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miércoles, 15 de enero de 2025

Unamuno apocalíptico: la entropía terminal, el multiverso y la perspectiva dominante de la divinidad

Un pasaje sobre evolucionismo cósmico de El Sentimiento Trágico de la Vida de Miguel de Unamuno (X) —desolado tras su lectura de Spencer y de los hallazgos de Boltzmann.




 Cuenta B. Brunhes (La Dégradation de l'énergie, IV parte, cap. XVIII, E. 2) haberle contado monsieur Sarrau, que lo tenía del padre Gratry, que este se paseaba por los jardines del Luxemburgo departiendo con el gran matemático y católico Cauchy, respecto a la dicha que tendrían los elegidos en conocer, al fin, sin restricción ni velo, las verdades largo tiempo perseguidas trabajosamente en este mundo. Y aludiendo el padre Gratry a los estudios de Cauchy sobre la teoría mecánica de la reflexión de la luz, emitió la idea de que uno de los más grandes goces intelectuales del ilustre geómetra sería penetrar en el secreto de la luz, a lo que replicó Cauchy que no le parecía posible saber en esto más que ya sabía, ni concebía que la inteligencia más perfecta pudiese comprender el misterio de la reflexión mejor que él lo había expuesto, ya que había dado una teoría mecánica del fenómeno. "Su piedad—añade Brunhes—no llegaba hasta creer que fuese posible hacer otra cosa ni hacerla mejor." 

Hay en este relato dos partes que nos interesan. La primera es la expresión de qué sea la contemplación, el amor intelectual o la visión beatífica para hombres superiores, que hacen del conocimiento su pasión central, y otra, la fe en la explicación mecanicista del mundo.

A esta disposición mecanicista del intelecto va unida la ya célebre fórmula de "nada se crea, nada se pierde, todo se transforma", con que se ha querido interpretar el ambiguo principio de la conservación de la energía, olvidando que para nosotros, para los hombres, prácticamente, energía es la energía utilizable, y que ésta se pierde de continuo se disipa por la difusión del calor, se degrada, tendiendo a la nivelación y a lo homogéneo. Lo valedero para nosotros, más aún, lo real para nosotros, es lo diferencial, que es lo cualitativo; la cantidad pura, sin diferencias, es como si para nosotros no existiese, pues que no obra. Y el Universo material, el cuerpo del Universo, parece camina poco a poco, y sin que sirva la acción retardadora de los organismos vivos y más aún la acción conciente del hombre, a un estado de perfecta homogeneidad (v. Brunhes, obra citada). Que si el espíritu tiende a concentrarse, la energía material tiende a difundirse.

¿Y no tiene esto acaso una íntima relación con nuestro problema? ¿No habrá una relación entre esta conclusión de la filosofía científica respecto a un estado final de estabilidad y homogeneidad y el ensueño místico de la apocatastasis? ¿Esa muerte del cuerpo del Universo no será el triunfo final de su espíritu, de Dios?

Es evidente la relación íntima que media entre la exigencia religiosa de una vida eterna después de la muerte, y las conclusiones—siempre provisorias—a que la filosofía científica llega respecto al probable porvenir del Universo material o sensitivo. Y el hecho es que así como hay teólogos de Dios y de la inmortalidad del alma, hay también los que Brunhes (obra citada, cap. XXVI, párr. 2) llama teólogos del monismo, a los que estaría mejor llamar ateólogos, gentes que persisten en el espíritu de afirmación a priori; y que se hace insoportable—añade—cuando abrigan la pretensión de desdeñar la teología. Un ejemplar de estos señores es Haeckel, ¡que ha logrado disipar los enigmas de la Naturaleza! 

Estos ateólogos se han apoderado de la conservación de la energía, del "nada se crea y nada se pierde, todo se transforma", y se han servido de él para dispensarnos de Dios. "El mundo construido para durar—escribe Brunhes—, que no se gasta, o más bien repara por sí mismo las grietas que aparecen en él. ¡Qué hermoso tema de ampliaciones oratorias! Pero estas mismas ampliaciones, después de haber servido en el siglo XVII para probar la sabiduría del Creador, han servido en nuestros días de argumentos para los que pretenden pasarse sin Él." Es lo de siempre: la llamada filosofía científica, de origen y de inspiración teológica o religiosa en su fondo, yendo a dar una ateología o irreligión, que no es otra cosa que teología y religión. Recordemos aquello de Ritschl, ya citado en estos ensayos. 

Ahora, la última palabra de la ciencia, más libre aún que de la filosofía científica, parece ser que el mundo material, sensible, camina por la degradación de la energía, por la predominancia de los fenómenos irreversibles, a una nivelación última, a una especie de homogéneo final. Y éste nos recuerda aquel hipotético homogéneo primitivo de que tanto usó y abusó Spencer, y aquella fantástica inestabilidad de lo homogéneo, inestabilidad de que necesitaba el agnosticismo ateológico de Spencer  para explicar el inexplicable paso de lo homogéneo a lo heterogéneo. Porque, ¿cómo puede surgir heterogeneidad alguna, sin acción externa, del perfecto y absoluto homogéneo? Mas había que descartar todo género de creación, y para ello el ingeniero desocupado metido a metafísico, como lo llamó Papini, inventó lo de la inestabilidad de lo homogéneo, que es más..., ¿cómo lo diré?, más místico y hasta más mitológico, si se quiere, que la acción creadora de Dios. 

Acertado anduvo aquel positivista italiano, Roberto Ardigo, que, objetando a Spencer, le decía que lo más natural era suponer que siempre fue como hoy, que siempre hubo mundos en formación, en nebulosa, mundos formados y mundos que se deshacían; que la heterogeneidad es eterna. Otro modo, como se ve, de no resolver.

¿Será ésta la solución? Mas en tal caso, el Universo sería infinito, y en realidad no cabe concebir un Universo entero y limitado como el que sirvió de base a Nietzsche para lo de la vuelta eterna. Si el Universo ha de ser eterno, si han de seguirse en él, para cada uno de sus mundos, períodos de homogeneización, de degradación de energía, y otros de heterogeneización, es menester que sea infinito, que haya lugar siempre y en cada mundo para una acción de fuera. Y de hecho, el cuerpo de Dios no puede ser sino eterno e infinito. 

Mas para nuestro mundo parece probada su gradual nivelación, o, si queremos, su muerte. ¿Y cuál ha de ser la suerte de nuestro espíritu en este proceso? ¿Menguará con la degradación de la energía de nuestro mundo y volverá a la inconciencia, y crecerá más bien a medida que la energía utilizable mengua y por los esfuerzos mismos para retardarlo y dominar a la Naturaleza, que es lo que constituye la vida del espíritu? ¿Serán la conciencia y su soporte externo dos poderes en contraposición tal que el uno crezca a expensas del otro?

El hecho es que lo mejor de nuestra labor científica, que lo mejor de nuestra industria, es decir, lo que en ella no conspira a destrucción—que es mucho—,  se endereza a retardar ese fatal proceso de degradación de la energía.Ya la vida mismo orgánica, sostén de la conciencia, es un esfuerzo por evitar en lo posible ese término fatídico, por irlo alargando. 

De nada sirve querernos engañar con himnos paganos a la Naturaleza, a aquella a que con más profundo sentido llamó Leopardi, este ateo cristiano, "madre en el parto, en el querer madrastra", en aquel su estupendo canto a la retama (La ginestra). Contra ella se ordenó en un principio la humana compañía; fue horror contra la impía Naturaleza lo que anudó primero a los hombres en cadena social. Es la sociedad humana, en efecto, madre de la conciencia refleja y del ansia de inmortalidad, la que inaugura el estado de gracia sobre el de Naturaleza, y es el hombre el que, humanizando, espiritualizando a la Naturaleza con su industria, la sobrenaturaliza.

El trágico poeta portugués Antero de Quental soñó en dos estupendos sonetos, a que tituló Redención, que hay un espíritu preso, no ya en los átomos o en los iones o en los cristales, sino—como a un poeta corresponde—en el mar, en los árboles, en la selva, en la montaña, en el viento, en las individualidades y formas todas materiales, y que un día, todas esas almas, en el limbo aún de la existencia, despertarán en la conciencia, y cerniéndose como puro pensamiento, verán a las formas, hijas de la ilusión, caer deshechas como un sueño vano. Es el ensueño grandioso de la concientización de todo. 

