sábado, 1 de febrero de 2025
miércoles, 15 de enero de 2025
Más sobre Groenlandia
Primero, ya que estamos a vueltas con la Ultima Thule, aquí está mi artículo sobre Cervantes y Groenlandia:
_____. "Cervantes y Groenlandia: Historia septentrional." Net Sight de José Angel García Landa 21 Dec. 2022.*
https://personal.unizar.es/garciala/publicaciones/cervantesygroenlandia.pdf
2022
Y, a continuación, más sobre Groenlandia, a cuenta de la última salida de Trump, no tan de pata de banco como podría parecer... ni mucho menos.
I’m Danish.
— Ulrik K. Lykke (@ulriklykke) January 15, 2025
I’m strongly in favour of striking a deal with Trump regarding Greenland.
Today, the state of Greenland is a mess economically and sociologically.
Here’s the big lines of why a deal with the United States is a win-win-win 🧵: pic.twitter.com/uXTcwJj9ZC
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domingo, 8 de septiembre de 2024
Origen mafioso del Estado según Unamuno
Un capítulo de la segunda parte de la Vida de Don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno,
LX - DE LO QUE SUCEDIÓ A DON QUIJOTE YENDO A BARCELONA.
Primero le sucede a Don Quijote la rebelión de su escudero y la derrota que éste le inflige; y sigue el encuentro con los bandoleros catalanes que da lugar a que Unamuno nos exponga su reflexión (que es también la de Cervantes) sobre la necesidad de la ley y de la justicia aun entre bandoleros. Lo cual lleva a Unamuno más lejos, hasta proponer una teoría antropológica casera que sentaría el origen mismo de la ley en estas sociedades criminales, como medio de llevar a cabo su depredación de modo más sistemático y eficaz.
Es algo de lo que tratamos en tiempos aquí a cuenta de José María Ciordia y su teoría sobre el origen mafioso del Estado, surgido para la depredación organizada (y la "protección") en las sociedades agrícolas con acumulación primitiva y excedentes comercializables.
Veamos lo que dice Unamuno al respecto en la segunda parte de este capítulo:
Y este mismo Sancho que arremete a su amo y le pone la rodilla sobre el pecho, al sentir sobre su cabeza y pendientes de un árbol dos pies de persona con zapatos y calzas, tiembla de miedo y da voces llamando a Don Quijote que le acorra y favorezca.
No bien acaba de desmandarse contra su amo y señor natural al grito revolucionario de ¡yo soy mi señor!, cuando no es ya señor de sí mismo, sino que tiembla de miedo al sentir sobre su cabeza unos pies calzados, y llama a su amo y señor natural, al que le amparaba del miedo. Y Don Quijote, ¡claro está!, acudió a la llamada, porque era bueno. Y supuso fueran pies de forajidos y bandoleros que en aquellos árboles estaban ahorcados.
Así lo vieron al amanecer en que cuarenta bandidos vivos que de improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuvieran quedos y se detuvieran hasta que llegase su capitán. Y el pobre Don Quijote hallóse a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un árbol, y, finalmente, sin defensa alguna, y así tuvo por bien cruzar las manos e inclinar la cabeza guardándose para mejor sazón y coyuntura. ¡Ejemplarísimo Caballaro! ¡Y cómo le han enseñado las burlas de los duques, las coces de los cabestros y la arremetida de Sancho! Es que barrunta, aun sin conocerla, la cercanía de su muerte.
("Les quarante voleurs" —Ali Baba, la musicale comédie).
Llegó el capitán, Roque Guinart, y vio la triste y melancólica figura de Don Quijote y le animó. Había oído hablar de él. Y allí conoció Don Quijote la concertada república de los bandoleros y pretendió persuadir con buenas palabras, y no obligarle por la fuerza, a Roque Guinart a que se hiciese caballero andante. Sirvió el encuentro para que el Caballero admirase la vida del caballeresco bandolero, la equidad con que se repartían los despojos del robo y su generosidad con los viandantes. Y él, Don Quijote, que con grande escándalo de las personas graves había dado libertad a los galeotes, no intentó siquiera deshacer la república de los bandidos.
Esto de la justicia distributiva y el buen orden que en repartir los despojos del botín se observaba en la banda de Roque Guinart, es condición de toda sociedad de bandoleros. Fernando del Pulgar, al hablarnos en sus Claros varones de Castilla del bandolero don Rodrigo de Villadrando, conde de Ribadeo, que con sus bandas y su gran poder "robó, quemó, destruyó, derribó, despobló villas e lugares e pueblos de Borgoña e de Francia" nos dice que "tenía dos singulares condiciones: la una, que facía guardar la justicia entre la gente que tenía, e no consentía fuerza ni robo ni otro crimen; e si alguno le cometía, él por sus manos lo punía". Por donde se ve cómo es en el seno de las sociedades organizadas para el robo donde más severamente se persigue el robo mismo, y así como en los ejércitos organizados para ofender y destruir es donde más duramente se castigan las ofensas y lo que a la destrucción del ejército mismo tienda. Y así cabe decir de todo género de justicia humana que brotó de la injusticia, de la necesidad que esta tenía de sostenerse y perpetuarse. La justicia y el orden nacieron en el mundo para mantener la violencia y el desorden. Con razón ha dicho un pensador que de los primeros bandoleros a sueldo surgió la Guardia Civil. Y los romanos, formuladores del derecho que aún subsiste, los de ita ius esto, ¿qué eran sino unos bandoleros que empezaron su vida por un robo según la leyenda por ellos mismos forjada?
Las historias de los romanos las comentaba en este sentido un clásico del evolucionismo cultural, Giambattista Vico, que cifra el progreso de la humanidad en el desarrollo de la organización y de las instituciones como modos de orientar, generar y perpetuar la cooperación. Observaba Vico que nuestras instituciones, cooperaciones y sociedades son superiores a las que se daban en los albores de la humanidad, en tiempos de los cíclopes, y que se han ido imponiendo a esas formas simples o las han desplazado. (Por las buenas o por las malas, habría que añadir).
