Siempre se ha dicho, un poco inter
nos,
que trabajando nadie se hace rico. Que en España, y en cualquier otro
sitio, para prosperar de verdad, hay que dar algún pelotazo o clavar la
trompa succionadora de recursos en alguna masa de recursos humanos.
En efecto, también lo decía Marx, el hombre es un recurso para el
hombre—me río yo de los pósters animalistas que dicen que "los animales
no son recursos", cuando no existe la economía humana sin que los
hombres mismos se conviertan en recursos utilizables. En casos
extremos, instaurando la
dieta de Tascala; —y cuando
la necesidad o la costumbre aprietan menos, poniendo a los currantes a
currar a lomo caliente.
Mi padre, tras su jubilación como maestro,
tenía cierto cargo de conciencia de no haberles enseñado a los chavales
la realidad del mundo, sino los ideales: el sacrificio, el trabajo
desinteresado, la constancia... cuando él veía que quienes prosperaban
no era precisamente con esos valores. "¡Los he estado preparando para
víctimas!" —decía desilusionado. "Tranquilo, Ángel", le decía la Dra.
Penas—"Tú les has enseñado lo bueno, que es tu labor como maestro; lo
malo ya lo aprenderán solos".
En películas como El Lobo de Wall Street
se han retratado algunos avatares modernos de estas prácticas
extractivas—que los hemos sufrido en carne propia, claro, los tenemos
al frente de todos los bancos, cuando no se han retirado ya con un
finiquito multimillonario. Los híbridos de políticos, banqueros y
brujos brujuleadores que pueblan los consejos de administración de las
grandes empresas semipúblicas, vamos, telefónicas, petroleras y
consorcios de autopistas—lo que son hoy en día nuestras élites
extractivas.

Bien, toda esta cuestión de la explotación organizada, que lleva al
surgimiento de las prácticas maquiavélicas de la
gramática parda, lo
tiene bien explicado y teorizado de modo interesante Thorstein Veblen,
en su libro sobre La teoría de la
clase ociosa. Viene
al pelo la cosa, ahora que se jubila el rey, encarnación simbólica de
lo que Veblen llama la clase depredadora. Aquí van unos párrafos
interesantes sobre la contradicción entre el espíritu de cooperación que
requiere una comunidad próspera, y el espíritu depredador que no ha
desaparecido en absoluto en las economías modernas y bien ordenadas. El
desorden, podríamos decir, forma parte del orden.
Veblen es de los
teorizadores que más claramente han visto, quizá más claro que Marx,
cómo la naturaleza humana es depredadora, pero no sólo de la
naturaleza, como en la fase "salvaje" de la humanidad, sino ante todo
depredadora del paisaje humano que se edifica sobre la cooperación para
explotar a la naturaleza, o a un tercero (o a una tercera comunidad). Y
ésa es la fase "bárbara" o depredadora de la humanidad, en la que
aparecen las civilizaciones—civilizaciones guerreras y dominadoras, en
las que se exacerban las diferencias de clase y surgen las
aristocracias y las divisiones entre guerreros, sacerdotes y
trabajadores. Somos
hijos de la guerra.
Los rasgos cooperativos que aseguran el éxito del grupo y su selección
grupal, en la lucha por la vida, entran en una dinámica compleja con
los instintos y prácticas depredadores, y de ese complejo complejo
surgen la naturaleza humana, la vida social, la política, y la
economía, tal como las conocemos:
Con la
llegada de la etapa depredadora de la vida, se produce un cambio
en las condiciones del carácter humano apto para el triunfo. Se precisa
que los hábitos de vida de los hombres se adapten a las nuevas
exigencias bajo un nuevo esquema de relaciones humanas. El mismo
despliegue de energía que había encontrado expresión en los rasgos de
la vida salvaje que hemos mencionado más arriba, tiene ahora que
encontrar expresión siguiendo una nueva línea de acción en un nuevo
grupo de respuestas habituales a unos estímulos que son ya diferentes.
Los métodos que, medidos en términos de facilidad de vida, respondían
adecuadamente a las condiciones antiguas, dejan de ser adecuados para
las nuevas. La situación anterior se caracterizaba por una relativa
ausencia de antagonismo o diferenciación de intereses; la situación
posterior, por una emulación que aumenta constantemente en intensidad,
al tiempo que disminuye su ámbito de aplicación. Los rasgos que
caracterizan el estadio cultural depredador y los subsiguientes, y que
indican cuáles son los tipos de hombres más aptos para sobrevivir bajo
el régimen del status son (en
su expresión primaria) la ferocidad, el egoísmo, el espíritu de clan y
la malicia, es decir, el libre recurso a la fuerza y al fraude.
(...)
Bajo el régimen competitivo, las condiciones requeridas para el éxito
del individuo no son necesariamente las mismas que para el de una
clase. El éxito de una clase o un partido presupone un fuerte elemento
de espíritu de clan, de lealtad a un jefe o adhesión a un principio; en
tanto que el individuo competitivo puede lograr mejor sus fines si
combina la energía, iniciativa, egoísmo y astucia del bárbaro, con la
falta de lealtad o de espíritu de clan del salvaje. (...)
