En Retrospection, after all these years:
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viernes, 25 de abril de 2025
jueves, 30 de julio de 2020
martes, 12 de julio de 2016
sábado, 30 de mayo de 2015
La guerra civil como moda literaria. 1ª parte
David Becerra, de la Fundación de Estudios Marxistas (y no digo más) habla sobre la República en la literatura, y especialmente en La noche de los tiempos de Muñoz Molina. Le pongo esta apostilla:
Dice David Becerra que no había ninguna situación prerrevolucionaria en la República. Se "olvida" de que aunque el PCE era pequeño, Largo Caballero y Prieto eran revolucionarios admiradores de la Unión Soviética (el Lenin español, se llamaba a sí mismo Largo Caballero). Que el PSOE ayudó a montar y luego se desentendió de la Revolución de Asturias, contra la República. Que el Frente Popular se presentó como abiertamente revolucionario. Etc. Son cosas sabidas. Pero quien está decidido a no enterarse, nunca se enterará. ¡Y aún tiene el cuajo de hablar de historia "revisionista"!
Por supuesto la novela de Muñoz Molina tiene una altura y calidad muy por encima de la idea que aquí se da de ella, y una visión mucho más desencantada y realista de la República y del frente popular. No se la pierdan.
viernes, 30 de julio de 2010
Mirando fotos en LA NOCHE DE LOS TIEMPOS
Me gusta muchísimo la última novela de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos—entre otras cosas por el juego de la memoria en la narración. Está escrita inspirada en los pensamientos y asociaciones y recuerdos del protagonista Ignacio Abel, en "la noche de los tiempos", el principio de la guerra civil, cuando se han derrumbado, además de su país, su matrimonio con Adela y su aventura amorosa con Judith. El contraste entre presente y pasado, la diferencia irónica de perspectivas que da el paso del tiempo, está llevada de modo magistral. Por ejemplo en esta escena en la que Ignacio se recuerda (recuerdo sobre recuerdo) mirando fotos encerrado solo en su piso de Madrid, antes de poder escapar al exilio. Y las fotos tienen la propiedad de ir cambiando de significado con el tiempo. Como todo, pero más que ninguna otra cosa quizá, son víctimas de la distorsión retrospectiva—por el contraste brutal entre el tiempo entre ellas contenido y el que las rodea al contemplarlas años después de haber sido hechas. Son los álbumes de fotos, como las cartas viejas, una de esas estelas narrativas que vamos dejando por el tiempo, autobiografías espontáneas que generamos casi sin darnos cuenta, y que muchas veces no tienen otro lector distinto de ese dios imaginario que archiva todo lo vivido. Pero todos volvemos a releernos al menos en parte, al repasar fotos viejas:
Con qué cuidado las había clasificado Adela, álbum tras álbum, desde las fotos más formales de estudio de los primeros años a las tomadas con una cámara Leica que ella misma le había regalado a su marido en uno de sus cumpleaños más recientes, y que él usaba sobre todo para tomar fotografías de los proyectos en marcha (la cámara que llevó en su viaje de tres días al sur con Judith Biely; con la que hizo las fotos que guardó luego en el escritorio que cerraba siempre con llave).
