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martes, 8 de agosto de 2023

La herejía alemana

Según Ramiro de Maeztu, en La Crisis del Humanismo (1916):


"Si me pedís que explique la razón de que hombres cultos se dejaran arrojar como piedras a las trincheras de Verdun, sin que les estimulase el convencimiento de que peleaban por una causa justa, como en la guerra contra Napoleón, os responderé en dos palabras: la herejía de Hegel.

En el pasaje más grandioso de San Pablo, que la Iglesia ha recogido en el dogma de la resurrección de la carne, se nos promete que, en el día del Juicio el hombre carnal resurgirá convertido en el hombre espiritual. Intrigado por este misterio del hombre espiritual, Irineo dijo que el espíritu es la unidad del cuerpo y del alma. Esta unidad es el eterno ideal del cristiano. Mas para Hegel no es un ideal, sino una realidad. Su filosofía es la del espíritu; el espíritu es ya un hecho: se afirma a sí mismo en el hombre, se objetiva en el Estado, y se hace absoluto en el arte, en la filosofía y en la religión. A esta afirmación central de Hegel no es posible hallar origen científico. Y por ello ha de emplazarse en la historia de las grandes herejías.

A ella pertenece también el error inicial de Kant. Según Kant es heterónoma la acción que el Estado nos impone, por contraste con la acción autónoma o libre del individuo. La razón de este contraste es que Kant cree en la existencia de cosas en sí. Ello le hace distinguir entre los actos que ejecutamos espontáneamente y los que ejecutamos por presión externa. Estos son legales; aquéllos, morales. En el idealismo (o espiritualismo) absoluto de Hegel no hay cosas en sí. Por eso su ética empieza en la legalidad y culmina en el Estado. Todo es autónomo.Las cosas mismas no son más que la negación de la idea al salir de sí misma. Pero el inventor de este concepto de autonomía no fue Hegel, sino Kant, al afirmar que la ética no se fundaba en el concepto de lo bueno, sino en la autonomía de la voluntad, es decir, al identificar la bondad con la libertad del agente y mantener, frente a toda evidencia, que toda acción libre es buena porque es libre.

Es característico de toda ética formal, sea de Kant, sea de Hegel, el valorar las acciones no por la propiedad que tengan éstas de ser buenas o malas, sino porque el actor es o no libre. Si el actor, individuo o Estado, es libre, la acción es buena. Ya se ha dicho que esta moral ensoberbece y desmoraliza al hombre, haciéndole imaginarse que no necesita más que sacudirse los obstáculos que se oponen a la realización de su albedrío, para convertirse en un arcángel. Lo que no se ha dicho, que yo sepa, es que esta ética formal, con su culto de la autonomía, tiene por consecuencia necesaria el culto de la fuerza. ¿Por qué? Porque autonomía es la facultad de obrar con espontaneidad, lo que supone capacidad de resistir los impulsos externos. Esta capacidad supone fuerza. Es verdad que la ética formal puede ser interpretada en un sentido individualista. En este caso nos moverá a desear no que el individuo haga el bien, sino que sea el amo, que tenga fuerza. El resultado práctico de esta moral será una sociedad en la que los individuos sólo se cuiden de aumentar su fuerza, y como a cada individuo no le interesa más que la suya propia, y ésta se aumenta más fácilmente que de otro modo obligando al prójimo a servirla, llegaremos por este camina a la guerra de cada uno contra cada uno, que es el carácter distintivo, según Hobbes, del Estado natural. Pero si damos a la ética formal la interpretación hegeliana, nuestro ideal será un Estado que tampoco se cuidará de hacer el bien, sino únicamente de ser amo, de asegurar su autonomía y de aumentar su poder. Y como el Estado no tiene voluntad, ni aun existencia, el resultado práctico de este ideal será una sociedad en que la voluntad de los gobernantes—que llamarán a su ambición voluntad de Estado—reinará despóticamente sobre la de los gobernados, ya que éstos no solamente se hallarán materialmente sujetos a la maquinaria gobernante, sino que también estarán sujetos a ella moralmente, porque habrán sido educados en la idea de que la primera de las virtudes es la obediencia al Estado, cosa que en realidad no significa más que obediencia a los gobernantes.