Recordemos a este respecto lo comentado sobre la cooperación para la exterminación en artículos como "Somos hijos de la guerra", o "Con quién cooperamos", o "El dilema o contradicción de la cooperación humana."
Conviene, lector, te pares a considerar esto de que nuestros preceptos morales y jurídicos hayan nacido de la violencia y de que para poder matar una sociedad de hombres se haya dicho a cada uno de estos que no deben matarse entre sí, y se les haya predicado que no deben robarse unos a otros para que así mejor se dediquen al robo en cuadrilla.
(Inciso: es sorprendente hasta qué punto se suelen malinterpretar los mandamientos de la ley de Dios, los del Éxodo, en el sentido cristiano de darles una interpretación universal, cuando es meridianamente claro y ni siquiera necesita especificación que no matarás significa no matarás judíos...). Pero así sigue Unamuno:
Tal es el verdadero abolengo y linaje de nuestras leyes y nuestros preceptos; tal la fuente de la moral al uso. Y este su abolengo y linaje se descubre en ella, y por esto nos sentimos inclinados a perdonar y aun querer a los Roque Guinart, porque en ellos no hay doblez ni falsía, sino que aparecen sus bandas tal y como son, mientras los pueblos naciones que se dicen llamados a cumplir el derecho y servir a la cultura y a la paz son sociedades fariseas. ¿Conocéis algún rasgo quijotesco de una nación de hombres como tal nación?
Consideremos, por otra parte, cómo del mal sale el bien—porque el fin es un bien si bien transitorio, el de la justicia distributiva—y tiene este sus raíces en aquél, o son más bien caras de una misma figura. De la guerra brota la paz, y del robo en cuadrilla, el castigo al robo. La sociedad tiene que tomar sobre sí los crímenes para libertar de ellos, y de su remordimiento, a los que la forman. Y ¿no hay acaso un remordimiento social, desparramado entre sus miembros todos? Sin duda, y el hecho este del remordimiento social, tan poco advertido de ordinario, es el móvil principal de todo progreso de la especie. Acaso lo que nos mueve a ser buenos y justos con los de nuestra sociedad es cierto oscuro sentimiento de que la sociedad misma es mala e injusta: el remordimiento colectivo de una tropa de guerra es tal vez lo que les mueve a prestarse servicios entre sí y aun a prestárselos, a las veces, al enemigo vencido. Por conocer la insolencia de su oficio se guardaban fe entre sí los compañeros de Roque. (Ensayos, Aguilar, II.306-8).
Casi formula aquí Unamuno una teodicea escéptica desengañada al modo de Darwin—de la lucha por la vida, de la muerte y la depredación, es de donde salen las bellas formas como producto acabado, y así justifican en parte la base sobre la que se edifican. También Darwin daba un papel a la cooperación en la dinámica de la competición universal de todos contra (casi) todo. Su teoría de la selección natural y de la evolución de las especies es, ya lo decíamos aquí, una teodicea cósmica que ve la imbricación mutua del mal y el bien, del sufrimiento y el logro, la historia completa de la vida y el surgimiento de la humanidad, desde una perspectiva evolucionista y compleja, superior y más fría.
En Unamuno también vemos que son posibles las leyes y virtudes altruistas únicamente en el seno de esas sociedades criminales, valga la redundancia, construidas sobre la depredación universal, y que regulan ésta con normas y leyes para su mayor eficacia.
En suma, que cooperar es muy bonito y muy inclusivo, y muy guay y resiliente, muy salimos de ésta todos juntos, y no nada individualista ni egoísta.... —pero no hay que olvidar que normalmente se coopera contra algo... o contra alguien, contra algún cíclope quizá, o contra un grupo menos numeroso o menos organizado. Así surgió y se desarrolló la muy particular sociabilidad humana, la del hombre-lobo, lobo para el humano, hombre para el hombre.
Nociones erróneas sobre la evolución de la cooperación
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sábado, 3 de agosto de 2024
martes, 31 de octubre de 2023
No es fe la fe que no dura
Poemas de amor imposible de La Galatea de Cervantes.
Mayor fe en lo más dudoso
Por lo imposible peleo,
Y si quiero retirarme
Ni paso ni senda veo:
Que, hasta vencer o acabarme
Tras sí me lleva el deseo.
Y aunque sé que aquí es forzoso
Antes morir que vencer,
Cuando estoy más peligroso
Entonces vengo a tener
Mayor fe en lo más dudoso.
El cielo, que me condena
A no esperar buena andanza,
Me da siempre a mano llena
Sin las sombras de esperanza,
Mil certidumbres de pena.
Mas mi percho valeroso,
Que se abrasa y se resuelve
En vivo fuego amoroso,
En contracambio le vuelve
Mayor fe en lo más dudoso.
Inconstancia firme, duda,
Falsa fe, cierto temor,
Voluntad de amor desnuda
Nunca turban el amor
Que de firme no se muda.
Vuele el tiempo presuroso,
Suceda ausencia o desdén,
Crezca el mal, mengüe el reposo
Que yo tendré por mi bien
Mayor fe en lo más dudoso.
¿No es conocida locura
Y notable desvarío
Querer yo lo que ventura
Me niega, y el hado mío,
Y la suerte no asegura?
De todo estoy temeroso,
No hay gusto que me entretenga,
Y en trance tan peligroso,
Me hace el amor que tenga
Mayor fe en lo más dudoso.
Alcanzo de mi dolor
Que está en tal término puesto,
Que llega donde el amor;
Y el imaginar en esto,
Templa en parte su rigor.