Quizás Adela habría tardado en darse cuenta de lo que Ignacio Abel advertía ahora pasando las hojas de dura cartulina a la luz débil de una lámpara en la casa donde él ahora era el único habitante, en la que las figuras de las fotos habían cobrado una repentina cualidad de fantasmas, como de personajes muertos hacía mucho tiempo, tan ajenos parecían al tiempo presente, al Madrid en sombras de las noches de guerra (alumbrado tan sólo por faros de automóviles veloces, solitarios, que aparecían de pronto al fondo de una calle, que se detenían con el motor en marcha junto a un portal del que se vería salir al cabo de un rato a un hombre en camiseta o en pijama, a veces descalzo, con el aturdimiento del sueño reciente y del pánico, con las manos atadas, empujado a culatazos, custodiado por pistolas y fusiles). Cegada voluntariamente por el amor, Adela no se habría fijado al principio en la expresión que él tenía en todas las fotos, incluso las primeras que le mandó como recordatorios cuando se comprometieron, o las del día de la boda, o los retratos que se hicieron juntos por capricho de ella en un estudio de la Gran Vía, al poco tiempo de casarse, cada uno acomodado en un sillón antiguo, delante de un paisaje pintado, él con las piernas cruzadas y mostrando los botines, ella con un libro en una mano y la barbilla descansando en el dorso de la otra, con una sonrisa indolente en la que podía advertirse lo que en ese momento aún no sabían ninguno de los dos, que estaba embarazada. En la cara de él había un gesto como de no estar del todo allí, la mirada vuelta hacia un lado o fija en un punto intermedio del aire, en un ensimismamiento del que ni él mismo se daba cuenta, pero que ya estaba, tan pronto, teñido de fastidio. Pero quizás se engañaba, mirando las fotos quince años más tarde; quizás, por falta de buena memoria o de la imaginación suficiente para verse a sí mismo en lo que a todos los efectos era otra vida, atribuía al hombre más joven de entonces una desgana precoz que aún tardaría en surgir, y que se iba haciendo mucho más visible según adelantaban las páginas de los álbumes. La vida entera, custodiada por Adela, por su afición a guardarlo todo, bien ordenado y en su sitio, no sólo las fotos sino también las cartas, cada una de las que él le escribió durante el noviazgo y las que le mandó durante el año en Alemania, ordenadas cronológicamente, guardadas en montones manejables sujetos con gomas, las que él no quería sacar de los sobres para no detectar en ellas las notas falsas de lo rutinario y también para evitarse el disgusto retrospectivo de encontrar expresiones de amor escritas con su propia letra indudable.
Ya no te acuerdas de cómo te quejabas si tardaba en llegarte una carta mía. Miraba hechizado las fotos, mientras a lo lejos se oían ráfagas de disparos o motores de aviones, todavía no explosiones de bombas, repasaba la secuencia del crecimiento de sus hijos y la sucesión abrumadora de fiestas familiares, los cambios en la cara y en el cuerpo de Adela, que también había sido más grácil de lo que él recordaba (pero quién podía fiarse de la memoria: cómo estaría acordándose de él ahora mismo Judith Biely, tal vez ya corrigiendo el pasado, suprimiendo fervores, borrándolo de su nueva vida cualquiera sabía dónde, con qué hombres más jóvenes, en París o en América). En muchas fotos no aparecía él (estaría de viaje, o entregado al trabajo, o habiendo inventado un pretexto ineludible que justificara su ausencia); en algunas estaba pero tenía una expresión distinta a la de los demás, absorto, ligeramente disgustado, mirando al suelo, como preservando un espacio que lo separaba de los otros, refractario a la alegría colectiva, a la celebración que hubiera reunido a la familia, bautizo o comunión o cena de onomástica o de Navidad o de Año Nuevo; Adela a su lado, casi siempre, a veces cogida de su brazo, o un poco echada sobre él, orgullosa de su presencia masculina, sin darse cuenta de nada, sobre todo al principio, en las fotos más antiguas, quizás comprendiendo más tarde, cuando las ordenaba para pegarlas en el álbum, o mucho después, cuando volvía a ellas para buscar los signos de lo que habría existido siempre o para consolarse de la soledad creciente y el sentimiento de estafa y fracaso reviviendo un tiempo que recordaba