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domingo, 31 de mayo de 2020
viernes, 21 de febrero de 2020
sábado, 18 de enero de 2020
Memorias de mi madre
Mi mami con las memorias ilustradas que le ha regalado Berta. En la portada, ella misma con sesenta años menos:

Aquí se las entregan unos nietillos:
Memorias de mi madre from Jose Angel García Landa on Vimeo.
sábado, 16 de febrero de 2019
sábado, 5 de enero de 2019
ORDESA de Manuel Vilas
Una acertada reseña de Nadal Suau en El Cultural:
Manuel Vilas. Foto: Columna Villarroya
Investigando la
biblioteca personal de un escritor heterodoxo, lateral y misterioso de
la segunda mitad del siglo XX, fui a dar con un autógrafo de Manuel Vilas (Barbastro, 1962). Vilas había obsequiado a ese autor con un ejemplar de su poemario El cielo,
y en la primera página constaban a mano su agradecimiento por una
gestión que ya ni él recordará en qué consistió y estas palabras tan
amables: “En El cielo de Vilas hay habitaciones reservadas para
mi amigo C. S.”. La biblioteca personal de C. S., hoy que C. S. está
muerto, ocupa una sala abierta al público en las dependencias
municipales del pueblo de su infancia. Somos pocos quienes la visitamos.
Si arranco estas líneas contando la anécdota del autógrafo de Vilas es
por capricho, desde luego, pero se trata de un capricho oportuno. En
primer lugar, porque Manuel Vilas es un autor tan heterodoxo,
lateral y misterioso, que tiene sentido entender su tradición como
igualmente extraña, lateral, inventada. En segundo lugar, porque la nueva novela de Vilas, Ordesa,
está construida como una sucesión levantisca de momentos que ya nadie
recuerda y sin embargo merecen una Reserva Premium en el particular
cielo del narrador. Y en tercer lugar, porque ese autógrafo, al revelar
una conexión tangible entre M. V. y C.S ., me llevó de la mano hasta una
revelación bastante hermosa, y creo que exacta.
Mientras estuvo vivo, C. S. protagonizó algunos episodios de escritura automática ultratúmbica: su mano cobraba voluntad propia y se ponía a escribir con caligrafía ajena unos mensajes firmados por Jorge Luis Borges, por Papini, por Quevedo. Una tarde, le rogué a C. S. que me mostrara alguno de esos papeles; los había destruido casi todos, pero se avino a compartir el último, una comunicación que le había dirigido su novia de toda la vida. El documento era cuanto menos curioso: presentaba una letra asombrosamente distinta a la suya, y el bolígrafo no se separaba del folio ni un momento, dejando un rastro lineal en cada cambio de renglón. Todas las frases, que ya no recuerdo con exactitud, estaban marcadas por el signo de la paradoja. Por ejemplo, algo así: “Desde donde estoy no puedo veros, aunque os veo siempre”; o bien, “no cuidándote, cuido bien de ti”.
He pensado en todo esto a cuenta de Ordesa porque esos eran mensajes fantasmagóricos, muertos dirigiéndose a un vivo. Y por excéntrica que resulte esta práctica mediúmnica, es evidente que estamos hablando de literatura: he aquí un modo de convertir en estilo y tono la relación de un individuo con la memoria. Ordesa, de Manuel Vilas, también es una comunicación de fantasmas.
Entendámonos: Ordesa es un libro de memorias. Si me preguntan qué nos cuenta Vilas, lo explicaré así: que añora a sus padres, que se pregunta por su familia, que se ha divorciado y tiene dos hijos, que es escritor y un día morirá. Nada más. Bueno, sí, algo importante: que vive en España, un país terrible y digno de ser amado que cabe en un Seiscientos. En estas páginas, el autor se dedica a recordar todo aquello que estuvo vivo y ya no lo está: sus padres, los objetos que caracterizaron la vida de esos padres, la España de los sesenta y la de los setenta, su propio matrimonio, las borracheras e infidelidades que lo condenaron a acabar en divorcio… Pero a menudo, Ordesa parece la comunicación desatada, paralela, salvaje, arracimada y tierna del fantasma futuro de Vilas. Porque si el tiempo no es más que una ilusión persistente (esa cita-cliché de Einstein), y si los fantasmas son negaciones de la linealidad del tiempo, ¿por qué no podría hablarnos en estas páginas, lectores de 2018, el fantasma de Manuel Vilas que algún día se le aparecerá a sus hijos?
