Mostrando entradas con la etiqueta Julio César. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Julio César. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de mayo de 2022

Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)

Notes on the second half of Nicholas Ray's book Tragedy and Otherness: Sophocles, Shakespeare, Psychoanalysis—a reading of Shakespeare's Julius Caesar, with some interesting dimensions for the student of retroprospective action. The relationship to the Freudian project is rather indirect, but the chapter stands on its own strength as an outstanding reading in the deconstructivist mode. 

 

Full text:

Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)

https://doi.org/10.17613/0jwm-g778

 

Author(s):
José Angel GARCÍA LANDA (see profile)
Date:
2021
Group(s):
Anthropology, English Literature, Philosophy, Philosophy of Religion
Subject(s):
Greek tragedy, Psychoanalytic criticism, Psychoanalysis, Literary criticism, Shakespeare
Item Type:
Article
Tag(s):
julius caesar, Oedipus complex, Personality psychology, Retrospection
Permanent URL:
https://doi.org/10.17613/0jwm-g778
Abstract:

Notes:
First published in 'Vanity Fea' (2011). Ibercampus.eu was discontinued 2021.
 



Also here:

_____. "Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)." In García Landa, Vanity Fea 30 August 2011.*

         http://vanityfea.blogspot.com/2011/08/tragedy-and-oedipal-subject-shakespeare.html

         2011

_____. "Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)." Ibercampus (Vanity Fea) 30 August 2021.*

https://www.ibercampus.eu/tragedy-and-the-oedipal-subject-shakespeare-and-freud-5417.htm

2021 DISCONTINUED 2022 – Online at the Internet Archive:

https://web.archive.org/web/20210919225447/https://www.ibercampus.eu/tragedy-and-the-oedipal-subject-shakespeare-and-freud-5417.htm

2023

_____. "Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)." Academia 8 Oct. 2021.*

         https://www.academia.edu/56657016/

         2021

_____. "Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)." ResearchGate 5 Jan. 2022.*

         https://www.researchgate.net/publication/357579016

         2021

_____. "Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)." SSRN 21 April 2022.*

http://ssrn.com/abstract=4060657

         2022

_____. "Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)." Humanities Commons 6 May 2022.*

         https://hcommons.org/deposits/item/hc:45661/

         https://doi.org/10.17613/0jwm-g778

         2022

_____. "Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)." In García Landa, Vanity Fea 6 May 2022.*

         https://vanityfea.blogspot.com/2022/05/tragedy-and-oedipal-subject-shakespeare.html

         2022

_____. "Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)." Net Sight de José Angel García Landa 4 Jan. 2023.*

         https://personal.unizar.es/garciala/publicaciones/tragedyoedipal2.pdf

         2023


 

 

 

 

—oOo—

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Retropost (21 de noviembre de 2008): Julio César


Vuelve César, siempre vuelve César—sea disfrazado de Napoleón, de Mussolini o de Chávez. Nos proyectan en la biblioteca María Moliner el Julio César de Mankiewicz, basado en la tragedia de Shakespeare; lo presenta y comenta Antonio Duplá, de la Universidad del País Vasco, en un ciclo sobre cine e historia. La semana que viene, Troya—con Pitt the younger.

¿Era Julio César de izquierdas?—le pregunto al conferenciante, invidiously. "El dictador democrático", lo llama Luciano Canfora: y es que César era el líder del partido de la plebe, y se aupaba al poder con un incontestable apoyo popular—de unas masas romanas que, por plebeyos que fuesen, eran los patricios del imperio, y estaban maleados por tanto por las subvenciones de César a costa de las extorsiones al resto del imperio. Así que lo del tema de la democracia y las izquierdas está demasiado difícil como para analogías sencillas: lo que sí está claro es que los conspiradores que acabaron con su vida lo hacían por preservar no una "democracia" y unas libertades igualitarias, sino más bien para defender unas instituciones aristocráticas, que corrían el riesgo de ser arrinconadas por César. Y, desde luego, también era César un golpista, apoyado por su ejército "más acá" del Rubicón. Todo el episodio es ocasión para muchas reflexiones y analogías sobre la legitimidad del poder, el liderazgo carismático, la tiranía, el correcto uso de las instituciones, la legitimidad o no del tiranicidio—y las estrategias más adecuadas para el golpe de estado. Podría decirse que, como sucedió en la guerra civil española, fue el golpe de estado fallido de los conspiradores—tras el golpe de estado fallido de César, fallido para él—el que causó o reanudó la guerra civil.

