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martes, 5 de mayo de 2020

Les néandertaliens n'avaient pas de grand-mère





Un commentaire à cette conférence de Marylène Patou-Mathis sur la disparition ou pas des néandertaliens:


Si les femmes néandertaliennes n'arrivaient que très rarement ou jamais à l'âge de quarante ans, surtout dû aux grosses têtes et les problèmes d'accouchement, il suit qu'il y a un important déficit de grand-mères. Or on a souvent souligné l'importance des grand-mères pour les stratégies viables de division du travail dans les groupes humains. Bon, les néandertaliens ont été viables pendant des centaines de milliers d'années, mais n'empêche que c'était là une faiblesse potentielle, que dis-je, une faiblesse constante dans leur société, joint à la dispersion, la structure sociale faible avec de petits groupes à base familiale, et puis à cela on doit ajouter les problèmes de consanguinété et des tares familiales à proportion croissante, avec une plus grande dispersion due aux changements climatiques soudains, à la compétition des Sapiens.... bref, une faiblesse inhérente qui est devenue de plus en plus évidente avec les changements dans l'environnement.




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jueves, 22 de mayo de 2014

Por qué es elegante ser conservador, o es conservador ser elegante

Lo explica Thorstein Veblen en su TEORÍA DE LA CLASE OCIOSA, como corolario de su explicación de la dinámica de la evolución social:


La clase ociosa está, en medida considerable, protegida contra la presión de aquellas exigencias económicas que prevalecen en toda comunidad industrial moderna y altamente organizada. Las exigencias de la lucha por los medios de vida son menos urgentes para esta clase que para cualquier otra;  y como consecuencia de esta posición privilegiada deberíamos esperar teóricamente que aquélla fuese una de las clases sociales que menos respondiesen a las demandas que la situación exige a favor de un desarrollo ulterior de las institucionesy de reajuste a una situación industrial que ha experimentado alteraciones. La clase ociosa es la clase conservadora. Las exigencias de la situación económica general de la comunidad no actúan libre y directamente sobre los miembros de esa clase. No se les exige, so pena de confiscación, que cambien sus hábitos de vida y sus concepciones teóricas del mundo externo para adaptarse a las demandas de una nueva técnica industrial, ya que no constituyen, en el pleno sentido de la palabra, una parte orgánica de la comunidad industrial. Por lo tanto, esas exigencias no producen con facilidad, en los miembros de esta clase ociosa, aquel grado de conformidad con el orden existente que puede llevar a cualquier grupo de hombres a abandonar las concepciones y métodos de vida que han llegado a ser habituales para ellos. La función de la clase ociosa en la evolución social consiste en retrasar el movimiento y en conservar lo que es obsoleto. Esta proposición no es en modo alguno nueva; ha sido durante mucho tiempo uno de los lugares comunes de la opinión popular.

La prevaleciente convicción de que la clase rica es por naturaleza conservadora ha sido aceptada popularmente sin mucha ayuda por parte de ninguna idea teórica acerca del lugar y relación de esa clase en el desarrollo cultural. Cuando se ofrece una explicación para este conservadurismo de clase es, por lo común, la explicación envidiosa de que ocurre así porque los ricos tienen un interés creado, de un tipo indigno, en el mantenimiento de las condiciones que les rodean. La explicación que aquí proponemos no imputa ningún motivo indigno. La oposición de la clase ociosa a los cambios en el esquema cultural es instintiva y no descansa primordialmente en un cálculo interesado de las ventajas materiales; es una revulsión instintiva contra todo intento de apartarse de la aceptada modalidad de hacer o considerar las cosas—revulsión común a todos los hombres y que sólo puede ser superada por la fuerza de las circunstancias—. Todo cambio en los hábitos de vida y de pensamiento es molesto. La diferencia a este respecto entre los ricos y la gente normal y corriente no estriba tanto en el motivo que impulsa al conservadurismo como en el grado de exposición a las fuerzas económicas que provocan el cambio. Los miembros de la clase acaudalada no ceden a la demanda de innovación con igual prontitud que otros hombres, porque no se ven obligados a hacerlo así.

Este conservadurismo de la clase rica es un hecho tan obvio que ha llegado incluso a ser reconocido como signo de respetabilidad. Como el conservadurismo es una característica de la parte más adinerada —y, por tanto, de mejor reputación— de la comunidad, ha adquirido un cierto valor honorífico o decorativo. Ha llegado a ser prescriptivo al extremo de que en nuestras nociones de respetabilidad va comprendida, como cosa normal, la adhesión a las ideas conservadoras, y se impone de modo imperativo a todos los que quieren llevar una vida impecable desde el punto de vista de la reputación social. El conservadurismo, como es una característica de la clase social más alta, es decoroso; la innovación, por el contrario, como es un fenómeno propio de la clase inferior, es vulgar. El primero y más irreflexivo elemento en esa revulsión y reprobación instintivas con las que reaccionamos ante toda innovación social es ese sentimiento de la esencial vulgaridad de la cosa. De tal modo que, incluso en los casos en que se reconocen los méritos sustanciales de los que el innovador es portavoz —como puede ocurrir con facilidad cuando los males que trata de remediar son suficientemente remotos en el tiempo, en el espacio o en el contacto personal— uno no puede, a pesar de ello, dejar de registrar el hecho de que el innovador es una persona con la que resulta, por lo menos, desagradable estar asociado, y de cuyo contacto social uno debe abstenerse. La innovación es mala cosa.

El hecho de que los usos, acciones e ideas de la clase ociosa acomodada adquieran el carácter de un canon prescriptivo de conducta para el resto de la sociedad, añade peso y alcance a la influencia conservadora de esa clase. Hace que todas las personas de reputación se vean obligadas a seguir su ejemplo. Así ocurre que, en virtud de su posición privilegiada como encarnación de las buenas formas, la clase más rica viene a ejercer en el desarrollo social una influencia retardataria mucho mayor de la que le corresponde por la simple fuerza numérica de dicha clase. Su ejemplo prescriptivo opera en el sentido de robustecer en gran medida la resistencia de todas las demás clases contra cualquier innovación y de fijar los afetos de los hombres en las buenas instituciones que les han sido entregadas por una generación anterior.

Hay un segundo modo en que la influencia de la clase ociosa actúa en la misma dirección en lo que se refiere a obstaculizar la adopción de un esquema convencional de vida más acorde con las exigencias de la época. En todo rigor, este segundo método por el que se guía la clase superior no debería colocarse en la misma categoría que el conservadurismo instintivo y la aversión a los nuevos modos de pensamiento de que hemos hablado hace un momento; pero podemos muy bien tratar de él en este lugar, ya que, por lo menos, tiene en común con el hábito conservador de pensamiento el hecho de que actúa para retrasar la innovación y el desarrollo de la estructura social. El código de lo que es apropiado y de los usos decorosos en boga en un pueblo y una época determinados tiene, en mayor o menor grado, el carácter de un todo orgánico; de tal manera que cualquier cambio apreciable en un punto del esquema implica algún tipo de cambio o de reajuste en otros puntos del mismo, o incluso una reorganización de la totalidad del esquema. Cuando se hace un cambio que sólo afecta inmediatamente a un punto poco importante del esquema, puede que la perturbación consiguiente de la estructura de convenciones resulte inapreciable; pero aun en ese caso, puede decirse con toda seguridad que alguna perturbación de mayor o menor alcance tendrá lugar en el esquema. Por otra parte, cuando un intento de reforma implica la supresión o la completa remodelación de una institución de primera importancia en el esquema convencional, se ve inmediatamente que tiene que producirse una seria perturbación en todo el esquema; se ve que un reajuste de la estructura a la nueva forma adoptada por uno de sus elementos principales tiene que ser un proceso doloroso y tedioso, si no ambiguo e incierto.

