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domingo, 2 de febrero de 2014

El Gran Juego


El gran juego de la realidad y de la política: Homo actor, Homo pugnans y Homo ludens son la trinidad en la que se manifiesta la naturaleza única de Homo sapiens.  

Voy leyendo El sello indeleble, frase de Darwin y libro así titulado por Juan Luis Arsuaga y Manuel Martín-Loeches (Debate, 2013).  En el capítulo sobre la naturaleza social del hombre, parte de su "sello indeleble" que lo hace a la vez humano y animal (animal a su manera), se habla más explícitamente de lo que se suele de la naturaleza guerrera de los grupos humanos. De esto hablamos en Somos hijos de la guerra, y más habría que hablar todavía. Pero aquí juntan la discusión los autores, de modo interesante, a las nociones de la vida como teatro, y de la realidad social como ficción construida y juego—partiendo de Huizinga y su Homo Ludens. Todos actores, y la guerra va unida a la preponderancia y actuación de los principales actores, los jefes y líderes. Una teoría (asociada a Marvin Harris y otros) que matiza o afina la teoría de nuestro origen guerrero. El hombre es una especie de por sí grupal, tribal y competitiva, que explota o expulsa a otros grupos humanos—o compite agresivamente con ellos. Pero a la vez, la dinámica guerrera se ha acentuado en una determinada fase de la historia. La que conocemos, a grandes rasgos, como la fase civilizada. Paradoja para rumiarla.

Arsuaga, gran fan del fútbol, ve en la violencia simbólica un sustituto útil de la violencia real para dar salida a nuestros instintos agresivos y a las dinámicas tribales primarias. Ya señalábamos la gran importancia del fútbol para la estructuración de la realidad, su dimensión fenomenológica por así decirlo. No, si se puede sostener —desde otro punto de vista, pues aquí aborrecemos el fútbol— que cuando la realidad está hecha de fútbol, y ha sido fagocitada por éste, es por razones muy ligadas no sólo a las circunstancias políticas de la sociedad moderna, sino también al sello indeleble éste que llevamos estampado en las meninges.

Y en fin, que este fragmento que cito a continuación también se relaciona con otro de los temas que tratamos aquí con frecuencia, aparte de la evolución y de la explotación del hombre como principal fuente de recursos para el hombre-lobo. Tema, digo, que es la teatralidad de la vida cotidiana, la estructura dramatúrgica de la psicología, de las relaciones y de la actuación humana. La virtualidad de la Matrix constituida por el Gran Teatro del Mundo que se infla como un globo-mapamundi, flota como él en la nada, y puede pincharse casi igual de fácil.

Me callo y cito, si citar es callarse—el fin del capítulo 6:

Somos primates sociales, y la existencia de relaciones jerárquicas dentro de los grupos parece algo intrínseco a nuestra especie; nuestro cerebro está especialmente preparado para ello. En cualquier caso, estos líderes de grupos pequeños [en sociedades primitivas de cazadores-recolectores] no serían jefes en el sentido estricto del término.

Con el surgimiento de las jefaturas, sociedades con una jerarquía estricta, el fenómeno de la guerra parece que se volvió más exagerado y frecuente. Fue el momento en el que surgieron los jefes intocables y todopoderosos, verdadero caldo de cultivo para las guerras. A este fenómeno debió de contribuir el hecho de que en los grupos más numerosos, con una cantidad de individuos superior a 200 y, por tanto, más difíciles de manejar mentalmente, las relaciones entre sus miembros debían de quedar definidas por una función por una categoría. Cuando se alcanza esta situación de impersonalidad es cuando pueden aparecer muchos de los fenómenos mentales y sociales de los grupos grandes de humanos mencionados anteriormente. La categoría de "jefe" se aplicaría así a un rol, a una función, y sobre todo, a unas características que pueden perfectamente alejarse del verdadero personaje que asuma ese papel en un momento dado. La lejanía entre los miembros del grupo es suficiente también como para que la mayoría de ellos no hayan tenido un trato cercano y directo con el líder y, por lo tanto, lo ignoren todo de él. Es entonces cuando se puede llenar ese vacío de conocimiento real con unos contenidos y unas capacidades, a veces incluso sobrenaturales, que se le suponen al líder solo por el hecho de ser la persona que ostenta ese título. Efectivamente, el jefe acaba siendo alguien muy especial, incluso una divinidad, alguien a quien hay que obedecer ciegamente, alguien por quien merece la pena luchar y matar y, si hace falta, morir.

