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viernes, 8 de diciembre de 2023

El universo y el universo de la mente

Según Unamuno—un excurso de En torno al casticismo:

A uno que duerme en el silencio le despierta un ruido, y al que se duerme con éste, le despierta su cesación. El hombre de lo que se da cuenta es del contraste de una ruptura de la continuidad en espacio o tiempo. Es mérito de la psicología inglesa el haber puesto en claro el principio luminoso de que el acto más elemental de percepción, de discernimiento, como ellos dicen gráficamente, es la percepción de una diferencia, y que conocer una cosa es distinguirla de las demás, conociéndola mejor cuanto de más y mejor se la distingue. 

Pero tal distinción no podría darse sin una analogía profunda sobre que reposara; la diferencia sólo se reconoce sobre un fondo de semejanza.  En la sucesión de impresiones discretas hay un fondo de continuidad, un nimbo que envuelve a lo precedente con lo subsiguiente; la vida de la mente es como un mar eterno sobre que ruedan y se suceden las olas, un eterno crepúsculo que envuelve días y noches, en que se funden las puestas y las auroras de las ideas. Hay un verdadero tejido conjuntivo intelectual, un fondo intra-conciente. en fin (10).

(10) Le llamo así, y no inconciente o sub-conciente, por parecerme estos términos inexactos. Lo que se suele llamar inconciente es, de ordinario, el contenido de lo conciente, sus entrañas, está más bien dentro que debajo de él.

[Se observará que Unamuno escribe "conciente", "inconciente", "conciencia", en lugar de "consciente", "inconsciente", "consciencia"]



Los islotes que aparecen en la conciencia y se separan o aproximan más, uniéndose a las veces, a medida que el nivel de ella baja o sube, se enlazan allá, en el fondo del mar mental, en un suelo continuo.  Son voces que surgen del rumor del coro, son las melodías de una sinfonía eterna. Figuraos astros rodeados de una extensa atmósfera etérea cada uno, que se acercan en sus movimientos orbitales y, fundiéndose sus atmósferas, forman una sola que los envuelve y mantiene unidos y concertados, siendo la razón de su atracción mutua. Esta doctrina, que conocen cuantos la han leído, aplicada hermosamente por el P. Secchi a la física toda, es la que mejor aclara metafóricamente la constitución de la mente humana. Cada impresión, cada idea, lleva su nimbo, su atmósfera etérea: la impresión, de todo lo que rodeaba; la idea de las representaciones concretas de que brotó. Aquellas figurillas de triángulos, etéreas y ondulantes, que flotan en nuestra mente al pensar en el triángulo (figurillas de que hablaba Balmes), no son sino parte del nimbo, de la atmósfera de la idea, parte del mar de lo intraconciente, raíces del concepto.

 


En nuestro mundo mental flotan grandes nebulosas, sistemas planetarios de ideas entre ellas, con sus soles y sus plantas y satélites y aerolitos y cometas erráticos también; hay en él mundos en formación, y en disolución otros, todo ello en un inmenso mar etéreo, de donde brotan los mundos y adonde al cabo vuelven. El conjunto de todos estos mundos, el universo mental, forma la conciencia, de cuyas entrañas arranca el rumor de la continuidad; el hondo sentimiento de nuestra personalidad. En lo hondo, el reino del silencio vivo, la entraña de la conciencia; en lo alto, la resultante en formación, el yo conciente, la idea que tenemos de nosotros mismos.

En este universo hay diferentes sistemas planetarios, y cada planeta, cada idea, es un mundo a su vez, con su organismo. Cogiéndola, podemos analizarlas, separar y distinguir sus componentes, es decir, conocerlos, reconstituirlos, y así, por una síntesis de un análisis, llegar a conocer reflexiva y científicamente la idea  en su contenido y entraña. Síntesis de un análisis, esto es la ciencia; su fin, llegar a lo intra-conciente de la continuidad de todo. De las ideas reflejadas y rellenas se eleva la mente a ideas de esas ideas por abstracción. 