Para darse cuenta de la dificultad que implicaría un cambio tan radical en cualquiera de las características del esquema convencional de vida, sólo haría falta sugerir la supresión de la familia monogámica, o del sistema agnaticio de consanguinidad, o de la propiedad privada, o de la fe teísta en cualquier país de la civilización occidental; o suponer lo que sería la supresión del culto a los antepasados en China, del sistema de castas en la India, de la esclavitud en África, o el establecimiento de la igualdad de los sexos en los países mahometanos. No se necesita argumento alguno para demostrar que la perturbación producida en la estructura general de convencionalismos en cualquiera de esos casos habría de ser muy considerable. Para efectuar una innovación de este tipo, habría de tener también lugar una profunda alteración en los hábitos de pensamiento de los hombres en otros puntos del  esquema, distintos del inmediatamente afectado por el cambio en cuestión. La aversión a una innovación así equivale a repudiar un esquema de vida que nos resulta esencialmente ajeno.

La revulsión que experimenta la buena gente ante cualquier propuesta de apartarse de los métodos de vida aceptados, es un hecho muy común y conocido de la experiencia cotidiana. No es raro oír a esas personas que dispensan consejos y amonestaciones saludables a la comunidad, expresarse vigorosamente en contra de los efectos perniciosos y de gran alcance que la comunidad experimentaría como consecuencia de cambios relativamente ligeros, tales como la separación entre la Iglesia anglicana y el Estado británico, o un aumento de las facilidades para divorciarse, o la adopción del sufragio femenino, o la prohibición de la manufactura y venta de bebidas alcohólicas, o la abolición o restricción de la herencia, etc. Cualquiera de estas innovaciones —se nos dice— "sacudiría la estructura social en su misma base", "reduciría la sociedad al caos", "subvertiría los fundamentos de la moral", "haría la vida intolerable", "perturbaría el orden natural", etc. Estas expresiones varias son, sin duda, de naturaleza hiperbólica, pero, a la vez, como toda exageración, son prueba de un agudo sentido de la gravedad de las consecuencias que se proponen describir. Se piensa que el efecto producido por estas innovaciones y otras semejantes al desbaratar el esquema general de vida aceptado sería de consecuencia mucho más grave que la simple alteración de cualquiera de los artificios ideados para conveniencia del hombre en sociedad. Lo que es cierto en un grado tan patente de las innovaciones de primera importancia, lo es también en menor escala de los cambios que tienen una importancia inmediata más reducida. La aversión al cambio es en gran parte una aversión a la inconveniencia de realizar el ajuste exigido por cualquier cambio; y esta solidaridad del sistema de instituciones de cualquier cultura o pueblo determinados fortalece la instintiva resistencia que todo cambio ha de encontrar en los hábitos de pensamiento de los hombres, aun en cuestiones que, consideradas en sí mismas, son de menor importancia.

(Thorstein Veblen, Teoría de la Clase Ociosa, 206-11).







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martes, 20 de mayo de 2014

Dinámica de la evolución social según Veblen

Trátase en el capítulo 8 de la Teoría de la Clase Ociosa de Thorstein Veblen (1899), imprescindible contribución a la sociología y al evolucionismo cultural. La cultura humana resulta de la selección natural... pasada por el hombre, es decir, de un proceso de selección y adaptación en el que la selección deliberada por parte de los humanos es un factor importante, sin que por eso el proceso social sea el resultado de las intenciones de nadie, dada la dinámica compleja de retroalimentación que se da entre las instituciones existentes y el uso que se les da. Más bien son las propias intenciones, criterios, modales y maneras sociales los que son producto de este desarrollo evolutivo.

Una vez sentados los principios de la teatralidad de la vida social y de la indignidad del trabajo productivo, así como la ley del derroche ostentoso que rige ese teatro, pasamos a tratar en este capítulo la relación entre la Exención de trabajo industrial y conservadurismo. Pero casi me interesa más la teoría evolucionista y adaptacionista del desarrollo social que abre el capítulo, pues se sienta allí el principio crucial de la inestabilidad de las estructuras sociales (instituciones, relaciones, modalidades de comportamiento). Hay que señalar que el término institución usado por Veblen cubre un ámbito mucho más amplio de lo que podríamos suponer por el uso habitual del término, e incluye desde las instituciones formales hasta rituales o modos de relación, o incluso lo que Goffman llama marcos de referencia (frames). Estas instituciones se rigen por la selección natural y son inestables, dinámicas y cambiantes debido precisamente a la dialéctica adaptativa que las gobierna. 

Obsérvese cómo Veblen, en línea con la sociobiología actual, centra como puntos clave de los procesos de transformación social el uso y explotación de los recursos naturales, el desarrollo de la organización y el conocimiento, y el aumento de la población. Quizá no pone bastante énfasis, resultado de la época desarrollista en que vivió, en el agotamiento de los recursos. Que va a tener efectos espectaculares próximamente.

Ecce.


La vida del hombre en sociedad, igual que la vida de otras especies, es una lucha por la existencia y, por lo tanto, es un proceso de adaptación selectiva. La evolución de la estructura social ha sido un proceso de selección natural de instituciones. El progreso que se ha hecho y que continúa haciéndose en las instituciones humanas y en el carácter humano puede ser atribuido, de una manera general, a una selección natural de los hábitos de pensamiento mejor capacitados y a un proceso de adaptación forzosa de los individuos a un medio que ha cambiado progresivamente con el crecimiento de la comunidad y con las cambiantes instituciones bajo las que han vivido los hombres. Las instituciones no sólo son ellas mismas el resultado de un proceso selectivo y adaptativo, que modela los tipos prevalecientes o dominantes de actitud y aptitudes espirituales; son al mismo tiempo métodos especiales de vida y de relaciones humanas y, por tanto, son a su vez factores eficaces de selección. De tal manera que las instituciones cambiantes realizan a su vez una ulterior selección de individuos dotados del temperamento más adecuado y una ulterior adaptación de los temperamentos y hábitos individuales al medio cambiante, recurriendo a la formación de nuevas instituciones.

Las fuerzas que han dirigido el desarrollo de la vida humana y de la estructura social son, sin duda, reductibles en último extremo a términos de tejido vivo y medio material; mas para el propósito que aquí nos ocupa, es posible hablar de esas fuerzas, de manera aproximada, en términos de un medio—en parte humano y en parte no humano—y de un sujeto humano con una constitución física e intelectual más o menos definida. Tomado en conjunto y como término medio, este sujeto humano es más o menos variable; principalmente, sin duda, por obra de una regla de conservación selectiva de variaciones favorables. La selección de variaciones favorables quizá sea, en gran medida, una conservación selectiva de tipos étnicos. En la historia de la vida de cualquier comunidad cuya población se componga de una mezcla de elementos étnicos diversos, uno u otro de los diversos tipos persistentes y relativamente estables de cuerpo y de temperamento asciende a una posición de dominio en un momento determinado. La situación, incluyendo las instituciones en vigor en cualquier momento dado, favorecerá la supervivencia y el predominio de un tipo de carácter con preferencia a otro; y el tipo de hombre así seleccionado para continuar y elaborar más las instituciones heredadas del pasado modelará en una medida considerable esas instituciones según lo que él mismo sea. Pero aparte de la selección que se da entre tipos de carácter y hábitos de pensamiento relativamente estables, no hay duda de que se produce simultáneamente un proceso de adaptación selectiva de hábitos de pensamiento dentro de la gama general de aptitudes, que es característica del tipo o los tipos étnicos dominantes. Puede haber variación en el carácter fundamental de un pueblo mediante la selección entre tipos relativamente estables; pero hay también una variación debida a la adaptación en detalle dentro del ámbito general del tipo, y a la selección hecha entre específicos puntos de vista habituales acerca de una determinada relación social o de un grupo determinado de relaciones.

