Mostrando entradas con la etiqueta Servidumbre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Servidumbre. Mostrar todas las entradas

sábado, 18 de agosto de 2018

Retropost (18 de agosto de 2008): Dialéctica insalubre del amo y el esclavo



En la sección IV.A de la Fenomenología del Espíritu desarrolla Hegel su análisis del reconocimiento mutuo de las consciencias. Es una de las fases una vez la consciencia alcanza el nivel de autoconsciencia:


"La autoconsciencia se enfrenta a otra autoconsciencia; ha salido fuera de sí misma. Esto es significativo en dos sentidos: primero, se ha perdido a sí misma, pues se encuentra a sí misma como un otro; en segundo lugar, al hacer esto, ha dejado atrás al otro, porque no ve al otro como un ser esencial, sino que ve en el otro su propio ser." (§ 179)

Al describir este reconocimiento mutuo, Hegel proporciona una interesante descripción del comportamiento como dialéctica en la que un sujeto está influido por la consciencia que el otro tiene de él. Podríamos decir que presenta la interacción como un componente inherente a la acción humana. Hasta el punto que la relación del sujeto consigo mismo no es "directa" sino que está mediada por el reconocimiento del otro reconociéndose en nosotros:

"Cada uno es para el otro el término medio a través del que cada uno se media a sí consigo mismo, y se une consigo; y cada uno es para sí, y para el otro, un ser inmediato de por sí, que a la vez sólo es tal en virtud de esta mediación. Se reconocen a sí mismos reconociéndose mutuamente." (§ 184)

Este tipo de análisis de la alteridad y de la mutualidad será importante, naturalmente, para asentar tanto una ética como una política (una política basada eventualmente en la ciudadanía y en el mutuo reconocimiento de la libertad del otro). Y llevará a toda una filosofía ética de la mutualidad y de la alteridad en Lévinas o en Ricœur.

Pero el primer paso de las consciencias enfrentadas entre sí da lugar a lo que se ha llamado la dialéctica del amo y del esclavo: una consciencia será así únicamente reconocida, y la otra únicamente reconocedora (§ 185). Dadas dos consciencias buscando reconocimiento mutuo, éste se halla únicamente, según Hegel, en el enfrentamiento al peligro de muerte, en la lucha por la propia libertad, y (si se sobrevive) adoptando una de estas dos posiciones, la del amo o la del esclavo. El amo es el que no teme enfrentarse a la muerte y ha triunfado dominando al esclavo, y manteniéndolo sujeto con la cadena que le recuerda su dominación y la asegura. El esclavo es el que ha preferido la vida como esclavo a la pelea y al riesgo de muerte. Y tiene ante sí al amo, a la cadena, y a su trabajo obligado para recordarle su condición de esclavo.

Para Hegel esto no supone una autonegación fecunda del espíritu, ni una superación dialéctica de la primera fase del reconocimiento mutuo, pues no conserva (la fase del reconocimiento mutuo) en el hecho de superarla:

"Su acción es una negación abstracta—no la negación que proviene de la consciencia, que supera de tal manera que conserva y mantiene lo que queda superado, y que por consiguiente sobrevive a su propia superación." (§ 188)

El amo queda definido como la consciencia que existe para sí, mientras que el esclavo verá su ser supeditado; existirá para el amo y para la satisfacción de aquél:

"existen como dos formas opuestas de la consciencia; una es la consciencia independiente cuya naturaleza esencial es ser para sí misma, la otra es la consciencia dependiente cuya naturaleza esencial es simplemente vivir o ser para otro. El primero es amo, el otro es esclavo" (§ 115)

Supuestamente la relación del amo con el esclavo le da satisfacciones (el trabajo del esclavo, sólo disfrute sin trabajo para el amo) pero también frustración, pues no puede hallar mutuo reconocimiento en el esclavo. También hay un apunte interesante sobre la relación del amo con los instrumentos de dominación utilizados para mantener al esclavo en riesgo permanente de muerte:

"El amo se relaciona mediatamente con el esclavo mediante un ser [una cosa] que es independiente, puesto que es precisamente esto lo que mantiene al esclavo sometido; es su cadena de la cual no pudo liberarse en el combate—y así resulta ser dependiente, posee su independencia en la cosidad. Pero el amo es el poder sobre esta cosa, pues probó en el combate que es algo meramente negativo; ya que tiene poder sobre esta cosa y esto es el poder sobre el otro [el esclavo], se sigue que mantiene al otro sometido." (§190)