Paciencia, lector, y tolera aún más indicaciones sobre la abstracción, que más tarde verás adónde van enderezadas. porque en esto de la abstracción suele no verse poco más que el abstraer, la separación, la repulsión ideal, sin fijarse en que brotan de una verdadera fusión. Se suele presentar la abstracción como algo previo a la generalización, cuando es efecto suyo. Recuérdese cómo se hacen fotografías compuestas, para lo cual se toman varios individuos de una familia, por ejemplo, y si son seis, se proyecta a cada uno sobre la placa, con la misma enfocación y postura en todos ellos, la sexta parte del tiempo necesario para obtener una prueba clara y distinta. De este modo se sobreponen las imágenes, los rasgos análogos, los de familia, se corroboran, y los individuales o diferenciales forman en torno de aquéllos un nimbo, una vaga penumbra. Cuanto mayor el número de individuos o el de analogías entre ellos más acusada resultará la imagen compuesta, y el nimbo, más vago; y, por el contrario, cuanto menos los individuos o sus analogías menores, más flotante y vaga la imagen en un nimbo que prepondera. Al tomar luego esas imágenes compuestas para compararlas y combinarlas unas con otras y sobreponerlas a su vez, lo concreto de ellas se define y se desvanece mucho del nimbo. Todo compuesto, al entrar como componente de una unidad suprema a él, acusa su individualidad.

Sobre estas sugestiones metafóricas medite el lector, poniéndose en camino de ver cómo se producen la abstracción y la generalización, no por vía de remoción y exclusión tan sólo, sino fundiendo lo semejante en el nimbo de lo desemejante. Nimbo o atmósfera ideal, que es lo que da carne y vida a los conceptos, lo que les mantiene en conexión: lo que les enriquece poco a poco, irrumpiendo en ellos desde sus entrañas.

Y no debe perderse de vista esto del nimbo, clave de la inquisición que hemos de hacer en la mente castiza castellana, porque es la base de la distinción entre el hecho en bruto y el hecho en vivo, entre su continente y su contenido.

¡Cosa honda y difícil esa de conocer el hecho vivo! Cosa la única importante de la ciencia humana, que se reduce a conocer hechos en su contenido total. Porque toda cosa conocible es un hecho (factum), algo que se ha hecho. El Universo todo es un tejido de hechos en el mar de lo indistinto e indeterminado, mar etéreo y eterno e infinito, un mar que se refleja en el cielo inmenso de nuestra mente, cuyo fondo es la ignorancia. Un mar sin orillas, pero con su abismo insondable, las entrañas desconocidas de lo conocido, abismo cuyo reflejo se pierde en el abismo de la mente.

¡Cosa honda y difícil de conocer el hecho! Conocer el hecho, distinguirle de otros y distinguirlo con vida, rehaciéndolo en nuestra mente. (11)

(11). Cada hecho es tal cual es y no otro como resultado de un proceso, de un hacerse, de una diferenciación; así es que conocerlo con conocimiento vivo es rehacerlo en nuestra mente, reproduciendo su proceso. La representación viva es un hecho rehecho.


 (Marzo de 1895)

 

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martes, 12 de junio de 2018

Retropost (12 de junio de 2008): Language, Toolmaking, Reflexivity


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A post in Babel's Dawn discusses the possible association between the development of language and toolmaking ability. A close connection if you think (as Edmund Blair Bolles does), that there is no separate "black box" in the brain for language —no hard-wired "language sense" as argued by Chomsky—and you believe instead that language rests on and interacts with other multi-purpose mental abilities and neural systems. Bolles reads a paper by Dietrich Stout et al. (abstract here) as evidence for his contention that shared attention to a "third" neutral or objective topic (the tool, here), which is necessary for language and for toolmaking, is a central and early development in human evolution. My commentary:

There's another issue associated with tools and toolmaking (especially when tools are involved in toolmaking). There is a rearrangement of attention and of the sense of body limits, so that the body of the tool wielder includes the tool so to speak. This would seem to be if not exclusive to human beings then at least greatly developed in them, and one would think it involves a reflexive sense of one's bodily alterations, and the enhancement of corresponding neural paths (possibly a circuit which enables a complex feedback of information between intentions, process schemata and sense data). Even if the neural paths for tools and those for language are not the same, and don't let's forget that signs are (to some extent) tools, one may suppose that the neurological flexibility required to develop those neural paths might have an indirect effect on the development of the feedback and reprojection paths needed for language processing and advanced conceptualization.

