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viernes, 29 de noviembre de 2019

Los fusilamientos en la España de 1936


Así murió mi abuelo—así lo mataron—en 1936.





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miércoles, 26 de julio de 2017

El fraile y los fusilados

Comentamos el libro de Fray Gumersindo de Estella Fusilados en Zaragoza 1936-1939: Tres años de asistencia espiritual a los reos (Ed. Tarsicio de Azcona & José Ángel Echeverria; Zaragoza: Mira Editores, 2003), un documento de primera mano sobre los fusilamientos del bando franquista durante la guerra civil española, escrito por un confesor católico de la prisión.
 
Texto completo:

El fraile y los fusilados

https://ssrn.com/abstract=2999698


José Angel García Landa

Universidad de Zaragoza
Date Written: October 5, 2013


English abstract:

The Friar and the Shootings

A commentary of Friar Gumersindo de Estella's book on 'The Shootings in Zaragoza 1936-1939: Three Years of Spiritual Assistance to the Prisoners before Execution' (Ed. Tarsicio de Azcona and José Ángel Echeverria; Zaragoza: Mira Editores, 2003), a first-hand document on the shootings carried out by the Franquist side during the Spanish Civil War, written by a Catholic confessor attending the prisoners.

Notes: Downloadable document is available in Spanish.

Garcia Landa, Jose Angel, El fraile y los fusilados (The Friar and the Shootings) (October 5, 2013). Available at SSRN: https://ssrn.com/abstract=2999698
10 Pages Posted: 17 Jul 2017    




 
También aquí:
 

_____. "El fraile y los fusilados." In García Landa, Vanity Fea 5 Oct. 2011.* (Gumersindo de Estella).

         http://vanityfea.blogspot.com/2011/10/el-fraile-y-los-fusilados.html

         2011

_____. "El fraile y los fusilados."  Academia 23 Oct. 2015.*

         https://www.academia.edu/18316253/

         2017

_____. "El fraile y los fusilados." ResearchGate 12 July 2017.*

         https://www.researchgate.net/publication/318379950

         2017

_____. "El fraile y los fusilados (The Friar and the Shootings)." SSRN 17 July 2017.*

         http://ssrn.com/abstract=2999698

         2017

_____. "El fraile y los fusilados." In García Landa, Vanity Fea 26 July 2017.*

         https://vanityfea.blogspot.com.es/2017/07/el-fraile-y-los-fusilados.html

         2017

_____. "El fraile y los fusilados." Net Sight de José Angel García Landa 4 Jan. 2024.*

         https://personal.unizar.es/garciala/publicaciones/elfraileylosfusilados.pdf

         2024







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sábado, 28 de mayo de 2016

Retropost #955 (28 de mayo de 2006): Muertes paralelas / No se fusila en domingo



Me acabo de comprar Muertes paralelas, libro en el que Fernando Sánchez Dragó reconstruye la muerte de su padre Fernando (Sánchez) Monreal, asesinado por los falangistas en el verano de 1936, y vuelve sobre la manera en que ese hecho ha marcado su vida irremediablemente.

Me lo he comprado porque mi abuelo, Ángel García Benedito, maestro nacional y hombre bueno, fue también asesinado por los falangistas ese mismo verano de 36, dos meses antes, a pocos días del infame 18 de julio. Promete ser una lectura interesante. Todas las familias españolas están marcadas por la Guerra Civil, así que no creo que haya una afinidad tan espectacular en este caso, ni en el paralelismo de su padre con José Antonio Primo de Rivera que da título al libro de Sánchez Dragó. Pero sí hay claro, elementos en común. También cosas que matizar.

Se pregunta Sánchez Dragó por los asesinos de su padre:

¿De qué Falange estamos hablando? ¿En qué medida eran falangistas auténticos, camisas viejas, los energúmenos y recién llegados que impusieron por doquier, en toda la extensión de la zona nacional, durante los dos primeros meses de la guerra, su inicua ley del gatillo? ¿A qué tipo, a qué facción, a qué clase de Falange, en suma, pertenecían los asesinos de Fernando Monreal y Luis Carreño?

    Responde Julián Casanova, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y autor de varios libros sobre la guerra civil (Entre ellos, escrito a medias con Santos Juliá, Víctimas de la Guerra Civil, Madrid, 1999), en una entrevista de enero de 2003 recogida por Montse Armengou y Ricard Belis en su obra, ya citada por mí, Las fosas del silencio. Éste es su testimonio:

     "Cuando se produce la sublevación militar en julio del 36, Falange es un grupo minoritario que, a diferencia de otros partidos fascistas europeos, como el italiano y el alemán, no ha creado una organización de masas ni ha tenido éxito en la movilización política dentro del sistema democrático. A partir de julio del 36, Falange es un partido que crece en tromba, porque mucha gente —católicos, ex-votantes de la CEDA, etc.— se sienten protegidos por este partido que crea una imagen de violencia y exterminio de los rojos. Hay una parte de imagen y otra que es real. Sin ninguna duda, Falange es un partido de promoción de la violencia, que la pone en práctica durante el llamado terror caliente del verano del treinta y seis. Actúan de verdugos de muchas de las víctimas que estamos analizando en los últimos años. El ejército tiene que intervenir algunas veces, porque los falangistas se están extralimitando en sus funciones." (Ob. cit., pp. 53 y 54).

    Y añaden de su cosecha los autores del libro citado: 

"Falange Española era un grupúsculo político que en las elecciones de febrero de 1936 recibió tan sólo cuarenta y cinco mil votos y no obtuvo ningún diputado. Su estética uniformada, el culto a José Antonio Primo de Rivera y la utilización que Franco hizo de ella inflaron la presencia y la influencia de la formación. No es de extrañar que algunos investigadores opinen que aquel partido de estilo fascista y paramilitar se creó a medida para el golpe del 18 de julio. Ello resulta verosímil si pensamos en el papel que los camaradas de Falange desempeñaron en detenciones, torturas, violaciones, paseos, mareos, limpias y toda la terminología inventada para designar una sola cosa: asesinatos en los cuales se disputaban el protagonismo con los militares y la Guardia Civil. Joan M. Thomas, historiador que ha investigado a fondo la Falange, cree que una mayoría del partido participó con entusiasmo y por iniciativa propia en la represión, sobre todo en los primeros tiempos de la guerra." (Ob. cit. pp. 54 y 55). 
 
(Sánchez Dragó, Muertes paralelas 222-24)

Sobre la descripción de Casanova, aclararé que no la cito, (ni yo ni Sánchez Dragó, supongo) con ánimo de negar que grupos criminales/terroristas del bando contrario hayan cometido actos comparables— probablemente incluso más numerosos antes de la guerra, y menos reprimidos ésos por las autoridades del Frente Popular. Sí matizaría, estando de acuerdo con esta descripción en términos generales, que el calificativo de "verdugo" (aplicado hoy con frecuencia también a los terroristas etarras o islamistas) está invariablemente mal empleado. Un verdugo ejecuta a un reo por mandato legal tras un proceso judicial; estos falangistas eran grupos terroristas no amparados por ninguna legalidad que ni yo, ni Casanova, ni Sánchez Dragó supongo, reconozcamos. De ahí que el término esté mal utilizado para describir a esas pandillas falangistas: eran asesinos, no verdugos. Un verdugo es lo que hubieran merecido ellos, en un mundo mejor ordenado. 