—Es curioso que en el análisis de Hegel en § 190 se superponen en esta "cosa" a la que se refiere tanto el instrumento de coerción que maneja el amo, como el objeto de satisfacción que el amo disfruta inmediatamente, dejando el lado sucio y el trabajo para el esclavo. Es un análisis que quizá confunda tanto como aclare las características de uno y otro objeto (suponiendo que no sean efectivamente el mismo a todos los efectos). Así, podría seguirse como corolario que el amo también goza de la cadena y del castigo en cuanto puro objeto de placer, pero que el lado trabajoso de estos instrumentos coercitivos, pues lo hay, no es el amo quien lo ejerce, sino el esclavo. Así pues, el esclavo es quien azota al esclavo, y el esclavo es quien perpetúa la esclavitud. Mientras el amo disfruta no sólo de su libertad de acción sino también tanto del castigo como del objeto que para él fabrica el esclavo (dos aspectos de lo mismo, insistiríamos). Parecería envidiable la postura del amo, pero hay un pero a la hora del reconocimiento muto; el ser amo tiene su inconveniente, decíamos, su lado de "negación abstracta":

"Pero falta el momento del reconocimiento propiamente dicho, que lo que haga el amo al otro también se lo haga a sí mismo, y que lo que el esclavo se hace a sí lo haga también al otro. El resultado es un reconocimiento que es unilateral y desigual." (§ 191).

Y de allí deduce Hegel que "la verdad de la consciencia independiente es por tanto la consciencia servil del esclavo" (§193), pues ésta queda educada por la presencia constante de la Muerte, "el Amo absoluto", y es en ese riesgo de la disolución de todo lo estable donde progresa la autoconsciencia.

En esta especie de análisis químico de las experiencias de la consciencia, Hegel se las arregla por su propio método para que no tengan sentido preguntas como "¿y qué pasa si el amo vence con tanta facilidad al esclavo que no ve en ello ningún riesgo—si el esclavo llega ya vencido?" O bien ,"¿Este amo y este esclavo están solos? ¿Dónde están los otros amos y los otros esclavos?" —Cuestiones que llevarían a plantear el análisis de otra manera, claro: una consciencia realmente social y generada socialmente, y no una consciencia abstracta aislada frente a sí misma y evolucionando según pasos puramente lógicos.

En esta cuestión del reconocimiento mutuo el planteamiento en términos de aislamiento ideal es especialmente grave, pues el análisis de Hegel le lleva a enfrentar obsesivamente al amo y al esclavo, como si su reconocimiento mutuo como tales dependiese únicamente de ellos. Parece claro, sin embargo, que el primer paso para ser amo es despreciar o no tener en consideración siquiera la opinión del esclavo. No parece que el amo parezca frustrado (tal como llevaría a pensar el análisis de Hegel) por no ver frente a sí, en el esclavo, una consciencia como la suya—por haber estropeado su propio plan de reconocimiento mutuo, al no tener frente a sí más que el reconocimiento de un esclavo. Para nada.

Más bien, el amo (una vez sentada su dominación y su categoría de tal, mediante los instrumentos de coerción adecuados) no busca en absoluto su reconocimiento en el esclavo. Ese "reconocimiento" lo remite a los instrumentos de coerción, y es un mero instrumento, no una forma de autorrealización buscada en sí. Lo que busca el amo es el reconocimiento como tal por parte de otros amos—en una sociedad aristocrática. Pero eso es precisamente lo que falta en el análisis de Hegel, donde no hay otros iguales, y el amo sólo se encuentra, frustrado, frente a su esclavo que no se atreve a mirarlo, concentrado en abrillantar la vajilla de plata.