más feliz: los primeros años, el nacimiento de Lita, aquellos dos días en los que le parecía que la criatura que no llegaba a nacer la estaba desgarrando por dentro, la mudanza a la nueva casa, el edificio recién terminado en la calle Príncipe de Vergara, con sus balcones que se abrían a las anchuras ilimitadas de Madrid, el "Madrid moderno, blanco", de un poema de Juan Ramón Jiménez que le gustaba mucho. El malestar secreto aún podía disiparse, responder tan sólo a un episodio pasajero, al exceso de trabajo de su marido, tan empeñado siempre en demostrar a los otros su propia valía, en comprometer su inteligencia entera, su vida misma en el cumplimiento de cada encargo, inseguro tal vez de la posición que había adquirido, temiendo que por algún defecto de su origen le fuera arrebatada, queriendo demostrar que si prosperaba no era gracias a la influencia de la familia de su mujer, hacia la que mostraba cada vez una frialdad más seca, que a ella le dolía tanto; sobre todo por el cariño que les tenía a sus padres, por el miedo que sentía a que su marido los hiriera con un desplante o un comentario sarcástico, o simplemente con esa indiferencia que era ya muy visible en la realidad pero que se manifestaba sobre todo en las fotos: incluso, se daría cuenta mucho después, en las de la boda, hasta en aquellas en las que Ignacio Abel tenía en brazos a sus hijos recién nacidos o les pasaba la mano por el hombro en el día de su comunión. No miraba a la cámara, como si temiera que al hacerlo quedara revelado un secreto, y tampoco establecía relación alguna con los que le rodeaban, ni siquiera sus hijos, ni siquiera ella. Levantaba una copa en un brindis y miraba hacia otro lado. En la hilera de los invitados a una boda él era el único que no parecía formar parte del grupo familiar. En una foto de la comunión de su hija la niña resplandecía de orgullo de posar junto a su padre y él permanecía erguido y lejano, como disgustado, como impaciente por que el fotógrafo terminara cuanto antes su trabajo. Pero Adela no había dejado de completar sus álbumes, de anotar fechas exactas, circunstancias y lugares, con una letra siempre idéntica, al paso de los años, tan regular como su misma apariencia en las fotografías, una mezcla de pasividad y de ilusión pueril, como si a pesar de todo las promesas pudieran acabar por cumplirse, como si la única condición para evitar el desastre y no sufrir la devastación del desengaño y hasta de la cruda mentira fuese mantener una actitud serena, una sonrisa apenas esbozada, levantar la barbilla y erguir el torso para no incurrir en la antigua acusación familiar de que desde muy joven tendía a encorvarse, fingir que era invulnerable a la mordedura de la frialdad, que no la desvelaban las sospechas, que la rectitud era siempre el mejor camino posible. En la primera página de cada álbum Adela había inscrito las fechas del tiempo que abarcaba. El último sólo tenía la indicación del comienzo, septiembre, 1935. En las fotos Ignacio Abel veía no lo que fue captado por la cámara sino lo que ya estaba sucediendo en otra parte y en secreto. Adela, la niña, él mismo, la tarde de la charla en la Residencia de Estudiantes; la reunión familiar en la casa de la Sierra el día de la onomástica de don Francisco de Asís: la primera foto había sido tomada unos minutos después de que él viera de cerca y escuchara por primera vez el nombre de Judith Biely; en la segunda buscó indicios del recuerdo de ella que estaba invocando mientras alguien pulsaba el disparador de la cámara, la larga mesa llena de gente y de platos de comida, al sol cálido del mediodía de octubre, las caras ya remotas, la vida familiar que entonces parecía una sentencia a cadena perpetua y ahora había desaparecido sin rastro: don Francisco de Asís, doña Cecilia, las tías solteras, sonrientes y mustias, idiotizadas o infantilizadas por la soltería y la vejez, el tío cura, hinchado dentro de la sotana como en una tripa de embutido (qué habría sido de él: habría tenido tiempo de esconderse, si el estallido de la guerra lo sorprendió en Madrid, habría yacido corrompiéndose al sol y cubierto de moscas en alguna cuneta), el cuñado Víctor, con su cara turbia de agravio, sus dos hijos, Lita sonriendo sin reserva a la cámara y Miguel con su expresión de fragilidad y