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jueves, 15 de agosto de 2024
viernes, 4 de enero de 2019
Retropost (4 de enero de 2009): Gran golpe en Irlanda
Gran golpe en Irlanda
Capítulo 2 de 1599: A Year in the Life of William Shakespeare, de James Shapiro ( Londres: Faber and Faber, 2005).
(Capítulo
1: A
Battle of Wills).
2. A Great Blow in Ireland. La expedición a Irlanda de Essex, contra la rebelión de O’Neill, conde de Tyrone.
En 1598 moría el hombre fuerte del régimen de Elizabeth, el Lord Tesorero Burghley, experto en manejar las crisis y desactivar partidismos. A su muerte, los dos partidos se encarnarán en la persona de su hijo, Sir Robert Cecil, y el conde de Essex, de quien Burghley había sido tutor. El partido de los togados contra el de los soldados, respectivamente. Essex, contra quien se murmuraba que promovía la guerra en interés propio, escribió una curiosa Apology defendiéndose, con una evocación nostálgica del reinado de Enrique V y sus exitosas campañas militares en Francia, como un ideal patriótico y caballeroso. "Habiendo prometido escribir una nueva versión de Enrique Quinto, Shakespeare era muy consciente del equipaje político que acarreaba esta historia, tanto más una vez empezó a circular la Apología de Essex" (Shapiro 55, traduzco). Y se encuentran en la obra de Shakespeare numerosas alusiones, tanto implícitas como explícitas, a la campaña irlandesa de Essex.
Essex, favorito de la reina tras sus predecesores Leicester y Hatton, era menos prudente que ellos, además de treinta años más joven, y se indignaba cuando la reina no seguía sus sugerencias políticas. Una célebre bronca tuvo lugar con ocasión de enviar un nuevo administrador a un puesto un tanto envenenado en Irlanda. Essex no quería que Elizabeth enviase allí a su tío y aliado William Knollys, y le hizo un gesto de desaire a la reina, dándole la espalda con insolencia. Elizabeth le dio una bofetada en la oreja. Essex, airado, insinuó que si la reina no fuese mujer no le aguantaría esto—un primer episodio grave, sobre todo cuando Essex se empecinó en su honor combinando razonamientos aristocráticos tradicionales con argumentos modernos contra la tiranía—una combinación peligrosa a los oídos de la reina. Tales fueron los preliminares palaciegos de la expedición de Essex a Irlanda—un lugar donde era fácil fracasar.
En 1597 había habido una derrota sonada de los ingleses en Blackwater, con un ejército masacrado. Elizabeth preparaba la respuesta, y buscaba un jefe para encabezar una campaña de represalia en Irlanda. Essex se veía tentado por la aventura militar, a la vez que veía que era un paso peligroso. Se opuso a que encabezase la expedición de castigo alguien de menos rango que él. Pero Essex conduciría su campaña de modo ineficaz, atento más a su idea tradicional de la guerra que a las peculiaridades de la situación irlandesa—de sus lealtades inciertas, de su paisaje traicionero, y de la estrategia más localizada seguida por Tyrone, basada en el desgaste y en esquivar la batalla, en el empantanamiento del adversario, y el ataque por sorpresa. Volvió de Irlanda desconcertado y fracasado. Su sucesor Mountjoy, a quien Essex se había opuesto en un principio a enviar, siguió los consejos genocidas del poeta Spenser en A present View of the State of Ireland, y en lugar de perseguir a las partidas de rebeldes irlandeses sumió al país en el hambre y la desesperación antes de reducirlo militarmente. Esto no fue ni caballeroso, ni decente, ni ético—pero fue eficaz.
Por su parte, Essex, con su campaña desbaratada, frustrado, y ofendiendo a la reina con sus familiaridades, se vio despedido de la corte. Y cuando intentó a la desesperada montar un golpe de estado para imponerse frente al partido de sus rivales, en 1601, fue arrestado, condenado y decapitado.
—oOo—
martes, 28 de julio de 2009
Cosas que mueren, cosas recién nacidas
Capítulo 13 del libro de James Shapiro 1599: A Year in the Life of William Shakespeare (Londres: Faber and Faber, 2005)
(Capítulo 12: El bosque de Arden)
13. Things Dying, Things Newborn. Muere la Caballería representada por Essex. Nace el capitalismo.
"Thou met'st with things dying, I with things newborn" (The Winter's Tale).