Ahora bien, un estado basado en la suprema autonomía de los gobernantes, que implica la absoluta obediencia de los gobernantes, acabaría inevitablemente por destruirse a sí mismo si se hallase solo en el mundo, porque sus masas populares se sentirían aniquiladas no tanto por la opresión, como por la falta de esperanza de mejorar jamás su suerte, y una vez que las masas populares se sintieran descorazonadas, los gobernantes se quedarían sin gobernados o con una multitud de parias tan completamente desalentados por la carencia de esperanza de llegar a ser nunca gobernantes, que no les quedaría ni la ambición ni la vitalidad necesarias para ejecutar los menesteres de la vida industrial cotidiana. No hay hombre capaz de servir una máquina ocho horas diarias durante diez años si no le alienta la vaga esperanza de salir de su cárcel algún día. Un Estado semejante no puede mantenerse sino en lucha constante contra otros Estados, y alimentando incesantemente entre las clases gobernadas el ideal de conquistar e incorporarse otros Estados, porque es sólo con el progresivo ensanche de sus fronteras como se hace posible la extensión de sus clases gobernantes, con lo cual se puede dar a los oprimidos la esperanza de que se conviertan algún día en opresores de los extranjeros conquistados. Tal ha sido el secreto de la vitalidad de Prusia. Su historia es una sucesión de expansiones, en círculos concéntricos de dominación, que abre hasta a los prusianos peor tratados el horizonte de llegar a convertirse en tiranos de los países que serán objeto de la próxima conquista. Y la ética formal contribuye también a la realización de esta expansión incesante, en cuanto que contribuye a unir a los gobernados bajo el poder de los gobernantes, y es sabido que la unión hace la fuerza, sobre todo en la guerra.

Tenemos, frente a frente, dos interpretaciones posibles de la ética formal: la autoritaria o "estatista" y la liberal o individualista. La primera producirá sociedades que sólo pensarán en aumentar el poder del Estado, es decir, de los gobernantes, y la segunda, sociedades que sólo pensarán en aumentar el poder de los individuos en general. En caso de conflicto entre ambos tipos de sociedades, la victoria sería indefectiblemente para la autoritaria, y la derrota para la individualista, por la sencilla razón de que las fuerzas de la primera estarían unidas y las de la segunda, desunidas. Pero este conflicto es imaginario, porque una sociedad puramente individualista no ha existido nunca, ni es posible que exista."


 

 

(Ed. Almar, 101) 

miércoles, 15 de junio de 2022

Decir Siempre la Verdad

 

Comentario que pongo a este artículo de The Conversation:

Íñiguez de Onzoño, Santiago. (President, IE University). "¿Es legítimo mentir? Las múltiples versiones del engaño." The Conversation 14 June 2022.*

         https://theconversation.com/es-legitimo-mentir-las-multiples-versiones-del-engano-184930

         2022


Decir la verdad a veces puede ser más desastroso, e incluso inmoral, que mentir estratégicamente. Por ejemplo, Kant seguramente decía la verdad cuando puso su famoso ejemplo de no engañar a los asesinos que buscan a nuestro amigo, pero sólo consiguió desacreditarse como filósofo moral. Un poquito de disimulo habría hecho que nos pareciese Kant mejor persona, así que en este caso…¡viva la sinceridad! 

Comento esto más en “No Mentirás al Asesino” https://www.ibercampus.es/no-mentiras-al-asesino-33046.htm

 

Por tanto, y culmino con corolario, no vale como máxima moral universal el mandamiento de "decir siempre la verdad."  Como máxima moral para guiarse, más vale atenerse a "actúa con inteligencia y prudencia."


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jueves, 14 de abril de 2022

Kantian Kissinger

Kantian Kissinger on the world having no options but globalism, after the self-fulfilling prophecies of terrible catastrophes "that our leaders try to fulfill".






Kissinger moviendo hilos

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jueves, 14 de mayo de 2020

Kantians Watching











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lunes, 5 de marzo de 2018

Retropost #2042 (5 de marzo de 2008): Imperativo maquiavélico


Machiavelli


Un cuasi-diálogo con Victor Gómez Pin en su blog—en rojo sus artículos, en negro comentarios míos o ajenos:

Confianza entre seres de palabra, argumentos kantianos...