timidez, y Adela, cerca de ellos, una mujer madura de pronto, más envejecida y ancha en esa foto que en el recuerdo, inclinada hacia él, su marido, con el gesto idéntico de las fotografías más antiguas, sólo que ahora atenuado, un gesto que es una costumbre y sobrevive a los cambios irreversibles en el estado de ánimo, como si el cuerpo aún no hubiera aprendido lo que ya sabe la conciencia, que ese apoyo físico que se busca y parece encontrarse ya es ilusorio, y que las cosas han cambiado sin remedio aunque las apariencias se mantengan idénticas. Y él, en una esquina, esta vez sonriendo, no en guardia, ni del todo ausente, como en la mayor parte de las fotos, con una sonrisa indolente, bien visible a pesar de que la sombra cubre la mitad de su cara, un poco adormecido por la comida y el vino y el sol dulce de octubre, pero sobre todo porque la noche anterior apenas había dormido nada, ebrio de su primer encuentro con Judith Biely. Pero lo que muestra de verdad una fotografía no sabe verlo casi nadie. ¿Habría distinguido Adela (cuando la miró detenidamente después de pegarla en el álbum, de alisarla con la palma de la mano y anotar al pie en una etiqueta la fecha y el lugar) que en esa foto su marido tenia ya la cara del engaño, que el desahogo y hasta el afecto que mostraba y que ella tanto agradecía eran los síntomas no del regreso del amor sino de su pérdida definitiva? Había una foto más en el álbum, pero no estaba pegada, ni tenía en el reverso ninguna indicación del día y del lugar, aunque había sido tomada aquella misma tarde, junto a la laguna de la presa abandonada. Miguel y Adela se disputaban la cámara Leica, y fue Miguel quien al final prevaleció, pero Ignacio Abel no recordaba el momento en que tomó la foto, sin que ni él ni su mujer lo adviertan, quizá escondido entre los pinos, imaginándose que era un reportero internacional: una foto borrosa, quizás porque la tarde ya declinaba y no había luz suficiente, o porque Miguel era muy atolondrado manejando los aparatos, demasiado ansioso siempre y demasiado impaciente por llegar cuanto antes al momento supremo de lo que se proponía: sus padres sentados en la hierba, muy cerca de la orilla, inclinados el uno hacia el otro, absortos en una conversación distraída y plácida que Ignacio Abel no recordaba haber tenido, ligeramente echado hacia atrás, una rodilla flexionada, un codo apoyado en el suelo, las dos figuras tan en calma como el agua en la que se reflejaban parcialmente, oscurecida por la sombra oblicua de los pinos.
viernes, 16 de abril de 2010
Oscuridad, Fracaso, Persona de Porlock
Me está gustando el último libro de Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, sobre los años de la República y guerra civil. Aquí hay una bonita estampa, la de un artista secundario, ignorado, o fracasado, encarnado en la figura de José Moreno Villa. Ahora ya no tiene ambiciones, está viviendo una vida ya como anticipadamente póstuma, aunque aún esperando de la caída de la tarde alguna revelación o última oportunidad... que sin embargo se verá interrumpida o impedida por ese visitante que siempre, procedente de la realidad, hace esfumarse la visión del artista—la Persona de Porlock.
Dalí pronto sería tan rico y déspota como Picasso: nunca volvería a mandarle a él, Moreno Villa, una postal llena de declaraciones de admiración y gratitud y faltas de ortografía, nunca diría su nombre cuando mencionara a los maestros de los que había aprendido, quién fue el primero que le enseñó fotografías de esos nuevos retratos alemanes en los que se recobraba con técnica asombrosa y de una manera plenamente moderna el realismo de Holbein. Tampoco Lorca reconocería nunca su deuda: pero quién había sido el primero en yuxtaponer la expresión poética de vanguardia y la métrica de los romances populares, quién había viajado antes a Nueva York y concebido una poesía y una prosa que se correspondieran con la trepidación de esa ciudad, con el ruido de los trenes elevados y la discordancia de las bandas de jazz. Con la mayor desenvoltura Lorca había dado en la Residencia un recital con poemas e impresiones en prosa sobre Nueva York, ilustrándolo con grabaciones musicales y proyecciones fotográficas: y teniendo sentado en primera fila a Moreno Villa no había mencionado ni una sola vez su ejemplo evidente.