Las analogías son engañosas, claro, pero también ilustrativas por lo que tiene esta tragedia de emblemático y arquetípico—como dice Casio, "cuántas veces en el futuro será representada otra vez esta alta escena, en estados no nacidos, y en acentos aún desconocidos" (III.i, 111-13). Shakespeare era muy dado a estas perspectivas de retrospección prospectiva, y sin duda se echaba aquí una flor a sí mismo y su fama futura, con sus ejercicios de metateatralidad. Pero también era consciente de las analogías con su misma época—sin que sea conveniente buscar equivalentes exactos de los personajes de su drama en la Inglaterra isabelina. Un buen ejercicio en esta línea, resituando Julio César en 1599, lo hace James Shapiro en su reciente biografía de Shakespeare enfocada en ese año (1599: A Year in the Life of William Shakespeare). Tal vez Shakespeare, al traer a colación a un César, pensase especialmente en el conde de Essex y sus dudosas aventuras al frente del ejército de Irlanda durante la campaña de ese año. Aunque también la figura de César, autócrata sin descendencia, debe algo a la reina Isabel. Más que paralelismos exactos, es el juego de habladurías, intrigas partidistas y estrategias de propaganda lo que aporta la realidad vivida de Shakespeare a esta recreación de Roma. También la cuestión del tiranicidio era candente, con la fatwa del Papa contra la Reina de Inglaterra, con las teorías de Buchanan justificando el tiranicidio, y con la condena del tiranicidio en los escritos del que muy pronto sería rey de Inglaterra, Jacobo I—otro éste que andaba en boca de los círculos selectos y de los hoi polloi, en tanto que Isabel se negaba a designar sucesor y gravitaba sobre Londres el fantasma de las guerras civiles y de las luchas por el poder que tan bien había retratado Shakespeare en sus dramas sobre el siglo XV.Bruto y César - Mankiewicz

Llama la atención en Julio Césarel contraste entre las intrigas de los Pocos, los aristócratas, y la necesidad a la vez de hacerse con el beneplácito de la plebe. Los oradores se dirigen al pueblo tras el asesinato, y aquí hay que subrayar la habilidad de Shakespeare al superponer casi sin transición la plebe romana, representada por actores en la escena, y el público de su teatro—una continuidad natural, tras las alusiones políticas isabelino-romanas que señala Shapiro. Pone así de relieve, de la manera más natural posible, la teatralidad de la política, y de los hombres públicos; será el mejor actor allí en las tablas (y no necesariamente el mejor guionista) quien asegure el triunfo de la obra. Esto es especialmente efectivo en el teatro, claro: aquí el cine establece una mayor distancia entre el espectador de la sala y el plebeyo del foro, aunque Mankiewicz y Brando son especialmente eficaces conservando la ambigüedad allí donde conviene. Los oradores se dirigen a la plebe convenciéndoles de cuál es el bien de Roma, y el de la propia plebe—son las líneas de argumentación de Bruto y Marco Antonio respectivamente, podríamos decir. Es Bruto el que aparece como un hombre honesto en la tragedia, exponiendo su causa abiertamente e invocando el honor y la dignidad tradicional de Roma, mientras que Antonio es un sutil manipulador—una zorra frente a un león, en la terminología de Wyndham Lewis. Y sin embargo cabría argüir que la honestidad de Bruto llega hasta donde llega: pues el bien de la república romana y las libertades de sus aristócratas no tienen por qué ser el bien del plebeyo, ni garantía de las libertades de éste; y cuánto menos del esclavo o del galo moribundo.

Es impresionante la tragedia de Shakespeare por las transformaciones de sus personajes, y por las consecuencias inesperadas de sus actos—esas ironías del destino que nos vamos haciendo, a medida que nuestros planes y nuestra ordenación mental de la realidad se estrellan contra los planes y planteamientos de los demás—y contra la dura realidad. Casio está movido por la envidia tanto como por la defensa de las instituciones republicanas. También aparece en principio como un manipulador maquiavélico, una zorra hablando a favor de los leones. Bruto, por el contrario, se presenta como la reencarnación de su antepasado, y garantía de la República contra tentaciones monárquicas. Es un personaje más íntegro—estoico, desinteresado hasta donde hemos dicho, un intelectual que defiende un bien abstracto, un poco como los revolucionarios franceses, trazando un plan que si bien es de por sí razonable, en realidad no se sustenta sobre bases firmes, y se estrellará contra la realidad. De hecho, su caracterización de César como "el huevo de la serpiente"—que todavía no es tirano pero llegará a serlo—tiene mucho de diagnóstico acertado, sí, pero también de soberbia intelectual: ¿cómo se atreve Bruto a calcular y controlar el futuro de esta manera, a hacer semejante ejercicio de retrospección anticipada, pues no en otra cosa se basa este asesinato preventivo? Como si su intervención en la cadena de las cosas fuese a enderezarlas, como si Bruto controlase el tiempo y el curso de las cosas. Así pues, es Bruto un personaje ambivalente como todos, un recto idealista que contribuye como el que más al caos que arrasa Italia con la guerra—y al cesarismo tiránico que quería evitar, esta vez en las figuras de Marco Antonio y Octavio, con sus listas de condenados a muerte.

