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miércoles, 26 de enero de 2022

The Great Theatre of Nature

 

Although each of the SEASONS appears to have been intended as a complete piece, and contains within itself the natural order of beginning, middle, and termination, yet, as they were at length collected and modelled by their author, they have all a mutual relation to each other, and concur in forming a more comprehensive whole. The annual space in which the earth performs its revolution round the sun is so strongly marked by nature for a perfect period, that all mankind have agreed in forming their computations of time upon it. In all the temperate climes of the globe, the four seasons are so many progressive stages in this circuit, which, like the acts in a well-constructed drama, gradually disclose, ripen, and bring to an end the various business transacted on the great theatre of Nature. The striking analogy which this period with its several division bears to the course of human existence, has been remarked and pursued by writers of all ages and countries. Spring has been  represented as the youth of the year—the season of pleasing hope, lively energy, and rapid increase. Summer has been resembled to pefect manhood—the season of steady warmth, confirmed strength, and unremitting vigour. Autumn, which , while it bestows the rich products of full maturity, is yet ever hastening to decline, has been aptly compared to that period, when the man, mellowed by age, yields the most valuable fruits of experience and wisdom, but daily exhibits increasing symptoms of decay. The cold, cheerless, and sluggish Winter has almost without a metaphor been termed the decrepid and hoary old age of the year. Thus the history of the year, pursued through its changing seasons, is that of an individual, whose existence is marked by a progressive course from its origin to its termination. It is thus represented by our Poet; this idea preserves an unity and connection through his whole work, and the accurate observer will remark a beautiful chain of circumstances in his description, by which the birth, vigour, decline, and extinction of the vital principle of the year are pictured in the most lively manner.

This order and gradation of the whole runs, as has been already hinted, through each division of the poem. Every season has its incipient, confirmed, and receding state, of which its historian ought to give distinct views, arranged according to the succession in which they appear. Each, too, like the prismatic colours, is indistinguishably blended in its origin and termination with that which precedes, and which follows it; and it may be expected from the pencil of an artist to hit off these mingled shades so as to produce a pleasing and picturesque effect. Our poet has not been inattentive to these circumstances in the conduct of his plan. His SPRING begins with a view of the season as yet unconfirmed, and partaking of the roughness of Winter*; and it is not till after several steps in gradual progression, that it breaks forth in all its ornaments, as the favourite of Love and Pleasure. His AUTUMN, after a rich prospect of its bounties and splendours, gently fades into "the sere, the yellow leaf," and the rising storm, sinks into the arms of Winter. It is remarkable, that in order to produce something of a similar effect in his SUMMER, a season which, on account of its uniformity of character, does not admit of any stronly-marked gradations, he has comprised the whole of his description within the limits of a single day, pursuing the course of the sun from its rising to its setting. A Summer's day is, in reality, a just model of the entire season. Its beginning is moist and temperate; its middle, sultry and parching; its close, soft and refreshing. By thus exhibiting all the vicissitudes of Summer under one point of view, they are rendered much more striking than could have been done in a series of feebly contrasted and scarcely distinguishable periods.


* A descriptive piece, in which this very interval of time is represented, with all the accuracy of a naturalist, and vivid colouring of a poet, has lately appeared in a poem of Mr. Warton's, entitled "The First of April."


 

 

J. Aikin, M.D. From: The Seasons, by James Thomson.  A New Edition. Adorned with a set of engravings from original designs. To which is prefixed, An Essay on the Plan and Character of the Poem, by J. Aikin, M.D. London: Printed for J. Murray, No. 32, Fleet Street. MDCCXCIV. p. xii-xv.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Retropost #1281 (24 de diciembre de 2006): 13 lunas, 12 noches


13 lunas, doce noches

Publicado en Curiosidades. com. José Ángel García Landa

20061224123237-sunmoon.jpgCuriosidades tiene el calendario. Tenemos un sistema complicado, que junta varios ciclos: días (un ciclo solar), semanas (un ciclo lunar), años (ciclo solar otra vez). Y luego están los meses, que ni se sabe qué son, son el resultado del conflicto entre ciclos lunares y solares. Un mes es una cosa cuya definición es complicadísima desde el punto de vista astronómico, así que en la práctica se han quedado petrificados en su forma actual por una conjunción de costumbres y circunstancias históricas. Supongo que el calendario que tenemos es resultado de nuestra historia, y de cómo distintos tipos de ciclo temporal se han acumulado unos sobre otros, a medida que avanzaba el conocimiento astronómico. Ciclos más largos salieron luego, y ya no hablo de siglos etc., cosa meramente numérica, sino de las correcciones periódicas que se han de introducir al calendario para que no se descompense: los años bisiestos, y las ciclos aún mayores de ajuste del calendario gregoriano: así, si un año bisiesto cae en 00, no será bisiesto... pero sin embargo el 2000 fue bisiesto, por un pequeño ajuste de ciclo todavía más largo.

