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martes, 14 de diciembre de 2021

La marcha hacia el Oeste - James Fenimore Cooper

 

Medio capítulo de:

Thoorens, Léon. Historia Universal de la Literatura: Inglaterra y América del Norte. México: Daimon, 1977.

 

La marcha hacia el oeste

El Tratado de Versalles de 1783 doblaba la extensión territorial de la Unión. En poco más de medio siglo, la nueva nación se extendería a través del continente hasta el Pacífico y empujaría al máximo la frontera mexicana. Todos los métodos de adquisición y anexión de territorios fueron utilizados: la pura y simple conquista, la compra más o menos abusiva, la ocupación de hecho, la coacción, la guerra y el exterminio de indígenas autóctonos. Para percatarse del fenómeno, conviene situarlo sobre un mapa, y recordar que el rectángulo bloqueado por los dos grandes océanos mide aproximadamente tres mil kilómetros de largo por [más de] mil de ancho. Visto desde los estados originarios de la costa atlántica, ya organizados, con ciudades, campos y talleres, el Oeste aparecía como una inmensidad abierta y de atrayente vértigo. La expansión se dirige hacia él, organizada a base de cmpañías, oficinas, exploradores y guías, organizadores, creadores, parásitos.

En la Antigüedad, griegos, romanos, francos y mongoles avanzaban bastante al azar; pero en América, aunque los individuos improvisen y cada compañía actúe exclusivamente en interés de los suyos, una lógica de carácter superior le proporciona a este movimiento humano una coherencia y una continuidad asombrosas, y crea también una comunidad en las responsabilidades que casi nadie rehuye. 

El emigrante procede de Inglaterra o de Irlanda, y muy pronto en grandes oleadas, de los demás países europeos, y acto seguido es atrapado por el siniestro engranaje de la fiebre del oro o de la adquisición de una gran fortuna y de la pasión conquistadora. llegan aventureros ávidos de emociones fuertes, de dinero o de poder, y también familias honradas, campesinos o artesanos, eternos oprimidos que huyen de la miseria, la intolerancia y del odio racista. Como el viejo Johnson, jamás han tenido en sus manos un fusil, ni se han enfrentado con el desierto, pero después de haber vagado algún tiempo por el litoral y haber respirado el aire de libertad, de activismo, de la increíble hazaña al alcance de la mano, que estimula energías, en las ciudades´hongo, se sumergen en lo desconocido, alimentando con sus ilusiones personales el sueño de una nación en marcha. Cómplices quizá inconscientes del exterminio del indígena, y de la explotación humana en el Sur, importador de la esclavizada carne de ébano.

Las novelas de las praderas y el cine han tratado, hasta vulgarizarlo y aniquilarlo, este tema heroico; el carromato ambulante, los viajeros vestidos a la europea, las mujeres que adquieren de repente costumbres absurdas; y ante ellos el indio piel roja perfilándose hierático en la cima de una colina; jinetes con extraño vestuario y armados hasta los dientes, levantando una nube de polvo; el fuego de un campamento en medio de un claro del bosque; aullidos de animales desconocidos; el sueño de una tierra prodigiosamente fértil; el desaliento del débil; el recurso al ron, al juego y al mito del oro que se recoge a montones.... Y en el trasfondo de esta América en movimiento, sublime y criminal a la vez, inconsciente y heroica, se afirma y consolida la América sedentaria, la cabeza de puente de la emigración, puritana y hacendosa, superindividualista y comunitaria, compartida entre la Biblia y el libro de ingresos en caja, humilde y horgullosa, feliz y herida en el alma, confiada y desesperada.

En este paisaje humano contradictorio y atormentado deben situarse las necesidades y los gustos definidos anteriormente, a los que responderá, entre 1820 y 1860, la primer oleada de escritores fundadores. Resumiendo en esquema este extraordinario estallido, podemos anotar la primera publicación de los diez mejores escritores, incluyendo al primer historiador de la Unión:

1819    Libro de ensayos, de W. Riving

1823    Los pioneros, de F. Cooper

1827    Poemas, de E. Poe

1834    Historia de los Estados Unidos, de Bancroft

1836    Naturaleza, de Emerson

1840    Baladas, de Longfellow

1846    Typee, de Melville

1849    Una semana en los ríos, de Thoreau

1850    La letra escarlata, de Hawthorne

1851    La cabaña del tío Tom, de Beecher-Stowe

1855    Hojas de hierba, de Whitman

Estas obras no aparecen en pleno desierto, pues la vida intelectual es mucho más animada de lo que podría creerse, en Nueva Inglaterra principalmente. Desde mediados del siglo XVII existen importantes librerías, imprentas, periódicos semanales y compañías de teatro ambulantes; estas últimas, en el Sur exclusivamente, pues el puritanismo nordista juzgaba que "la afición al teatro no significa otra cosa que la pérdida de ese tesoro inestimable que es el alma inmortal."

A mediados del siglo XVII, principalmente bajo la influencia del Spectator de Addison y Steele, la actividad literaria aumenta todavía más y los semanarios llevan a cabo una apertura a la literatura europea. Por ejemplo, La ópera del mendigo aparece publicada por entregas: algunas compañías teatrales representan por doquier repertorio inglés, aunque también llevan a escena, circunstancialmente, a oscuros comediantes neo-ingleses. Pese a que escasean los escritores originales, innumerables publicistas dan a la luz pública artículos, libelos y cartas abiertas sobre todos los temas, en hojas sueltas o en los periódicos, que se multiplican a un ritmo significativo. En 1800 pueden contarse 200 de ellos: 375 en 1810, y 1200 aproximadamente en 1835.

Esta última fecha señala el momento decisivo del período 1820-1860. Los territorios anexionados —los dos tercios de los Estados Unidos actuales— están ya ocupados o al menos virtualmente dominados. América se percata de que empieza a tener ya una historia, y algunos se ufanan de ello, interpretándola a su manera. Este aislacionismo previo carece de fundamentos todavía. Al tropezar con nuevos obstáculos, al plantearse nuevos desafíos geográficos y humanos, el movimiento de expansión se exacerba, hacia 1845, hasta adquirir un cariz neta y lucidamente imperialista. Por otra parte, aparece una filosofía trascendentalista que sucederá a un puritanismo ya trasnochado. Antes de los colosos de las letras —Melville, Thoreau y Twain— destacan algunos aristócratas y románticos que siguen una moda.



James Fenimore Cooper

 

El más típico de los primitivos escritores norteamericanos es James Fenimore Cooper (1789-1851). Sus obras más famosas, Los pioneros (1823), El último mohicano (1826), La pradera (1827) y El cazador de venados (1841) , han pasado, desde hace mucho tiempo, del círculo de lectores adultos al de los jóvenes y de éstos al número de los autores olvidados. Es lamentable: Cooper ha creado temas relevantes y ha realizado notorios precedentes literarios. 