Está la tragedia estructurada también en una serie de ironías sucesivas, basadas como digo en parte en la transformación de los personajes una vez han sellado alianzas y trazado planes contra un tercero. César, por supuesto, ya ha perdido contacto con la realidad, y está autoendiosado; cree que lo ve todo y no ve sino parte—es carne de conspiración. Ante los augurios tiene una actitud titubeante: los rechaza y los consulta, los desautoriza y los reinterpreta; creyendo conocer a los hombres como Casio, desconoce a Bruto, en quien confiaba. Casio, el flaco envidioso, primero manipula a Bruto para sus fines,  pero al final es él quien se ve seducido: sufre por los desprecios de Bruto a su carácter—no soporta la mala opinión de su amigo y aliado; podríamos decir que, frente a Bruto, ha depuesto sus intrigas y está en actitud suplicante, como esos amantes despechados de Shakespeare en las parejas semirrománticas de amigos íntimos de The Two Gentlemen of Verona, El Mercader de Venecia o Twelfth Night. No es casual, quizá, que sea John Gielgud quien lo interprete en la película de Mankiewicz, con un toque de fascinación homosexual.

Más ironías con Antonio: al principio un indolente seguidor de César, va sacando su verdadera talla por partes, engañando a los conspiradores con un ajustado juego de dolor y nobilitas romana—y pronto vuelve a la plebe, partido de César, contra Bruto y Casio. Como estratega militar también sigue la táctica de la zorra, atacando emboscado en lugar de en campo abierto—y sin embargo, esta ironía queda para la historia, será él mismo la víctima de Octavio, ante quien se confía. Antonio ha constituido un triunvirato junto con Lépido y Octavio, esperando seguramente ser el César de ese triunvirato, craso error, pues como su nombre indica será César Augusto quien lo cese a él. No bastará con aliarse y liarse con Cleopatra para seguir los pasos de César al poder—y total para qué, en un mundo de intrigas. Antonio critica a Lépido por su escasa visión en cuanto éste sale de la reunión, sin saber que con el tiempo—en otra tragedia de Shakespeare y otra película de Mankiewicz—él mismo será víctima de un Octavio llamado a suceder con más éxito a su tío abuelo, pues mejor supo que nadie mantener las formas republicanas y a la vez acumular poder después de haberse cepillado a los senadores (manteniendo, eso sí, el Senado).

Es una vez más la dinámica de la ceguera estratégica descrita por Lacan: el que ha visto con penetración, y ha trazado un plan, cae víctima de su propio éxito, pues se confía en su visión privilegiada (en su ceguera) y no se sabe objeto de los planes de otros. También Shakespeare analizó esta dinámica, antes de "La carta robada" de Poe. Quizá de ahí su escepticismo ante revoluciones e intervenciones planificadas en la realidad política: con la perspectiva del que llega a toro pasado, sabe que siempre hay factores inesperados, que la realidad es más compleja que los planes, y que siempre hay alguien al lado con quien no contaban ni los césares ni los conspiradores, pero con quien sí contará la Historia.

Por cierto, parece ser que las últimas palabras de Augusto fueron muy shakespearianas—"¿Os ha gustado la función?", aludiendo a su papel magistral como emperador en el teatro del poder... Si es que a eso de que la vida imita al arte que dicen unos, o el arte a la vida que dicen otros, hay que matizar que se imitan cada uno imitando al otro... hay un cierto progreso entre el ingenuo y desilusionado "et tu, Brute" de César y este saludo de cortina de Augusto, su versión corregida y aumentada. The show must go on...



Julius Caesar. Dir. Joseph L. Mankiewicz. Screenplay by Joseph L. Mankiewicz, based on Shakespeare's play. Cast: Marlon Brando, James Mason, John Gielguld, Louis Calhern, Edmond O'Brien, Greer Garson, Deborah Kerr, George Macready, Michael Pate, Alan Napier, Ian Wolfe, Douglass Dumbrille, Edmund Purdon. Art dir. R. Cedric Gibbons and E. Carfagno. Photog. Joseph Ruttenberg (b/w). Music by Miklos Rozsa. Ed. John Dunning. Prod. John Houseman. 121'. USA: Loew's Inc., 1953. (Oscar for art direction and set decoration, National Board Review award for best actor, Mason, best b/w photog., best score, best film 1954, Bodil festival prize for best US film, BAFTA prize for best British actor, Gielgud, and best foreign actor, Brando).