El temperamento inducido por el hábito de vida depredador
está dirigido
a procurar la supervivencia y la plenitud de vida del individuo dentro
de un régimen de emulación; al mismo tiempo, favorece la supervivencia
y el éxito del grupo si la vida del grupo es también, como colectividad
y de modo predominante, una vida de competencia hostil con otros
grupos. Pero la evolución de la vida económica de las comunidades más
industrialmente maduras ha comenzado, a su vez, a tomar una dirección
tal que los intereses de la comunidad no coinciden ya con los intereses
emulativos del individuo. En su capacidad corporativa, esas comunidades
industriales avanzadas están dejando de competir para lograr los medios
de vida o el derecho a vivir, excepto en la medida en que las tendencias
depredadoras de sus clases dominantes son capaces de conservar la
tradición de guerra y rapiña. Dichas comunidades no son ya hostiles
entre sí por fuerza de circunstancias que no sean las de la tradición y
el temperamento. Sus intereses materiales —dejando, posiblemente,
aparte los intereses de la buena fama colectiva— no son ya
incompatibles, sino que el éxito de cualquiera de las comunidades
favorece indiscutiblemente —en el presente y por un incalculable tiempo
futuro— la plenitud de vida de cualquier otra comunidad del grupo.
Ninguna de ellas sigue teniendo un interés material en ser mejor que
las otras. Lo mismo no puede asegurarse en igual grado respecto de los
individuos y de sus relaciones mutuas.
Los intereses colectivos de cualquier comunidad moderna se
centran en la eficacia industrial. De algún modo, el individuo sirve
para los fines de la comunidad en proporción a su eficacia en los
vulgarmente denominados empleos productivos. Ese interés colectivo está
mejor servido por la honestidad, la diligencia, el espíritu de paz, la
buena voluntad, la ausencia de egoísmo y un reconocimiento y
aprehensión habituales de la secuencia causal, sin mezcla de creencia
animista y sin un sentido de dependencia de ninguna especie de
intervención preternatural en el curso de los acontecimientos. No puede
decirse mucho de la belleza, la excelencia moral, o el valor y
reputación generales de una naturaleza humana tan prosaica como la que
estos rasgos implican; y hay escaso fundamento para entusiasmarse por
la forma de vida colectiva que resultaría del predominio de estos
rasgos en una situación de dominio sin control alguno. Pero esto no nos
concierne ahora. El buen funcionamiento de una comunidad industrial
moderna queda mejor garantizado allí donde se dan estos rasgos, y se
llega a alcanzar en el grado en el que el material humano se
caracteriza por su posesión. Su presencia es, en cierta medida,
requerida para conseguir un ajuste adecuado a las circunstancias de la
situación industrial moderna. El complejo, comprehensivo, esencialmente
pacífico y altamente organizado mecanismo de la comunidad industrial
moderna funciona con mayor rendimiento cuando esos rasgos o la mayoría
de ellos están presentes en el más alto grado practicable. Esos rasgos
están presentes en el hombre de tipo depredador en un grado
notablemente menor del que es útil para los propósitos de la vida
colectiva moderna.
Por otra parte, el interés del individuo que vive en un
régimen de competencia está mejor servido por un comercio astuto y una
administración carente de escrúpulos. Las características arriba
mencionadas como útiles para los intereses de la comunidad son
perjudiciales para el individuo, no favorables. La presencia de
estas aptitudes en su constitución canaliza sus energías hacia fines
distintos de la ventaja pecuniaria; y cuando se trata de satisfacer su
deseo de ganancia, dichas aptitudes le llevan asimismo a buscarla por
los canales indirectos e ineficaces del trabajo, más que por el
procedimiento de embarcarse en una abierta e implacable carrera de
prácticas de lince. De manera bastante consistente, las aptitudes para
el trabajo constituyen un obstáculo para el individuo. En un régimen de
emulación, los miembros de una comunidad industrial moderna son rivales
y cada uno de ellos consigue mejor su ventaja individual e inmediata
si, gracias a una carencia excepcional de escrúpulos, puede superar y
dañar tranquilamente a sus semejantes cuando la ocasión se presenta.
Ya se ha señalado que las instituciones económicas modernas
caen bajo dos categorías grosso modo
distintas—la pecuniaria y la industrial—. Lo mismo puede decirse de las
ocupaciones. Bajo el primer epígrafe se agrupan las ocupaciones que
tienen que ver con la propiedad o la adquisición; bajo el segundo, las
que tienen que ver con el trabajo o la producción. Lo mismo que
encontrábamos al hablar del desarrollo de las instituciones, lo
encontramos respecto a las ocupaciones. Los intereses económicos de la
clase ociosa se hallan en las ocupaciones pecuniarias; los de las
clases trabajadoras en ambas clases de empleos, pero principalmente en
los industriales. Se accede a la clase ociosa a través de los empleos
pecuniarios.
Estas dos clases de ocupaciones difieren materialmente en lo
relativo a las aptitudes requeridas para cada una de ellas; y la
preparación que imparten sigue, de modo semejante, dos líneas
divergentes. La disciplina de las ocupaciones pecuniarias actúa
con el fin de conservar y cultivar ciertas aptitudes depredadoras y el
ánimo depredador. Lo hace así tanto al educar a aquellos individuos y
clases que están empleados en estas ocupaciones, como al reprimir y
eliminar selectivamente a aquellos individuos y linajes que son ineptos
a ese respecto. En la medida en que los hábitos de pensamiento de los
hombres son formados por el proceso competitivo de adquisición y
posesión, en la medida en que sus funciones económicas están
comprendidas dentro del ámbito de la propiedad de riqueza concebida en
términos de valor de cambio y de su administración y financiación
mediante una permutación de valores, en esa misma medida su experiencia
en la vida económica favorecerá la supervivencia y acentuación del
temperamento depredador y de los hábitos de pensamiento depredadores.
Bajo el moderno, pacífico sistema, son, naturalmente, pacíficos hábitos
de pensamiento y las aptitudes depredadoras pacíficas los que pueden
ser principalmente favorecidos por una vida de adquisición. Es decir,
las tareas pecuniarias permiten perfeccionarse en la línea general de
prácticas comprendida bajo la denominación de fraude, y no en las que
corresponden al método más arcaico de captura por la fuerza.
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