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lunes, 13 de julio de 2020

La Septième Fonction des Questions après une conférence






La septième fonction des questions après une conférence
(Extrait de Laurent Binet, La Septième fonction du langage, ch. 63):


Normalement, Simon est supposé avoir un niveau correct en anglais, mais bizarrement, ce qui est considéré comme normal en France, en matière de maîtrise d'une langue étrangère, se révèle toujours en situation largement insuffisant.
Ainsi Simon ne comprend-il qu'une phrase sur trois à la conférence de Morris Zapp. À sa décharge, il faut dire que le sujet, sur la déconstruction, ne lui est pas très familier, et engage des concepts difficiles ou à tout le moins obscurs. Mais enfin, justement, il espérait y trouver des éléments d'éclaircissement.

Bayard n'est pas venu et Simon s'en réjouit: il aurait été insupportable.
Ceci dit, puisque le propos lui échappe largement, il cherche le sens ailleurs: dans les inflexions ironiques de Morris Zapp, dans les rires entendus du public (chacun souhaitant sceller son appartenance de droit à l'ici-et-maintenant de cet amphithéâtre — 'encore un amphithéâtre', se dit Simon, victime d'un mauvais réflexe structuralo-paranoïaque consistant à rechercher des motifs récurrents), dans les questions de l'auditoire dont la teneur n'est jamais le véritable enjeu mais qui sont plutôt des tentatives, sinon de challenger le maître, du moins de se positionner par rapport aux autres auditeurs comme un interlocuteur légitime doué d'un esprit critique affûté et de capacités intellectuelles supérieures (en un mot, de se distinguer, comme dirait Bourdieu). Simon devine, au ton de chaque question, la situation de l'émetteur: undergrad, doctorant, professeur, spécialiste, rival... Il détecte sans difficulté les chiants, les timides, les fayots, les arrogants, et, les plus nombreux, ceux qui oublient de poser leur question, débitant d'interminables monologues, enivrés par leur propre parole, mus par cet impérieux besoin de donner leur avis. Manifestement, quelque chose d'existentiel se joue dans ce théâtre de marionettes. (P. 311-12).


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sábado, 25 de marzo de 2017

Retropost #1524 (25 de marzo de 2007): En las escaleras del Conservatorio


(Traduzco aquí el cuento de Donald Barthelme "On the Steps of the Conservatory", de Sixty Stories, aparecido en Great Days, 1979).

– Vamos Hilda no te preocupes.