—oOo—

sábado, 17 de noviembre de 2018

Retropost (17 de noviembre de 2008): La Visión de César

El sueño que he tenido esta noche me daría para mucho rato. No voy a contar mis peripecias acarreando cubos de agua manchada de polvo de carbón, ni que me encontraba sin papeles para trabajar de siervo de la gleba en unas piscinas, ni mi extrañeza porque Bach hubiese compuesto un Evangelio según San Juan que yo encontraba entre mis discos, en lugar de la Pasión según San Juan. No, me centraré en el episodio de Julio César. Caesar 

Estaba yo traduciendo un texto de César, como en el instituto, sobre gobierno y economía, pero se volvía tan vívido y tan actual, a cuenta de sus parecidos con la crisis financiera de estos últimos días, que pronto dejaba de ser una traducción que yo escribía, y tomaba la palabra directamente César, o más bien una estatua de hierro suya, gris oscuro, un busto parlante algo idealizado (le habían puesto el típico flequillo romano y lo habían rejuvenecido un tanto).

César criticaba a la oposición, una colección de patricios intrigantes que (sin comprensión real de las dificultades del gobierno) criticaban a César por perderse en especulaciones no monetarias sino mentales, y por no hacer nada práctico por remediar los males de Roma. Esa misma inacción les reprochaba César a ellos, a la vez que exponía unas verdades poco observadas a las que había llegado en sus reflexiones sobre la economía. Había calculado César que todos los sestercios de las arcas del Estado eran muy poquita cosa, por mucho que pareciesen, si se comparaban con el dinero en circulación e imposible de controlar. Pero aún más alarmante para él, y trasladaba esta observación sorprendente a los indolentes senadores y patricios, era lo siguiente: que todos los sestercios jamás acuñados por el Estado no bastaban para comprar ni una mínima parte de las posesiones y objetos de los romanos. Que las posesiones no se podían pagar en dinero. Que en cierto modo estaban en el mercado, pues se podían comprar y vender, eran dinero, pero no había dinero para pagarlas, ni podría haberlo jamás por lo astronómico de la cantidad que suponía tanto bien en el mercado. Creo que los romanos no llegaban a captar las implicaciones de esto, y miraban a César extrañados: pero su estatua continuaba impertérrita con la explicación.

Y César (o su cabeza de hierro) hacía partícipes a los patricios y tribunos de la plebe por igual de los planes que había tenido inicialmente: planes de acuñar más moneda para poder permitir la compraventa de las cosas—o más bien de crear el equivalente de éstas en dinero, pues como digo era algo que en principio ofendía a su lógica, el que no existiese el dinero equivalente a las cosas que (paradójicamente) sí lo valían. Y había pretendido acuñar, claro, acuñar más dinero —que se me ocurre se hubiese devaluado inmediatamente— y una duda así debió asaltar al subconsciente de César, porque a continuación relataba una visión o sueño explicativo que había tenido, y que le hizo desistir: un sueño que aparecía en una pizarra ilustrado con unos gráficos casi infantiles de vaquitas y casitas y otros símbolos económicos: a saber, que el dinero era un dios o semidiós (el envoltorio de esta dream vision era un tanto mitológico) que había sido engendrado por sí mismo, y que sólo se engendraría a sí mismo, por muchas veces que se engendrase.

Aquí el sentido de la visión de César se volvía un tanto más oscuro o problemático, y (como un patricio) me he despertado, o dormido, antes de que llegase al final el discurso de su estatua.





—oOo—

martes, 10 de noviembre de 2015

Handel's GIULIO CESARE

Handel. Giulio Cesare. Andreas Scholl (Giulio Cesare), Cecilia Bartoli (Cleopatra), Anne Sofie von Otter (Cornelia), Philippe Jaroussky (Sesto), Christophe Dumaux (Tolomeo), Ruben Drole (Achilla), Jochen Kowalsky (Nirena), Peter Kálman (Curio). Il Giardino Armonico / Giovanni Antonini. Stage dir. Moshe Leiser and Patrice Caurier. Live video from the Salzburger Pfingstfestspiele. YouTube 7 Oct. 2013.*
         2015

martes, 30 de agosto de 2011

Tragedy and the Oedipal Subject: Shakespeare (and Freud)

Notes on the second half of Nicholas Ray's Tragedy and Otherness: Sophocles, Shakespeare, Psychoanalysis. Oxford (etc): Peter Lang, 2009.

Chapter Two of Tragedy and Otherness is an excellent reading of  Julius Caesar, and it has some interesting dimensions for the student of retroprospective action. The relationship to the Freudian project is, however, much more indirect—the play is related via a comment by Harold Bloom to Freud's parricidal theory of ritual in Totem and Taboo. However, Freud's explicit references to this tragedy are meager and indirect, and arguably Ray makes too much of them. Still, the chapter stands on its own strength as an outstanding reading in the deconstructivist mode. 