Continúa inmediatamente Sánchez Dragó, comentando la exposición de Las fosas del silencio:

Bien. . . o mal. O las dos cosas. Separemos el trigo de los datos de la paja de las opiniones. Todo lo que dice Julián Casanova es cierto, o lo parece, aunque no sobraría recalcar que la promoción de la violencia llevada a cabo por la Falange fue posterior al Alzamiento [tch tch, ese lenguaje . . . ] y no —en contra de lo que la propaganda izquierdista, [sic la coma] ha conseguido infundir en muchas molleras de ésas, tan abundantes, a las que nada importa deglutir ruedas de molino- anterior a él. Al Alzamiento, decía. . . [re-sick] (Sánchez Dragó, 224).

Supongo que cada uno cuenta la guerra según le va. Pero debería informarse más Sánchez Dragó antes de pontificar así sobre la inocencia original de la Falange. A mí desde luego me deja un tanto escéptico . . . 

Tampoco es de recibo, sino que antes bien suscita indignación, la mía al menos, lo que Armengou y Belis hacen al dar por buena —no es de extrañar, dicen— la delirante opinión, sostenida, al parecer, por algunos investigadores, cuyos nombres no citan (aunque con esta observación no esté poniendo yo en duda su existencia, seguro que los hay, y a chorro) de que la Falange se creó,  vivir para oír, ¡a medida para el golpe del 18 de julio! Ni que decir tiene que los signos de indignación, que no, en modo alguno, de admiración, son míos. (Sánchez Dragó, 224)

Aquí critica Sánchez Dragó el hindsight bias que supone el ver en la fundación de la Falange una prefiguración de la Guerra Civil. Y pasa a culpar al vandalismo del Frente Popular el crecimiento del desorden que llevó a la espiral de violencia. Bien, desde luego la fecha del 18 de julio no aparece en el acta fundacional de la Falange. Pero, habida cuenta de los precedentes fascista y nazi, ¿alguien puede dudar que estaba entre los sueños, delirantes quizá entonces, de la Falange, el hacerse con el poder al estilo camisa parda, negra, o azul, y arramblando con el régimen, comunista o demócrata, que hubiese en su momento? ¿Se iban a suprimir los partidos, y "el capitalismo", y se iba llevar a cabo el programa joseantoniano, sin usar la violencia? Vamos, hombre. . .  menos indignación, y más clarividencia, que estás escribiendo memoria histórica, no desmemoria. Los demócratas escaseaban en el 36, tanto en la derecha como en la izquierda; ambas estaban más que dispuestas a hacerse con el poder por la fuerza, y a llevar a cabo lo que ambas denominaban una Revolución—que ya se sabe que no son pacíficas. Y quienes sí eran demócratas en teoría, y debían haber sabido mantener la ley y gobernar con justicia, tampoco lo supieron hacer, y se dejaron llevar por sectarismos y favoritismos. E indultaron a golpistas de toda especie.

Pero lo de Sánchez Dragó es un caso de trauma político profundo—para acabar en este libro declarando su admiración a la Falange actual y a la de José Antonio, a las que por una extraña maniobra mental no asocia apenas con la Falange que realmente existía en 1936. Sobre las raíces de esta pirueta conceptual, y de la simbología traumatizada que subyace a ella, puede verse mi comentario en el artículo "Paralelismos traumáticos".
Pero quieras que no, tiene que reconocer Sánchez Dragó algunas dur’simas verdades . . .  que de eso va su libro, se supone:

Pero es, efectivamente, y por desgracia, exacto lo que los dos autores en cuestión dicen acerca del triste y bárbaro papel que motu propio [proprio, más propriamente] desempeñó la Falange, o quienes por falangistas se despachaban [¿¿?? —ah. ¿igual eran rojos, o esperantistas?], en los primeros meses del conflicto.
    Será, concluyen Armengou y Belis, "posteriormente cuando comiencen las discrepancias al ver algunos falangistas que el objetivo de Franco de exterminar al enemigo se perpetúa: algunos camisas azules creen que esa aniquilación puede ser contraproducente para el partido y para su proyecto de España, más integrador [tras la desintegración del enemigo y del chivo expiatorio, será]; el propio Manuel Hedilla, jefe de la Junta Provisional de Falange, dirige a sus subordinados una circular en la que les advierte:
’Insisto con el máximo interés en que las operaciones de represión se controlen con todo celo, no cumpliendo otras órdenes que las dictadas por las autoridades competentes [tiene chiste esto de las ’autoridades competentes’]. Es menester evitar que sobre la Falange se eche una fama sangrienta que pueda perjudicarnos en el porvenir. No se castigará a nadie sin averiguación de sus antecedentes y sin orden de la autoridad competente’." (Ob. cit., p. 55)
Lo malo —lo malo, se sobrentiende, para mi padre y, en consecuencia, también para mí —es que la circular de Hedilla no se cursó hasta el 29 de septiembre. ¡Demasiado tarde, una vez más, para que de ella se beneficiaran Monreal y Carreño! [¿y más gente, se sobreentiende? Aunque los criterios de Hedilla para el asesinato organizado administrativamente eran también muy inclusivos]. Pero, en todo caso, y por eso cito lo que cito, siguen cuadrando al dedillo las cuentas relativas a lo cerca —horas, días, dije— que anduvo mi padre de salvar el pellejo.  Ya sé que los quejíos de plañidera emitidos a pitón pasado no sirven para nada, ni, menos aún, resucitan al difunto, pero una y otra vez, tenaz, machacona, estalla y tabletea, dentro de mí esa pueril exclamación, más propia de espectadores de partidos de fútbol o de jugadores de lotería que de adultos dotados de sentido común y criterio, que reza:
—¡Huy! ¡Por un pelo!
O por un palo: el de la portería.

En el caso de mi abuelo, ni pelo ni cabellera. Fue el primer asesinato de la comarca. Quizá hubiera podido escapar a Francia, como mi otro abuelo, con la cuadrilla de requetefachas pisándole los talones. . .  Pero claro, no tenía ninguna razón para escapar de nadie—de nadie racional. Y mucho confía Sánchez Dragó en el "orden" que puso Hedilla (ná menos . . . ). No debería. Los fusilados por orden de la Autoridad golpista están igual de fusilados.

Y es que, por infantil que parezca mi reacción, eso es exactamente lo que me sugiere el cúmulo de datos y opiniones, procedentes de los dos bandos en liza, con los que sin proponérmelo, y en desorden, al hilo de la concepción y la elaboración de este libro, me he ido topando hasta llegar a la convicción —la tengo— de que en la zona nacional, como mínimo y quizá tambien en la otra, pero de eso hoy por hoy no estoy seguro (más bien me inclino por lo contrario), la represión ciega, indiscriminada, injustificada, indocumentada, de quienes no eran combatientes sino pueblo a secas, y vestían de paisano, se detuvo muy pronto, en la segunda mitad del mes de septiembre, debido a la confluencia de tres vectores: la llegada a las cárceles de los efectivos de la Cruz Roja, el férreo control establecido a partir de un determinado momento por las fuerzas armadas y la toma de conciencia de los mandos de la Falange genuina [¿¿los buenos?? ¿¿ya había dos Falanges??] respecto a las atrocidades que como perros rabiosos sin correa, vacuna ni bozal estaban perpetrando sus supuestos conmilitones. [El supuestos juro que es de Sánchez Dragó; el Times 18 es mío).

Wikipedia: En 1944 fuentes del Ministerio de Justicia aseguraron que unos 190.000 prisioneros murieron o fueron ejecutados en prisión. Como se ve, hay opiniones para todo. . . La represión y exterminio, ya no desorganizados, sino sistemáticos, continuaron durante años. A mí el convencimiento aparente de Sánchez Dragó de que tras unos meses sólo hubo muertos en combate, o la cortina de humo que se echa ante los ojos con las ejecuciones legales del franquismo, no sé, me parecen un tanto pasmosos. 