Las paradojas de Vilas, tan hermosas; sus hipérboles, que convierten toda materia pequeña y contingente en el campo de batalla de la eternidad y lo divino (sin que esa materia deje de ser una mota de polvo); su sonrisa y su tristeza. Todo eso se justifica porque el escritor escribe desde donde no nos ve pero nos ve siempre, desde donde no nos cuida y así cuida bien de nosotros.
Adviertan que el autor de estas líneas se está dejando llevar por el torrente sideral que es el universo de Vilas, y está escribiendo en un tono y un estilo que no solo no es académico, sino que a duras penas pasará por periodístico; créanme si les digo que ese dejarse llevar es deliberado y parte de mi juicio crítico. Es mi forma de decirles que Ordesa es irresistible y que su prosa está habitada por un espíritu, atrapado en esta cita: “Porque la vida social y la familiar y la vida laboral y la vida sentimental dan igual, son un invento que se descubre con la muerte. Por eso escribo así”. También estoy diciendo que las hojas cubiertas de palabras de muertos que rellenaba C. S. y las mil correspondencias y señales secretas que Vilas colecciona vorazmente en Ordesa caben en esta otra cita: “Nunca hubo ningún mensaje. Todo ocurría en mi cabeza. Solo en mi cabeza”. Así son las mejores historias de fantasmas.
Pocas veces he visto tan bien escrita en nuestra literatura reciente la enorme belleza y aridez que caracterizan las relaciones entre un hijo y sus padres. O al revés, las de un padre con sus hijos. Es todavía más infrecuente encontrar una prosa que logre hablar de política (de Política, no de cortesanía o contingencias) de un modo tan imaginativo, indirecto, artístico: las páginas que se recrean en la comida de recepción del Premio Cervantes por parte de Juan Goytisolo, con la presencia de Felipe VI y Letizia son, en este sentido, imprescindibles, y afianzan la insobornabilidad de España como tema en Vilas. Al fondo, una divisa explícita: “Conciencia de clase es lo que no debe faltarnos nunca”. Luego, está ese modo tan cotidiano y compartible en que los objetos son portadores de tristeza y finitud en este libro de Vilas: acongojan las corbatas, las facturas, los muebles, las camas sin hacer. Todo transmite el mensaje desolador e inevitable, pero paradójicamente (insistamos) consolador, del paso del tiempo.
La portada del libro recoge con mucho acierto el color amarillo que recorre estos ciento cincuenta y siete capítulos breves: es importante. Para empezar, porque hay una tradición literaria española muy determinada en torno a lo amarillo como final, tiempo, melancolía. Y sobre todo, porque es la primera de muchas pruebas que nos confirman que, bajo su torrencialidad arrebatadora, Ordesa presenta la vocación de decir algunas cosas muy concretas, lúcidas e irrebatibles. O quizás este libro sea solo una invitación a bailar hasta el final del amor. Popular y al mismo tiempo arriesgadísimo como Lope (quien tal vez se le apareciera a C. S., quién sabe), Manuel Vilas ha escrito algo inolvidable.
@Nadal_Suau
_______________
En su Facebook anunciaba Manuel Vilas la 13ª edición de Ordesa, y le pongo este comentario:
Es un libro memorable, Manuel (los colegas de la mili no mienten). Es de lo mejor que he leído jamás, de cualquier autor, en cualquier lengua. Chapeau, o, en mi caso, gorra.
O, bueno, ya que parece que estás por América, como dicen por allí: Respect!