La celebridad de los otros lo volvía invisible; convenía borrar su existencia para que su sombra no se proyectara reveladoramente sobre las caras triunfales de sus deudores. Preferible el retiro, ya que no la magnanimidad. Escribir versos con aquel raro conflicto de fervor y desgana sabiendo que por algún motivo serían refractarios al éxito. Investigar cosas en los archivos que nadie había visitado durante siglos, vidas de enanos y bufones en la corte tenebrosa de Felipe IV, en la de Carlos II. No pensar en todo el trabajo hecho, ni en el porvenir dudoso de su pintura, ni en su probable lejanía de una moda que a él no le importaba, pero que le dolía como una afrenta a todos los años que llevaba dedicados a la pintura sin ningún reconocimiento. No imaginarse a uno mismo pintor: limitar las expectativas, el campo de visión. Concentrarse en el problema relativamente simple, pero también inagotable, de representar sobre un pequeño lienzo ese cuenco con unas pocas frutas. Pero ¿y si en realidad se merecía el lugar mediocre al que se encontraba relegado? Quizás, después de todo, no era que Lorca callara la deuda que tenía con él, sino que simplemente no había leído sus poemas de Nueva York y el libro de prosas sobre la ciudad que había escrito en el viaje de regreso y publicado luego por entregas en El Sol, ante una indiferencia unánime (en Madrid no parecía que hubiera mucho interés por el mundo exterior: llegó al café al día siguiente de su regreso de Nueva York, excitado de antemano por todas las historias que le sería preciso contar, y los amigos lo recibieron como si no hubiera faltado y no le hicieron ninguna pregunta). ¿Y si se había hecho viejo y estaba envenenándolo lo que más le había desagradado siempre, el resentimiento? Con muchos más méritos que él Juan Ramón Jiménez estaba infectado de una innoble amargura, de una obsesiva mezquindad alimentada por cada mínimo desdén imaginado o real que se le hubiera infligido, por cada brizna de reconocimiento que no era dedicada a él, agua sucia que envilecía su luminoso talento. Qué sórdido sería que le faltara a uno no sólo el talento, sino también la nobleza, que se hubiera ido dejando intoxicar sin remedio por el rencor del que se hace viejo hacia los que son más jóvenes, por la vejación de sentirse ofendido por la fortuna celosamente observada de otros que ni siquiera reparaban en él, que lo insultaban por el simple hecho de haber logrado sin apariencia de esfuerzo lo que a él se le negaba, mereciéndolo más. Pero ¿habría querido ser él de verdad como Lorca, con su éxito entre folklórico y taurino, con su afición a las fiestas de los diplomáticos y las duquesas? ¿No se había dicho alguna vez a sí mismo que sus modelos secretos eran Antonio Machado o Juan Gris? A Juan Gris no se lo imaginaba resentido contra el triunfo de Picasso, agraviado por su obscena energía, por su histrionismo simiesco, llenando lienzos con la misma prisa con la que seducía y abandonaba mujeres. Pero Juan Gris, solo en París, no ya ensombrecido, sino borrado por el otro, enfermo de tuberculosis, probablemente había tenido en el fondo de su alma una certeza que a él, Moreno Villa, le faltaba, había obedecido a una sola pasión, había sabido despojarse como un asceta o un místico de todas las comodidades del mundo a las que él no sabría nunca renunciar, por modestas que fueran: su sueldo fijo de funcionario, sus dos cuartos contiguos en la Residencia, sus trajes bien cortados, sus cigarrillos ingleses. No era verdad, él no se había retirado del mundo. La iluminación que había estado a punto de recibir mirando el cuenco con los frutos del otoño y la tipografía seductora y vulgar de una revista ilustrada se malograría porque no era capaz de sostener la disciplina exigente de la observación, el estado de alerta que habría afilado su pupila y guiado su mano sobre la cartulina blanca del cuaderno. Alguien llegaba por el corredor, pisando con una determinación casi violenta, alguien golpeaba con los nudillos en su puerta y aunque la visita fuera muy breve él ya no podría recobrar aquel recogimiento brevemente intuido, aquella especie de estado de gracia.