Era hijo de un fundador o adelantado. Su padre había funado una ciudad que fue centro de un nuevo condado, Coopersville, y James era también un muchachote del temple de su héroe favorito, "Polaina de cuero"; había recorrido en su infancia la pradera de los tiempos heroicos y también los mares a bordo de navíos más o menos decentes, después de ser expulsado de la universidad por su conducta turbulenta. Escribió su primera novela simplemente para ganar una apuesta, se asombró de su capacidad de narrador y supo comprender a su país a través de sus propios relatos, reflexionando acerca de ello durante sus viajes por Europa. A su regreso, comprendiendo al fin y plenamente cosas espantosas, se retiró a sus posesiones y llevó una vida de hidalgo granjero, desengañado y rebosante de indignación.

Primer poeta de la América en movimiento, Cooper nada describe que no haya vivido y padecido personalmente: conoció a sus mohicanos, a sus guías y trotamundos de los bosques, y fue el primero en considerarlos héroes mejores que en la realidad, al hacerles intérpretes de la energía, el valor y la lealtad. También fue el primero que intuyó la sobrehumana grandeza de su país, y finalmente el primero en traladar todo ello a un poema en prosa, una epopeya o gesta que casi nada debe a Europa. Pero al cántico del valor, a la audacia y a los valores viriles, se mezclan sordamente la mala conciencia y cierta dosis de humor: mala conciencia de vencedor que ha triunfado, demasiado, y humor de aristócrata humanista en contradicción consigo mismo. Quienes fueron a conquistar un territorio donde poder ser libres y fuertes, impulsados por lo que creían sacros instintos, dieron muerte a los indígenas. Los comerciantes, los explotadores, especuladores y parásitos siguen las huellas que él trazara, para dedicarse al pillaje y asesinar cuando forman nutrido grupo y no corren ningún riesgo.

Por su parte, simpatiza más con el último mohicano, que expira ante él, y que era un hombre fuerte, libre y noble, que con los comerciantes de alcohol y los buscadores de oro. Sin embargo, pertenece al pueblo que extermina al indígena y se siente solidario del comerciante sin escrúpulos. Esta contradicción le tortura, le obliga a revisar sus conceptos del mundo y de la historia que heredara de los pensadores del siglo XVIII.


Comienzan las novelas de la pradera

Sus famosas novelas no constituyen, de hecho, más que una reducida parte de su obra. Escribió también una historia crítica de la marina norteamericana, relatos de sus viajes por Europa y ensayos de crítica moral y política. En vista del fracaso de las revoluciones europeas de 1830, abandonó el mito de la pradera y compuso cuadros históricos sobre la Venecia de los Dux (The Bravo), la Alemania de Lutero (The Heidenmauer) y la Suiza oligárquica (The Headsman); ello le ayudó a precisar la doctrina del "poder de las minorías irresponsables", movidas por intereses que en modo alguno son los de la masa popular y animados por fuerzas desviadas de su legítima finalidad.

En diversos ensayos y relatos, y a través de la evocación de la sociedad americana de las grandes ciudades, disña el retrato del "caballero americano", es decir, del nuevo y falso demócrata dedicado a transformar la democracia ideal en peligrosa aberración, al poner en práctica el principio de "quien posee más amplios intereses en el actual estado de la sociedad, es el más calificado para gobernar el Estado, por la misma naturaleza de las cosas" (1835), lo que se traducirá más tarde por "lo que es bueno para las empresas, es bueno para los stados." Cooper, un hombre del siglo XVIII que murió en el momento histórico en que la expansión hacia el Oeste se convertía en la oleada humana, intuye así, como un profeta, las inmensas fortunas que se amasarían como resultado de dicha expansión y que, desde finales de aquel siglo hasta la actualidad, serían los verdaderos dueños del poder político.

Las novelas de la pradera presentadas de este modo dejan de pertenecer al mundo de las lecturas infantiles. "Polaina de cuero" es el hombre civilizado que ha recuprado las virtudes del "buen salvaje" de Rousseau, asumiendo carácter de prototipo o modelo de un hombre nuevo, aristócrata por sus virtudes, poder y energía y hombre del pueblo por su contacto con los auténticos valores humanos. "Polaina de cuero" simboliza la aurora de la nación, ha dicho un crítico: con el corazón herido y una conciencia intranquila.

Al envejecer Cooper soñaba consigo mismo, en su aislada granja, cantando a su herramienta preferida, el hacha, "emblema de la nación norteamericana", que llevara a cabo "conquistas más positivas y duraderas que la espada de cualquier pueblo guerrero de la Historia", y añadía, esforzándose  en creerlo, que esas conquistas "dejaron en pos la civilización y no la desolación de una ruina". Unas notas publicadas por Robert Stiller (1931) le muestran amargo y decepcionado, singularmente lúcido y clarividente. Con sus excesos de lenguaje que delatan su indignación, su oscuridad y sus contradicciones, nada ofrecen de teórico: narrador nato, solía pensar en imágenes en las que denuncia el régimen de su país en formación como "la peor de las tiranías": la del dinero y la del triunfo financier considerado como bendición divina. Cooper ha lanzado inquietantes profecías, y entre ellas:

"La comunidad continuará viviendo y padeciendo, presa de sus ilusiones: quizá incluso imagine que se acerca a la perfección, y de este modo sólo se encaminará al encuentro de nuevas desilusiones."

En aquellos tímidos comienzos de la marcha hacia las praderas y hacia el lejano Oeste, sorprende hallar nombres de escritores que, aunque sean de tercera o cuarta fila, representan los primeros intentos literarios de una nación que todavía no se ha formado. Casi aún en la época colonial, surge una poetisa negra, nacida en África y conducida como esclava al continente americanao. Filis [Phillis] Wheatley (1754-1784), de quien es difícil creer que a los diecisiete años de edad hubiera aprendido inglés y latín y que escribiera relatos históricos. En un  viaje que emprendió a Inglaterra en 1773, publicó una colección poética, Poemas sobre diversos temas. Otra poetisa y autora dramática, Mercy Warren (1728-1814), de amplios conocimientos intelectuals y calurosamente elogiada por los presidentes norteamericanos John Adams y Tomás Jefferson, publicó en 1805 una Historia de la Revolución americana, que fue uno de los primeros textos que se editaron acerca de esta materia. También son citadas, como casos curiosos de precocidad literaria, las hermanas Lucrecia y Margarita Davidson, inspiradas poetisas, contemporáneas de Fenimore Cooper y Washington Irving. 

Pronto se convirtió Boston en la capital literaria de los Estados Unidos. La fundación de la universidad de Harvard, la primera de Norteamérica y una de sus principales instituciones de enseñanza superior, convirtió aquella zona en el núcleo tradicional de la intelectualidad del país.

 


La literatura norteamericana hasta 1800


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viernes, 31 de enero de 2014

Poeta irremediable: Poe, escritor maldito

—Edgar Allan Poe, según la Historia Universal de la Literatura de Léon Thoorens:


El poeta irremediable

Edgar Allan Poe (1809-1849), el "poeta irremediable", busca una luz fatídica y misteriosa para iluminar sus portentosas experiencias y para profundizar en los abismos del alma humana.

