viernes, 6 de agosto de 2021
martes, 6 de febrero de 2018
Retropost #1992 (6 Feb. 2008): El pánico narrativo
¿Vivimos en nuestro propio relato? ¿Nos importa lo que dirán de nosotros cuando no estemos, o cuando no estamos? ¿Cuidamos nuestro personaje— lo que Goffman llamaba "face"? ¿Actuamos como si estuviésemos frente a las cámaras, o a las pantallas—aquí lo estamos—o bajo la mirada del Narrador, que ha de emitir su Juicio sobre nosotros? ¿Aceptamos vivir como vivimos, o correr los riesgos que corremos, por consideración a esa narración que somos, esa narración viviente?
Reresby, o Tupra, es un personaje de Tu rostro mañana, la última novela de Javier Marías, que he concluido ahora, disfrutándola enormemente, en esta tercera parte (Veneno, sombra y adiós) al igual que en las dos entregas anteriores (Fiebre y Lanza y Baile y sueño). Como muchos de los personajes de Marías (el narrador y protagonista, su padre, Peter Wheeler, la joven Pérez Nuix...) sus circunvoluciones cerebrales y asociaciones de ideas son apenas distinguibles de las del autor o narrador de otras novelas: Todas las almas, Corazón tan blanco, Mañana en la batalla piensa en mí, o Negra espalda del tiempo). No leemos a Marías para eso... No, Tupra/Reresby da voz a muchas concepciones de su autor, aunque no precisamente a sus valoraciones. La certidumbre de este personaje sobre la insignificancia de la vida, y de la memoria y el pasado, y de sus narraciones, es parte de la concepción del autor: otra parte se pasma precisamente ante la importancia infinita de la vida, y de las pasadas realidades que fueron, y de las narraciones que las mantienen en existencia—la vida, la presencia (del padre del narrador, o de su amigo Wheeler, de su esposa Luisa), un tesoro inapreciable cuando se tiene, y que depende una vez ha desaparecido, de sus narradores. Materia muda todo, excepto por la narración—de momento, pero es un momento en el que se juega nuestra existencia y todos los sentidos posibles. A la larga, todos mudos. De ahí el pánico narrativo—quizá sea una reacción exagerada, el creer que es la narración la que sustenta la realidad (aun cuando esta sigue ahí presente), o el creer que la realidad es, esencialmente una narración ("Cada cual asiste a su relato, Jack. Tú al tuyo y yo al mío" - 46). En una novela, claro que es así: la realidad de ese mundo es una realidad narrativa. Por eso la fascinación o ambivalencia de Marías ante el valor de la narración le lleva a realizar una narración inexistente: Sí, el narrador se parece a Marías en algunos aspectos; y sí, Marías ha escrito la novela que leemos (la novela, no su autobiografía)—pero apenas podemos concebir que el narrador se haya puesto realmente a escribir sus memorias en primera persona, menos a publicarlas. Quiero decir que la narración no queda motivada de modo realista, queda flotando en un limbo de virtualidad, donde a la vez tiene lugar (puesto que la leemos) y no tiene lugar (pues estas cosas jamás serán contadas a nadie por su protagonista—a sí mismo, en todo caso. Con lo cual nos convertimos nosotros en el protagonista, en ese hueco que se nos ha hecho en el relato).
En la novela el pánico narrativo estaría plenamente justificado: el creer que "algún ser nos atiende en todo momento y lo sabe todo sobre nosotros y sigue nuestra trayectoria al detalle como quien sigue un relato del que somos el protagonista" (193)—pero esa ilusión teológica del mundo como una trama coherente de sentido narrativo no se ve sustanciada aquí, donde la narración se señala a sí misma como una ilusión del sentido, una ilusión de la que vivimos hasta extremos que ni sospechamos. Y de hecho el propio narrador Jack/Jacobo, menos descreído quizá que Tupra/Reresby, se deja llevar por esa ilusión de sentido, y actúa, para poder contarse su historia a sí mismo sin avergonzarse. Actúa, en el momento más espectacular, dándole una paliza al amante de su mujer, Custardoy, metiéndole miedo en el cuerpo, y amenazándolo con cortarle una mano si vuelve a maltratarla.