El fenómeno debió de volverse cada vez más complejo a medida que los grupos aumentaban cada vez más de tamaño. Especialmente complejo, para nuestra limitada mente, cuando los grupos superaron los 10.000 individuos y empezaron a surgir los estados. Los estados son, según Marvin Harris, una forma exclusivamente humana de agrupación a la que tiende naturalmente nuestra especie, como lo demostraría el hecho de que haya surgido de manera independiente en diversas partes del mundo.

Pero las guerras, como los estados y tantas otras cosas, en el fondo no son más que un juego; un gran juego. El ser humano lucha por conceptos, por ideas, sean estas una nación, un dios o unos ideales. A veces, todo junto. Todos ellos no son otra cosa que meros conceptos mentales, sin más realidad material que la que les otorga nuestro cerebro. Cuando hacemos la guerra, puede que solo estemos jugando, aunque lo que nos juguemos sea la vida.


"Homo ludens"

El ser humano destaca por ser tremendamente propicio al juego. El historiador holandés Johan Huizinga sugirió que nuestra especie podría llamarse Homo ludens (este es, de hecho, el título de su libro publicado en 1950). Para Huizinga, todas las culturas no son más que un mero juego, y cumplen una función lúdica. Es probable que la cultura humana tenga su origen y gran parte de su razón de ser en los mismos mecanismos que el juego.

El juego no es un fenómeno exclusivo de nuestra especie; muchas otras lo practican durante su infancia. Es una actividad muy destacada en los primates, especialmente en algunos grandes simios, como los chimpancés. El juego parece ser una actividad muy preponderante en especies con un marcado carácter social y que en la edad adulta presentan un comportamiento más flexible. Sin embargo, en nuestra especie se daría el curioso fenómeno de que el juego no disminuye en intensidad con el inicio de la edad adulta, llegando en ocasiones a invadir nuestras vidas hasta sus más íntimos rincones.—
 
[Se sugiere aquí, o puede sugerirse, que la propensión humana al juego deriva en parte de las peculiaridades de la flexibilidad cerebral humana—ese cerebro que viene a un mundo social todavía sin terminar de hacer, y que se inserta así en una matriz social que lo estructura desde dentro, con el lenguaje y el orden simbólico. La naturaleza lúdica y simbólica de la realidad va por tanto unida en cierto modo al carácter altricial del ser humano, y al papel que la neotenia ha tenido en la evolución—algo ligado a su vez, en parte, a la locomoción bípeda y al desarrollo craneal. También es la "vida interna" de ese cerebro, en diálogo directo consigo mismo e indirecto con el mundo, el que lleva al desarrollo de una realidad virtual superpuesta a la realidad física, y estructurándola —JAGL ] 
 
 —Jugar es divertido, o al menos gratificante. El juego llena el cerebro de opiáceos naturales, que  refuerzan y motivan las acciones que estemos llevando a cabo. Esta liberación de sustancias similares a algunas drogas, pero producidas por el propio cerebro y de mucha menor potencia, no solo facilita el trabajo coordinado de diversas acciones de nuestro cerebro, sino que además atenúa y minimiza los conflictos sociales.

Somos primates altamente sociales y, gracias al juego, principalmente durante la infancia, desarrollamos nuestra capacidad para entender lo que es una jerarquía y lo que esta implica. Jugar nos ayuda a desarrollar nuestro lenguaje y nuestra capacidad de comunicación, a aprender y a siguir unas reglas que determinan la convivencia. Con el juego aprendemos a ser humanos. Lo curioso en nuestro caso es que no dejamos de jugar durante el resto de nuestras vidas. El ser humano adulto realiza un juego social muy complejo, con numerosas normas, roles, derechos y obligaciones, con multitud de interrelaciones que hay que entender y memorizar, por lo que ejercitar estas habilidades mediante la actividad lúdica durante el desarrollo resulta absolutamente imprescindible. Entre otras cosas, porque el juego nos permite reconocer la posibilidad de que otros individuos tengan ideas y pensamientos distintos de los nuestros.  Y, lo que es muy importante, también nos permite reconocer que puede (y suele) haber tramposos. Con el juego infantil, que de alguna forma reflejará lo que será el juego de la vida adulta, el niño humano aprende que no todo son buenas intenciones, que hay competencia y que unos ganan y otros pierden. Podría decirse que el ser humano vive inmerso en un gran juego durante toda su vida.
 


