LA
MAESTRA (A EUSEBIA POMAR GUILLÉN)
¿Un relato? ¿Una historieta? ¿Una anécdota? ¿Una historia? La realidad
supera a la ficción. Allá va.
En un lugar del Pirineo, cuyo nombre tendrás tú que averiguar, bastante
más de cien años ha, nació UNA MAESTRA. Y digo que nació MAESTRA porque eso
quiso ser desde que balbuceó sus primeras palabras, aunque al principio sólo
lograba decir que quería ser “MAETA”. A
ese fin dedicó todos sus afanes. Vosotros juzgaréis.
Su padre, Benito, agricultor en los Monegros, había hecho el servicio
militar en Cuba y al regreso, cansado de ver sequías y deseoso de ver España,
compró una galera y unas mulas y, junto con uno de sus hermanos, durante varios
años, ese fue su menester.
Para sufragar los gastos compraban lo que más abundaba en el país que
atravesaban e iban vendiéndolo a lo largo del camino. Naranjas en Valencia,
mantas en Palencia…. Decía su hija, LA MAESTRA, que contaba anécdotas de
cualquier lugar de España donde llegase una carretera, de carro, lo mismo de
Galicia como de Andalucía.
Pero todo tiene su término y a él se le acabó la carretera antes de
llegar a Sallent de Gállego. Era lógico
porque en aquel entonces estaban empezando a construirla. Y, cosa atípica,
empezaron a construirla por el fin. En Sallent decían que si se empezaba por el
final siempre se encontraría presupuesto para llegar a enlazarla si éste se
acababa. Como siempre, tenían sus buenas influencias y las emplearon.
Sallent estaba rebosante de
obreros con dinero y sin tiendas donde comprar. Así pues, allí llegaron, aunque
no me explico cómo, nuestros incansables viajeros y, encontrando un vacío comercial, montaron el primer
comercio fijo del Valle de Tena de que tengo noticia. Eso fue hacia 1880-84.
Allí, con Dámasa, una sallentina vecina, fundaron su familia.
Pero aquí no nació la MAESTRA sino un hermano suyo. Valle abajo avanzó
la carretera, con ella los obreros y la
tienda tras ellos. En el pueblo de esta segunda tienda del Valle de Tena nació
LA MAESTRA que nos ocupa.
Al bautizo no asistieron sus abuelos, tíos ni parientes de Sallent,
porque aquel año, por Todos los Santos, cayó una gran nevada. Su madre tampoco
fue a la iglesia, pues no era prudente el salir de casa con esa gran nevada y
un parto tan reciente. Pero sí tuvo una gran sorpresa:
- ¿Sabes cómo se llama tu hija?
Le preguntó la madrina al regresar de la iglesia.
- MARÍA, como dijimos- contestó la madre.
- No; se llama EUSEBIA. El Cura ha dicho que no se le debía quitar un nombre
tan bonito como se ha traído.
Dos años más tarde, en 1892, finalizadas las obras de la carretera,
comercio y familia se trasladaron a Biescas.
Aquí hicieron una gran amistad
con dos maestros jóvenes que acababan de llegar y que pronto contrajeron
matrimonio: D. Amadeo y Dª. Maximina.
Ambos influyeron grandemente en
el destino de nuestra MAESTRA.
De los 6 a los 13 años Eusebia asistió a la Escuela de Biescas con toda
normalidad. Debe subrayarse, eso sí, su aplicación y sentido de la responsabilidad.
Por aquel entonces, no existía el Ministerio de Educación, ni con este
nombre ni con los que sucesivamente se le van adjudicando, y los Maestros,
aunque conseguían su plaza por oposición, dependían económicamente del Ayuntamiento.
Según costumbre recibían al final del año, un canastillo lleno de duros
pesetas, perras gordas (10 céntimos ), perras chicas ( 5 céntimos) y céntimos
propiamente dichos (gordos y chicos)
Al comercio de Biescas acudían muchos clientes, siendo habituales los de Sallent, que no
pasaban sin visitar a su paisana. El más
destacado de todos, al menos por su estatura, era el GIGANTE DE SALLENT, que
también era admirado por su fuerza. Los sacos que un hombre normal llevaba
apurado en sus espaldas, los llevaba él sin esfuerzo bajo el brazo y no uno,
sino dos.
Cuando entraba en la cocina debía instalarse encogido, con la cabeza entre dos vigas.