De pobre y menesteroso,
Doy a la imaginación
Alivio tan congojoso,
Porque tenga el corazón
Mayor fe en lo más dudoso.
Y más ahora, que vienen
De golpe todos los males;
Y, para que más me penen,
Aunque todos son mortales,
En la vida me entretienen.
Mas, en fin, si un fin hermoso
Nuestra vida en honra sube,
El mío me hará famoso,
Porque en muerte y vida tuve
Mayor fe en lo más dudoso.
Sola la fe permanece
¡Cuán fácil cosa es llevarse
El viento las esperanzas
Que pudieron fabricarse
De las vanas confianzas
Que suelen imaginarse!
Todo concluye y fenece:
Las esperanzas de amor.
Los medios que el tiempo ofrece;
Mas en el buen amador
Sola la fe permanece
Ella en mi tal fuerza alcanza,
Que, a pesar de aquel desdén,
Lleno de desconfianza,
Siempre me asegura un bien
Que sustenta la esperanza.
Y aunque el amor desfallece
En el blanco, airado pecho
Que tanto mis males crece,
En el mío, a su despecho,
Sola la fe permanece.
Sabes, amor, tú, que cobras
Tributo de mi fe cierta,
Y tanto en cobrar le sobras,
Que mi fe nunca fue muerta,
Pues se aviva con mis obras.
Y sabes bien que descrece
Toda mi gloria y contento
Cuanto más tu furia cresce,
Y que en mi alma de asiento
Sola la fe permanece.
Pero si es cosa notoria,
Y no hay que poner duda en ella,
Que la fe no entra en la gloria,
Yo, que no estaré sin ella,
¿Qué triunfo espero o victoria?
Mi sentido desvanece
Con el mal que se figura;
Todo el bien desaparece.
Y, entre tanta desventura,
Sola la fe permanece.
Fe viva, esperanza muerta
En el mal que me lastima
Y en el bien de mi dolor,
Es mi fe de tanta estima,
Que, ni huye del temor,
Ni a la esperanza se arrima.
No la turba o desconcierta
Ver que está mi pena cierta
En su difícil subida.
Ni que consumen la vida
Fe viva, esperanza muerta.
Milagro es este en mi mal;
Mas eslo, porque mi bien,
Si viene, venga a ser tal,
Que, entre mil bienes, le den
La palma por principal.
La fama, con lengua experta,
Dé al mundo noticia cierta.
Que el firme amor se mantiene
En mi pecho, adonde tiene
Fe viva, esperanza muerta.
Vuestro desdén riguroso
Y mi humilde merecer,
Me tienen tan temeroso,
Que ya que os supe querer,
Ni puedo hablaros, ni oso.
Veo de contino abierta
A mi desdicha la puerta,
Y que acabo poco a poco,
Porque con vos valen poco
Fe viva, esperanza muerta.
No llega a mi fantasía
Un tan loco devaneo,
Como es pensar que podría
El menor bien que deseo
Alcanzar por la fe mía.
Podéis, pastora, estar cierta
Que el alma rendida acierta
A amaros cual merecéis,
Pues siempre en ella hallaréis
Fe viva, esperanza muerta.
No es fe la fe que no dura
Si a las veces desespera
Del bien la firme afición,
Quien desmaya en la carrera
De la amorosa pasión
¿Qué fruto o qué premio espera?
Yo no sé quién se asegura
Gloria, gustos y ventura
Por un ímpetu amoroso.
Si en él y en el más dichoso
No es fe la fe que no dura.
En mil trances ya sabidos
Se han visto, y en los amores,
Los soberbios y atrevidos,
Al principio vencedores.
Y a la fin quedar vencidos.
Sabe el que tiene cordura
Que en la firmeza se apura
El triunfo de la batalla,
Y sabe que, aunque se halla,
No es fe la fe que no dura.
En el que quisiere amar
No más de por su contento,
Es imposible durar
En su vano pensamiento
La fe que se ha de guardar.
Si en la mayor desventura
Mi fe tan firme y segura,
Como en el bien no estuviera,
Yo mismo della dijera,
No es fe la fe que no dura.
El ímpetu y ligereza
De un nuevo amador insano,
Los llantos y la tristeza,
Son nubes que en el verano
Se deshacen con presteza.
No es amor el que le apura,
Sino apetito y locura,
Pues cuanto quiere, no quiere;
No es amante el que no muere,
No es fe la fe que no dura.
Sola es fe la fe que os tengo
Amarili, ingrata y bella,
¿Quién os podrá enternecer,
Si os vienen a endurecer
Las ansias de mi querella,
Y la fe de mi querer?
Bien sabéis, pastora, vos
Que, en el amor que mantengo,
A tan alto extremo vengo,
Que, después de la de Dios,
Sola es fe la fe que os tengo.
Y puesto que subo tanto
En amar cosa mortal
Tal bien encierra mi mal,
Que el alma por él levanto
A su patria natural.
Por esto conozco y sé
Que tal es mi amor tan luengo
Como muero y me entretengo,
Y que, si en amor hay fe,
Sola es fe la fe que os tengo.
Los muchos años gastados
En amorosos servicios,
Del alma los sacrificios,
De mi fe y de mis cuidados
Dan manifiestos indicios.
Por esto no os pediré
Remedio al mal que sostengo,
Y, si a pedírosle vengo,
Es, Amarili, porque
Sola es fe la fe que os tengo.
En el mar de mi tormenta
Jamás he visto bonanza,
Y aquella alegre esperanza
Con quien la fe se sustenta,
De la mía no se alcanza.
Del amor y de fortuna
Me quejo; mas no me vengo,
Pues por ellas a tal vengo,
Que, sin esperanza alguna,
Sola es fe la fe que os tengo.
