sábado, 4 de junio de 2022
viernes, 29 de noviembre de 2019
miércoles, 1 de marzo de 2017
Sobre Stapledon
2017El citado era éste: An Apocalypse of Total Communication —en su versión impresa.—oOo— sábado, 9 de julio de 2016
The Ideal of Universal Communication
The ideal of universal social communication according to G. H. Mead, Mind, Self, and Society (§41, "Obstacles and promises in the development of the ideal society", 326-28).
One may say that the attainment of that functional differentiation and social participation in the full degree is a sort of ideal which lies before the human community. The present stage of it is presented in the ideal of democracy. It is often assumed that democracy is an order of society in which those personalities which are sharply differentiated will be eliminated, that everything will be ironed down to a situation where everyone will be, as far as possible, like everyone else. But of course that is not the implication of democracy: the implication of democracy is rather that the individual can be as highly developed as lies within the possibilities of his own inheritance, and still can enter into the attitudes of the others whom he affects. There can still be leaders, and the community can rejoice in their attitudes just in so far as these superior individuals can themselves enter into the attitudes of the community which they undertake to lead.
How far individuals can take the rôles of other individuals in the community is dependent upon a number of factors. The community may in its size transcend the social organization, may go beyond the social organization which mkes such identification possible. The most striking illustration of that is the economic community. This includes everybody with whom one can trade in any circumstances but it represents a whole in which it would be next to impossible for all to enter into the attitudes of the others. The ideal communities of the universal religions are communities which to some extent may be said to exist, but they imply a degree of identification which the actual organization of the community cannot realize. We often find the existence of castes in a community which make it impossible for persons to enter into the attitude of other people although they are actually affecting and are affected by these other people. The ideal of human society is one which does bring people so closely together in their interrrelationships, so fully develops the necessary system of communication, that the individuals who exercise their own peculiar functions can take the attitude of those whom they affect. The development of communication is not simply a matter of abstract ideas, but is a process of putting one's self in the place of the other person's attitude, communicating through significant symbols. Remember that whiat is essential to a significant symbol is that the gesture which affects others should affect the individual himself in the same way. It is only when the stimulus which one gives another arouses in himself the same or like response that the symbol is a significant symbol. Human communication takes place through such significant symbols, and the problem is one of organizing a community which makes this possible. If that system of communication could be made theoretically perfect, the individual would affect himself as he affects others in every way. That would be the ideal of communication, an ideal attained in logical discourse wherever it is understood. The meaning of that which is said is here the same to one as it is to everybody else. Universal discourse is then the formal ideal of communication. If communication can be carried though and made perfect, then there would exist the kind of democracy to which we have referred, in which each individual would carry just the response in himself that he knows he calls out in the community. That is what makes communication in the significant sense the organizing process in the community. It is not simply a process of transferrring abstract symbols; it is always a gesture in a social act which calls out in the individual himself the tendency to the same act that is called out in others.
What we call the ideal of a human society is approached in some sense by the economic society on the one side and by the universal religions on the other side, but it is not by any means fully realized. Those abstractions can be put together in a single community of the democratic type. As democracy now exists, there is not this development of communication so that individuals can put themselves into the attitudes of those whom they affect. There is a a consequent leveling-down, and an undue recognition of that which is not only common but identical. The ideal of human society cannot exist as long as it is impossible for individuals to enter into the attitudes of those whom they are affecting in the performance of their own peculiar functions.
Parece que este ideal de la comunicación total es sólo eso, un ideal sólo aproximable en una dimensión abstraída de la actividad humana (como es la comunicabilidad universal del dinero) o en pequeñas comunidades de creyentes especialmente integradas y homogéneas. No se ve cómo podría convertirse en un ideal factible en una civilización a nivel mundial, por muchos progresos que hagan la globalización, la estandarización y la alienación. De algunas cuestiones coyunturales a estos "progresos" imaginables hablábamos en nuestro artículo sobre el Apocalipsis de la Comunicación Total. Que no lo veamos, ese Apocalipsis—la comunicación parcial es esencial para el funcionamiento normal (o sea humano), que no digo bueno, de las comunidades humanas. Y los apocalipsis, mejor dejarlos para el fin de la Historia.
jueves, 22 de mayo de 2014
jueves, 27 de febrero de 2014
La Revolución es ilegal hasta que triunfa
La Revolución es ilegal—
.... hasta que triunfa.