Que incluso la guerra se pueda entender como un juego y que la especie humana sea propensa a ella, especialmente si vive en grupos muy grandes, explicaría algunos fenómenos humanos aparentemente muy extraños, pero a la vez tan cotidianos, como la pasión de las masas por los deportes, especialmente si se juegan en equipo.

Para algunos autores, el ser humano es único en exhibir las más variadas y sorprendentes formas de demostrar que se está bien adaptado, que se está en forma y que se es un candidato idóneo y preferible con quien tener descendencia. La guerra puede haber sido de algún modo una de esas formas de exhibirse, de mostrar que se es de los mejores física y mentalmente. Además, en la guerra hay no solo un jefe supremo y otros tantos mandos organizados jerárquicamente; también hay combatientes, guerreros valerosos y héroes. Curiosamente, en el deporte se dan muchos paralelismos con la guerra. la pasión y el entusiasmo con que una gran parte de la población humana de todo el planeta se relaciona con el mundo del deporte nos tienen que poner sobre aviso de que es probable que estemos ante algo que verdaderamente forma parte de lo más esencial de nuestra naturaleza. En la afición al deporte, muchos seres humanos se ponen de parte de un equipo, lo siguen con sumo interés en todas sus batallas e implican de lleno a su sistema emocional. Si el equipo pierde, sufren, y si gana, estallan de alegría. Los seguidores celebran en masa las victorias de su equipo de una manera muy poco discreta, y se produce una verdadera orgía de hormonas en sus cerebros. Sí, se puede vivir pasionalmente el deporte incluso sin ser deportista. Es más, se suelen destinar al deporte enormes sumas de dinero, cantidades que de por sí mismas podrían ayudar a paliar de manera notable muchos de los problemas más básicos y acuciantes del tercer mundo. Sin embargo, se están invirtiendo en el hecho de que, por ejemplo, grupos de personas adultas en pantalón corto den patadas a una pelota que tienen que meter entre tres palos. Así es el sistema moral de nuestra especie; y así es el ser humano, imperdonablemente amante del juego. Si queremos realmente definir y entender a nuestra especie, no nos debemos olvidar de este tipo de cosas.

El deporte, en especial el deporte de equipo, es un buen sinónimo y sustituto de la guerra. El deporte llena el vacío que necesitan nuestros instintos guerreros, y esta es posiblemente una de las principales razones de su tremendo éxito. Entre el deporte y la guerra, como decíamos, existen numerosos y sospechosos paralelismos. En la guerra hay naciones, estados, reyes, príncipes, héroes y soldados; estrategias, objetivos y batallas; himnos, banderas, colores (que se defienden con la vida), vencedores, vencidos y premios; campos de batalla y, sobre todo, un impresionante baño de nuestros órganos en adrenalina y una tremenda demostración de fuerza física— 
 
[y, en la guerra, también de inteligencia tecnológica, organizativa, estratégica y maquiavélica, añadamos—JAGL
 
llevada al límite de nuestras capacidades. Pues bien, más allá de la mera práctica del deporte, del ejercicio para mantenerse en forma, toda la parafernalia que lo rodea hace un uso demasiado evidente de todos estos conceptos guerreros. Hay quien dirá que el deporte no es más que un juego. Sí, es cierto, pero es un juego que muchos seres humanos parecen tomarse muy en serio Así es como jugamos los humanos. Cuando el filósofo Ortega y Gasset habla del "sentido deportivo y festival de la vida" no podía mostrarse más acertado.