It is also an example of the way Ray combines psychoanalytic insights with historical and contextualized readings—seeing Julius Caesar not merely as an instance of archetypal parricide, but as an intervention in the context of early modern debates on tyranny and kingship: 

"If the tyrannus of the fifth century BC marks out the (albeit aporetic) vector of an inaugural subjectivity, the figure of the tyrant proleptically deconsecrated by early modern tragic drama is a measure of the subjectivity which the sons of the realm are constitutively denied: their liberty and autonomy is to be attained at the cost of rising up against the the absolute Father, setting him on the 'scaffold' and cutting him off" (120). 




But was Caesar a tyrant, or is tyrannicide a legitimate step in any case? Following Ernest Schanzer's reading, Ray argues that "the tragedy works to hold open the very question of just what it is that the assassination might mean" (122). The event itself was inherently ambiguous—the crux of the matter being that Julius Caesar was not yet a tyrant, although he seemed to be well on the way to becoming one. Therefore, his assassination could be described as tyrannicide only proleptically, and the doubt is cast that the actions of his murderers were caught in a vicious circle, or a defectively self-fulfilling prophecy. 

Alterity enters the argument as follows: everywhere the play resists attempts to oversimplify the significance of Caesar's assassination (although there is no lack of one-sided views coming from many characters, notably the contrasting public speeches of Brutus and Antony). What is more, the play "refuses to be assimilated to the model of anachronistic back-projection whereby the present context of its composition would impose, in terms of its own epistemological purview, a single and identifiable meaning in the past it represents" (124). Caesar is a complex character, inherently contradictory in his actions and purposes, and the play preserves the enigmatic core of his otherness—which could only have been dissipated by the non-existent future which was cut short by the murder. And the conspirators' actions also had unintended consequences (notably the Civil War), different too from the ideal restoration of the Republic they invoked as their purpose.

Once again, Ray's reading is finely attuned to the narrative interplay of prospection and retrospection. In this case, too, he points out that Freud's reading of this tragedy (to the extent that there is one) forecloses the play of difference, for example in the interpretation of  Brutus' character. Brutus too is complex, divided within, hesitating between two father figures or ancestries, Caesar himself, perhaps, and (or, rather, or) the ancient Brutus who expelled Tarquin from Rome and instaurated the Republic. Ray examines the way in which Brutus' "double coinage" is manipulated by Cassius and others, and the way the paradox of the self cannot be solved here either: "The moment of centring, the accomplishment of selfhood, is equally and necessarily one of decentring" (141), and so Brutus fashions himself as an inherently divided subject. The tragedy incorporates the double genealogy of Brutus with a greater tolerance for contradiction than is found in Plutarch—emphasizing the way Brutus is, like Rome, at war with himself. The difference between tyrannicide and tyranny is also deconstructed, as the logic of their actions drives the conspirators into mimicking the very gestures of "hermeneutic tyranny" they reject in the prospective tyrant.

According to Laplanche and Pontalis' entry on "Deferred action [Nachträglichkeit / Après-coup]", "It is not lived experience in general that undergoes a deferred revision but, specifically, whatever it has been impossible in the first instance to incorporate fully into a meaningful context" (153). (One might want to argue that deferred revision or retroactive fashioning is only especially visible or significant in these cases, and that anyway lack of comprehension is rarely the only cause for deferred action: an additional reason for revision is usually at work behind the subject's return to prior experience). 

Anyway, in formulating his seduction theory, Freud had to acknowledge that the original (now traumatic) event cannot be returned to exactly as it was, as the Same—and Ray uses this analogy to emphasize the element of otherness that the conspirators' deeds and their interpretations add to Caesar's self and actions. Perhaps Hillis Miller's conception of the performative would be a useful complement to Ray's perspective here: the conspirators try to define Caesar as a tyrant, etc., and they don't recognize the constitutive and performative element in their own portrayal of him, due to the inescapable prematurity of their deed. 

As to the play itself, in Ray's reading it refuses almost eerily to determine the meaning of the events it portrays: one could perhaps say that its own performative intervention on the events is a deliberately self-dismantling one: "Shakespeare's metadrama seems to say that the deed can be repeated, the scene reconstructed, the words spoken translated, but that this alone will not give us access to what the scene means" (159). One could add that this view holds a suggestive potential of implications for the staging, one could almost say the performative performance, of Shakespeare's play. The conspirators themselves imagine the future representations of this event, but quite characteristically they assume their meaning will be nonambiguous. The playwright knows otherwise.

The Freudian connection comes almost as an afterthought to this chapter: in Totem and Taboo Freud assumes that the Primal Patriarch's murder is unequivocally an instance of tyrannicide, although a reactive performance of guilt will follow in the rituals developing from it. Ray makes Freud side with the conspirators in their tendentious denunciation of the tyrant—since Freud conceives of the archetypal patriarch as consistently tyrannical. But one wonders whether Freud, like Brutus, was not somewhat more ambivalent in his views on the patriarch, under the surface of his text.