¿No es acaso que empezó el Universo, este nuestro universo—¿quién sabe si hay otros?—, con un cero de espíritu—y cero no es lo mismo que nada—y un infinito de materia, y marcha a acabar en un infinito de espíritu con un cero de materia? ¡Ensueños!  (...)

  

 

 Origen y evolución de Dios según Unamuno

 

 

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martes, 17 de diciembre de 2024

La Evolución de Dios (según Unamuno)

Capítulo VIII de Miguel de Unamuno, Del Sentimiento Trágico de la Vida —donde traza la evolución de Dios, a partir del animismo y de los dioses, a través del monoteísmo y la teología, hasta su disolución en el panteísmo, el escepticismo y el racionalismo contemporáneos.




 

DE DIOS A DIOS

No creo que sea violentar la verdad el decir que el sentimiento religioso es sentimiento de divinidad, y que solo con violencia del corriente lenguaje humano puede hablarse de religión atea. Aunque es claro que todo dependerá del concepto que de Dios nos formemos. Concepto que depende, a su vez, del de divinidad. 

Conviénenos, en efecto, comenzar por el sentimiento de divinidad antes de mayusculizar el concepto de esta cualidad, y, articulándola, convertirla en la Divinidad, esto es, en Dios. Porque el hombre ha ido a Dios por lo divino más bien que he deducido lo divino de Dios.

Ya antes, en el curso de estas algo errabundas y a la par insistentes reflexiones sobre el sentimiento trágico de la vida, recordé el timor fecit deos de Estacio para corregirlo y limitarlo. Ni es cosa de tratar una vez más el proceso histórico por el que los pueblos han llegado al sentimiento y al concepto de un Dios personal como el del cristianismo. Y digo los pueblos y no los individuos aislados, porque si hay sentimiento y concepto colectivo, social, es el de Dios, aunque el individuo lo individualice luego. La filosofía puede tener, y de hecho tiene, un origen individual; la teología es, necesariamente, colectiva.

La doctrina de Schleiermacher, que pone el origen, o más bien la esencia del sentimiento, o más bien la esencia del sentimiento religioso, en el inmediato y sencillo sentimiento de dependencia, parece ser la explicación más profunda y exacta. El hombre primitivo, viviendo en sociedad, se siente depender de misteriosas potencias que invisiblemente le rodean; se siente en comunión social, no solo con sus semejantes, los demás hombres, sino con la Naturaleza toda animada e inanimada, lo que no quiere decir otra cosa sino que lo personaliza todo. No solo tiene él conciencia del mundo, sino que se imagina que el mundo tiene también conciencia como él. Lo mismo que un niño habla a su perro o a su muñeco, cual si le entendiesen, cree el salvaje que le oye su fetiche o que la nube tormentosa se acuerda de él y le persigue. Y es que el espíritu del hombre natural, primitivo, no se ha desplacentado todavía de la Naturaleza ni ha marcado el lindero entre el sueño y la vigilia, entre la realidad y la imaginación.

No fue, pues, lo divino algo objetivo, sino la subjetividad de la conciencia proyectada hacia fuera, la personalización del mundo. El concepto de divinidad surgió del sentimiento de ella, y el sentimiento de divinidad no es sino el mismo oscuro y naciente sentimiento de personalidad vertido a lo de fuera. Ni cabe en rigor decir fuera y dentro, objetivo y subjetivo, cuando tal distinción no era sentida, y siendo, como es, de esa indistinción de donde el sentimiento y el concepto de divinidad proceden. Cuanto más clara la conciencia de la distinción entre lo objetivo y lo subjetivo, tanto más oscuro el sentimiento de divinidad en nosotros. 

Hase dicho, y al parecer con entera razón, que el paganismo helénico es, más bien que politeísta, panteísta. La creencia en muchos dioses, tomando el concepto de Dios como hoy le tomamos, no sé que haya existido en cabeza humana. Y si por panteísmo se entiende la doctrina de que todo y cada cosa es de Dios—proposición, para mí, impensable—, sino de que todo es divino, sin gran violencia cabe decir que el paganismo era panteísta. Los dioses no solo se mezclaban entre los hombres, sino que se mezclaban con ellos; engendraban los dioses en las mujeres mortales, y los hombres  mortales engendraban en las diosas a semidioses. Y si hay semidioses, esto es, semihombres, es tan solo porque lo divino y humano eran caras de una misma realidad. La divinización de todo no era sino su humanización. Y decir que el Sol era un dios equivalía a decir que era un hombre, una conciencia humana más o menos agrandaba y sublimada. Y esto vale desde el fetichismo hasta el paganismo helénico.

En lo que propiamente se distinguían los dioses de los hombres era en que aquellos eran inmortales. Un dios venía a ser un hombre inmortal, y divinizar a un hombre, considerarle como a un dios, era estimar que, en rigor, al morirse no había muerto. De ciertos héroes se creía que fueron vivos al reino de los muertos. Y este es un punto importantísimo para estimar el valor de lo divino.

En aquellas repúblicas de dioses había siempre algún dios máximo, algún verdadero monarca. La monarquía divina fue la que, por el monocultismo, llevó a los pueblos al monoteísmo. Monarquía y monoteísmo son, pues, cosas gemelas. Zeus—Júpiter—iba en camino de convertirse en dios único, como en dios único, primero del pueblo de Israel, después de la Humanidad, y, por último, del Universo todo, se convirtió Jahvé, que empezó siendo uno entre tantos dioses.  

Como la monarquía, tuvo el monoteísmo un origen guerrero. "Es en la marcha y en el tiempo de guerra—dice Robertson Smith (The Prophets of Israel, lect. I)—cuando un pueblo nómada siente la instante necesidad de una autoridad central, y así ocurrió que, en los primeros comienzos de la organización nacional en torno al santuario del arca, Israel se creyó la hueste de Jehová. El nombre mismo de Israel es marcial y significa Dios pelea, y Jehová es en el Viejo Testamento Iahivé Zebahât, el Jehová de los ejércitos de Israel. Era en el campo de batalla donde se sentía más claramente la presencia de Jehová; pero en las naciones primitivas, el caudillo del tiempo de guerra era también el juez nacional en tiempo de paz." 

Dios, el Dios único, surgió, pues, del sentimiento de divinidad en el hombre como Dios guerrero, monárquico y social. Se reveló al pueblo, no a cada individuo. Fue el Dios de un pueblo, y exigía, celoso, se le rindiese culto a él solo, y de este monocultismo se pasó al monoteísmo, en gran parte por la acción individual, más filosófica acaso que teológica, de los profetas. Fue, en efecto, la actividad individual de los profetas lo que individualizó la divinidad. Sobre todo, al hacerla ética.

Y de este Dios, surgido así en la conciencia humana a partir del sentimiento de divinidad, apoderóse luego la razón, esto es, la filosofía, y tendió a definirlo, a convertirlo en idea. Porque definir algo es idealizarlo, para lo cual hay que prescindir de su elemento inconmensurable o irracional, de su fondo vital. Y el Dios sentido, la divinidad sentida como persona y conciencia única fuera de nosotros, aunque envolviéndonos y sonsteniéndonos, se convirtió en la idea de Dios.

El Dios lógico, racional, el ens summum, el primum movens, el Ser Supremo de la filosofía teológica, aquel a que se llega por los tres famosos caminos de negación, eminancia y causalidad, viae negationis, eminentiae, causalitatis, no es más que una idea de Dios, algo muerto. Las tradicionales y tantas veces debatidas pruebas de su existencia no son, en el fondo, sino un intento vano de determinar su esencia; porque, como hacía muy bien notar Vinet, la existencia se saca de la esencia; y decir que Dios existe, sin decir qué es Dios y cómo es, equivale a no decir nada.

Y este Dios, por eminencia y negación o remoción de cualidades finitas, acaba por ser un Dios impensable, una pura idea, un Dios de quien, a causa de su excelencia misma ideal, podemos decir que no es nada, como ya definió Escoto Eriugena: Deus propter excelelntiam non immerito nihil vocatur. O con frase del falso Dionisio Areopagita, en su epístola quinta: "La divina tiniebla es la luz inaccesible en la que se dice habita Dios." El Dios antropomórfico y sentido, al ir purificándose de atributos humanos, y como tales, finitos y relativos y temporales, se evapora en el Dios del deísmo y del panteísmo.




Selección natural del Espectador Imaginario


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domingo, 21 de julio de 2024

Mejor sin nadie

 La tentación del solipsismo panteísta


Las cartas de Pierre Teilhard de Chardin a su prima Marguerite Teillard-Chambon durante los años de la Primera Guerra Mundial fueron editadas con el título P.Teilhard de Chardin: Génesis de un Pensamiento, con un prólogo de ella bajo su seudónimo literario de "Claude Aragonnès". 