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martes, 9 de agosto de 2011

El ¿pernicioso? legado de la Gran Cadena del Ser

(Una curiosa paradoja del evolucionismo)

Podría titular este post Dawkins y el supremacismo humano... O, quizá, complexity and integration in a hierarchical universe. Sigo leyendo a ratos sueltos Evolución, de Dawkins, y me temo que voy a tener que seguir apostillando algunos de sus conceptos. En el capítulo sobre "¿El eslabón perdido? ¿Qué significa 'perdido'?" —hay una sección titulada "El pernicioso legado de la Gran Cadena del Ser", en la que Dawkins argumenta contra la idea de que exista algún tipo de jerarquía evolutiva en la Naturaleza. Es la tesis fashion entre algunos biólogos: creer que "todos los seres vivos estamos igualmente evolucionados":


Detrás de gran parte de las demandas de "eslabones perdidos" hay un mito medieval, que ocupaba las mentes de los hombres justo hasta la época de Darwin y las confundió pertinazmente a partir de entonces. Es el mito de la Gran Cadena del Ser, según el cual todo el Universo descansa sobre una escalera, con Dios en la parte más alta, luego los arcángeles, luego varios rangos de ángeles, luego los seres humanos, luego los animales, luego las plantas y luego las piedras y otras creaciones inanimadas. Dado que esto procede de una época en la que el racismo era normal, no necesito añadir que no todos los seres humanos estaban situados en el mismo peldaño. ¡Oh, no! Y por supuesto los machos estaban un peldaño por encima de las hembras de su clase (que es la razón por la que escribí "ocupaba las mentes de los hombres" en la frase inicial de esta sección. Pero fue la supuesta jerarquía dentro del reino animal la que tuvo mayor capacidad para enturbiar las aguas cuando entró en escena la idea de la evolución. Parecía natural suponer que los animales "inferiores" evolucionaron hacia animales "superiores" (...) pero el mito de la escalera completa está profundamente mal planteado y es antievolutivo, como mostraré ahora.
    Las denominaciones "animales superiores" y "animales inferiores" se nos escapan tan fácilmente de la boca que sorprende darse cuenta de que, lejos de encajar con naturalidad en el pensamiento evolutivo, como uno podía suponer, eran, y son, profundamente antitéticas con él. Pensamos que sabemos que los chimpancés son animales superiores y las lombrices inferiores, pensamos que siempre hemos sabido lo que esto significa, y pensamos que la evolución lo evidencia de forma aún más clara. Pero no lo hace. No está en absoluto claro lo que significa. O, si significa algo, significa tantas cosas diferentes que es desorientador, e incluso pernicioso. (Dawkins, Evolución 146-47).

Luego pasa revista Dawkins a las posibles fuentes de error que nos llevan a creer en animales superiores. La implicación está también clara: el hombre tampoco es un animal superior, y no puede decirse (a juicio de Dawkins) que sea superior a los animales, es una afirmación que en sus parámetros evolucionistas no tiene sentido. Ahora bien, en los míos sí. Y en la Gran Cadena del Ser, aunque en efecto es pre- o antievolucionista, encuentro, al contrario que Dawkins, interesantes elementos protoevolucionistas.


Veamos algunas de las refutaciones de Dawkins a preguntas "tontas" sobre la complejidad y la jerarquía evolutiva:

¿Los monos evolucionaron a partir de las lombrices, o los humanos a partir de los monos?
No, nos dice: ningún ser vivo ha evolucionado a partir de otro que exista en la actualidad, aparte de algunos casos de especiación reciente o en curso. Hasta ahí estamos en líneas generales de acuerdo, y ya lo decía yo también: yo no desciendo de ningún chimpancé.

¿El antepasado común de los monos y de las lombrices se parecía más a una lombriz que a un mono? 
Bueno, a esto sí que le ve más sentido Dawkins, algunos animales han cambiado más que otros a partir de un antepasado común. (Por aquí podría empezar a hacer agua su argumento, por cierto). Quedará por ver cómo se mide la cantidad de cambio—y si hay algún cambio que podamos decir que lleva a un animal a un nivel de superioridad. Dawkins o bien cree que no, o bien se acaba de embarcar en un razonamiento contradictorio.

Otros argumentos "tontos" que usamos según Dawkins para apuntalar lo que llama "esnobismo zoológico": ¿Los monos son más inteligentes [o más guapos, tienen genomas más grandes, diseños corporales más complejos, etc.] que las lombrices? Son muchos criterios distintos, y por lo mismo no funcionan coordinadamente. Pero vuelve a fallar el razonamiento de Dawkins: primero porque (a) hay que refutar cada argumento por separado, no el pseudoargumento según el cual todas estas cosas irían unidas necesariamente en el mismo paquete. Además, cuando hablamos de "superioridad" nos referimos antes a unos tipos de superioridad que a otros. Admiraremos la complejidad y superioridad relativa de una complejísima orquídea que ha coevolucionado con una mariposa; y puede ser un criterio para considerarla una "planta superior", suponiendo que este concepto sea de aplicación—pero la superior entre las cualidades superiores es la inteligencia, la complejidad del pensamiento. El tamaño del genoma que yo sepa no le ha preocupado jamás a nadie para estas cuestiones, igual que nadie mide la superioridad de los animales con una balanza, según cuál pesa más. Así que... no dejemos que nos escamotee Dawkins el argumento de la inteligencia superior, mezclándolo con otros indebidamente. Otra cosa es que sea fácil de definir la inteligencia, que no lo es. 