A cuenta de las fiestas de navidad, y del Twelfth Night de Shakespeare, me leía el otro día esta bonita página un tanto New Age, Time out of Time, donde habla de los ciclos del calendario y de los doce días excepcionales que van del solsticio de invierno al comienzo del año. Es normal que, habiendo doce meses, haya habido una tendencia a atribuir una relación simbólica entre estos doce días y los doce meses del año, con lo cual se crea un pequeño año fuera del año, una mise en abyme del año, que a la vez es recapitulación del año anterior y preparación del siguiente. Es un período de fiesta en el que (siendo la fiesta un tiempo especial) se suspende el tiempo normal, y las costumbres normales, y se hacen cosas extrañas: se reúne la familia, se regalan cosas, se deja de trabajar, se trata la gente en pie de igualdad, se aparcan las diferencias irreconciliables por un tiempo, se desdibujan los papeles atribuidos a los sexos... Es como si se desestructurase la sociedad para volver a reinventarse. Elementos de estas tradiciones se reconocen en Twelfth Night de Shakespeare, y aun hoy en día, en algunos buenos propósitos convencionales...

Si el solsticio de invierno es la muerte simbólica del año, el inicio de un nuevo ciclo solar sugiere estas ideas de renovación y repetición a la vez. Los accidentes de nuestra tradición pagana y cristiana han venido a dar en dos figuras simbólicas que vienen a representar al año viejo y al año nuevo, proyectándolos analógicamente a los ciclos de la vida humana: Santa Claus, como figura un tanto carnavalesca del invierno, y el Niño Jesús, como símbolo del renacer perpetuo y de la esperanza, que a la vez (por una inversión de papeles casi lógica en estas fechas) representa el lado más oficial de la navidad.

Quizá el origen de este tiempo fuera del tiempo, estos días en suspenso del año, se deba al desfase necesario entre dos celebraciones: la muerte de un año, y el nacimiento de otro. En culturas antiquísimas, prehistóricas, sin un sistema de calendario perfeccionado, el acortamiento de los días y la muerte del sol llevaba a un fin ritual de las actividades; días más tarde, cuando se hacía sensible de nuevo, siquiera mínimamente, el alargamiento de los días, seguía otra fiesta para retomar el ritmo normal de vida y poner en marcha el año de nuevo. Por otra parte, el calendario más medible para los pueblos primitivos no era el solar, sino el lunar, y había y hay un desfase inevitable e imposible de calcular entre los ciclos solares y lunares. Es posible que antes del desarrollo de la escritura y de la astronomía (dos cosas que van bastante unidas), fuese la costumbre iniciar el recuento del nuevo año mediante el procedimiento más simple: empezaría el año con la primera luna nueva después del solsticio de invierno. De ahí unos desfases y dudas a la hora de fijar el principio del año que todavía dejan huella: el año empieza, supuestamente, el uno de enero, pero la pascua militar, la vuelta al cole y otras cosas son después de Reyes, y es entonces cuando el año va arrancando realmente.

La simbología del tiempo parado puede reconocerse en los ritos germánicos mencionados en Time out of Time: la obligación de no hilar (detener las ruecas) o de no hacer girar las ruedas. El tiempo, asociado al ciclo, al movimiento circular y repetido de los astros, vuelve a rodar sólo cuando termina este tiempo especial, tiempo que no cuenta, para poder contar el resto del tiempo.

La muerte cíclica de la luna después de la muerte cíclica del sol sería el final y principio más natural del año para una cultura rural, agrícola y sin escritura. En esa fecha el calendario natural empleado, lunar y solar a la vez, se volvía a coordinar (de modo convencional), y el año nuevo empezaba en lo que (para nosotros, con nuestro calendario escrito y calculado astronómicamente) sería un día distinto cada año, moviéndose a lo largo de un tiempo de... más o menos doce días. O trece: de Navidad a Reyes, ambos inclusive, son trece días. Número molesto. Añadamos la nochebuena, que además tiene la ventaja de ser la fiesta extraoficial, y la fiesta extraoficial, ya se sabe, tiende a convertirse en la fiesta, porque el principio de la fiesta mantiene esta relación ambigua con la oficialidad.

El trece famoso. Trece apóstoles, etc. Pero astronómicamente, el asunto molesto del trece es que el año tiene trece meses lunares. O al menos doce y un trocito del decimotercero (—tiene aproximadamente 13,37 meses siderales, con respecto a las estrellas fijas, y  12, 37 meses sinódicos, con respecto a las fases lunares). Sin embargo, la mayoría de los principales calendarios (excepto el hindú, al parecer) tienen doce meses, no trece. Trece son también las menstruaciones de una mujer en un año por término medio, y la casi coincidencia del ciclo lunar y el menstrual ha llevado a toda una mitología de la cual están hechas las relaciones entre los sexos. ¿Podría verse en el rechazo al trece una especie de negativa a dejarse guiar por el calendario lunar, y por extensión, una especie de rechazo al orden femenino del cosmos? El año solar (año agrícola por excelencia, aunque también sea importante para los cazadores-recolectores) es el año masculino. El hecho de dejar la última luna fuera del tiempo, sin contar, ha llevado quizá a los curiosos desfases entre los meses y las lunas, para que sean doce los meses del año, y no trece. El mes número trece (o sus días sueltos) es el que no cuenta—al igual que no cuenta el signo del zodíaco número trece, el Serpentario). Es el mes que se reparte a días sueltos entre los demás, el que queda a la espera desde el fin del año solar hasta que comienza la nueva luna, otra vez puesta en sincronía con el sol. Todo un orden imaginario, claro, una manera simbólica de organizar el tiempo y la jerarquía de los sexos. En realidad, los solsticios, y las fases de la luna, y las menstruaciones, van cada cual a su aire. Y los hombres y las mujeres se ponen en sintonía sólo cuando Dios les da a entender, y no según el calendario. Aunque cierto es que el tema éste del doce y el trece no ayuda.






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