Como hemos dicho, Hegel extraía de ese abrillantamiento de la plata conclusiones educativas para el esclavo, que es quien representa una vía para el desarrollo de la consciencia, y se libera de su apego a la existencia material precisamente mediante el trabajo. "Mediante el trabajo, el esclavo se vuelve consciente de lo que verdaderamente es" (§ 195), o sea, consciencia, negación de sí. "Mediante este redescubrimiento de sí mismo, el esclavo se da cuenta de que es precisamente en su trabajo, en el que parecía tener una existencia únicamente alienada, donde desarrolla una mentalidad propia" (§ 196). Y además se educa interiorizando el miedo permanente a la coerción, algo muy necesario para Hegel, y progresa en lo que también Freud nos dirá que es la esencia de la maduración y de la civilización: la renuncia a la gratificación inmediata. Mientras, la mentalidad del amo queda desdeñosamente caracterizada por Hegel como caprichosa y de corto alcance—no llega a nada; es sólo mediante la sumisión absoluta a la Necesidad ajena a uno, como puede progresar el Espíritu. (más tarde dirá Hegel algo del Estado prusiano a este respecto—encarnación del tánatos y de la disciplina. Y mejor no pensemos en su versión corregida y aumentada en el régimen nazi, donde sólo hay un Amo, encarnación del Estado y de la Necesidad...).
Zeus (Ingres)
Este privilegio dado por Hegel a la consciencia del esclavo es esperable por otra parte en una filosofía de la época de la Revolución francesa, cuando nuevas posibilidades parecen abrirse a la Historia arrinconando en parte a los amos del Antiguo Régimen. Marx, aun en su crítica del análisis de Hegel, sigue apreciando esta realización de sí mismo posibilitada por el trabajo alienante... que para él se vería posibilitada si se pudiese eliminar la plusvalía. Yo en cambio al trabajo alienante lo sigo viendo alienante—en el sentido que la consciencia es también afirmación de sí, no únicamente negación de sí, y la vida no es únicamente progreso espiritual, sino también disfrute de los objetos materiales, y del trabajo de los demás, aunque nos toque currar por turnos. Vamos, que le veo sus puntos a la posición del amo. Y muchos se lo han visto.

No todo ha sido irresponsabilidad y disfrute del Objeto en las sociedades de amos:  vuelven a plantearse allí de modo continuo los problemas del reconocimiento muto, esta vez entre amos—mantener el status, asegurar la coerción, buscar alianzas. Pero no todo va a parar en una lucha a muerte y en el esclavizamiento del otro, y es por ahí por donde la necesidad de reconocimiento mutuo de los amos lleva a desarrollar formas de relación social diferentes de la relación entre amo y esclavo. Es la historia de la emergencia de las sociedades que nos contaba Vico—en la Ciencia Nueva también mostraba cómo las estructuras sociales han evolucionado como sociedades de amos y aristócratas, y de sus protectorados y sometidos, antes de ser sociedades de ciudadanos.

Con el análisis abstracto de Hegel pasa un poco como con las matemáticas de Einstein, que decía que "cuando las proposiciones matemáticas se refieren a la realidad, no son exactas; cuando son exactas, no se refieren a la realidad". No es negar que no haya alguna vez situaciones de dominación y de esclavitud "hegeliana" en estado muy puro y ejemplar—pero sí recordar que las relaciones humanas siempre son en cada situación concreta más complejas y multilaterales. El esclavo a veces es el amo de su casita, y tiende a reproducir esas relaciones de dominación en cuanto puede (capataces, oficinistas, maridos) adoptando actitudes de amo. Por cierto, también convendría sexar al Amo y al Esclavo, pues una de las primeras, básicas y primigenias, relaciones de dominación y esclavitud es precisamente la dominación patriarcal. Y luego las madres tienen hijos...

En fin, que (relativizando la relación claustrofóbica, asfixiante y obsesiva del Amo y el Esclavo, esas caricaturas beckettianas) creo que también quedan relativizadas otras lecciones que Hegel hace que extraigan uno y otro.





