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lunes, 23 de abril de 2018

Retropost #2121 (23 de abril de 2008): Internet en 1908


Hay quien ha hablado del telégrafo como "la Internet victoriana", y es cierto que las redes de comunicaciones se van enlazando unas con otras y sus protocolos no sólo innovan radicalmente a veces sino que también se asientan constantemente en cosas que ya pasaron antes. Y a veces ya se ve de lejos en qué van a parar las innovaciones, porque sólo en parte son nuevas. La interfaz humana sobre la que se aplican no cambia tanto como la tecnología.

Hace cien años que E. M. Forster, victoriano a su pesar, concibió algo bastante parecido a Internet en su relato "The Machine Stops", escrito en 1908 y publicado en 1909. Es una distopía que prefigura bastantes aspectos de Un mundo feliz de Huxley o de 1984 de Orwell, y que es extraño no sea más apreciada o conocida dado el éxito que han tenido estas otras visiones del futuro. Entre sus puntos de interés está la manera en que la sociedad "ideal" / horripilante del futuro está totalmente mediatizada por la Máquina. Las personas viven en ciudades subterráneas, en celdas hexagonales conectadas por pasillos vacíos, donde medios de transporte automáticos, poco utilizados, llevan hasta los aeropuertos. Son las aeronaves al parecer los únicos espacios públicos—y se viaja lo menos posible en ellas, no gustan. La vida está cada vez más mediatizada por la Máquina, que se encarga de proveer todas las necesidades de los individuos con un sistema de domótica perfeccionado: aire acondicionado, música, comida, etc., todo lo provee la Máquina. Vashti, una de los protagonistas, encarnación del ciudadano perfecto, siente típicamente un "horror a la experiencia directa"—y le desagrada sobremanera tener que tomar la aeronave para ir a visitar a su hijo Kuno en la otra punta del mundo, aunque ya hace mucho aviniéndose a viajar a pesar de esa repugnancia. Las visitas, como todo tipo de reuniones cara a cara con otras personas, los paseos, los viajes, etc., son un resto del pasado que está desapareciendo rápidamente de las costumbres.

Pero a pesar de este aislamiento físico de las personas, sin espacios públicos físicos ni reuniones ni visitas, se nos dice que "en algunas direcciones la vida social se había desarrollado enormemente". Se trata de las videoconferencias y el chat a través de la máquina. Vasti al parecer conoce a miles de personas, pero sólo virtualmente, a través de la pantalla. De hecho es profesora—no sabemos si aficionada o profesional o si esa distinción ha desaparecido en el mundo de la máquina. Y quien desea se conecta a sus lecciones a través de la Máquina. Forster anticipa así en cierto sentido las redes sociales. Aunque la tecnología de su máquina por supuesto no queda explicada, y parece un tanto Julio Verne, sí que anticipa un rasgo importante de la Red, que es la personalización y descentralización de sus funciones comunicativas. Así por ejemplo, si hay televisión personalizada tipo YouTube (aunque quizá sólo en directo) no hay en cambio e-mail, y los mensajes escritos los envía la máquina a través de un sistema de correo neumático.

La descentralización de la Máquina también se manifiesta en el anonimato del poder y en la mediatización de todos los aspectos de la vida social por este tipo de distribución de la comunicación y el trabajo. La Máquina se confunde con la estructura social, de hecho los ciudadanos han pasado a ser meras piezas de la Máquina y han de ser dóciles y uniformes para que ésta cumpla su función de regulación y distribución de la manera más eficaz posible. Los rebeldes tipo Neo, uf, digo, tipo Kuno, son perseguidos por vigilantes automáticos, y la máquina mantiene a los rebeldes fuera y repara los agujeros del sistema. Como en el caso de Matrix, hay aquí imágenes de un retorno uterino de pesadilla: Kuno describe su huída al exterior de la máquina con imágenes que evocan el nacimiento y la liberación de cordones umbilicales; y no es casual que la encarnación humana de la Máquina y su más fiel sirviente sea Vasthi, que si no es madre asfixiante en persona es únicamente porque ha delegado ese papel a la Máquina—ahora no hay vida familiar, o más bien sólo hay una relación familiar y obsesiva con un útero-cárcel, la Máquina. Podemos ver aquí una expresión de los deseos de liberación emocional y sexual de E. M. Forster, homosexual reprimido, que convivió largamente con su madre, sin figura paterna cercana y obligado a llevar una vida de respetabilidad victoriana puramente maquinal. En muchas de sus novelas se expresa esa búsqueda de espontaneidad y liberación, huída del sistema victoriano de clases y roles, que aquí aparece encarnado en pesadilla mecánica y desplazado a la Máquina. Aunque cuando Kuno se libera liga con una chica—la publicación de Maurice aún estaba muy lejos en 1908... Kuno es capturado de nuevo por la máquina, pero sueña con un futuro en el que otras personas, en otra generación, puedan vivir fuera de esta Máquina heteroasexual en la que está pillado.