"La máxima es el principio subjetivo de la acción y debe ser diferenciado del principio objetivo, es decir de la ley práctica (ley por adecuación a la cual se mide el carácter moral de un comportamiento). La máxima determina en base a las condiciones del sujeto (muy a menudo en base a su ignorancia, o bien a sus inclinaciones) y constituye así el principio en conformidad al cual el sujeto procede, mientras que la ley es el principio objetivo, válido para todo ser razonable, el principio en conformidad al cual debe proceder, o sea un imperativo."

Este texto de la kantiana Metafísica de las costumbres, al que aludía al principio de estas reflexiones sobre el simulacro, nos da la clave de dónde se sitúa el pesimismo y el optimismo en materia de comportamiento ético. Kant es optimista, tiene confianza en que el hombre en última instancia no puede ser totalmente ajeno a los imperativos de la razón, actitud que se traduce, entre otras cosas, en un comportamiento ético.

La diferencia jerárquica entre la máxima y la ley estribaría en que la primera sería subjetiva y contingente, mientras que la segunda sería objetiva y necesaria:

Todo ser humano está permanentemente atravesado por aspiraciones subjetivas, que se traducen en deseo respecto a determinado objeto, circunstancia, posición personal etc. Y esta capacidad subjetiva de desear es esencialmente contingente y mutable, subordinada a la variabilidad de individuos y peripecias.

Por el contrario, sea cual sea su circunstancia, el ser humano desea tener razón, cuando menos tener razón instrumental, pues de perderla se hallaría en la imposibilidad de alcanzar sus fines, sórdidos o no (para envenenar a alguien hay que poner los medios racionales necesarios). Pero sobre todo el ser humano no podría no desear que el otro ser humano se halle motivado por objetivos que no se reduzcan a intereses subjetivos y mezquinos. Todo ser humano estaría obligado a desear que en el otro se de una parcela que lo convierte cabalmente en una persona, es decir, que esté motivado por intereses universales de la humanidad. Y hasta cabría decir que, de hecho, está convencido de que así es efectivamente, pues de lo contrario, privado de toda confianza, viviría atravesado por el terror y el imperativo de la vigilia permanente.


[Publicado el 29/2/2008 a las 11:16]

Comentarios:

En general, y en el seno de una comunidad, posiblemente. Como norma general que haga posible la vida social.
Ahora bien, incluso en una comunidad hay parásitos, criminales y asociales, que hacen que en la práctica se limite muy seriamente esa presuposición de racionalidad.
Además, hay otras comunidades que pueden estar enfrentadas con la nuestra, con lo cual no se aplicaría.
A nivel universal, pasa lo mismo con la comunidad de comunidades (intereses encontrados, elementos criminales, etc.).
Por tanto, hay que estar en guardia por si el otro está simulando racionalidad para instrumentalizarnos y metérnosla doblada.
- ¿No lo sabía Kant? Maquiavelo sí.

Comentado por: JoseAngel el 29/2/2008 a las 15:51

Sí, JoseAngel, algunas personas al discutir, a veces no siempre pero sí en ocasiones, levantan esa sospecha de instrumentalización de la supuesta máxima, ya que la ley es más difícil de manipular, si el interlocutor está más o menos enterado, pero si se alega que la máxima en la que está basada es errónea, pues ya está.
Obedecer a la máxima puede hacerte ir contra la ley, esos argumentos de película americana... Y el contrario: el funcionario rígido que se aferra a una norma, también lo vemos mucho fastidiando siempre a los protagonistas.
Me pregunto contra qué nos costaría más actuar ¿contra una máxima o contra una ley? En principio parece que debiera ser contra la máxima, supongo que depende de cuán interiorizada esté en realidad y del grado de aceptación como "valor universal" real que le demos y del riesgo que suponga. Aunque si estás muy convencido hay quien no esquiva la cárcel.
Comentado por: alicedd el 29/2/2008 a las 21:14