Cierto que nada concluye hasta que la vida concluye. Y la vida, como en otras novelas de Marías, sigue su curso, una vez interrumpida la narración de este fragmento. Jacobo ve tiempo después a su enemigo o víctima, Custardoy, y lo ve desafiante, sin miedo, tal vez una promesa de venganza futura. Será otro final, que quizá llegue o quizá no—no el de esta novela.
Tentado está el narrador de hacer caso a Jorge Manrique, que ante lo transitorio de la vida, declara "'Si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado'—, y exactamente lo opuesto, y entonces podremos dar lo pasado por no venido, por no venido cuanto nos ha pasado y nuestra vida entera por no habida. Y así qué importa cuanto en ella hagamos, o por qué será que nos importa tanto..." (330)
Precario el mundo, y precarias sus narraciones. Precaria la relación entre la narración y el mundo—que no es de por sí narrativo. Pero narrándolo lo hacemos más nuestro, mientras dura, y mientras duramos, y mientras duran las narraciones y hay alguien que las lea, y por eso sufriremos pánico narrativo entre tanto hay cosas que narrar y dura life's fitful fever. Y tanto más pánico, quizá, cuanto más se reduzca la existencia a una narración—cada cual en su historia, que bien conoce, cada cual es su propio narrador trascendental, a falta de otro.
lunes, 22 de enero de 2018
domingo, 14 de enero de 2018
Retropost #1958 (14 de enero de 2008): Enfermedad profesional
Se trata únicamente de analizar cómo los profesores universitarios se han definido a sí mismos en relación con el cultivo del conocimiento, con el poder político y con la riqueza, y cómo, en un determinado momento histórico (a partir de comienzos del siglo XIX europeo) consiguieron crearse un espacio social propio en el que lograr su reconocimiento social a partir de su trabajo y su labor específicos.
Ese fue el espacio académico, del que se derivó en otros tiempos un prestigio social que se desprendía del reconocimiento, tanto por parte de las comunidades académicas como por parte del cuerpo social, de un conjunto de valores propios de las universidades, diferentes de los valores políticos, y por supuesto del valor básico de la economía: el valor de cambio.
Aunque, por matizar, creo que no existe una oposición tajante, sino más bien un continuo, entre los valores académicos y el valor de cambio. Porque el reconocimiento académico también es una forma de valor de cambio, al haber una cierta circulación, todo lo indirecta que se quiera entre el prestigio intelectual y profesional, y la influencia política o los beneficios monetarios que le acompañan.
Traza Bermejo una genealogía del "intelectual" (desde los escribas, los sacerdotes y los filósofos griegos) y de su autoimagen. A San Agustín se remonta el análisis de la libido académica, que lleva a distinguir entre "profesores monjes" (los clérigos de Benda, interesados por el saber mismo) y "profesores cortesanos", en los que su actividad va subordinada al poder político o económico. De Pierre Bourdieu importa Bermejo el concepto del prestigio como ideología (—y por aquí llegamos a la vanidad). Es interesante cómo se reorganiza el prestigio en la era del trabajo en equipo y la investigación a base proyectos organizados y cuantificados (cuantificados en su financiación y en sus índices de calidad, a veces indistinguibles):
En ese mundo de la producción científica masiva ya no existen figuras de grandes pensadores o científicos, sino grupos de científicos industrialmente organizados, y de aquí se deriva un problema.
Ya no existe la distinción intelectual entre grandes, medianos y pequeños científicos. Sin embargo los científicos tienen que ser jerarquizados. En primer lugar por razones económicas e institucionales, y en segundo lugar por motivos académicos y psicológicos.
Todo científico busca el reconocimiento, pero es imposible encontrarlo destacando en esa enorme masa de trabajadores anónimos de la ciencia. Por ello se han establecido criterios de distinción, o excelencia, de tipo cuantitativo, que han llevado a desarrollar un sistema absurdo de clasificación de trabajos (Bermejo Barrera, 2007, pp.2 1/40). En ese sistema, tal y como hemos analizado, desaparecen los criterios cualitativos y son sustituidos por otros meramente cuantitativos.
Se supone que existe una unidad de medida de la ciencia, que es el paper, o artículo, independientemente de su contenido, que nunca se juzga. Los artículos se suman, matizando su número con índices externos de calidad que dependen de un rango convencional de publicaciones científicas, que asumen la distinción intelectual, ausente del trabajo científico anónimo. Sumando artículos, tipos de revistas y número de citas (consideradas también como de valor absoluto, ya que cada cita es una unidad) se puede numerar a un científico con un índice, en el que la cantidad sirve como sustituto de la calidad y la antigua distinción o jerarquía intelectual.