– Bueno Maggie es que es un golpe.
– Que no te preocupes, no dejes que no te vaya a deprimir.
– Antes pensaba que me iban a admitir al Conservatorio pero ahora sé que nunca me admitirán al Conservatorio.
– Sí son muy suyos con la gente que admiten al Conservatorio. Nunca te admitirán al Conservatorio.
– Nunca me admitirán al Conservatorio, ahora lo sé.
– No tienes madera de Conservatorio me temo. Esa es la verdad pura y simple.
– No eres importante, me dijeron, sólo acuérdate de eso, no eres importante. ¿Qué tienes tan importante? ¿Qué?
– Vamos Hilda no te preocupes.
– Bueno Maggie es que es un golpe.
– ¿Cuándo te vas a cambiar, a convertirte en un pan o en un pez?
– Enseñan simbología cristiana en el Conservatorio, también simbología islámica, y la simbología de la Seguridad Pública.
– Círculos rojos, amarillos y verdes.
– Cuando me lo dijeron, agarré las guías de mi calesita china, y me alejé trotando pesadamente.
– Los grandes portalones forjados del Conservatorio, cerrados para tí para siempre.
– Me alejé trotando pesadamente, hacia mi casa. Mi casa pequeña, pobre.
– Vamos Hilda no te preocupes.
– Sí, todavía estoy intentando entrar en el Conservatorio, aunque seguramente tengo menos oportunidades que nunca.
– No quieren mujeres embarazadas en el Conservatorio.
 – No se lo dije. Les mentí sobre eso.
– ¿No te preguntaron?
– No, se olvidaron de preguntarme y yo no se lo conté.
– Bueno, pues malamente será por eso por lo que...
– Noté que lo sabían.
– El Conservatorio es hostil al nuevo espíritu, allí el nuevo espíritu no se aprecia.
– Bueno Maggie de todos modos es un golpe. Tenía que volver a mi casa.
– Donde aunque recibes a los artistas e intelectuales más destacados de tu tiempo te vas desesperando y deprimiendo progresivamente.
– Sí era un desastre como abogante.
– ¿Como amante?
– Eso también, de espanto. Dijo que no me podía hacer entrar en el Conservatorio por mi falta de importancia.
– ¿Había gastos de matrícula?
– Siempre hay gastos de matrícula. Libras y libras.
– Estaba yo en la terraza trasera del Conservatorio y estudiaba las losas enrojecidas con la sangre vital de generaciones de estudiantes del Conservatorio. Allí de pie me dije: Hilda jamás será admitida al Conservatorio.
– Leí la Circular del Conservatorio y mi nombre no estaba entre los de la lista.
– Bueno, supongo que fue en parte tu adherencia al nuevo espíritu lo que influyó en contra tuya.
– Nunca abjuraré del nuevo espíritu.
– Y además eres una veterana. Habría pensado yo que eso inclinaría la balanza a tu favor.
– Bueno Maggie es una decepción. Tengo que admitirlo francamente.
– Vamos Hilda no llores ni te arranques el pelo aquí que te pueden ver.
– ¿Están mirando por las ventanas?
– Probablemente estarán mirando por las ventanas.
– Se dice que importan un cocinero los días de fiesta.
– Tienen modelos desnudos también.
– ¿De verdad, crees? No me sorprende.
– A los mejores estudiantes les suben la comida en bandejas.
– ¿De verdad, crees? No me sorprende.
– Ensaladas de cereal y grandes porciones de viandas selectas.
– Ay, duele, duele, duele.
– Pan espolvoreado, y los días de fiesta pastel.
– Tengo tanto talento como ellos, tengo tanto talento como algunos de ellos.
– Decisiones tomadas por un comité de espíritus. Dejan caer judías blancas o negras en un cuenco.
– En tiempos pensé que me iban a admitir. Hubo cartas alentadoras.
– No tienes madera de Conservatorio me temo. Sólo la mejor madera es madera de Conservatorio.
– Soy tan buena como algunos de esos que ahora descansan en blandas camas de Conservatorio.
– El mérito siempre se examina con detalle.
– Podría devolverles la sonrisa a las caras sonrientes de los rápidos, peligrosos profesores.
– Sí, tenemos modelos desnudos. No, no tenemos relaciones emocionales con los modelos desnudos.
– Podría trabajar con arcilla o pegar cosas juntas.
– Sí, a veces les pegamos cosas encima a los modelos desnudos—ropa, mayormente. Sí, a veces tocamos con nuestros violines de Conservatorio, violonchelos, trompetas, para los modelos desnudos, o les cantamos, o les hacemos correcciones lingüísticas, mientras nuestros hábiles dedos vuelan sobre los blocs...
– Supongo que podría rellenar otro impreso de solicitud, o varios.
– Sí, ahora llevas una tripa bastante notable. Me acuerdo cuando era plana, plana como un libro.
– Me moriré si no entro en el conservatorio, me muero.
– Naaa.. no te morirás, eso sólo lo dices.
– La palmaré del todo si no entro en el Conservatorio, te lo prometo.
– Las cosas no están tan mal, siempre puedes hacer otra cosa, qué sé yo, vamos Hilda sé razonable.
– Toda mi vida depende de esto.
– Ay Dios me acuerdo cuando estaba plana. Menudo si rompíamos cosas. Me acuerdo de ir corriendo por esa ciudad, escondiéndonos en sitios oscuros, era una ciudad estupenda y qué pena que nos fuimos.
– Ahora hemos crecido, adultas y decentes.
– Bueno, te engañé. Sí tenemos relaciones emocionales con los modelos desnudos.
– ¿Sí?
– Los amamos, y nos acostamos con ellos continuamente. Antes del desayuno, después del desayuno, durante el desayuno.
– ¡Oye, pues eso está muy bien!
– ¡Oye, pues está genial!
– ¡Me gusta!
– ¡No está tan mal!
– Ójala no me lo hubieses contado.
– Venga Hilda no seas tan obsesiva, hay muchas otras cosas que puedes hacer si quieres.
– Supongo que operan con algún tipo de principio de exclusividad. Mantener a algunas personas fuera, mientras dejan entrar a otras personas.
– Tenemos ahí dentro un indio Coushatta, un auténtico indio Coushatta de pura sangre.
– ¿Allí dentro?
– Sí. Hace muros colgantes de retazos de tela y palitos, muy bonitos, y hace pinturas de arena y toca silbatos de varios tipos, a veces canturrea, y le da a un tambor, trabaja la plata, también es tejedor, y traduce cosas del inglés al Coushatta y del Coushatta al inglés y también es un tirador de élite y puede tumbar reses como un bulldog y coger siluros con hilos de pescar múltiples y cabalgar sin silla de montar y hacer medicina con ingredientes comunes, aspirina mayormente, y canta y también es actor. Tiene mucho talento.
– Toda mi vida depende de ello.
– Escucha Hilda, quizá puedas ser una Asociada. Hay un trato que tenemos según el cual pagas doce dólares al año, y eso te convierte en Asociada. Recibes la Circular y tienes todos los privilegios de una Asociada.
– ¿Que son?
– Recibes la Circular.
– ¿Y eso es todo?
– Bueno, supongo que tienes razón.
– Me voy a sentar aquí sin más no me voy a ir.
– Tu profunda pena me resulta conmovedora.
– Tendré al niño aquí mismo en estos escalones.
– Bueno, quizá uno de estos días haya buenas noticias.
– Me siento como un muerto sentado en una silla.
– Aún eres bonita y atractiva.
– Qué bueno oírlo, me alegro de que lo pienses.
– Y cálida, eres cálida eres muy cálida.
– Sí tengo una naturaleza cálida muy cálida.
– ¿No estabas hace años también en Peace Corps?
– Sí, y conduje ambulancias allá en Nicaragua.
– La vida en el Conservatorio es igual de paradisíaca que como te la imaginas—exactamente así.
– Supongo que tendré que volver a mi casa sin más, hacer la limpieza, sacar los papeles y la basura.
– Supongo que ese chaval nacerá uno de estos días, ¿no?
– Y continuar trabajando en mis Estudios digan lo que digan.
– Eso es admirable creo.
– La cosa es no dejar que te venzan el espíritu.
– Supongo que después de un tiempo nacerá el chaval, ¿no?
– Supongo. Esos mierdamocos de verdad que me van a dejar fuera, ¿sabes?
– Tienen mentes inflexibles y rígidas.
– Probablemente porque soy una pobre embarazada, ¿no crees?
– Decías que no se lo habías dicho.
– Pero quizá sean psicólogos muy penetrantes y lo podían saber con sólo mirarme a la cara.
– No aún no se nota ¿de cuantos meses estás?
– Dos y medio, se nota justo cuando me quito la ropa.
– No te quitaste la ropa, ¿verdad?
– No, llevaba sabes lo que llevan los estudiantes, vaqueros y un poncho. Llevaba una cartera verde.
– Llena a rebosar de Estudios.
– Sí. Me preguntó dónde me había formado antes y se lo dije.
– Ay chica me acuerdo cuando estaba plana, plana como la cubierta de algo, un barco, un navío.
– No eres importante me dijeron.
– Ay cariño lo siento tanto por tí.
– Nos separamos entonces, yo andando por la preciosa luz de Conservatorio hasta el hall, y luego pasando por los grandes portalones de hierro forjado del Conservatorio.
– Yo era una cara al otro lado del cristal.
– Mi aspecto mientras me alejaba extremadamente digno y sereno.
– El tiempo todo lo cura.
– No, no lo cura.
– El labio cortado, el labio gordo, el labio hinchado, el labio partido.
– ¡Jua jua jua jua!
– Bueno Hilda hay otras cosas en la vida.
– Sí Maggie, supongo que sí. Ninguna que yo quiera.
– La gente que No Es del Conservatorio tiene su vida propia. La gente del Conservatorio no es que tenga mucho trato con ellos, pero nos dicen que tienen su vida propia.
– Supongo que podría inteponer un recurso si se puede interponer un recurso a alguien. Si hay alguien.
– Sí, es una idea, nos llegan remesas de recursos, remesas y remesas.
– Puedo esperar toda la noche. Aquí en los escalones.
– Me sentaré contigo. Te ayudaré a formular las palabras.
– ¿Están mirando por las ventanas?
– Sí, creo. ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que toda mi vida depende de eso. Algo así.
– Va contra las reglas que la gente del Conservatorio ayude a la gente que no es del Conservatorio, sabes.
– Joder, vaya, pensaba que me ibas a ayudar.
– Vale, te ayudaré. ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que toda mi vida depende de esto. Algo así.
– Tenemos modelos desnudos hombres y modelos desnudas mujeres, arpas, plantas en macetas gigantes, y cortinajes. Hay jerarquías, unas personas situadas más alto, otras más abajo. Se mezclan unos y otros, en la luz preciosa. Nos divertimos un montón. Hay montones de mobiliario verde, sabes, con pintura. Con pintura verde desgastada. Líneas de dorados a un centímetro del borde. Líneas doradas desgastadas.
– Y probablemente llamitas ornamentales en hornacinas en las paredes, ¿no?
– Pues sí, tenemos llamitas. ¿Quién es el padre?
– Un tío, Roberto se llama.
– ¿Os lo pasasteis bien?
– El rollo siguió el trayecto habitual. Fiebre, aburrimiento, atrapada.
– Caliente, a remojo, centrifugado.
– ¿Es todo maravilloso allí, Maggie?
– Tengo que decir que sí. Sí. Maravilloso.
– ¿Y te sientes genial, estando allí? ¿Te sientes de maravilla?
– Sí, se siente uno muy bien. Con frecuencia hay, en la bandeja, una rosa.
– Nunca me admitirán al Conservatorio.
– Nunca te admitirán al Conservatorio.
– ¿Qué aspecto tengo?
– Bueno. Malo no. Muy bueno.
– Nunca entraré. ¿Qué aspecto tengo?
– Muy bueno. Genial. El tiempo lo cura todo, Hilda.
– No, no lo cura.
– El tiempo lo cura todo.
– No, no lo cura. ¿Qué aspecto tengo?
– Discutible.