En las cartas relata Teilhard episodios de su vida como camillero y sacerdote en el ejército francés, y sobre todo medita sobre sus intuiciones teológicas y su relación con Dios, que encuentra a la vez consoladora y problemática, pues lejos aún de los misticismos evolucionistas del punto Omega, porfía Teilhard en la eterna trampa de intentar ver la historia y la humanidad como guiada y observada (nunca "caprichosamente atormentada") por un Dios personal, esa imposible mezcla de trascendencia cósmica y de "amigo imaginario" que lleva a las mentes a laberintos de espejos, incertidumbres intransitables y despeñaderos abisales—

Hold them cheap

May who ne'er hung there. 

Esfuerzos vanos o contradictorios cuando Teilhard intenta extraer una teodicea de las atrocidades y brutalidad estúpida de la guerra, viéndola como el lugar donde está la acción creativa del mundo, como un conflicto del mundo consigo mismo que lleva a un avance espiritual, a una mayor integración y una espiritualidad superior, etc. etc....

En fin, entre las perplejidades a que se aboca Teilhard intentando justificar ante su prima el sentido divino de la labor de ambos, y buscando más luz en su relación con el Gran Amigo, hay un pasaje revelador—revelador de la otra cara del heroico camillero y del dedicado y piadosísimo sacerdote. Una cara de su personalidad podríamos decir muy poco cristiana, e incluso muy poco humana, aunque quiénes somos para decir lo que es poco humano o demasiado humano. En fin, que es una fea idea o una fea actitud o tendencia (fea a la vez que "muy devota y muy mística") que Teilhard confiesa a su prima en confianza aunque no exactamente como un pecado (y eso que no es algo como para irlo diciendo, aunque al parecer sí es publicable). 

Digo que no me parece muy cristiano, o muy "católico" al menos —pero ya avisaba Nietzsche contra una tendencia malsana en el cristianismo, el rechazo al mundo, el tanatismo o desprecio de lo existente en aras de un mundo mejor. Tendencia virtuosa o desprendida, que si se sale de madre puede inducir a actitudes francamente desagradables o indeseables.

Es un pasaje el que digo donde se juntan en Teilhard de modo inextricable el amor místico a Dios y un cierto satanismo presuntuoso y mefistofélico. ("Ójala nunca hubiera sido creado nada", meditaba a solas el Mefistófeles de Goethe). Unas tentaciones solipsistas que ni Max Stirner las querría. Por no decir una prepotencia cósmica, un egoísmo galáctico, un elitismo de vértigo, un tanatismo ascético y una misantropía larvada que al parecer el buen sacerdote hacía mucho por no manifestar de maneras ofensivas en su día a día. 

En fin, ésta es la idea abisal de Teilhard— que no digo yo que vaya a causar escándalo hoy. De hecho podría augurar un nuevo brote de teilhardismo entre los actuales animalistas, extincionistas y antinatalistas:

Por mi postal de anteayer, habrás sabido que he recibido tu carta del 10 de agosto [de 1917]. ¿No es curioso que ambos tengamos la misma debilidad, por la vida de contemplación egoísta, sin nada que la perturbe y donde ningún tercero (a menos que sea elegido para ello) se interponga inoportunamente entre los dos esenciales, el alma y Dios? Tienes razón, hay que reaccionar. Además, naturalmente hablando, el "otro" (es decir, todo el mundo, salvo una decena de humanos admitidos en nuestra órbita) es un intruso que nos importuna. Al menos, yo lo siento así, en algunos momentos. Intuitivamente, yo preferiría una tierra llena de bestias, a una tierra llena de hombres. Cada hombre tiene un pequeño mundo aparte, y este pluralismo me es esencialmente desagradable. Es preciso recordar que estamos en devenir, y que toda esta multiplicidad, por la caridad que Nuestro Señor nos exige, contrariamente a nuestros gustos, acabará por no ser más que uno... Es, sin duda, un aumento de esta Unidad, pagado con nuestro esfuerzo por salir de nosotros, lo que se traiciona por este aumento de nuestra vida interior, que sigue a la exteriorización caritativa de nosotros mismos, de que tú hablas. En estos momentos, como en los de sufrimiento providencial, se siente de una manera extraña que nuestra verdadera fuerza no está en nosotros, sino que nos viene de otra parte, cuando plegamos nuestra libertad a unas condiciones de existencia que no tienen nada de común con nuestras pequeñas combinaciones personales.

Quizá haya que ver en todo esto en parte un síndrome de la mili, con Teilhard a la vez fastidiado por la despersonalización del ejército o por el exceso de intimidad a que obliga, y fustigándose a sí mismo a sobrellevar lo que vaya viniendo, por la disciplina debida y por abnegación cristiana. En todo caso arrojan estas reflexiones una luz curiosa sobre la personalidad que llevó a Teilhard a su curioso apocalipsis divino o Big Crunch teológico en el que toda diferencia y contradicción se subsumen en un Dios autocontemplado que —por fin— está solo y absorto consigo mismo, una vez depurada su Noosfera, y superadas (aufgehoben) sus creaciones y meditaciones. Como si nunca hubiera existido nada (momento que los cosmólogos más autorizados, desde Shakespeare, nos dicen que sin duda ha de llegar aunque nadie lo vea).

Se preguntará uno qué pinta Cristo en todo eso, pero para el axiomáticamente cristiano Teilhard, no podía ser de otra manera: Cristo, dios y hombre, es ya la conjunción de la totalidad cósmica y de la perspectiva humana:

"Después de todo, es que Nuestro Señor no es la "humanidad", e incluso "la Creación en persona"? ¿Y no es el encanto definitivo de su ser la reunión en El del Centro y de la esfera?" (291)

En la visión de Teilhard, el universo no existe plenamente en tanto que materia—de hecho, ni siquiera la materia es propiamente materia sino para el espíritu—y para él como para Berkeley, el universo es, contra todas las apariencias, un vasto fenómeno espiritual, en fase de construirse a través de la evolución del espíritu. El universo que creemos ver fuera de nosotros está en la mente. Al final estaría el célebre Punto Omega. Entretanto, 

"la sustancia de nuestros estados de conciencia, es decir, la materia del Universo, en tanto que es experimentada por nosotros, representa lo absoluto." (257)

Influido en su visión histórica por el evolucionista cósmico H.G. Wells, a pesar del ateísmo de éste (327), Teilhard también veía a la humanidad alzándose desde una existencia física hacia una espiritualidad que para él no podía sino culminar en Dios, al final de la Historia. 

La tentación solipsista consiste en reducir el Universo a una vasta construcción mental—la mía—y como vemos también Teilhard la sentía, buscando un atajo místico que condujese del alma humana a Dios, haciendo abstracción de todo lo demás—y de todos los demás.

Es una tentación mística peligrosa por su elemento de ambición disfrazada de ascesis—peligrosa para la salud mental quizá, pero sobre todo para la caridad cristiana, para la doctrina social de la iglesia y para la teología más ortodoxa; un resbaladero reflexivo que termina en la identificación autocontemplativa de mente, universo y Dios. 

Ni Lucifer ni Prometeo hubieran aspirado a tanto...

 


 

Nacimiento de la Noosfera


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miércoles, 7 de febrero de 2024

Origen y evolución de Dios según Unamuno

Se encuentra la teoría antropológica-evolucionista de Miguel de Unamuno sobre la naturaleza y origen de la divinidad en un ensayo de título improbable y desorientador, "Sobre el fulanismo" (que para más datos es una defensa del fulanismo o importancia de los líderes por encima de las ideologías programáticas)—enlaza esto con lo de lo divino por la necesidad que tenemos de personalizar.