Otro aspecto de la Máquina que es relevante es el control de las comunicaciones. Al estar toda comunicación mediatizada por la Máquina, toda comunicación es controlable, y se controla por el bien del sistema. También, al parecer, de una manera rutinaria y automatizada, como parte del mantenimiento del sistema, sin que haya una desagradable figura autoritaria que tome decisiones al respecto. La Máquina es anónima—no hay un Big Brother que dirija el sistema, aunque naturalmente tampoco lo hay en la novela de Orwell. Así, pues, sí, hay también un Echelon en 1908, pero las funciones de policía son en todo caso marginales: la maquinización del mundo se impone no por la fuerza de la violencia sino por la fuerza de los hechos, por el comportamiento espontáneo de las personas en sus circunstancias, como conclusión lógica de la organización social creciente y de la disponibilidad de la tecnología. Aquí es el Sistema mismo el que es la Máquina, por eso nadie en concreto la ha creado, y rueda sola, con su Aparato Autorreparador que la va parcheando y adaptando. Mal que bien, porque al final se derrumbará tras diversos amagos, de la noche a la mañana. Al ser una Máquina (piezas y funciones interconectadas) el derrumbe cuando llega es súbito y total. En este sentido la Máquina (al ser global) es también una encarnación de pesadilla de la totalización globalizadora, que ha sometido el mundo entero a su sistema de circulación y sólo ha dejado fuera a unos pocos rebeldes y marginales. Y esta globalización, aunque haya sabios y mentes pensantes, no la ha diseñado nadie ni la gobierna nadie en concreto, pues es la Máquina la que ha ido imponiendo su propia lógica sobre los comportamientos, voluntades y decisiones. Es la pura eficacia de la organización social humana la que lleva inexorablemente al desarrollo de la Máquina y a subordinar a ella nuestra manera de pensar, de sentir y de hacer—lo que podríamos llamar la cyborganización de la vida social.

En muchos sentidos es la de Forster una profecía cumplida—y no es tanto el mérito (aunque no se lo quiera yo quitar) en cuanto que en muchos sentidos no es ni siquiera una profecía, sino una trasposición metafórica de la vida moderna, de la experiencia urbana, cargando un poco las tintas en la dirección de la alienación y el aislamiento y la taylorización.

Hace poco aparecía en Les Bienveillantes de Jonathan Littell una imagen comparable, una memorable alegoría de la sociedad moderna, nazi o no, en su culminación lógica, una sociedad-máquina también, o una gigantesca cárcel de Piranesi, tal y como se manifiesta en los sueños obsesivos del narrador de la novela tras su visita a los campos de exterminación:


Una secuencia en concreto se repetía y se amplificaba noche tras noche, un sueño oscuro y difícil de describir, sin ningún sentido narrativo pero que se desplegaba siguiendo una lógica espacial. En este sueño recorría yo, pero como desde el aire, a diferentes alturas, y más bien como una pura mirada o incluso una cámara, más que como un ser vivo, una ciudad inmensa, sin límite visible, con una topografía monótona y repetitiva, dividida en sectores geométricos y animada por una intensa circulación. Millares de seres iban y venían, entraban y salían de edificios idénticos, ascendían largas avenidas rectilíneas, bajaban al subsuelo por bocas de metro para salir por otro sitio, incesantemente y sin finalidad aparente. Si bajaba yo, o más bien si bajaba esa mirada en la que me había convertido, a las avenidas para examinarlos al detalle de cerca, comprobaba que estos hombres y mujeres no se distinguían unos de otros por ningún rasgo particular, todos tenían la piel blanca, el cabello claro, los ojos azules, pálidos, perdidos, los ojos de Höss, los ojos de mi antiguo ordenanza Hanika, también, en el momento de su muerte en Jarkov, ojos color de cielo. Había raíles surcando la ciudad, avanzaban trenecitos y hacían paradas fijas para vomitar una oleada de pasajeros enseguida reemplazados, hasta donde llegaba la vista. En las noches siguientes penetré en algunos de los edificios: filas de gentes caminaban entre largas mesas comunes y letrinas, comiendo y defecando en fila de plantación; en camas superpuestas, otros fornicaban, luego nacían niños, jugaban entre las armazones, y cuando habían crecido bastante, salían para ocupar su lugar en la marea humana de esta ciudad de la perfecta felicidad. Poco a poco, a fuerza de contemplarlo desde diferentes puntos de vista, se desprendía de este hervidero aparentemente arbitrario una tendencia: imperceptiblemente, un cierto número de personas terminaban siempre por ir al mismo lado, y entraban por fin en inmuebles sin ventanas donde se acostaban para morir sin decir una palabra. Venían especialistas y cogían de ellos lo que pudiese contribuir todavía a alimentar la economía de la ciudad; luego quemaban sus cuerpos en hornos que servían simultáneamente para calentar el agua que se distribuía por los distintos sectores por canalizaciones; se apilaban los huesos; el humo que salía de las chimeneas se unía, como afluentes, al humo de las chimeneas vecinas, para formar un largo río tranquilo y solemne. Y cuando el punto de vista del sueño retomaba altura, podía yo distinguir un equilibrio en todo esto: la cantidad de nacimientos, en los dormitorios, igualaba el número de fallecimientos, y la sociedad se autorreproducía en un equilibrio perfecto, siempre en movimiento, no produciendo ningún excedente y no sufriendo ninguna disminución. Al despertarme, me parecía evidente que estos sueños serenos, desprovistos de toda angustia, representaban el campo de concentración, pero un campo perfecto, que había alcanzado un punto de stasis imposible, sin violencia, autorregulado, funcionando perfectamente e igual de perfectamente inútil, puesto que a pesar de todo ese movimiento no producía nada. Pero reflexionando sobre esto más adelante, como intentaba hacerlo mientras me tomaba mi sucedáneo en la sala de la Haus der Waffen-SS, ¿no era acaso una representación de la vida social en su conjunto? Liberada de sus oropeles y de su vana agitación, la vida humana se reducía a poco más que esto: una vez que uno se había reproducido, se había alcanzado la finalidad de la especie, y en cuanto a la finalidad propia de uno, no era más que una añagaza, una estimulación para levantarse por la mañana; pero si se examinaba la cosa objetivamente, como yo pensaba que podía hacerlo, la inutilidad de todos los esfuerzos era patente, al igual que la reproducción misma, puesto que no servía sino para producir nuevas inutilidades. Y así daba yo en pensar si el campo de concentración, con toda la rigidez de su organización, su violencia absurda, su jerarquía meticulosa, no sería acaso más que una metáfora, una reductio ad absurdum de la vida corriente?

Aquí la sociedad también es una gigantesca cadena de montaje, una gran máquina donde los ciudadanos son a la vez las piezas y los productos. Es una culminación lógica (lógica de pesadilla) de los procesos de organización social y eficiencia. Internet no está aparente, es cierto. Pero es que internet, las máquinas, como los sujetos, no es sino un fenómeno parcial, un elemento de los procesos de organización. Es la organización en sí la que es la red, o la máquina.





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jueves, 13 de agosto de 2015

Retropost #126: 19 de febrero de 2005 (Reseña de 'El Hundimiento')

19 de febrero

    El hundimiento (dirigida por Olivier Hirschbiegel). Siempre me han atraído los hundimientos, el colapso de las situaciones, cuando las sociedades grandes o pequeñas dejan de funcionar, sobre todo los detalles ceremoniales que se mantienen absurdamente cuando han dejado de tener sentido; las últimas veces en que sucede algo que tuvo su momento antes... Bueno, pues para hundimiento estrepitoso y modélico, el de Hitler, claro. La película cuenta los últimos días del tirano en su bunker, cuando los rusos ya tenían Berlín rodeado y se desmoronaba por momentos la organización del Tercer Reich. La película se presenta como una especie de examen de conciencia de los alemanes, a través de la figura de una mecanógrafa de Hitler, que aparece de jovencita en la película y que al final aparece en persona, hablando de cómo cree que actuó mal, porque aunque no sabía de los horrores que se cometían en nombre del Reich podía haberse enterado si hubiese querido...