"Complex, not the same as itself from the outset, the event, like the experience of trauma, makes possible and necessary the deferred and constant returns to it of which Shakespeare's [or Freud's?] text is only one of innumerable instances" (170).

 
 
 
—oOo—



sábado, 11 de abril de 2009

Is this a holiday?

Capítulo 8 de James Shapiro, 1599: A Year in the Life of William Shakespeare (Londres: Faber and Faber, 2005).
(Capítulo 7: Book Burning)

8. ¿Es fiesta hoy? —La agitación popular en Roma y Londres, en Julius Caesar.

Versa este capítulo sobre algunos contextos de la inglaterra de 1599 oportunos para la comprensión del drama de Shakespeare Julio César. En Julio César las alusiones al ambiente político de Roma aparecen llenas de "anacronismos" y alusiones religiosas fuera de lugar—cosa que muchos críticos posteriores intentaron excusar en Shakespeare. Pero según Shapiro lo que hace Shakespeare es muy deliberadamente imbuir a su argumento de Roma antigua con una ambientación que nos recuerda más la atmósfera de intriga política y tensión religiosa del Londres contemporáneo.

La relación entre autoridad religiosa y política era una fuente de conflictos e incertidumbres desde la secesión de la iglesia anglicana. El papa Pío V excomulgó a Isabel I en 1570 y liberó a sus súbditos de obediencia. A medida que se hizo claro que no iba a tener descendencia, quienes temían una sucesión católica se acercaron gradualmente a posiciones cuasi-republicanas para defender una sucesión protestante (por ejemplo las de Thomas Wilson en su inédito "The State of England", 1600). Se debatía aquí la fuente de autoridad política—si es el rey o el pueblo. Se volvió políticamente imprudente hablar para nada de la cuestión de la sucesión de Isabel; se publicaban especulaciones al respecto en Escocia o el continente; en Inglaterra estaban prohibidas. Los principales sucesores in pectore eran Jacobo de Escocia (el que en efecto la sucedió), el conde de Essex, y la infanta de España. De Jacobo era dudoso su compromiso con el protestantismo. Otro peligro eran los asesinos católicos—tras el fracaso de la Armada en 1588, hubo diversos intentos de asegurar una pronta sucesión de la corona inglesa por el procedimiento de eliminar a la reina. O a su posible sucesor Jacobo. Las intrigas políticas y religiosas eran las mismas.

Shakespeare introdujo el término "assassination" en la literatura inglesa, en Macbeth. El tema le era familiar. Quizá fuese pariente lejano suyo (por la rama Arden) John Somerville, que en 1583 había intentado asesinar a la reina; fue asesinado en la cárcel antes de su ejecución, pero otros conspiradores fueron ejecutados en esa ocasión, incluyendo al suegro de Somerville, Edward Arden. Shakespeare le puso el nombre de Somerville a un paisano de Warwickshire en Henry VI 3; no sabemos con qué ojos vio en su momento este complot.

Justo en los meses previos al estreno de Julio César hubo varios intentos de magnicidio, usados por el gobierno para volver al pueblo contra los conspiradores y predicadores infiltrados por los jesuitas. Edward Squires, uno de los asesinos, corsario con Drake, había caído prisionero de los españoles y se le había sometido a un lavado de cerebro. Volvió a ser corsario inglés una vez liberado, esta vez con Essex, y en este año de 1597 envenenó la silla de Essex y también la silla de montar de la reina—sin éxito. Otros hubo, capturados, torturados y ejecutados (hanging, drawing & quartering). Hubo un panfleto de Bacon aireando esta conspiración, y contrapanfletos jesuitas negándola. También el gobierno inglés jugueteaba con el asesinato como arma poítica—estudiando la posibilidad de asesinar al rebelde Tyrone en Irlanda.

El Julio César de Shakespeare dramatiza el uso político del asesinato como una medida extrema que da lugar a consecuencias imprevisibles e incontrolables. En el drama parece quedar claro que a pesar de sus buenos motivos Bruto no ha calculado las consecuencias—o sea, la guerra civil que ocupa la segunda mitad de la obra. Los argumentos a favor del tiranicidio van seguidos de la demostración de las sangrientas consecuencias que tuvo.

