Generations understood that this widespread Map was useless and not without Impiety they abandoned it to the Inclemencies of the Sun and of the Winters.  In the deserts of the West some mangled Ruins of the Map lasted on, inhabited by Animals and Beggars; in the wholde Country there are no other relics of the Disciplines of Geography. (18)

Borges understood both the timeless quandary and potential hubris of the mapmaker: in an attempt to produce a comprehensive map of their world, a process of reduction and selection must take place. But if his 1:1 scale map is an impossible dream, what scale should a map-maker choose to ensure their world map does not endure the fate he described? Many of the world maps described in this book offer an answer, but none of their chosen scales (or indeed anything else about them) has ever been universally accepted as definitive.

A further problem that presents itself is one of perspective. At what imaginary location does the mapmaker stand before beginning to map the world? The answer, as we have already seen, invariably depends upon the mapmaker's prevailing world view. In the case of the Babylonian world map, Babylon lies at the cntre of the universe, or what the historian Mircea Eliade has called the 'axis mundi' (19). According to Eliade, all archaic societies use rites and myths to create what he describes as a 'boundary situation', at which point 'man discovers himself becoming conscious of his place in the universe'. This discovery creates an absolute distinction between a sacred, carefully demarcated realm of ordinary existence, and a profane realm which is unknown, formless and hence dangerous. On the Babylonian world map, such sacred space circumscribed by its inner ring is contrasted with the profane space defined by the outer triangles, which represent chaotic, undifferentiated places antithetical to the sacred centre. Orienting and constructing space from this perspective repeats the divine act of creation, shaping form out of chaos, and placing the mapmaker (and his patron) on a par with the gods. Eliade argues that such images involve the creation of a centre that establishes a vertical conduit between the terrestrial and divine worlds, and which structures human beliefs and actions. Perhaps the whole at the centre of the Babylonian world map ,usually regaded as the result of a pair of compasses marking out the map's circular paramtersl, is rather a channel between one world and the next.

The kind of perspective adopted by the Babylonian world.map could also be called egocentric mapping. Throughout most of recorded history, the overwhelming majority of maps put the culture that produced them at their centre, as many of the world maps discussed in this book show. Even today's online mapping is partly driven by the user's desire to first locate him- or herself on the digital map, by typing in their home address before anywhere else, and zooming in to see that location. It is a timeless act of personal reassurance, locating our selves as individual in relation to a larger world that we suspect is supremely indifferent to our existence. But if such a perspective literally centres individuals, it also elevates them like gods, inviting them to take flight and look down upon the earth from a divine viewpoint, surveying the whole world in one look, calmly detached, gazing upon what can only be imagined by earthbound mortals (20). The map's dissimulating brilliance is to make viewers believe, just for a moment, that such a perspective is real, that thy are not still tethered to the earth, looking at a mpa. And here is one of the map's most important characteristics: the viewer is positioned simultaneously inside and outside of it. In the act of locating themselves on it, the viewer is at the same moment imaginatively rising above (and outside) it in a transcendent moment of contemplation, beyond time and space, seeing everything from nowhere. If the map offers its viewer an answer to the enduring existential question, 'Where am I?', it does so through a magical splitting which situates hi or her in two places at the same time (21).

This problem of defining where the viewer stands in relation to a map of the world is one geographers have struggled with for centuries. For Renaissance geographers, one solution was to compare the viewer of a map to a theatre-goer. In 1570 the Flemish mapmaker Abraham Ortelius published a book containing maps of the world and its regions entitled Theatrum orbis terrarum—the 'Theatre of the World'. Ortelius used the Greek definition of theatre—theatron—as 'a place for viewing a spectacle'. As in a theatre, the maps that unfold before our eyes present a creative version of a reality we think we know, but in the process transform it into something very different. For Ortelius, as for many other Renaissance mapmakers, geography is 'the eye of history', a theatre of memory, because, as he put it, 'the map being laid before our eyes, we may behold things done or places wheere they were done, as if they were at this time present'. The map acts like a mirror, or 'glass', because 'the charts being placed, as it were certain glasses before our eyes, will the longer be kept in memory, and make the deeper impression in us'. But, like all the best dramatists, ortelius concedes that his 'glasses' are a process of creative negotiation, because on certain maps 'in some places, at our discretion, where we thought good, we have altered some things, some things we have put out, and otherwhere, if it seemed to be necessary ,we have put in' different features and places. (22)

Ortelius describes the position from which a viewer looks at a world map, which is closely related to orientation—the location from which we take our bearings. Strictly speaking, orientation usually refers to relative position or direction; in modern times it has become established as fixing location relative to the points on a magnetic compass. But long before the invention of the compass in China by the second century AD, world maps were oriented according to one of the four cardinal idrections: north, south, east and west. The decision to orientate maps according to one prime direction varies from one culture to another (as will be seen from the twelve maps discussed in the book), but there is no purely geographical reason why one direction is better than any other, or why modern Western maps have naturalized the assumption that the north should be at the top of all world maps.

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(17) Lewis Carroll, Sylvie and Bruno Concluded (London, 1894), p. l69.
(18) Jorge Luis Borges, 'On Rigour in Science', in Borges, Dreamtigers, trans. Mildred Boyer and Harold Morland (Austin, Tex., 1964), p. 90.
(19) Mircea Eliade, Images and Symbols: Studies in Religious Symbolism, trans. Philip Mairet (Princeton, 1991), pp. 27-56. See Frank J. Korom, 'Of Navels and Mountains: A Further Inquiry into the History of an Idea', Asian Folklore Studies, 51/1 (1992), pp. 103-25.
(20) Denis Cosgrove, Apollo's Eye: A Cartographic Genealogy of the Earth in the Western Imagination (Baltimore, 2001).
(21) Christian Jacob, The Sovereign Map: Theoretical Approaches to Cartography throughout History (Chicago, 2006), pp. 337-8.
(22) Abraham Ortelius, 'To the Courteous Reader', in Ortelius, The Theatre of the Whole World, English translation (London, 1606), unpaginated.





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Now, cartographic mapping is mapping proper, the original and proper use of the term 'to map'. Although, as we have seen, the concept of the map may hark back to other forms of representation such as the theatre, in the case of Ortelius.

It's interesting to read these considerations on mapping with reference to other (derived or metaphorical) forms of mapping, such as temporal maps of historical processes, David Christian's maps of time charting out cosmic evolution—or Fredric Jameson's 'cognitive mapping' which looks truly parochial after the grand sweep of the cosmic scale.

To these we have added (by way of further specification) narrative mapping—a concept which straddles the cognitive representation of processes and the generic awareness of the instruments of representation, the narratives which must themselves be mapped, classified, or charted, before they can be used as instruments to anchor narrative phenomena onto one another.  Not that we claim any foundational originality for the concept—see for instance Berger and Luckmann here on symbolic universes and their narrative mapping or (going further back) Polybius on narrative anchoring and the hermeneutic circle. But one may contend that further reflection on these conceptual instruments will enable to see the way they are used in places where they were invisible before, and our critical awareness of them will be further refined.






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