La película resultará incómoda en Alemania, donde tantos millones de los alemanes de hoy se han criado en el seno de familias que fueron seguidores de Hitler. Y la cuestión es, claro, en qué medida son todos responsables, de muchas cosas, pero la primera, responsables de eludir responsabilidades... La película, viniendo de Alemania, tiene que ser en parte una autojustificación. No a través de ninguna justificación del proyecto de Hitler, por supuesto, pero sí una autojustificación de cómo funcionaba el cotarro para que la nación entera siguiese a un fantoche sanguinario como aquel con tanto convencimiento. El examen de conciencia de la mecanógrafa octogenaria al final es insuficiente, claro. Porque la cuestión no es lo que ignoraba, que sería mucho, sino lo fría que la dejaba lo mucho que sabía. Los malos hábitos... La peli retrata muy bien todas las diversas actitudes hacia el tirano, que precisamente por ser diversas forman una trama bien enlazada, atando unos a otros desde la gente decente y horrorizada, pasando por quienes prefieren no ver o no pensar para no sufrir, hasta quienes sacan ventaja y quienes son más papistas que el papa. El propio Hitler es un pequeño microcosmos de algunas de esas actitudes (del extremo más malsano de la gama sólo, claro); a veces miente, otras veces delira, o duda, se envalentona, renuncia, amenaza y manipula... Y es lo imprevisible de esa actitud, reforzada con las ejecuciones sumarias a quien parezca flojear (aunque no siempre, porque eso sería previsible) lo que mantiene a todos callados, hablando con medias palabras, y mirándose unos a otros con el rabillo del ojo; curiosamente no son siempre los que más claro le hablan a Hitler a quienes peor les va con él... Cuando el poder desbarra, impone a todos los que a él están sometidos una realidad de pesadilla, porque es una irrealidad: todos saben que viven una mentira, pero están atados por la lógica de los papeles que han venido representando, y no pueden, y a veces tampoco quieren, saltar del barco que se hunde. Por otra parte, puede decirse que cuando mayor sea la distancia entre la realidad percibida extraoficialmente y la oficial, y se pueda mantener por pura autoridad, mayor es el despliegue de poder que se está haciendo, y más encuentra el poder la lógica que le es intrínseca: el manejo de las voluntades ajenas. (Federico Trillo tenía una meditación a este respecto en su libro sobre Shakespeare y el poder quizá basada en la propia experiencia).

Podría darse un casting de caracteres para interpretar ante el poder cuando este desbarra e impone una situación a todas luces ficticia:

- La posición del tirano: bueno, las posiciones, como he dicho, porque el tirano no escapa de sí mismo y aplica al interior de su cabeza la misma lógica que impone en su entorno. El delirio es a veces auténtica pérdida de contacto con la realidad; otras veces es una técnica de manipulación mediante el horror, obligando a todos a ponerse de parte del tirano una y otra vez.

- La posición del perro guardián (Goebbels). Primera línea de defensa contra todo asomo de crítica o duda. Brutalidad, oportunismo, crueldad, doublethink a tutiplén, sentimiento de inferioridad compensado con creces maltratando al personal.

- La posición del tirano aspirante (Goering, Himmler); a bordo hasta el último momento pero bien atentos a salvar los muebles si se puede y a ocupar el puesto del tirano cuando este caiga... Estos no se creen nada, pero están muy interesados en que todos se comporten como si: la diferencia es que, al ser más oportunistas que el tirano, pueden en algunos casos llegar a una entente cordiale con los Aliados. No esta vez, sin embargo.

- La posición deliberadamente descerebrada, con una venda en los ojos para cegarse y una botella a mano por si entra algo de luz (Eva Braun). El peor papel del eterno femenino...

- ... porque la señora de Goebbels no cuenta ahí: eso es una mente inhumana, el instinto tanático llevado a su máxima expresión; aunque hasta ella se tiene que sentar un momento a descansar y después tratar de distraerse con un solitario después de envenenar a sus hijos.

- La posición del general de la Wehrmacht, que separa claramente su lealtad a la patria, su fundamento último, de su lealtad a Hitler, ésta condicional y subordinada a aquélla. Su ceguera consiste en no utilizar su propio criterio para ver hasta qué punto Hitler era el peor enemigo de la patria, al convertirla en lo que la convirtió...

- La posición del observador desapasionado (aqui, Speer). Es capaz de decirle a Hitler cara a cara cosas que a otro le costarían un fusilamiento sumario. Pero no se opone a él.

- La secretaria, que vive en el pequeño mundo del trato diario y de sus limitadas responsabilidades, y que prefiere no entrar a juzgar los horrores que oye, porque tendría que empezar a juzgarse ella misma, y no tiene capacidad de arrancarse a la vida cotidiana.

Y luego están el médico honrado, el telegrafista, los demás militares (no hay dos idénticos), el joven ario de las SS, el niño soldado condecorado, el canalla que se crece en río revuelto porque puede matar impunemente...

Y así , todos atados unos a otros, llevándose unos a otros, cogidos del brazo o empujones, a la Solución Final y al Hundimiento... Si frente al poder callas lo que sabes que deberías decir, ya has dado el primer paso para estar con ellos. Todos lo hemos dado ya. Por eso esta película es una autojustificación.