Es evidente que estos índices no tienen ningún valor, más que el de satisfacer la necesidad de reconocimiento de cada científico, muy necesaria en el caso del trabajo intelectual, como ya habíamos visto, y de proporcionarle así una satisfacción personal, que además le puede ser útil para progresar en el ámbito de su comunidad científica, o dentro de las instituciones académicas o la industria.
(—Aquí habría que matizar, claro: los índices cuantitativos de calidad se basan, al menos idealmente, en una cuantificación de valoraciones positivas, y naturalmente tienen un valor en la institución que sustenta la disciplina, que es a lo que van: porque estamos hablando de organizar una institución, reparto de puestos jerárquicos, de dinero... etc. Otra cosa es el valor o interés que pueda tener para una persona un artículo que es "de calidad" por haber sido valorado positivamente por otra persona).
La asunción de la tecnociencia como valor exclusivo del conocimiento supone, pues, la sentencia de muerte de las viejas universidades como promotoras básicas del conocimiento, y el inicio de este proceso de extinción parece alcanzar una velocidad imparable, a pesar de que muchos científicos académicos no quieran darse cuenta de ello.
Lo curioso del caso es que ese mismo proceso parece que quiere ser imitado por parte de aquellos universitarios que cultivan las Humanidades y las Ciencias Sociales, dos tipos de conocimiento diferentes a las tecnociencias, tal y como ha señalado Wolf Lepenies (Lepenies, 1994), y que no pueden ser medidos por los mismos patrones.
....
... se pretende convertir el estudio de todas las humanidades en un recurso secundario para el desarrollo de la industria del entretenimiento y del ocio, y para el desarrollo del turismo. De ser esto así las humanidades, complementarias de las técnicas de publicidad y marketing necesarias para la venta de recursos turísticos y de objetos culturales de consumo masivo, habrían perdido todo su sentido.
Si aquellos que cultivan las humanidades pretenden seguir el camino de la tecnociencia acabarán por rematar el proceso agónico en el que las universidades inevitablemente están entrando, puesto que la investigación en estos campos estaría financiada no por un tipo de empresas que ante todo necesiten demostrar la eficacia de sus productos frente a otros de la competencia, sino por otras que simplemente tienen que crear productos para el entretenimiento - carentes de función práctica- , como todos los dedicados al ocio que sólo valen en cuanto que son rentables. La ley de Gresham, una ley básica de la economía, nos hará comprender fácilmente que en ese mercado del ocio la moneda mala desplazará necesariamente a la buena y se desarrollará un proceso de empobrecimiento y trivialización de la cultura, al que ya estamos asistiendo, y que parecen saludar con entusiasmo unos académicos que han decidido sustituir los valores del conocimiento por el único valor del dinero, sentando así las bases para la pérdida de la dignidad de sí mismos y de las instituciones en las que se mueven.
....
La dignidad de los intelectuales ha sido enormemente frágil en la historia occidental, debido a su falta de independencia económica y a su vinculación y dependencia de los poderes religioso y político. Pero hubo algunos intelectuales y profesores, quizás no muchos, que hicieron que esa dignidad fuese posible. Los intelectuales y los profesores, como todos los demás seres humanos, están caracterizados por una serie de vicios y defectos que a veces derivan de la estructura sociopsicológica de su profesión. Y uno de esos defectos fue casi siempre la vanidad, a la que se confundió con la dignidad, y que pudo ir unida al elitismo y al espíritu de cuerpo.
Esa vanidad, fruto de la fragilidad psicológica de los intelectuales, fue muchas veces la fuente de errores garrafales, como los de Heidegger, Unamuno y Ortega, y puso de manifiesto, en estos casos y en tantos otros, que la grandeza intelectual no es incompatible con la torpeza social, e incluso con la lisa y llana estupidez personal y política.
....
El juego del reconocimiento y la relación dialéctica entre el especialista en el conocimiento, al que llamaremos el sabio, y su comunidad tiene una historia muy larga y compleja, en la que los factores económicos, sociales y políticos se entremezclan con la compleja interrelación que en las personas de estos especialistas en el conocimiento tiene lugar entre la vanidad y la dignidad, a veces muy difíciles de distinguir.