Otro argumento "tonto" más: ¿Los monos se parecen más a los seres humanos que las lombrices? Pues sí, dice Dawkins, pero se pregunta "¿Por qué elegimos a los humanos como estándar por el que juzgar a los otros organismos?" (149). Realmente consigue Dawkins que suene fatuo hacerlo, pero hay que contestar que lo hacemos porque somos humanos— y Dawkins también. La evolución no se dirige hacia los humanos, arguye Dawkins—y, evidentemente, se dirige en muchas direcciones distintas, pero hay una que en concreto que no es indiferente ni para los humanos ni para la Ciencia deshumanizada. ¿Por qué tampoco para la Ciencia Deshumanizada? Pues muy sencillo: porque la Ciencia Deshumanizada no existe sino en apariencia. Toda ciencia es una actividad humana, y torpe ciencia es la que ignora esta cuestión: aún le falta un hervor, podríamos decir.




 



También descarta Dawkins (y podemos descartar) que "superior" sea el mejor adaptado a su medio, el que mejor sobrevive, etc.  Seguramente no sobreviviremos, pero eso no nos hace inferiores a las cucarachas. Y así cierra Dawkins su fatuo razonamiento:


"Espero haber dicho lo suficiente como para mostrar que es una tontería intentar situar a las especies modernas en una escalera, como si fuera obvio lo que significa 'superior' e 'inferior', y también lo antievolutivo del intento. Podemos imaginar muchas escaleras; algunas veces tendría sentido ordenar a los animales en varias escaleras por separado, pero las escaleras no se correlacionan bien entre sí y ninguna de ellas tiene el derecho a ser llamada una 'escala evolutiva'". (149)


Bien, es cierto que los seres vivos más grandes y pesados vienen evolutivamente después de otros más ligeros y pequeños, por necesidad. Pero no dice eso mucho, ni es esa escala la que nos interesa, aunque sea impecable desde algún punto de vista. No estamos pensando en todas esas escaleras de complejidad diversa, sino en una muy concreta: la que nos permite subir al lugar donde se hacen escaleras. Y en esa escalera, resulta que el hombre está tan lejos de los demás animales como Dios está de los demás seres en la Gran Cadena del Ser: está en otro plano realmente, no sólo "encima" (cosa que Dawkins parece no entender muy bien tampoco). 

Y esta es una paradoja del evolucionismo: a la vez tenemos que reconocer cómo procedemos de los animales, sin minimizar la distancia que nos separa—porque eso no sería hacer ciencia, sino pseudociencia, y además no sería realmente evolucionista el trabajar con un concepto de evolucionismo que surge de ninguna parte, o que está flotando en el cosmos sin ningún animal superior que lo elabore—como si tales idealismos fuesen posibles. El evolucionismo auténtico tiene que considerar la complejidad de la cognición humana: que tiene raíces en la cognición animal y sin embargo va mucho más allá, cosa que nadie sospecharía leyendo a Dawkins. Vale la pena estudiar las analogías y raíces de la cognición humana y la animal: los córvidos hablan, y Dawkins en efecto es pariente lejano de las chovas, pero no esperemos de ellos dudas existenciales—nevermore— ni una teoría de la evolución que se explique a sí misma.

La paradoja es, lo intentaré explicar mejor... que los intentos de Dawkins por poner al hombre al mismo nivel de complejidad evolutiva que los demás animales son contradictorios, o self-consuming como diría Stanley Fish. Porque sólo ponemos al hombre al nivel de los demás animales considerándolo en tanto que animal—y la ciencia deja sin explicar, y sin evolucionar, la complejidad cognitiva que permite su propia existencia. El minimizar la complejidad del fenómeno humano lleva a una visión de la ciencia que es idealista y sólo aparentemente evolucionista.

