Una regla de oro de la economía es que no hay reglas
fijas, pues,
tratándose de un proceso dialéctico y retroalimentativo, cualquier
establecimiento de reglas llevará a intentos de sortearlas buscando el
beneficio con respecto a los que se atienen estrictamente a ellas. Como
el objeto de la regulación es un sujeto, reaccionará a los intentos de
regulación y se adaptará al panorama cambiante, dando lugar a un
círculo hermenéutico de estrategias económicas. De
ahí que la fiebre especulativa sea especialmente intensa cuando se
entra en un remolino acelerado de cambio de normas y de observación
mutua, como
sucede ahora con la crisis de deuda y la con endeble estructura de
apoyos
al euro.
No hay normas fijas, aparte de esta regla de oro, pues en cada momento
histórico la situación económica es una, las normas bancarias o
crediticias son otras, la política monetaria y sus agentes varían, y
también las políticas, modas o teorías sobre cómo controlar el precio
del dinero y
la inflación. Cada vez estamos en un contexto distinto, que trabaja
sobre el anterior y es el resultado de su desarrollo—el resultado
imprevisible, por definición, auque quienes por chiripa o por su
control local de la información lo han previsto en parte, con
frecuencia se
han hecho ricos. Y en cada momento, quien tiene más información (nunca
toda) estudia la situación, estudia los instrumentos financieros a su
alcance, las inversiones disponibles, y hace juego maquiavélicamente,
si es posible fingiendo que es otra cosa lo que está haciendo, según la
teoría
paranoica de la observación mutua a la que se atienen los cálculos
de las acciones humanas.
Aunque no hay normas fijas, y en el detalle todo el panorama económico
y financiero es distinto en cada lugar y momento de la historia, sin
embargo sí se aprecian constantes recurrentes—igual que volverán las
corbatas estrechas aunque no se parezcan en nada más a las de los
ochenta, ni en su tela ni en su color.
Una de las formas recurrentes en este sentido es el siguiente paso
de
minué: la intervención estatal, creyendo controlar y acotar las
actividades económicas con una normativa fija, impone un corsé que de
hecho empeora los males que se supone iba a remediar. O remedia unos y
da lugar a otros imprevistos. Lo hemos visto en muchos otros
aspectos—por ejemplo, con los precios fijos de productos básicos, para
protección del pueblo, que no se sabe cómo conducen a lo contrario: a
la especulación, escasez y mercado negro. O con la legislación laboral
hiperproteccionista para
el obrero, que en la práctica lo convierte en un contratado-basura o en
un parado, y destruye la creación de empleo. Son un par de ejemplos.
Otro
ejemplo quería citar a cuenta de un ensayo de Herbert Spencer "State-tampering
with Money and Banks",
escrito en 1858 y reimpreso en el segundo volumen de sus Essays. Está comentando Spencer
cómo se dictan normas para evitar la
quiebra bancaria, impidiendo la emisión de billetes más allá de un
máximo sobre los depósitos efectivos—y cómo esa limitación lleva a la
proliferación de deuda e hipoteca, que crea un peligro de quiebra mucho
mayor. Cosas que casi nos suenan a historia contemporánea, ciento
cincuenta años después. Y es que plus
ça change…
"There
is reason to believe that bankers are tempted into greater dangers
under this protective system. They can and will hypothecate their
capital in ways less direct than by notes; and may very likely be led,
by the unobtrusiveness of the process, to commit themselves more than
they would else do. A trader, applying to his banker in times of
commercial difficulty, will often be met by the reply—'I canot make you
any direct advances, having already loaned as much as I can spare; but
knowing you to be a safe man, I will lend you my name. Here is my
acceptance for the sum you require: they will discount it for you in
London'. Now, as loans thus made do not entail the same immediate
responsibilities as when made in notes (seeing that they are neither at
once payable, nor do they add to the dangers of a possible run), a
banker is under a temptation to extend his liabilities in this way much
further than he would have done, had not law forced him to discover a
new channel through which to give credit." (Essays, II, 317)
Podría argüirse
que la versión refinada y realmente envenenada de este
proceso es la que se ha vivido en los últimos años, cuando hablamos no
de la deuda a particulares sino de la deuda pública, que ha alcanzado
su crisis en Europa y está a punto de hacerlo en EE.UU. Ahora el Estado
ya no es sólo árbitro de los préstamos, sino también la principal parte
interesada—juez parcial, abogado, acusado, fiscal, criminal, víctima y
avalista. Cuando
todo el mundo duda del futuro del crecimiento de la economía europea (y
occidental), y
de su capacidad de afrontar la deuda pública—de ahí la acertada
renuencia de la
Merkel a emitir los famosos bonos europeos, que empantanarían más al
sistema entero en la deuda—sin embargo se buscan trampeos para
que podamos prestarnos dinero a nosotros mismos, como si el futuro
fuese boyante y las expectativas inmejorables. Y
si el Banco Central Europeo no puede prestar a los propios países, pues
no es problema:
le presta al FMI para que sea éste quien lo represte a los endeudados.
De lejos se ve dónde acaban estas cosas, a menos que hubiese un serio
plan de controlar la deuda a corto plazo. Pero cómo va a haberlo
mientras sigan al
frente los mismos, y sigan ingeniando estas ingenierías financieras.
Spencer sostenía que el papel del Estado era administrar justicia y
hacer cumplir las leyes, y no invadir el control de la política
monetaria con estrategias cambiantes. No sé en qué se basaría para opinar esto, pues
apenas ha hecho otra
cosa el Estado…
"Si
el Gobierno prohíbe una manera de dar crédito, encontrarán otra, y
probablemente peor. Sea el grado de confianza mutua prudente o
imprudente, habrá de seguir su curso. El intento de restringirlo por
ley no es sino una repetición de la vieja historia de intentar detener
el mar con un rastrillo." (318)
Como
el intento de
que los gobernantes no intervengan en los procesos financieros,
supongo. Es por parte de Spencer un último resto de ingenuidad. Más contundente es cuando dice algo que podría aplicarse a las
quiebras apuntaladas por dinero público:
"Lo
que resulta al
final de resguardar a los hombres contra los efectos de la necedad, es
llenar el mundo de necios" (320).
Supongo
que en la línea de pensadores como Spencer se sitúa la ahora tan
comentada
tradición de Hayek y la escuela austríaca liberal, mientras que el
siglo XX, y el XXI hasta la fecha, ha estado dominado en la práctica
por los keynesianos, para quienes la intervención estatal aporta un elemento
de racionalidad. (Eso siempre y cuando las decisiones y políticas económicas sean racionales). Parece previsible que los Estados seguirán siendo
mayoritariamente keynesianos, aunque sólo sea por las ventajas
especulativas que se derivan de un conocimiento de las maniobras de
intervención. No para los gobernantes, claro, sino para sus amigos y sus partidos y
sus socios secretos. Que no sé si existen, en la teoría de Keynes.
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