—oOo—

miércoles, 3 de mayo de 2017

Zygmunt Bauman - Living in Times of Interregnum: Or on the Discordance of Tasks and Means




Bauman seems pretty unreliable on the subject of Étienne de la Boétie. Although some Montaigne scholars claim that Montaigne authored the discourse by La Boétié he published, this is by no means the general consensus. And La Boétie was not in the least a mere 'pen name' for Voltaire, nor a figment of his imagination: https://fr.wikipedia.org/wiki/%C3%89tienne_de_La_Bo%C3%A9tie

—oOo—

domingo, 18 de abril de 2010

Contra la servidumbre voluntaria


Una obra memorable, el Discurso de la servidumbre voluntaria, o Contra el Uno, escrito por Étienne de La Boétie hacia 1546. Lo escribió a los dieciocho años, al comenzar sus estudios universitarios, aunque es una lección que algunos nunca aprenderán, ni después de terminar la carrera. Es un discurso contra la tiranía política, pero también contra la monarquía absoluta, contra el pesebrismo político, contra los intereses creados y contra las dinámicas feudales y caciquiles. Y más generalmente contra el borreguismo y el esclavizamiento voluntario de uno mismo—esa renuncia voluntaria al criterio, a la independencia de juicio, a la decencia y a la dignidad de ser independientes, en lugar de corvas almas.

—"Ah, pero esto son cosas que sólo pasaban en el siglo dieciséis..."

Traduzco algunos fragmentos siempre aplicables.


•
No quiero debatir aquí la cuestión tantas veces agitada, a saber, "si otras clases de repúblicas son mejores que la monarquía". Si tuviese que debatirla, antes de buscar qué rango debe ocupar la monarquía entre los diversos modos de gobernar la cosa pública, preguntaría si acaso es que hay que concederle alguno, pues es difícil de creer que haya nada de público en ese gobierno en el que todo es de uno solo. Pero reservemos para otro momento esta cuestión que bien merecería un tratado aparte, y que provocaría todo tipo de disputas políticas.
•
Por el momento desearía tan sólo comprender cómo puede ser que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten a veces a un tirano solo que no tiene otro poder que el que ellos le dan, y que no tiene poder para dañarles sino en tanto quieran aguantarlo, y que no podría hacerles ningún mal si no prefirieran sufrir todo a sus manos antes que contradecirle. Cosa verdaderamente pasmosa—y sin embargo tan común que hay que gemir por ella antes que quedarse boquiabiertos—ésta de ver un millón de hombres tan miserablemente reducidos a servidumbre, con la cabeza bajo el yugo, no porque se vean obligados a ello por fuerza mayor, sino porque están fascinados y por así decirlo hechizados con el mero nombre de uno, a quien no deberían temer, puesto que está solo, ni amar, puesto que es con todos ellos inhumano y cruel. Tal es sin embargo la debilidad de los hombres: forzados a la obediencia, obligados a contemporizar, no pueden ser siempre los más fuertes.
•

Dos hombres, e incluso diez, podrían bien temer a uno; pero que mil, un millón, mil ciudades no se defiendan contra un solo hombre, eso no es cobardía: no llega ésta hasta allí, igual que la valentía no exige que un solo hombre escale una fortaleza, ataque a un ejército, conquiste un reino. ¿Qué vicio monstruoso será pues éste, que no merece ni siquiera el título de cobardía, que no encuentra un nombre lo bastante feo, repudiado por la naturaleza y al que la lengua se niega a nombrar?

•
Es el pueblo quien se reduce a la servidumbre y quien se corta a sí mismo el cuello; quien, pudiendo elegir entre estar sometido o ser libre, rechaza la libertad y toma el yugo; el que da su consentimiento a su mal, o más bien lo busca... Si le costase algo recobrar su libertad, no le apremiaría yo a ello; aunque lo que más habría de desear sería recuperar sus derechos naturales y, por así decirlo, convertirse de bestia en hombre otra vez. Pero ni siquiera espero de él un atrevimiento tan grande; admito que prefiera no sé qué seguridad de vivir miserablemente antes que una esperanza dudosa de vivir tal como él lo entendería. ¡Pero, qué! Si para tener la libertad basta con desearla, si no se precisa sino un simple querer, habrá acaso alguna nación en el mundo que crea pagarla demasiado cara cuando la adquiere con un simple deseo?

•
Resolveos a no servir más, y ya sois libres. [Al tirano] no os pido que lo empujéis, que lo derribéis, sino sólo que no lo apoyéis más, y lo veréis, como un gran coloso al que le han roto la base, desmoronarse bajo su propio peso y hacerse pedazos.

•
Es verdaderamente lamentable descubrir todo lo que hacían los tiranos de tiempos pasados para fundar su tiranía, ver qué medios tan pequeños utilizaban, encontrando siempre al populacho tan bien dispuesto hacia ellos que no tenían más que tender una red para cogerlo; nunca han tenido más facilidad para engañarle ni lo han sometido mejor, que cuando más se burlaban de él.