The Stout paper itself seems to argue a rather close relationship between the neural paths required for language and for toolmaking, based on experimental measurements of neural activation: "This includes an increased activation of ventral premotor and inferior parietal elements of the parietofrontal praxis circuits in both the hemispheres and of the right hemisphere homologue of Broca's area. The observed patterns of activation and of overlap with language circuits suggest that toolmaking and language share a basis in more general human capacities for complex, goal-directed action. The results are consistent with coevolutionary hypotheses linking the emergence of language, toolmaking, population-level functional lateralization and association cortex expansion in human evolution."

And they are consistent, too, I should point out, with our previous neurological speculations on the reflexive processes involved in conceptualization and language—what I termed the re-projection of expected shapes, of conceptualized data patterns and of schemata—ideas that the mind derives from the world, processes, and re-projects in order to shape reality to plans and expectations—making it fit more closely to a communicable or repeatable structure. Or, to put it otherwise, the conceptual re-projection of patterns, schemata and ideas is necessary in order to semiotize reality, to turn objects into signs of themselves—or of what they might become. One makes tools with that.



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lunes, 12 de octubre de 2015

Steps Unknown to Nature

El comentario de texto como objet trouvé. Comentaremos el sentido existencial y fenomenológico del platonismo que puede apreciarse en este soneto de William Drummond, desde el punto de vista de la antropología fenomenológica.


William Drummond of Hawthornden




From Urania, or Spiritual Poems

Sonnet 1

Triumphing chariots, statues, crowns of bays,
Sky-threat’ning arches, the rewards of worth,
Works heavenly wise in sweet harmonious lays,
Which sprites divine unto the world set forth;
States, which ambitious minds with blood do raise,
From frozen Tanaïs to sun-gilded Gange,
Gigantic frames, held wonders rarely strange,
Like spiders’ webs, are made the sport of days.
All only constant is in constant change;
What done is, is undone, and when undone,
Into some other fashion doth it range:
Thus goes the floating world beneath the moon:
    Wherefore, my mind, above time, motion, place,
    Thee raise, and steps unknown to nature trace.
 


 —y lo haremos utilizando meramente las palabras de Max Scheler en El puesto del hombre en el cosmos. Puesto que es de ese puesto de lo que está hablando Drummond—de la naturaleza y sentido último de los empeños humanos, entendidos como un conocerse a sí mismos. Esta es la sección en que Max Scheler define más específicamente la peculiaridad de la cognición humana como ideación. Y empieza comentando la rebelión del espíritu contra el saberse una cosa entre las cosas, una cosa sometida a la impermanencia y a la muerte que angustian y hastían al poeta Drummond.
Pluto 14 07 2015

La reducción fenomenológica como técnica para anular la resistencia. (Realidad, Resistencia, Conciencia).

Para penetrar desde aquí más profundamente en la esencia del hombre, debemos representarnos la trama de los actos que conducen al acto de la ideación. Consciente o inconscientemente, el hombre pone en práctica una técnica que puede llamarse anulación ficticia del carácter de realidad. El animal vive totalmente en lo concreto y en la realidad. Mas toda realidad implica o un lugar en el espacio, o un lugar en el tiempo, un ahora, un aquí, y, en segundo término, un modo de ser accidental, como el que suministra la percepción sensible de cada "aspecto." Pues bien, ser hombre significa lanzar un enérgico "no" al rostro de esa clase de realidad. Ya Buda lo sabía, cuando decía que es magnífico contemplar todas las cosas, pero terrible ser una. Ya Platón lo sabía, cuando explicaba la contemplación de las ideas como un acto por el cual el alma se desvía de la faz sensible de las cosas y se encierra en sí misma para encontrar los "orígenes" de las cosas. Ni tampoco E. Husserl piensa otra cosa, cuando funda el conocimiento de las ideas en una reducción fenomenológica, esto es, en la operación de "borrar" o de "poner entre paréntesis" el coeficiente existencial (contingente) de las cosas, para alcanzar su essentia. No puedo asentir en detalle a la teoría de esta reducción dada por Husserl, pero sí debo conceder que en ella está significado el acto que define más propiamente al espíritu humano.