Otra cuestión de las que se traslucen en Julio César son los conflictos sobre el calendario y las fiestas. Por el solsticio de primavera de 1571, pudo ver Shakespeare cómo se cambiaban las vidrieras de la iglesia de Stratford por ventanas de cristal simple. Quizá lo del solsticio fuese coincidencia, o quizá quedase recuerdo de los antiguos festivales populares ahora suprimidos bajo el protestantismo. Ya años antes (siendo John Shakespeare miembro del ayuntamiento) se habían eliminado las imágenes de santos del interior de la iglesia; aunque el pueblo estaba desorientado y desconfiado ante estos cambios, visto que recientemente se había pasado de los extremos protestantes de Eduardo VI a los extremos católicos de María Tudor. Bajo Isabel era el ayuntamiento quien decidía cómo ordenar la iglesia, prohibiéndose actuaciones de espontáneos reformistas. Se ha hablado de Shakespeare y su familia como criptocatólicos: de hecho la mayoría del país tenía en su pasado familiar el peso o recuerdo de la tradición católica aunque se hubiese hecho a los nuevos modos del culto oficial. De entre las pinturas blanqueadas de la iglesia de Stratford, San Jorge parece haber tenido especial predicamento; también en las fiestas locales en su honor, con dragón y pólvora y todo. Shakespeare pudo haber nacido el día de San Jorge—la lanza de su blasón incluso recuerda a la de la pintura de San Jorge de Stratford, observa Shapiro. Pero la fiesta había sido eliminada, y también el desfile con dragón. Se había mantenido la festividad en la reforma del santoral de Enrique VIII, ya importante; pero Eduardo VI redujo más las fiestas y suprimió a San Jorge. Con Isabel volvió sin embargo el día de San Jorge como festivo brevemente; luego se quitó de nuevo. El 23 de abril, quizá su cumpleaños, bien podría Shakespeare preguntarse si era fiesta o no.

En los días festivos, por orden del Parlamento de 1571, los no gentilhombres debían llevar una gorra especial de lana; esto duró hasta 1591. La gente era consciente de que el calendario y las fiestas obedecían a tendencias y presiones políticas. El mismo calendario juliano usado en Inglaterra (el tradicional, vigente desde su institución por Julio César precisamente) era distinto del calendario gregoriano introducido en el continente en 1582. La reina hubiera seguido la reforma del papa Gregorio, pero sus obispos estaban renuentes a dar ninguna señal de sumisión al Papa, e Inglaterra se quedó con el calendario juliano hasta bien entrado el siglo XVIII. En Julio César hay preguntas sobre las fechas, sobre si es fiesta o no, alusiones a las gorras de fiesta… No es casual quizá que las distintas rebeliones de esta época que han pasado a la historia iban unidas a nombres de fiestas o antiguas fiestas. La cuestión de "si es fiesta o no hoy" estaba políticamente cargada. Los reformistas habían introducido ansiedad en el calendario.

La reforma protestante había suprimido espectáculo de la religión, imágenes y ceremonias; el teatro religioso popular, la música, y era aversa a las fiestas populares. No es extraño que el teatro pasase a ocupar un espacio ritual y de creación de imágenes públicas que antes iba asociado al ritual católico. Había emergido, de hecho, del drama religioso. Y al retener esta energía semiótico-social, pronto se hizo el teatro blanco de las sospechas e irritación de los reformadores. Philip Stubbes es indicativo a este respecto, tronando contra la disposición de la gente a asistir a obras de teatro en lugar de a sermones.

"As it turned out, in the hands of Shakespeare and his fellow playwrights, this theatre not only absorbed social eneriges that had become unmoored in a post-reformation world, but also explored in the plays it staged the social trauma that had enabled it to thrive, the repercussions of which the culture had not fully absorbed". (172)

Le atraen a Shakespeare los momentos de cambio, de transición; se ve en sus historias "de romanos" anteriores, Tito Andrónico y Lucrecia, momentos de cambios de régimen. También lo es el asesinato de César. Pero Shakespeare lo reimagina en términos contemporáneos, como un duelo de "púlpitos" entre Bruto y Antonio. También las alusiones a las vestimentas de días festivos, y al boca a boca de las noticias populares, todo esto nos hace pensar en el Londres contemporáneo. También las alusiones a la Lupercalia, a las "Ceremonias" y a los adornos puestos y quitados a las estatuas, añaden una atmósfera de tensión religiosa, política y popular muy contemporánea. "Los polemistas católicos y anglicanos llevaban décadas batallando sobre el tratamiento de las imágenes políticas. Pocas cosas les parecían a los católicos más hipócritas que la adoración que dedicaban los protestantes a los iconos políticos, y la supresión que hacían de los religiosos" (177). Invitaba a malentendidos y confusiones entre lo sagrado y lo secular; es célebre la difusión y uso de las imágenes de Isabel, idealizadas y rejuvenecidas. En Julio César se llama la atención al contraste entre la debilidad física efectiva de César y su imagen idealizada; esto parece una alusión indirecta a Isabel y su obsesión con proyectar una imagen adecuada para fines políticos.