El conde de Essex había desembarcado en Irlanda el 14 de abril de 1599, en una campaña rodeada de murmuraciones, y sintiendo él mismo oscuras premoniciones del fracaso de su empresa, quizá debido a sus tensas relaciones con la reina. Se encontró allí con mala intendencia que hacía imposible un ataque directo contra el rebelde Tyrone, y el Consejo Privado del reino le negó refuerzos. Además, las fuerzas rebeldes resultaron ser mucho más numerosas de lo previsto: les duplicaban en número. Lejos de poder atacar a Tyrone en Ulster, sólo podía aspirar a contener la rebelión en el sur y el oeste. Shapiro observa que la única posibilidad de victoria hubiera sido seguir la estrategia sugerida por Spenser: sembrar el terror, arrasar las cosechas, y doblegar Irlanda con el hambre y la brutalidad salvaje. Pero tal estrategia repugnaba a Essex, que aspiraba a un enfrentamiento honorable en el campo de batalla.
Intentó Essex promover a amigos y parientes suyos para los puestos de responsabilidad en Irlanda, pero la reina repuso desautorizándolo.
"Detrás de estas maniobras, detrás de toda la campaña irlandesa, había un enfrentamiento sobre la cuestión de la cultura del honor" (285)
(Y en realidad de las relaciones entre aristocracia y monarquía absoluta:)—los aristócratas, los caballeros tradicionales, habían visto sus filas reducidas bajo los Tudor, y Elizabeth continuó con esta política, sometiendo y estrangulando la independencia de la nobleza. Essex era el representante de esta tradición aristocrática, y su portavoz más explícito. Había conseguido el puesto muy codiciado por él de mariscal de la corte (Earl Marshal), encargado del ceremonial de caballería de la corte. Y lejos de interpretar su puesto como una mera cuestión ceremonial, intentó resucitar el papel de la caballería de modo activo, irritando a la reina. Se negó a firmar como su "sirviente" e insistió en que era su "vasallo", ligado por tradiciones de ceremonial y jerarquía feudal, no por servidumbre. Cuando fue comandante, en Rouen y en el ataque a Cádiz, se dedicó a armar caballeros a numerosos partidarios suyos, en grandes números, algo fuera de lo corriente. Y en Dublín organizó un festival caballeresco fastuoso, en contraste con la ceremonia cortesana donde Isabel premió a cortesanos "poco caballerosos", en su continuada subversión de la tradición de la caballería. También respondió privando a Essex de un jugoso monopolio que codiciaba y dándoselo a su rival el burócrata Cecil.
Shakespeare en esto parece estar del lado de Essex: en sus obras se ve el contraste entre caballeros guerreros tradicionales, y los advenedizos cortesanos y cobardes: por ejemplo cuando a Sir John Fastolfe le arrancan la insignia de la jarretera en Enrique VI 1. Su propio interés en procurarse un blasón muestra cómo participaba de estas ambiciones aristocráticas, y quizá también le remordiese el contraste entre la pura formalidad administrativa y el contenido caballeresco y marcial.
En Irlanda, los rebeldes nativos luchaban una guerra de guerrillas, evitando el enfrentamiento directo y dejando agotarse a los ingleses con su estrategia tradicional. Las batidas inglesas tenían algún éxito ocasional, otras veces terminaban en emboscadas y expediciones sin sentido ni rumbo. El país los ignoraba en la medida de lo posible, Essex entretenía a sus hombres con la esperanza de honores y victorias, nombrando más caballeros aún. Le llegaron noticias de la muerte de su hija en Inglaterra. Contra sus tropas derrotadas en Wicklow aplicó Essex una medida de antigua tradición pero repugnante: la ejecución de uno de cada diez supervivientes. Las deserciones se sucedían, y aumentaban la mala prensa del conde en Inglaterra con testimonios de primera mano. La moral bajaba, las enfermedades y bajas proliferaban, la intendencia era corrupta, el equipamiento inadecuado. Isabel le envió a Essex órdenes de atacar directamente a Tyrone y le prohibió volver a pisar Inglaterra sin su permiso. La paranoia del conde se alimentaba sola, pero también tenía motivos por la actividad de su partido contrario en la corte. Essex preparaba expediciones con sus malas fuerzas, pero al parecer también le tentaba la idea de desembarcar en Milford Haven y defender su causa en Inglaterra (una idea que Shapiro dice pudo haber sacado de Ricardo III, donde desembarca allí la exitosa fuerza contra el tirano). Los espías de Cecil ciertamente barruntaban estos planes del conde. En un consejo militar, Blount y Southampton (el antiguo patrono de Shakespeare) le convencieron a Essex de que más bien fuese con un grupo de hombres a hablar con la reina. Pero la reina estaba cada vez más irritada con Essex, su independencia de criterio, su teatralidad y su autocompasión.