Acabo de ver una película muy buena sobre el tema: "Operación Walkiria" o "Stauffenberg", sobre el complot para asesinar a Hitler. Allí la ley estaba clara, pero era obscena e inmoral, y la integridad personal (de algunos al menos) les obligaba a la traición.
http://garciala.blogia.com/2008/030401-stauffenberg.php

Comentado por: JoseAngel el 04/3/2008 a las 23:36

...Y respuesta del cínico

Revisemos:

La base del optimismo en ética consistiría en estimar que todo sujeto humano está obligado a considerar como (bien entendido) interés propio el que se den intereses universales (ideales de fraternidad y justicia) a los cuales los hombres adecuan su comportamiento. Esto no ocurrirá en todo tiempo y en todo lugar, e incluso es posible que aparentemente no ocurra casi nunca, mas de facto, en algún registro, en todo hombre perduraría un rescoldo de esta exigencia de adecuar su comportamiento a lo que posibilita la persistencia de la razón y de los seres que la encarnan.

Es más: confrontado a seres que subsisten embrutecidos por la miseria, seres que oscilan entre la expectativa de la pura rapiña (generalmente de alguien aun más débil) y la consolación imaginaria de reconocerse en el equipo de fútbol triunfante, entonces, para conservar un hálito de confianza, para no caer en el terror, tengo que agarrarme a la idea de que en ellos persiste un respeto ante la razón, respeto traducido, por ejemplo, en el hecho de que, ya sea para urdir sus rapiñas o traiciones, dichos seres argumentan.

Supongamos ahora que no estoy confrontado a la eventual indignidad del otro sino a la propia. Supongamos que erijo como regla de conducta el aprovecharme de la buena fe del otro. Obviamente, tengo entonces que desear que esta buena fe se dé efectivamente, es decir, que el otro no sea idéntico a mí. En suma: hasta para conducir a buen puerto mis aspiraciones más inmundas no podría dejar de desear que en el mundo haya seres motivados por valores desinteresados y favorables a la persistencia de los seres razonable, en lugar de serlo por meros intereses subjetivos.

¿Respuesta del cínico a tal argumentación? Pues la división de los comportamientos: la defensa de los intereses generales de los seres de razón para el otro, y la defensa de los intereses subjetivos para mí.

Mas ¿cabe realmente tal economía? ¿Cabe reducir el lazo entre humanos a comportamiento de "listillos" frente a comportamiento de ingenuos? Ciertamente Kant diría que no; que ni el cínico lo es totalmente, el ser moral deja, en ocasiones de codiciar el pan (material y espiritual) del otro. Pero vaya usted a saber si podemos dar razón a Kant...
[Publicado el 03/3/2008 a las 11:00]

La inevitable doblez

"El antiguo camarada me dijo que no había cambiado y comprendí que él no se creía cambiado. Entonces lo miré mejor. Y, en realidad, salvo que había engordado tanto, conservaba muchas cosas del tiempo pasado. Sin embargo, yo no podía comprender que fuera él. Entonces procuré recordar. En su juventud tenía los ojos azules, siempre reidores, perpetuamente móviles, en busca, evidentemente, de algo en lo que yo no había pensado, búsqueda que debía ser muy desinteresada, seguramente en pos de la verdad, perseguida en perpetua incertidumbre, con una especie de travesura...Y ahora, convertido en político influyente, poderoso, despótico, aquellos ojos azules que por lo demás no habían encontrado lo que buscaban, se habían inmovilizado, lo que les daba una mirada puntiaguda, como bajo unas cejas fruncidas. Y la expresión de jovialidad, de abandono, de inocencia, se había tornado en una expresión de astucia y disimulo." (Marcel Proust)

En las sociedades que respetan, al menos formalmente, el lema libertad, igualdad, fraternidad, no hay discurso político, educacional, o simplemente periodístico en el que se cuestione el postulado de que los seres humanos somos equiparables en dignidad.

En una de las reflexiones que aquí he ido avanzando ponía el énfasis en el hecho siguiente:

Piense lo que piense en realidad, ningún responsable se atrevería a aseverar que hacer daño a alguien como Einstein (en razón meramente de ser judío) sería más grave que aprovecharse, por ejemplo, de un inmigrante clandestino, analfabeto y diezmado en sus potencialidades intelectuales por el abandono, el miedo y la miseria.