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miércoles, 29 de junio de 2016

"René Girard , Pierre Bourdieu: des affinités méconnues"





"René Girard-Pierre Bourdieu: Des affinités méconnues." Colloque organisé le 18 juin 2013 à la BnF par Bruno Viard, en partenariat avec l'ARM (Association Recherches Mimétiques) et le CIELAM (Centre interdisciplinaire d'étude des littératures d'Aix-Marseille). Audio. YouTube (Recherchesmimetiques) 30 Aug. 2013.
https://youtu.be/PV4F6Hz4Qs4
2016


"Les sujets sociaux sont des sujets qui désirent être reconnus, mais ils désirent être reconnus en tant que donateurs."

Le premier speaker ramène donc Girard (le désir) et Bourdieu (la reconnaissance) dans un paradigme qui manque: celui du don théorisé par Marcel Mauss.

martes, 9 de febrero de 2016

Prestigio basura

Retropost #625 (25 de noviembre de 2005): Prestigio basura

Los últimos seis concursos para cubrir plazas de profesorado por procedimiento de urgencia que ha habido en mi departamento han quedado vacantes; de los anteriores, también varios. El nivel del empleo en la enseñanza universitaria está bajo bajo, pero no tan bajo como quiere ponerlo la Universidad, que apura subiendo el listón de los requisitos y bajando el del dinero, pero no quiere sus contratos basura ni Rita. La Universidad es el único empresario, creo, que no sólo te da empleo basura sino que además te exige que ya estés trabajando para otro patrono antes de contratarte (hay que ser lerdo para creer que esto contribuye a la calidad, claro que no lo cree nadie). Es lo que se llama "contratos de asociado", según los cuales, en teoría, la Universidad contrata a profesionales de reconocido prestigio – condición que se demuestra teniendo ya otro empleo o contrato a tiempo parcial. Profesionales de reconocido prestigio que buscan pluriempleo. Ya. Menudo listillo el que ha diseñado esta ley, y el que saca invariablemente esta modalidad de contrato – tres trocitos de plaza, en lugar de una plaza en condiciones decentes – y mientras deja a doctores y licenciados desempleados en el paro y sin opción a presentarse siquiera a las plazas. Claro que la universidad se está empezando a pillar los dedos, parece, porque si quieren que alguien dé las clases van a tener que ir cambiando de estrategia. Aunque quizá eso no sea una prioridad absoluta.

Porque no digo nada del supuesto "procedimiento de urgencia" para cubrir plazas, que esa es otra. El alumno puede esperar, normalmente. También ellos agradecen no tener clases una temporadilla, que luego vienen las rebajas. Y al final, comisiones reunidas, impresos normalizados, protocolos optimizados, proceso repetido unas cuantas veces, profesional de prestigio contratado tarde y mal, y hale, aprobado general, que han pasado tres profesores por la asignatura este curso, y es un lío, y se hace tarde y no hay que hacer esperar al cliente.





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lunes, 13 de abril de 2015

Label:bibliography

 
Tweakeando mis etiquetas en Google Scholar (o Google Académico, que es lo mismo), he llegado a la conclusión de que es mejor poner las etiquetas en las que mejor quedas, o las que mejor imagen dan de tu posicionamiento en el orden de picoteo académico. (Por citar a Ricardo III: "Estúpido, habla siempre bien de ti mismo"). Con lo cual conviene coger un área lo más poblada posible en la que estés bien posicionado. 
 
Demasiada población te posicionará mal, y es un dilema: por tanto me he quitado de la superpoblada "Semiotics", que me mandaba fuera de la primera página y de la segunda, y he añadido la no tan poblada "Bibliography"—que cierto es que le dedico tantas horas como a la semiótica o más. Y aunque hay poca gente allí, al menos estoy el primero (Mundial, se entiende), y es un área relativamente reconocida y amplia de por sí.  Ecce homo:



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Me he quitado asimismo (Google te permite escoger CINCO etiquetas) la etiqueta de "Literary Theory", y me he cambiado por "Teoría de la literatura", donde quedo mejor posicionado en el humilde mundo hispano. Mejor que en "Teoría literaria", donde quedaría detrás de Tomás Albaladejo—en Teoría de la Literatura no seré Number One, pero soy Número Uno.

Y aunque no sea una etiqueta muy usada, sí añado también "Filología Inglesa" en atención a que es el nombre oficial de mi área de conocimiento. Allí estoy también el primero del Mundo Hispano.

También he añadido, en lugar de "Discourse Analysis", la etiqueta más concreta quizá "Narratology"; suficientemente general aunque redunda algo con "Narrative Theory" que usaba antes. Pero para que se vea que se le llame como se le llame estoy allí bien ubicado: el tercero en "Narrative Theory", y el segundo en "Narratology."

Me quedo, lógicamente, con "Narratology", una palabra que antes no me gustaba.



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miércoles, 21 de enero de 2015

Love for Sale

Nos llega por el correo un anuncio de una nueva revista académica del grupo Macmillan:


Palgrave Communications is an open access journal offering free and immediate online access to all articles published. To provide this service, authors are required to pay an article-processing charge (APC).  
Costs are involved in all stages of the publication process and the APC includes coordination of peer review, typesetting, web hosting, copy editing, production, archiving and promotion of content. The APC is a flat, one-off charge and authors are not faced with additional charges for longer articles or particular numbers of pages, tables or figures.
Palgrave Communications APC prices:
The APC is as follows, plus VAT where applicable:
  1. USD $1200 (The Americas)
  2. GBP £750 (UK and Rest of World)
Creative Commons
Palgrave Communications publishes open access content under the terms of the Creative Commons Attribution (CC BY) License to support maximum dissemination and use etc etc....



Vamos que si lo entiendo bien, quien quiera hacerse con un currículum aceptable en esta revista, le sale a mil euros el artículo publicado. (En otros repositorios con menos prestigio, el SSRN por ejemplo, no te cobran nada). Claro que ya pueden vender el prestigio caro, mientras dure la mercancía, y se la compren. De momento no va mal la cosa: lejos de pagar a los autores, las editoriales académicas proponen ahora COBRARLES— por darles atención y difusión, que eso vale más que la ciencia. 

Y ojo que esto no pasa sólo en las humanidades: varias revistas DE PRESTIGIO en las ciencias vienen haciendo esto ya desde hace años. Con lo cual el open access y la facilidad de publicación y la abundancia de repositorios, lejos de acabar con el monopolio intelectual de los editores, van a reforzarlo: entre la abundancia hay que elegir, y quien dé argumentos para prestigiarse será el favorecido, y el destacado en el mercado de la atención. 

De los libros para qué decirles, ya es historia vieja que quien quiera un libro de una editorial académica tendrá que pagarle a la editorial— y allí van los fondos públicos de muchos proyectos de investigación que luego ni se molestan en colgar en la web en libre acceso los resultados de sus investigaciones, no sea que se vayan a desprestigiar con el tufo de la multitud. Por supuesto que es río revuelto y en transformación, todo esto de la publicación y la difusión, pero algunos se ve que se las ingenian para navegarlo con éxito, y vender humo perfumado en bote.