(—Y tan difíciles. La dignidad de uno es vanidad para el otro).
....
Hoy en día, cuando muchos profesores querrían ser empresarios, o una caricatura de los mismos, políticos, o simples aduladores de los verdaderos políticos, o quizás compartir el poder y el terror que puede proporcionar el uso de la fuerza militar, deberíamos reivindicar la frágil dignidad de los intelectuales que alguna vez brilló momentáneamente en el transcurso de la historia.
Por ello, quizás fuese oportuno concluir con unos breves versos de Leonard Cohen:
like a drunk in a midnight choir,
I have tried in my way to be free”
Pero a ver quién es el guapo que lo consigue, cuando en la historia esto ha sido un ideal (ideológico) más que una realidad. Un ideal necesario, claro. Hay que intentarlo— siendo conscientes de la vanidad de esos intentos.
Interprétese en línea con mi diatriba crítica sobre la investigación en grupo (o tribu).
martes, 13 de junio de 2017
martes, 2 de febrero de 2016
Among the most renowned last year
miércoles, 11 de noviembre de 2015
Mi reputación
sábado, 14 de julio de 2012
viernes, 5 de agosto de 2011
The House of Mirth (Los otros somos nosotros)
Película de Terence Davis sobre intrigas de honor e imagen social en el Nueva York de cien años atrás. Es una excelente adaptación de la novela de Edith Wharton— sobre la sofocante sociedad de la Gilded Age, viviendo como victorianos enrabiados, todo apariencia de educación en los usos y maneras sociales, y bestias egoístas que van a por el dinero por debajo.
A por el dinero, y a por el reconocimiento de su grupo, cosas que solían ir unidas. Las emociones se van bloqueando con los jaques sucesivos al dinero y a la respetabilidad, y la aparente espontaneidad inicial, espontaneidad dentro de las reglas, se va asfixiando hasta que solo queda la frustración entre el mobiliario y las crinolinas, y los dobles y los triples y cuádruples entendidos sobre los motivos e intenciones de los demás.
Lily Bart (Gillian Anderson) es una muchacha casadera, en apariencia la vida le sonríe Pero ya es algo mayor, y va comprometiendo sus posibilidades de casarse por no seguir adecuadamente las reglas del grupo: no hay que mirar si tu pretendiente te gusta, sino más bien si es un buen partido envidiado por otras, y una buena alianza de intereses financieros. Luego la gente ya se arregla, si realmente quiere sexo o emociones. Pero esta moza no tiene el dinero seguro (depende de la herencia de su tía, que la acaba desheredand prácticamente por sus indiscreciones)—y además tiene ribetes de new woman o de mujer independiente y romántica, no quiere venderse por dinero, y será su perdición, porque pronto la acechan las deudas y los benefactores interesados.
Primero es reutilizable si no como esposa al menos como dama de compañía o carabina, en situaciones cada vez más comprometedoras, hasta que al final tiene que abandonar "la sociedad" y (horror) trabajar, pero tampoco sabe... El poco dinero que le deja su tía lo entrega todo para saldar una deuda de honor, a un caballero que la creía mujer fácil o comprable—y así acaba llegando al suicidio, por jugar a un doble juego al revés que los demás miembros de su sociedad. Ellos aparentan seguir la gramática social de la respetabilidad y la educación, y en realidad se guían por la gramática parda del interés monetario; ella hace lo contrario, aparentemente yendo a su capricho, pero luego tomándose literalmente la respetabilidad hasta la muerte que nadie más se cree.
Cuando se toma un bote de láudano, mujer ya inaceptable como esposa e indeseada como amante, por lo menos consigue hacer llorar en su lecho de muerte al amor de su vida, Lawrence Selden (Eric Stoltz), el abogado que no se quería casar con ella ni con nadie pero que la estimulaba a no casarse ella tampoco por su parte, engatusándola con que ella era una criatura especial que no vendería sus emociones... Menuda responsabilidad cuando le hace caso, y se lo echa en cara años después; hasta el cínico abogado parece entender la medida de su responsabilidad al jugar con las emociones de autoestima de otra persona—de la persona a la que más apreciaba, además.