Obviamente esta posición ha de encontrar soporte en una tesis digamos filosófica. Pues las declaraciones de principio sobre la equivalencia de los seres humanos son mero fariseísmo, si no se acepta que, tras las abismales diferencias económicas, sociales, intelectuales y de capacidad física que separan a los humanos, hay algo que los homologa y que tiene mayor peso que todas las diferencias evocadas. Aunque no siempre, participo de un cierto optimismo antropológico que me hace pensar que la convicción de la equivalencia salva veritate entre todos los hombres está profundamente arraigada, como un corolario del kantiano Imperativo categórico.

¿Por qué entonces, al referirme hace unas líneas a las siempre correctas declaraciones de nuestros políticos, preciso "piense lo que piense en realidad"? ¿Por qué esta sospecha de una potencial doblez en quien -responsable político- habría de representar el proyecto mismo de salvar la ciudad? Casi diría que, desgraciadamente, no se trata de una cuestión de indigencia, falacia o traición meramente subjetivas. Algo vinculado a un repudio social de la verdad, ese mismo repudio que funda el pesimismo respecto a la filosofía, hace quizás inevitable que la figura del político responda, en su ademán, y sobre todo en su mirada a la atroz descripción de Marcel Proust que encabezaba estas líneas.

[Publicado el 04/3/2008 a las 11:15]
Comentarios:
—(¡Aquí la respuesta del cínico....!)

Sí, es bueno que haya seres racionales y argumentativos, y eso los une a mí, en principio, razono y argumento. Pero sólo en abstracto y en general: en una situación concreta, puede que estén argumentando y razonando contra mis intereses, y eso los haga más perniciosos y dañinos para mis intereses (más ajenos a mi bien) que una piedra dura o un árbol apenas sensitivo.

El argumento de Kant es un argumento filosófico, aún más, metafísico en el sentido de que está formulado al margen de todo contexto, haciendo abstracción de toda situación real. Es un argumento satisfactorio para un metafísico, pero no para un político. El político (y no sólo el político, sino el animal político) siempre está en una situación en la que la igualdad teórica de los seres humanos no es sino teórica, y por fines prácticos le resultarán más próximos los intereses de este Einstein o de este otro personaje de tercera fila; la superioridad abstracta de uno u otro, o su igualdad teórica en cuanto que son seres humanos, es menos relevante para el político o para el pragmático que el papel que estén desempeñando en nuestro universo interaccional.

Y lo mismo las verdades y mentiras... Hay veces en que una mentira es no sólo más útil, sino más ética, que una verdad.

Comentado por: JoseAngel el 04/3/2008 a las 23:48

En suma, como en la práctica todos somos pragmáticos, he aquí la reformulación maquiavélica del imperativo categórico:

"Antes de apelar al imperativo categórico, evalúa la situación"



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jueves, 19 de octubre de 2017

Del observarse a sí mismo


Un pasaje de la Antropología de Kant, que muestra cómo estaba atento éste al dramatismo de la vida cotidiana, y al papel de la representación dramática en la constitución de la personalidad social y en el autoconcepto. Si somos un espectáculo para los demás, es para empezar porque lo somos para nosotros mismos, y viceversa. La sociedad se funda en gran medida en la representación de nuestro papel social, que viene a ser otra manera de decir, en el arte de aparentar. Especialmente llamativa es la manera en que Kant ya ve a la feminidad como una mascarada, como un arte de aparentar elaborado y para nada natural: en su natural no dramatizado, la mujer está mucho más cercana al hombre, una revelación que amenaza tanto la dualidad de los sexos como el orden dramático fundamental en el que descansa la sociedad.
selfobservation

Del observarse a sí mismo


4. El darse cuenta de sí mismo no es todavía un observarse a sí mismo. Esto último es una síntesis metódica de las percepciones adquiridas de nosotros mismos, que suministra la materia para el diario de un observador de sí mismo y conduce fácilmente a la exaltación y a la ilusión.