 
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jueves, 10 de julio de 2014

Las mentes irreverentes

Y sus escépticas observaciones desmitificadoras sobre los rituales y símbolos que mantienen asociadas a las sociedades.






La Teoría de la Clase Ociosa de Thorstein Veblen (1899) termina de manera que podría parecer curiosa, pero en realidad bastante lógica, con un capítulo sobre "La educación superior como expresión de la cultura pecuniaria." Trata allí temas interesantes, como el gradual desplazamiento de las humanidades por parte de las ciencias en la Universidad; las humanidades irían asociadas a las clases privilegiadas tradicionales y sus valores, y las ciencias son para Veblen la expresión de la nueva civilización industrial que transforma los valores. Me interesa también la dimensión autobiográfica e incluso reflexiva del capítulo: Veblen habla de sí indirectamente, de su lugar atípico en la academia, y de la ubicación de su propio discurso sobre la clase ociosa a modo de torpedo dirigido contra las tradiciones y convenciones de la propia institución que lo produce. Algunas ideas centrales:

"Es en la educación propiamente dicha, y de modo particular en la educación superior, donde la influencia de los ideales de la clase ociosa se hace más patente" (356).  La educación superior va asociada a la función devota de la comunidad—y recordemos que según Veblen la religión se figura en la época cuasi-civilizada como un servicio prestado a una clase ociosa sobrenatural, una especie de monarca o aristócrata proyectado a los cielos, para garantizar los ideales de la clase explotadora en la tierra. La educación superior se origina en torno a estos ideales: "En gran parte, pues, puede clasificarse como ocio vicario dedicado a los poderes sobrenaturales"—y el primitivo conocimiento esotérico en el que se enraíza es "un conocimiento de cuestiones rituales y ceremoniales; es decir, un conocimiento de cuál era el modo más adecuado, eficaz o aceptable de acercarse o de servir a los agentes preternaturales" (356). Si bien la educación ha evolucionado, sobre todo en la fase tecnológica de la misma, "fue de esa fuente de donde surgió la educación como institución; y su proceso de diferenciación de aquella carga original de ritual mágico y fraude chamanista ha sido lenta y tediosa, y apenas se ha completado aún, ni siquiera en los más avanzados seminarios de enseñanza superior" (357).

Veblen es muy consciente de la teatralidad de la vida social—y contempla con ojo irreverente la teatralidad de la vida académica. Se echa de ver el origen de ésta en el ritualismo de las clases privilegiadas primitivas, y es significativo como prueba de que "su actividad cae en gran parte dentro de esa categoría del ocio ostensible a la que se conoce como buenos modales y buena crianza, que las clases educadas de todas las comunidades primitivas son muy estrictas en lo que se refiere a formas, jerarquía, gradaciones de rango, ritual, vestiduras ceremoniales y otros accesorios que suelen acompañar a la vida académica" (359). Así, los académicos se pierden por togas, birretes, diplomas y menciones, ceremonias de iniciación y graduación, que son el meollo mismo de su actividad... (el reconocimiento mutuo, en suma, es central y definitorio, aunque Veblen no lo mencione). "Los usos de las órdenes sacerdotales son, sin duda, la fuente inmediata de la que provienen todos esos rasgos del ritual académico: las vestiduras, la iniciación sacramental, la transmisión de dignidades y virtudes peculiares por la imposición de manos y otras cosas semejantes"...   Este origen y estos modos se mantienen más en las humanidades, especialmente las clásicas, antes que en las ciencias y estudios tecnológicos, aunque haya influencias en los dos sentidos. Unido a la promoción social de las clases que acceden a la educación hay también "un cambio paralelo hacia una vida más ritual en las escuelas" (362); y "en cuanto una determinada escuela comienza a inclinarse hacia una clientela de clase ociosa, se produce también una perceptiblemente mayor insistencia en el ritual académico y en la conformidad con las formas antiguas en materia de vestiduras y solemnidades sociales y académicas" (363)—Veblen traza esta evolución en las nuevas universidades y colegios norteamericanos de su época—Y pronto veremos más teatro de ése por aquí por España y Europa, por influencia norteamericana, más que por tradición. Ya es muy visible en las universidades privadas, de hecho. El ceremonial académico, observa Veblen, "no sólo se aviene con el sentido de la clase ociosa acerca de cómo deben ser las cosas, pues apela a la tendencia arcaica hacia los efectos espectaculares y a la predilección por el simbolismo antiguo, sino que, a la vez, encaja perfectamente con el esquema de vida de la clase ociosa, ya que implica un notable elemento de derroche ostensible" (363)—y un concomitante lucimiento de lo improductivo.

La transición de las humanidades a las ciencias y tecnologías, o a las económicas podríamos añadir, también van unidas a las transformaciones en los rituales y signos de la clase ociosa. "Esta sustitución parcial de la eficiencia sacerdotal por la pecuniaria es concomitante de la moderna transición del ocio ostensible al consumo ostensible como el principal medio de conseguir y mantener una buena reputación" (366). En tiempos de Veblen se debatía el acceso de la mujer a la educación superior, hoy cuestión superada pero que hizo correr su tinta, por razones ligadas al prestigio de la clase ociosa: "Ha predominado un fuerte sentimiento de que la admisión de las mujeres a la educación superior (como a los misterios eleusinos) sería ofensiva para la dignidad de la comunidad ilustrada" (366). No olvidemos que el meollo original, la Iglesia Católica, sigue manteniendo esa defensa del privilegio masculino que ya denunciaba Sarah Egerton hace más de trescientos años en "The Emulation", con similar alusión a los misterios creados artificialmente como mecanismo de control y privilegio.

La universidad de su tiempo sufre para Veblen de una inclinación desmedida a las trivialidades de forma y ritual—se pierde en ellas, y la mentalidad conservadora está presente a todos los niveles, desde luego en la ideología religiosa conservadora y animista de gran parte del profesorado, en la creencia que mantienen estos intelectuales en un dios antropomorfo. También en la manera en que se fomenta el espíritu de clan en las fraternidades de estudiantes, en el culto a la tradición clásica y en el privilegio dado a los deportes.... (Hablamos de América, aquí los deportes están en otros lugares). Este conservadurismo de formas aledañas no sería sustancial, pero de hecho el conservadurismo ideológico se extiende al tratamiento de los propios estudios y disciplinas. La universidad presenta una notable impermeabilidad a la innovación, y sólo recibe las novedades a regañadientes, cuando ya se han abierto camino al margen de las aulas.

"Generalmente, las escuelas superiores no han dado su aprobación a ningún avance serio en los métodos o en el contenido del conocimiento hasta que tales innovaciones han sobrepasado su juventud y buena parte de su utilidad; es decir, hasta después de haberse convertido en lugares comunes del bagaje intelectual de una nueva generación que ya ha crecido y ha formados sus hábitos bajo ese nuevo, extra-académico cuerpo de conocimientos y ese nuevo punto de vista" (371)

—sobre ejemplos, la imaginación es libre. (Aquí estamos por ejemplo en una revista electrónica excepcional en el mundo universitario español). El mecenazgo, observa Veblen sobre su América, también tiende a favorecer los aspectos más conservadores de la Universidad, en lugar de ir dirigido a la innovación.