Who is so gross that cannot see this palpable device?
Yet who so bold but says he sees it not?
Bad is the world, and all will come to naught
When such ill dealing must be seen in thought.
            (Richard III 3.6)
             


Recomiendo ver El hundimiento en sesión doble de cine y video, junto con el Ricardo III de Richard Loncraine e Ian McKellen.





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sábado, 9 de febrero de 2013

Por qué deshumanizamos a los demás


Del hombre se dice mucho que es un ser social; se dice menos que es un depredador de sociedades humanas. A los demás los deshumanizamos selectivamente, según dicta la ideología de nuestro grupo, nación o religión. Comentario que pongo a una reseña que aparece en Tercera Cultura del libro Menos que humanos sobre el estudio científico de la deshumanización (Less than human. Why we demean, enslave, and exterminate others, de David Livingstone Smith; St. Martin’s Griffin, 2012):


Somos hijos de la guerra. La estructura de nuestras sociedades, de nuestra organización para el trabajo, de nuestros ideales e ideologías, se ha visto fuertemente condicionada por la necesidad de imponerse frente a otros grupos sociales. El ser humano es un ser social, por lo que podría parecer que la deshumanización va en contra de su naturaleza; ahora bien, las prácticas de altruismo y cooperación se dirigen únicamente a quienes veamos como miembros del mismo grupo. Y la historia de la humanidad es la historia de la redefinición de esas líneas, pasando de la banda de cazadores-recolectores a la tribu nómada, al asentamiento neolítico, a la ciudad-Estado, al grupo religioso, y a los Estado modernos. Con el ideal de la humanidad multicultural y globalizada apuntando en tiempos recientes. La historia de estos grupos ha sido siempre la de la explotación de otros grupos. El hombre es un gran explotador de recursos naturales; de otras especies, y también de la propia. El trabajo ajeno, y eso lo sabía Marx, es el principal recurso a explotar. Eso se hace o bien exterminando a la tribu vecina, o bien esclavizándola, o bien colonizándola con estrategias diversas, militares y comerciales. La explotación directa de otro grupo social, para su exterminio o subyugación, es uno de los comportamientos que han sido primados por ese proceso de selección natural que llamamos prehistoria, y luego historia: una historia de guerra, de grupos de defensa propia y de ataque eficaz, y de estrategias de alianza para seguridad mutua... y explotación de un tercero. Esa es la esencia de la historia, y de la organización social humana. Por tanto no es de extrañar que la abyección del otro, la deshumanización de la tribu de bárbaros, o de los salvajes, o de los indios, o de los paganos, o de los judíos, etc., haya sido una estrategia fundamental, y que se haya visto primada por los éxitos que da a la hora de potenciar la cohesión del grupo propio y eliminar elementos de empatía que podrían dificultar la explotación eficaz del otro, o su exterminio rápido, llegado el caso. Es una estrategia de comportamiento social que ha sido seleccionada por la selección natural, uno más de sus productos colaterales desagradables.  Al parecer, el libro de David Livingston Smith enfatiza los aspectos exaptativos, la cognición de grupos como categorías. Y algo de eso hay, pero hay que explicar por qué se elige la estrategia de abyección. A mi entender es para potenciar la cohesión y solidaridad de grupo, hacerlo más competitivo, como ya señaló Darwin en El origen del hombre, y también para gestionar ventajosamente (para el grupo) los instintos sociales y empáticos, quiero decir desactivando los mecanismos de empatía.

Ahora bien, hay que puntualizar dos cosas: 

- Que la estrategia de la abyección y la deshumanización es una construcción evolutiva tardía, menos enraizada en la psique humana que los instintos básicos de reconocimiento del otro como humano. Es una "segunda capa" de identidad socialmente transmitida, que por tanto es susceptible de ser modificada, si no en una generación sí con la influencia de otras culturas y circunstancias cambiantes.

- Que tan importantes como las estrategias de abyección del otro son las estrategias mentales y estructuras sociales (tribales, ideológicas, religiosas, etc.) que permiten reorganizar estratégicamente el mapa de las alianzas y de las enemistades, para convertirse llegado el caso en aliados circunstanciales de los enemigos abyectos, frente a un tercer peligro más urgente que amenaza a los dos conjuntamente.

Como en tantas otras cuestiones, aquí la batalla se libra en el campo de las representaciones del otro, y de los esquemas narrativos  que describen la situación en la que nos hallamos (el derecho, la guerra, la ofensa, el peligro, la alianza, la justicia, etc.) y las acciones a emprender, con ellos o contra ellos. Una cosa que puede ayudar a tomar buenas decisiones es la reflexión sobre los motivos y los procesos de estas alianzas y estas abyecciones y deshumanizaciones.


 
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