Ordesa
Manuel Vilas
Alfaguara. Madrid, 2018. 387 páginas, 18,90 €, Ebook: 9,99 €
Manuel Vilas. Foto: Columna VillarroyaMientras estuvo vivo, C. S. protagonizó algunos episodios de escritura automática ultratúmbica: su mano cobraba voluntad propia y se ponía a escribir con caligrafía ajena unos mensajes firmados por Jorge Luis Borges, por Papini, por Quevedo. Una tarde, le rogué a C. S. que me mostrara alguno de esos papeles; los había destruido casi todos, pero se avino a compartir el último, una comunicación que le había dirigido su novia de toda la vida. El documento era cuanto menos curioso: presentaba una letra asombrosamente distinta a la suya, y el bolígrafo no se separaba del folio ni un momento, dejando un rastro lineal en cada cambio de renglón. Todas las frases, que ya no recuerdo con exactitud, estaban marcadas por el signo de la paradoja. Por ejemplo, algo así: “Desde donde estoy no puedo veros, aunque os veo siempre”; o bien, “no cuidándote, cuido bien de ti”.
He pensado en todo esto a cuenta de Ordesa porque esos eran mensajes fantasmagóricos, muertos dirigiéndose a un vivo. Y por excéntrica que resulte esta práctica mediúmnica, es evidente que estamos hablando de literatura: he aquí un modo de convertir en estilo y tono la relación de un individuo con la memoria. Ordesa, de Manuel Vilas, también es una comunicación de fantasmas.
Entendámonos: Ordesa es un libro de memorias. Si me preguntan qué nos cuenta Vilas, lo explicaré así: que añora a sus padres, que se pregunta por su familia, que se ha divorciado y tiene dos hijos, que es escritor y un día morirá. Nada más. Bueno, sí, algo importante: que vive en España, un país terrible y digno de ser amado que cabe en un Seiscientos. En estas páginas, el autor se dedica a recordar todo aquello que estuvo vivo y ya no lo está: sus padres, los objetos que caracterizaron la vida de esos padres, la España de los sesenta y la de los setenta, su propio matrimonio, las borracheras e infidelidades que lo condenaron a acabar en divorcio… Pero a menudo, Ordesa parece la comunicación desatada, paralela, salvaje, arracimada y tierna del fantasma futuro de Vilas. Porque si el tiempo no es más que una ilusión persistente (esa cita-cliché de Einstein), y si los fantasmas son negaciones de la linealidad del tiempo, ¿por qué no podría hablarnos en estas páginas, lectores de 2018, el fantasma de Manuel Vilas que algún día se le aparecerá a sus hijos?
Las paradojas de Vilas, tan hermosas; sus hipérboles, que convierten toda materia pequeña y contingente en el campo de batalla de la eternidad y lo divino (sin que esa materia deje de ser una mota de polvo); su sonrisa y su tristeza. Todo eso se justifica porque el escritor escribe desde donde no nos ve pero nos ve siempre, desde donde no nos cuida y así cuida bien de nosotros.
Adviertan que el autor de estas líneas se está dejando llevar por el torrente sideral que es el universo de Vilas, y está escribiendo en un tono y un estilo que no solo no es académico, sino que a duras penas pasará por periodístico; créanme si les digo que ese dejarse llevar es deliberado y parte de mi juicio crítico. Es mi forma de decirles que Ordesa es irresistible y que su prosa está habitada por un espíritu, atrapado en esta cita: “Porque la vida social y la familiar y la vida laboral y la vida sentimental dan igual, son un invento que se descubre con la muerte. Por eso escribo así”. También estoy diciendo que las hojas cubiertas de palabras de muertos que rellenaba C. S. y las mil correspondencias y señales secretas que Vilas colecciona vorazmente en Ordesa caben en esta otra cita: “Nunca hubo ningún mensaje. Todo ocurría en mi cabeza. Solo en mi cabeza”. Así son las mejores historias de fantasmas.