Tradicionalmente las inquietudes intelectuales de la clase ociosa se derivaban, observa Veblen, hacia la erudición clásica y formal, más que hacia las ciencias relacionadas con la vida industrial de la comunidad. Los clásicos han ido unidos a la autoimagen de la clase ociosa (esto es especialmente cierto en la tradición anglosajona en la que piensa Veblen). La fundamentación clasista e ideológica de otros estudios es todavía más directa:

"Las más frecuentes incursiones en campos de conocimiento distintos del clásico realizadas por la clase ociosa se han hecho en las disciplinas jurídicas y políticas, y más especialmente en las ciencias administrativas. Estas llamadas 'ciencias' son, en lo sustancial, cuerpos de máximas útiles para guiar a la clase ociosa en su tarea gubernamental, basada en los intereses de la propiedad. El interés con que se estudia esta disciplina no es, pues, por lo común, un interés simplemente intelectual, buscado por un deseo de conocimiento. Es, en gran parte, el interés práctico de las exigencias de esa relación de dominio en que están situados los miembros de la clase. En cuanto al origen de donde derivan, las tareas de gobierno constituyen una función depredadora que pertenece de manera integral al arcaico esquema de vida de la clase ociosa. Es un ejercicio de control y coacción sobre la población de la cual dicha clase ociosa saca sus medios de subsistencia." (372)

Veblen es un gran teorizador de las dinámicas económicas seguidas por las élites extractivas, y sus análisis de hace más de cien años dan que pensar aquí y ahora cuando se consideran las actuales superestructuras de instituciones (españolas, digo) sostenidas por dinero público. La justificación es el buen gobierno y el interés público, claro, pero en ellas se van colocando mayormente los miembros de la casta, sus primos, conocidos, contactos, compañeros de clase y aliados mutuos, en un sistema organizado de explotación de recursos humanos orquestado por los partidos políticos a través de Hacienda y de los presupuestos.

Un modo de vida conlleva un modo de pensar—es la teoría básica de las ideologías—y Veblen observa que el pensamiento científico no es el que favorecen las clases privilegiadas:

"hay características del esquema de vida de la clase ociosa (...) que desvían el interés intelectual de esa clase hacia temas distintos de la mera secuencia causal de fenómenos, que es lo que constituye el contenido de las ciencias. Los hábitos de pensamiento que caracterizan la vida de la clase se establecen sobre la relación personal de dominio y sobre los conceptos de comparación odiosa que se derivan de dicha relación: honor, valía, mérito, carácter y otros semejantes. La secuencia causal que constituye el objeto de las ciencias no se percibe desde este punto de vista." (374)

El interés cognoscitivo de la materia de que se trate se ve desplazado por intereses relativos a méritos pecuniarios "o cualquier otro tipo de mérito honorífico" en la atención de la clase ociosa, y así se explica gran parte del peso de los clásicos en la educación—clásicos que solían ser síntoma y señal de clase, especialmente en el mundo anglosajón. Y aquí vemos un interesante pasaje casi autobiográfico donde Veblen explica de dónde surge la perspectiva oblicua, irreverente y poco atenta a las formas y convenciones en su propio discurso sobre los valores sociales y the old school tie:

"El auténtico caballero ocioso de buena crianza debe ver, y de hecho ve, el mundo desde el punto de vista de la relación personal; y el interés cognoscitivo, en la medida en que logra afincarse en él, tiene que tratar de sistematizar los fenómenos sobre esa base. Tal es el caso del caballero de la vieja escuela, en el cual los ideales de la clase ociosa no han sufrido ninguna desintegración; y tal es la actitud de su descendiente de última hora, en la medida en que es heredero de todo el conjunto de las virtudes de la clase alta. Pero los caminos de la transmisión hereditaria son engañosos, y no todo hijo de un caballero presenta esas características. De manera especial, la transmisión de los hábitos de pensamiento característicos del señor depredador es un tanto precaria en aquellas líneas hereditarias en las que sólo una o dos de las últimas generaciones se han educado en la disciplina de la clase ociosa. Las posibilidades de que se presente una fuerte inclinación, congénita o adquirida, hacia el ejercicio de las aptitudes cognoscitivas son, al parecer, mayores en aquellos miembros de la clase ociosa que tienen antecedentes de la clase baja o de la clase media; es decir, en aquellos miembros que han heredado el conjunto de aptitudes propias de las clases que trabajan, y que deben sus puestos en las clases ociosas a la posesión de cualidades que tienen más importancia en el día de hoy de la que tuvieron en la época en que se formó el esquema general de la vida de la clase ociosa. Pero incluso fuera de estas últimas adquisiciones de la clase ociosa, hay un número suficiente de individuos en los cuales el interés por establecer comparaciones odiosas no es lo bastante dominante como para dar forma a sus concepciones teóricas, y en los cuales la proclividad hacia la teoría es lo suficientemente fuerte como para llevarlos a la investigación científica." (375)

Otra perspectiva intrusa o externa más directa viene de aquellos miembros de las clases trabajadoras que han podido realizar estudios superiores y que aportan a ellos todas las aptitudes de su clase hacia el trabajo productivo y un insuficiente interés por la ostentación del ocio y de las señales de clase. Este grupo (en el que se ubicaba el propio Veblen) es, al decir suyo, "el que ha aportado una contribución mayor" al progreso de las ciencias en un ambiente donde la educación es ante todo marca de status. Otra influencia externa sobre la academia viene de los métodos desarrollados en el campos científicos extra-académicos—como la investigación industrial—que luego llevan a cambios de método cuando se introducen en las disciplinas académicas. La formación técnica va más orientada a la eficacia o destreza intelectual o manual, y a esas relaciones causales impersonales entre los fenómenos que según Veblen son tan ajenas a la obsesión de la clase ociosa con el impacto honorífico de los hechos. En este contexto hay que situar el desplazamiento gradual de las humanidades por las ciencias. Este capítulo de Veblen es todo un tratado sobre the two cultures, las dos culturas humanística y tecnológica, avant la lettre y con una dosis doble de crítica ácida. El sarcasmo de Veblen hacia los ideales de las humanidades y su raíz social es considerable:

"Las ciencias se han introducido en la disciplina del hombre de estudio desde fuera, por no decir desde abajo. Es de notar que las humanidades, que tan de mala gana han cedido terreno a las ciencias, están bastante uniformemente adaptadas para modelar el carácter del estudiante según un esquema de consumo tradicional y egocéntrico; un esquema de contemplación y goce de lo verdadero, lo bello y lo bueno, con arreglo a una norma convencional de lo que es apropiado y excelente, cuya característica sobresaliente es el ocio —otium cum dignitate—, en un lenguaje velado por su propia habituación al punto de vista arcaico y decoroso, los portavoces de las humanidades han sostenido el ideal encarnado en la máxima fruges consumere nati [nacidos para consumir los frutos de la tierra]. Esa actitud no debería causar sorpresa en las escuelas que han sido modeladas por una cultura de clase ociosa y están basadas en ella." (380)

La clase ociosa de Antigüedad clásica se tomaba (en las educación tradicional de las clases altas anglosajonas a las que se refiere Veblen) como una proyección idealizada de la propia clase ociosa, como un ideal "más alto" o "más noble"—idealizando o ignorando los propios motivos que movían a esas clases en la Antigüedad, sus propias tácticas explotadoras, etc.  La propia antigüedad de la tradición clásica funcionaba de por sí como un valor de estabilidad y legitimación—pues "En igualdad de condiciones, cuanto más larga e ininterrumpida sea la habituación, más legítimo es el canon regulador del gusto en cuestión" (381).  Lo mismo podría aplicarse al establecimiento de un canon de autores modernos en la evolución posterior de los estudios humanísticos.