En 1842 publicaba uno de sus poemas, en que figuraba este fragmento:



En el cielo habita un espíritu
las fibras de cuyo corazón forman un laúd.
Nadie canta tan asombrosamente bien
como el ángel Israfel
y las indecisas estrellas —según dicen—
cesan en sus himnos, presas por el encanto
de su voz, enmudecidas....
...Si yo pudiera residir
donde Israfel
reside y se personifica en mí,
quizá no cantase tan singularmente bien
una melodía humana,
y una nota más intensa que ésta
 volara de mi lira hasta el cielo.


En este poema se reconoce en el acto un tono y una vibración espirituales ausentes en toda la versificación americana anterior.

Poe escribió, además, otros poemas, una novela, Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1838), y numerosos cuentos y relatos, reunidos ahora bajo el título de Historias Extraordinarias, que Baudelaire comenzó a traducir a partir de 1848, aunque los críticos americanos seguían y siguen permaneciendo indiferentes a ellas. "Es un mal escritor, que debe su popularidad a un accidente pasajero", dice Yvor Winters, comentario que sólo concierne a Poe como poeta. Sus historias no son más que relatos populares. En cuanto al hombre en sí...  Dos días después de su muerte, el New York Tribune publicaba un artículo bilioso que decía: "pocos le echarán de menos, pues aunque tenía algunos lectores, contaba con pocos o con ningún amigo". En su opinión, la sociedad sólo estaba compuesta de canallas. No soportaba la contradicción. Ignoraba la delicadeza moral. En resumen, era un vulgar ambicioso, un hombre "diferente" y, por lo tanto, peligroso, en doloroso desacuerdo con su país, al que osaba juzgar y condenar. 

 

Baudelaire presentía en Poe a un poeta de vida espiritual intensa en exceso, de una lucidez demasiado grande, para que pudiera acomodarse a "esta inmensa barbarie alumbrada con gas" que era América. En julio de 1856, los hermanos Goncourt descubrían su obra artística y declaraban: "Una literatura nueva, la literatura del siglo XX... Por fin la novela del futuro dedicada a contar más la historia de cuanto ocurre en el cerebro de la humanidad que lo que siente su corazón". Y más tarde, el francés-norteamericano Julien Green escribía unas frases que plantean de modo definitivo el caso trágico de un hombre que se sabía "poeta irremediable" en un país que negaba al poeta el derecho a profetizar.

"Me pregunto por qué su país se ha mostrado tan injusto con él. Los lectores norteamericanos le consideran morboso y a América no le gusta estar representada por tan malsano poeta. Y es rechazado con más ira todavía porque América lleva en su seno ese desequilibrio que el genio de Poe significa como una flor tenebrosa, un grandioso lirio nocturno entre los dedos de la muerte." 
 

 Su vida es una novela trágica y desconcertante. Hijo de actores, huérfano a los tres años y adoptado por una familia burguesa de Richmond, recibe una educación distinguida en colegios ingleses y norteamericanos, y rompe al fin sus relaciones con su familia adoptiva. A los dieciocho años de edad se alista en el ejército, es sargento mayor apenas cumplidos veinte años e ingresa en la Academia de West Point, pero al fin es expulsado de allí. Comienza entonces una dolorosa existencia de vagabundo elegante, periodista, poeta y narrador de cuentos, perpetuamente borracho y quizá también entregado a los estupefacientes. Se casa a los veintisiete años de edad con una muchacha que sólo contaba catorce y, cuando ella muere diez años después, debe defenderse de vagas acusaciones de crueldad. Colabora en diversas publicaciones, alcanza el éxito e incluso la fama, pero se arruina, bebe incesantemente y cae en una manía persecutoria, intenta suicidarse, pierde cada vez más su equilibrio mental, si no el juicio, y muere de "delirium tremens" en el hospital de Baltimore el 9 de octubre de 1849.




Edgar A. Poe, un escritor maldito

Aun con toda su aridez, los citados datos biográficos señalan un destino: un hombre afectado por circunstancias particulares, pero que no logró hallar en la sociedad en que viviía las respuestas, los valores, el contorno que le hubieran permitido reconstruirse tal como él desearea: feliz y equilibrado, dueño de su vida y de su pensamiento. Se percataba de ello y en toda su obra intenta explicarlo: no deleitándose en la descripción de su infierno, sino poniendo de relieve sus esfuerzos para salir de él.

Poe navega contra la corriente literaria de su época. Hace justicia a Cooper y a Irving, aunque no crea en su genio, pero debate contra sus epígonos Cooke, Coob, Southworth, Holmes e Ingraham, simples románticos aficionados, que mezclan lo real, lo novelesco y los convencionalismos. A las "novelas-río" de moda, Poe opone "la literatura de revista", o semanario, cuyo éxito popular, según él, no significa, "como suponen algunos críticos, una decadencia del gusto", sino que es "un genio de nuestro tiempo, de una época en que los hombres sienten necesidad de cosas breves, escuetas y bien digeridas". En este caso no se trata simplemente de una estética de la concisión opuesta a una estética de la incontinencia verbal, sino del papel que debe desempeñar el escritor ante las necesidades del público.

 El mundo norteamericano en erupción, creador y destructor, triturador de cuerpos y almas, hace sentir como nunca lo que la vida acarrea consigo de misterio, de desorden y de abismos aparentemente insondables. Describir y amplificar no sirve para nada e incluso perjudica y mixtifica. En lugar de dejarse arrastrar por las olas, es preciso dominarlas, explicar su poder y su pretendida fantasía. No es tarea fácil y el público se resiste a ello. A partir de aquí, lo fantástico, casi el mundo del ocultismo, los prolegómenos de la ciencia-ficción, permiten al autor expresar libremente —aunque esta libertad procura revestirse prudente y púdica de complejos simbolismos— cosas que de otra manera desencadenarían sobre él la reprobación pública y quizá la cárcel. El lector, por su parte, puede no comprender nada o fingir que no lo entiende, al propio tiempo que se divierte con la fantasía y la habilidad asombrosas del prestidigitador.

Siendo tan compleja la realidad y los medios de tener contacto con ella tan difíciles de dominar, el poeta compone "una crónica de sensaciones más que de hechos", como dice el propio Poe en Berenice, renunciando a analizar despiadadamente las sensaciones. En La esfinge, el héroe divisa un monstruo que desciende por la colina: es un insecto deslizándose sobre un cristal. Rasgo que bien pudiera ser una de las claves principales de la obra de Poe. Se le considera, además, acertadamente, como uno de los patriarcas de la novela policíaca clásica: aquella en que el autor expone un enigma aparentemente insoluble que resolverá más tarde, únicamente mediante la inteligencia y la lógica, y demostrando que, de hecho, el lector disponía, desde la exposición de los datos, de todos los elementos necesarios para para solucionarlo por sí mismo.

Su novela Doble asesinato en la calle Morgue encaja perfectamente en esta idea, si bien sus demás relatos lo confirman: Ligeia, El escarabajo de oro, La caída de la casa Usher, El corazón revelador, El gato negro, William Wilson, El descenso al Maëlstrom, La carta robada, citando a propósito los que el propio Poe señaló como mejores. Nada hay en ellos sobrenatural ni fuerzas ocultas o misteriosas al margen del espíritu y la voluntad del ser humano. El hombre es libre y su destino aparece siempre determinado por la calidad de su raciocinio. El El escarabajo de oro, el protagonista razona adecuadamente y es recompensado por el triunfo y la fortuna; en El gato negro no lo hace así y es castigado con la muerte. Poe intenta demostrar y demostrarse a la vez que el destino es un mecanismo; ahora bien, un mecanismo estropeado puede ser reparado. Con una audacia que no excluye el terror, sino que lo incluye, por sentise débil, vulnerable y desarmado. Poe se enfrenta con lo desconocido, se deja fascinar por ello y lo expresa, en consecuencia.