"The opening scenes of the play feel more contemporary than classical. The theologically tinged language, the casual references to Elizabethan dress codes, professions, guilds and shops, chimney tops and windows, and soon enough to pulpits, clocks, books with pages, and nightgowns, all contribute to a sense that either Shakespeare cared little about historical accuracy, or wanted to collapse the difference between classical Rome and Elizabethan London" (178-79).

Incluso en "triunfo" de César, el gran desfile público, recuerda a los espectáculos londinenses organizados por la corte o por el Ayuntamiento — espectáculos alegóricos y alusivos a los que habían contribuido muchos de los colegas de Shakespeare, aunque no él, significativamente. Una descripción de un "triunfo" semejante figura en su obra, en la recepción del victorioso Enrique V, con imágenes que enfatizan los paralelos con los triunfos romanos. Nos recuerda esto el mítico origen troyano, como Roma, de los británicos con el mítico Bruto (otro Bruto), y la supuesta atribución de la Torre de Londres a Julio César, otras cuestiones éstas a las que alude Shakespeare. La imaginería romana como fuente de autoridad y tradición ya se usaba en tiempos de Isabel—tenía ella en sus estancias un tapiz con el asesinato de César, de hecho. César era una figura simbólica potente y conocida.

El comienzo con las Lupercales nos proyecta a un ritual religioso-político, ligado a la identidad colectiva y al sacrificio—como preludio de la acción central, el asesinato de César, que repite y actualiza esa escena sacrificial. También es significativamente ambiguo cómo presenta Shakespeare la escena política central (en la que César rechaza la corona) de modo indirecto, a través de la narración que hace Casca a Bruto y Casio. No sabemos si César es realmente ambicioso o si es todo la interpretación de Casca. Es curioso que en Plutarco César es mucho más intrigante, realmente había preparado este espectáculo para sondear la opinión popular, y decide que no es favorable a que se haga con la corona, a pesar de haber infiltrado a partidarios suyos entre la multitud para que liderasen las aclamaciones. Shapiro observa que esta escena de Plutarco recuerda mucho a la escena de Richard III en que Ricardo y Buckingham manipulan a la multitud, sin éxito, con agentes infiltrados… En Julio César, en cambio, elige Shakespeare suprimir este asunto de la manipulación, y no cargar la balanza contra César.

César se apropia de una festividad religiosa para fines políticos. Esto también es un signo de los tiempos nuevos, tras la Reforma; como lo es en Enrique V la idea de una celebración popular de San Crispín que conmemore una victoria militar. Las fiestas patrióticas asociadas a la nación son un invento nuevo asociado al nuevo auge del Estado como propietario del calendario. Los isabelinos tenían el 17 de noviembre, día del Acceso de la reina al trono, como fiesta política semirreligiosa (también un antiguo santo). Fue probablemente la primera fiesta política nacionalista del calendario anglófono, que iría seguida de otras como el día de Guy Fawkes, días de la Independencia, etc. Y el gobierno emitía instrucciones sobre los temas deseables a tratar ese día en los sermones, La pervivencia, reutilización, reciclaje o supresión de las antiguas fiestas católicas era motivo frecuente de debates, tensiones o tomas de posición por parte de puritanos, anglicanos o católicos, ya fuese para criticar al gobierno o para tomar posiciones junto a él. Los críticos puritanos rechazaban la manera en que los anglicanos y la reina reconvertían para sus fines los rituales y fiestas del catolicismo. Así por ejemplo un sermón "a dos voces" frente a San Pablo, en noviembre de 1599, donde un predicador defendió la fiesta de Acceso de la reina, y otro, Richardson, criticó veladamente la política que se estaba llevando en Irlanda.

Se llamó al orden al predicador Richardson en esta ocasión. El gobierno era sensible a las insinuaciones de que la reina fuese equiparable a un tirano, y también a las críticas de que había un culto político en torno a ella. Isabel estaba muy atenta a la importancia política de los sermones, y hacía lo posible por controlarlos con instrucciones ("tuning the pulpits", lo llamaba). En Julio César se reconoce una tensión muy isabelina entre la festividad religiosa popular tradicional, y su manipulación o reutilización con fines políticos y personalistas. Fue llamativa la manera en que se apropió Shakespeare de la historia romana para hacerla resonar con ecos presentes. Quedó memoria (en poemas de Weever, de Digges) especialmente del duelo de los oradores Bruto y Antonio, y de la intensidad con que sus personajes se grabaron en la mente del público—no abundan semejantes alusiones a obras contemporáneas. (Señal quizá de la importancia creciente que estaba adquiriendo la oratoria pública sobre temas políticos como instrumento de creación de opinión y manipulación de masas).




—oOo—

Mi fotoblog

Mi fotoblog
se puede ver haciendo clic en la foto ésta de Termineitor. Y hay más enlaces a cosas mías al pie de esta página.