Para el propósito presente, sin embargo, la cuestión relativa a la naturaleza del proceso de adaptación —ya sea principalmente una selección entre tipos estables de temperamento y carácter, o fundamentalmente una adaptación de los hábitos de pensamiento humanos a las circunstancias cambiantes— es de menos importancia que el hecho de que, por un método u otro, las instituciones cambian y se desarrollan. Las instituciones deben cambiar conforme cambian las circunstancias, pues son, por naturaleza, un método habitual de responder a los estímulos que esas cambiantes circunstancias presentan. El desarrollo de esas instituciones es el desarrollo de la sociedad. Las instituciones son, en lo sustancial, hábitos de pensamiento comunes con respecto a relaciones y funciones particulares del individuo y de la comunidad; y el esquema de la vida, que está constituido por el conjunto de instituciones en vigor en un momento dado o en un punto determinado del desarrollo de cualquier sociedad, puede caracterizarse, de manera general, por el lado psicológico, como una común actitud de espíritu o una común teoría de la vida. Por lo que se refiere a sus características genéricas, esa actitud espiritual o teoría de la vida es reductible, en su último análisis, a términos de un tipo común de carácter.

La situación de hoy modela las instituciones de mañana mediante un proceso selectivo, coercitivo, que actúa sobre la opinión habitual que el hombre tiene de las cosas, alternando o fortificando de este modo un punto de vista o una actitud mental heredada del pasado. Las instituciones —es decir, los hábitos mentales— bajo cuya guía viven los hombres, son, pues, heredadas de un pasado anterior; éste puede ser más o menos remoto, pero en cualquier caso, dichas instituciones han sido elaboradas y transmitidas por el pasado. Las instituciones son un producto de procesos pasados, están adaptadas a las circunstancias pasadas y, por tanto, no están de pleno acuerdo con los requisitos del presente. Por la naturaleza misma del caso, este proceso de adaptación selectiva no puede nunca ponerse a la par con la situación progresivamente cambiante en que se encuentra la comunidad en cualquier momento dado; pues el medio ambiente, la situación, las exigencias de la vida que hacen forzosa la adaptación y realizan la selección, cambian de un día a otro, y cada situación sucesiva de la comunidad tiende, a su vez, a quedar en desuso tan pronto como ha sido establecida. Cuando se ha dado un paso en el desarrollo, ese paso constituye por sí mismo un cambio de situación que exige una nueva adaptación; se convierte en el punto de partida de un nuevo paso en el ajuste, y así sucesivamente.







Es, pues, de notar, aunque ello pueda resultar en una tediosa perogrullada, que las instituciones de hoy—el esquema de vida actualmente aceptado— no se adaptan enteramente a la situación de hoy. Al mismo tiempo, los actuales hábitos de pensamiento tienden a persistir indefinidamente, excepto cuando las circunstancias fuerzan un cambio. Esas instituciones que nos han sido así transmitidas, esos hábitos de pensamiento, puntos de vista, actitudes y aptitudes mentales, etcétera, son, pues, por sí mismos, un factor conservador. Éste es el factor de la inercia social, de la inercia psicológica, del conservadurismo.

La estructura social cambia, se desarrolla y se adapta a una situación alterada, sólo mediante un cambio en los hábitos de pensamiento de las variadas clases de la comunidad, o, en último análisis, mediante un cambio en los hábitos de pensamiento de los individuos que constituyen la comunidad. La evolución de la sociedad es sustancialmente un proceso de adaptación mental por parte de los individuos, bajo la presión de las circunstancias que no tolerarán por más tiempo hábitos de pensamiento formados bajo un conjunto de circunstancias diferentes en el pasado, y adaptándose a ellas. Para el propósito inmediato que aquí nos interesa, no es una cuestión de grave importancia la de si este proceso de adaptación es un proceso de selección y supervivencia de persistentes tipos étnicos, o un proceso de adaptación individual y una herencia de rasgos adquiridos.

El avance social, sobre todo si se mira desde el punto de vista de la teoría económica, consiste en un continuo acercamiento progresivo a un ajuste más o menos exacto "de las relaciones internas a las relaciones externas", pero este ajuste no llega nunca a establecerse definitivamente, ya que las "relaciones externas" están sujetas a un cambio constante, como consecuencia del cambio progresivo que tiene lugar en las "relaciones internas". Pero el grado de aproximación puede ser mayor o menor, según sea la facilidad con que se hace un ajuste. Un reajuste de los hábitos de pensamiento mentales de los hombres para conformarse a las exigencias de una situación alterada sólo se produce, en cualquier caso, tardíamente y a disgusto, y sólo bajo la coerción ejercida por una situación que ha hecho que las opiniones establecidas llegaran a ser insostenibles. El reajuste de las instituciones y las opiniones habituales a un medio alterado se hace como respuesta a una presión exterior; es de la naturaleza de una reacción a un estímulo. La libertad y la facilidad de reajuste, es decir, la capacidad de crecimiento de la estructura social, depende, pues, en gran medida, del grado de libertad con que en un momento dado la situación actúe sobre cada uno de los miembros individuales de la comunidad, es decir, del grado de exposición de cada uno de los miembros individuales a las fuerzas limitadoras del medio. Si una porción o clase de la sociedad está resguardada de la acción del medio en cualquier aspecto esencial, esa porción de la comunidad o esa clase adaptará más tardíamente sus conceptos y su esquema de vida a la nueva situación general; y tenderá en la misma medida a retrasar el proceso de transformación social.

La clase ociosa opulenta se halla, así, en una situación protegida con respecto a las fuerzas económicas que favorecen el cambio y el reajuste. Y puede decirse que las fuerzas que contribuyen a un reajuste de las instituciones, especialmente en el caso de una comunidad industrial moderna, son, en último término, casi enteramente de naturaleza económica.

Cualquier comunidad puede ser vista como un mecanismo industrial o económico cuya estructura está compuesta por lo que se denomina sus estructuras económicas. Esas instituciones son métodos habituales de llevar adelante el proceso vital de la comunidad, en contacto con el medio material en que ésta vive. Cuando unos métodos dados de desplegar la actividad humana en ese medio determinado han sido elaborados de esta manera, la vida de la comunidad se expresa a sí misma con cierta facilidad en esas direcciones habituales. La comunidad utilizará las fuerzas del medio para los propósitos de su vida, de acuerdo con los métodos aprendidos del pasado y encarnados en esas instituciones. Pero conforme aumenta la población, y conforme se va ampliando el conocimiento y la habilidad de los hombres en la dirección de las fuerzas de la naturaleza, los métodos habituales de relación entre los miembros del grupo y el método habitual de continuar el proceso vital del grupo como un todo, no dan ya el mismo resultado de antaño; y tampoco las condiciones de vida resultantes se distribuyen y reparten entre los diversos miembros del mismo modo ni con el mismo efecto que antes. Si el esquema general de vida conforme al cual se desarrollaba el proceso vital del grupo bajo las condiciones anteriores daba el resultado más alto que—dentro de las circunstancias— se podía alcanzar en lo referente a la eficiencia o facilidad del proceso vital del grupo, ese mismo esquema de vida, si no es modificado, no producirá, una vez alteradas las condiciones, el resultado más alto que se pueda conseguir a este respecto. Bajo las nuevas condiciones de población, habilidad y conocimiento, la facilidad de la vida con arreglo al esquema tradicional puede que no sea más baja de lo que era en las condiciones antiguas; pero siempre existe la posibilidad de que sea inferior a lo que pudiera ser si se hubiera alterado el esquema para adaptarlo a las condiciones alteradas.