Este es el pasaje en el que el discreto descreído Unamuno formula su teoría evolucionista sobre Dios. La creencia en Dios y en dioses surge de la propia naturaleza humana y sus propensiones mentales, sobre las que tiene Unamuno una perspectiva un tanto spenceriana o pragmatista, quizá dijese él guillermojamesiana, por lo de personalizar y no abstractizar:

Nada más arraigado en el hombre que su tendencia a antropomorfizarlo todo; como que arranca de su constitución misma mental. Tan arraigada está en él dicha tendencia, que no logran desprenderse de ella los que más la combaten. Cabe aplicarles el paso aquel de las aventuras del barón de Münchhausen, que aplicaba Schopenhauer a los que pretenden salirse de sí mismos y conocer las cosas como ellas son fuera de nosotros; el paso en que , habiendo caído el barón en un pozo, quería sacarse de éste tirándose de la coleta. Así vemos que a muchos de los que más declaman contra los estragos del antropomorfismo en la ciencia, no se les cae de la boca lo de la uniformidad y constancia de las leyes de la Naturaleza, y ni se percatan, ni aun sospechan, que semejante principio es un postulado que no se induce de la experiencia, sino que se saca de nuestro modo de obrar, de nuestra conciencia y de nuestras necesidades prácticas.

Miles de veces se ha dicho y repetido que el concepto de fuerza, y otros análogos, lo sacamos de nuestra conciencia, del modo como sentimos nuestro propio esfuerzo. Y del sentirnos unos a través de nuestras mudanzas y variaciones, es de donde, en realidad, sacamos la atribución de unidad proyectada luego a la Naturaleza. Después de Kant, es esto ya de clavo pasado.

Necesitamos saber a qué atenernos; nuestras necesidades vitales nos exigen el que no estemos a merced de lo imprevisto e inesperado. 

El eminente psicólogo norteamericano Guillermo James, en un precioso ensayo acerca del sentimiento de racionalidad, escribe lo siguiente: 

"La utilidad de este afecto emocional de la expectación es muy clara; tenía que traerla, más tarde o más temprano, la 'selección natural'. Es de la mayor importancia práctica para un animal el que pueda prever las cualidades de los objetos que le rodean; y en especial, que no vaya a quedarse quieto en presencia de circunstancias que estén preñadas de peligros o de ventajas: el que se acueste a dormir, por ejemplo, al borde de un precipicio; en la cueva de un enemigo, o que mire con indiferencia cualquier objeto que aparezca de nuevo, y que si lo caza, resulte una adición importante para sus fines. Es menester que le excite la novedad. Y así es como toda curiosidad tiene una génesis práctica. No tenemos más que mirar a la fisonomía de un perro o de un caballo cuando se les pone a la vista algún objeto nuevo, su mezcla de fascinación uy temor, para ver que en el fondo de su emoción hay un elemento de inseguridad conciente o de perpleja expectación. La curiosidad de un perro, respecto a los movimientos de su amo o de un objeto extraño, no se extiende más que hasta el punto de decidir qué es lo que va a suceder en seguida. Una vez averiguado esto, queda su curiosidad apagada. El perro que cita Darwin, y cuya conducta, a presencia de un periódico movido por el viento, parecía atestiguar un sentido 'de lo sobrenatural', no estaba sino mostrando irritación de un futuro incierto. Un periódico que podría moverse espontáneamente era una cosa tan inesperada en sí misma, que el pobre bruto no podía decir qué nuevos milagros le traería el siguiente momento."

(The Sentiment of Rationality, en el libro The will to believe and other essays in popular philosophy by William James, 1912)

Retengamos esta preciosa explicación que da James del sentido de lo sobrenatural del perro citado por Darwin, y cotejémosla con aquella antigua sentencia de que fué el terror lo que primero hizo en el mundo a los dioses: primus in orbe deos fecit timor.

Es indudable que el espanto y la inquietud que un hecho inesperado, increíble, de esos que llamamos milagrosos—y para cada cual resulta milagro lo que de ninguna manera podía prever—nos causa, depende de que nos vemos perdidos, nos parece suspendida la normalidad de la Naturaleza y nos preguntamos con terror: "¿Qué va a venir después de esto?" Es también el origen del temor que un loco nos inspira al ver hacer a un hombre una cosa en él inesperada e increíble, dado su estado normal, tememos lo que vaya a hacer en seguida y no nos sentimos seguros junto a él.

Es el origen del terror que causa a los hombres, sobre todo a los hombres incultos, a los salvajes y a los niños,todo lo que procede de un agente no humano cuyas vías y procederes no pueden prever. Y aun a todo el mundo, si yendo por un bosque le sorprende de pronto un disparo y siente silbar junto al oído la bala, se estremece y no se aquieta hasta haber visto de dónde salió el tiro. Y el que en el bosque le sorprenda una tormenta de rayos y centellas, le sobrecoge de pavor mucho más que el que le sorprendan tres o cuatro bandoleros, sobre todo si va armado.

Es que un hombre es un ser como nosotros, que procede como nosotros procedemos, cuyos caminos y modos de obrar conocemos, y contra el cual nos es posible prevenirnos y defendernos.

Y así, para nuestra seguridad, necesitamos asimilar las potencias exteriores a nosotros mismos y buscar en sus procederes algo de nuestro proceder. Y de aquí la evolución del concepto de la Divinidad en la conciencia humana.

En esto estriba la diferencia mayor que media entre el Dios terrible del Sinaí, tronando desde su carro envuelto en las nubes de la montaña sagrada y lanzando rayos y centellas desde allí; el Dios que castiga los pecados de los padres en los hijos hasta la séptima generación; el Dios duramente justiciero, y el Dios del Evangelio, el Padre de Cristo, el Dios del perdón. La mayor originalidad del cristianismo en el orden religioso es haber descubierto la relación de filialidad entre el hombre y su Dios. Dios es el padre de Jesús, y Jesús es el hijo del hombre. San Agustín tiene en sus Confesiones un pasaje maravilloso, en que hablando de Dios dice: "¿Quién comprenderá quién expresará a Dios? ¿Qué es lo que brilla así por momentos a los ojos de mi alma y hace latir mi corazón de terror y de amor? Es algo muy diferente de mí, y por eso estoy helado de miedo; es algo idéntico a mí mismo, y por eso estoy inflamado de amor." No puede expresarse mejor el origen del miedo a Dios y del amor hacia él.

Téngase la idea que se quiera respecto a la Divinidad y al valor objetivo de esta creencia, el pasaje de San Agustín es de una gran profundidad psicológica, y lo será hasta para los que no creen en Dios. Porque éstos admitirán por lo menos, teniendo en cuenta el génesis y desarrollo de la idea de Dios en la conciencia humana, que Dios viene a ser nuestro yo proyectado al infinito. Esta proyección le hace, a la vez que algo como nosotros, algo en que podemos confiar, porque sus caminos y procederes son como los nuestros, una potencia antropomórfica, algo también enteramente diferente a nosotros, tan diferente como como puede serlo lo infinito de lo finito, algo ante lo cual hay que temblar, porque puede sorprendernos, cuando menos lo creamos, con alguna cosa inesperada.

Aquí se ve la necesidad que tiene el hombre de antropomorfizar las potencias superiores, y hasta el supremo concepto de la Divinidad. Y los que rechazan admitir ésta, antropomorfizan, sépanlo o no, queriendo o sin quererlo, la Naturaleza, la Ley, la Materia, lo que fuere. El mismo Inconocible spenceriano es, si bien se examina, una potencia antropomórfica, y lo es la Idea hegeliana.

Y he llegado al núcleo del razonamiento que vengo desarrollando, y este núcleo es el de que la Idea hegeliana, que parece el triunfo del intelectualismo, de las doctrinas que sostienen el todopoderío de las ideas, la tal idea es una potencia antropomórfica, es una personalización. Y no podía ser de otra manera.

Una idea no es algo sustantivo y que exista por sí; supone siempre un espíritu humano que la conciba. Y cuando se intenta sustantivar las ideas, exteriorizarlas y darles valor objetivo y trascendente, como hacía Platón, se acaba por tener que buscar un espíritu trascendente en quien radiquen y que las conciba. La doctrina de los arquetipos o ideas preexistentes a los fenómenos tiene que concluir en una mente divina, en un Espíritu infinito y eterno, que de una manera o de otra les ha dado origen.

Y es que, repito, la idea no es para nosotros algo sustantivo; la idea no existe más que en una mente que la conciba. Y la idea en sí, abstrayéndola del espíritu que la abriga y le da calor de sentimiento y empuje de voluntad, es algo frío, inerte e infecundo. El acto intelectual no se da en el hombre sin alguna parte de sentimiento y sin alguna parte de voluntad, por pequeñas que estas partes sean.

Spencer ha sostenido, y con él otros psicólogos y sociólogos, que las ideas no rigen al mundo; que el progreso de la Humanidad se debe a los sentimientos y no  a las ideas. Me parece que sería mucho más exacto decir que el progreso del género humano se debe a los hombres, a la sucesión de hombres diversos unos de otros, que al mundo no le rigen ni las ideas ni aun los sentimientos, sino los hombres, los hombres con sus ideas, sentimientos y actos.