"¿Conmilitones? Bueno, bueno . . .  Dejémoslo, con grima y rima fácil, en matones, en killers,  en sicarios a sueldo, que en muchos casos, aunque no, desde luego, en todos, ni siquiera podían esgrimir en su descargo el nauseabundo atenuante de que obedecían órdenes o la coartada ideológica, aún más repulsiva, de que actuaban así para extirpar la mala hierba del país, orear la atmósfera y salvar la patria. Lo digo con la autoridad que para ello me confiere otro dato, otra certeza casualmente aportada por el zigzagueo de las lecturas, conversaciones e investigaciones que preceden o corren paralelas al alumbramiento de este libro. Me refiero a la horripilante hoja de pagos reproducida por Armengou y Belis en su tantas veces por mí citada obra y relativa a la contabilidad llevada a cabo por la delegación de Falange Española en el pueblo sevillano de Los Corrales durante varias semanas del año de 1936 (Ob. cit., p. 264). En ella, taxativa y contundentemente, con modos, modales, pelos y señales que no dejan mucho espacio para la duda, se incluyen "listados con nombres de personas que reciben dinero de la tesorería local de la Falange. Llama la atención que algunas personas percibieran en distintas épocas unas cantidades que eran considerables en la éoca, pero aún sorprende más que la cifra de treinta y cinco pesetas, que se repite con frecuencia, fuera el precio que se consideraba que correspondía cobrar por asesinar a alguien. Si tenemos en cuenta que en Los Corrales murieron asesinadas setenta y ocho personas y que los nombres de quienes cobran son los que distintos testimonios apuntan como los de quienes se ocupaban de llevar a los detenidos al cementerio —donde los ejecutaban después de haberles hecho cavar su propia fosa— el documento resulta revelador en lo tocante a la responsabilidad de elementos de la Falange en aquellos crímenes". (Ob. cit., p. 56)
     ¡Siete duros! Un pastón. Se entiende que hubiese tantos animales dispuestos a convertirse en asesinos. Todo necio confunde valor y precio.
     ¡’No, no! ¡qué digo! ¿Siete duros? Muchos más, porque ése era el precio per cápita, y podían ser bastantes las cabezas de ganado —como a tales, de hecho, las consideraban y trataban— que en cada limpia, en cada operación de higiene ideológica, eran conducidas al matadero.
     Me pregunto si cobraron los asesinos de mi padre esa u otra cantidad y lo que, caso de ser así, hicieron con ella. . . ¿Irse de putas? Seguro que no. Iban, entonces, muy baratas, y para eso, además ya dispon’an, y por añadidura gratis, de sus respectivas madres.
     Aunque fuesen unas santas.
     "Pablo Uriel tenía veintidós años y la carrera de médico recién acabada cuando, aquel aciago julio de 1936, se desencadenó la guerra. . . "
     Pertenecen estas líneas al prólogo añadido por Ian Gibson a la excelente obra de narrativa autobiográfica No se fusila en domingo (Pre-Textos, Valencia, 2005), en la que el médico citado —que era, por cierto, de Soria, como yo llegué a serlo, ya talludo, por vía de generosa decisión municipal— evoca las vicisitudes de su existencia, y algunas de las de España durante el mismo período, en los años de la guerra civil. Viene a cuento, me parece, reproducir ahora algunos párrafos de su libro: (Sánchez Dragó, 226-28)

Con este testimonio de Pablo Uriel narra Sánchez Dragó, por vía interpuesta, el asesinato de su padre, mejor que en propia voz. Es sorprendente en el texto que sigue, valiente y estremecedor, y a la vez consciente de la importancia del lenguaje, cómo continúa, sin embargo utilizando el vocabulario de los terroristas para describir sus crímenes, a la vez que denuncia esa infección del lenguaje ("verdugos", "paseos", "ejecuciones"). Y con esos párrafos de No se fusila en domingo termino yo este post tan largo y tan hablado por vía interpuesta. Son éstos:

    "El papel de verdugos y ejecutores se asignó en Zaragoza a los falangistas y a la Guardia Civil. En la ciudad existían pocos falangistas antes del 18 de julio, pero sus filas fueron engrosadas rápidamente por miembros de otras organizaciones de derechas. Se podía seguir muy bien el proceso mental que les conducía a la pendiente de las ejecuciones. En la práctica, todo falangista intervino alguna vez en esos asesinatos, considerados por sus jefes como actos de servicio a la patria. Si el acto daba lugar a una conmoción psíquica de rechazo o repulsión, el hombre se enrolaba en seguida en alguna unidad combatiente y marchaba al frente, ansiando una lucha más noble. Aquellos que descubrían en disparar sobre un hombre indefenso una fuente de placer quedaban adscritos de modo permanente a las escuadras de verdugos. [Verdugos a sueldo de un régimen fascista, asesino y traidor, repito: no verdugos sin más]. Poco a poco, por un mecanismo de selección, fueron quedando en la retaguardia agrupaciones de jóvenes sádicos a los que se dio amplios poderes para la limpieza. Ellos usaron y abusaron de estos poderes, entre la complacencia hipócrita de las personas de orden, que no mancharon sus manos de sangre pero señalaron a las víctimas, desentendiéndose luego de la suerte que pudieran correr.
    "En sus cuartelillos, estos jóvenes degenerados elaboraban la lista de sus víctimas cada noche; a estas listas se añadían otras, facilitadas por la policía o el ejército. Al anochecer iniciaban sus correrías, recogiendo de las cárceles o de sus domicilios a las piezas sobre las que iban a disparar. Al volante de sus camiones o de grandes turismos Buick o Chrysler de los años treinta, disfrutaban en sus cortos viajes del contacto estremecedor con sus víctimas, en un placer anticipado del agudo y supremo goce de disparar sobre aquellos hombres, mujeres o niños que morían de una manera tan fácil.
    "Al principio quedaban los cuerpos allí, en las canteras o en las cunetas de las carreteras, a la vista de todos. Luego intervino ya la máquina administrativa y esos cuerpos eran recogidos y enterrados en los cementerios próximos o llevados a la fosa común del de Zaragoza.
     "Otros pasaron antes por la sala de anatomía de la Facultad de Medicina de Zaragoza, donde sus datos fueron registrados, y de allí salieron en su último viaje al cementerio o la incineración Los que dejaban su nombre en el registro necrológico de la facultad tenían siempre el mismo diagnóstico: traumatismo craneal.
     "Todos los vencedores colaboraron con los verdugos falangistas con su conformidad. Los muertos no tenían un nombre, ni unas circunstancias personales; eran ’rojos’. Las muertes no eran muertes, eran ’paseos’. Y la fuerza de las palabras desempeñó un buen papel en aquella conformidad.
     "Los hombres que no ejecutaban denunciaban, y, al enterarse de que el denunciado hab’a sido paseado, imaginaban en seguida que su denuncia habría servido para descubrir en la víctima otros horrendos delitos. Aquel denunciado había resultado ser un rojo perdido, y la hora de la justicia había sonado en España.
     "La aquiescencia de la Iglesia costó miles de vidas. Conocía mejor que nadie la cuantía de víctimas cada noche, puesto que los sacerdotes asistían a las ejecuciones. Jamás se preguntó si aquellas muertes ilegales eran o no lícitas. No se habló de ello en los púlpitos, y si algún sacerdote lo hizo fue pronto llamado al orden por sus superiores. Si reincidió fue detenido. Algunos religiosos de un convento próximo a la cárcel ingresaron en las celdas porque se habían permitido pedir clemencia desde sus púlpitos y porque sus palabras llenaron el templo de fieles que buscaban un consuelo.
     "Aunque es muy triste decirlo, muchos de estos sacerdotes encontraron en las ejecuciones un placer inconfesable. Algunos por curiosidad, otros por deleite y unos pocos por cumplir allí una misión trascendente, acudían de buena gana a presenciar los asesinatos.  Esta colaboración gustosa sólo se vio enfriada por algún incidente peligroso, como el ocurrido durante unas ejecuciones en las canteras de Casablanca. Uno de aquellos rojos, en el momento crítico, pasó sus manos esposadas por encima del haz de los faros del coche que iluminaba la escena. Los verdugos, ya nerviosos por la ceremonia, se asustaron ante aquel revuelo inesperado, y dispararon generosamente sus fusiles. Aquel sacerdote murió abrazado a su rojo.
    "Algunos de estos falangistas, al regreso de sus orgías, acudían a un confesor ya designado para ellos. Allí vertían la confidencia de sus pecados de esa noche y recibían la absolución. No eran confesiones muy ortodoxas, puesto que no se les exigía la contrición indispensable, pero la conciencia quedaba así adormecida y las orgías podían continuar en noches sucesivas. El confesor solía preguntar a su confidente si había sentido odio hacia aquellos hombres que se había visto obligado a matar en cumplimiento de su deber patriótico. La respuesta era siempre negativa, ¿por qué razón iba a sentir odio por aquel desconocido?
     "El ejército, salvo en los pocos casos de consejos de guerra, no intervino directamente en las ejecuciones, al menos en Zaragoza. Pero cuando deseaba deshacerse de algún soldado políticamente desafecto, no vacilaba en entregárselo a la Falange para que lo castigase de la única forma como sabía. El Ejército sí es culpable del asesinato de prisioneros de guerra, sobre todo si éstos pertenecían a las Brigadas Internacionales. En este caso el fusilamiento era inmediato y automático. (Ob. cit., pp. 63 y 66)