Otra manera, quizá, de decir Vae victis. Se desarrolla esta idea en esta conferencia, en un simposio sobre Hegel, sobre el (no) derecho a la revolución, que incluye muchas divertidas y filosóficas consideraciones sobre retrospección y retroacción, y sobre la incierta dialéctica entre delincuencia y legitimidad, resistencia y orden, utopía y realidad. Etc. Aplicable a Ucrania, a Venezuela, a Melilla, a España, a lo que quieran...
Costas Douzinas, "Is There a Right to Revolution?" (Hegel, Our Untimely Contemporary, Birkbeck College, 10-12 May 2014). Audio at Backdoor Broadcasting Company
http://backdoorbroadcasting.net/2013/05/costas-douzinas-is-there-a-right-to-a-revolution/
Ver también mi Aclaración de la Declaración.
______
Y, en fin, muy interesantes son las reflexiones de Costas Douzinas, aunque sus conclusiones son erróneas en más un sentido:
—La rebelión de una sociedad subvencionada (como la griega, o la española del 15-M y la "Spanish Revolution") no se puede equiparar con otras situaciones revolucionarias. La utopía engañosa que la anima es engañosa precisamente, y vacíamente utópica, en tanto en cuanto no reconoce las consecuencias de esa naturaleza dependiente del propio sistema político—vamos, no la reconoce el propio Douzinas, para quien las autoridades Europeas "destruyen" sin más a Grecia, no matizamos mucho—. Y la destrucción real del sistema llevaría a consecuencias desde luego no pensadas por los rebeldes, y seguramente indeseables para muchos de ellos. La Utopía no suele salir según planificado, y en la Distopía viven sólo los supervivientes.
To this I witness call the fools of time,
Which die for goodness, who have lived for crime.
—En conjunto se le pueden hacer a Douzinas las mismas objeciones y apreciaciones que a su presentador Zizek en su propia conferencia sobre "Señales del futuro." (Ver la conferencia de Zizek traducida y comentada por mí aquí).
—Las primaveras árabes, etc., bien pueden suponer el nacimiento de sujetos políticos activos a la vez que suponen la opresión de otros sujetos— y me refiero a las mujeres, claro. Los desheredados que se rebelan son, como bien dice Douzinas, men who rebel, y las mujeres son en algunos casos parte de la propiedad que obtienen esos hombres en el nuevo orden político, que no tiene por qué ser más justo ni más emancipador desde nuestro punto de vista.
Eso no impedirá, claro, que la revolución tenga lugar en cuanto aprieta la Historia. Pero las apariencias pueden ser engañosas, y los resultados de la revolución, para nada los que estaban en la mente de muchos de los revolucionarios, pues eso presupondría 1) que diagnosticaban con exactitud la raíz y naturaleza de sus males, y 2) que la revolución no tiene otros efectos distintos de los intencionales (al igual que no se puede decir que el Estado no tiene otros efectos distintos de los explícitamente reconocidos). Esas cosas no pasan nunca.
sábado, 21 de diciembre de 2013
Apocalipsis de la Comunicación Total
An Apocalypse of Total Communication:
Utopian and Dystopian Perspectives in Star Maker (1937) and The Matrix (1999)
—oOo—
domingo, 15 de septiembre de 2013
Elysium
Hoy vamos a ver Elysium, la última del sudafricano Neill Blomkamp.
Y sigue en efecto la línea cyberpunk de Distrito 9,
que también nos gustó mucho. Excelente, igualmente, en cuanto a
efectos especiales. Los niños no han quedado decepcionados con las simulaciones de
cuerpos explotando, espectáculo occidental muy de nuestros días.
El guión, también de Blomkamp, se parece a Distrito 9 en la temática del apartheid,
ciudadanos con dos tipos de derechos, y es también una historia de
liberación, con el colapso del sistema opresor en la falsa utopía
Elysium, construida en una estación espacial fuera de la Tierra
superpoblada. Las lecturas a que invita no son sólo los condominiums
sudafricanos, norteamericanos y cada vez más también europeos, áreas
residenciales a salvo de intrusos, sino más generalmente el contraste
entre haves y have nots,
quizá con un énfasis en el contraste entre Occidente y el Tercer Mundo,
la historia de las vallas fronterizas y pateras como la que tenemos en
España, vista en un espejo distorsionador del futuro. Demasiado cercano
a veces a la actualidad, el espejo, como para que resulte una ficción
tranquilizadora.
