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domingo, 15 de enero de 2017

Retropost #1312 (15 de enero de 2007): Ley de Skitt y parapraxis



Últimamente se habla bastante de actos fallidos, lapsus linguae y otras calamidades, a cuenta de que nuestro presidente Zapa-tero es bastante dado a cometerlos y a socavar de ese modo la credibilidad de su propio discurso. Equivocaciones casuales e insignificantes, dicen unos; señal de las tensiones acumuladas, dicen otros allá; señal de falsa conciencia, dicen acullotros. El caso es que a veces las comete con avaricia reiterativa, o parece invitarlas, como en el famoso caso de los "accidentes mortales" o el de las "vidas sesgadas" por el terrorismo.

Quien quiera hacer lecturas profundas y reveladoras del asunto ha de acudir, claro, a la teoría expuesta por Freud en Psicopatología de la Vida Cotidiana. O por qué hacemos gestos reveladores de nuestras intenciones reprimidas. El caso es que he observado que los locutores que se ensañan con Zapatero por esos lapsi a veces los cometen ellos mismos al repetirlos, se trabucan, señal de que quizá teman estarse agarrando demasiado a un clavo que sobresale del discurso del escurridizo presidente.

Podríamos relacionar con este fenómeno la Ley de Skitt,según la cual un debate en Internet que se centre en denunciar errores de escritura o lenguaje en un participante, lleva pronto al denunciante a cometer errores similares. Según la Wikipedia, muchos la ven como una especie de maldición justiciera, o como un corolario de la ley de Murphy. Voy a introducir allí mi teoría. Yo creo que muchos de estos casos de error son parapraxis freudianas. Y es que nadie está libre de semejantes atentados mentales...
 







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jueves, 4 de agosto de 2016

Retropost #1095 (4 de agosto de 2006): Leyes de Murphy de la interacción comunicativa

Leyes de Murphy de la interacción comunicativa

Publicado en Semiótica. com. José Ángel García Landa

Está Álvaro leyendo con gran regocijo Leyes de Murphy para niños, de Arthur Bloch. El principio rector del libro es, naturalmente, que todas las expectativas se frustran, todos los planes fracasan, nada funciona ni sale como se esperaba, si algo puede salir mal saldrá, etc. Me recuerda las tesis pesimistas y un tanto caricaturizadas de la desconstrucción: la comunicación fracasará; el sentido profundo de la obra va a contradecir al expreso e intencional; el inconsciente sacará las vergüenzas a la luz, y el lenguaje patinará y expresará un sentido contrario al deseado. Aunque de las distintas secciones del libro no hay ninguna dedicada a los fracasos de la comunicación.

A cada uno de los principios del libro se les pone un nombre pintoresco: Primera regla de patología, Corolario de Jenning, Regla de Rune. (Esta es buena: "Si no te importa dónde está, es que no se te ha perdido"). He mirado por encima el libro, por ver si de todos modos algunos de sus principios son aplicables a la interacción comunicativa. Algunos hay, por lo generales. Por ejemplo, la Ley de Whistler: "Nunca se sabe quién tiene razón, pero siempre se sabe quién manda". Esta podría juntarse con la vieja Ley de Humpty Dumpty sobre el significado de las palabras -- que significan lo que dice el jefe. También esta otra tiene aplicaciones crítico-comunicativas: "Las únicas personas que encuentran lo que buscan en la vida son los criticones". O la Ley de Lieberman: "Todo el mundo miente pero no importa, porque nadie escucha".

Bueno, esto se ve que tiene posibilidades. Entre otras, posibilidades de exageración. Ninguna representación, ni siquiera la más pesimista, representa la realidad de modo adecuado; siempre nos da una versión provisional para uso local. De hecho, no puedo resistirme a enunciar ya el Corolario de García a la Ley de Murphy: "Ninguna Ley describe la realidad a la perfección, y todas fallan en el momento más inesperado -- y la primera, la de Murphy". Yo no me fío ni de mantener la Ley de la Gravedad, como para fiarme de la Ley de Murphy.