El grupo se compone de individuos, y la vida del grupo es la vida de los individuos vivida por cada uno de un modo independiente siquiera en apariencia. El esquema de vida aceptado por el grupo es el consenso de las opiniones mantenidas por el grueso de esos individuos respecto a qué sea lo bueno, justo, conveniente y bello en la vida humana En la redistribución de las condiciones de vida que proviene del nuevo, modificado método de enfrentarse con el medio, el resultado no es un cambio equivalente en la facilidad de la vida de todos y cada uno de los miembros del grupo. Puede que las nuevas, modificadas condiciones aumenten la facilidad de vida del grupo tomado en conjunto, pero la redistribución producirá normalmente una disminución en la facilidad o plenitud de la vida de algunos miembros del grupo. Un avance en los métodos técnicos, en la población o en la organización industrial requerirá que, por lo menos, algunos de los miembros de la comunidad alteren sus hábitos de vida para poder adaptarse con facilidad y eficacia a los modificados métodos industriales; y al hacerlo así no podrán seguir viviendo de acuerdo con las nociones por ellos recibidas acerca de cuáles son los correctos y bellos hábitos de vida.

Todo individuo a quien se le pida cambiar sus hábitos de vida y sus relaciones habituales con sus prójimos, sentirá la discrepancia entre el método de vida que las nuevas exigencias recientemente surgidas requieren de él, y el tradicional modo de vida a que está acostumbrado. Son los individuos puestos en esta situación los que tienen el incentivo más vigoroso para reconstruir el recibido esquema de vida, y los que son persuadidos con mayor facilidad de lo imprescindible que es aceptar normas nuevas; y es por la necesidad de conseguir los medios de vida indispensables, por lo que los hombres se hallan en una situación así. La presión ejercida por el medio sobre el grupo, la cual hace que tenga lugar un reajuste del esquema de la vida de dicho grupo, actúa sobre sus miembros en forma de exigencias pecuniarias; y debido a este hecho —debido a que las fuerzas externas se traducen en gran parte en exigencias pecuniarias o económicas— podemos ver que las fuerzas que cuentan para el reajuste de las instituciones en cualquier comunidad industrial moderna son principalmente fuerzas económicas; o más específicamente, que esas fuerzas adoptan la forma de presión pecuniaria. Un reajuste tal y como el que aquí se está considerando es, en sustancia, un cambio en las opiniones de los hombres acerca de lo que es bueno y justo; y el medio por el que se produce un cambio en la idea que tienen los hombres de lo bueno y de lo justo es, en gran parte, la presión de las exigencias pecuniarias.

Cualquier cambio en las opiniones de los hombres acerca de lo que es bueno y justo en la vida humana sólo se abre camino de manera tardía y eso en el mejor de los casos. Esto es especialmente cierto en cualquier cambio que tiene lugar a favor de lo que denominamos progreso; es decir, en dirección divergente de la situación arcaica—la situación que puede ser considerada como punto de partida de cualquier paso que se dé en la evolución social de la comunidad—. El retroceso, el regreso a un punto al que la especie ha estado habituada por mucho tiempo en el pasado, es más fácil. Esto es particularmente cierto en el caso en que el desarrollo a partir de ese punto no se ha debido de modo principal a una sustitución de tipo étnico por otro cuyo temperamento es ajeno al anterior punto de partida.

La etapa cultural que precede inmediatamente a la presente en la historia de la civilización occidental es la que hemos denominado estadio  quasi-pacífico. En ese estadio quasi-pacífico, la ley del status es la característica dominante en el esquema de la vida. No hay necesidad de señalar cuán inclinados están los hombres de hoy a volver a la actitud espiritual del señorío y del servilismo personal que caracteriza esa etapa. Quizá pueda decirse más bien que dicha actitud se encuentra como en suspenso debido a las exigencias económicas de hoy y que no ha sido definitivamente suplantada por un hábito mental que esté en completo acuerdo con esas exigencias más recientemente desarrolladas. Los estadios depredador y quasi-pacífico de la evolución económica parecen haber sido de larga duración en la historia de todos y cada uno de los principales elementos étnicos que constituyen los pueblos de la cultura occidental. El temperamento y las propensiones propios de esos estadios culturales han alcanzado, por tanto, una tal persistencia que hace inevitable una rápida reversión a las características generales de la correspondiente constitución psicológica, en el caso de que una clase o comunidad esté alejada de la acción de esas fuerzas que favorecen el mantenimiento de los hábitos de pensamiento más recientemente desarrollados.








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jueves, 15 de diciembre de 2011

Micromotivos, retroalimentación, y fenómenos emergentes



Releyendo en The Stuff of Thought, de Pinker, p. 321.  "En su libro de 1978 Micromotives and Macrobehavior, el economista Thomas Schelling llamó la atención sobre muchos fenómenos sociales no planificados, pero que emergen del hecho de que la gente adopta decisiones individuales que afectan a las elecciones hechas por otros". (321). Así, por ejemplo, la segregación racial por barrios, cuando las minorías inmigrantes se van reuniendo espontáneamente, y las ex-mayorías nativas van desalojando el barrio para no ser minoría—y surgen guetos. 
 
Así, dice Schelling, creamos nosotros mismos indirectamente, contribuyendo a él, el medio ambiente en el que nos movemos y del cual a menudo nos quejamos. "En su reciente bestseller The Tipping Point, el periodista Malcolm Gladwell aplica la idea de Schelling a recientes tendencias sociales como los cambios de las tasas de alfabetización, crimen, suicidio, y tabaquismo en adolescentes. En cada caso, se venía suponiendo que  la tendencia se atribuía a fuerzas sociales externas como la publicidad, los programas gubernamentales, o los modelos de conducta. Y en cada caso la tendencia venía en realidad impulsada por una dinámica interna de elecciones personales e influencias, y su retroalimentación" (Pinker, 322). Pinker observa que lo mismo se aplica a las modas que rigen la elección de nombres para niños: la elección de un nombre "nos conecta con la sociedad de una manera que sintetiza la gran contradicción de la vida social humana: entre el deseo de integrarse y el deseo de ser único y diferente" (322).

La emergencia de fenómenos globales inintencionales a partir de pequeñas acciones y elecciones individuales tiene una ascendencia más antigua en la economía: hasta la obra de Adam Smith, y luego de David Ricardo, quienes hablan de "la mano invisible del mercado" que, basada en la libre competencia de oferta y demanda, genera actividades, bienes y servicios, clases sociales, ocupaciones... y así transforma el panorama social. Podríamos ver aquí una teoría de la emergencia y de la retroalimentación—casi, una teoría de generación espontánea de la realidad, de la construcción de "nichos ecológicos", o quizá mejor económicos, no por diseño sino por interacción y retroalimentación. 
 