•
Llego ahora a un punto que es, creo, el resorte y secreto de la dominación, el sostén y fundamento de toda tiranía. Quien pensara que las alabardas, los guardias y los vigías garantizan a los tiranos, se equivocaría mucho. Los utilizan, creo, por cuestiones de forma y a modo de espantapájaros, más que porque se fíen de ellos. Los arqueros cierran la entrada del palacio a los torpes que no tienen ningún modo de hacer daño, no a los audaces bien armados. Fácilmente se ve que, entre los emperadores romanos, son menos los que escaparon al peligro gracias al socorro de sus arqueros que los que resultaron muertos por esos mismos arqueros. No son las bandas de gentes a caballo, las compañías de infantería, no son las armas las que defienden a un tirano, sino siempre (al principio costará creerlo, aunque sea la verdad exacta) cuatro o cinco hombres que lo apoyan y que le someten todo el país. Siempre ha sido así: a cinco o seis les presta oído el tirano y se han acercado de por sí, o bien han sido llamados por él para ser cómplices de su crueldad, compañeros de sus placeres, celestinas de sus vicios, y beneficiarios de sus rapiñas. Estos seis entrenan tan bien a su jefe que se vuelve malvado para la sociedad, no sólo con su propia maldad, sino también con la de ellos. Estos seis tienen bajo ellos seiscientos, a quienes corrompen tanto como han corrompido al tirano. Estos seiscientos tienen dependientes de ellos a seis mil, a quienes elevan en dignidad.

•

Grande es la serie de quienes los siguen. Y quien quiera tirar del hilo verá que no seis mil sino cien mil y millones están aferrados al tirano por esta cadena ininterrumpida que los suelda y los ata a sí, como Homero le hace decir a Júpiter que se jacta, diciendo que tirando de una cadena así traería hasta él a todos los dioses. De ahí venía el aumento del poder del Senado bajo Julio César, el establecimiento de nuevas funciones, la institución de nuevos cargos—no ciertamente para reoganizar la justicia, sino para dar nuevos apoyos a la tiranía. En suma, por los beneficios y favores que dispensan los tiranos, llegamos al punto de que resultan ser casi tan numerosos los que sacan provecho de la tiranía, como aquéllos que gustarían de la libertad.
•
Según dicen los médicos, aunque no parezca haber ningún cambio en nuestro cuerpo, en cuanto un tumor se manifiesta en un único sitio, todos los humores se dirigen a esa parte infectada. Del mismo modos, en cuanto un rey manifiesta ser un tirano, todo lo malo, todas las heces del reino, no digo ya un montón de pícaros y pillastres que no pueden hacer ni mal ni bien en un país, sino antes bien quienes están poseídos de una ambición ardiente y una avidez notable, se agrupan en torno suyo, y lo apoyan para tener parte en el botín y para ser, bajo el gran tirano, otros tantos tiranuelos pequeños.

•
Así es como el tirano somete a los súbditos, sujetos unos a la servidumbre por otros.

•
¿Es esto vivir felices? ¿Es siquiera vivir? ¿Hay algo en el mundo más insoportable que este estado, no digo para toda persona de corazón, sino sólo para quien tenga mero sentido común, o forma humana siquiera? ¿Qué condición es más miserable que la de vivir así, no teniendo nada propio y derivando de otro el propio bienestar, la libertad, el cuerpo y la vida?

•
Ciertamente el tirano no ama nunca, y nunca es amado. La amistad es un nombre sagrado, una cosa santa. No existe más que entre gentes de bien. Nace de una estima mutua y se alimenta menos de los favores mutuos que de la honestidad. Lo que hace a un amigo seguro de otro, es el conocimiento de su integridad. Tiene por garantes su buena naturaleza, su fidelidad, su constancia. No puede haber amistad allí donde se encuentran la crueldad, la deslealtad, la injusticia. Entre malvados, cuando se reúnen, se forma un complot, y no una sociedad. No se quieren pero se temen. No son amigos, sino cómplices.