[Sánchez Dragó: ] Hasta aquí, la de cal. Más adelante, en el mismo libro, la de arena . . .
     "Las primeras horas ese día habían sido una confirmación gozosa de todas mis previsiones. El comportamiento del ejército republicano con sus prisioneros era exactamente el que yo había esperado: el que había anunciado a todos los que temían caer en manos del enemigo.
    "Pero a partir de las nueve o nueve y media de la maana, me enfrenté de pronto con unos hechos para los que no estaba preparado. El comportamiento bochornoso del ejército republicano me proporcionó una decepción que es, sin duda alguna, la mayor que he sufirdo en mi vida. Yo estaba preparado psicológicamente para soportar la crueldad de los franquistas; la encontraba consecuente con los esquemas previos. Pero encontrar esa misma brutalidad en el campo de mis amigos fue una experiencia cuyas consecuencias pesaron sobre mí durante muchos años." (Ob. cit., p. 371)
    Sobran las apostillas. Sobran también, y más, si cabe, las banderías, los sectarismos, los posicionamientos ideológicos.
    ’¡Qué asco!
(Sánchez Dragó, Muertes paralelas 226-31, citaba No se fusila en domingo, de Pablo Uriel)

(PS: pongo este comentario en el Blog de Fernando Sánchez Dragó: 


Sobre el paralelismo de las muertes, comparto y respeto la voluntad de Vd. de evitar partidismos, cainismos, etc. etc. y dar estopa a ambos bandos, que en ambos hubo muchos que la merecen.
Sin embargo, creo que los paralelismos están mal elegidos, y más para elegir figuras emblemáticas para la portada. Es excesiva la desigualdad entre una pandilla de fascistas dando "paseos", es decir, asesinando a ciudadanos no combatientes, y un poder legítimamente elegido, en tiempo de guerra, condenando a muerte al líder de una banda fascista, golpista y terrorista. Aunque se esté en contra de la pena de muerte; aunque el juicio no tuviese garantías.
No es lo mismo, y no es un paralelismo aceptable. A mi abuelo también lo asesinaron los falangistas, y si escribiese un libro podría ponerlo en la portada, en "paralelo", con algún pobre cura asesinado por milicianos, pongamos. Nunca, por supuesto, con José Antonio Primo de Rivera, jefe de los que tanta gente asesinaron. En fin, prefiero pensar que es un exceso de ecuanimidad por su parte, si tales excesos son posibles.


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post-scriptum, 2009. Setenta años después:
 

El eco de las descargas
 

Si los asesinos de las milicias de izquierdas se ensañaron con los curas, los falangistas y demás fascistas escogieron a los miembros de los sindicatos y a los maestros como víctimas favoritas para su campaña de terror.  Estas sí son muertes parelelas—las historias de asesinatos de maestros guardan un triste parecido. Hace poco se hizo en Zaragoza un pequeño acto de homenaje a los maestros asesinados en Aragón. Entre ellos estaba mi abuelo Ángel García Benedito, residente en Biescas y por entonces maestro de Escuer. Había sido el gran impulsor del traslado del pueblo de Escuer Alto y su refundación en el valle, ayudando y aconsejando a los vecinos que se reubicaban allí, para intentar mejorar sus penosas condiciones de vida. Otros muchos maestros se implicaron en mejoras sociales más de lo que gustó a los caciques, poderosos y conservadores, y su papel ejemplarizador hizo que los fascistas decidiesen utilizarlos para dar la última lección, como decía Castelao:


mestre
Fueron, como dice el título del libro de María Antonia Iglesias sobre ellos, "los otros santos, los otros mártires" de la guerra.



Uno de los relatos del asesinato de mi abuelo apareció en un libro que describe la represión en la Jacetania y el alto Gállego—El eco de las descargas, de Esteban C. Gómez, editado por el autor (Barcelona, 2002). Aquí hay unos pasajes. 


Tras ver frenado su Golpe de Estado contra la República por la actuación del pueblo y de las instituciones republicanas, los militares sediciosos, lejos de deponer las armas, comienzan a organizar con métodos fascistas la vida municipal de los lugares caídos bajo su dominio; asimismo se disponen a controlar la retaguardia ediante la violencia y el terror.
    Aunque sus afines gozaban de una autonomía casi ilimitada para organizar y reprimir, en última instancia todo se subordinaba a los dictados de los militares. La jerarquía, la disciplina y la exaltación de la violencia eran los valores imperantes.
    Inmediatamente comienza la movilización para la guerra.
    EL PIRINEO ARAGONÉS, con fecha 01-08-1936, desvela lo que se avecina:
"Llegaron varias escuadras fascistas de Logroño y requetés de Pamplona, que, en entusiasta colaboración con las fuerzas militares, hacen los servicios correspondientes y atrevidas exploraciones por la comarca.
(...)
Regimiento de Galicia, Guardia Civil, Carabineros, policía, voluntarios de Jaca y veraneantes, milicias fascistas de Logroñ y requetés de Pamplona siguen circulando con ávido entusiasmo por las calles de nuestra ciudad. Muéstranse incansables en sus respectivos servicios dentro de la población y en sus constantes excursiones de vigilancia por alejados lugares de nuestra comarca".