Elysium, queda claro, está construido sobre la explotación capitalista
de la mayoría de la población, confinada a una Tierra sin recursos y
sumida en la pobreza, con derechos laborales nulos, y donde el crimen y
las mafias gobiernan el día a día, con ocasionales intervenciones de la
Isal Flotante (esa Laputa opresora la inventó Swift, hay que
recordarlo) cuando sus intereses se ven amenazados, o no se comportan
los de abajo. Sale Occidente bien retratado: las cloacas del Estado
envueltas en intrigas y golpes políticos para reconducir la situación,
los mercenarios entre marginales y protegidos para trabajos sucios, la
burocracia europea aparentemente bienpensante e idealista, pero regida
por intereses que apenas quieren reconocer, y pelele en última
instancia de los intereses del gran capital. Que si bien funciona como
una máquina, y es controlado por máquinas en buena medida, siempre
tiene una clase ociosa flotando como nata blanca por encima, y esos no
son máquinas, aunque a veces lo parecen. La ministra del interior,
Jodie Foster, es una francesa nazi, vestida de blanco inmaculado pero
pringándose más de lo que querría. Se enreda en sus maniobras sucias cuando intenta cambiar el código para
que sea la alianza de Lobbies Armamentísticos y Aristocracia
Capitalista la que rija Elysium, dejándose ya los legalismos y
zarandajas de los burócratas de Bruselas, o de la ONU.
El ritmo de la película, endiablado como requieren los tiempos, es lo
que más la abre a críticas, pues le lleva a enseñar las costuras cuando
necesita acelerar aceleradamente algún proceso, ya sea informático o
médico, para pasar a la siguiente escena. Lo tomamos fácilmente como
una convención del género, OK, pero es que si todo lo pasamos por
convenciones del género todo vale. El final trágico / feliz, pongamos.
Matt Damon se sacrifica y visto que va a morir, muere por un ideal de
entrega, para salvar a la hija de su chica, y ¿acabar con Elysium? Eso
sugiere la película, pero lo que vemos es una revolución o la toma del
poder por los comunistas—en este caso por Spider, el hacker mafioso que
organizaba viajes en patera voladora. No parece muy de fiar como
gobernante, y tampoco lo fueron Lenin y Stalin, rompiendo los huevos a
la clase dominante y a millones de súbditos, para instaurar un régimen
de miseria para todos... menos para ellos. Un vistazo a la historia no
le augura mejor futuro a la revolución ésta que nos permite cerrar la
película con final feliz.
Sí, la pareja protagonista se regía por el ideal de la Tierra como
planeta azul, planeta ecológico donde todos somos responsables de
todos, y del cual no se puede o no se debe huir a empíreos de
privilegio. (Es una monja la que le enseña el ideal de la Tierra
solidaria, por cierto). Pero al final de la película si la Tierra hace
algún gesto de solidaridad, no es más azul que antes, ni promete serlo.
Cierto, que un planeta corresponsable tiene mejores razones para no
degradarse, y por eso el planeta debería ser socialista-ecologista o no
será.... pero quién sabe lo que será.
Me recuerda esta historia de gueux asaltando la Île de la Cité al musical que se hizo sobre Notre-Dame de Paris de Victor Hugo, o a la reciente película de Los Miserables si se quiere también, historias de revoluciones, allí fallidas (aunque triufaba el ideal virtualmente), aquí realizadas... pero con un oportuno corte a tiempo, y comieron perdices. A los Occidentales de Elysium, que vamos al cine a pagar entretenimiento caro, nos gusta además que éste haga gestos solidarios y muestre el colapso de nuestro sistema de privilegios, somos así de viciosos.
En serio, muchas de las
imágenes de la película, con Los Angeles convertido en un Tercer Mundo
decadente, rascacielos invadidos de chabolas, etc., son inquietantes y
casi valen tanto como la película en su conjunto. Pero no son
originales, claro, estas ficciones de crisis están a la orden del día,
y más que estarán, a medida que apriete la superpoblación y la escasez
de recursos. Hablaba hace poco de Inferno de Dan Brown,
a costa de esto, también proponiendo soluciones imaginarias a problemas
reales, como buena ficción ideológica. Ha dado allí Dan Brown con un
problema importante como base para su argumento, un acierto, y lo mismo
podemos decir de Elysium, a pesar del tratamiento ambivalente que se da a las cuestiones ideológicas en estos productos de gran tirada.