El atenderse a sí propio, cuando se tiene que tratar con los demás, es, sin duda, necesario, pero no ha de hacerse visible en el trato mismo, pues entonces hace parecer azorado (cortado) o afectado (retorcido). Lo contrario de ambas cosas es el desembarazo (l'air dégagé), un confiar en sí mismo hasta creer que no se ha de ser juzgado por los demás desfavorablemente para el propio decoro. El que se coloca cual si quisiera juzgar, mirándose al espejo, cómo se conduce, o habla oyéndose hablar (no meramente como oyéndole hablar otros), es una especie de actor. Quiere representar un papel y forja una ficción de su propia persona; con lo cual, si se percibe este esfuerzo en él, pierde en el jucio de los demás, porque suscita la sospecha de una intención de engañar. La franqueza en la manera de mostrarse exteriormente, que no da motivo ninguno a semejante sospecha, es lo que se llama un comportamiento natural (que no por serlo excuye todo arte bello y educación del gusto) y agrada por la mera veracidad en las exterioridades. Donde al par brilla en el lenguaje la franqueza de la simplicidad, esto es, de la falta de un arte del fingimiento que se ha convertido en regla, la franqueza se dice ingenuidad.

La manera franca de expresarse en una muchacha  que se acerca al tipo varonil o en un campesino no familiarizado con los modales urbanos, despierta, por su inocencia y simplicidad (o la ignorancia del arte de aparentar), una risa jovial en aquellos que son ya prácticos y hábiles en este arte. No es un carcajada despectiva, pues se honra en el fondo del corazón la pureza y la sinceridad, sino una benévola y amistosa risa de complacencia en la inexperiencia en el arte de aparentar, arte malo, aunque fundado en nuestra ya corrompida naturaleza humana, por el que antes se debía suspirar que reír, si se le compara con la idea de una naturaleza no corrompida todavía.* Es una momentánea jovialidad, como la que produce un cielo nublado que se abre en un punto para dejar pasar un rayo de sol, pero se cierra al instante, en obsequio a los ciegos ojos de topo del egoísmo.

Mas por lo que conciertne al verdadero propósito de este parágrafo, a saber, la advertencia anterior de no ocuparse en espiar y como en componer una estudiada historia interna del curso involuntario de los propios pensamientos y sentimientos, se la hace porque éste es justamente el camino derecho pra incurrir en la quimera de supuestas inspiraciones de lo alto y de fuerzas que influirían sobre nosotros sin nuestra cooperación y quién sabe de dónde procedentes, en la quimera de los iluminados y de los aterrorizados. Pues, sin notarlo, hacemos supuerstos descubrimientos de lo que nosotros mismo hemos introducido en nosotros, como una Bourignon (4) con sus lisonjeras alucinaciones, o un Pascal con las suyas espantables y angustiosas; un caso en que incurrió hasta una cabeza por lo demás excelente. Albrecht von Haller, el cual, en el Diario de su estado de alma, llevado durante largo tiempo, aunque con frecuencia interrumpido, llegó, por último, a preguntar a un célebre teólogo, su colega universitario en otro tiempo, el doctor Less, si no lograba encontrar en su rico tesoro de la divina sabiduría consuelo para su alma angustiada (5).

El observar en sí propio los distintos actos de la facultad de la representación, cuando uno mismo los provoca, es cosa muy digna de meditación, y para la Lógica y la Metafísica, necesaria y provechosa. Pero el querer sorprenderse a sí propio cuando vienen al espíritu por sí mismos y sin llamarlos (lo que sucede por obra del juego de la imaginación, que crea sin proponérselo), es, porque entonces los principios del pensar no van delante (como deben ir), sino que siguen detrás, una inversión del orden natural en la facultad de conocer, y o es ya una enfermedad del espíritu (visionarismo), o conduce a ella y al manicomio. El que gusta de contar muchas cosas sobre experiencias interiores (gracias, tentaciones), está expuesto en su viaje de exploración y busca de sí mismo a no arribar más que a las costas de Anticira (6). Pues no pasa con estas experiencias interiores como con las exteriores sobre los objetos del espacio, en que los objetos suministran experiencias coincidentes y duraderas. El sentido interno verlas relaciones entre sus determinaciones sólo en el tiempo, por tanto, en un fluir en que no cabe prolongar la observación, como, sin embargo, es necesario para la experiencia.**