(...)
El domingo día 2, después de haber oído ’misa de campaña’, entre soflamas y cantos, un grupo de aquellos falangistas que mencionaba EL PIRINEO ARAGONÉS colaboraban entusiastas con las fuerzas militares para suministrar y nutrir a las fuerzas sublevadas acantonadas en Biescas y desplegadas en Gavín. Al llegar a Escuer uno de los autos se detiene y de él descienden requetés y falangistas en alegre camaradería siendo recibidos, brazo en alto, por el nuevo alcalde (Inocencio Púertolas). Otros convecinos los rodean y asaetean a preguntas en demanda de información. Allí, una persona ’de orden’ y entusiasta del ’movimiento salvador de España’, les da el ’soplo’ de que el maestro, Ángel García Benedito, es de Izquierda Republicana y de ideas muy progresistas. Los falangistas, al llegar a Biescas, donde también les han dicho que vive el maestro de Escuer, preguntan por éste. La plaza del Ayuntamiento se encuentra muy animada, con la presencia de soldados, requetés y falangistas entremezclados con algunos vecinos del pueblo que la transitan. Las autoridades democráticas han huído; muchos jóvenes han ido a Yésero, donde los primeros focos de resistencia se organizan. El capitán Cabrerizo, jefe militar de la plaza, ha reemplazado a las autoridades civiles con gente de su absoluta confianza, resucitando el antiguo caciquismo. Ahora, quienes hacen y deshacen dejando su impronta en los designios de la villa son: Salvador Lacasa, nombrado Alcalde; José María Estaún; Lorenzo Ipiéns; Antonio Rosalí; Antonio Marcos Boira; y mosén José Aranda.
    El maestro de Escuer, que vivía en la misma plaza, tras ser detenido, fue vejado, pateado y humillado entre crueles risotadas y cantos patrióticos. Quienes podían hacer algo por él, no lo hicieron: lo aceptaron y callaron. Cuando los falangistas retornaron a Jaca, lo tomaron consigo y a 2 km lo asesinaron a orillas de la carretera en las inmediaciones del barranco de Arás. Era el segundo maestro que ejecutaban y el primero del mes más sangriento de toda la guerra, con 79 fusilados.
    Ese mismo día escribía en su diario el profesor Florentín Ara:
"Qué concepto de la vida y de la moral tienen estas gentes que hoy nos esclavizan? Misas, novenas, medallas, escapularios, pláticas, mentiras, robos, atropellos, asesinatos, crueldades, insultos, violencias, blasfemias, suciedades y cantos con la música de la ’Cucaracha’: ese es el programa de los de ’Dios, Patria, Familia, Orden...’ Todo el programa y toda la realización de una España de Inquisición y Pandereta; de curas, chulos y prostitutas, de rosario y navaja; de sangre y de cieno; de vergüenza y lenocinio. ¡Ah! el gran pecado de las izquierdas ha sido siempre [—no siempre, no siempre, ay las generalizaciones....—] el respeto a la legalidad y el afán de convivencia, evitando rozamientos y gestos agrios. La lección que estamos recibiendo es demasiado seria para que la olvidemos. ¿Qué respeto tienen ellos por la propiedad, por la vida humana, por la conciencia individual, hacia nada de lo que significa conquistas de nuestro tiempo? Espada para hacer y deshacer y altar para purificar lo que la razón, la justicia y el derecho condenan. ¡Esas son las derechas españolas, hechas a la más negra obstinada reacción, sin sentido, ni idea de que el tiempo corre! ¡Qué bien va esto!: misas al aire libre y música a todo pasto; mientras tanto, las ejecuciones en masa".

En una pensión de Jaca se alojaron los falangistas que mataron a mi abuelo, esos luceros de la patria. Uno de ellos al parecer estaba avergonzado de sí mismo y arrepentido. Los otros seguían "enteros", le contaron a una tía mía quienes supieron de ellos.  Mi abuela nunca superó el golpe. Además fue expulsada del cuerpo de maestros, como todos los demás.  Luego reingresaría como maestra, pero vivió sin asimilar nunca lo sucedido, traumada para siempre por este episodio—por así llamarlo, pues es un episodio de esos en los que se para el tiempo. Aunque quizá sí lo superó a su manera, usando las fuerzas que tuvo, para abrirse camino en la nueva y siniestra España por la única vía que encontró— sacando adelante a sus tres hijos, y dándoles estudios.

Denuncias por asesinato no hubo ninguna. Aquí no vale la pena quejarse a las autoridades por estas cuestiones. A los Nacionales, mucha gracia les hubiera hecho la denuncia. De hecho, ya reposada la cosa, en 1966 se molestó el gobierno franquista en declarar prescritos por decreto todos los delitos cometidos con anterioridad al 1 de abril de 1939. Luego, en la Transición, la amnistía general volvería a decretar que estas cuestiones no eran investigables ni penables. A los asesinos, por lo que se ve, no les ha faltado apoyo desde arriba, nunca, y menos en aquellos años de posguerra. La "Justicia" siempre ha estado de su parte.

Muchos más años tendrían que pasar hasta que se recordase debidamente la memoria de mi abuelo, tanto marcaba la época. Y de hecho el eco de esos disparos llega, más de setenta años después, hasta aquí mismo.










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miércoles, 5 de octubre de 2011

El fraile y los fusilados

El fraile capuchino Gumersindo de Estella (1880-1974) era una persona bondadosa y tolerante, y en sus escritos se le aprecia totalmente dedicado a la causa de su religión y de lo que él entendía era su misión predicadora. Había sido misionero en China entre 1927 y 1930, y tenía ciertas simpatías socialistas y quizá nacionalistas vascas, aunque esto último no se echa mucho de ver en sus memorias. En todo caso no se concebía a sí mismo como un ente político sino como un misionero, confesor y predicador. 

Con el alzamiento militar contra la república en 1936, se hizo sospechoso a sus superiores. No celebraba con la debida alegría los éxitos del "propio bando", y se mostraba apenado por las desgracias que veía y por las matanzas de republicanos. El, por su parte, cuenta la desilusión que sufrió al ver cómo sus compañeros religiosos eran indiferentes, cuando no favorables, a las injusticias y los crímenes del bando franquista, y aceptaban sin el menor sentido crítico que la Iglesia tomase partido de modo abierto. Esto lo considera él un error, y cree que no sólo terminó de alejar a los izquierdas de la Iglesia, enconando su actitud hacia ella, sino que ante todo supone un error de ética y de religión, una incomprensión del papel y misión de la Iglesia—que él no entendía en términos políticos sino teológicos y doctrinales. Alude repetidamente a la "Gloriosa Cruzada" en términos que dejan claro su uso irónico del término—es la expresión usada por  otros, y la expresión de su error. 

Sobre el Cardenal Gomá, a quien dice que trató en su lecho de muerte, dice que no sólo se prestó a la manipulación política de la Iglesia, sino que sugiere que el mismo cardenal se arrepentiría de haberlo hecho más adelante—"la prudencia sella mis labios", apunta. En todo caso, "Gumersindo", de nombre original Martín Zubeldía, no abandonaría la Iglesia, convencido de que la culpable no es la institución, sino los individuos que pervirtieron su misión; no se plantea nunca cederles el terreno, sino más bien hacer lo posible por promover su propia creencia y doctrinas dentro de lo que las circunstancias permitían. Con frecuencia dice a los presos de izquierdas que comparte sus ideas, ideas socialistas, con el fin de conciliarse con ellos o atraerlos a su terreno. Aunque es ante todo un profesional, un misionero, que piensa en administrar sus sacramentos y reconciliar con Cristo a los condenados.

