En la magia de algunos conciertos es donde los descreídos tenemos
vislumbres de experiencias místico-religiosas, si nos va la música. En
cada concierto hay algún momento que se acerca, más o menos; y siempre
están esos momentos de arrebato por así decirlo agazapados detrás de la
música que nos gusta, o de la poesía que nos suena a poesía. Qué
suerte, cuando a veces sale a la luz, y entras a través de la música en
una dimensión que hace aparecer el mundo y la vida normal como
ordenados por el ritmo de la música, como la letra de una canción
irrepetible que es la conjunción de esa música y ese momento. Incluso
si no llega a arrebatarnos la música, muchas veces consigue darle este
compás a la existencia, una "measured dance of all" —decía Cowley:
And
this is music: sounds that charm our ears
Are but one dressing that rich
science wears.
Though no man hear’t, though no man
it rehearse,
Yet will there still be music in my
verse.
Pocas veces sale a la luz la música que hay detrás de la música, como
en esas epifanías de Joyce o Proust o Virginia Woolf... es necesario
que se crucen varios imponderables, la música adecuada, el ambiente
adecuado, y la disposición interna de uno. Quizá sea un efecto
indeseable de la abundancia de música grabada... pero cuando sale, sale
en la música grabada, o en vivo, indistintamente, y entonces es como si
nos mirase a la cara.
Lorsque
tout me ravit, j’ignore
Si quelque chose me séduit.
Elle éblouit comme l’Aurore
Et console comme la Nuit ;
Et l’harmonie est trop exquise,
Qui gouverne tout son beau corps,
Pour que l’impuissante analyse
En note les nombreux accords.
O métamorphose mystique
De tous mes sens fondus en un !
Son haleine fait la musique,
Comme sa voix fait le parfum!
—dixit Baudelaire del arrebato.
Entretanto, miramos su reflejo, su mirada bonita pero perdida en otra
parte.
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