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Más evolución de Dios...

Purzycki, Benjamin Grant, et al., eds. The Evolution of Religion and Morality. 2 vols. London: Routledge, 2024.*

         https://www.routledge.com/The-Evolution-of-Religion-and-Morality-Volume-II/Lang-Purzycki-Henrich-Norenzayan/p/book/9781032624075

         2024 

 

 

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lunes, 3 de julio de 2023

Trinity Personated

 


Thomas Hobbes's materialist explication of the doctrine of the Trinity in Leviathan (Part III, "Of a Christian Common-Wealth"), on the basis of his dramatistic notion of personation as central to all aspects of human reality and social life. 


Of the Trinity

Here wee have the Person of God born now the third time. For as Moses, and the High Priests, were Gods Representative in the Old Testament; and our Saviour himselfe as Man, during his abode on earth: So the Holy Ghost, that is to say, the Apostles, and their successors, in the Office of Preaching, and Teaching, that had received tha Holy Spirit, have Represented him ever since. But a Person, (as I have shewn before, chapt. [16].) is he that is Represented, as often as hee is Represented; and therefore God, who has been Represented (that is, Personated) thrice, may properly enough be said to be three Persons; through neither the word Person, nor Trinity be ascribed to him in the Bible. St. John indeed (I Epist. 5.7.) saith, There be three that bear witnesse in heaven, the Father, the Word, and the Holy Spirit; and these Three are One: But this disagreeth not, but accordeth fitly with three Persons in the proper signification of Persons; which is, that which is Represented by another. For so God the Father, as Represented by Moses, is one Person; and as Represented by his Sonne, another Person; and as Represented by the Apostles, and by the Doctors that taught by authority from them derived, is a third Person; and yet every Person here, is the Person of one and the same God. But a man may here ask, what it was whereof these three bare witnesse. St. John therefore tells us (verse 11.) that they bear witnesse, that God hath given us eternall life in his Son. Again, if it should bee asked, wherein that testimony appeareth, the Answer is easie;  for he hath testified the same by the miracles he wrought, first by Moses; secondly by his Son himself; and lastly by his Apostles, that had received the Holy Spirit; all which in their times Represented the Person of God; and either prophecyed, or preached Jesus Christ. And as for the Apostles, it was the Character of the Apostleship, in the twelve first and great Apostles, to bear Witnesse of his Resurrection; as appeareth exprssely (Acts I. ver. 21, 22.) where St. Peter, when a new Apostle was to be chosen in the place of Judas Iscariot, useth these words, Of these men which have companied with us all the time that the Lord Jesus went in and out amongst us, beginning at the Baptisme of John, unto that same day that hee was taken up from us, must one bee ordained to be a Witnesse with us of his Resurrection: which words interpret the bearing of Witnesse, mentioned by St. John. There is in the same place mentioned another Trinity of Witnesses in Earth. For (ver. 8.) he saith, there are three that bear Witnesse in Earth, the Spirit, and the Water, and the Bloud; and these three agree in one: that is to say, the graces of Gods Spirit, and the two Sacraments, Baptisme, and the Lords Supper, which all agree in one Testimony, to assure the consciences of beleevers, of eternall life; of which Testimony he saith (verse 10.) He that beleeveth on the Son of man hath the Witnesse in himselfe. In this Trinity on Earth the Unity is not of the thing; for the Spirit, the Water, and the Bloud, are not the same substance, though they give the same testimony: But in the Trinity of Heaven, the Persons are the persons of one an the same God, though Represented in three different times and occasions. To conclude, the doctrine of the Trinity, as far as can be gathered directly from the Scripture, is in substance this: that God who is alwaies One and the same, was the Person Represented by Moses; the Person Represented by his Son Incarnate; and the Person Represented by the Apostles. As Represented by the Apostles, the Holy Spirit by which they spake, is God; As Represented by his Son (that was God and Man), the Son is that God; As represented by Moses, and the High Priests, the Father, that is to say, the Father of our Lord Jesus Christ, is that God: From whence we may gather the reason why those names Father, Son, and Holy Spirit in the signification of the Godhead, are never used in the Old Tesament: For they are Persons, that is, they have their names from Representing; which could not be, till divers men had Represented Gods Person in ruling, or in directing under him. 

Thus we see how the Power Ecclesiasticall was left by our Saviour to the Apostles; and how they were (to the end they might the better exercise that Power,) endued with the Holy Spirit, which is therefore called sometime in the New Testament Paracletus which signifieth an Assister, or one called to for helpe, though it bee commonly translated a Comforter. Let us now consider the Power it selfe, what it was, and over whom.

 

Hobbes's generalized notion of Person and Personation as a building block of human reality and a tool for social-dramatistic analysis is further commented here:

"How to Make Artificial Persons: Hobbes's Dramatistic Theory of Interaction and of Political Representation." In García Landa, Vanity Fea 10 Oct. 2015.*

         http://vanityfea.blogspot.com.es/2015/10/hobbess-dramatistic-theory-of.html


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sábado, 6 de agosto de 2022

Selección natural del Espectador Imaginario

Examinamos las implicaciones evolucionistas de dos conceptos clave de Adam Smith, la mano invisible y elespectador imparcial, así como los elementos que tienen en común, y sus retroalimentaciones mutuas. Se pretende así entender mejor el origen de la idea de conciencia, de la idea de Dios, y de la idea de Selección Natural. O, puesto de otro modo, se trata de explicar el origen de Dios como resultado de la selección natural. También observaremos al pasar ciertas funciones de la religión en la vida social y en la psicología (occidental), así como las raíces profundas y consecuencias lejanas de la sociabilidad dramatística a la hora de entender la naturaleza humana y sus creaciones culturales.

Texto completo:

Selección natural del espectador imaginario

http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.4142795

21 Pages Posted: 8 Jul 2022

Jose Angel Garcia Landa

Universidad de Zaragoza

Date Written: March 15, 2022



English abstract:

The Natural Selection of the Imaginary Spectator

This paper examines the evolutionary implications of two key concepts in Adam Smith, the Invisible Hand and the Impartial Spectator, as well as their common ground and mutual feedback. The aim is a better understanding of the origin of the idea of conscience, of the idea of God, and of the idea of natural selection. Or, put otherwise, an explanation of the origin of God as a result of natural selection. We will also note in passing some of the functions of religion in (Western) social life and psychology, as well as the deep roots and far-reaching consequences of dramatistic sociality in the the understanding of human nature and its cultural productions.

Note: Downloadable document is in Spanish.

Keywords: Adam Smith, Philosophy, Sociability, Dramatism, Conscience, Self, God, Religion, Natural selection, Cultural evolution, Intersubjectivity, Social interaction, Interactionism

Garcia Landa, Jose Angel, Selección natural del espectador imaginario (The Natural Selection of the Imaginary Spectator) (March 15, 2022). Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=4142795 or http://dx.doi.org/10.2139/ssrn.4142795

 

 

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 También en:

_____. "Selección natural del Espectador Imaginario." In García Landa, Vanity Fea 15 March 2022.*

         https://vanityfea.blogspot.com/2022/03/seleccion-natural-del-espectador.html

         2022

_____. "Selección Natural del Espectador Imaginario." SSRN 8 July 2022.*

http://ssrn.com/abstract=4142795

         2022

         History of Western Philosophy eJournal 8 July 2022.*

         https://www.ssrn.com/link/History-of-Western-Philosophy.html

         2022

         Philosophy of Science eJournal 8 July 2022.*

         https://www.ssrn.com/link/Philosophy-Science.html

         2022

         Philosophy of Mind eJournal 8 July 2022.*

         https://www.ssrn.com/link/Philosophy-Mind.html

         2022

         Social & Political Philosophy eJournal 8 July 2022.*

         https://www.ssrn.com/link/Social-Political-Philosophy.html

         2022

         Philosophy of Religion eJournal 8 July 2022.*

         https://www.ssrn.com/link/Philosophy-Religion.html

         2022

         Climate & Environmental Psychology eJournal 8 July 2022.*

         https://www.ssrn.com/link/Climate-Environmental-Psychology.html

         2022

         Social & Personality Psychology eJournal 8 July 2022.*

         https://www.ssrn.com/link/Social-Personality-Psychology.html

         2022

_____. "Selección natural del espectador imaginario." In García Landa, Vanity Fea 6 Aug. 2022.*

https://vanityfea.blogspot.com/2022/08/seleccion-natural-del-espectador.html

         2022





jueves, 18 de abril de 2019

Vox censurado por la Junta Electoral Central



—y un debate con auténticos creyentes sobre la existencia de Dios.