Sus superiores, conscientes de su desafección, lo enviaron un tanto forzosamente a Zaragoza, cosa que él aceptó, a modo de exilio y mortificación. Y pidió atender a los condenados a muerte, deseoso de darles "asistencia espiritual". Había habido muchos fusilamientos en Torrero, y luego en Valdespartera los primeros meses, dice, "cuando comenzó a actuar como juez de penas de muerte el Delegado de Orden Público". Cuando comenzó él a acompañar a los presos, las ejecuciones eran ordenadas ya por tribunales militares, a presos de la cárcel de Torrero, y se realizaban en las tapias del cementerio, a menos de medio kilómetro de la cárcel.

Cuando uno piensa en esa época, y en los sacerdotes que acompañaban a los piquetes de ejecución, puede hacerse uno la idea de que el cura era sólo el brazo que bendice a los que aprietan el gatillo—y que su papel con los presos era todo lo más el de hacer de "poli bueno" frente al "poli malo" (malísimo) de los fusiladores. El papel del cura parece un tanto falsario, una manera de limpiar las conciencias de los asesinos, y sin duda así lo veían, con razón, muchísimas de las víctimas. Pero en la narración de Gumersindo aparecen matices mucho más incómodos y complicados de lo que permitiría suponer una separación tajante entre verdugos y víctimas. 

Para empezar, es obvio que el propio Gumersindo desaprobaba las ejecuciones —sin llegar a condenarlas explícitamente. Se apresura a decir a los presos que los tribunales de la tierra se equivocan muchas veces, que Dios será quien juzgue a todos, que quién sabe si ellos son mejor gente que quienes los condenan. Todo ello en parte para congraciarse con ellos, y adopta un tono afable, que muchos aceptan y agradecen (otros lo rechazan). Cuando un preso muy desesperado le pide que interceda in extremis por él, lo hace en alguna medida, aunque sabe lo limitado de su influencia. En algún caso, con tiempo para hacer papeleo, ayuda a preparar apelaciones y a presentar testimonios de apoyo, consigue algún indulto. Normalmente, sin embargo, da las condenas por hechas e inapelables (como efectivamente resultaban serlo) y procura más bien convencer a los presos de que acepten su destino sin desesperación. Si de él dependiera no habría ejecuciones, eso está más que claro, pero también es cierto que está ocupando una pieza en el sistema que lleva a la muerte a tantos inocentes de manera injusta.



Porque una cosa sí subraya, en sus relatos: aunque entre los ejecutados se encuentre algún criminal violento quizá, o alguna persona responsable a su vez de ejecuciones sumarias de inocentes, la inmensa mayoría de los condenados lo eran sólo por sus ideas, por denuncias de algún vecino malevolente, por incapacidad de defenderse... meros simpatizantes de la República, o individuos que se habían visto atrapados en sus circunstancias, sin ningún afán criminal ni ninguna acción que pudiera justificar su condena a muerte, ni siquiera en los supuestos términos del código penal imperante. Eran, sencillamente, víctimas de unos jueces criminales y prepotentes, ellos sí auténticos canallas de la peor especie—de la especie que sobrevive camuflándose en el medio ambiente, y flota en todo tipo de líquido. 

Observa Gumersindo que se había extendido entre la gente una retórica de adhesión cruel y fanática al nuevo régimen, y que cuanto más inflexible y despiadado se mostrara uno, tanto más los demás interpretaban que era una persona de orden y un adicto a Franco y al Movimiento. Esto llevaba, por lógica propia, a la injusticia y a los abusos más indignantes.

Y se indigna Gumersindo, en efecto, pero su prudencia por sobrevivir y su deseo de llevar a cabo su misión le lleva a evitar críticas abiertas al régimen. Más bien colabora (él también) con los poderes establecidos, y se limita en general al papel que se espera de él: reconciliar al preso con su destino, hacer que acepte (a través de su aceptación de Dios) el final que le espera. No da por buena el fraile la sentencia del juez, pero sí la ve como parte de un orden que no puede cambiar.
De estos jueces, por supuesto, no han juzgado nunca a ninguno—ni siquiera se han aireado sus nombres en aras de una "memoria histórica" más exacta. 

Y eran ellos, unas pocas personas, muy pocas, los responsables directos de estas matanzas—pues todos los demás, si bien colaboraban o ejecutaban órdenes, sólo apoyaban sus decisiones, fueran las que fueran. La vigilancia mutua se llevaba a cabo entre todos, pero muy especialmente entre este puñado de personas y sus superiores, el gobierno militar de Mola primero y Franco después. Los demás, algunos eran matones asesinos, otros unos mandados u obedientes, y muchos unos Gumersindos como éste, que vivían con desasosiego y sufrimiento lo que veían hacer a su bando pero se mantenían en su puesto a pesar de su desafección.

Observa uno de los (frailes) editores del manuscrito una cuestión que llama la atención, al leer este relato de una ejecución tras otra, un caso tras otro, un reo tras otro al que se confiesa o al que se ofrece en vano la confesión:

"queremos aludir al misterio de la libertad humana que tan descarnadamente aparece en los reos en el momento del difícil trance de la muerte, experiencia humana que sobrecoge y llena de estupor, sobre todo en circunstancias como las que vivían los desdichados condenados a muerte. En el momento final la actitud de las personas, dada la idiosincrasia e historia de cada uno, es distinta, pero sobre todo inesperada, incalculable, impredecible. Ninguno podría haber vislumbrado sus reacciones, sus gritos, sus espantos, sus horrores, sus silencios, sus lágrimas, su frío paralizador, sus espasmos, sus sudores. Y sus conversiones, su reencuentro con los sentimientos religiosos más profundos sembrados en los años infantiles por los padres; o el rechazo pertinaz y radical de toda trascendencia hasta el final. Misterio de libertad, de la variedad humana, de la pluralidad radical del género humano". (José Ángel Echeverría, p. 15).

Y es cierto: algunos reos lloran, otros se muestran altivos o indiferentes, otros se atreven a gritar "¡Viva la República!" unos, o "¡Viva Franco!" otros, ante el paredón; unos se derrumban, otros tiemblan y apenas creen lo que les pasa... Una chica regordeta con jersey blanco se resiste y hay que llevarla a rastras al paredón (cosa que los hombres no hacen), y hay que matarla de mala manera, sin respetar el protocolo postural debido, y en plan "muchos hombres armados contra una mujer indefensa". A unos les saltan los sesos o se quedan sin cabeza de un disparo; otros en cambio no hay manera de matarlos ni siquiera con muchos balazos, en la cabeza directamente. Nadie insulta al parecer al piquete—todo lo más se les afea su actitud, o se les llama fascistas alguna vez, pero la desesperación no da para muchas últimas palabras memorables, ni para insultos creativos. En general, tanto como la "pluralidad radical" del género humano ante la muerte, lo que me llama la atención leyendo estos relatos de ejecuciones masivas es lo obediente y ordenado del género humano: nadie se resiste peleando con los guardias, a que lo aten, nadie se lanza contra ellos para llevarse a alguno por delante—algunos reconvienen al juez, que está en la misma capilla, lo injusto de su sentencia, pero nadie se le tira encima a sacarle los ojos. Todos suben al camión ordenadamente, se colocan donde les dicen, normalmente besan el crucifijo.