Tapaba con la punta del dedo pulgar un duro de los “Amadeos” sin que pudiera
verse nada en absoluto. Destacaba también
por su carácter bonachón.
En 1903, cuando Eusebia contaba 13 años y sólo le quedaba uno de ir a la
Escuela, murió el Maestro, idóneo, o enseñante que se ocupaba de los niños de 4
a 6 años y a D. Amadeo y Dª.
Maximina se les vino el cielo encima de pensar que sus nuevos alumnos
ingresaran sin distinguir siquiera las vocales. He de aclarar que, por aquellas
fechas, la matrícula normal en las escuelas de Biescas rondaba los 130 alumnos
y otras tantas alumnas, atendidos por un maestro y una maestra.
Se hicieron muchas gestiones para mantener la escuela de 4 a 6 años
abierta, pero nadie en el pueblo quería hacerse cargo de esa tarea.
Como la alumna, Eusebia, de 13 años, era despierta, aplicada,
responsable y tenía una indudable vocación de MAESTRA, D. Amadeo le propuso que se encargara de esa
clase.
Tras muchas dudas por parte de
todos, pues había que buscar también un local, prepararon una sala grande en lo
alto de la casa y ayudada por su madre, que, de tanto en tanto subía de la
tienda para colaborar, empezó su tarea.
Cobraba una peseta al mes por cada niño. Esto lo pagaban los
padres. Si el niño se constipaba o tenía
el sarampión, se reducía la aportación a 80, 60, 40….céntimos.
Todo lo que ganaba lo dedicó, desde el primer momento, para sufragar sus
estudios de MAESTRA.
Sus estudios de Magisterio los hizo por libre, ayudada principalmente por D.ª Maximina, su vecina y maestra y que , con el
tiempo, llegaría a ser su cuñada. Pero con sus 130 alumnas, la casa, los hijos
y preparando las labores de costura, que entonces se hacían en la escuela,
quedaba muy poco tiempo. Así pues, tuvo que afrontar sus estudios casi sin
ningún apoyo.
La vida era sencilla y en las largas y oscuras tardes de invierno, se
juntaban las dos familias para contar los sucesos del día, narrar cuentos o
leer historias del periódico a la luz de
las velas o las teas, aunque, a partir
de 1901, ya pudieron hacerlo a la luz de las bombillas.
Cuando Eusebia acabó sus estudios, comenzó a preparar las oposiciones al
Magisterio. El lugar más cercano para
hacerlas era Zaragoza y ya debía haber tren pues no recuerdo oírle hablar de ir
en diligencia. Dª Maximina en 1890 vino
a Biescas, desde Huesca, en diligencia de caballos, haciendo noche en Santa
María de la Peña.
Seis veces se presentó a las oposiciones, con sus correspondientes desilusiones,
pero siempre fue tenaz y constante y al final, a sus 26 años, fue destinada a
Otal. Hoy ahí no vive nadie. Llegó la lluvia amarilla.
Otal Tenia entonces 18 hogares. Entre 100 y 120 habitantes en verano. En
invierno, solamente quedaban en el pueblo los ancianos, las mujeres y los
niños. Los hombres iban con el ganado a la tierra baja.
Saliendo de Biescas, al Este, tras una montaña cubierta de nieve la
mitad del año, se encuentra Otal.
Para llegar a Otal, que está a 1470 m. y es el pueblo más alto de toda la
comarca, si se va andando, lo mejor es subir a Erata por Barbenuta y Espierre.
Una vez en la punta, a 2005 m., ves el
pueblo abajo en un valle muy solano.
Esta es la ruta que eligieron Eusebia,
sus padres, D. Amadeo y los acompañantes que desde Otal vinieron a buscarlos
con caballerías.
Como siempre, con los machos cargados a tope, les costó 6 horas llegar
al pueblo. Todos alabaron la valentía de la Maestra que, sin descabalgar, había
llegado al pueblo atravesando los tramos más peligrosos, donde era frecuente
que las caballerías resbalasen e incluso cayesen. Había una explicación: la Maestra iba
aterrorizada y confiaba más en el instinto del animal que en sus propias
fuerzas. Por otra parte, si se desmontaba, no había en todo el trayecto un
punto donde volver a montarse en aquellas bestias enormes, tranquilas y
sensatas.