"Los clásicos y su posición de privilegio en el esquema de educación, al que se aferran con tan afectuosa predilección los seminarios superiores del saber, sirven para dar forma a la actitud intelectual y rebajar la eficiencia económica de la nueva generación instruida. Hacen esto no sólo manteniendo un ideal humano arcaico, sino también esforzándose en distinguir entre el conocimiento cuya posesión realza la buena reputación y el que la daña." (383)

Una formación inútil es una de esas señales de ocio ostensible con las que se adorna la clase privilegiada según Veblen—y es al abrigo de esa clase donde se ha desarrollado el ideal de la erudición. "Normalmente, se espera que se hayan empleado un cierto número de años en adquirir esa información sustancialmente inútil; y cuando falta, se asume que se trata de un saber apresurado y precario, de carácter vulgarmente práctico, que es igualmente perjudicial para las normas establecidas que determinan la sólida erudición y el vigor intelectual" (384).

"La convencional insistencia en que ha de haber un cierto derroche ostensible como elemento de toda educación respetable ha afectado nuestros cánones de gusto y de utilidad en materia de educación, de manera muy parecida a como ese mismo principio ha influido en nuestro juicio acerca de la utilidad de los bienes manufacturados.
     Es verdad que, como el consumo ostensible le ha ganado más y más terreno al ocio ostensible como medio de conseguir y mantener una buena reputación, la adquisición de las lenguas muertas ya no es una exigencia tan imperativa como lo era antaño, y que su virtud talismánica como garantía de saber ha sufrido una correspondiente disminución" (385).

Es en torno a los clásicos donde la erudición encuentra su terreno más favorable: "Los clásicos sirven a los fines decorativos del saber de la clase ociosa mejor que cualquier otro cuerpo de conocimientos; de ahí que resulten ser un medio eficaz de lograr una buena reputación" (385). Pero este prestigio del arcaísmo va más allá de la erudición sobre autores, y afecta a los usos lingüísticos—así Veblen propone una teoría de los registros lingüísticos asociada  al valor simbólico de las palabras, a las prioridades de la clase ociosa, y al intercambio de sus señales de prestigio favoritas. Habría que señalar que el lenguaje formal va normalmente unido a un uso intertextual de los clásicos o del conocimiento establecido, como apoyatura intelectual y acreditación. El virtuosismo lingüístico en otras áreas puede igualmente ir unido a un conocimiento especializado de otras trivialidades (la moda, el

"El término 'clásico' implica siempre esta nota derrochadora y arcaica, tanto si se usa para denotar las lenguas muertas o formas obsoletas o caídas en desuso de pensamiento y dicción en el lenguaje vivo, como si se emplea para denotar otras formas de actividad o ceremonial académicos a los que se aplica con menor propiedad. Así, se habla de la forma arcaica de la lengua inglesa como de inglés 'clásico'. Su uso es imperativo siempre que se hable y se escriba sobre temas serios, y la facilidad en su empleo dignifica hasta la charla más tópica y trivial. La forma más nueva de dicción inglesa, por supuesto, no se escribe nunca. Ese sentir característico de la clase ociosa, que requiere un modo de hablar arcaico, está presente incluso entre los escritores más anti-literarios o sensacionalistas, con fuerza suficiente para impedirles caer en semejante lapsus. Por otra parte, el más elevado y convencional estilo de dicción arcaica sólo es de uso apropiado—de manera notablemente típica— en las comunicaciones entre una divinidad antropomórfica y sus súbditos. A medio camino entre los dos extremos se encuentra el lenguaje cotidiano empleado en la conversación y la literatura de la clase ociosa" (387).


La misma ortografía inglesa es para Veblen un ritual de conservadurismo y de exhibición de ocio ostensible—al no ser funcional, "satisface todas las exigencias de los cánones que regulan la buena reputación bajo la ley del derroche ostensible"—y es una prueba del algodón de una buena formación. Con estas observaciones sobre las propiedades lingüísticas y el estilo culto termina Veblen su Teoría de la clase ociosa, y detectamos aquí un cierto sentido reflexivo y autodescriptivo—descriptivo de la empresa de desenmascaramiento de los rituales de la clase ociosa emprendida por Veblen. El libro está escrito en un estilo formal y aquí se nos explica por qué—porque es el único que puede granjear respeto y atraer la atención de la clase de público a la que va destinado, cuyos valores critica. Tiene Veblen así su cierta dosis de provocador bien pertrechado, y quizá mate dos pájaros de un tiro al observar en su último párrafo que "la ventaja de las locuciones acreditadas estriba en fomentar la buena reputación"—me refiero obtiene Veblen buena reputación (?) en la institución académica por el procedimiento de cuestionar los presupuestos mismos de la noción de buena reputación y el clasismo que le subyace. Era una batalla personal que tuvo que librar el autor a lo largo de su vida.



 
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lunes, 1 de marzo de 2010

Todas las lenguas NO son iguales

De hecho igual no lo es ninguna, ni consigo misma. Ni todas las lenguas son iguales, en categoría y consideración, ni lo son todas las hablas dentro de una misma lengua. En todas partes hay clases y categorías. Y al margen de su riqueza gramatical o léxica, las lenguas (y las hablas) están permeadas de esos valores simbólicos que decía Bourdieu, material delicado.

 
El jueves pasado estuve en una conferencia que daba una catedrática de Lingüística General e Hispánica de mi facultad, Mª Antonia Martín Zorraquino, "La determinación de la lengua ejemplar: sobre el problema de la corrección idiomática en las lenguas humanas." La Dra. Zorraquino repasó los pronunciamientos de algunos ilustres normativistas y pulidores de la lengua española, en especial R. J. Cuervo, Lázaro Carreter y Mariano de Cavia. Recordó, con L. Trask, que la fijación de una lengua estándar va ligada a una norma escrita, que no siempre se extiende a la pronunciación, y que es algo que requiere un desarrollo: no todas las lenguas desarrollan un estándar culto o lengua ejemplar (de hecho muchas lenguas no tienen forma escrita).