La teoría de Adam Smith (junto con la de Malthus, y el énfasis que ponía éste en la insuficiencia de los recursos) influiría a Darwin, que es el siguiente gran teorizador de los fenómenos emergentes. La selección natural, como la "mano invisible del mercado", da lugar a macrofenómenos no intencionados ni diseñados, y a la generación de nichos ecológicos, a partir de los microfenómenos de la vida —fenómenos éstos que pueden ser meros procesos naturales, o bien tener elementos de intención limitados e individuales (como la búsqueda de alimento, la obtención de una presa, o la competencia sexual por la reproducción). En cada caso, los micromotivos o microfenómenos dan lugar a macrofenómenos, que ponen las condiciones en el seno de las cuales tendrán lugar otros microfenómenos, dando lugar así a una retroalimentación en la cual las intenciones conscientes no son sino un elemento más, al lado de fenómenos espontáneos y de la emergencia de nuevos entornos ecológicos y nuevas formas de complejidad.

La conjunción de entorno económico, recursos, micromotivos y resultados emergentes se aprecia, como en ninguna parte, en la estructura de las ciudades humanas. En la estructura de toda actividad humana, en realidad—pero es especialmente visible en las ciudades por la manera tan visible en que toda decisión de diseño del paisaje urbano se encuentra allí con las limitaciones impuestas ya por la estructura de la ciudad, resultado del entorno previo y de la acción humana acumulada. De tal manera que la forma de una ciudad es una conjunción inextricable de planificación y espontaneidad—todos la han diseñado en parte, en sus detalles, pero el conjunto que ha emergido no ha sido diseñado por nadie, es un fenómeno de orden diferente, emergente con respecto a las elecciones individuales. Y que las condiciona. 
 
Pues bien, como las ciudades, así las naciones y sus instituciones, las culturas, los idiomas, y el mismo cuerpo humano, son el resultado de una selección natural, una mano invisible o un diseño espontáneo efectuado por la conjunción compleja de causas diversas. Una selección natural en la que la intencionalidad humana juega un papel, limitado pero activo. Nos hemos diseñado a nosotros mismos, en parte, y sin embargo no hay nadie responsable del conjunto, ni del resultado del diseño, ni de las circunstancias en que actuamos. También de esto dijo Marx algo—podemos actuar, pero no podemos diseñar el trasfondo histórico de nuestra actuación.

La complejidad surge, pues, por interacción no planificada de fenómenos simples. Es el centro de la teoría de la selección natural de Darwin, pero la misma noción básica fue aplicada por Herbert Spencer al origen de todo tipo de complejidad - ver por ejemplo, entre sus reflexiones cosmológicas, el ensayo sobre la hipótesis nebular del origen del cosmos, en sus Essays. 









Lo complejo surge para Spencer por interacción compleja de lo simple y mediante la creación de subsistemas parcialmente estables que a su vez interactúan:

That our harmonious universe once existed potentially as formless diffused matter, and has slowly grown into its present organized state, is a far more astonishing fact than would have been its formation after the artificial method vulgarly supposed [se refiere al creacionismo o "diseño inteligente"]. Those who hold it legitimate to argue from phenomena to noumena, may rightly contend that the Nebular Hypothesis implies a First Cause as much transcending 'the mechanical God of Paley,' as this does the fetish of the savage. (Essays, II, 1863, 53).

Spencer representa, en física, un estadio avanzado de la noción del surgimiento espontáneo, y evolutivo, de la complejidad: algo que en la Antigüedad tuvo su primera manifestación en la obra de los atomistas—Leucipo, Demócrito, y Lucrecio. En De rerum natura, atribuye Lucrecio el origen de la complejidad a los choques fortuitos entre átomos (cosa que causó risa a muchos). A las colisiones fortuitas de las partículas, sí, pero también a la generación de equilibrios parciales, esos subsistemas parcialmente estables que serían más adecuadamente teorizados por Spencer. Sobre el origen del mundo, y los torbellinos atómicos, dice así Lucrecio en el Libro V de Sobre la naturaleza:

Pero, de qué modo aquella aglomeración de materia llegó a fundar la tierra, el cielo, los abismos del ponto y las órbitas del sol y la luna, voy a exponerlo en orden. Pues ciertamente los elementos de las cosas no se colocaron de propósito y con sagaz inteligencia en el orden en que está cada uno, ni pactaron entre sí cómo debían moverse; pero como son innumerables y han sido maltrechos por choques desde la eternidad y arrastrados por sus pesos no han cesado de moverse, de combinarse en todas las formas y de ensayar todo lo que podían crear con sus mutuas uniones, ha resultado de ello que, diseminados durante tiempo indefinido, después de probar todos los enlaces y movimientos, aciertan por fin a unirse aquellos cuyo enlace da origen a grandes cosas, la tierra, el mar, el cielo y las especies vivientes.
 
    Entonces no se veía aún la rueda del sol volando a lo alto con su luz abundante, ni los astros del vasto firmamento, ni el mar, ni el cielo, ni, en fin, la tierra y el aire; ninguna cosa había semejante a las nuestras, en la multifome masa de átomos estallaban siempre nuevas tempestades, se formaban nuevas aglomeraciones, y la discordia de los elementos en continua batalla confundía sus distancias, direcciones, enlaces, densidades, choques, encuentros y mociones, a causa de la diferencia de formas y variedad de figuras; pues en este caos los átomos no podían unirse en combinaciones estables, ni comunicarse unos a otros los movimientos convenientes. Empezó luego la separación de las diversas partes; lo igual se junta con lo igual, emerge un mundo, se distribuyen sus miembros y se disponen en orden sus grandes partes; es decir, de la tierra se separan las profundidades del cielo, y de ellos se retira el mar para extender aparte sus aguas, y aparte se separan también los fuegos puros y sin mezcla del éter. (V, 443)

Lucrecio, Adam Smith, Spencer, Darwin, son figuras clave del pensamiento emergentista, que explica cómo pueden surgir el orden y los fenómenos complejos (tal como somos nosotros) al margen de la intencionalidad, de los planes y del diseño.




 
 
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viernes, 21 de enero de 2011

Origen y estructuración emergente de la interioridad

Distintas teorías sobre el origen de la interioridad se pueden encontrar, pero según las mejores autoridades donde hay que buscar el origen de la interioridad es en la exterioridad—en las relaciones sociales. La interioridad sería, pues, una exterioridad internalizada, una especie de socialidad virtual que, desplazada y convertida en una representación, divide al sujeto por dentro en varios papeles que vienen a representar dentro una especie de psicodrama simbólico de lo que sucede fuera—de las relaciones sociales que han constituido al sujeto como tal en primer lugar.

Esta noción se puede encontrar en la teoría freudiana de la constitución del sujeto: es a través del establecimiento de relaciones y de la ubicación en la pequeña comunidad de la familia como el sujeto va generándose, estructurándose, y desarrolla un ego que es una especie de representación o relación a sí—un sistema de relaciones agónicas del sujeto consigo mismo y con otras partes del conjunto psíquico que lo constituye, partes que también son resultado de una interiorización de fuerzas de relación entre el sujeto y lo que le rodea—el superyó por un lado, el inconsciente o el ello por otra, etc., en las diversas formulaciones de la teoría freudiana. A la teoría de Freud se le achaca que se centra demasiado en la infancia y en las estructuras más básicas de constitución del sujeto, y es cierto que el pequeño teatro del drama familiar se vuelve asfixiante si queremos reducir a él los matices y la complejidad de la constitución interna del yo. Necesitamos tener en cuenta relaciones sociales mucho más complejas.


