El Ilusionista: Hidden in Plain View Publicado en Cine. com. José Ángel García Landa
Según nos dice la cartelera de
RedAragón,
"El Ilusionista
nos lleva a la Viena del siglo XIX, a una época en la que la ciencia y
la magia se entremezclaban en la imaginación del público. Asistimos al
duelo de ingenios entre dos brillantes actores, Edward Norton que
interpreta al misterioso mago Eisenheim y Paul Giamatti que interpreta
al perspicaz y racional inspector de policía Uhl, empeñado en descubrir
los trucos del mago... Producción impecable, El ilusionista
se sirve de un brillante guión lleno de ritmo e ingenio y de la
personalidad de sus dos protagonistas para llevar al público de sorpresa
en sorpresa."
(The Illusionist. Director: Neil Burger; intérpretes: Edward Norton, Paul Giamatti, Jessica Biel, Rufus Sewell...).
Es una película que mezcla de modo bastante satisfactorio una serie de
temas inspirados en Nabokov y en Edgar Allan Poe. El enfrentamiento
entre el escurridizo mago y el policía cogido en turbios complots
políticos con la realeza, no puede sino recordar "La carta robada", de
Edgar Allan Poe, un cuento sobre interpretación y prestidigitación. El
artista como ilusionista, que baraja libremente los niveles de realidad
creados en los mundos de su obra, viene de Nabokov (también las
mariposas). El encantador pliega su alfombra mágica para hacer coincidir
unos dibujos con otros, y crear una ilusión de continuidad… aunque los
visitantes no avisados podrían tropezar en el pliegue.
Porque
por supuesto hay algunos trucos que el ilusionista Eisenheim no podría
hacer jamás ante el público, y que colocan a la película en el género
fantástico y de entretenimiento. Por ejemplo, ningún ilusionista podría
adivinar en medio segundo si el inspector de policía llevaba encima el
colgante, y en qué bolsillo, de no ser por necesidades del argumento.
Tampoco es creíble que desaparezca el cuerpo de la prometida del
príncipe sin autopsia y sin que nadie investigue la cuestión; ni pueden
trazarse planes tan arriesgados y alambicados, con personajes asesinos y
violentos de por medio, sin que nada falle en el camino… eso únicamente
puede hacerse mediante el ilusionismo del
hindsight bias, la
falacia de la retrospección guiada desde el final, falacia en la que el
cine está especializado. ("La culpa de todo la tiene el guión", decía
la canción de una serie infantil). Y así podemos desafiar al principio
de realidad, moldear el final a nuestro gusto y conseguir a la chica.
Es decir, los trucos del ilusionista están escondidos a la vista de
todos, como en "The Poerloined Letter". Al igual que los demás magos,
Eisenheim emplea en sus números una mezcla de técnica sofisticada y de
engatusamiento autoinducido del público, que—atento a lo que cree que va
a ver—no ve lo que el mago hace realmente, y así no adivina sus trucos.
Y eso que está ante la vista todos nosotros el procedimiento utilizado.
En un momento metaficcional de la película, hasta se lo enseñan al
policía Uhl, haciéndole un pase privado con un primitivo cinematógrafo:
"Así es como crea Eisenheim sus ilusiones" – "Hm. Ya veo." (Y los
espectadores aún lo creemos perspicaz por su escepticismo, cuando es
todo lo contrario—pero claro, ni aquí ni al final puede Uhl salir de su
propio nivel de ficción para desentrañar el truco. Ahí sí que difiere de
los héroes nabokovianos de
Invitado a una decapitación o
Barra siniestra).
Como en
Total Recall, aquella de Schwarzenegger metido en una máquina de realidad virtual, nos lleva el
Ilusionista
a un mundo donde las leyes ordinarias están suspendidas. Y desde el
público estamos en la posición del policía escéptico y racional, que no
desespera de reducir a sistema lo que ha sucedido. Mal asunto si creemos
que podremos echar la mano encima a los espectros conjurados por
Eisenheim, porque, como él mismo dice, no pretendía sino entretenernos, y
todo eran trucos. El cine confiesa así (tanto aquí como en Total
Recall) su auténtica vocación de máquina de sueños, sean cuales sean los
ingredientes de conflicto moral o intriga política que se hayan
utilizado. Todo queda supeditado a esa inmersión mágica en una realidad
alternativa, con un poder inesperado para hacernos replantearnos las
fronteras que separan lo sólido existente de lo creído o imaginado. Y
esa es su función ideológica más seria.
Al final el inspector
Uhl acepta la superioridad del mago, al descubrir que ha sido víctima
del truco más gigantesco, el truco escrito en letras tan grandes que no
nos fijábamos en ellas mientras intentábamos descifrar los trucos
puntuales en letra pequeña. También en esta película
flojea la realidad, cede el suelo, y con una reinterpretación súbita nos damos cuenta en el último minuto de lo que ha sucedido realmente… o
casi
nos damos cuenta, porque aún queda oculto (aunque proyectado en letras
grandes a la pantalla) el mayor ilusionismo detrás del ilusionismo.
Eisenheim, como el detective Dupin de Poe, encarna el punto de vista del
narrador que ha diseñado la historia—si los lectores somos el
inspector, al menos se espera de nosotros que seamos capaces de apreciar
los trucos del mago, y su perspicacia al saber que puede realizarlos
ante nuestras narices con plena libertad, porque estamos deseando
verlos. Para eso hemos ido al cine.
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