La película retrata un momento especial del paso del siglo XIX al XX, pero es cierta una de las cosas que dice el abogado—que va sobre un carácter especial, y una manera especial de entender la dignidad, no para transigir con ella sino para llevarla hasta sus últimas consecuencias, independientemente de lo que hagan los demás—porque a éstos ya se les ha interiorizado, los llevamos dentro a los demás y su opinión sobre nosotros. Es una patología de la sinceridad y de la relación con los otros, o con nosotros mismos que somos esos otros.
Hay quien lo lleva muy mal esto, ya sea en el siglo pasado o en el que está viniendo. Aunque nosotros somos algo más desinteresados que estos neoyorkinos de la Gilded Age, nos importa menos el dinero o la opinión de la sociedad. O eso hay que pensar, por lo de la autoimagen.
The House of Mirth. Dir. Terence Davis, based on the novel by Edith Wharton. Cast: Gillian Anderson, Eric Stoltz, Dan Aykroyd, Terry Kinney, Laura Linney. Prod. des. Don Taylor. UK, France, Germany, USA, 2000.
miércoles, 28 de julio de 2010
El fin del olvido y la Visibilidad Universal
It’s often said that we live in a permissive era, one with infinite second chances. But the truth is that for a great many people, the permanent memory bank of the Web increasingly means there are no second chances — no opportunities to escape a scarlet letter in your digital past. Now the worst thing you’ve done is often the first thing everyone knows about you.
La idea moderna de una identidad fluida y modelable estaría en peligro. (El self-made man, ideal americano, un término popularizado por Henry Clay en 1832). Internet prometia en principio mayores perspectivas de fluidez: avatares, identidades selectivas según círculos sociales, etc. Pero
Y el aspecto más llamativo de la red es la persistencia de la memoria en ella. "In February, the European Union helped finance a campaign called “Think B4 U post!” that urges young people to consider the “potential consequences” of publishing photos of themselves or their friends without “thinking carefully” and asking permission"—y hubo el debate sobre los controles de privacidad de Facebook. Hay una tensión entre la persistencia de la memoria en la red y la voluntad de las personas de mantener una identidad controlable y fluida, "to escape our pasts and to improve the selves that we present to the world." Así, Michael Fertik formó la empresa Reputation Defender, que hace un seguimiento de la imagen de sus clientes en la web y contacta con los administradores de sitios pidiendo la retirada de materiales indeseados… o puede inflar artificialmente los aspectos positivos o neutrales de una identidad web. Pero la tecnología de la red avanza y crea problemas: así, ya se empieza a poder buscar fotografías no etiquetadas de una persona, con lo cual la visibilidad universal está más que asegurada. Y hay múltiples agregadores que coleccionan información sobre una persona.
—aún peor, o mejor, serán los servicios y agencias de información y valoración de reputaciones—para ligues, para trabajo... Todo esto son cuestiones que plantean problemas legales inauditos hasta ahora. En el nuevo régimen de comunicaciones deberíamos tener la opción, dice Zittrain, de declarar nuestra reputación en bancarrota cada diez años o así—como en las bancarrotas financieras (es el autor de The Future of the Internet and How to Stop It). En especial es urgente la legislación sobre la interferencia entre las esferas laboral y privada, y los límites del uso de material privado para la definir la reputación laboral de una personal, o para eliminar información falsa o calumniosa sobre las personas en la red. Son problemas distintos, la información falsa que pueda venir de otros o la auténtica (y dañina) que pueda venir de uno mismo—o la falsa que pueda venir de uno mismo, o la auténtica (y dañina) que pueda venir de otros. Si alguna perspectiva se ve en este asunto clara, es multiplicidad de pleitos y grandes ingresos para los abogados—pues como es previsible chocan de maneras indecidibles los derechos propios a la imagen y los derechos ajenos a la libertad de expresión (o viceversa). Es difícil detener el proceso del rumor y del word of mouth:
Se pueden desarrollar protocolos de caducidad: así, "Google not long ago decided to render all search queries anonymous after nine months (by deleting part of each Internet protocol address)", y se está desarrollando el sistema Vanish para hacer desaparecer los documentos digitales al cabo de un tiempo. Será relevante hacia dónde se muevan las grandes plataformas: Facebook se ha ido moviendo hacia mayor publicidad, no hacia mayor privacidad. Un estudio de Pew Internet revela sin embargo que los usuarios jóvenes son más conscientes de los peligros de la exposición de la privacidad y más cuidadosos cada vez. Se desarrollan también normas sociales sobre el uso aceptable de los medios: compromisos de no bloguear o no fotografiar tal cosa o evento, etc.—y a veces la gente te lo pide explícitamente, conscientes de la nueva Visibilidad Universal.