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domingo, 16 de julio de 2023
Al amante de la amada amado
(Miguel de Cervantes, La Galatea, IV):
Pero viniendo a lo que tú, Lenio, dijiste de los tristes y extraños efectos que el Amor en los enamorados pechos hace, teniéndolos siempre en continuas lágrimas, profundos suspiros, desesperadas imaginaciones, sin concederles jamás una hora de reposo, veamos, por ventura, ¿qué cosa puede desearse en esta vida, que el alcanzarla no cueste fatiga y trabajo? Y tanto cuanto más es de valor la cosa, tanto más se ha de padecer y se padece por ella, porque el deseo presupone falta de lo deseado, y hasta conseguirlo es forzosa la inquietud del ánimo nuestro, pues si todos los deseos humanos se pueden pagar y contentarse sin alcanzar de todo punto lo que desean con que se les dé parte de ello, y con todo eso se padece por conseguirla, ¿qué mucho es que por alcanzar aquello que no puede satisfacer ni contentar al deseo, sino con ello mismo, se padezca, se llore, se tema y se espere? El que desea señoríos, mandos, honras y riquezas, ya que ve que no puede subir al último grado que quisiera, como llegue a ponerse en algún buen punto, queda en parte satisfecho, porque la esperanza que le falta de no poder subir a más, le hace parar donde puede y como mejor puede, todo lo cual es contrario en el amor, porque el amor no tiene otra paga ni otra satisfacciòn sino el mismo amor, y él propio es su propia y verdadera paga.
Y por esta razón es imposible que el amante esté contento hasta que a la clara conozca que verdaderamente es amado, certificándole desto las amorosas señales que ellos saben. Y así estiman en tanto un regalado volver de ojos, una prenda cualquiera que sea de su amada, un no sé qué de risa, de habla, de burlas, que ellas de veras toman, como indicios que les van asegurando la paga que desean, y así, todas las veces que ven señales en contrario destas, esle fuerza al amante lamentarse y afligirse, sin tener medio en sus dolores, pues no le puede tener en sus contentos, cuando la favorable fortuna y el blando amor se los concede.
Y como sea hazaña de tanta dificultad reducir una voluntad ajena a que sea una propia con la mía, y juntar dos diferentes almas en tan disoluble nudo y estrecheza que de las dos sean unos los pensamientos y una todas las obras, no es mucho que, por conseguir tan alta empresa, se padezca más que por otra cosa alguna, pues después de conseguida satisface y alegra sobre todas las que en esta vida se desean. Y no todas las veces son las lágrimas con razón y causa derramadas, ni esparcidos los suspiros de los enamorados, porque si todas sus lágrimas y suspiros se cansaron de ver que no se responde a su voluntad como se debe y con la paga que se requiere, habría de considerar primero adonde levantaron la fantasía, y, si la subieron más arriba de lo que su merecimiento alcanza, no es maravilla que, cual nuevos Ícaros caigan abrasados en el río de las miserias, de las cuales no tendrá la culpa amor, sino su locura.
Con todo eso yo no niego, sino afirmo, que el deseo de alcanzar lo que se ama por fuerza ha de causar pesadumbre, por la razón de la carestía que presupone, como ya otras veces he dicho; pero también digo, que el conseguirla sea de grandísimo gusto y contento; como lo es al cansado el reposo, y la salud al enfermo. Junto con esto, confieso que si los amantes señalasen, como en el uso antiguo, con piedras blancas y negras sus tristes o dichosos días, sin duda alguna que serían más los infelices; mas también conozco que la calidad de sola una blanca piedra haría ventaja a la cantidad de otras infinitas negras.
Y por prueba de esta verdad, vemos que los enamorados jamás de serlo se arrepienten; antes, si alguno les prometiese librarles de la enfermedad amorosa, como a enemigo le desecharían, porque aun el sufrirla les es suave. Y por esto ¡oh amadores!, no os impida ningún temor para dejar de ofreceros y dedicaros a amar lo que más os pareciere dificultoso, ni os quejéis ni arrepintáis si a la grandeza vuestra las cosas bajas habéis levantado, que amor iguala lo pequeño a lo sublime, y lo menos a lo más, y con justo acuerdo templa las diversas condiciones de los amantes, cuando con puro afecto la gracia suya en sus corazones recibe. No cedáis a los peligros, porque la gloria sea tanta que quite el sentimiento de todo dolor.
Y como a los antiguos capitanes y emperadores, en premio de sus trabajos y fatigas les eran, según la grandeza de sus victorias, aparejados triunfos, así a los amantes les están guardados muchedumbre de placeres y contentos, y como a aquéllos el glorioso recibimiento les hacía olvidar todos los incomodos y disgustos pasados, así al amante de la amada amado. Los espantosos sueños, el dormir no seguro, las veladas noches, los inquietos días, en suma tranquilidad y alegría se convierten. De manera, Lenio, que si por sus efectos tristes les condenas, por los gustosos y alegres les debes de absolver.
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jueves, 6 de julio de 2023
Este es amor
Un poema recitado por el pastor Lenio, enemigo del amor, en La Galatea de Miguel de Cervantes: "una canción que días ha tengo hech en vituperio deste mi enemigo, la cual, si bien me acuerdo, dice desta manera:"
Sin que me pongan miedo el hielo y fuego,
El arco y flechas del Amor tirano,
En su deshonra he de mover mi lengua,
Que ¿quién ha de temer a un niño ciego,
De vario antojo y de juicio insano,
Aunque más amenace daño y mengua?
Mi gusto crece y el dolor desmengua
Cuando la voz levanto
Al verdadero canto,
Que en vituperio del amor se forma.
Con tal verdad, con tal manera y forma,
Que a todo el mundo su maldad descubre,
Y claramente informa
Del cierto daño que el amor encubre.