 


Se podrá argüir que se trata sólo de símbolos, pero éstos son a veces tan densos y abrumadores que el espíritu del poeta irremediablemente escapa al dominio del "racionalista irremediable" y la lógica matemática ya no basta. Entonces todo aparece blanco como en Gordon Pym. El blanco es el color del vértigo, y Poe explica en vano que es una ilusión óptica y el resultado aparente de la fusión de los demás colores cuando se mueven con mucha rapidez. También procura evadirse: en la poesía que con él deja de ser discurso coherente, versificación y juego lírico, para convertirse en ejecutoria de la locura; evasión en el alcohol y finalmente en aquella muerte tan evocada. Poe muere vencido, o quizá debiera decirse, más exactamente, reducido a la impotencia, aunque sin haber cedido: como lo había escrito simbólicamente en Gordon Pym, convertido en libro de lectura para jóvenes a consecuencia—como en caso del Gulliver de Swift—de un malentendido:

La cima de la catarata se perdía por entero en la oscuridad y en el espacio. Sin embargo, era evidente que nos aproximábamos a ella con espantosa velocidad. Podían verse, a intervalos, sobre aquella sabana, enormes grietas abiertas, aunque sólo momentáneas, y a través de estas grietas, tras de las cuales se agitaba un caos de imágenes flotantes e indistintas, se precipitaban poderosas y silenciosas corrientes de aire que surcaban en su vuelo el océano inflamado.

Podría considerarse a Poe como un "caso" literario y patológico, si fuera el único en navegar en esta misteriosa embarcación arrastrada por una misteriosa corriente hacia la inmensa figura blanca que no sabemos si representa a Dios o a algún abominable cero matemático. Pero Poe tenía otros compañeros: prácticamente, todos los grandes escritores de su época.



 
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lunes, 30 de diciembre de 2013

Hemingway, el gigante herido

—de la Historia Universal de la Literatura de Léon Thoorens.



Ernest Hemingway (1898-1961) es como un hermano de Scott Fitzgerald y también él tradujo su vida en literatura, pero, además de que su existencia fue más larga y mayores sus ansias, concedía más importancia al hecho de escribir. Lo que para Fitzgerald era una justificación en Hemingway se convierte en necesidad: la obra refleja la vida, pero el hombre se contempla en este espejo y consigue que brote una leyenda.

La selección de cuentos In our time (París, 1924; Nueva York, 1927) relata sus experiencias infantiles, cuando acompañaba a su padre médico durante sus viajes, visitando a los indios del Michigan y a los solitarios del bosque, cazando y pescando, aprendiendo sobre el terreno mismo las dialécticas amargas de la vida y del sufrimiento, de la crueldad y de la muerte. No es superfluo señalar que el padre de Hemingway, humanista insatisfecho, se suicidó. En Adiós a las armas (1929) narra la aventura de un joven encargado de una ambulancia, voluntario en el frente de Italia, y que pasa a una unidad de combate porque no soporta el seguir permaneciendo como espectador en la lucha; es herido y durante su convalecencia en el hospital de Milán medita sobre el sentido de las guerras y el valor del riesgo en la conciencia de vivir. En El sol también sale (1926) describe la vida del norteamericano en París, las reuniones de Montparnasse, empapadas de alcohol, el aburrimiento y el hastío que le corroe interiormente como un gusano devorador y, más tarde, el descubrimiento de España, un mundo luminoso donde las pasiones estallan de modo brutal y definitivo. Muerte en la tarde (1932) trata de explicar la afición a las corridas de toros, espectáculo violento y místico, experiencia total del riesgo absoluto. Las verdes colinas de África y Las nieves del Kilimanjaro (1935) relatan sus experiencias en África: la caza de grandes fieras y el contacto íntimo con una naturaleza virgen que libera. Por quién doblan las campanas (1940) es una magnífica versión de la experiencia de la guerra civil española y un diálogo a la vez de entusiasmo deportivo y de fatiga. Con Más allá del río  y entre los érboles (1950) retorna al soleado Mediterráneo: esta vez italia, lugar de una felicidad posible, aunque lo descubrió demasiado tarde. En El viejo y el mar (1952) sitúa en Cuba el mito de una victoria posible y necesaria, aun resultando inútil ante la muerte.

Estas simples indicaciones diseñan el perfil humano paralelo al hombre que evoluciona, que se reconstruye, aun a través de las innumerables fotografías publicitarias, a las que Hemingway concedía enorme importancia. Como a otros aventureros de las letras —Malraux, Montherlant, Malaparte—, siempre le surgía un fotógrafo en el momento oportuno y preciso: joven soldado herido y ceñido en su uniforme, turista despreocupado paseando por los bulevares, esquiador satisfecho, cazador ante sus trofeos, escritor ilustre posando de incógnito junto a un torero o a un famoso artista de cine; fuerza de la naturaleza en calzón corto y pecho al descubierto; barba negra o barba blanca, brazos arremangados mostrando poderosos músculos y cuello de camisa abierto sobre un poderoso pecho, sonrisa de blancos dientes: Hemingway o la vida feliz y triunfante. Pero el 2 de mayo de 1961, en su chalet de Ketchum (Idaho), se daba muerte manejando un fusil.

Si hubiera sido accidental, esta muerte parecía un rasgo de lógica absurda, pero resulta imposible creer en un accidente después de la divulgación de sus confidencias a sus amigos, en particular A. E. Hotchner, en Papá Hemingway, publicado en el Mercure de France (1966). Había intentado ya suicidarse diversas veces, y los psiquiatras, que en vano le cuidaban con electrochoques, aludían a un caso de paranoia. ¿Era realmente la locura que se iba apoderando de él, o fue desesperación?



Los horizontes literarios de un coloso

Dos sucesivos accidentes de avión durante sus cacerías en Africa le agotaron físicamente, en 1954, el mismo año en que se le otorgaba el premio Nobel. Desde entonces luchó. Decía que sólo tres cosas le interesaban en la vida: escribir, amar y cazar.

Podemos traducir por nuestra parte que estas tres actividades le hacían sentirse un ser vivo. Decía:

Malgasto un tiempo considerable en matar animales para no tener que matarme yo mismo. Cuando un hombre se rebela contra la muerte—y yo me rebelo contra ella—, experimenta placer en hacer uso de uno de los atributos divinos, precisamente el de poder dar muerte.

Dar la muerte a riesgo de recibirla, deterner un instante la vida, en la plenitud de la sensación, fijar para siempre ese instante, con armonías vivas: un hambre canina de vida. A los sesenta y dos años de edad, a pesar de todos los excitantes, de la leyenda creada, de una voluntad sobrehumanamente tensa, Hemingway se sentía envejecer, y no podía admitirlo. Lo que revela lo trágico de su muerte, evidencia también lo trágico de su vida y, por consiguiente, de su obra.