Otra teoría clásica de la génesis de la interioridad, muy influyente sobre el pensamiento postestructuralista del siglo XX, es la de Nietzsche, tal como la expone en La Genealogía de la Moral. Este es una pasaje clásico, en el que expone cómo la conciencia compleja de sí se genera a través de la mala conciencia y de la frustración—que a su vez resulta de un proceso de internalización de relaciones sociales de conflicto, dominio, leyes y poder—y una psicomaquia que enfrenta al sujeto autorrepresentado a las figuras de autoridad simbólica, jefes o dioses, interiorizadas por la imposición de la norma social:

16. Al llegar aquí no puedo dejar de formular provisionalmente mi hipótesis respecto al concepto de "mala conciencia". No es fácil conseguir que se escuche esta hipótesis, que aspira a ser meditada largo tiempo, custodiada y rumiada. (Yo recuerdo cómo leí este pasaje a los dieciséis años y desde luego me ha vuelto a menudo a la cabeza y lo he rumiado con frecuencia—y a los cincuenta vuelvo sobre él, para relacionarlo con otras teorías de la subjetividad. Ya me vale, como rumiar). Creo que la mala conciencia es la profunda dolencia a la que habría de sucumbir el hombre bajo el peso de la más radical modificación de todas las experimentadas, la cual no es otra que la que se produjo cuando se vio definitivamente encerrado en el sortilegio de la sociedad y de la paz. Lo mismo que hubo de pasarles a los animales marinos cuando se vieron ante la alternativa de o transformarse en animales terretres o perecer, les ocurrió a estos medio animales adaptados felizmente a la selva, a la guerra, a andar errantes y a la aventura. De golpe, todos sus instintos quedaron degradados e "inutilizados". A partir de ahoradebían andar de pie y "cargar consigo mismos", cuando hasta ese momento les había sostenido el agua. Una terrible pesadez les aplastaba. Se veían incapaces de realizar las más sencillas funciones; para este mundo nuevo y desconocido, no disponían ya de esos viejos guías suyos que eran los instintos reguladores e inconscientemente infalibles. Estos desdichados se veían reducidos a pensar, razonar, calcular, combinar causas y efectos: se verían reducidos a su "conciencia", su órgano más pobre y más expuesto a errar. Creo que nunca se ha dado en la tierra una sensación tal de miseria ni un malestar tan pesado. Por otra parte, los viejos instintos no habían dejado, de golpe, de reclamar sus exigencias; sólo que era difícil, y pocas veces posible, satisfacerlas. Para lo principal, hubo que buscar formas nuevas y subterráneas, por así decirlo, de apaciguarlos. Todos los instintos que no se descargan hacia fuera se vuelven hacia el interior. A esto le llamo la interiorización del hombre. Sólo con esto se desarrolla en él lo que más tarde se denominará "alma". Todo el mundo interior, originariamente enjuto, como encerrado entre dos pieles, se fue separando y creciendo, fue logrando profundidad, anchura y altura, en la medida en que se fue inhibiendo la descarga del hokmbre hacia fuera. Los baluartes con los que se protegía la organización social de los viejos instintos de libertad—los castigos, principalmente, entran dentro de tales baluartes—lograron que todos los instintos del hombre salvaje, libre y vagabundo retrocedieran y se volvieran contra el propio hombre.  El origen de la "mala conciencia" no es otro que la vuelta contra su poseedor de los instintos de hostilidad y de crueldad, del placer de perseguir, agredir, trastocar y destruir. A falta de enemigos y de resistencias externas, encerrado en la estrechez opresora y en la regularidad de las costumbres, el hombre se desgarraba a sí mismo, se persuguía, se mordía, se intranquilizaba y se hacía daño con impaciencia. El inventor de la "mala conciencia" fue ese animal al que se trataba de "domesticar" y que se golpeaba enfurecido contra los barrotes de su jaula, este ser al que le faltaba algo, devorado por la nostalgia del desierto, que hubo de crearse a partir de sí mismo una aventura, una cámara de torturas, una comarca insegura y peligrosa, este loco, este encarcelado lleno de añoranza y de desesperación. Pero con la "mala conciencia" se había introducido la mayor y más siniestra enfermedad, una dolencia de la que hasta ahora no se ha curado la humanidad: el hombre enfermado por el hombre, por sí mismo. Y ello como resultado de su separación violenta de su pasado de animal, de un salto y una caída, por así decirlo, en nuevas situaciones y en nuevas condiciones de existencia; como resultado de una declaración de guerra contra los viejos instintos en los que hasta ese momento descansaban su fuerza, su placer y su fecundidad. Añadamos inmediatamente, por otra parte, que, al volverse un alma animal contra sí misma y tomar partido contra sí misma, y tomar partido contra sí misma, había surgido en la tierra como algo tan nuevo, profundo, inaudito, enigmático, contradictorio y lleno de futuro, que el aspecto de la tierra cambió radicalmente. De hecho se necesitaron espectadores divinos para que valoraran en sus justos límites el espectáculo que entonces empezó y cuyo final resulta todavía totalmente imprevisible. Era un espectáculo demasiado admirable y demasiado paradójico como para que pudiera representarse en un ridículo astro cualquiera, siendo absurdo que no lo presenciara nadie. Desde entonces el hombre es una de las más inesperadas y apasionantes jugadas de suerte que juega el "gran niño" de Heráclito, llámesele Zeus o Azar. Desde entonces suscita un interés, una tensión, una esperanza y casi una certeza, como si con él se anunciara o se preparara algo, como si el hombre no fuera una meta, sino sólo un camino, un incidente, un puente, una gran promesa...

(En este párrafo final se verá naturalmente, en Nietzsche, como un anuncio del Superhombre, sea eso lo que sea. Me interesa más mostrarlo como evidencia de la consciencia de Nietzsche de que el hombre es un ser en evolución—evolución que lo constituye primero, y evolución cultural y conceptual después que lo convierte en un ser maleable, flexible, en proceso, un ser cuya organización social y psíquica no es estable sino fundamentalmente, inherentemente, emergente. E inestable, claro. Por otra parte, se aprecia claramente una continuidad entre este razonamiento de Nietzsche, profundamente evolucionista para la época en que se formuló, y las perspectivas actuales de la sociobiología—quizá más reconocibles aquí en su vertiente un tanto extremista que ve en el hombre al mono desnudo, un primate con jet lag cuya evolución acelerada le ha dejado un tanto desorientado, acarreando a cuestas muchos instintos aptos para la vida del Paleolítico pero que están fuera de lugar en el ambiente urbano civilizado, o en las formas sociales complejas sin más. O, más bien: que estarían fuera de lugar si no fuese porque esas formas sociales no son todo lo civilizadas que parecen a primera vista, sino que de hecho son, de principio a fin, obra del mono loco que juega a ser civilizado, y que está en ellas en su salsa (de ahí la diferencia crucial entre la gramática y la gramática parda. Ver para más debate sobre esta cuestión del Cromañón que llevamos a cuestas el artículo Ficción narrativa y evolución).