Amor es fuego que consume el alma
Hielo que hiela, flecha que abre el pecho
Que de sus mañas vive descuidado;
Turbado mar do no se ha visto calma,
Ministro de ira, padre del despecho,
Enemigo en amigo disfrazado,
Dador de escaso bien y mal colmado
Afable, lisonjero,
Tirano, crudo y fiero,
Y Circe engañadora que nos muda
En varios monstruos, sin que humana ayuda
Pueda al pasado ser nuestro volvernos
Aunque ligera acuda
La luz de la razón a socorrernos;
Yugo que humilla al más erguido cuello,
Blanco a do se encaminan los deseos
Del ocio blando sin razón nacidos,
Red engañosa de sutil cabello,
Que cubre y prende en torpes actos feos
Los que del mundo son en más tenidos,
Sabroso mal de todos los sentidos,
Ponzoña disfrazada
Cual píldora dorada,
Rayo que adonde toca, abrasa y hiende,
Airado brazo que a traición ofende,
Verdugo del cautivo pensamiento
Y del que se defiende
Del dulce halago de su falso intento;
Daño que aplace en los principios, cuando
Se regala la vista en el sujeto
Que cual el cielo bello le parece;
Mas tanto cuanto más pasa mirando,
Tanto más pena en público y secreto
El corazón, que todo lo padece.
Mudo, hablador, parlero que enmudece,
Cuerdo que desatina,
Pura total ruina
De la más concertada alegre vida,
Sombra de bien en males convertida
Vuelo que nos levanta hasta la esfera
Para que en la caída
Quede vivo el pesar y el gusto muera;
Invisible ladrón que nos destruye
Y roba lo mejor de nuestra hacienda,
Llevándonos el alma a cada paso;
Ligereza que alcanza al que más huye,
Enigma que ninguno hay que la entienda,
Vida que de contino está en traspaso,
Guerra elegida y que nace acaso,
Tregua que poco dura,
Amada desventura,
Preñez, que por jamás a sazón llega,
Enfermedad que al ánima se pega,
Cobarde que se arroja al mal y atreve.
Deudor que siempre niega
La deuda averiguada que nos debe.
Cercado laberinto, do se anida
Una fiera cruel que se sustenta
De rendidos humanos corazones,
Lazo donde se enlaza nuestra vida,
Señor que al mayordomo pide cuenta
De las obras, palabras e intenciones;
Codicia de mil varias pretensiones,
Gusano que fabrica
Estancia pobre o rica
Do poco espacio habita, y al fin muere;
Querer que nunca sabe lo que quiere,
Nube 1ue los sentidos obscurece,
Cuchillo que nos hiere.
Este es Amor. ¡Seguidle, si os parece!
—oOo—
miércoles, 14 de junio de 2023
Muerte, Ausencia, Indiferencia y Celos
En La Galatea de Cervantes, cuatro pastores lamentan por turnos en una égloga las causas de sus respectivas penas de amor: la muerte de la amada, su ausencia, su indiferencia, o los celos—debatiendo cuál de éstas es la que más sufrimiento da. Y sigue el comentario, glosa y sentencia del discreto pastor Damon, que por desgracia ellos no escuchan...
Crisio
Al que ausencia viene a dar
Su cáliz triste a beber,
No tiene mal que temer
Ni ningún bien que esperar.
En esta amarga dolencia
No hay mal que no esté cifrado
Temor de ser olvidado,
Celos de ajena presencia;
Quien la viniere a probar,
Luego vendrá a conocer
Que no hay mal de que temer
Ni menos bien que esperar.
Orompo
Ved si es mal el que me aqueja
Más que muerte conocida.
Pues forma quejas la vida
De que la muerte la deja.
Cuando la muerte llevó
Toda mi gloria y contento,
Por darme mayor tormento,
Con la vida me dejó.
El mal viene, el bien se aleja
Con tan ligera corrida
Que forma quejas la vida
De que la muerte la deja.
Marsilio
En mi terrible pesar
Ya faltan, por más enojos,
Las lágrimas a los ojos
Y el aliento al suspirar.
La ingratitud y desdén
Me tienen ya de tal suerte,
Que espero y llamo a la muerte
Por más vida y por más bien.
Poco se podrá tardar,
Pues faltan en mis enojos
Las lágimas a los ojos
Y el aliento al suspirar.
Orfenio
Celos, a fe, si pudiera,
Que yo hiciera por mejor
Que fueran celos amor,
Y que el amor celos fuera.
Deste trueco granjeara
Tanto bien y tanta gloria,
Que la palma y la victoria
De enamorado llevara.
Y aun fueran de tal manera
Los celos en mi favor
Que, a ser los celos amor,
El amor yo solo fuera.
Con esta última canción del celoso Orfenio dieron fin a su égloga los discretos pastores, dejando satisfechos de su discreción a todos los que escuchado los habían, especialmente a Damon y a Tirsi, que gran contento en oírlos recibieron, pareciéndoles que de más de pastoril ingenio parecían las razones y argumentos que para salir con su propósito los cuatro pastores habían propuesto.
Pero habiéndose movido contienda entre muchos de los circunstantes sobree cuál de los cuatro había alegado mejor su derecho, en fin se vino a conformar el parecer de todos con el que dió el discreto Damon, diciéndoles que él para sí tenía que, entre todos los disgustos y sinsabores que el amor trae consigo, ninguno fatiga tanto al enamorado pecho, como la incurable pestilencia de los celos, y que no se podían igualar a ella la pérdida de Orompo, ausencia de Crisio, ni la desconfianza de Marsilio.