—oOo—


Étienne de La Boétie: Contr'Un, ou Discours de la servitude volontaire (extraits):
Je ne veux pas débattre ici la question tant de fois agitée,
à savoir, "si d'autres sortes de républiques sont meilleures que la monarchie". Si j'avais à la débattre, avant de chercher quel rang la monarchie doit occuper parmi les divers modes de gouverner la chose publique, je demanderais si l'on doit même lui en accorder aucun, car il est difficile de croire qu'il y ait rien de public dans ce gouvernement où tout est à un seul. Mais réservons pour un autre temps cette question qui mériterait bien un traité à part, et qui provoquerait toutes les disputes politiques.

•
Pour le moment, je voudrais seulement comprendre comment il se peut que tant d'hommes, tant de bourgs, tant de villes, tant de nations supportent quelquefois un tyran seul qui n'a de puissance que celle qu'ils lui donnent, qui n'a pouvoir de leur nuire qu'autant qu'ils veulent bien l'endurer, et qui ne pourrait leur faire aucun mal s'ils n'aimaient mieux tout souffrir de lui que de le contredire. Chose vraiment étonnante --- et pourtant si commune qu'il faut plutôt en gémir que s'en ébahir ---, de voir un million d'hommes misérablement asservis, la tête sous le joug, non qu'ils y soient contraints par une force majeure, mais parce qu'ils sont fascinés et pour ainsi dire ensorcelés
par le seul nom d'un, qu'ils ne devraient pas redouter --- puisqu'il est seul --- ni aimer --- puisqu'il est envers eux tous inhumain et cruel. Telle est pourtant la faiblesse des hommes : contraints à l'obéissance, obligés de temporiser, ils ne peuvent pas être toujours les plus forts.

•
Deux hommes, et même dix, peuvent bien en craindre un ; mais que mille, un million, mille villes ne se défendent pas contre un seul homme, cela n'est pas couardise : elle ne va pas jusque-là, de même que la vaillance n'exige pas qu'un seul homme escalade une forteresse, attaque une armée, conquière un royaume. Quel vice monstrueux est donc celui-ci, qui ne mérite pas même le titre de couardise, qui ne trouve pas de nom assez laid, que la nature désavoue et que la langue refuse de nommer ?

•
C'est le peuple qui s'asservit et qui se coupe la gorge ; qui, pouvant choisir d'être soumis ou d'être libre, repousse la liberté et prend le joug; qui consent à son mal, ou plutôt qui le recherche... S'il lui coûtait quelque chose pour recouvrer sa liberté, je ne l'en presserais pas ; même si ce qu'il doit avoir le plus à coeur est de rentrer dans ses droits naturels et, pour ainsi dire, de bête redevenir homme. Mais je n'attends même pas de lui une si grande hardiesse ; j'admets qu'il aime mieux je ne sais quelle assurance de vivre misérablement qu'un espoir douteux de vivre comme il l'entend. Mais quoi ! Si pour avoir la liberté il suffit de la désirer, s'il n'est besoin que d'un simple vouloir, se trouvera-t-il une nation au monde qui croie la payer trop cher en l'acquérant par un simple souhait ?

•
Soyez résolus à ne plus servir, et vous voilà libres. Je ne vous demande pas de le pousser, de l'ébranler, mais seulement de ne plus le soutenir, et vous le verrez, tel un grand colosse dont on a brisé la base, fondre sous son poids et se rompre.

•
C'est vraiment lamentable de découvrir tout ce que faisaient les tyrans du temps passé pour fonder leur tyrannie, de voir de quels petits
moyens ils se servaient, trouvant toujours la populace si bien disposée à leur égard qu'ils n'avaient qu'à tendre un filet pour la prendre ; ils n'ont jamais eu plus de facilité à la tromper et ne l'ont jamais mieux asservie que lorsqu'ils s'en moquaient le plus.