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*En este respecto podría parodiarse el conocido verso de Persio, diciendo: naturam videant intemiscantque relicta. (3)

** Si nos representamos la íntima acción, la espontaneidad, por medio de la cual se hace posible un concepto (un pensamiento), la reflexión y la receptividad, por medio de las cuales se hace posible una percepción, esto es, una intuición empirica, la aprehensión, ambos actos con conciencia, puede dividirse la conciencia de sí mismo (apercepción) en la de la reflexión y la de la aprehensión. La primera es una conciencia del entendimiento; la segunda, del sentido interno: aquélla es la apercepción pura, ésta, la empírica; por lo cual se llama erróneamente a aquélla el sentido interior. En la Psicología nos estudiamos a nosotros mismos en nuestras representaciones del sentido interno; en la Lógica, en lo que pone en nuestra mano la conciencia intelectual. Ahora bien, aquí nos parece el yo ser doble (lo que sería contradictorio): 1) el yo en cuanto sujeto del pensar (en la Lógica), que significa la pura apercepción (el mero yo que reflexiona) y del cual no hay absolutamente nada más que decir, sino que es una representación perfectamente simple; 2) el yo en cuanto objeto de la percepción, o sea, del sentido interno, el cual encierra una multiplicidad de determinaciones que hacen posible una experiencia interna.

La cuestión de sí en los variados cambios internos del alma (de su memoria o de los principios admitidos por ella), el hombre, cuando es consciente de estos cambios, pude decir aún que es exactamente el mismo (en cuanto al alma) , es una cuestión absurdaA; pues el hombre sólo puede ser consciente de estos cambios representándose a sí propio en los varios estados como uno y el mismo sujeto, y el yo del hombre es sin duda doble por su forma (por la manera de representárselo), pero no por su materia (por el contenido representado).



 


3. "Contemplen a la naturaleza y giman por haberla abandonado. " El verso de las sátiras de Persio (III.38) dice: Virtutem videant intabescantque relicta, "contemplen la virtud y corróanse a sí mismos por haberla abandonado" [V.].

4. Antoinette Bourgignon (1616-1680), una visionaria y fundadora de la secta, natural de Lila, que influyó principalmente en los Países Bajos, y cuyas obras teosófico-místicas llenan no menos de 21 tomos. [V.]

5. Albrecht fon Haller: Diario de sus observaciones sobre otros escritores y sobre sí mismo, 1787. Less, doctor y profesor de Teología de Gotinga (1736 a 1793). Haller, pocos días antes de su muerte (diciembre de 1777), le hizo llegar por medio de una carta a Heine esta consulta: "¿Qué libro (no ha de ser largo), en mis circunstancias y contra las angustias de la muerte, sino para compartir firmeemente los merecimientos del Salvador, podría yo leer con fruto?" [K.].

6. Anticira, ciudad costera de Fócida, cuyos habitantes habían convertido en un medio terapéutico muy eficaz el eléboro que crecía en gran cantidad en sus montañas, por lo cual es Anticyra citada en Horacio como lugar de curación varias veces (Sat., II, 3, 83, ibíd., 1966, De Arte poética, 300). A Kant pudo haberle sugerido también la cita un artículo del Teutscher Merkur de 1784 "Sobre los viajes y un viajero que dicen fue a Anticyra". [K.]



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viernes, 27 de mayo de 2016

No Mentirás al Asesino (Thou Shalt Not Lie to the Killers)

Presentamos una crítica de las nociones de Kant sobre el deber de decir la verdad y la inmoralidad de la mentira, así como de los principios éticos rigoristas y universalistas en el que se basan dichas nociones. El razonamiento de Kant sobre la veracidad y las mentiras se basa en una falacia consistente en superponer las decisiones prácticas (sobredeterminadas por circunstancias de la acción y por una diversidad de principios morales) y los principios universalistas considerados en su abstracción. El artículo en el que rechaza la moralidad de las mentiras filantrópicas revela claramente las debilidades y absurdos del rigorismo universalista en tanto que guía para la ética práctica. Sostenemos sin embargo que la veracidad rigurosa es deseable en tanto que principio rector de los procesos judiciales.