_________________
La llamada a la puerta—
And who—
Who shall I say
Is calling?—
es también un recordatorio de la Interrupción Definitiva. Así lo vio Stevie Smith en su poema sobre la Persona de Porlock:Stevie Smith - Thoughts about the Person from Porlock
Coleridge received the Person from Porlock
And ever after called him a curse
Then why did he hurry to let him in?
He might have hid in the house.
It was not right of Coleridge in fact it was wrong
(But often we all do wrong)
As the truth is I think, he was already stuck
With Kubla Khan.
He was weeping and crying, I am finished, finished
I shall never write another word of it,
When along comes the Person from Porlock
And takes the blame for it.
It was not right it was wrong,
But often we all do wrong.
(...)
I long for the Person from Porlock
To bring my thoughts to an end
I am becoming impatient to see him
I think of him as a friend
Often I look out of the window
Often I run to the gate
I think, He will come this evening
I think it is rather late.
I am hungry to be interrupted
For ever and ever amen
O Person from Porlock come quickly
And bring my thoughts to an end.
*
I felicitate the people who have a Person from Porlock
To break up everything and throw it away
Because then there will be nothing to keep them
And they need not stay.
*
Oh this Person from Porlock is a great interrupter
He interrupts us for ever
People say he is a dreadful fellow
But really he is desirable.
Why should they grumble so much?
He comes like benison
They should be glad he has not forgotten them
They might have had to go on.
*
These thoughts are depressing, I know (...)
______________
Sobre el tema del éxito, el fracaso, y la narrativa vital que da forma a nuestra experiencia, hay un interesante artículo en On the Human: "Narrative and Personal Good", de Connie S. Rosati. Quizá las experiencias del éxito y del fracaso, el mismo planteamiento de vivirlos como tales a modo de narración vital, sean eminentemente narrativas y narrativizante. Aquí hay un par de párrafos finales:
I am suggesting that it is, in part—though only in part—through our storytelling that we secure a relatively ongoing relation of fit to our lives and to ourselves as the author/protagonist of those lives. I say only in part, because, of course, the way that we secure a fit with ourselves and our lives is, in the first instance, by doing what it takes to provide the materials from which attractive stories can be constructed. Lives in which we have successful relationships, careers, commitments, and pastimes, not merely at a time, but over time, naturally provide the makings for compelling narratives. So do lives which develop in ways that can be represented in stories of overcoming hardship, of redeeming past mistakes, of steady improvement — lives, that is, with generally uphill trajectories. Part of the reason for this, of course, is that in living such lives, we actually achieve things of value that benefit us; we actually succeed in aims that matter to us. But we also get the benefit that comes of being the controlling authority over ourselves and our lives, of being able to make sense of our lives and to represent them to ourselves as a product, ultimately, of our own autonomous efforts.
If my speculations are on the right track, we can see why our storytelling would be especially important in the face of failure, while contributing to our welfare across the range of more or less successful lives we might find ourselves living. When we have experienced relative success in securing our good—when we have embarked on careers we find stimulating and in which we can find some real success, when our principal relationships are healthy, when we are able to pursue our aims effectively—we will almost automatically thereby have secured a fit with ourselves and our lives; we will have a sense of ourselves as controlling authority over ourselves and our lives. It is when we fall short, when our careers are marred by failure or misfit, our principal relationships are unhealthy, we are ineffective in pursuing our aims, that effort may be needed to prevent ourselves from becoming alienated or disconnected from ourselves and our lives or to restore a connection when disconnect has occurred. I conjecture that it is the effects of our storytelling which I have been describing that psychologists try to exploit insofar as they seek to enable us to be happier autobiographers.
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