Todo esto aconteció el día de S. Ramón, 31 de Agosto de 1916, en plena primera Guerra Europea. Cuando llegaron ahí, sólo se escuchaban la
bandurria, guitarra y acordeón, usuales en las fiestas de los pueblos en aquel
entonces, y es que, ese día, se celebraba la fiesta en Otal.
Del sol de la montaña, llegó roja y
quemada y, visto el panorama de aislamiento y soledad que le esperaba, le entró
tal llantina que, a pesar de la fiesta, los halagos de todos y su natural
comedido, no se pudo contener.
A esto habían venido a parar todas sus
ilusiones, todos sus esfuerzos, todos sus sacrificios, estudiando después de
las horas de clase, incluso a la luz de la Luna, ahorrando peseta a peseta,
céntimo a céntimo, para poder desplazarse a Zaragoza a unas oposiciones tantas
veces fallidas.
Ya más calmada, pues, eso sí, sabía
sobreponerse a las situaciones más adversas, se hizo cargo de la situación y
resolvió que tenía que aceptar la realidad por dura que le pareciese.
Para consolarla, los vecinos le
explicaron que en el invierno, durante muchos días, a veces meses, no se abría
la escuela a causa de las nevadas y las ventiscas que envolvían las puertas de
nieve y por lo tanto no tendría que ir a trabajar.
“¿Ve Vd. esa borda?, pues cuando
nieva en invierno todo se queda parejo y los terneros, cuando salen a beber, se
pasean por el tejado lo mismo que por la calle.”
A Eusebia, que ante todo estaba allí
para ser maestra y no concebía pasarse el invierno sin trabajar, no le gustó la
perspectiva, así que, cuando llegaron
las grandes nevadas, consiguió que le abrieran camino hasta la escuela, adonde
iba a veces por trincheras de nieve más altas que ella, y no era pequeña.
En las Navidades y Pascuas, las únicas
salidas que hacía durante el curso, el paso a través de la montaña de Erata,
con la nieve, estaba impracticable. Hacían el viaje por Escartín, Ainielle,
Berbusa, Oliván, Orós Bajo y Orós Alto, con paradas en las casas de familiares
y conocidos de los acompañantes, lo cual, unido al paso seguro pero cansino de
las caballerías, hacía que empleasen todo el día.
Llorando
entró y llorando se marchó de Otal, tras seis años de estancia. Todo el pueblo
salió a despedirla. Allí dejaba enterrado en el pequeño cementerio, a su padre,
que la acompañó en sus últimos años y que, tras haber recorrido todas las
carreteras habidas, vino a terminar sus días en
un pueblo en el que ni siquiera llega, hoy en día, una pista forestal.
Por concurso, salió destinada a Belber
de Cinca, un pueblo ya mayor y con mejores comunicaciones, de donde recordaba
las grandes celebraciones que hacían para la fiesta del árbol.
Durante su estancia en Belber, contrajo
matrimonio con ÁNGEL, hermano de sus antiguos maestros y vecinos con los cuales
seguía teniendo una estrecha relación. Era el amor de su vida.
Fue ahí donde se le presentó un gran dilema:
debía escoger entre marchar a vivir a Escuer (hoy Escuer Alto), sin carretera,
abandonando la profesión que tanto esfuerzo le había costado, o bien continuar
en Belber separada de su marido. Sin
dudarlo, pero con gran duelo, optó por lo primero.
En
el año 1930, en un concurso de
traslados, consiguió la escuela de
Biescas, que además acababa de estrenar edificio. Todo iba de frente.
Su marido, Ángel, animó al
Ayuntamiento y tras muchas gestiones en Madrid, habían conseguido trasladar el
pueblo de Escuer, muchas de cuyas casas presentaban grietas por corrimientos de
tierras, al actual emplazamiento junto a la carretera. Muchos de sus vecinos, que trabajaban en las
obras de los barrancos de Arás y
Arratiecho, vieron acortada sensiblemente
la distancia al trabajo y él mismo podía desplazarse y vivir en Biescas.
Pero esto es otra historia y larga, sigamos con la Maestra.
Y llegó la guerra. A los quince días de comenzar ésta, cuando
aún nadie sabía bien por dónde venían los tiros, Eusebia se enteró bien a dónde iban a
parar. Su marido fue la primera víctima
de toda la comarca.
Llorando, sin consuelo posible, comprobó
que perdía la vista. No podría dar clases.