17. Como condición de esta hipótesis sobre el origen de la mala conciencia se incluye, ante todo, la afirmación de que esa modificación no fue sensible ni voluntaria, y que no se dio como una adaptación orgánica a nuevas condiciones, sino como una ruptura, un salto, una coacción, una fatalidad inevitable, contra la cual no se luchó y ni siquiera suscitó resentimiento. Pero, en segundo lugar, el hecho de que la inserción de un pueblo, no sometido hasta ese momento a formas ni a inhibiciones sociales, en un contexto riguroso no sólo se inició con un acto de violencia, sino que fue un proceso que sólo se consumó mediante otros actos de violencia.  En consecuencia, la forma más antigua de "Estado" surgió como una tiranía terrible, como una máquina implacable y trituradora, que siguió actuando así hasta que la materia bruta del pueblo sumido en la animalidad no sólo acabó siendo maleable y quedar bien amasada, sino que adquirió también una forma. Ya se entiende a qué me refiero cuando uso la palabra "Estado": a una horda cualquiera integrada por rubios animales de presa, a una raza de conquistadores y de señores que estaba organizada para la guerra y que tenía la capacidad de organizar, y que pone sin ningún escrúpulo sus terribles zarpas sobre un pueblo tremendamente superior en número, pero sin forma y vagabundo aún. Así es como empieza, efectivamente, el "Estado" en la tierra. De este modo creo que queda rechazada la tesis fantástica que veía sus orígenes en un "contrato". ¿Qué tiene que ver con contratos quien tiene capacidad de mando, quien es "señor" por naturaleza, quien se muestra despótico en actos y en gestos? Con seres así no se cuenta; llegan, como el destino, sin motivo ni razón ni contemplaciones ni excusas; existen como el rayo; son excesivamente terribles, repentinos, convincentes y "distintos" para que ni siquiera se les odie. Su acción consiste en crear e imprimir formas de una manera instintiva; no hay artistas más involuntarios e inconscientes que ellos. Donde aparecen, surge al poco tiempo algo nuevo, una concreción de dominio dotada de vida, en la que han quedado delimitadas y conectadas partes y funciones, en la que no tiene sitio nada a lo que no se haya conferido previamente un "significado" en relación al conjunto. Estos organizadores natos desconocen la culpa, la responsabilidad y la consideración; en ellos domina el egoísmo espantoso del artista que mira las cosas con broncíneos ojos y que se siente justificado, previamente y para toda la eternidad, por su "obra", al igual que le sucede a la madre con respecto a su hijo. Ya puede suponerse que la "mala conciencia" no nace en ellos, no existiría si, con sus martillazos y su violencia de artistas, no hubiera quedado fuera del mundo—o por lo menos fuera de la vista—una ingente cantidad de libertad que , por así decirlo, quedó en estado latente. Ya he explicado que ese instinto de libertad que se volvió latente a la fuerza y que fue repreimido, apartado y aprisionado en el interior, acabó descargándose y desahogándose sólo contra sí mismo. En sus comienzos, sólo eso es la mala conciencia.

Lo de las "bestias rubias" como artistas "a martillazos", prefiero pensar que lo dice Nietzsche
cum grano salis. En todo caso, son artistas inconscientes, y la consciencia interior que surge por la represión violenta que imponen no es buscada ni calculada por ellos. El amo no pretende crear nada ni se hace esas reflexiones—las reflexiones son más bien para el esclavo.

Estos capítulos de Nietzsche son un puente muy conveniente entre el protoevolucionismo, o evolucionismo cultural, de Giambattista Vico, y las perspectivas actuales sobre el origen de las estructuras sociales.  También tienen estas reflexiones un aire de familia más que notable con otros capítulos famosos de la historia de la filosofía—los de la Fenomenología del Espíritu de Hegel, que narra otra versión de la épica de la interioridad. Una versión que, en sus reflexiones sobre la dialéctica del Amo y del Esclavo, está muy próxima en este caso a Nietzsche. Observemos que Nietzsche cita muy raramente a Hegel—bueno, tan raramente que no recuerdo yo ninguna cita, aunque sin duda las habrá; quizá sea un caso de Angustia de la Influencia, de los que decía Bloom en The Anxiety of Influence; quizá similar a la modalidad de represión que comentaba tan deliciosamente Pierre Bayard en lo referente a la relación tortuosa de Freud con el propio Nietzsche—en El plagio por anticipación.

Sobre Vico, Hegel, y otros protoevolucionistas, que muestran cómo lo complejo deriva a partir de lo simple, puede leerse
El orden natural y la complejidad: Paley, Vico, Lamarck y el Génesis. Esta noción básica—lo complejo evoluciona a partir de lo simple— un modo de pensamiento evolucionista que no tiene que esperar a Darwin, ni siquiera a Vico, es la que permite concebir una derivación de la complejidad de la vida social y de las formas psíquicas actuales a partir de estructuras sociales y psíquicas más sencillas. Si nos atenemos a nuestro principio básico basado en la interiorización de lo externo, este proceso funciona por retroalimentación. Una vez las relaciones sociales simples "externas" o interpersonales se han interiorizado en la autorrepresentación del sujeto, ese sujeto transformado, con consciencia psíquica expandida—ese esclavo resentido de Hegel o Nietzsche—transforma también las relaciones sociales en las que interviene, y esto da lugar a relaciones más complejas, que a su vez se interiorizan.

Bien, el tema del del origen, desarrollo y emergencia de la interioridad puede llevar en muchas direcciones. Pero por señalar sólo un par más, me referiré a dos. Una es la teoría del sujeto de Goffman, o quizá la que yo extraigo de Goffman, y que desarrollaba en este artículo: "Interacción internalizada: el desarrollo especular del lenguaje y del orden simbólico". Aquí parto de la idea básica goffmaniana de que el sujeto tiene una estructura relacional, o sea, que está estructurado por dentro como por fuera, por así decirlo—por interiorización de las relaciones sociales en las que interviene. Y relaciono esta constitución del sujeto (humano, se entiende) con el origen interactivo del lenguaje, que posibilita y retroalimenta esta estructura interaccional del sujeto. Es una reflexión que lleva a cuestiones neurológicas a través fundamentalmente de las ideas sobre el origen del lenguaje de Michael Arbib. En cuanto a la noción de Goffman del teatro interno del yo como resultado o reflexión de la organización teatral del mundo social, también ayudará otra obra de Goffman a percibir ciertos aspectos de cómo llega a constituirse este sujeto, por la interacción grupal en la que participa. Es La presentación del yo en la vida cotidiana— y aquí hay unos comentarios iniciales sobre este libro y sobre la teatralidad social interiorizada por el yo:

a) "El mundo social como presentación y re-presentación."

b) "Actuaciones"

c) "Equipos y sujetos (… al equipo)"


Bien, ésta es una dirección de las que quería hilar con las reflexiones de Nietzsche et al. La otra se encuentra en un autor de la escuela postestructuralista foucaultiana, Nikolas Rose—que presenta lo que es a grandes líneas una teoría foucaultiana del sujeto (que por tanto es de por sí una teoría algo nietzscheana del sujeto), en su artículo "Identity, Genealogy, History" (en Questions of Cultural Identity, ed. Stuart Hall y Paul Du Gay, Sage, 1996). Ayer comentaba algunas de sus observaciones sobre las tecnologías de generación del yo.  Al proceso de interiorización de la exterioridad que venimos señalando lo denomina Rose con el bonito nombre de pliegues en el alma— "folds in the soul", una noción que adapta de Deleuze. El exterior social se "pliega" dando lugar a la interioridad subjetiva. Traduzcamos un trocito, en el que Rose expone muy foucaultianamente su noción de la genealogía del sujeto (pensemos en una genealogía del sujeto moral y veremos lo cerca que estamos de Nietzsche, también. La ventaja es que no tenemos aquí sólo amos y esclavos, sino un mundo más complejo de identidades sociales más diversas y variadas, un mundo complejo que pasa a estructurar, desde dentro, la identidad personal del sujeto que debe habitarlo.