Y Essex acabó por salir contra las fuerzas superiores de Tyrone, pero éste eligió esquivarlo y marearlo y frustrarlo. Fue retado por Essex a combate singular, pero lo ignoró. Ofreció una sumisión ceremonial de forma y sin sustancia real, y parlamentó con Essex a principios de septiembre. Pero esto iba en contra de las instrucciones de éste, que se hizo sospechoso de buscar algún interés propio o algún plan de traición. La reina reiteró sus órdenes, pero Essex ya se había embarcado a finales de septiembre y fue a Inglaterra para ser recibido por la reina. A la vez, en su bando se debatían planes de matar a Cecil y sus partidarios antes de hablar con la reina, aunque Essex no lo consintió. Essex irrumpió en las habitaciones de la reina, sin adecentarse antes, y pillándola a ella sin arreglar, para obligarla a escucharle. Elizabeth no sabía si estaba ante una rebelión o no, pero siguió la corriente a Essex cuando éste hizo ademanes de sumisión feudal. Prometió recibirlo enseguida: mientras, se informó de que venía sin su ejército, y lo despidió ordenándole que esperase sus instrucciones. Essex estuvo esperando hasta que su impaciencia lo llevó a montar un intento de rebelión, que lo llevó al cadalso. Con él moría una parte de la caballería tradicional.
A la vez, estaba naciendo el imperialismo capitalista y comercial, que abre una nueva era de la historia de Inglaterra. También estos días de finales de septiembre, un consorcio de comerciantes londinenses elevaron una petición a la Reina y fundaron la East India Company, para comerciar con la India. Se empezaban a poner las bases del todavía inexistente "Imperio Británico" del cual llevaba hablando el mago John Dee veinte años. Imitaban a los mercaderes holandeses, que acababan de obtener beneficios de un 400% en sus inversiones en la ruta oriental del comercio. Los mercaderes ingleses de la Compañía de Levante tenían una ruta de distribución por tierra, a través de Turquía, pero eran quienes más tenían que perder, así que se apresuraron a abrir la nueva ruta. No eran aristócratas, pero buscaban el apoyo de la corte y de sus nuevos hombres. Y lo tendrían en Cecil, más que en la tacaña reina. Cecil fue el dedicatario de los viajes de Hakluyt, una útil propaganda de estas aventuras de navegación, cuyo segundo tomo, sobre viajes a la India y más allá, se estaba terminando este otoño. En la reedición de 1599 suprimió la narración de la campaña de Cádiz de Essex del primer tomo, y toda alusión al conde. Las fortunas de éste caían estrepitosamente a la vez que nacía el nuevo imperio, comercial y no caballeresco. Los nuevos aventureros eran los mercaderes—Shakespeare usa la palabra en ambos sentidos (y recordemos también la dedicatoria de los Sonetos, de Thomas Thorpe, que alude a una empresa comercial y aventurera).
Shakespeare no tenía fondos suficientes, si tenía interés, para invertir en estas empresas. Aunque queda la anécdota de la representación de Hamlet en uno de los tempranos viajes a oriente, a bordo del navío Dragon, en 1607, cerca de África.
Del escepticismo de Shakespeare hacia los ideales heroicos queda sus desencantadas aventuras homéricas en la cáustica obra Troilus and Cressida. En Hamlet también se nota la huella del desencanto, en el contraste entre el mundo caballeresco del viejo Hamlet y las intrigas cortesanas y dudas metafísicas del presente. La armadura del viejo rey es un anacronismo, como lo eran los torneos de Essex en la Inglaterra isabelina. También en la representación que hace Shakespeare de los duelos, sus tecnicismos y decadencia, está el signo de los tiempos y la decadencia de la auténtica caballería—la transformación de la tradición marcial en deporte.
La expedición de Essex en Irlanda se frustró. El poema de Thomas Churchyard para darle la bienvenida al conde en su regreso quedó sin publicar; la comparación de Essex con Enrique V en la obra de Shakespeare se suprimiría de la publicación. A Essex unos le intentaban convencer de que forzase a la reina a reconocerle; otros le sugerían que escapase al extranjero: Essex mismo prefería el combate a la huída, y muchos de sus partidarios le abandonaban viéndole en desgracia y temiendo verse implicados en algún intento desesperado. Algunos dicen (Fulke Greville) que eran los enemigos de Essex los que hacían circular rumores de sus intenciones, para terminar de hacerle caer. Mountjoy fue nombrado Lord Deputy en Irlanda para suceder a Essex, y también allí había intrigas: estaba dispuesto a hacer una demostración de fuerza junto con Essex y el rey escocés para asegurar una sucesión escocesa a la corona. Pero de estos planes, en los que estaba involucrado también Southampton, se descolgó Mountjoy, y no quiso involucrase en ellos el futuro Jacobo I. Estos planes eran secretos, pero los tiempos estaban listos para ellos; estaban en el aire—y así encontramos conspiraciones semejantes en Hamlet (1600) que muestra pues la marca de su tiempo, como según dice el príncipe debe hacer el teatro.
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