Los experimentos (además del sentido común) parecen demostrar que la información negativa sobre las personas tiende a ser más llamativa y a durar más tiempo en la memoria que la información positiva.
Estudios realizados por Samuel Gosling y un equipo de psicólogos sobre los perfiles de Facebook muestran cómo se corresponden de manera bastante estrecha y fiable con la manera en que son percibidas las personas en su vida real. Aunque también señalan que la fiabilidad es mayor en el caso de personas sociables y extrovertidas, y menos fiable en el caso de personalidades neuróticas e introvertidas que se aferran a una auto-imagen idealizada (se pregunta uno si será éste el caso propio...).
Enfatiza Rosen que las nuevas modalidades de comunicación y la visibilidad aumentada de la web requerirá encontrar nuevos protocolos para tratarnos y nuevas maneras de tratar con el rastro digital que dejamos—entre otras cosas, nuevas maneras de perdonarnos las impropiedades de imagen cometidas en el pasado. Cierto es que el caso con el que comienza y termina el artículo es terrorífico: una profesora, Stacy Snyder, a la que no se le permitió continuar en su puesto porque aparecía en una foto de MySpace, en sus ratos de ocio, con un gorro pirata y bebiendo. Allí se juntaron el puritanismo, el culto a la imagen de empresa, y la hipocresía. La alternativa a la tolerancia, y al cambio de chip, sería que personajes como los que despidieron a Snyder, los que no toleran este tipo de "interferencias" de la vida privada, sean los que pongan su rasero para determinar qué es lo que hace la reputación de una persona. De estos escarabajos mentales hay muchos más de los que sospechamos, por lo visto, entre quienes promueven el culto a la eficiencia profesional.
martes, 9 de marzo de 2010
Ma réputation
"La reputación, hoy" — es el último artículo de Arcadi Espada, sobre el anonimato, insultos, y sentimientos sin disfrazar en la red. Le fascina ese cruce airado de opiniones anónimas porque ve entre toda la basurilla de los anónimos una cierto contacto estimulante con la verdad de las cosas—con una parte al menos. No estoy de acuerdo, sin embargo, en la frase quedona ésa de que "en Internet todo es mentira mientras no se demuestre lo contrario." No más que en el mundo en general, en todo caso.
Yo antes participaba ocasionalmente en sitios de éstos donde la gente firma anónimamente o pseudónimamente por sistema. Pero nunca jamás he escrito nada en Internet sin firmarlo con mi nombre y remitiendo a mi sitio web o correo electrónico (auténtico). Lo cierto es que he dejado de frecuentar los sitios por donde pululan los anónimos; y tampoco me gusta que me pongan comentarios anónimos. Aunque si son civilizados por supuesto tienen un pasar: también hay gente educada que al parecer jamás se atrevería a opinar nada sobre nada si tuviese que firmar su opinión. Una hiperprudencia, en la mayoría de los casos. De hecho creo que hay mucha gente que tampoco se atreve, o le da cosa, poner cualquier tipo de comentario en Internet, aunque sea con seudónimo. Es curioso que con las redes sociales ha cambiado un poco esto, y muchos le van perdiendo el miedo; tanto más curioso cuanto que en Facebook la gente sí suele apuntarse con su nombre auténtico, hale a las bravas, supongo que porque es lo que se lleva allí, sin más, por convención occidental.
El otro día me maravillaba yo de lo que abundo por Internet (hoy 124.000 resultados de búsqueda según Google) pero es curioso que it's crowded and cold, in my public life: de tantísima página casi ninguna opina sobre mí, si exceptuamos las de mi blog. La mayoría son enlaces a páginas que he escrito yo mismo, o que remiten allí de segunda mano. Debate sobre lo que digo, cero (o sea, que reputación cero) tanto en mi sitio como fuera de él en general. Al principio tuve alguna invasión de trolls, pero salvo algún sarpullido ocasional, los dejo en paz yo a ellos y ellos a mí. Y raro es el artículo mío que suscita algún comentario. Total que nos quedamos mano a mano mi reputación y yo, como Moustaki con sa solitude.