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viernes, 1 de febrero de 2019

Retropost (1 de febrero de 2009): Miracle on 34th Street


Es una película de Santa Claus, o dos. Como en Polar Express, se plantean estas películas en términos sentimentales la necesidad de mantener la ilusión en la vida, encarnada aquí (en las tres) en la cuestión de si existe o no Santa Claus. La negacionista de Santa Claus, la madre que le quita la ilusión a su niña, al final recibe una educación sentimental, y entra en el matrimonio y acepta la fe en la vida, abandonando su soltería resentida. Bueno, suponemos que se casa con el buen abogado, aunque en las películas no consta fehacientemente el matrimonio—en la segunda sí que han pasado la noche juntos haciendo un niño, un hermanito que quería la pequeña de regalo de navidad. Ni una ni otra dejan explícita la cuestión de si el buen anciano de barba blanca, Kris(s) Kringle, que trabaja de Santa Claus en unos grandes almacenes, es o no es realmente Santa Claus (es decir, si está chiflado o no). La lección, claro, es que no importa, mientras se mantenga la ilusión.


Como dice Roger Ebert, el remake llega a un mundo más desengañado, aunque intenta mantener el espíritu navideño just the same. Se nota el mayor desengaño en que, como sucede en Polar Express, hay un paso adelante en la autoconsciencia de lo que se está proponiendo. En la película de 1994 de Miracle on 34th Street hay un cambio significativo en la escena del jucio en el que se intenta determinar si Kringle está loco o no. Ahora se establece un paralelismo explícito entre dos buenos ancianos de barba blanca: Santa Claus, y Dios.  El descreimiento de la madre tiene ahora tintes más claros (si bien nunca explícitos) de ateísmo militante—y el final de la película es por tanto el "triunfo" de la fe sobre el descreimiento, y todos salen diciendo que "creen" por apoyar al Santa Claus convertido ahora en una causa mediática popular. En este remake, el buen abogado (de quien sospecho que creer en Santa Claus no cree pero se lo va a callar) apela explícitamente al lema de los Estados Unidos, "In God we Trust", el de los billetes, para establecer la analogía de que a veces es necesario creer sin pruebas—que hasta el Estado de derecho lo hace, de modo oficial.


Pequeño problema. La película desconstruye, queriendo o sin querer, la misma fe e ilusión que supuestamente pretende potenciar. Igualando a Dios y a Santa Claus (en cuanto a su posición en la economía moral del ser humano) se coloca en una posición ambigua: viene a decir que al igual que es bueno que los niños crean en Santa Claus—o los Reyes Magos—que para el mundo adulto es una ficción colectivamente mantenida, de igual manera es moral y políticamente conveniente mantener la ficción de la existencia de Dios, que como todo el mundo sabe... bueno, ¿qué es lo que sabe todo el mundo, realmente? La película es una inteligente y conservadora película sobre la fe religiosa diseñada por no creyentes—por no creyentes que consideran oportuno exponer de este modo el problema de la no creencia, y que (como Maquiavelos benevolentes) se sitúan en una metaposición más allá de los adultos, diciéndonos que hay verdades que quizá no convenga que el pueblo no conozca—incluyéndose ellos en el pueblo—y que Dios, la religión (y hasta quizá el Estado de Derecho y el valor del dinero y el sistema financiero) son ficciones útiles para engrasar la vida social. Que la manera más inteligente de encarar estos asuntos es con una especie de doublethink autoirónico. Y que mejor no plantear la cuestión de si es obligatorio que el Presidente de los Estados Unidos cree o ha de creer en Dios. Que crea en Dios por defecto o de puertas afuera, como todo buen ciudadano, y a correr.


Quizá sería más adecuado para mantener la fe que estas películas navideñas las hiciesen auténticos creyentes.


Suponiendo que los haya— ¿Porque existirán, digo yo?  Sí hay muchos que se indignan por lo del "autobús ateo" de Dawkins y demás, aunque podría ser una indignación de conveniencia. ¿Acaso ya todo el mundo (menos quizá los creyentes del Islam) cree en Dios como se cree en Santa Claus, y mejor sin examinar mucho la cuestión? ¿Acaso por lo que antes entendíamos por fe y creencia religiosa ahora hay que entender en ningún caso creencia como tal en sentido literal,  sino "una ficción pública colectivamente mantenida"?  Eso haría pensar esta película, entre tanto hou-hou-hou. Y Dawkins aún intentando subrayar las evidencias que la gente bien conoce, qué aguafiestas tan ingenuo...





... y yo sin enterarme de cuándo le hizo clic la cabeza al público en esta cuestión.







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Miracle on 34th Street. Dir. Les Mayfield. Written by John Seaton and John Hughes, based on George Seaton's screenplay for the 1947 film and a story by Valentine Davies. Cast: Richard Attenborough, Elizabeth Perkins, Dylan McDermott, J. T. Walsh, James Remar, Mara Wilson, Robert Prosky. Music by Burce Broughton. Ed. Raja Gosnell. Prod. des. Doug Kraner. Photog. Julio Macat. Exec. prod. Wiliam Ryan, William S. Beasley. Prod. John Hughes. USA: Twentieth Century Fox, 1994. Spanish DVD: Milagro en la ciudad. Twentieth Century Fox Home Entertainment España, 2001.







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domingo, 26 de marzo de 2017

Retropost #1525 (26 de marzo de 2007): Delusions también se vive




Por fin le han reformado el blog a Arcadi Espada, y se ha puesto enlaces permanentes. Este va al artículo de hoy, "Yo no sabía que se pudiera". Paso a cortapegarlo íntegramente, vamos, a recortapegarlo, pues es la introducción de Richard Dawkins a su libro contra la religión, editado por Espasa en español:

The God Delusion se llama en español El espejismo de Dios. Su hermosa introducción, yo no sabía que se pudiera.

"De pequeña, mi mujer odiaba su colegio y deseaba poder abandonarlo. Años después, siendo una veinteañera, reveló este hecho tan desafortunado a sus padres. Su madre se quedó horrorizada: «Pero, hija, ¿por qué no nos dijiste nada?». La respuesta que dio Lalla es mi texto de hoy: «Pero yo no sabía que se pudiera».

Yo no sabía que se pudiera.

Me imagino —bueno, estoy seguro— que hay montones de personas ahí fuera, que han sido educadas en una u otra religión, que se sienten insatisfechas, que no creen en ella o están preocupadas por las maldades que se cometen en su nombre. Personas que sienten imprecisos deseos de abandonar la religión de sus padres y que les gustaría poder hacerlo, pero que simplemente no se dan cuenta de que ese abandono es una opción personal. Si es uno de ellos, este libro es para usted. Tiene el propósito de mejorar la conciencia —mejorarla hasta el punto de considerar que ser ateo es una aspiración realista y, además, valiente y espléndida—. Se puede ser un ateo feliz, equilibrado, moral e intelectualmente realizado. Este es el primero de mis mensajes de concienciación. También quiero concienciar de otras tres formas, que luego indicaré.

En enero de 2006 presenté un documental televisivo en dos partes en el Canal Cuatro de la televisión británica, llamado ¿La raíz de todos los males? El título no me gustó desde el principio. La religión no es la raíz de todo mal, dado que nada es raíz de nada. Sin embargo, me encantó la publicidad que Canal Cuatro incluyó en los periódicos nacionales. Era una fotografía del perfil de Manhattan con la frase: «Imagine un mundo sin religión». ¿Qué relación hay entre ellas? Las Torres Gemelas del World Trade Center estaban llamativamente presentes. Imagine, con John Lennon, un mundo sin religión. Imagine que no hay terroristas suicidas envueltos en bombas, que no existe el 11-S o el 7-J, que no hay cruzadas, caza de brujas, ni el Complot de la Pólvora 2, ni la partición india, ni las guerras árabe-israelíes, ni las masacres serbo-croatas-musulmanas, ni la persecución de los judíos como «asesinos de Cristo», ni los «problemas» de Irlanda del Norte, ni las «muertes de honor», ni telepredicadores con vestidos brillantes y cabello cardado, desplumando a sus crédulos espectadores («Dios quiere que le des todo lo tuyo hasta que te duela»). Imagine que no hay talibanes para volar estatuas antiguas, ni decapitaciones, ni blasfemias públicas, ni azotes en la piel de mujeres por enseñar una pulgada de esa misma piel. Por cierto, mi colega Desmond Morris me cuenta que esa magnífica canción de John Lennon se canta a veces en América con la frase «y ninguna religión también» suprimida. Incluso una versión ha tenido la desfachatez de cambiar esa frase por «y una religión también».

