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sábado, 28 de julio de 2012

Gerry

Curiosa película, Gerry, de Gus Van Sant. Se la ahorré a los chavales, diciéndoles que "parece normal, pero mala, y en realidad es rara, pero buena". Es tan desesperadamente lenta, tan "plomo", que a la salida del cine vino corriendo el organizador del ciclo de cineclub a pedirnos disculpas por haberla programado. Pero hablando con él y otros casi le convencimos de que era mejor de lo que parecía. Va, en esencia, de dos personajes de pocas palabras perdidos en el desierto, andando andando de aquí para allá desorientados, hasta que, a punto de morir de insolación y deshidratación, uno de ellos mata al otro, y descubre al poco la carretera para salir de allí.  Lo recoge un coche, y el conductor lo mira por el retrovisor con cierta desconfianza; va sentado en el asiento trasero al lado del hijo del conductor. Delante no sabemos si hay esposa o no, es uno de los enigmas del filme.

A veces las andanzas de Gerry y su colega, no siempre queda claro quién es quien, al parecer los dos son Gerry, recuerdan a las de Vladimir y Estragón en Esperando a Godot. Supongo que la coincidencia de nombres es una de las señales sutiles de poética homosexual que gusta de lanzar Van Sant, igual que en Paranoid Park, explorando las patologías de las relaciones, homosexuales en particular, que son abundantes, la confusión y desorientación que producen cuando no tienen una dirección clara, que normalmente no la tienen. Podría decirse que el desierto éste (imaginario desierto de la mente, nunca hubo un desierto tan variado en su deserción como éste) es en realidad como una alegoría de la propia relación entre Gerry y Gerry, o de Gerry consigo mismo por decirlo de otra manera.

La pareja está en crisis, apenas se hablan—hay dos conversaciones sostenidas, una de ellas una fantasía de Gerry 2 (Casey Affleck) sobre sus problemas como caudillo griego, quizá en un videojuego; al parecer es el fantasioso y a Gerry 1, estólido y más elemento masculino, es al que le entretiene la vida. Pero tras horas de crisis y desierto, sin que la crisis termine de aflorar abiertamente, el Gerry 2 le dice a Gerry 1 "me voy, te dejo"—en circunstancias curiosas, precisamente cuando no puede irse ni dejarlo, pero puede—y es la ocasión de que Gerry 1 lo estrangule. También era Gerry 1 el hombre del desierto despiadado, el tuareg inescrutable. Malas crisis larvadas. El tema homosexual nunca aparece explícitamente—o sea, con sexualidad, ni siquiera con parafernalia muy reconocible—pero de homo hay mucho homo, no siempre sapiens; está claro por otra parte que ninguno de los dos Gerrys son el más listo de la clase. Hacer el Gerry es una frase que usan ambos con el sentido de meter la pata, portarse como un imbécil.

En fin, una película sobre el desierto de la pareja, que a veces cae en la imitative fallacy tan deplorada por Yvor Winters: si quieres mostrar el aburrimiento, aburre. Por suerte hace otras cosas, aparte de aburrir.  Como a Roger Ebert, también me recordó la película a la escena final de Avaricia, de Von Stroheim. Y también a Ebert le recuerda a Godot—todo esto no puede ser casualidad.


 
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martes, 8 de mayo de 2012

Paranoid Park, secreto al cuadrado

Volviendo a ver en la cabeza Paranoid Park, de Gus Van Sant. Es una película muy en la línea de Elephant, en cuanto a ambiente y psicología; en la forma un poquito más dislocada allá donde Elephant era como algorítmica y rigurosa en su orden. Aquí hay flashbacks un tanto desorganizados, escenas anómicas y poco significativas, con estilos de filmar y de selección de secuencias atípicos. Todo para expresar la confusión mental y o empanada cultural atmosférica que lleva el protagonista Alex, chaval en crisis en varios sentidos.  Para empezar, es adolescente, casi ná. Aquí los adolescentes aparecen desubicados, en un mundo falso, bien engrasado pero todo superficie—donde todas las necesidades materiales están cubiertas, pero los jóvenes no tienen orientación ni arraigo ni ilusiones, tanto menos si miran a las vidas de sus padres. Además, la novieta de Alex le pide sexo y a él no le va la cosa; sale con chicas porque es majete y hay que salir, pero le va más el ambiente de los colegas y el skate en Paranoid Park (y allí llegamos a la temática gay-paranoica en Van Sant). El padre del chaval también se está yendo on the wild side, parece, divorciándose quizá por reorientación sexual. En suma, la vida de Alex es una conjunción incoherente de rutinas sin sentido, en el instituto y con los colegas, y de novedades que es incapaz de asimilar. La crisis se prepara, pero surge por accidente en una escapada con un colega maloncho, que quizá lo inicie en la homosexualidad, todo esto queda off-screen, o quizá tuviese esa intención sólo. Se suben a un tren por hacer el gamberro, y un guardia les pega; Alex le pega en la cabeza con el monopatín y el guardia cae a la vía con tan mala fortuna que lo corta un tren en dos, en una escena de pesadilla surrealista. Bien, ahora Alex tiene un secreto que guardar, cuando un detective viene a hacer pesquisas entre los skaters. Rompe con su novieta (que por cierto sólo quería sexo para contárselo ipso facto a las amigas y presumir), y sigue el consejo de una pretendiente que tiene, más feucha pero con la que se entiende mejor. Ésta le aconseja que se libere de sus secretos escribiéndolos en una carta a alguien (a ella, y que luego ya está, puede quemarla si quiere). Al parecer funciona la cosa, porque con eso concluye la película, con the writing cure y la quema del manuscrito titulado Paranoid Park. La película sugiere una aceptación de la propia historia, pero no hasta el punto de hacerla pública. El secreto seguirá allí, y el secreto mayúsculo parece ser no tanto el homicidio como todo el ambiente que lo ha preparado circunstancialmente—la orientación sexual de Alex, ya sea homosexual o errática, o quién sabe, quizá inexistente— pero en el contexto del cine de Van Sant, podemos colocar la película entre las homosexualidades problemáticas y distorsiones ambientales asociadas. Quizá lo más interesante sea la indirección con que se trata toda la cuestión; indicadores no faltan pero quedan disimulados por el estilo fuzzy de filmación y narración. El silenciamiento de la homosexualidad queda expresado sobre todo de una manera totalmente missing, en la redacción y quema del manuscrito. El secreto que se va en humo es, ostensiblemente, el de la culpa de Alex por su homicidio involuntario; pero aún hay otro secreto todavía menos nombrado, éste ni siquiera al espectador, que va a parar a ese manuscrito sólo para permanecer oculto en él cuando es destruido. Cabe dudar, claro, de que ese secreto llegue a plasmarse en las páginas del manuscrito quemado, no sea que por el humo se llegue al fuego.