Era viuda y con tres hijos a su cargo. Tomó la determinación de no
llorar más. Se hizo a sí misma un pacto
silencioso de silencio. Ese tema era
tabú y nadie quiso en adelante provocar más llantos.
Respetaremos el pacto. Pasaremos por
alto los momentos y escenas más tristes
y nos ceñiremos en lo posible a los aspectos más profesionales.
Continuó ejerciendo su profesión en uno
u otro bando, siempre en su escuela, dependiendo de los azares de la guerra.
Toda Maestra lleva en su interior un
instinto de segunda madre. Muchas de las
maestras, durante la guerra, tuvieron, bien a su pesar, que ejercerlo a tope.
A fin de sacar a los niños de los
peligros del frente, se crearon las Colonias Escolares. A una de ellas, en las
Vilas del Turbón (Huesca), fueron a parar los niños y maestras de Biescas. Allí la dedicación a los alumnos era
exclusiva, incondicional e ineludible.
Día y noche, 24 horas.
Era la supervivencia. Era suplir a cada madre,
que estaría llorando y que sólo tenían el pequeño consuelo de pensar que sus
hijos estaban en manos de personas en las que siempre habían confiado y que no
los abandonarían. Pero era la guerra…
Fueron maestras y madres de día y de
noche, con los enfermos y con los
díscolos, procurando suplir la falta del amor maternal y los momentos tristes
que a veces embargaban sobre todo a los más pequeños. Nadie estaba seguro de que volviesen a ver a sus padres y
eso los niños instintivamente lo percibían.
Como premio a esta gran labor, al
reincorporarse con sus alumnos a la zona llamada nacional, fueron suspendidas
de empleo y sueldo, probablemente por haber ejercido su profesión en el bando
contrario.
Esta situación duró varios meses. El
dinero ya no valía, pues había una nueva moneda, los ahorros se acababan y su situación
no se resolvía. Así pues Eusebia, que como maestra siempre había impartido la
justicia entre sus alumnos, creyó que aquella nueva sociedad no podría
funcionar sin, al menos, un atisbo de justicia. Se armó de valor y junto con
Maximina, su antigua maestra y ahora
inseparable compañera de desgracias, ésta no muy convencida, solicitaron
una entrevista con el entonces Director General de Enseñanza Primaria.
Hasta el año 1959 ejerció su labor en
Biescas, luchando tenazmente porque sus hijos alcanzasen al menos los mismos
estudios que ella. No era tarea fácil. En primer lugar, sólo había un Instituto
Oficial en Huesca y en aquellos tiempos de racionamiento, ya era un logro
conseguir la supervivencia. Para desplazarse a Huesca se necesitaba un
salvoconducto de fronteras cuyo costo venía a ser bastante más de la mitad de
un jornal y sólo valía, cuando más, para 15 días.
Jamás profirió Eusebia una palabra de
odio o venganza. Fue cristiana en el sentido más profundo de la palabra. No concebía la mentira ni como broma.
Entre 1929 y 1959, junto con su cuñada
que ejerció cincuenta años, todos ellos en Biescas, fueron maestras de abuelas
hijas y madres de toda esta villa.
En total, desde 1903 hasta 1960, fecha
en que se jubiló a los setenta años,
transcurrieron cincuenta y siete, todos dedicados a la enseñanza. Quizá
vosotros sepáis de otros records.
Tras una permuta, acabó su carrera en
Saqués y justamente aquel día, tras un gran temporal de lluvias se cortó, en el
Zoque, la carretera que construían cuando nació.
Hoy,
desde el pueblo en que nació hasta el que finalizó su profesión (quien
iba entonces a pensarlo), como dice la Ronda de Boltaña, puede uno desplazarse
en un barquito de vela. Pero esta vez de verdad.
Sirvan estas líneas de homenaje, aunque
breve, para estas dos, y en general todas las maestras que, muchas veces
incomprendidas, han dejado su vida y su alma esparcida por los yermos, como
decía, no hace tanto, una de ellas.
Tres han sido los motivos que me han
llevado a escoger a esta MAESTRA.
1º-
La conocía muy bien.
2º- No tengo noticia de nadie que haya
dedicado más tiempo a la enseñanza.
3º- Era, y seguirá siendo siempre, mi
MADRE y MAESTRA.
Ángel García Pomar
Biescas, marzo de 2004
(Texto incluido en el libro
Maestras.
Zaragoza. Prames, 2004).
—oOo—
@Javier-B
hace 2 meses