En suma, que el argumento de la complejidad cognitiva ni lo llega a considerar Dawkins, barriéndolo debajo de la alfombra hecho un rebullón con el genoma largo y demás. Es un argumento relevante, porque una ciencia tiene que poder dar razón de sí misma, y eso no se hace sólo con un genoma largo: se hace con complejidad cognitiva, con una teoría de la evolución que permita definir el sentido evolutivo, y biológico, y cognitivo, de los conceptos, y del concepto teoría, y del concepto teoría de la evolución. No hay ni que decir que la física sólo, o la biología sólo, no se ocupan de estas cuestiones. De la Evolución cabe sólo un trocito en la biología: otra parte la explica la física, otra parte la geología, y otra parte las humanidades. Sí, me temo que sí: las Humanidades, en el seno de las cuales se estudian las teorías de la evolución. 

Dawkins parece que se encuentre la teoría de la Evolución como un hecho de la naturaleza, sin entender que es algo que ha de tener un lugar en sí misma, autoexplicarse reflexivamente—y que esa cuestión de la reflexividad de la propia teoría es crucial a la hora de definir cuestiones como la complejidad o la superioridad. Que es siempre superioridad del espíritu, no del cuerpo ni de las garras. Pretender que la biología de Dawkins se reconozca a sí misma como un fenómeno biológico, me temo que es pedir peras al olmo: es como pesar la longitud del genoma con una balanza, de precisión, y proclamar que no hay genomas simples o complejos.


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Una corrección tengo que introducir, una vez terminado el libro de Dawkins. Hacia el final de su razonamiento, sí hace sitio Dawkins, a modo de conclusión, a lo que podríamos llamar la paradoja del observador improbable.  Somos altamente improbables, y sin embargo existimos: Dawkins traza lo que sabemos de la manera en que la simplicidad da lugar a la complejidad, y (por fin) incluye la observación de la complejidad como una de las modalidades de la complejidad, en lo que viene a ser su propia versión del principio antrópico. La modalidad culminante de lo complejo y complejidad suma, podríamos decir, es la que se incluye a sí misma reflexivamente.   Puede que la vida sea un acontecimiento muy raro, y sin embargo se da. Si nos atenemos a la hipótesis del multiverso, puede que sean mucho más numerosos (no lo sabemos) los universos en los que no hay alta complejidad, ni vida, ni pensamiento. Pero esos universos no son observados, y el universo puede aparecer como fenómeno sólo a un ser pensante—de ahí que Dawkins titule su libro Evolution: The Greatest Show on Earth (se ha traducido como Evolución: El mayor espectáculo sobre la Tierra).


"No podría haber sido de otra manera dado que somos capaces de darnos cuenta de nuestra existencia y de hacer preguntas sobre ella. No es un accidente, como los cosmólogos nos recuerdan, que veamos estrellas en nuestro cielo. Puede haber universos que no contengan estrellas, universos cuyas leyes físicas y constantes dejen el hidrógeno primitivo extendido uniformemente en lugar de concentrado en las estrellas. Pero nadie está observando esos universos, porque las entidades capaces de observar no pueden evolucionar sin estrellas. (...) Podríamos recorrer las leyes de la física, una por una, y decir lo mismo de todas ellas: no es un accidente que veamos (...) no es un accidente, sino la consecuencia directa de la evolución por selección natural no aleatoria: la única obra que en escena, el mayor espectáculo del mundo."

De este modo, el argumento de Dawkins, después de desacreditar a la tesis de la complejidad ejemplificada en la Gran Cadena del Ser, vuelve a introducir la complejidad por la puerta trasera, o quizá por la principal y con fanfarria: lo hace primero definiendo la vida como un fenómeno inherentemente informacional (a nivel de código genético primero, de memoria biológica después, de complejidad cerebral más adelante, y por último de externalización de la información en objetos culturales). Es una recuperación de la teoría de la complejidad, pero recargada y con argumentación biológica. El razonamiento de Dawkins, después de ignorar activamente que la complejidad cognitiva pueda tener alguna relevancia evolutiva, viene a recuperarla por la propia lógica del fenómeno estudiado, y a convertirla, con un razonamiento antrópico y un giro reflexivo, en el vértice mismo de la teoría evolucionista. No sé si esto es muy coherente con los razonamientos sobre complejidad de la primera parte del libro... pero lo que está claro es que la argumentación de Dawkins ha evolucionado y se ha hecho más compleja.