El viejo y el mar data de 1952, antes de los accidentes de aviación. Es una narración muy sencilla, si bien resulta grandiosa por la misma ternura y crueldad de la narración, de un viejo pescador que, una vez más, captura un pez gigantesco, lo vence después de tres días de combate, pero no puede impedir que los tiburones lo devoren y sólo trae al puerto un esqueleto.

Las nueves del Kilimanjaro databa de 1935. Es el relato de un escritor herido mortalmente en plena selva, que recapitula su vida esperando socorros que no llegarán.

Extraño examen de conciencia en que un autor que contaba treinta y siete años se desdobla, se describe tal como será quince años más tarde, y se obliga a reflexionar:


Había destruido su talento no utilizándolo, traicionándose a sí mismo y a cuanto creía, embriagándose hasta embotar sus facultades de percepción; a fuerza de pereza, indolencia y orgullo como también de "pose" y de mala fe.

El sol también sale
databa de 1926. Es la narración de un norteamericano herido en la guerra, mutilado en su virilidad, al margen de la vida y de la felicidad que soñara, y, sin embargo, persiguiéndolas con la infantil esperanza de que, pasado el ruido y el sufrimiento, la embriaguez y el sueño, la pesadilla se disipará. La herida del héroe parece simbolizar un miedo y una debilidad que se disfrazan de energía y audacia durante el mayor tiempo posible y por todos los medios.

Con este disfraz, Hemingway fue durante treinta años el poeta algo fanfarrón de la virilidad. Despojado del disfraz, queda al descubierto lo que Saul Bellow denominara el "hombre petrificado" que renuncia a enfrentarse consigo mismo y a la introspección. Se trata, una vez más y siempre, de "sumergirse en los abismos del dolor y del sufrimiento" y después prohibirse la huída y la evasión. Negación que se traduce en una técnica literaria. Ciertamente, Hemingway aparece presente en todos sus libros, con avidez de verlo, de conocerlo y reflejarlo todo, con pasión de activista que quiere siempre participar; pero esta presencia es a la vez una ausencia. Escribe con imágenes; sus novelas son películas en que el mundo adquiere una realidad fascinadora, en relieve, color, sonido y olor, pero también con todo el misterio de lo indescrifrado y lo indescifrable.

Adiós a la vida

El Jordan de Por quién doblan las campanas se presenta, desde el primer instante, cargado con todo el lastre del pasado; un tipo impresionante, interesante y conmovedor que morirá sin haber verdaderamente comunicado su intimidad con nadie, ni siquiera con María, a la que, sin embargo, ama, ni con el propio autor, ni con el lector. Hemingway no describe la vida, y menos aun la analiza o la explica: la crea de nuevo, y ello le convierte en un visionario de la raza de Balzac, o cuando menos de Simenon, pero vuelve a crearla para nada. Hemingway se aprovechaba de su obra para huir, como huye también en su leyenda de perfecto atleta de la virilidad, hasta desembocar en un trágico adiós a la vida.

El momento culminante de esta leyenda fue su propia conquista de París, en 1944. Corresponsal de guerra, se cansó de sus papel de espectador, formó una guerrilla personal, dejó atrás los carros blindados de Leclerc, entró en la capital francesa y liberó las bodegas del Ritz. Una farsa llevada a sus últimos extremos: ser durante unos días Garibaldi, como fuera torero, pescador de peces-espada, explorador en África y en China, confidente de los "gangsters" y amigo de la gente fuera de la ley; pero siempre solitario y silencioso, hermético al exterior y reservado. Las obras de Hemingway, después de exaltar y fascinar, dejan en el recuerdo un regusto a ceniza, un vértigo de resaca de fiesta absurda: se ha contemplado el mundo, el cielo, el mar y la montaña, los hombres y sus pasiones, pero sólo queda un esqueleto, como en la pesca de El viejo y el mar.

En Adiós a las armas (1929) se entabla un diálogo notable entre el protagonista y un sacerdote, uno de esos diálogos de réplicas llanas y prolongados silencios, que Hemingway escribía como nadie y que diseñan en relieve, aun desde el exterior, una idea profunda y esencial. El sacerdote confiesa que esperaba de la guerra algo que no se ha producido; el héroe responde que él no cree ya ni en la victoria ni en la derrota; al preguntarle el sacerdote en qué cree todavía, replica "¡En el sueño!".

Hemingway se acerca de este modo al puritano decepcionado en que se convirtiera Nataniel Hawthorne. La relación existente es más superficial de lo que parece. Si se pretende interpretar, como muchos críticos norteamericanos afirman, que Adiós a las armas es una versión personal e inconsciente del drama del Jardín del Edén, hay que considerar también al "American abroad" de 1925 como un hijo del Nuevo Israel, que ha perdido la fe y que, a pesar de todas las diversiones, no logra perdonárselo nunca.


 
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lunes, 2 de diciembre de 2013

La literatura norteamericana hasta 1800

—según la Historia Universal de la Literatura de Léon Thoorens (1977):

Un eterno comenzar de nuevo

Los norteamericanos exterminaron a los pueblos pieles rojas, compraron un proletariado negro y después de alcanzar prosperidad y poder, intentaron restañar las heridas que sangraban. En realidad, los Estados Unidos han actuado como todas las demás potencias mundiales, pero más tarde. Los demás pueblos, en un pasado que se aleja también, han conquistado, exterminado y esclavizado, y lo consiguieron hasta que elaboraron una moral y un humanismo de alcance universal. América era moral antes de ser poderosa e incluso antes de existir, y en ello acaso radica el fundamento secreto de su orgullo agresivo, de su informe xenofobia, de su generosidad y de su grandeza. Todos los pueblos comentan y juzgan más o menos su destino, pero la autocrítica americana es más violenta, más absoluta y más sincera. Permanece encrespada, desde hace dos siglos, sobre la misma tensión, el mismo diálogo contradictorio, idéntica desilusión y la misma negación al fracaso.

La historia de la literatura norteamericana acaso sea la de esta autocrítica; podría titularse "Avatares de un mesianismo", y como epígrafe: "Matar al profeta es una manera de reducirlo a silencio, pero no sirve para nada si el silencio es peor." De Thoreau a Miller, los profetas lapidados, maldecidos, expulsados y renegados se suceden sin interrupción, pero sus voces resuenan y retumban y América, cansada de seguir tapándose los oídos, acabna por escucharles y quererles.