Una genalogía tal, propongo, requiere sólo una concepción mínima, débil o delgada, del material humano sobre el que escibe la historia (Patton, 1994). No nos ocuparemos aquí de la construcción social o histórica de "la persona"o de narrar cómo nace la moderna "identidad personal". Nos ocuparemos de las diversas estrategias y tácticas de sujetificación que han tenido lugar y se han desplegado como prácticas diversas en diferentes momentos, y en relación a diferentes clasificaciones y diferenciaciones de personas. El ser humano, aquí, no es una entidad con una historia, sino el objetivo de una multiplicidad de clases de trabajo, más bien algo así como una latitud o una longitud en la que se interseccionan vectores diferentes de velocidades diferentes. La "interioridad" que tantos se sienten impelidos a diagnosticar no es la interioridad de un sistema psicológico, sino una superficie discontinua, una especie de plegamiento hacia adentro de la exterioridad.

Extraigo esta noción de plegamiento de modo general de la obra de Gilles Deleuze [Foucault, Pourparlers, The Fold....] El concepto de pliegue o plisado sugiere una manera en la que podríamos concebir al ser humano sin postular ninguna interioridad esencial, y por tanto sin sujetarnos a ninguna versión particular de la ley de esa interioridad cuya historia buscamos incomodar y diagnosticar. El pliegue indica una relación sin un interior esencial, tal que lo que está "dentro" es meramente la involución de una exterioridad. Esghtamos familiarizados con la idea de que aspectos del cuerpo que normalmente concebimos como parte de su interioridad—el tubo digestivo, los pulmones—no son sino la invaginación de un exterior. Esto no les impide que sean valorizados en términos de una imagen corporal aparentemente inmutable que se toma como norma para nuestra percepción de los contornos y límites de nuestra corporeidad. Quiza, pues, podamos concebir la presa que sobre los seres humanos hacen los modos de subjetificación, en términos de un plegamiento interior similar. Los pliegues incorporan sin totalizar, internalizan sin unificar, reúnen conjuntamente de modo discontinuo, en forma de plisados que hacen superficies, espacios, flujos y relaciones.

En el seno de una genealogía de la sujetificación, lo que se plegaría hacia dentro sería cualquier cosa que pueda adquirir autoridad: instrucciones, consejos, técnicas, pequeños hábitos del pensamiento y de la emoción, toda una serie de rutinas y normas para ser humano—los instrumentos mediante los cuales el ser se constituye a sí mismo en diferentes prácticas y relaciones. Estos pliegues internos están parcialmente estabilizados en la media en que los seres humanos han venido a concebirse a sí mismos como sujetos de una biografía, a utilizar ciertas "artes de la memoria" para volver estable esa biografía, a emplear ciertos vocabularios y explicaciones que les hagan esto inteligible a ellos mismos. Sin embargo, esto revela los límites de la metáfora del pliegue. Porque las líneas de estos pliegues no corren por un dominio que coincida con las mismas fronteras que los límites físicos del individuo humano. El ser humano es situado, realizado o actuado, mediante un sistema complejo de dispositivos, miradas, técnicas que se extienden más all´de los límites de la carne, a los espacios y reuniones de individuos. El recuerdo de la biografía de uno mismo no es una simple capacidad psicológica, sinosino que está organizado por medio de rituales de narración de historias, está sustentado por artefactos como los
álbumes de fotografías, y demás. Los regímenes de la burocracia no son meramente procedimientos éticos plegados al interior del alma, sino que ocupan una red de oficinas, archivos, máquinas de escribir, hábitos de control del tiempo, repertorios conversacionales, técnicas de notación. Los regímenes de la pasión no son meramente pliegues afectivos en el alma, sino que se realizan en ciertos espacios recogidos o valorizados, mediante un equipamiento sensualizado de camas, sábanas y sedas, rituales de vestirse y desvestirse, instrumental estetizado que proporcina música y luz, regímenes de división del tiempo, y demas [O. Ranum, "Los refugios de la intimidad", en Chartier, Historia de la vida privada].

Podríamos de este modo contreponer una espacialización del ser a la narrativización del ser emprendida por los sociólogos y los filósofos de la modernidad y de la postmodernidad. Es decir, necesitamos volver inteligible al ser, en términos de la localización de comportamientos, hábitos o técnicas rituales o repetitivos, en el seno de ámbitos específicos de la acción y de los valores: las bibliotecas y los estudios; los dormitorios y casas de baños; los tribunales de justicia y las aulas, los consultorios y las galerías de los museos; los mercados y grandes almacenes. Los cinco volúmenes de Historia de la vida privada compilados bajo la dirección de Philippe Ariès y Georges Duby proporcionan una abundancia de ejemplos de la manera en que las capacidades humanas novedosas, tales como los diversos estilos de escritura o de sexualidad, dependen de, y dan lugar a, formas particulares de organización espacial del hábitat humano (Veyne, 1987; Duby, 1988; Chartier, 1989; Perrot, 1990; Prost y Vincent 1991) (—a estas les sumaría yo, y de modo muy destacable, la teoría dramatúrgica de los espacios humanos formulada por Goffman: ver
Redes, regiones y públicos). Sin embargo no hay nada privilegiado, en lo que se ha venido a llamar "vida privada", para el emplazamiento de regímenes de sujetificación—es en la fábrica al igual que en la cocina, en el ejército tanto como en el estudio, en la oficina tanto como en el dormitorio, donde se requiere al sujeto moderno que identifique su subjetividad. A la aparente linealidad, unidireccionalidad e irreversibilidad del tiempo [N.B: sólo aparente— ver p. ej. Tecnologías de manipulación del tiempo], podemos contraponer la multiplicidad de lugares, planos y prácticas. Y en cada uno de estos espacios, se activan repertorios de conducta que no quedan limitados por la envoltura formada por la piel humana, y que no se llevan de modo estable en el interior de un individuo: son más bien redes de tensión a través de un espacio, que proporcionan a los seres humanos capacidades y poderesen la medida en que las captan mediante ensamblajes híbridos de conocimientos, instrumentos, vocabularios, sistemas de juicios, y artefactos técnicos.

En esta medida, una genealogía de la sujetificación necesita concebir al ser humano como una especie de artefacto maquinado, un híbrido de carne, conocimiento, pasión y técnica [Donna Haraway, Simians, Cyborgs, and Women: The Reinvention of Nature]. Una de las características de nuestro actual régimen del yo es una manera de reflexionar sobre y de actuar sobre todos estos diversos ámbitos, prácticas y ensamblajes, en términos de una "personalidad" unificada que hubiera de revelarse, descubrirse, o sobre la que hubiera que actuar en cada uno: un artefacto maquinado del ser que hoy form el horizonte de lo pensable. Pero es necesario reconocer a este artefacto maquinado como régimen específico de la subjetificación que tiene un origen reciente—y la finalidad de una genealogía de la sujetificación es alterarlo lo suficiente como para revelar la fragilidad de las líneas que lo han construido y que lo mantienen en su sitio.  (143-44)


La fragilidad—o la fuerza, añadiría yo. Porque no todas las líneas y pliegues son igual de profundos, ni todas las instituciones igual de estables. Una consciencia de esta génesis diferencial, o un estudio geológico de la antigüedad y profundidad de los plegamientos que constituyen al sujeto humano—qué estratos de estos pliegues se originan después de cuáles otros, y reposan sobre ellos— sería también una de las finalidades de una genealogía, una arqueología, y una geología, del sujeto humano. Una que no presente todos los pliegues del alma como un plisado uniforme y superficial, sino como un complejo sistema de pliegues dentro de pliegues. Es la diferencia, quizá, entre un construccionismo radical y desorientado, cosa a evitar, y un evolucionismo cultural que sea capaz de entender cómo el ser humano es una construcción, pero una construcción hecha con materiales preexistentes, y evolutivamente estructurada, una estructura que contiene una historia, o una historia que se ha hecho estructura, y cuerpo, y mente.










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