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Sobre la teoría de la Gran Cadena del Ser como una noción no tanto antievolucionista como protoevolucionista—o, al menos, como una teoría de la complejidad que abre el camino al evolucinismo, pueden verse estos comentarios sobre Ibn Jaldún, sobre Cowley, y sobre Addison:


_____. "Muqaddimah." In García Landa, Vanity Fea 5 June 2013.* (Ibn Khaldun).
2013
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_____. "Chaos and the Emergence of Order in Evolutionary Cosmology: Two Evolutionary Accounts." Ibercampus (Vanity Fea) 29 Aug. 2015. (Cowley).
2015
_____. "Addison on Aliens." In García Landa, Vanity Fea 13 Dec. 2014.*
2014


—son tres momentos en los que la imagen estática del universo a la que parece invitar la noción de la Gran Cadena del Ser adquiere movimiento, y dinamismo, y nos permite acercarnos a la Creación entendida no sólo como un orden jerárquico, sino como un proceso evolutivo que se desarrolla necesariamente en el tiempo, como un paso gradual de lo simple a lo complejo.







 
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miércoles, 14 de abril de 2010

En el Sumo Cuerpo Virtual


Anda circulando "por ahí" un borrador del próximo Real Decreto de estudios de Doctorado, el enésimo de los que ya he visto en los años que llevo en la Universidad. No le voy a dedicar mucha atención, porque si además de los numerosos decretos ya tenemos que atender a los borradores, nos crecen los enanos. Sí observaré así de paso que se vuelven a rehacer cosas deshechas... el Eterno Retorno, que decía Nietzsche. Por ejemplo, se vuelve a poner límite de tiempo, y breve, para la realización de la tesis. (En nuestro departamento no iba a pasar ni una, menos quizá la mía, que la hice en cuatro años). También se reinventan los seminarios de doctorado, por no llamarlos cursos, aunque no contabilizarán en créditos ECTS. 

(Ahora bien, será cuestión de tiempo hasta que alguien diga... ¿por qué no nos contabilizan los cursos de doctorado en el Plan de Ordenación Docente? ¡Con el trabajo que llevan! ¡¡Vamos a modificar el Real Decreto otra vez!!—Y así siguió rodando la invención de la rueda).

Otro desarrollo notable: se crean Escuelas de Doctorado, en el seno de una Universidad o en asociación de varias—y estas escuelas llevarán adelante programas con orientaciones específicas, parece que atendiendo a una mayor integración entre programas de doctorado y programas de investigación. Si sigue esta modificación adelante por esta línea, se primará en los programas de Doctorado la integración con grupos de investigación consolidados, programas competitivos de ayudas, etc. Esto son noticias que van a gustar MUCHO en nuestro departamento, que lleva años intentando reservar los doctorados (y es más, los postgrados) a los miembros de los equipos de investigación. Claro que no llega a tanto este borrador de Real Decreto... sólo considera un mérito para el programa el que haya proyectos competitivos y subvencionados. Y lo es, qué duda cabe. Otra cosa distinta serán las movidas para intentar excluir de los programas a quienes no pertenezcan a esos equipos. Se promete la cosa movidita. Como viene siendo, sin más.

Como observa Comisiones Obreras, que nos pasa el borrador, a las Escuelas de Doctorado "El RD las dota de grandes potestades y confiere a sus gestores amplia capacidad para normar los derechos y deberes de doctorandos, tutores y directores de tesis". En todo caso, no serán obligatorias al parecer esas Escuelas, y la universidad puede apañarse con una comisión de doctorado sin más. Que también regulará las normativas propias de la universidad al respecto (porque ahora todo es autonómico, y lleno de normativas propias distintas, y derechos y deberes distintos, aquí y en Logroño. Viva la globalización y la europeización....).

Se propone también limitar la concesión de la mención del "cum laude"—al 20% de las tesis como máximo. Lo que no queda claro es cómo se va a hacer esto. No sé si han caído bien en que no será entonces el tribunal quien otorgue el cum laude: tendrá que ser la comisión de doctorado de la Universidad, con lo cual se convierte en una especie de equivalente del Premio Extraordinario de Doctorado (—ese que yo tengo, además del cum laude, y otros no). Con lo cual quizá el Premio Extraordinario se convierta en redundante, o quizá pase a darlo el Consejo de Ministros, qué sé yo.