Para saber cómo tiene lugar este acto de reducción, es necesario saber en qué consiste propiamente nuestra vivencia de la realidad. No puede señalarse sensación alguna (azul, duro, etc.) que corresponda especialmente a la impresión de la realidad. Ni la percepción, ni el recuerdo, ni el pensamiento, ni ningún otro acto perceptivo posible puede procurarnos esta impresión, pues lo que nos dan es exclusivamente la manera de ser las cosas, jamás su existencia. La existencia nos es dada por la vivencia de la resistencia que ofrecen las esferas del mundo ya descubiertas. Ahora bien: resistencia solamente la hay para nuestros impulsos, para nuestra vida impulsiva, para nuestro impulso vital central. La vivencia primaria de la realidad, como vivencia de "la resistencia que ofrece el mundo", precede a toda conciencia, a toda representación, a toda percepción. La percepción sensible más penetrante no viene nunca condicionada por sólo el estímulo y el proceso normal del sistema nervioso. Ha de existir a la vez un movimiento impulsivo, ya sea de apetencia o de repugnancia, aun cuando se trate de la más simple sensación. Por tanto, si una sacudida de nuestro impulso vital es condición ineludible de toda posible percepción, las resistencias ejercidas contra aquel impulso vital por los centros y los campos de fuerzas residentes en el fondo de las imágenes de los cuerpos que integran el medio—las "imágenes sensibles" mismas carecen de toda acción causal—pueden ser vividas ya en un punto del proceso temporal de una percepción, en el cual no se haya llegado todavía a la percepción consciente de una imagen. La vivencia de la realidad no es, pues, posterior, sino anterior a toda "representación" del mundo. ¿Qué significa, pues, aquel enérgico "no" de que antes hablábamos? ¿Qué significa desrealizar el mundo o "idear" el mundo? No significa, como cree Husserl, reservar el juicio existencial; significa más bien abolir, aniquilar fictivamente el momento de la realidad misma, toda esa impresión indivisa, poderosa, de realidad, con su correlato afectivo; significa eliminar esa angustia de lo terreno que como dice Schiller profundamente, sólo "desaparece en aquellas regiones donde habitan las formas puras". Este acto de desrealización, acto ascético en el fondo, sólo puede consistir —si existencia es "resistencia"—en la anulación, en la examinación de ese impulso vital, para el cual el mundo se presenta como "resistencia", y que es a la vez la condición de toda percepción sensible del ahora, del aquí y del modo contingentes. Pero ese acto sólo puede ser realizado por aquel ser que llamamos "espíritu". Sólo el espíritu, en su forma de "voluntad pura", puede operar la inactualización de ese centro de impulso afectivo, que hemos conocido como el acceso a la realidad de lo real.


El hombre como asceta de la vida

El hombre es, según esto, el ser vivo que puede adoptar una conducta ascética frente a la vida—vida que le estremece con violencia—. El hombre puede reprimir y someter los propios impulsos; puede rehusarles el pábulo de las imágenes perceptivas y de las representaciones. Comparado con el animal, que dice siempre "sí" a la realidad, incluso cuando la teme y rehuye, el hombre es el ser que sabe decir no, el asceta da la vida, el eterno protestante contra toda mera realidad. En comparación también con el animal (cuya existencia es la encarnación del filisteísmo), es el eterno "Fausto", la bestia cupidissima rerum novarum, nunca satisfecha con la realidad circundante, siempre ávida de romper los límites de su ser ahora, aquí y de este modo, de su "medio" y de su propia realidad actual. En este sentido ve también S. Freud en el hombre el "represor de sus impuslso"—en su obra Allende el principio del placer—. Y sólo porque es esto, puede el hombre edificar sobre el mundo de su percepción, un reino ideal del pensamiento; y por otra parte, puede canalizar la energía—latente en los impulsos reprimidos—hacia el espíritu que habita en él. Esto es: el hombre puede sublimar la energía de sus impulsos en actividades espirituales.




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