Me sale el retrato de una nación, o una raza, de personas bien mandadas, fundamentalmente de orden. Gumersindo también: prefiriendo que las ejecuciones no se llevasen a cabo, ni que sucediese nada de ésto, cosa que es una fantasía de imposibilidad, lo que sí procura es que todo se haga según convenido y por orden: que el reo se confiese y arrepienta, que realice sus "actos sobrenaturales" como él los llama, y que muera de la manera más eficaz posible. Se queja repetidamente el fraile de que los soldados no disparan bien, y que eso hace sufrir a los condenados. Muchas veces, de hecho constantemente, dice, tras las ráfagas no ha muerto nadie, y con frecuencia sólo tienen los reos heridas superficiales. Hay que fusilarlos dos veces, o tres, pues siempre, y en todo caso, pasa el oficial a dar un tiro de gracia (y antes vuelve a pasar él mismo, el cura, a dar la absolución al herido con su mirada perdida, o fija en él, o que gime y se retuerce, o que tiene masa encefálica colgándole de la cabeza...). Los soldados, sabedores de que va a haber tiro de gracia, parece que prefieren no matar ellos a nadie, aunque sea a costa de hacerles sufrir más. Ya que el oficial es quien manda, para él la responsabilidad: y al final son los oficiales quienes efectivamente han matado a todo el mundo. Con frecuencia les conmina el fraile a los soldados que apunten mejor, de camino al cementerio. A veces lo piden los propios presos,
"Apuntad al corazón", y acabemos pronto. Muchos de ellos ven en los soldados no a enemigos personales, sino que saben que están frente a otros "mandaos", atrapados en su papel de ejecutor como ellos en el de condenado. (Sabiendo de estas cosas se entiende bastante mejor en su contexto de posguerra la famosa escena de la película El verdugo de Berlanga—el verdugo puede ser una víctima, también, pues se le obliga a ser verdugo si no quiere ser víctima). "Muchachos, tirad bien". Apenas podría creerse que esto lo pueda decir el fraile con su mejor voluntad hacia los reos, pero así es.

Es un retrato de un sistema nazi bien engrasado, ese nazismo ambiental siempre latente, y que instala sus reales espontáneamente en situaciones de terror, en las cuales hay una sumisión absoluta a las órdenes de la superioridad, un deseo de pasar desapercibido y de no significarse, y un cumplimiento escrupuloso de la pequeña misión de cada cual: y pocos son los que de hecho tienen que darle a la llave del gas, o apretar el gatillo. El psicópata burócrata asciende entonces al poder por flotación natural. Los demás sólo tienen que hacer lo que les ordenan, y actuar con naturalidad, o con un poco de fingida adhesión de más al régimen.

Por supuesto otra persona con buenas intenciones lo que haría sería, dada su impotencia, alejarse todos los kilómetros que pudiera de semejante papel y semejante situación—pero en fin, Gumersindo es un profesional, y cree en sus "actos sobrenaturales" sin cuestionarse de eso un ápice. Con frecuencia emplea este argumento con sus presos escépticos: "El hecho de que usted crea que algo no existe, no quiere decir para nada que eso no exista", con una certidumbre tan simplista que ni siquiera ve lo reversible del argumento.  Y muchas veces tiene éxito, apelando a los sentimientos infantiles, y en un contexto de desesperación personal, les da a los presos un agarradero imaginario, una manera de concluir su vida por así decirlo con una conclusión bajo control, con una decisión personal de apropiarse en cierto modo de su propio destino. Les ofrece una especie de solución narrativamente "satisfactoria", dentro de las circunstancias, una oportunidad de reorganizar mentalmente el trayecto de su vida y su identidad personal. En fin, los consuelos imaginarios de la religión, que aquí tiene un papel extremadamente ambivalente—a la vez justifica al sistema y ayuda a la víctima; suaviza la situación, y proporciona un terreno de encuentro imaginario y desplazado entre los presos y el sistema que los ejecuta; les da un alivio, y a la vez los manipula emocionalmente—es como la última cena del condenado a muerte, puedes comértela o estampársela en la cara al pobre guardia que te la trae con su mejor voluntad, o porque es el menú que hay.

Impresionan en cierto modo los personajes bien mandados, o más bien lo bien mandado de los personajes, los que se avienen al papel que espera Gumersindo de ellos. Pero más impresionan los que lo descolocan, los que lo obligan a llamar al Gobernador Civil a medianoche para pedir el indulto (o a fingir que lo llama...), los que se niegan a ser consolados, los que se desesperan y no quieren aceptar su papel de reos en fila india. La gordita del jersey blanco, pataleando y gritándoles cobardes a todos; o ese otro que llora y se agacha y se agarra a las faldas del cura, y se esconde detrás de él, y que se niega a ponerse firmes para que lo fusilen, y que de repente echa a correr como un gamo, y se escapa a toda velocidad por el cementerio, y nadie sabe qué hacer.... —no está previsto al parecer que los que van a matar se echen a correr, en ningún caso se desperdigan a la carrera en direcciones distintas, ni le arrancan la oreja de un mordisco al oficial, no. Pero da igual, al muchacho éste igual le disparan, y le dan por casualidad, y lo tienen que matar de mala manera y sin estilo, esto es lo que a nadie le gusta ni le parece bien, estos reos desmandados y desobedientes, cuánto mejor que ya puestos las cosas se hagan con estilo, o todo lo más con un viva la República. Qué quieren que les diga, que yo le alabo el gusto a la chica del jersey blanco, y a este chaval que indiferente a la dignidad y a las buenas maneras corrió como un gamo: éste sí que luchó hasta el final contra el fascismo.


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Gumersindo de Estella. Fusilados en Zaragoza 1936-1939: Tres años de asistencia espiritual a los reos. Ed. Tarsicio de Azcona & José Ángel Echeverría. Zaragoza: Mira Editores, 2003.




jueves, 4 de febrero de 2010

Barracones de la muerte en Zaragoza


Es una historia de la guerra civil, una de tantas; la cuenta Esteban C. Gómez en su libro El eco de las descargas, publicado por el autor en 2002. (También en este foro de historia militar se habla algo del asunto).

En el infausto verano del 36, la Guardia Civil hace reclutamientos forzosos de izquierdistas, y de "remolones" que no se habían sumado al llamado Alzamiento Nacional, en los pueblos de La Rioja y Navarra; van destinados a la "Segunda Bandera de la Legión, General Sanjurjo", establecida en la Aljafería de Zaragoza. A unos 700 reclutaron. Ya eran de entrada sospechosos de no estar allí por gusto. Pasaron unas semanas de instrucción en el campamento de San Gregorio. (Por cierto que también yo estuve haciendo instrucción allí, en la mili—mi experiencia más fascio-cuartelera, por no decir concentracionaria). Luego los llevan donde el frente, a Almudévar. Y durante la noche se producen algunas deserciones...

Algún informante le dice al Estado Mayor en Zaragoza que los de la "Bandera Sanjurjo" pensaban pasarse al bando republicano. Información fiable o no fiable... pues al parecer sigue archivada. En todo caso, los vuelven a subir en los camiones y los llevan de vuelta a Zaragoza, al campamento de San Gregorio:

"Se les manda formar desarmados en el patio y a continuación son encerrados en los barracones. Al día siguiente, dos de Octubre, empiezan los fusilamientos: sin formación de causa. En diversas 'sacas' y hasta el día nueve, a escasos doscientos metros de la Academia General Militar, sería liquidada la mayoría de la Bandera." (528)

Vamos, que fusilaron sin juicio previo a sus propios soldados— a los que NO habían desertado— por un chivatazo o un rumor. Así era esta guerra, y así eran las autoridades militares de Zaragoza. Esteban Gómez habla de un número difícil de calcular, de entre 300 y 600 fusilados, en estos barracones de la muerte, aunque considera la última cifra exagerada.