—La causa es—dijo—que no cabe en razón natural que, las cosas que están imposibilitadas de alcanzarse, puedan por largo tiempo apremiar la voluntad a quererlas ni fatigar al deseo por alcanzarlas, porque el que tuviese voluntad y deseo de alcanzar lo imposible, claro está que, cuanto más el deseo le sobrase, tanto más el entendimiento le faltaría. Y por esta misma razón digo que la pena que Orompo padece, no es sino una lástima y compasión del bien perdido; y por haberle perdido de manera que no es posible tornarle a cobrar, esta imposibilidad ha de ser causa para que su dolor se acabe, que, puesto que el humano entendimiento no puede estar tan unido siempre con la razón que deje de sentir la pérdida del bien que cobrar no se puede, y que, en efecto, ha de dar muestra de su sentimiento con tiernas lágrimas, ardientes suspiros y lastimosas palabras, so pena de que, quien esto no hiciese, antes por bruto que por hombre racional sería tenido: en fin fin, el discurso del tiempo cura esta dolencia, la razón la mitiga y las nuevas ocasiones tienen mucha parte para borrarla de la memoria.
Todo esto es al revés en el ausencia, como apuntó bien Crisio en sus versos, que como la esperanza en el ausente ande tan junta con el deseo, dale terrible fatiga la dilación de la tornada, porque, como no le impide otra cosa el gozar su bien sino algún brazo de mar o alguna distancia de tierra, parécele que, teniendo lo principal, que es la voluntad de la persona amada, que se hace notorio agravio a su gusto que cosas que son tan menos como un poco de agua o tierra le impidan su felicidad y gloria. Júntase asimismo a esta pena el temor de ser olvidado, las mudanzas de los humanos corazones; y en tanto que la ausencia dura, sin duda alguna que es extraño el rigor y aspereza con que trata al alma del desdichado ausente. Pero, como tiene tan cerca el remedio, que consiste en la tornada, puédese llevar con algún alivio su tormento, y si sucediere ser la ausencia de manera que sea imposible volver a la presencia deseada, aquella imposibilidad viene a ser el remedio, como el de la muerte.
El dolor de que Marsilio se queja, puesto que es como el mismo que yo padezco y por esta causa me había de parecer mayor que otro alguno, no por eso dejaré de decir l oque en él la razón me muestra, antes que aquello a que la pasión me incita. Confieso que es terrible dolor querer y no ser querido, pero mayor seria amar y ser aborrecido. Y si los nuevos amadores nos guiásemos por lo que la razón y la experiencia nos enseñan, veríamos que todos los principios en cualquier cosa son dificultosos, y que no padece esta regla excepción en los casos de amor, antes en ellos más se confirma y fortalece; así que, quejarse el nuevo amante de la dureza del rebelde pecho de su señora, va fuera de todo razonable término, porque como el amor sea y ha de ser voluntario, y no forzoso, no debo yo quejarme de no ser querido de quien quiero, ni debo hacer caudal del cargo que le hago, diciéndole que está obligada a amarme porque yo la amo. Que, puesto que la persona amada debe en ley de naturaleza y en buena cortesía, no mostrarse ingrata con quien bien la quiere, no por eso le ha de ser forzoso y de obligación que corresponda del todo y por todo a los deseos de su amante: que si esto así fuese, mil enamorados importunos habría que por su solicitud alcanzasen lo que quizá no se les debría de derecho; y como el amor tenga por padre al conocimiento, puede ser que no halle en mí la que es de mí bien querida partes tan buenas que la muevan e inclinen a quererme, y así no está obligada, como ya he dicho, a amarme, como yo estaré obligado a adorarla, porque hallé en ella lo que a mí me falta. Y por esta razón no debe el desdeñado quejarse de su amada, sino de su ventura, que le negó las gracias que al conocimiento de su señora pudieran mover a bien quererle; y así debe procurar con continuos servicios, con amorosas razones, con la no importuna presencia, con las ejercitadas virtudes, adobar y enmendar en él la falta que naturaleza hizo, que este es tan principal remedio, que estoy para afirmar que será imposible dejar de ser amado el que con tan justos medios procurare granjear la voluntad de su señora. Y pues este mal del desdén tiene el bien deste remedio, consuélese Marsilio y tenga lástima al desdichado y celoso Orfenio, en cuya desventura se encierra la mayor que en las de amor imaginar se puede.
¡Oh, celos, turbadores de la sosegada paz amorosa, celos, cuchillo de las más firmes esperanzas! No sé yo qué pudo saber de linajes el que a vosotros os hizo hijos del amor, siendo tan al revés, que por el mismo caso dejara el amor de serlo, si tales hijos engendrara. ¡Oh celos, hipócritas y fementidos ladrones, pues, para que se haga cuenta de vosotros en el mundo, en viendo nacer alguna centella de amor en algún pecho, luego procuráis mezclaros con ella, volviéndoos de su color, y aun procuráis usurparle el mando y señorío que tiene! Y de aquí nace que, como os ven tan unidos con el amor, puesto que por vuestros efectos dais a conocer que no sois el mismo amor, todavía procuráis que entienda el ignorante que sois sus hijos, siendo, como lo sois, nacidos de una baja sospecha, engendrados de un vil y desastrado temor, criados a los pechos de las falsas imaginaciones, crecidos entre vilísimas envidias, sustentados de chismes y mentiras.
Y porque se ve la destrucción que hace en los enamorados pechos esta maldita dolencia de los rabiosos celos, en siendo el amante celoso, conviene, con paz sea dicho de los celosos enamorados, conviene, digo, que sea, como lo es, traidor, astuto, revoltoso, chismero, antojadizo y aun mal criado; y a tanto se extiende la celosa furia que le señorea, que a la persona que más quiere es a quien más mal desea. Querría el amante celoso que sólo para él su dama fuese hermosa, y fea para todo el mundo; desea que no tenga ojos para ver más de lo que él quisiere, ni oídos para oír, ni lengua para habla; que sea retirada, desabrida, soberbia, mal acondicionada; y aun a veces desea, apretado de esta pasión diabólica, que su dama se muera y que todo se acabe.