Pocas veces he visto tan bien escrita en nuestra literatura reciente la enorme belleza y aridez que caracterizan las relaciones entre un hijo y sus padres. O al revés, las de un padre con sus hijos. Es todavía más infrecuente encontrar una prosa que logre hablar de política (de Política, no de cortesanía o contingencias) de un modo tan imaginativo, indirecto, artístico: las páginas que se recrean en la comida de recepción del Premio Cervantes por parte de Juan Goytisolo, con la presencia de Felipe VI y Letizia son, en este sentido, imprescindibles, y afianzan la insobornabilidad de España como tema en Vilas. Al fondo, una divisa explícita: “Conciencia de clase es lo que no debe faltarnos nunca”. Luego, está ese modo tan cotidiano y compartible en que los objetos son portadores de tristeza y finitud en este libro de Vilas: acongojan las corbatas, las facturas, los muebles, las camas sin hacer. Todo transmite el mensaje desolador e inevitable, pero paradójicamente (insistamos) consolador, del paso del tiempo.
La portada del libro recoge con mucho acierto el color amarillo que recorre estos ciento cincuenta y siete capítulos breves: es importante. Para empezar, porque hay una tradición literaria española muy determinada en torno a lo amarillo como final, tiempo, melancolía. Y sobre todo, porque es la primera de muchas pruebas que nos confirman que, bajo su torrencialidad arrebatadora, Ordesa presenta la vocación de decir algunas cosas muy concretas, lúcidas e irrebatibles. O quizás este libro sea solo una invitación a bailar hasta el final del amor. Popular y al mismo tiempo arriesgadísimo como Lope (quien tal vez se le apareciera a C. S., quién sabe), Manuel Vilas ha escrito algo inolvidable.
@Nadal_Suau
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En su Facebook anunciaba Manuel Vilas la 13ª edición de Ordesa, y le pongo este comentario:
Es un libro memorable, Manuel (los colegas de la mili no mienten). Es de lo mejor que he leído jamás, de cualquier autor, en cualquier lengua. Chapeau, o, en mi caso, gorra.
O, bueno, ya que parece que estás por América, como dicen por allí: Respect!
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martes, 11 de abril de 2017
Retropost #1554 (11 de abril de 2007): Desmemoriado
Incluso amnésico, podría decir. He perdido la memoria. Hasta hoy tenía memoria, la usaba sin prestarle mayor atención, y de repente... nada. No me acuerdo de dónde la he puesto, claro, cómo me voy a acordar, si me acordase no la habría perdido. Pues ya me fastidia, porque tenía ahí memorizado mi último trozo traducido de La Filosofía del Presente, y me moría de ganas de colgarlo. Tendré que volver a traducirlo, como una repetición del presente o un eterno presente. Frente a mi puerta del despacho, tengo un cartel que pone: ¿Te acuerdas de llevarte LA MEMORIA? Porque ya había apreciado cierta tendencia a traspapelarla... Está visto que me tendré que poner cartelitos de esos por todo. Y escribirme recordatorios por la piel, como en Memento. On se gadgette, pero ni por esas: debería implantarme una memoria directamente en la sien; con la mienne está visto que no me apaño. Ya he interrogado a los nenes: "Otas, te has llevado tú mi memoria?" Y nada, me juran. Pero sí me dicen que la habían visto por ahí tirada; así que cualquier rato me vendrá alguien (espero) mientras estoy con la mirada perdida, waiting for the day: "¿Es ésta tu memoria?" "Ay, sí, contiene bonitos recuerdos— ¿dónde estaba?". Me pregunto si alguien que la encuentre (si se me ha perdido por la calle) podrá decir que es mía examinando su contenido... Qué razón tenía Hume, que decía que sin la memoria no somos nadie.