Veamos algunos criterios y pronunciamientos sobre el estándar lingüístico allí citados. Cuervo prescribe, como criterios esenciales y jerarquizados para determinar la corrección idiomática (que se plasmará en la lengua ejemplar) "el uso general y respetable de la lengua", es decir,
"lo que de todos y donde quiera es usado y entendido es parte integrante de la lengua; puesto en contradicción el uso general de hoy con el de épocas pasadas, hay que sujetarse al de hoy; cuando discrepan el común de la gente culta y el vulgo, la práctica de aquélla da la ley". (Cit.  por Martín Zorraquino).
  Criterios éstos que son a un nivel sensatos y comprensibles, no lo negaré. Pero se les pueden también buscar las cosquillas rápidamente. Por ejemplo, aceptando que lo que de todos y donde quiera es usado y comprendido es parte integrante de la lengua (ejemplar), queda la pregunta de si únicamente eso es parte de la lengua ejemplar. Si algo no es usado y entendido de todos, ¿entonces ya no será estándar o ejemplar? Porque se nos va a quedar la lengua en muy poco, visto que hay poco realmente que todos conozcan y, aún menos, usen. Quitando las mil palabras básicas y los rudimentos de la gramática y aún me quedo largo.

Por otra parte, también hay una dinámica más compleja con el pasado de lo que sugeriría la definición de Cuervo. A veces necesitamos usar una forma desusada. Otras veces se nos planteará el dilema siguiente: si somos gente culta, ¿debemos seguir la norma de la gente culta? ¿O sólo la de los demás, exceptuándonos a nosotros? ¿Hasta dónde llevar la independencia de nuestro propio criterio? Si sólo vamos a decir lo que dicen los demás cultos, muchas veces tendremos que callarnos, también. El normativismo no se lleva bien con la creatividad verbal, desde luego. Ésta nunca es normativista y se salta lo gramático, cuando lo estima o por turno.

A mí siempre me ha llamado la atención cómo la preocupación por la corrección lingüística va unida casi infaliblemente a una rigidez mental preocupante y a una voluntad de hacer corregirse a los demás, insistiendo en la incorrección de su expresión en lugar de atender a las circunstancias o voluntad expresiva que dan lugar a esa incorrección. Sirva de ejemplo el vocablo ostentóreo acuñado creo que por aquel Jesús Gil al que retrataba. Evidentemente, ni ostentoso ni estentóreo ni separadas ni juntas expresan lo que era el discurso del personaje en sus dimensiones adecuadas.

Otras veces, el señalar la incorrección es un mero congratularse en la norma marcada como prestigiosa, de una manera un tanto arbitraria. En español se dice tanto, o más, "habían fiestas en el pueblo" como "había fiestas en el pueblo"; la principal diferencia es que la primera expresión nos gana un abucheo, y nos caracteriza como de floja educación... y sin embargo a veces lo importante son las fiestas, y no que las haya o las haiga. Lo mismo con el relativo deque, intolerable para muchos, que al parecer no creen en su existencia y lo confunden con una preposición antepuesta innecesariamente al relativo que (variante libre suya en muchos casos). En fin, que nos ponemos etiquetillas todo el rato unos a otros, endeque abrimos la boca. Y ésa es al parecer una de las funciones más importantes del lenguaje en una sociedad compleja: ponernos en el brete de demostrar que somos capaces de sonar completamente convincentes escribiendo, o hablando en su caso, el estándar culto y correcto. Es un examen permanente, y estamos sometidos a vigilancia propia y ajena.

Tenía lo suyo el programa de Radio Cinco "Hablando en plata", en su formato antiguo. Allí, dos presentadores se dividían los papeles. Él iniciaba el programa en broma o informalmente, usando incorrectamente alguna forma o aludiendo de manera graciosa a esa incorrección, o yéndose por los cerros de Utebo. Ella, a modo de bibliotecaria con moño y gafas, explicaba a continuación la norma más estricta de la corrección. Y terminaba el programa él, con una pulla lanzada al uso correcto, con un juego de palabras, o con una puesta entre comillas de lo dicho por la bibliotecaria. Es curioso que en su formato reciente (más soso y rígido) nos hemos quedado sólo con la parte normativa del programa.

Y es una tendencia universal pero casi una obsesión española que el usuario de a pie acude siempre a la Real Academia para darle en la cresta a alguien con el diccionario, o con la gramática: ¡Habla bien! —y la Academia no se limita a observar lo que se dice, como si fueran gramáticos ingleses sin academia, sino que reglamenta lo que es correcto y no decir. Somos realmente aficionados a separar el lenguaje bueno del mediano y del malo, por difícil que esté la cosa a veces y por muchas contradicciones en que incurramos con estas operaciones.

El más destacado y popular normativista reciente fue Fernando Lázaro Carreter, con sus obras sobre El dardo en la palabra, despotricando contra todos los que atentasen contra el genio y usos de la lengua. El uso ejemplar del idioma según Lázaro surge, cito según Martín Zorraquino, de
"un sentido profundo de los recursos de la propia lengua, que sólo se logra con la lectura abundante de quienes antes la han empleado, combinada con un sentimiento claro de sus deficiencias y necesidades, y también con algo tan indefinible como es el buen gusto idiomático, la capacidad para discernir si la novedad casa bien con lo llamado antiguamente ´genio de la lengua´."
 Muchos normativistas se indignan con el uso de extranjerismos inútiles, pero todos cuidan de subrayar que aceptan la evolución del idioma y el neologismo necesario, cuando realmente lo es. Así, Mariano de Cavia decía,
"Suponer (...) que yo soy un enemigo en seco y sin discernimiento de toda clase de neologismos, echándomelas de purista intolerante y arcaico, es lo mismo que suponerme enemigo del petróleo, del gas y de la luz eléctrica, porque Cervantes escribía a la luz de un velón o de un candil."
 Recomienda Cavia desarrollar los neologismos a partir de los clásicos, del griego y del latín, y mantener un equilibrio razonable entre corrección y modernidad que cita con aprobación Martín Zorraquino:
"¡Pero mucho cuidado con abusar de la lengua madre y del idioma abuelo! Sería lamentable (...) que en el punto mismo de haber alcanzado el castellano su plena soltura (...) tornásemos a encadenarlo (...) con las rigideces de una lengua muerta. (....). Todo es cuestión de pulso, de buen gusto y (...) de verdadero amor a nuestra lengua. El mejor estilo es el que Juan de Valdés, adelantándose a Cervantes, recomendaba con su propio ejemplo: "(...) Escribo como hablo." (Mariano de Cavia, 1922)
 Aunque se me ocurre a mí que si escribiésemos como hablamos, sin cuidar a la vez de hablar como escribimos, se iba a acelerar bastante la depravación evolutiva ésta del idioma. Otros normativistas clásicos aconsejan: No seas el primero en utilizar una palabra, ni el último en hacerlo. Es un excelente consejo para la áurea mediócritas, aunque yo tengo tentaciones irrefrenables de ser el primero en utilizar tal vocablo, y el último en utilizar tal otro, y a veces las dos cosas a la vez con tal o cual hapax que no cuajará ni conmigo.