La gran contradicción de Elysium—la pongo en dos palabras, porque se
vea bien el meollo de la cuestión. El argumento opone egoísmo y
altruismo, el egoísmo de protección mutua de las redes de contactos e
influencias de Elysium, frente al altruismo del protagonista, que da su
vida por salvar a la chica de su chica. Pero Matt Damon también se
movía por egoísmo—los intereses de supervivencia propia dictan muchas
de sus elecciones, y el altruismo frente a su moza es sólo
accidentalmente altruista para con los demás habitantes del planeta.
Los motivos de los personajes van dictados por el máximo beneficio para
sí, su grupo o su proyecto—Spider se arriesga a ir a Elysium en lugar
de controlar su mafia tranquilamente porque así se colocará a la cabeza
del cotarro, luego ya veremos qué hace con él. La mamá / chica de Damon
piensa en su hija, y no tenemos noticias de que le preocupe el resto de
la humanidad excepto como apéndice unido a su hija.
Y en sustancia, si hay un Elysium es porque cada cual lucha por la vida y procura rentabilizar sus posibilidades de medrar uno mismo y los que define como los suyos. Y esto se hace frente a otros grupos. En este caso, el saqueo de la utopía de Elysium es una fuente de recursos, pero no parece que la calidad de la sanidad privada de Elysium vaya a extenderse a todo el planeta, a pesar de la tendenciosa escena final de los hospitales aterrizando (será la Seguridad Social de Obama, o algo así, lo que se sugiere).
En fin, que también hay tela aquí para
discutir lo de la privatización y los recortes sanitarios. De
decisiones egoístas, y de revoluciones superficialmente altruistas,
está hecho ya el mundo que
vemos al principio de la película. Es el mundo que construye la acción
humana ejercida sin control, y ya vemos en el robot-JohnnyTaxi que el
control total informatizado tampoco es bueno ni utópico.
Así que ésta es mi crítica: que la utopía construida al final de la película
está construida, como la estrella flotante de Elysium, sobre bases
engañosas o falaces. Y es tan poco sostenible como la Isla Flotante.
Occidente, créanme, no va a elevar a su nivel de vida al resto del
mundo. Y dentro del altruismo que guía las revoluciones se esconde, de
nuevo, el gusanillo del interés—propio o tribal—que ha llevado al
planeta a donde está ahora, y que lo seguirá llevando de conflicto en
conflicto mientras haya recursos que repartir y bacalao que cortar, o
mientras quede en pie el último árbol, como en Rapa Nui.
sábado, 5 de junio de 2010
Que se sueñen inmortales
Impresionante declaración pública de ateísmo privado y confidencial, el libro de Unamuno San Manuel Bueno, Mártir. Veo que a Álvaro se lo han mandado de lectura en su colegio (de curas). Se pregunta uno si los curas estarán al quite de la cuestión, como este San Manuel, si lo tendrán de santo patrono o de role model. O si no se han leído el libro. Es imposible, desde luego, que crean todo lo que tienen que creer por catecismo, así que una buena dosis de sanmanuelismo, consciente o inconsciente, entra sin duda en la constitución mental de los más lúcidos de entre ellos.
Es un libro desilusionado, San Manuel Bueno, Mártir—perdida está la ilusión en redimir a la humanidad en este o en el otro mundo. Y mantiene sin embargo la ilusión de que vale la pena mantener las ilusiones. Algo es algo; y es cierto que tiene algo de desagradable y poco elegante el privar a la gente de sus ilusiones, aunque sea sin regodearse en ello. A veces es fácil sembrar la duda, o derrumbar el edificio tambaleante de la fe de alguien, y quien convence, vence—pero hay batallas en las que duda uno de lo que se puede salir ganando. A los niños no tengo yo mayor interés en quitarles la fe en los ángeles de la guarda ni en un mundo feliz over the rainbow. Se queda uno un tanto desprotegido cuando mira sobre su hombro y ve que no hay ya ningún ángel de la guarda al lado. Hay que vivir con eso, sí, pero tampoco hay por qué darse prisa en ahuyentar a esos espíritus. Ya se van solos. Quien haya de descubrir que estas cosas no existen más que como mitos lo hará a su tiempo, como quien descubre que no hay Santa Claus. Para algunos, el descubrimiento de que no hay Santa Claus parece ser suficiente como desmitificación simbólica, y prefieren no aventurarse más allá. La verdad podría ser terrible para más de uno.