Todas estas pasiones engendran los celos en los ánimos de los amantes celosos; al revés de las virtudes que el puro y sencillo amor multiplica en los verdaderos y comedidos amadores, porque en el pecho de un buen enamorado se encierra discreción, valentía, liberalidad, comedimiento y todo aquello que le puede hacer loable a los ojos de las gentes. Tiene más, asimismo la fuerza deste crudo veneno: que no hay antídoto que le preserve, consejo que le valga, amigo que le ayude, ni disculpa que le cuadre; todo esto cabe en el enamorado celoso, y más: que cualquiera sombra le espanta, cualquiera niñería le turba, y cualquiera sospecha falsa o verdadera le deshace. Y a toda esta desventura se le añade otra: que, con las disculpas que le dan piensa que le engañan. Y no habiendo para la enfermedad de los celos otra medicina que las disculpas, y no queriendo el enfermo celoso admitirlas, síguese que esta enfermedad es sin remedio, y que a todas las demás debe anteponerse. Y así, es mi parecer, que Orfenio es el más penado, pero no el más enamorado, porque no son los celos señales de mucho amor, sino de mucha curiosidad impertinente; y si son señales de amor, es como la calentura en el hombre enfermo, que el tenerla es señal de tener vida, pero vida enferma y mal dispuesta, y así el enamorado celoso tiene amor, mas es amor enfermo y mal acondicionado. Y también el ser celoso es señal de poca confianza del valor de sí mismo. Y que sea esto verdad, nos lo muestra el discreto y firme enamorado, el cual sin llegar a la obscuridad de los celos, toca en las sombras del temor, pero no se entra tanto en ellas, que le obscurezcan el sol de su contento, ni de ellas se aparta tanto que le descuiden de andar solícito y temeroso; que si este discreto temor faltase en el amante, yo le tendría por soberbio y demasiadamente confiado, porque, como dice un común proverbio nuestro, quien bien ama, teme; teme, y aun es razón que tema, el amante que como la cosa que ama es en extremo buena, o a él le pareció serlo, no parezca lo mismo a los ojos de quien la mirare, y por la misma causa se engendre el amor en otro, que pueda y venga a turbar el suyo; teme y tema el buen enamorado las mudanzas de los tiempos, de las nuevas ocasiones que en su daño podrían ofrecerse, de que con brevedad no se acabe el dichoso estado que goza, y este temor ha de ser tan secreto, que no le salga a la lengua para decirle, ni aun a los ojos para significarle; y hace tan contrarios efectos este temor del que los celos hacen en los pechos enamorados, que cría en ellos nuevos deseos de acrecentar más el amor, si pudiesen, de procurar con toda solicitud que los ojos de su amada no vean en ellos cosa que no sea digna de alabanza, mostrándoles liberales, comedidos, galanes, limpios y bien criados; y tanto cuanto este virtuoso temor es justo se alabe, tanto y más es digno que los celos se vituperen.
Calló en diciendo esto el famoso Damon, y llevó tras la suya las contrarias opiniones de algunos que escuchado le habían, dejando a todos satisfechos de la verdad que con tanta llaneza les había mostrado. Pero no se quedara sin respuesta, si los pastores Orompo, Crisio, Marsilio y Orfenio hubieran estado presentes a su plática, los cuales, cansados de la recitada égloga, se habían ido a casa de su amigo Daranio.
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lunes, 12 de junio de 2023
Amor anticuado
Iba a sacar del zurrón mi ejemplar de La Galatea de Cervantes para retomar la lectura en la plaza, cuando veo que lo he perdido, un ejemplar de hace unos cien años... Así que vuelvo a toda prisa al banco donde me había sentado un rato antes, y allí estaba el libro en efecto, en manos de una parejita, que me lo devuelven muy amables: "¡Qué libro tan bonito!"me dicen, lo habían estado hojeando... "Sí," digo, "a éste se le oye nombrar bastante, aunque no se le ve mucho. Pero sí que es bonito. Va de amor. De amor anticuado, pero amor".
Un trocito que me ha gustado, un poemilla recitado por el pastor Orompo, de una égloga que contiene la novela, en la que diversos pastores comparan sus penas de amores, a ver cuál era la peor. Lo titulo "Antes el sol acabará el camino":
Antes el sol acabará el camino
Que es propio suyo, dando vuelta al cielo
Después de haber tocado en cada signo,
Que la parte menor de nuestro duelo
Podamos declarar como se siente,
Por más que el bien hablar levante el vuelo.
Tú dices, Crisio, que el que vive ausente
Muere; yo, que estoy muerto, pues mi vida
A muerte la entregó el hado inclemente.
Y tú, Marsilio, afirmas que perdida
Tienes de gusto y bien toda esperanza,
Pues un fiero desdén es tu homicida.
Tú repites, Orfenio, que la lanza
Aguda de los celos te traspasa,
No sólo el pecho, que hasta el alma alcanza.
Y como el uno lo que el otro pasa
No siente, su dolor sólo exagera,
Y piensa que al rigor del otro pasa.
Y por nuestra contienda lastimera
De tristes argumentos está llena
Del caudaloso Tajo la ribera.
Ni por esto desmengua nuestra pena;
Antes, por el tratar la llaga tanto,
A mayor sentimiento nos condena.
Cuanto puede decir la lengua, y cuanto
Pueden pensar los tristes pensamientos,
Es ocasión de renovar el llanto.
Cesen, pues, los agudos argumentos,
Que en fin no hay mal que no latigue y pene,
Ni bien que dé seguros los contentos.
¡Harto mal tiene quien su vida tiene
Cerrada en una estrecha sepultura,
Y en soledad amarga se mantiene!
¡Desdichado del triste sin ventura
Que padece de celos la dolencia,
Con quien no valen fuerzas ni cordura!