Los padres peregrinos, huyendo de una Europa anquilosada por el odio, se proponen salvar lo mejor de ella, es decir, los valores humanos y nobles procedentes de Palestina, de Grecia, de Roma, de Irlanda, de Londres y de París —en diversas épocas— y desarrollarlos en una tierra virgen en torno a una Nueva Jerusalén: acabaron construyendo Nueva York. Reconociendo en ella a Babel y a Sodoma, algunos puritanos supervivientes se refugian en los bosques como en el caso de Thoreau, cazan leones en África si se llaman Hemingway o se dedican al erotismo con tentaciones esotéricas como en el caso de Miller. El antiguo narrador Fenimore Cooper llora ante el último mohicano, cantando al último representante de una libertad destruida en nombre de otra libertad. Escritores blancos se tuestan la piel para vivir como los negros, y luego denuncian el escándalo. Saul Bellow se pregunta por qué un país erigido en su mayor parte sobre la base sólida de la ciencia, de la técnica, del arte y de la fe de los judíos, continúa considerando al judío como un extranjero. Otros preguntan dónde está el Arca de la Alianza y la antigua energía. "Nos hemos dormido —dice Dos Passos— y debemos volver a ponernos en camino para encontrar de nuevo el espíritu y el dinamismo creador de los pioneros" [Añado: Y lo mismo dice Martin Luther King en 1960, y lo mismo dice Obama invocando su capital simbólico más de 40 años despuésJAGL]

John F. Kennedy, el malogrado presidente, hablaba de una Nueva Frontera, y su hermano intentó ponerla en práctica. Después del asesinato de ambos, el cortejo de los rebeldes crece sordamente y los poetas de protesta empiezan a gritar. De las novelas y poemas de los grandes intelectuales de gafas sin montura, como de las de los cultos vagabundos de la vida bohemia, de los infinitos seriales de la televisión y de las películas de dibujos animados, se desprenden las mismas e ingenuas preguntas: ¿Por qué existe el mal en el mundo; por qué nuestra verdad no es la vuestra, por qué nuestra fuerza no os da miedo; por qué no existe el amor?

Al principio de esta obra se ha intentado bosquejar el esquema histórico del comienzo de una explosión hacia el Oeste. Todas las flechas convergerán un día sobre el Atlántico. El país norteamericano es la isla de Robinsón después del naufragio, donde todo debía comenzar de nuevo, pero donde, en realidad, todo continúa: el Nuevo Mundo es menos nuevo de lo que creían, y por ello el estallido presitigioso de la literatura norteamericana, a partir de 1850, constituye con el de la rusa, casi contemporáneo, el fenómeno más importante de la historia de la moderna literatura universal.

El silencio colonial

Ninguna colonia produce literatura original; generalmente se limita a proporcionar cuadros exóticos a los novelistas de evasión y a los apóstoles del imperialismo, y en más raras ocasiones induce a algunas personalidades excepcionales a que acudan a la metrópoli a expresarse. Realizada cualquier colonización, transcurre bastante tiempo hasta que el trauma de la independencia sea superado.

Esta constante se verifica también en América. Hasta finales del siglo XVIII, aparecen algunos notables escritores, pero ello no constituye en modo alguno una literatura. Los intelectuales, y muy especialmente los del Sur, nadando en dinero y en ocio, permanecen anclados en la literatura inglesa y, si se deciden a escribir, la imitan servilmente. Entre la Declaración de la Independencia y la publicación de las primeras obras con auténtica originalidad transcurre medio siglo como mínimo.

Los señoriales hidalgos del sur se deleitan con los Tottel's Miscellany, con los isabelinos y las colecciones de epigramas, mientras que los puritanos del norte prohíben la difusión de las obras de Milton, a quien acusan de impiedad; sin embargo, serán los puritanos los primeros que lograrán crear el armazón de una incipiente vida intelectual. En 1638, dieciocho años después de la llegada del Mayflower, fundan en Harvard un colegio que adquirió rápidamente categoría de universidad y, en 1647, gracias a una disposición de la magistratura de Massachusetts, se creó una escuela de estudios primarios en cada municipio de cincuenta familias y una de estudios de enseñanza media en cada municipio de cien familias, "para que los conocimientos humanos no queden sepultados en las tumbas de nuestros antepasados".

El cine y algunas novelas históricas modernas han cargado las tintas de modo abusivo al trazar el retrato del antiguo puritano; éste padeció, sin duda, la férula de pastores vigilantes y a menudo feroces hasta la crueldad y el oscurantismo, y que tal vez consideraban que lo único necesario para el hombre era la virtud y que todo corazón carnal debía estar sometido a ella; pero también eran hombres, con necesidades humanas. Hubo ciertamente caza de brujas, aberraciones místicas, terrorismos religiosos que engendraron abominables hipocresías, pero todo esto era lo peor que ofrecía Europa, y de ello procuraron los puritanos desprenderse, conservando, en cambio, lo mejor: la ciencia, las letras, e incluso los poemas, canciones y bailes de la "alegre Inglaterra." En 1639 se inauguraba una imprenta en Nueva Inglaterra, y el primer libro salido de sus prensas, el Bay Psalm Book, tuvo el honor de una imitación fraudulenta en Londres.

Apenas se cita y aun de memoria a los primeros escritores neo-ingleses: Roger Williams (1604-1684), autor de una obra de éxito titulada El bautismo no hace al cristiano (1645), y John Eliot (1605-1690), que publicó un gran
Tratado sobre el Estado Cristiano (1656). Sería interesante conocer mejor a Anne Bradstreet (1613-1672) y a su contemporáneo el juez Samuel Seewall, de datos biográficos casi desconocidos. Anne Bradstreet, nacida en Northampton (Inglaterra), era esposa de un pastor de Boston, madre de ocho hijos, un poco filósofa y algo más teóloga y poetisa. Su obra La décima musa comprende: "una descripción de los cuatro elementos, las constituciones, las edades del hombre, las estaciones del año, el resumen de las cuatro monarquías —asiria, persa, griega y romana— y un diálogo entre la antigua y la nueva Inglaterra con respecto a las diferencias surgidas recientemente", además de su mejor poema, Contemplations, y otros poemas sobre la familia y el marido de la autora. El juez Seewall parece haber sido un personaje más pintoresco todavía, que escribía su diario al estilo de Pepys, aunque en más noble estilo, en el que alude a sus tres matrimonios y a sus peripecias. Gracias a este diario podemos enterarnos de que en Nueva Inglaterra los pretendientes se hacían el amor dedicándose nada menos que libros piadosos.

FUNDADORES Y ADELANTADOS

Franklin y los comienzos de la Independencia

En el siglo XVIII domina todavía la literatura religiosa. Cotton Mather (1663-1728), profesor, inspector de enseñanza y pastor, es un puritano ortodoxo, valga la expresión, que aparece vivamente interesado en los procesos de brujería, en particular los que se desarrollaron en Salem. Jonathan Edwards (1703-1758), pastor también y discípulo de Locke, lanza un movimiento religioso llamado "El Gran Despertar", cuya doctrina es una modalidad de pietismo calvinista, apareciendo en él la primera manifestación de este misticismo empírico y pragmático, netamente romántico por lo demás, que caracteriza toda una vertiente de la vida religiosa norteamericana, y del que hallaremos notorias manifestaciones más elaboradas en Emerson, Thoreau, Whitman y William James.