Quizá perciba que ese agnosticismo es una postura razonable, pero ¿no es el ateísmo algo tan dogmático como una creencia religiosa? Si es así, espero que el capítulo 2 cambie su modo de pensar, persuadiéndole de que «la Hipótesis de Dios» es una hipótesis científica acerca del Universo, que debería analizarse tan escépticamente como cualquier otra. Tal vez le hayan dicho que los filósofos y teólogos han propuesto buenas razones para creer en Dios. Si piensa esto, puede que disfrute con el capítulo 3 sobre «Argumentos para la existencia de Dios» —los argumentos resultan ser espectacularmente débiles—. Puede que piense que es obvio que Dios debe existir, porque ¿quién más podría haber creado el mundo? ¿Cómo, si no, podría existir vida, en toda su rica diversidad, si parece misteriosamente que cada especie ha sido «diseñada»? Si sus pensamientos siguen estas líneas, espero que consiga una aclaración en el capítulo 4, sobre «Por qué es casi seguro que no hay Dios». Lejos de apuntar hacia un diseñador, la estética del mundo viviente se explica mucho mejor con la mayor economía y la devastadora elegancia de la selección natural darwiniana. Y, aunque la selección natural por sí misma está muy limitada para explicar el mundo viviente, puede concienciarnos acerca de la existencia de otras explicaciones que mejoren nuestra comprensión del Cosmos en sí mismo. El poder de explicaciones tales como la selección natural es el segundo de mis mensajes de concienciación.

Quizá piense que debe existir un Dios o muchos dioses, ya que los antropólogos y los historiadores dicen que los creyentes dominan cada cultura humana. Si esto le convence, consulte el capítulo 5, sobre «Las raíces de la religión», que explica por qué las creencias son omnipresentes. O ¿piensa usted que las creencias religiosas son necesarias para tener una moral aceptable? ¿Necesitamos a Dios para ser buenos? Lea, por favor, los capítulos 6 y 7 para ver por qué esto no es así. ¿Todavía tiene usted un punto a favor de la religión, considerándola algo bueno para el mundo, incluso aunque usted mismo haya perdido su fe? El capítulo 8 le invitará a pensar en las formas en las que la religión no es algo tan bueno.

Si se siente atrapado en la religión en la que le educaron, podría merecer la pena que se preguntara a sí mismo por qué le está sucediendo esto. La respuesta es, normalmente, por alguna forma de adoctrinamiento en la niñez. Si usted es religioso, es más que probable que su religión sea la de sus padres. Si usted nació en Arkansas y piensa que el cristianismo es verdadero y que el islam es falso, no tenga duda alguna de que pensaría lo contrario en el caso de haber nacido en Afganistán y que ha sido víctima de adoctrinamiento en su niñez. Mutatis mutandis, lo mismo vale si usted ha nacido en Afganistán.

Todo lo relativo a religión y niñez es el tema del capítulo 9, que también incluye mi tercer mensaje de concienciación. Igual que las feministas ponen un rictus en sus caras en cuanto escuchan «él» en lugar de «él o ella», un «hombre», en lugar de «humano», quiero que todo el mundo se estremezca siempre que se oigan frases tales como «niño católico» o «niño musulmán». Deberíamos hablar de «hijo de padres católicos», si queremos; pero si usted oye a alguien hablar de un «niño católico», párele y educadamente indíquele que los niños son demasiado pequeños para conocer cuál es su postura en esos temas, de la misma forma que son demasiado pequeños para conocer cuál es su postura en cuanto a la política o a la economía. Precisamente porque mi propósito es el aumento de la conciencia, no me disculparé por mencionar esto aquí, en el Prefacio, y hacerlo también en el capítulo 9. Puede que usted no lo diga muy a menudo. Yo lo diré siempre. Ese no es un niño musulmán, sino un hijo de padres musulmanes. Ese niño es demasiado pequeño para saber si es musulmán o no. No existe nada llamado niño musulmán. No existe nada llamado niño cristiano.

Los capítulos del 1 al 10 comienzan y finalizan el libro al explicar, de distintas formas, cómo un entendimiento apropiado de la magnificencia del mundo real, mientras no se convierta en religión, puede asumir el papel inspirativo que histórica e inadecuadamente ha tenido la religión.

Mi cuarto mensaje de concienciación es el orgullo del ateísmo. Ser ateo no es, en absoluto, algo de lo que avergonzarse. Muy al contrario, para alguien ateo es algo de lo que estar orgulloso y llevar la cabeza muy alta el hecho de que, casi siempre, indica una sana independencia mental e, incluso, una mente sana. Hay muchas personas que saben, en el fondo de su corazón, que son ateas, pero no se atreven a reconocerlo frente a sus familias o incluso en algunos casos frente a ellos mismos. Esto se debe en parte a que normalmente la propia palabra «ateo» se ha etiquetado como algo terrible y espantoso. El capítulo 9 cuenta la tragicómica historia de la humorista Julia Sweeney, cuando sus padres descubrieron, al leer un periódico, que se había vuelto atea. Ellos podían comprender que su hija no creyera en Dios, ¡pero ser atea…! ¿Una ATEA? (La voz de la madre se convirtió en un grito.)

Al llegar a este punto, necesito decir algo a los lectores americanos en particular, en cuanto que la religiosidad actual en América es algo verdaderamente excepcional. La abogada Wendy Kaminer exageraba muy poco cuando advertía que hacer bromas sobre religión era algo tan arriesgado como quemar una bandera en un Salón de la Legión Americana. La situación de los ateos hoy día en América es comparable a la de los homosexuales cincuenta años atrás. Ahora, tras el movimiento del Orgullo Gay, es posible, aunque no muy probable, que un homosexual sea elegido para un cargo público. Una encuesta de Gallup realizada en 1999 preguntaba a los americanos si cambiarían su voto y se lo darían a una persona bien cualificada que fuera mujer (un 95 por 100 lo haría), católico romano (94 por 100), judío (92 por 100), negro (92 por 100), mormón (79 por 100), homosexual (79 por 100) o ateo (49 por 100). Claramente, nos queda un largo camino por recorrer. Pero los ateos son mucho más numerosos, sobre todo entre la élite educada, de lo que muchos creen. Esto ya era así incluso en el siglo XIX, cuando John Stuart Mill fue capaz de decir: «El mundo se sorprendería si supiera qué gran proporción de sus más brillantes próceres, incluso de aquellos que la opinión popular distingue como ejemplos de sabiduría y virtud, son completamente escépticos sobre religión».

Esto debería ser más cierto hoy día incluso y, de hecho, presento evidencias de ello en el capítulo 3. La razón de que muchas personas no se fijen en los ateos es que muchos de nosotros somos reacios a «salir a la luz». Mi sueño es que este libro pueda ayudar a la gente a mostrarse. Exactamente igual que en el caso del movimiento gay, cuanta más gente salga a la luz, más fácil será para otros unirse a ellos. Tiene que existir masa crítica para el inicio de una reacción en cadena.

Las encuestas americanas sugieren que los ateos y los agnósticos superan en número, con mucho, a los judíos, e incluso superan en particular a la mayoría de otros grupos religiosos. Sin embargo, al contrario que los judíos, claramente uno de los más eficaces grupos de poder en Estados Unidos, y al contrario también que los cristianos evangélicos, que ejercen un poder político incluso mayor, los ateos y agnósticos no están organizados y, por lo tanto, ejercen una influencia casi nula. Realmente, organizar a los ateos se ha comparado con el intento de reunir un rebaño de gatos, porque tienden a pensar de forma independiente y no se someten a la autoridad. Pero un buen primer paso podría ser generar masa crítica con aquellos que desean «salir a la luz» y así animar a otros a hacer lo mismo. Incluso aunque no puedan juntarse en un rebaño, un número considerable de gatos puede hacer mucho ruido y es difícil de ignorar.