•
J'en arrive maintenant à un point qui est, selon moi, le ressort et le secret de la domination, le soutien et le fondement de toute tyrannie. Celui qui penserait que les hallebardes, les gardes et le guet garantissent les tyrans, se tromperait fort. Ils s'en servent, je crois, par forme et pour épouvantail, plus qu'ils ne s'y fient. Les archers barrent l'entrée des palais aux malhabiles qui n'ont aucun moyen de nuire,
non aux audacieux bien armés. On voit aisément que, parmi les empereurs romains, moins nombreux sont ceux qui échappèrent au danger grâce au secours de leurs archers qu'il n'y en eut de tués par ces archers mêmes. Ce ne sont pas les bandes de gens à cheval, les compagnies de fantassins, ce ne sont pas les armes qui défendent un tyran, mais toujours (on aura peine à le croire d'abord, quoique ce soit l'exacte vérité) quatre ou cinq hommes qui le soutiennent et qui lui soumettent tout le pays. Il en a toujours été ainsi : cinq ou six ont eu l'oreille du tyran et s'en sont approchés d'eux-mêmes, ou bien ils ont été appelés par lui pour être les complices de ses cruautés, les compagnons
de ses plaisirs, les maquereaux de ses voluptés et les bénéficiaires de ses rapines. Ces six dressent si bien leur chef qu'il en devient méchant
envers la société, non seulement de sa propre méchanceté mais encore des leurs. Ces six en ont sous eux six cents, qu'ils corrompent autant qu'ils ont corrompu le tyran. Ces six cents en tiennent sous leur dépendance six mille, qu'ils élèvent en dignité.

•
Grande est la série de ceux qui les suivent. Et qui voudra en dévider le fil verra que, non pas six mille, mais cent mille et des millions tiennent au tyran par cette chaîne ininterrompue qui les soude et les attache à lui, comme Homère le fait dire à Jupiter qui se targue, en tirant une telle chaîne, d'amener à lui tous les dieux. De là venait l'accroissement du pouvoir du Sénat sous Jules César, l'établissement
de nouvelles fonctions, l'institution de nouveaux offices, non certes pour réorganiser la justice, mais pour donner de nouveaux soutiens à
la tyrannie. En somme, par les gains et les faveurs qu'on reçoit des tyrans, on en arrive à ce point qu'ils se trouvent presque aussi nombreux, ceux auxquels la tyrannie profite, que ceux auxquels la liberté plairait.

•
Au dire des médecins, bien que rien ne paraisse changé dans-notre corps, dès que quelque tumeur se manifeste en un seul endroit, toutes les humeurs se portent vers cette partie véreuse. De même, dès qu'un roi s'est déclaré tyran, tout le mauvais, toute la lie du royaume, je ne dis pas un tas de petits friponneaux et de faquins qui ne peuvent faire ni mal ni bien dans un pays, mais ceux qui sont possédés d'une ambition ardente et d'une avidité notable se groupent autour de lui et le soutiennent pour avoir part au butin et pour être, sous le grand tyran, autant de petits tyranneaux.

•
C'est ainsi que le tyran asservit les sujets les uns par les autres.

•
Est-ce là vivre heureux ? Est-ce même vivre ? Est-il rien au monde de plus insupportable que cet état, je ne dis pas pour tout homme de coeur, mais encore pour celui qui n'a que le simple bon sens, ou même figure d'homme ? Quelle condition est plus misérable que celle de vivre ainsi, n'ayant rien à soi et tenant d'un autre son aise, sa liberté, son corps et sa vie ?

•
Certainement le tyran n'aime jamais, et n'est jamais aimé. L'amitié est un nom sacré, une chose sainte. Elle n'existe qu'entre gens de bien. Elle naît d'une mutuelle estime et s'entretient moins par les bienfaits que par l'honnêteté. Ce qui rend un ami sûr de l'autre, c'est la connaissance de son intégrité. Il en a pour garants son bon naturel, sa fidélité, sa constance. Il ne peut y avoir d'amitié là où se trouvent la cruauté, la déloyauté, l'injustice. Entre méchants, lorsqu'ils s'assemblent, c'est un complot et non une société. Ils ne s'aiment pas mais se craignent. Ils ne sont pas amis, mais complices.

(...)

Aquí está el texto completo en francés, y en español, por si alguien cree que vale la pena leerlo.

Al contrario que La Boétie, no creo que haya ninguna pena especial en el infierno para los tiranos. De hecho, muchas veces no pagan ni la pena de Historia, sino que pasan a la misma como Grandes Hombres—y lo son, allí donde el tamaño importa.

Mi fotoblog

Mi fotoblog
se puede ver haciendo clic en la foto ésta de Termineitor. Y hay más enlaces a cosas mías al pie de esta página.