A este mezquino inventario de dos siglos hay que añadir todavía al genial, simpático y al propio tiempo aburrido Benjamin Franklin (1707-1790). Hijo de artesanos, autodidacta e incluso tipo de "hombre que se hace a sí mismo", impresor, periodista, editor de la Gaceta de Pensilvania y de un Almanaque ilustrado, inventor del pararrayos, del calorífero, moralista, filósofo, meteorólogo, embajador y agente de "relaciones públicas" de su país en Francia, el enciclopédico Franklin anticipa lo mejor y lo peor del norteamericano futuro, y quizá lo permanente en este tipo humano. Es preciso leer sus memorias, desgraciadamente —o afortunadamente, según se considere— interrumpidas hacia 1757, y si es posible su colección de Ensayos, que agrupa sus principales artículos. Y olvidar, por un momento, que fue un gran hombre de ciencia.

Franklin es puritano y ateo a la vez, inagotable prodigador de consejos, temible inventor de recetas, desbordante de generosidad, de buena voluntad, aunque al propio tiempo rebosante de orgullo, con una ingenuidad con leves ribetes de hipocresía, capaz de concebir grandes pensamientos que rápidamente se abaten a ras de suelo.

Formula las veinticuatro normas de un club del "Mejoramiento Mutuo", que se convertirá más tarde en la Sociedad Filosófica Americana, y se supone fundadamente que tales normas nunca fueron puestas en práctica, pues, a fuerza de observarlas con rigor al instruirse, formarse o aprovecharse de las buenas ocasiones, los miembros se hubieran convertido en inquisidores y soplones. En sus consejos de conducta a un joven negociante, por ejemplo, todo lo resume en "el tiempo es oro". Justifica los salarios bajos e incluso la miseria de la clase pobre, en nombre de un pretendido beneficio general. Para dormir bien —dice— debe comerse poco, airear la habitación y tener la conciencia tranquila. Para hacer fortuna, objetivo de la existencia humana, es preciso ahorrar dinero, tiempo y energías, y usarlo todo con eficiencia; conviene recoger también los alfileres que se encuentran en el suelo y granjearse amigos, que sean buenos y útiles.

Por otra parte, "Ricardo el Buenazo", como a él le gustaba llamarse, también alude a la dignidad y al deber de ayudar a los países subdesarrollados, en términos definitivos, aunque englobados en un humor pesado y un moralismo mojigato como todo cuanto escribe. Benjamin Franklin parece una mezcla de Homais y Bournisien juntos y parece también iniciar un manantial cuyo curso se desarrolla a través del Dale Carnegie de Cómo tener amigos, el "Rearme moral", las espectaculares Ligas y Sociedades modernas norteamericanas y como ciertas comisiones de encuesta del Senado.

Posteriores a Franklin, y participando en parte de su espíritu, pueden ser citados también los grandes teóricos de la Independencia y de la libertad: Thomas Paine (1737-1809), autor de los Derechos del Hombre (1791) y del Siglo de la Razón (1794); William Ellery  Channing (1780-1842), autor del Exterminador cristiano (1826); y Daniel Webster (1782-1852), padre de la Unión, cuyos discursos, publicados en 1903, amalgaman asimismo la generosidad y el conformismo hipócrita; y John Trumbull (1750-1831), poeta satírico, autor del Progreso de la estupidez (1772), sabrosa caricatura de la pedagogía pedantesca de aquel tiempo.

Sin embargo, todo ello no constituía una auténtica literatura. Los norteamericanos lo sabían y, por otra parte, también públicamente se decía lo mismo, sin ningún miramiento.

Se necesitan escritores

Un crítico del Edinburgh Review, llamado Sydney Smith, que mantuvo polémicas con algunos grandes escritores románticos, escribía en el número de diciembre de 1818: "¿Para qué necesitan los norteamericanos cultivar una literatura, si en su propia lengua pueden aprovecharse de nuestro sentido común, de nuestra ciencia y nuestro genio, y una simple travesía de seis semanas mantiene un seguro contacto? Praderas, barcos de vapor y fábricas de harina: éstos serán los únicos elementos naturales que se ofrecerán a sus miradas durante los siglos venideros. Más tarde, cuando hayan llegado al océano Pacífico, sin duda se sentirán tentados de nuevo por el teatro, las epopeyas, la lírica y todas las elegantes y viejas consolaciones de un pueblo maduro que ha domado la tierra salvaje y decide dedicarse al reposo y a un ocio sugestivo y encantador."

Conviene fijarse en algunas frases de esta declaración, y ello dispensará de prolongar comentarios que desbordarían el marco de la literatura norteamericana. Tal era la doctrina y la filosofía que los románticos europeos atacaban con encono. Desacorde con la vida europea, lo era mucho más todavía en América; sin embargo, los intelectuales, educados en su mayor parte en la literatura europea, se adherían naturalmente a ella.

Con esta perspectiva deben ser considerados los textos que se citan a continuación. Charles Brockden Brown, al que volveremos a mencionar, escribía en 1800, en su efímero Monthly Magazine:

"Tenemos entre nosotros muchos sastres, carpinteros e incluso abogados; pero ¿tenemos un solo escritor, uno sólo?"

Chateaubriand anota en sus Memorias de ultratumba, con fecha de 1822, y con el texto revisado en 1846:

"La literatura que se cultiva en América no es una literatura independiente y propiamente dicha, sino aplicada a los diversos usos de la sociedad: una literatura de obreros, de marinos y de campesinos."

Por último, Tocqueville, en su obra genial De la democracia en América, que conviene leer para comprender la literatura americana, anota en 1881:

"Les gustan los libros adquiridos sin esfuerzo, que puedan leerse pronto, que no necesiten conocimientos eruditos para ser comprendidos. Piden bellezas fáciles y que puedan ser disfrutadas al instante; prefieren lo imprevisto y la novedad. Acostumbrados a una existencia práctica, impugnada, monótona, necesitan emociones nuevas, de súbito esplendor, verdades o errores brillantes, que les atraigan inmediatamente y las introduzcan de pronto e incluso con violencia en el mismo centro del tema."

Textos que ponen de relieve las abstenciones y las necesidades de un público.

Adelantados de las letras

El primero en intentar responder a estas necesidades fue Charles Brockden Brown (1771-1810). En 1793 abandonó sus estudios de Derecho para vivir de la pluma y publicó algunas novelas. El hombre en su casa (1798), Wieland (1798), Arthur Merwyn (1799) y Ormond (1799), inspiradas en Maturin y Radcliffe, que obtuvieron éxito apreciable incluso en Europa. Sin embargo, Brown abandonó las letras decepcionado por no haber sabido escribir las novelas norteamericanas que soñara y también por considerar la literatura como una afición que debe abandonarse si no se triunfa de una manera absoluta y brillante. Luego se dedicó a los negocios.

No obstante, había iniciado la apertura hacia nuevas posibilidades y fueron novelistas, sobre todo, quienes le imitaron. La más ilustre fue Suzanna Rowson (1762-1824), autora de un libro de gran éxito titulado Charlotte Temple, a Tale of Truth (1810), libro que no puede hallarse hoy en parte alguna, aunque pueden leerse obras de otras autoras como Stephens, Carroll o Andrews, que explotan la misma temática. Estas voluminosas novelas sensibleras y melindrosas, generosas y soporíferas, carecen de valor literario alguno, pero no dejan de tener cierta significación. Sobre temas tradicionales —hijos perdidos, herencias robadas, hijas violadas—, orquestados sobre consabidos arquetipos tales como la joven pura, el pobre honrado y el joven rico y libertino, estos autores, que hacen abstracción de todos sus precursores literarios, por principio o por ignorancia, solian sumirse ingenuamente en una realidad más o menos vivida, si bien transformada por un resignado conformismo.