Pero bah, basta de comentar borradores. Sólo un punto más, que éste sí me favorece en mis aspiraciones de reconocimiento y atención.

Resulta que se establecen, por lo bajini, diversas categorías entre doctores y profesores. No todos los doctorados son doctores del mismo calibre. Así, tendrán capacidades administrativas distintas. ¿Será dependiendo de que sean catedráticos, esos doctores, o de que tengan "cum laude" o Premio Extraordinario de Doctorado....? ¿Tendrán acaso que estar dirigiendo un proyecto vivo, o tener muchos esbirros bajo su mando? Quiá, como diría Arcadi Espada. Para nada. Las categorías las establecen las tesis dirigidas, y los sexenios. Sobre todo, los sexenios. Esta es la nueva colección de jerarquías angélicas según el fantasmagórico y futuro Decreto:

- No doctores— que aquí ni cuentan, todo lo más se les considera doctorables: cuando se matriculan en un programa de doctorado pasan a la categoría de Doctorandos.

- Doctores Vulgaris,
mi terminología extraoficial. Están doctorados pero no han hecho nada notable. Pueden participar, se supone, en los programas de doctorado, en esos seminarios y "formaciones complementarias". Pero sin dirigir tesis doctorales ni participar en tribunales. Eso está reservado a otros Cuerpos que aún deben adquirir, en metamorfosis sucesivas.



- (Otro Cuerpo Virtual más es, observaré de paso, el que generan la Aneca y sus Anequillas, al acreditar a un doctor para poder acceder al puesto de Contratado Doctor).

- Doctores con experiencia investigadora acreditada. No se especifica qué es lo que "acredita" esa experiencia; pero ateniéndonos a la práctica reciente, viene a significar tener un sexenio de investigación reconocido. Estos Doctores Acreditados podrán ser directores de tesis, y ser miembros de los tribunales de tesis.

- Investigadores relevantes, que podrán dirigir programas de doctorado. Según el pseudo-RD, "Esta condición debe al menos estar avalada por haber dirigido con anterioridad al menos tres tesis doctorales o contar con dos sexenios de investigación". Aquí aparece la dirección de tesis como alternativa a los dos sexenios; pero no vuelve a utilizarse como criterio para el cuerpo superior, que es,

- Top of the top, Investigadores de reconocido prestigio. Estos son los que pueden ser directores de Escuelas de Doctorado. No es un prestigio reconocido así a voleo y en términos vagos: "Esta condición debe al menos estar avalada por contar con tres sexenios de investigación." Que son los que yo tengo, mal que algunos les pese.

Total, cuatro o cinco Cuerpos Virtuales de doctores, donde antes había... ya no uno, no, pero esto se va multiplicando. Nos entretendremos, pasando de un nivel a otro. Hasta podríamos hacer ceremonias de investidura, con Muceta y Birrete.

Se supone quizá que las normativas propias de las universidades pueden imponer condiciones adicionales, más restrictivas, para el acceso a cada uno de estos cuerpos. Con lo cual los Cuerpos Virtuales se van multiplicar dando lugar a subespecies locales y razas endémicas ... Y no sólo eso, sino que estas variantes definidas por la normativa local pueden volver patas arriba la escala general de Cuerpos Doctorales: un doctor capacitado para dirigir una Escuela de Doctorado en esta universidad, quizá no pueda ni siquiera dirigir una tesis en la universidad de al lado. Siendo ambas públicas.

Pero mientras no aparezcan estas normativas, y ateniéndonos al Real Decreto inexistente éste, resulta que de momento soy un investigador de reconocido prestigio, capacitado para los más altos destinos de la gestión e impartición del Doctorado.

En mi departamento, sin embargo, hace años que llevan redactando por su cuenta la normativa propia específica—No me dejan participar ni en el Máster, argumentando que no doy la talla académica. Y me ponen ceros zapateros para excluirme de la docencia, alegando que no tengo calidad, porque no estoy en su proyecto de investigación. Estos sí que tienen morro fino... Y Proyectos, muchos Proyectos, eso sí.

Más de éstas movidillas veremos, cuando los grupos de investigación (y de presión) se lancen a la conquista de la letra pequeña y de las Normativas Propias.



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