Un superviviente, de Marcilla, Felipe Marín, "Chaneje", narró su experiencia en Navarra 1936. De la esperanza al terror (Altaffaaylla Kultur Taldea, 1986, cit. por Esteban Gómez, p. 529-30). El relato vale la pena: además de ser un testimonio valioso, es muy instructivo sobre la cuestión de hasta dónde conviene seguir las órdenes. Como relato es mejor que muchas ficciones, y más terrible, claro. Especialmente llamativo el uso en primera persona de este verbo—"nos mataron".

"Aquí en el pueblo nos estaban matando a unos pocos cada día, cuando querían. Entonces va y nos llaman del Centro de Falange a 42 hombres. Cuando vino el Movimiento nos señalaron con un brazalete blanco y cuando veníamos del campo teníamos que ir a presentarnos todos los días al Ayuntamiento. Un día de esos que fuimos al Ayuntamiento, en cuenta de mandarnos poco a poco a nuestras casas, como hacían, nos tuvieron allí. Cuando estuvimos todos juntos nos dijeron que habían 'pensau' que se estaba formando una bandera del Tercio, que según la iban a llamar el 'Tercio de Sanjurjo', en Zaragoza, y que como aquí estaban matando—ellos mismos nos lo dijeron—; como aquí todos los días sacaban alguno a matar, que habían 'pensau', 'pa' que no nos 'pasaría' eso a nosotros, mandarnos allí.

Salimos de Marcilla el 2 de septiembre y llegamos a Zaragoza en tren el mismo día. Nosotros estuvimos allí un mes haciendo instrucción con la Bandera. La primera salida que tuvimos nos llevaron a Almudévar que está entre Zaragoza y Huesca. Nos metieron a dormir aquella noche en una granja que hay, que la llaman la Granja del Gobierno. ¿Qué pasó allí? Lo voy a explicar. Allí no pasó nada. Aquella noche se pasaron tres a los rojos. Pero eso ocurre siempre. Fueron tres: uno de Marcilla (un tal Maroto), me parece que era otro de Pitillas y un tercero de no sé dónde. Pero eso, de todas las fuerzas se han 'pasau' y no ha ocurrido eso. Se han 'pasau' 'soldaus', requetés, porque los requetés iban muchos que no eran, que estaban allí para salvarse y llegar al frente y el que podía se pasaba.

A la mañana, en cuenta de meternos al frente, nos cogen en los camiones y nos traen a Zaragoza.

Llegamos a San Gregorio —que a la Academia General hay 500 metros— y nos dicen: 'Dejad todo el equipaje en las arquillas'. Una vez que dejamos todo, nos dicen: '¡A formar sin armas!' Formamos, nos llevan a la Academia por compañías, nos meten en una nave terrible. Esto era por la tarde. Al otro día por la mañana, a razón del mediodía, empezaron a sacarnos. A todos nos fusilaron en una ladera del monte, que se conserva igual. Yo señalaría el punto exacto donde ocurrió; llegas a la Academia Militar, una vez que la has 'pasau' te pones en la carretera cara al monte y a 200 metros de la Academia hay un 'montico'. En esa 'laderica' del monte es donde nos mataron. Al primero y segundo grupo los sacaron sueltos. Nos metieron entre dos filas de ellos —falangistas— y nos llevaron a unos 150 metros de la Academia; allí nos liquidaban.

Conforme mataban a un grupo, 'pa' cuando volvían a por el otro, aquel ya no estaba allí. Se lo habían 'llevau'. Esto sé yo cómo fue la cosa porque los camiones pasaban por Zaragoza y dejaban un reguero de sangre por todas las calles y en Zaragoza hubo un 'runrún' terrible. Los llevaban en camiones volquete, se arrimaban a la zanja, los echaban y venían a por otro grupo. Desde la Academia hasta Torrero —donde los enterraban— hay ocho kilómetros y había que atravesar toda la ciudad. Fue un escándalo. Habían 'matau' a muchos cuando dejaron de fusilar. Por eso pararon.

Los fusilamientos empezaron el 2 de octubre y estuvieron matando durante siete días; me parece que el día 9 fue el último. Venían a razón de medio día y sacaban unos grupos (cuántos no lo sé) de a veinte individuos. A mí me tocó el primer día, en el segundo grupo. El primer día, en el primer grupo, mataron a un hermano mío. Cuando nos iban a fusilar, en el mismo grupo sacaron a un amigo mío, Eustaquio García, que estará en la lista. Éramos quintos. Ya llegamos al sitio y nos pusieron en fila. Uno más pequeño que yo, con una pistola ametralladora, era el que mandaba el piquete de falangistas, que además eran voluntarios.

Entonces, con sus fusiles apuntando, a 15 pasos de nosotros, va y dice: ''¡Venga, poneros así!', con malos modos. Y nos quiso poner en una 'riola'. Este García se iba a ir un poco más aparte que yo y le dije, '¡ven aquí, que moriremos juntos!'. Y 'junticos' nos quedamos. Le agarré del brazo y juntos nos 'quedemos'. Cuando iban a venir las balas, que así lo puedo decir, y eso no lo cambia nadie, cuando el tío ese que mandaba el piquete estaba con la pistola bajándola, es cuando a mí me dio ese arrebato y dije: 'Esta gente no me mata a mí aquí'. Y eché a correr. Tardarían un segundo o segundo y medio en morir los que quedaron allí.

Entonces todos venga a tirarme tiros a mí. Era un raso, un poco cuesta abajo, pero más raso que esta mesa. Más de 2 kilómetros sin poderme esconder en ningún 'lau'. A mí me venían las balas igual que si me hubiera metido en un avispero y no me quería picar ninguna abeja. Silbaban 'p'aquí', silbaban 'p'allá', por todos los 'costaus'. Y no me dio ninguna."





sábado, 21 de noviembre de 2009

"Homenajes" a Franco


Aún han salido 300 o 400 personas a manifestarse contra Franco; parece que aún cabalga en alguna estatua mental. Mejor sería pasar del tema, por aquello del "que hablen aunque sea mal". A ver cuándo llega el día que no nos acordamos del Veinte Ene ni los antifranquistas, ni los franquistas, ni yo tampoco. A Fernando VII o a Pepe Botella ya no se les hacen manifestaciones en contra ni a favor, ni a la Primera República. Pero cuando sigue habiendo debate sobre estas cuestiones, y hay ánimos soliviantados, es porque están mal resueltos estos temas, mal que nos pese. Sigue habiendo historias alternativas e incompatibles, y las habrá mientras haya gente interesada en identificarse con uno de los bandos, y en minimizar sus crímenes.

Aquí hay una historia de horrores bastante tolerable, por así decirlo, en su ecuanimidad, un vídeo en cuatro capítulos de las matanzas de retaguardia en ambos bandos.

[2019- Discontinued. Lo cambio por un documental sobre la guerra civil]



Esto es lo que sucede cuando se hacen con el espacio público los peores—salen criminales de debajo de las piedras, llenos de "intensidad apasionada" como decía Yeats—y se organiza un torbellino que ya no se puede parar.

Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity.

Pero nadie piense que la gente era especialmente malvada en los años 30. Ni siquiera Franco. Las grandes maldades las cometen entre muchas personas, las menos de ellas con intención de hacer el mal; más con intención de hacer el bien; otros obedeciendo de modo indiferente, casi todos atrapados en su situación y su círculo de relaciones; unos disfrutando, otros sufriendo. Todos los que participaron en las atrocidades cometidas son malvados vistos de lejos—sus acciones los condenan para nosotros. Vistos de cerca, la cosa cambia y es mucho más complicada. Jonathan Littell escribió sobre esto algunas verdades desagradables.




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