En la sesión de preguntas, observé que en este apego a la lengua unificada y modélica y a la norma había no sólo actitudes lingüísticas y gramaticales, sino cuestiones ideológicas y políticas de mucho calado que los normativistas muchas veces no reconocen. Las usan implícitamente, pero pocas veces teorizan de modo explícito la dimensión ideológico-política de sus políticas y policías lingüísticas. Sería útil acudir al concepto de comunidad imaginada, o de utopía incluso, para explicar esta voluntad de unidad, de regulación y de regularización. Las cosas que la gente dice de dos o más maneras, ¿por qué habría que decirlas de una sólo? En muchos casos es ésta la dinámica a que conduce a la gramática normativista, o la que la conduce a ella más bien. Hay que unificar, y si es preciso, movilizar los recursos de la ignominia y la vergüenza para que una de las dos formas sea inaceptable. Claro que a veces es un problema saber cuál de las dos ganará la batalla. Una asistente observó que ella era la única persona que conocía que usaba los imperativos plurales en -d, en lugar de la forma pseudoinfinitiva en -r: y admitía la Dra. Zorraquino que puede existir simultáneamente el estigma de incultura asociado a la segunda forma, y el estigma de pedantería o desuso asociado a la primera. Son casos en movimiento, al parecer.

A mí me parecen especialmente interesantes como objeto de estudio las instituciones concretas, y los actos de discurso concreto, en los que se invoca, requiere o impone el estándar. Y su relación con el ejercicio del poder, con los actos de dominación, con los grupos étnicos, políticos o sociales dominantes, etc. cosas que normalmente evitan tratar los normativistas, o no les interesa mucho fijar su mirada en ellas.

Otra cuestión que surgió en el debate fue el caso práctico del catalanoaragonés de la Franja (algo que había estudiado la Dra. Zorraquino en tiempos). Yo observé el caso práctico de intervención legislativa que se ha producido: donde había unas variedades mal definidas, unas hablas sin nombre ni gramática aparte del "chapurriao", ahora había no una lengua, sino una variedad mal hablada del catalán, por decreto. Vendrían los educadores catalanoparlantes ahora a enseñar a los de la Franja a hablar buen catalán. He de decir que la Dra. Zorraquino no aceptó este planteamiento de la cuestión, y señaló que hay muchas variedades en el catalán, más allá de la franja, y que con buena voluntad se puede aceptar la ventaja que suponga para los hablantes del "chapurriao" sumarse a una comunidad lingüística más numerosa que también contiene otras variedades. Y también para los aragoneses, dijo, aceptar el catalán como 'lengua propia' de Aragón. (En fin, a mí me sigue pareciendo una cuestión de normativización muy polémica, habida cuenta sobre todo del delirio nacionalista que infecta en años recientes todo lo catalán).

Otra intervención más tuve al final de la conferencia: la comparación entre idiomas y carreteras. Ésta gusta de hacerla mi padre, Ángel García Pomar, para quien las lenguas son como vías de comunicación. Son, de hecho, vías de comunicación, literalmente. Unas lenguas son autopistas de muchos carriles, para comunicaciones internacionales con alta capacidad y alto tráfico como el inglés... y hoy en día únicamente el inglés. Otras, siendo también autopistas internacionales, son más modestas, como el español. Hay lenguas que son como carreteras nacionales (el húngaro pongamos) o regionales (el catalán). Y hay lenguas que son caminos de cabras. Para transportar determinado volumen de mercancía, o determinado tipo de mercancía, no es adecuado el camino de cabras.

Ésta es una noción que algunos asistentes calificaron de "peligrosa", pues supone una desigualdad de las lenguas; y el mito (o dogma) de la igualdad de todas las lenguas es particularmente característico de la lingüística moderna (estructural). No de la lingüística clásica, naturalmente, que tenía muy claro que hay lenguas mejores que otras. Pero la gramática estructuralista, y quizá especialmente la superestructuralista de los chomskianos, ha llevado a apreciar desmedidamente la "igualdad" de las lenguas, una igualdad basada (paradójicamente quizá) precisamente en su diferencia: cada lengua es por definición estructuralmente disimilar (si no no sería otra lengua) pero esas estructuraciones son en cierto modo "gratuitas" o irrelevantes: tan buena es una como otra.

Esto es así, claro está, si sólo nos fijamos en aquellos aspectos de la lengua favorecidos por los estructuralistas o generativistas. O por los "lingüistas" en sentido estricto. Pero los filólogos (o sea, lo que solían ser los lingüistas) tienen una noción diferente, en la que se incluyen la historia, vida y avatares de la lengua, y también la literatura aneja a la misma y que la constituye. También los analistas del discurso y los sociolingüistas. Y bien harán los filólogos en fijarse también en la capacidad de una lengua dada para crear discursos especializados, capaces de adaptarse a las diferentes necesidades expresivas y contextuales de las disciplinas, de las ciencias, de las profesiones, de las subculturas... Sólo las lenguas relativamente potentes desarrollan una gama apreciable de estas variedades. Volviendo a nuestra analogía de la carretera, si hay que transportar una mercancía muy voluminosa o que requiere un vehículo adaptado, el camino de cabras no será buena opción. 

Lo de que todas las lenguas son igual de buenas, o igual de dignas, a mí me suena tan buenista y tan realista como la frase parecida de que todos los seres humanos son iguales o que todos los seres humanos son igualmente dignos. Algo que sin duda gusta oír a muchos, y decir también y repetir, pero que tiene poco sentido si se contrasta con la realidad. Tampoco es sólo que unas lenguas sean más afortunadas de modo puramente cuantitativo, porque tienen muchos hablantes, más masa crítica digamos. El número de hablantes va relacionado con una mayor potencia discursiva. Una lengua poderosa arrastra consigo gran cantidad de textos, contextos y discursos, y eso la hace más rica cualitativamente, no sólo cuantitativamente. Le da más plasticidad, variedad y potencia de expresión, más precisión. Al margen de que, siendo que ningún hablante domina toda la lengua, sino una pequeña parte de ella, una lengua con muchos hablantes es una lengua muy trajinada, muy explorada y activa, mucho más dinámica. Comparar según qué lengua con según qué otra es equiparar, como decía el tango "Cambalache", a un burro con un gran profesor. Los dos igualmente dignos, sí, a un cierto nivel. Pero sólo a un cierto.
A quienes crean que todas las lenguas son iguales, no puedo sino remitirles a las bibliotecas para una visualización de la cuestión en términos cuantitativos: ¿en qué lenguas están los libros allí contenidos? ¿En qué lenguas están las revistas científicas, especializadas, etc.? En muchas, naturalmente. Pero no en todas. Y allí donde no se aprecian muchas diferencias cualitativas a simple vista (pues podemos aceptar en principio que en húngaro se puedan decir tantas cosas como en español) sí se apreciarán las cuantitativas.

El inglés, naturalmente, domina y arrasa, como lengua mundial que es no sólo lengua de los angloparlantes. Es extraño que LA lengua mundial, el inglés, no tenga una consideración más especial dentro del sistema educativo, y que se la eche en el saco de las "segundas lenguas". Otra ficción conveniente, u otro piadoso mito contemporáneo. O que el español, también lengua mundial, se intente reducir a un mero "castellano", e incluso se le intente subordinar por ley, con calzador, ante el catalán, un absurdo donde los haya. Pero es que, donde hay clases, la lengua poderosa y privilegiada despierta tanto deseo como hostilidad.


 
 

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