viernes, 20 de agosto de 2010

My Own Private Idaho

 

 

En el cineclub nos vemos esta película de Gus Van Sant, que la tenía yo atrasada. Película de cierto culto semifringe, tanto por su estética un tanto errática como por la temática marginal de chaperos, drogadictos y demás. Casi lo que más me gustó fueron los colores y la fotografía.

El protagonista, Mike (el malogrado River Phoenix) es un desvalido prostituto narcoléptico—vamos, que se cae dormido o desmayado constantemente en los momentos más inoportunos. Esto no le facilita la vida, aparte de que el muchacho no tiene ni muchas luces ni formación ni oficio ni beneficio ni talento visible aparte de vender el culo, y hasta eso se le da mal. No es sorprendente que siempre se encuentre en la vida como perdido en una carretera que va a ninguna parte (una imagen en concreto, la de esa carretera en Idaho, que se repite al principio, a mitad y a final de la película). Depende de quienes se apiadan de él o le cogen afición, para ir tirando unos metros más allá. 

Ahora, que el chaval no mueve nunca un dedo para superar su situación, no da para más—es tan inútil y de nivel tan bajo que en cierto modo está más allá de la moralidad. De hecho es un niño mal crecido que nunca llegará a madurar, y lo más proactivo que hace es de hecho regresivo—volver a intentar localizar a su familia, una mierda de familia que debió dejar en algún recodo de esa carretera. Su padre, o quizá no sea su padre, es un pintorzuelo dejado que vive en una caravana, y su madre, al parecer una destalentada que cometió un asesinato pasional, se pierde en el pasado en algún viejo super 8 que es la imagen inalcanzable de un cielo infantil, inalcanzable y más que dudoso. El futuro no promete más: la película acaba con River (que tampoco parecía tener mucho más criterio que su personaje) tumbado en la carretera, saqueado por dos malos samaritanos y rescatado por un buen samaritano que se lo lleva a un horizonte vaquero demasiado bonito en ese último fotograma.

Es que las valoraciones de la película van un poco a voleo—el director (como algún otro personaje) parece encariñado en demasía con Mike, por una mezcla de pura piedad y de cara bonita, o por su pura indefensión— porque no da para más el chaval. Igual el director está más cerca de Scott Favor, uno de los buenos samaritanos de Mike—del cual éste se enamora, pero Scott no es homosexual y es chapero sólo por vicio, no por gusto. Scott está forrado, hijo de un alcalde, prohombre y magnate, y se mete en la mugre de la prostitución como forma de hiperreacción adolescente contra el mundo de su padre. Pero volverá a por la herencia. 

Esta parte de la película repite (literalmente a veces) la historia del príncipe Hal y su padre Enrique IV en la obra de Shakespeare. El personaje de Mike no pega mucho en esa historia, por cierto—no sabemos que nadie se enamorase de Hal, a no ser Falstaff. El papel de Falstaff aquí lo hace Bob Pigeon, un viejo ratero que es el jefe extraoficial de la banda de chaperos drogatas—entre Fagin y Falstaff está el hombre. 

El tema shakespeareano, teniendo su interés inherente (el hijo pródigo que vuelve al mundo del padre, se hace cargo de la herencia, rechaza a sus malas compañías.... etc.) rechina un tanto en varias ocasiones—sobre todo cuando caes en la cuenta de que ninguno de estos personajes tiene la menor noción de teatro clásico, pues si no se verían a sí mismos repitiendo paso por paso las escenas de Enrique IV, incluyendo el robo de Gadshill (dios mío, hasta con trajes de fraile). 

En fin, que la película toca muchos palos, y siempre tiene algo interesante, pero a veces no acaban de combinar bien los ingredientes del guiso. El director, como decía, parece colocarse más en el papel de Scott (Keanu Reeves), como alguien que ve ese mundo marginal desde dentro pero sabe que lo tiene superado, que madurará y saldrá de él en cuanto elija, o que ya ha salido—tiene topsight—mientras hay otros como Mike, o como River, que son desvalidos y no tienen la capacidad de abrirse camino en la vida. La de Mike, por mucho que se lo lleven al horizonte infinito de Idaho, va a ser corta, sin dirección, y vivida como en un sueño. 

Al fin toda vida viene a ser vivida como un sueño en una carretera infinita, igual viene de allí la fascinación que despierta el protagonista, aparte de ser delgadito y con buen peinado.



 
 
 
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