En el transformo del complejo relato que Stephens cuenta en Opulencia y Miseria, surge Nueva York con su puerto, sus barrios, sus hoteles ya cosmopolitas, su aristocracia del dinero, sus ambiciones de inmensa y devoradora codicia y sus infelices oprimidos; como también la oposición a cualquier injusticia, la firme voluntad de que la virtud sea recompensada e incluso sus manifestaciones de indignación ante las incoherencias de la vida y de los seres humanos, y de desesperación ante la inmensa tarea que se les ofrece a las personas de buena voluntad.

Todo ello no constituía tampoco una literatura, porque América no tenía todavía alma. Un moralista declaró que no la tendría hasta que llegase el momento que se decidiera a "sumirse en los abismos del mal y del dolor."


La marcha hacia el Oeste

El Tratado de Versalles de 1783 doblaba la extensión territorial de la Unión. En poco más de medio siglo, la nueva nación se extendería a través del continente hasta el Pacífico y empujaría al máximo la frontera mexicana. Todos los métodos de adquisición y anexión de territorios fueron utilizados: la pura y simple conquista, la compra más o menos abusiva, la ocupacion de hecho, la coacción, la guerra y el exterminio de indígenas autóctonos. Para percatarse del fenómeno, conviene situarlo sobre un mapa, y recordar que el rectángulo bloqueado por los dos grandes océanos mide aproximadamente [4.500] kilómetros de largo por [2000] de ancho. Visto desde los estados originales de la costa atlántica, ya organizados, con ciudades, campos y tallleres, el Oeste aparecía como una inmensidad abierta y de atrayente vértigo. La expansión se dirige hacia él, organizada a base de compañías, oficinas, exploradores y guías, organizadores, creadores, parásitos.

En la Antigüedad, griegos, romanos, francos y mongoles avanzaban bastante al azar; pero en América, aunque los individuos improvisen y cada compañía actúe exclusivamente en interés de los suyos, una lógica de carácter superior le proporciona a este movimiento humano una coherencia y una continuidad asombrosas, y crea también una comunidad en las responsabilidades que casi nadie rehuye.

El emigrante procede de Inglaterra o de Irlanda, y muy pronto en grandes oleadas, de los demás países europeos, y acto seguido es atrapado por el siniestro engranaje de la fiebre del oro o de la adquisición de una gran fortuna y de la pasión conquistadora. Llegan aventureros ávidos de emociones fuertes, de dinero o de poder, y también familias honradas, campesinos o artesanos, eternos oprimidos que huyen de la miseria, la intolerancia y del odio racista. Como el viejo Johnson, jamás han tenido en sus manos un fusil, ni se han enfrentado con el desierto, pero después de haber vagado algún tiempo por el litoral y haber respirado el aire de libertad, de activismo, de la increíble hazaña al alcance de la mano, que estimula energías, en las ciudades-hongo, se sumergen en lo desconocido, alimentando con sus ilusiones personales el sueño de una nación en marcha. Cómplices quizá inconscientes del exterminio del indígena, y de la explotación humana en el Sur, importador de la esclavizada carne de ébano.

Las novelas de las praderas y el cine han tratado, hasta vulgarizarlo y aniquilarlo, este tema heroico: el carromato ambulante, los viajeros vestidos a la europea, las mujeres que adquieren de repente costumbres absurdas; y ante ellos el indio piel roja perfilándose hierático en la cima de una colina; jinetes con extraño vestuario y armados hasta los dientes, levantando una nube de polvo; el fuego de un campamento en medio de un claro del bosque; aullidos de animales desconocidos; el sueño de una tierra prodigiosamente fértil; el desaliento del débil; el recurso al ron, al juego y al mito del oro que se recoge a montones... Y en el trasfondo de esta América en movimiento, sublime y criminal a la vez, inconsciente y heroica, se afirma y consolida la América sedentaria, la cabeza de puente de la emigración, puritana y hacendosa, superindividualista y comunitaria, compartida entre la Biblia y el libro de ingresos en caja, humilde y orgullosa, feliz y herida en el alma, confiada y desesperada.

En este paisaje humano contradictorio y atormentado deben situarse las necesidades y los gustos definidos anteriormente, a los que responderá, entre 1820 y 1860, la primera oleada de "escritores fundadores". Resumiendo en esquema este extraordinario estallido, podemos anotar la primera publicación de los diez mejores escritores, incluyendo al primer historiador de la Unión:

1819 Libro de ensayos, de W. Irving.
1823 Los pioneros, de F. Cooper.
1827 Poemas, de E. Poe.
1834 Historia de los Estados Unidos, de Bancroft
1836 Naturaleza, de Emerson
1840 Baladas, de Longfellow
1846 Typee, de Melville
1849 Una semana en los ríos, de Thoreau
1850 La letra escarlata, de Hawthorne
1851 La cabaña del tío Tom, de Beecher-Stowe
1855 Hojas de hierba, de Whitman

Estas obras no aparecen en pleno desierto, pues la vida intelectual es mucho más animada de lo que podría creerse, en Nueva Inglaterra principalmente. Desde mediados del siglo XVII existen importantes librerías, imprentas, periódicos semanales y compañías de teatro ambulantes; estas últimas, en el Sur exclusivamente, pues el puritanismo nordista juzgaba que "la afición al teatro no significa otra cosa que la pérdida de este tesoro inestimable que es el alma inmortal."

A mediados del siglo XVIII, principalmente bajo la influencia del Spectator de Addison y Steele, la actividad literaria aumenta todavía más y los semanarios llevan a cabo una apertura a la literatura europea. Por ejemplo, La ópera del mendigo aparece publicada por entregas; algunas compañías teatrales representan por doquier repertorio inglés, aunque también llevan a escena, circunstancialmente, a oscuros comediantes neo-ingleses. Pese a que escasean los escritores originales, innumerables publicistas dan a la luz pública artículos, libelos y cartas abiertas sobre todos los temas, en hojas sueltas o en los periódicos, que se multiplican a un ritmo significativo. En 1800 pueden contarse 200 de ellos, 375 en 1810, y 1200 aproximadamente en 1835.

Esta última fecha señala el momento decisivo del período 1820-1860. Los territorios anexionados—los dos tercios de los Estados Unidos actuales—están ya ocupados o al menos virtualmente dominados. América se percata de que empieza a tener ya una historia, y algunos se ufanan de ello, interpretándola a su manera. Este aislacionismo previo carece de fundamentos todavía. Al tropezar con nuevos obstáculos, al plantearse nuevos desafíos geográficos y humanos, el movimiento de expansión se exacerba, hacia 1845, hasta adquirir un cariz neta y lucidamente imperialista. Por otra parte aparece una filosofía trascendentalista que sucederá a un puritanismo ya trasnochado. Antes de los colosos de las letras —Melville, Thoreau y Twain— destacan algunos aristócratas y románticos que siguen una moda.








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