Pero viendo el mundo, y la comunicación, con el cristal de ese color, sí podemos buscar la aplicación de la Ley de Murphy a la comunicación. La podríamos enunciar adaptando la frase del Player King de Hamlet: "nuestras palabras son nuestras; pero a dónde van a parar, quién lo sabe". O, yendo más atrás, lo decía Sócrates sobre los discursos escritos en el Fedro de Platón: un escrito no se sabe a qué manos u oídos o entendimientos va a parar; el autor dice una cosa, pero vete a saber qué es lo que entiende el lector. Paul de Man lleva este escepticismo  con la comunicación textual a un extremo: todo es indecidible, todo sentido se vuelve contra sí mismo. Nada permite suponer que la comunicación cara a cara in praesentia (otra modalidad de la ausencia) escape a este principio de pesimismo.

O sea, que nuestras palabras no tendrán el efecto deseado, ya sean espontáneas o cuidadosamente calculadas. Expresarán también, al menos a buen entendedor, lo que no queremos decir, o lo que queremos ocultar o preferimos no pensar. O, a malintencionado entendedor, serán cogidas siempre por el lado que más quema. (Ya temo los comentarios a este post). Presuposiciones molestas saldrán a la luz, y serán exhibidas por nuestro interlocutor cogidas entre dos dedos y retorciéndose. Y estaban en lo que dijimos, y no nos habíamos percatado. O quizá nuestras palabras expresarán obscenidades involuntarias, o resultarán ser, vistas en contexto y reinterpretadas, un gigantesco desliz de la lengua, un lapsus calamidad, una metedura de pata monumental, un error de comunicación. Oídos críticos poco amigables descubrirán la cara de la moneda que pretendemos ocultar, inscrita y transparentada en nuestras mismas palabras que deberían ser el instrumento de ocultación. Y todo esto sucede de modo incalculable, imprevisible, impermeable a toda estrategia. El lapsus linguae, sólo visible retrospectivamente. Inmune a cualquier planificación teórica. Para praxis, la parapraxis.

Por su naturaleza de acontecimiento a la vez imprevisible y congruente en visión retrospectiva, el lapsus linguae nos proporciona un tema ideal para una narración. Es algo eminentemente contable, la metedura de lengua de alguien donde no debía meterla. (Muchas veces aporta justicia poética).

Pero cuidado, que la narración de cómo la lengua fue metida no escapa a la Ley de la Inevitable Metedura de Pata, o linguopatología de la vida cotidiana. Así que ojo con la paja ajena, for what it's worth.

Y reojo, que a veces sí que nos entendemos. Cuando menos lo esperamos. Muchas veces de reojo.





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viernes, 22 de abril de 2016

Retropost #865 (19 de abril de 2006): Parapraxis perceptual con desmaterialización televisada



Pasamos con Álvaro y los pequenhajos por delante de una tienda de imagen y sonido con varias pantallas de televisión encendidas; en una de ellas, la cámara fija saca de frente una puerta pintada azul claro con arco de medio punto, algún sitio en Turquía, o Grecia, o Macedonia; pasan figuras de viandantes por delante, entre la cámara y la puerta, mal iluminadas, demasiado cerca de la cámara, no se les ve la cabeza, algunos se paran un momento frente a la cámara, otros siguen. Me paro, sigo, vuelvo atrás, ¿me he visto pasar por esa pantalla? ¿soy yo el que pasa ahora? ¿Voy vestido así acaso? La figura se para, pero sigue adelante, es como si se me escapara la sombra, o un cuerpo astral. Ah, no, claro, que no soy yo, si era una imagen de Macedonia, o de Turquía... pero me había parecido a la vez que era una cámara enfocando a nuestra acera y proyectando la imagen al televisor.

- Álvaro, mira esa pantalla, a ver qué ves.

- Sí, ya me he fijado cuando pasaba. He dicho, anda, ha pasado un señor, pues ahora pasaré yo, pero de repente veo que no paso.

- ¿Y no te ha parecido que te volvías invisible?

- Sí, una cosa rara, he dicho, ahí vá. Y entonces he visto que había edificios que no parecían de esta calle, y me he vuelto y no había ninguna puerta azul, y he pensado, pero cómo voy a salir, si aquí detrás no hay ninguna puerta azul.

- Pues exactamente como yo. Esto parece un lapsus oculi preprogramado.





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