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viernes, 29 de enero de 2016
Retropost #582 (4 de noviembre de 2005): Cápsulas de memoria
Acabo de pasar mis Obras Completas a uno de estos chismes que se llaman memoria USB, o memoria flash, o disco de lápiz, o mechero; después de aferrarme a los diskettes durante años después de que suprimieran las disketeras de los ordenadores, al final me compro una de estas cápsulas de memoria, y a la semana siguiente, vaya, me regalan otra en la Universitat Jaume I, que ya las hacen con logotipos para regalo y todo. Bueno, así tendré dobles copias de seguridad, o quíntuples, o tréintuples, si contamos los dos ordenatas, y la copia en red, y los cé-dés que voy grabando.... se crea una sensación de multiplicación de lo inútil muy curiosa. Comentaba hace poco sobre el mechero de memoria ese que te puede provocar una crisis de identidad, al pensar que todo lo que has escrito, corregido, traducido, etc. en tu vida cabe tranquilamente allí, y que nuestra labor sobre el planeta podría resumirse diciendo "este señor realizó ciertos cambios microscópicos o inscripciones efímeras en un mechero de memoria". Y me sugería una corresponsal invisible que podemos considerarlos también cápsulas de tiempo de estas que gusta a los americanos: podíamos enterrar nuestro mechero personal en un jardín, o debajo de la piedra angular de un edificio, y que el futuro descubra nuestros esfuerzos, gustos y preocupaciones. Aunque también podíamos pedir que nos la pongan en el ataúd, en plan memento viví - ocupa menos que las obras completas. Es curioso, no hay costumbre de poner los libros de los autores dentro de sus ataúdes, y eso que un libro, con su negra tinta, siempre tiene algo de funerario. Había un teórico marxista, Nicos Poulantzas, que se suicidó tirándose por la ventana abrazado a sus obras completas. Menuda recomendación para los lectores. Pero con estos mecheros, más de un ejecutivo saltará por la ventana con sus obras completas, sin darse cuenta siquiera de que las lleva puestas. En Neuromante, la cápsula de memoria se ha perfeccionado: ahí pueden guardarse hasta los esquemas de personalidad y de pensamiento para interactuar con ellos en versión chatbot después de la muerte del interesado. Case, el caso clínico protagonista de la novela, tiene la de un amigo, un hacker al cuadrado a quien le hace consultas informáticas postmortem. Y le dice el colega... "Oye, y cuando acabes, hazme un favor, borra esta cosa". La prasentia in absentia, que empieza con toda escritura, nos lleva a estas reflexiones por un camino natural. Recuérdame, decimos, y después destruye este mensaje.
—oOo—
martes, 10 de noviembre de 2015
André Glucksmann "Une rage d'enfant devenu adulte" | Archive INA
Acaba de morir André Glucksmann. Aquí repasa ese libro suyo donde repasa el libro de su vida.
Tout le monde en parle : [émission du 25 mars 2006] Le dernier livre d'André GLUCKSMANN s'intitule "Une rage d'enfant". Assis aux côtés de Sandrine BONNAIRE, le philosophe raconte son enfance, ses parents juifs immigrés en Allemagne en 1930. En 1937, ils fuient l'Allemagne pour la France où né le petit André. Pendant l'occupation, les Glucksmann vivent dans la clandestinité. Il est raflé avec sa mère et ses soeurs, mais sauvé grâce à la rage de sa mère. Après la guerre, à 10 ans, il reste en France seul, sa mère étant retournée en Autriche. A 13 ans il adhère au PC qu'il quitte en 1956 pour devenir maoïste. Cette appartenance demeure une honte pour lui, la révolution chinoise étant la pire révolution du 20ème siècle. Dans son livre "La cuisinière et le mangeur d'homme", il comparera les totalitarismes nazi et communiste.Après un intermède musical repris par le public de l'émission, André GLUCKSMANN justifie son soutien à l'intervention américaine en Irak et son désaccord sur l'intervention russe en Tchétchénie.Il explique pourquoi il approuve la publication des caricatures de Mahomet (une opinion laissée à la liberté de chacun) mais contre les quolibets sur les chambres à gaz (un fait ayant existé). INTERVIEW RAGE :André GLUCKSMANN répond aux questions de Thierry ARDISSON sur :-sa rage de vivre ; de se coiffer; à propos de Jacques Chirac; de changer le monde; de vendre moins de livres que Bernard Henri Lévy; sur les jeunes filles "aux petits seins de bakélite" (il aime les petits et les gros seins); les SDF dans le métro; la place de la France dans le monde (la grande absente); Milosevic qui ne sera pas jugé; le fait qu'il doive mourir un jour, ses échecs auprès des femmes; qu'il soit considéré comme un vieux fou en colère.Il tire au hasard une carte qui lui demande de faire la promotion d'un autre livre que le sien. Il choisit "American Vertigo". Images d'archive INA Institut National de l'Audiovisuel
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