A muchos ateos predicadores (ahora andan muchos por allí con cartel de escépticos, o antimagufos) los encuentro, por tanto, ligeramente primarios e ingenuos a este respecto—incluso cuando son tan elocuentes y cargados de razones y argumentos como Dawkins. Quién era, el que decía que el ateísmo sólo tendría éxito mediático cuando se convirtiese en una religión.... Ah, sí, era Adolf Tobeña. El argumento de Unamuno en San Manuel Bueno, Mártir, no deja de tener ciertas resonancias con los de estos sociobiólogos escépticos con el escepticismo—los que defienden la función cognitiva y adaptativa de la creencia en espíritus sobrenaturales y existencias trascendentales. Brian Boyd es otro de ellos. Desde luego las creencias religiosas son un fuerte cimiento para la moralidad, el altruismo, el respeto a los demás (a los demás miembros del grupo, se entiende), y otras actitudes socialmente positivas.
Como novela de personajes y situaciones y argumento, la de Unamuno no vale gran cosa. Lo más memorable es la idea que la anima: el sacerdote que pierde la fe pero cuya santidad proviene de estar decidido a no privar de ilusiones a sus feligreses. La santidad de él la conocen la narradora Ángela Carballino y su hermano Lázaro, antiguo socialista que es convertido por Don Manuel a su curioso cristianismo ateo. Los feligreses creen buenamente que su párroco cree en Dios tan ingenuamente como ellos, y confunden su santidad tan particular con otra más tradicional. En realidad ni Unamuno ni Don Manuel tienen gran respeto por la fe del creyente de a pie: quien dice creer tales cosas como las que enseñan las doctrinas religiosas es o porque no tiene muchas luces o porque no se plantea en realidad si las cree o no. Esto puede hacerse por desinterés puro, o por colocarse una especie de autoprohibición más o menos consciente de investigar tales cuestiones (parece ser el caso de Ángela). O puede decir también la gente que cree porque hace como Don Manuel: por escepticismo ante la utilidad de la verdad, por cortesía ante los demás, por maquiavelismo benévolo.
Esta es la escena clave de la novela, en que Lázaro revela a Ángela la verdad, tras su conversación con el cura:
—Entonces —prosiguió mi hermano— comprendí sus móviles y con esto comprendí su santidad: porque es un santo, hermana, todo un santo, hermana, todo un santo. No trataba, al emprender ganarme para su santa causa —porque es una causa santa, santísima, arrogarse un triunfo, sino que lo hacía por la paz, por la felicidad, por la ilusión si quieres, de los que le están encomendados; comprendí que si les engaña así —si es que esto es engaño— no es por medrar. Me rendí a sus razones, y he aquí mi conversión. Y no me olvidaré jamás el día en que diciéndole yo: "Pero, don Manuel, la verdad, la verdad ante todo", él temblando, me susurró al oído —y esto que estábamos solos en medio del campo—: "¿La verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella." "Y ¿por qué me la deja entrever ahora aquí, como en confesión?", le dije. Y él: "Porque si no me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerlos felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarlos. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerlos vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío." Jamás olvidaré éstas sus palabras. (80)Lázaro aún mantiene algunas esperanzas de reformismo social, un socialismo cristiano—una especie de teología de la liberación de los años treinta—pero de ellas le disuade don Manuel, diciéndole que la religión no está hecha para resolver los conflictos del mundo, sino para que los hombres, obren como obren, "se consuelen de haber nacido, que vivan lo más contentos que puedan en la ilusión de que todo esto tiene un sentido." Si se lograse el socialismo, la utopía en tierra, llevaría al tedio de la vida, opina don Manuel—y ese puede ser un mal mayor que otras miserias. "Sí, ya sé que uno de esos caudillos de la que llaman la revolución social ha dicho que la religión es el opio del pueblo. Opio... Opio... Opio, sí. Démosle opio, y que duerma y que sueñe" (92). ¡Todo un programa de ilustración, desde luego, el de Unamuno!