Y aquel que en el rigor de larga ausencia
Pasa los tristes miserables días,
Llegado al flaco arrimo de paciencia,
¡Y no menos aquel que en sus porfías
Siente, cuando más arde, en su pastora
Entrañas duras e intenciones frías!
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viernes, 9 de junio de 2023
Templando su rabel
Afligido [Mireno] de la ingratitud de Silveria, viendo que otro día con Daranio se desposaba, con la rabia y dolor que le causaba este hecho, se había salido de su casa, acompañado de sólo su rabel, y convidándole la soledad y silencio de un pequeño pradecillo que junto a las paredes de la aldea estaba, y confiado que en tan sosegada noche ninguno le escucharía, se sentó al pie de un árbol, y templando su rabel, de esta manera cantando estaba:
Cielo sereno, que con tantos ojos
Los dulces amorosos hurtos miras,
Y con tu curso alegras o entristeces
A aquel que en tu silencio sus enojos
A quien los causa dice, o al que retiras
De gusto tal, y espacio no le ofreces:
Si acaso no careces
De tu benignidad para conmigo,
Pues ya con sólo hablar me satisfago
Y sabes cuanto hago,
No es mucho que ahora escuches lo que digo,
Que mi voz lastimera
Saldrá con la doliente ánima afuera.
Ya mi cansada voz, ya mis lamentos
Bien poco ofenderán al aire vano,
Pues a término tal soy reducido
Que ofrece amor a los airados vientos
Mis esperanzas, y en ajena mano
He puesto el bien que tuve merecido.
Será el fruto cogido
Que sembró mi amoroso pensamiento
Y regaron mis lágrimas cansadas,
Por las afortunadas
Manos a quien faltó merecimiento
Y sobró la ventura
Que allana lo difícil y asegura.
Pues el que ve su gloria convertida
En tan amarga dolorosa pena
Y tomando su bien cualquier camino,
¿Por qué no acaba la enojosa vida?
¿Por qué no rompe la vital cadena
Contra todas las fuerzas del destino?
Poco a poco camino
Al dulce trance de la amarga muerte,
Y así, atrevido aunque cansado brazo,
Sufrid el embarazo
Del vivir, pues ensalza nuestra suerte
Saber que a amor le place,
Que el dolor haga lo que el hierro hace.
Cierta mi muerte está, pues no es posible
Que viva aquel que tiene la esperanza
Tan muerta y tan ajeno está de gloria;
Pero temo que amor haga imposible
Mi muerte, y que una falsa confianza
Dé vida, a mi pesar, a la memoria.
Mas ¡qué! Si por la historia
De mis pasados bienes la paseo
Y miro bien que todos son pasados,
Y los graves cuidados
Que triste ahora en su lugar poseo,
Ella será más parte
Para que della, y del vivir, me aparte.
¡Ay, bien único y sólo al alma mía
Sol que mi tempestad aserenaste,
Término del valor que se desea!
¿Será posible que se llega el día
Donde he de conocer que me olvidaste,
Y que permita amor que yo le vea?
Primero que esto sea,
Primero que tu blanco hermoso cuello
Esté de ajenos brazos rodeado,
Primero que el dorado
—Oro es mejor decir—de tu cabello
A Daranio enriquezca,
Con fenecer mi vida el mal feneca.
Nadie por fe te tuvo merecida
Mejor que yo; mas veo que es fe muerta
La que con obras no se manifiesta,
Si se estimara el entregar la vida
Al dolor cierto y a la gloria incierta,
Pudiera yo esperar alegre fiesta;
Mas no se admite en esta
Cruda ley que amor usa el buen deseo,
Pues es proverbio antiguo entre amadores,
Que son obras amores,
Y yo, que, por mi mal sólo poseo
La voluntad de hacellas,
¿Qué no me ha de faltar faltando en ella?
En ti pensaba yo que se rompiera
Esta ley del avaro amor usada,
Pastora, y que los ojos levantaras
A una alma de la tuya prisionera,
Y a tu propio querer tan ajustada,
Que, si la conocieras, la estimaras.
Pensé que no trocaras
Una fe que dio muestras de tan buena
Por una que quilata sus deseos
Con los vanos arreos
De la riqueza, de cuidados llena;
Entregástele al oro
Por entregarme a mí continuo al lloro.
Abatida pobreza, causadora
Deste dolor que me atormenta el alma,
Aquel te loa que jamás te mira;
Turbóse en ver tu rostro mi pastora,
A su amor tu aspereza puso en calma.
Y así, por no encontrarte, el pie retira.
Mal contigo se aspira
A conseguir intentos amorosos:
Tú derribas las altas esperanzas
Y siembras mil murallas
En mujeriles pechos codiciosos;
Tú jamas perficionas
Con amor el valor de las personas.
Sol es el oro, cuyos rayos ciegan
La vista más aguda, si se ceba
En la vana apariencia del provecho.
A liberales manos no se niegan
Las que gustan de hacer notoria prueba
De un blando, codicioso, hermoso pecho.
Oro tuerce el derecho
De la limpia intención y fe sincera
Y, más que la firmeza de un amante,
Acaba en un diamante,
Pues su dureza vuelve un pecho cera,
Por más duro que sea,
Pues se le da con él lo que desea.
De ti me pesa, dulce mi enemiga,
Que tantas tuyas puras perfecciones
Con una avara muestra has afeado,
Tanto del oro te mostraste amiga
Que echaste a las espaldas mis pasiones
Y al olvido entregaste mi cuidado.
En fin, ¡que te has casado!
¡Casádote has, pastora! El cielo haga
Tan buena tu elección como querrías,
Y de las penas mías
Injustas no recibas justa paga.
Mas ¡ay! Que el cielo amigo
Da premio a la virtud, y al mal, castigo.
(Miguel de Cervantes, La Galatea)