La palabra «espejismo» del título ha inquietado a algunos psiquiatras, que la consideran un término técnico del que no debe hablarse mal. Tres de ellos me escribieron proponiéndome una palabra técnica específica para los espejismos religiosos: relusión. A lo mejor se pone de moda. Pero por ahora insistiré en «espejismo», y debo justificar por qué la uso. El Penguin English Dictionary define «espejismo» como «una falsa creencia o impresión». Sorprendentemente, la cita ilustrativa que da el diccionario procede de Phillip E. Johnson: «El darwinismo es la historia de la liberación de la humanidad del espejismo de que su destino está controlado por un poder mayor que él mismo».

¿Puede ser Phillip E. Johnson el mismo que lidera el ataque creacionista contra el darwinismo en América hoy día? Efectivamente, así es; y la cita está, como podemos imaginar, sacada fuera de contexto. Espero que se valore este hecho, dado que esa misma cortesía no se ha tenido conmigo en numerosas citas creacionistas de mis trabajos, sacadas fuera de contexto engañosa y deliberadamente. Sea lo que fuere lo que Johnson quería decir, me hubiera encantado apoyar su frase tal cual está. El diccionario que acompaña a Microsoft Word define «espejismo» como «una falsa creencia persistente, mantenida pese a fuertes evidencias contrarias, especialmente como síntoma de un desorden psiquiátrico». La primera parte refleja perfectamente la fe religiosa. Y con respecto a si es o no el síntoma de un desorden psiquiátrico, me inclino a seguir a Robert M. Pirsig, autor de El Zen y el arte del mantenimiento de motocicletas, cuando dice: «Cuando una persona sufre espejismos, eso se denomina locura. Cuando muchas personas sufren espejismos, se denomina Religión».

Si este libro funciona tal como yo lo he concebido, los lectores religiosos que lo abran serán ateos cuando lo dejen. ¡Qué presuntuoso optimismo! Por supuesto, quien tiene fe es inmune a toda argumentación; su resistencia ha sido construida durante años de adoctrinamiento infantil, utilizando métodos que han tardado siglos en madurar (ya sea mediante evolución o mediante diseño). Entre los recursos inmunológicos más eficaces figura el cuidado extremo para evitar incluso abrir un libro como este, que seguramente es obra de Satán. Pero yo creo que ahí fuera hay multitud de personas de mente abierta: personas cuyo adoctrinamiento infantil no fue demasiado insidioso o que, por otras razones, no tuvo lugar, o aquellos cuya inteligencia natural es lo suficientemente fuerte como para superarlo. Esos espíritus libres solo deberían necesitar un pequeño estímulo para evadirse totalmente del vicio de la religión. Al menos, espero que nadie que lea este libro pueda decir «Yo no sabía que se pudiera»."

End of quote y pegue.

Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que dice Dawkins (y aplaude Espada, supongo), pero en realidad su actitud me parece bastante simplista. Y también me parece un engaño ilusorio su presuposición básica ("engaño ilusorio" capta mejor que "espejismo" el significado del término "delusion").

Como digo, parece que Dawkins escribe presa de un engaño ilusorio. A pesar de que en cierto modo tiene razón. Por supuesto, no hay Dios. En mi mente, ni en mi universo. Pero sí hay Dios en las mentes y universos de otras personas, que, pequeño problema, están en mi universo. Por tanto, Dios existe en cierto modo—como un problema de comunicación, ante todo. Y es una "ilusión engañosa" creer que ese problema se vaya a arreglar en ningún futuro concebible para nosotros.

Y eso es parte de un error más enraizado (hablando de "la raíz de todo mal"). No puede creerse seriamente que la religión sea la raíz de todo mal, como no lo es de todo bien. La religión es un sistema de prácticas y creencias complejas, engarzado en las vidas y costumbres de las personas y las sociedades, y creer que no existiría el 11-S o los talibanes si no hubiera creencias religiosas es como creer que desaparecerían los conflictos con los musulmanes si les obligásemos a quitarse el turbante, que les aprieta la cabeza. Aunque estoy de acuerdo en que el turbante les aprieta la cabeza, y en que las creencias religiosas pueden servir de apoyatura a ideologías y prácticas deleznables y repugnantes (lo hacen constantemente), esas prácticas no desaparecerían con la desaparición (tan hipotética, tan ilusoria) de la religión. Sólo se transformarían, adoptarían otras formas: las religiones del comunismo, por ejemplo, o del fascismo, no son analizadas por Dawkins como parte de este proceso. Establece de entrada una separación artificial entre prácticas religiosas y el resto de las ideologías de control y conformación social. ¿Quitando la apoyatura extraterrestre, les quitaríamos la palanca que permite mover el mundo (a decir de Hume)? —Quiá (por citar ahora a Arcadi Espada). Hay muchos otros sitios donde apoyarla, esa palanca, pues hace falta mover siempre parte del mundo, no todo él.

Sí estoy de acuerdo con Dawkins y Espasa en que hace falta mayor espacio público para el ateísmo. Después de todo, muchas veces nos resultan ofensivas intelectualmente las creencias de otras religiones, y no por ello nos abalanzamos a refutarlas punto por punto. Malo es que el ateísmo, más cargado de razones que todos estos dogmas, tenga que andar pidendo permiso por no ofender. Pero es que los fieles tienen la susceptibilidad más a flor de piel que los escépticos. Aunque en muchos casos la fe en el más allá sea sólo la letra pequeña de la religión entendida como un contrato de convivencia social, letra pequeña que ni se lee ni preocupa demasiado en principio—hasta que alguien llama la atención sobre ella, y entonces buf, tiemblan los montes. Para parir algún ratón intelectual, normalmente.

Y en cuanto al carácter ilusorio de las creencias religiosas, de ilusiones también se vive (pues toda la vida es sueño). Ya lo decía Pope en un texto bastante sarcástico (Essay on Man 1.3)—el mundo no está hecho a nuestra medida, pero ya cuidamos de hacérnoslo a nuestra medida en el más allá, si es preciso.

—"¿Cuál es la auténtica cara de Dios?", me preguntaban Pibo y Otas volviendo del cole. "¿Por qué a Adán y Eva les prohibían comer manzanas?"
— "Bueeenoo…" les digo (problemas de una educación religiosa y laica a tiempo parcial). "Eso de la manzana es una historia que se cuenta para que se sepa que hay que hacer bien las cosas. Ellos habían dicho que iban a obedecer a Dios, y luego no le hicieron caso. Y lo que nos cuenta esa historia es que no está bien hacer lo que hemos dicho que no haríamos."

(Aunque tantas veces lo hacemos… Me acuerdo de un monseñor obispo que cita Julien Benda, al que le decían "¿Qué haría usted, monseñor, si le diesen una bofetada en una mejilla"?— Y el obispo: "Sé perfectamente lo que debería hacer. Pero no sé lo que haría". También con Álvaro hablábamos de esto. Mi versión de esa enseñanza evangélica es la siguiente: Si recibes una bofetada en una mejilla, pon la otra. Si también te dan en ésa, entonces tu respuesta ha de ser violenta, contundente y decisiva).

Y... la cara auténtica de Dios: a los pequeños les he dicho que en cada cultura hay ideas distintas sobre Dios, y que el retrato de la barba blanca (al que se apuntaba Ivo: "Yo le pondría una barba de nueve mil metros") es sólo una manera de pintarlo, pero que en realidad se le pone la cara que se quiere, porque no tiene ninguna, y las historias que contamos sobre Dios son maneras de decir que hay que ser buenos.

– "Bien, pero"—insisten— "¿Quiénes fueron los primeros humanos? ¿Adán y Ella?" (pasábamos por delante de la tienda de modas). "¿O eran los simios?"

Y les digo que hay muchas historias distintas: que la Biblia cuenta la de Adán y Eva, que en realidad no era así pero es para entender que hay que hacer las cosas bien; pero que la ciencia es la que nos cuenta esa historia de que la gente cambiaba poco a poco, y que antes sabían menos cosas, y que antes aún no sabían ni hacer fuego, y eran primitivos, y antes eran casi simios, y antes...

— "Como Rahan", me dicen "—porque antes éramos todos simios"

— "Bueno, tú nunca has sido simio" le digo, "aunque seas muy monito, ya naciste de niño pequeño, sin andarte por las ramas".

— "Yo echo de menos la vida simia", suspira Oscar. "No nos ha tocado mucho rato de vida simia a nosotros. Yo querría comer plátanos en un árbol. Y que me pusiesen una cola postiza duplicada".

– "Hombre, no, Oscar, que hay que ir a mejor. Lo de los simios, déjalo para los simios, y tú aprende bien a hacer las cosas de humanos."

Aún queda mucho por desbastar, aún…





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