La religión es para él ficción, mito, falsedad, pero una falsedad que complica la vida humana, nos coloca en un plano distinto al de los demás seres, nos hace creernos espíritus puros—al menos a medias. (Y el espíritu puro o mundo de las ideas es la gran aportación del ser humano en la historia de este mundo). Nos da el peculiar autoengaño que nos hace ser lo que somos: un mundo de sentido en el que habitar. Nuestro mundo está hecho en última instancia de ideas que lo organizan. La fragilidad de las ideas es que pueden resultar ser sólo ideas, y Dios, origen y sustento de la realidad, puede dejarla sin punto de apoyo, en caso de evaporarse. Generemos misterios, pues, nos dice Unamuno, y no nos enfrentemos a nuestra triste realidad humana sin el filtro que le da lo trascendente. Podríamos asustarnos, o desilusionarnos—y si progresamos, progresar hacia ninguna parte:
"Sé tú, Lázaro, mi Josué, y si puedes detener el sol detenle y no te importe del progreso. Como Moisés, he conocido al Señor, nuestro supremo ensueño, cara a cara, y ya sabes que dice la Escritura que el que le ve la cara a Dios, que el que le ve al sueño los ojos de la cara con que nos mira, se muere sin remedio y para siempre. Que no le vea, pues, la cara a Dios este nuestro pueblo mientras viva, que después de muerto ya no hay cuidado, pues no verá nada..." (100).Unamuno es hasta cierto punto don Manuel, pero también es Lázaro, el ilustrado desengañado, que ahora ve claramente que la sociedad ideal futura es también sólo una utopía, una idea, que nunca ha de realizarse. Los revolucionarios sociales, como las religiones castigadoras, fuerzan la realidad humana. Hay en ellos un desprecio del presente y de la vida real y actual en previsión de una vida futura que nunca ha existido ni existirá. Así le dice Lázaro a su hermana:
"—Él me curó de mi progresismo. Porque hay, Ángela, dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba, de la resurrección de la carne, atormentan como inquisidores que son, a los demás para que, despreciando esta vida como transitoria, se ganen la otra, y los que no creyendo más que en éste...En Savonarola se juntaron los dos ideales, salvación y utopía tiránica, imagen una de la otra. Unamuno es lo contrario de un redentor; aboga por una religión de puro formalismo, de tolerancia, un alivio de la realidad. Es curioso, sin embargo, que no aplique la misma regla en la novela a los dos tipos de religiones, la del más allá y la del más acá; que no admita la validez del ideal de la utopía socialista como algo que pueda también dar ilusiones y crear sentido a la vida, aunque nunca se vaya a realizar. Quizá le parezca un opiáceo demasiado flojo; pero un mensaje secundario de la novela es, desde luego, la desilusión con toda idea de reforma posible de la sociedad humana. La vida es demasiado corta, opina don Manuel, como para no recurrir a un ideal más accesible a todos, darles a cada uno su cielo, aunque sea ilusorio. Requiere eso, claro, mantener la ilusión. Al contrario que Dawkins, Unamuno cree que la fe en la existencia de espíritus y en el más allá proporciona más seguridad que angustia y más consuelo que ocasiones de manipulación. También cree que la vida mortal y la consciencia son algo más terrible de lo que parece a simple vista.
—Como acaso tú... —le decía yo.
—Y sí, y como don Manuel. Pero no creyendo más que en este mundo, esperan no sé qué sociedad futura y se esfuerzan en negarle al pueblo el consuelo de creer en otro..." (103-104)
Podríamos decir, claro, que Unamuno no hace exactamente como Don Manuel, guardar el secreto... sino que al escribir este libro más bien grita su verdad en medio de la plaza. Pero quizá su libro va dirigido sólo a los Lázaros de este mundo, y bien sabe que será ignorado por los demás.
También hoy se promueven a veces, al margen del cristianismo y frente a las utopías terrestres, ingenierías sociales y revoluciones, utopías trascendentales que si bien no tienen mayor sustancia, ayudan a mantener el status quo e ilusionan a la gente—a quienes prefieren vivir de ilusiones más que de verdades. Es una cosa muy humana, y ésta sí que no parece que vaya a cambiar con ningún programa de ingeniería social. Todo lo más se transforma.
La gente encuentra sus propios remedios para la falta de sentido y la mortalidad. El fútbol quizá sea la última encarnación masiva de la religión, de ese mundo aparte con el que nos autoengañamos y cimentamos (con cimientos imaginarios) la existencia cotidiana. Pero cada cual se construye su religión; y si no es en el fútbol, estará el más allá trascendental en la Patria, o en el Amor, o en los sagrados recuerdos, o en la eficacia profesional, o en sublimaciones sexuales. Todas estas cosas que nos importan, ¿bien quedarán almacenadas en algún sitio, acumuladas en algún blog de la Eternidad? Ya la lo decía Chesterton—si no crees en Dios, el peligro es que puedes acabar creyendo en cualquier cosa.