  Texto completo:

 

 No Mentirás al Asesino

http://ssrn.com/abstract=2783679

 

Jose Angel Garcia Landa


Universidad de Zaragoza

May 24, 2016

Ibercampus, May 23, 2016





English abstract:

Thou Shalt Not Lie to the Killers

This is a critique of Immanuel Kant's notions on the duty of truth-telling and the immorality of lies, and of the rigorist and universalist ethical principles on which these notions are based. Kant's reasoning on truth-telling and lying is based on a fallacy which conflates practical decision-making (which is over determined by the circumstances of action and by a variety of moral principles) and an abstract consideration of universalist principles. His paper rejecting the morality of philanthropic lies evinces the weaknesses and absurdities of universalist rigorism as a guide to practical ethics. Rigorous truth-telling should nonetheless be sustained as a normative requirement in trials and lawsuits.


Note: Downloadable document is in Spanish.
 
Number of Pages in PDF File: 9







_____. "You Kant Lie to Criminals: No mentirás al asesino." In García Landa, Vanity Fea 23 May 2016.*

         http://vanityfea.blogspot.com.es/2016/05/you-kant-lie-to-criminals.html

         2016

_____. "No mentirás al asesino." Ibercampus (Vanity Fea) 23 May 2016.*

         https://www.ibercampus.es/articulo.asp?idarticulo=33046

         2017

_____. "No mentirás al asesino (Thou Shalt Not Lie to the Killers)." Social Science Research Network 24 May 2016.*

         http://ssrn.com/abstract=2783679

         2016

_____. "No mentirás al asesino (Thou Shalt Not Lie to the Killers)." In García Landa, Vanity Fea 27 May 2016.*

         http://vanityfea.blogspot.com.es/2016/05/no-mentiras-al-asesino-thou-shalt-not.html

         2016

_____. "No mentirás al asesino." Academia 27 May 2017.*

         http://www.academia.edu/33216704/nomentiras.pdf

         2017

_____. "No mentirás al asesino." ResearchGate 28 May 2017.*

         https://www.researchgate.net/publication/317179838

         2017

_____. "No mentirás al asesino." Net Sight de José Angel García Landa 5 Jan. 2023.*

         https://personal.unizar.es/garciala/publicaciones/nomentiras.pdf

         2023











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lunes, 23 de mayo de 2016

You Kant Lie to Criminals

No Mentirás al Asesino

O: por qué, aunque en principio sea bueno tener principios morales, el atenerse demasiado a los principios puede ser el final de la moral.

Según el razonamiento de Immanuel Kant en su artículo "Sobre un presunto derecho de mentir por filantropía", si unos asesinos buscan a nuestro amigo que se ha escondido en nuestra casa, y nos preguntan si sabemos dónde está, debemos decirles la verdad. Para actuar rectamente, porque si no ofendemos a la Verdad. Lo que hagan los asesinos luego, sostiene Kant, es cosa de ellos, y si mi amigo muere es por obra de una causalidad que no está bajo mi control. Allá los asesinos con sus asesinatos.

El razonamiento de Kant se basa en un universalismo moral abstracto, y podría pensarse que está aislando el "ingrediente" de daño a la verdad en esa acción concreta, y justificar que simplemente en principio y en abstracto la verdad es preferible a la mentira. Pero no. Lo que se esfuerza en sostener es precisamente lo que he descrito en el párrafo anterior. Y así sentencia:
"La veracidad en las declaraciones que no pueden eludirse [¡¡obsérvese que ni siquiera distingue si nos fuerza a esa declaración una autoridad legítima o ilegítima!!] es un deber formal del hombre para con cualquier otro [para con Jack el Destripador, pongamos], por grave que sea el perjuicio que para él o para otro pueda seguirse de ellas" (352).
Basándolo en el universalismo abstracto, sí, pero la ceguera moral de Kant es que coloca ese universalismo abstracto por encima de cualquier otra consideración en lo que presenta como un caso concreto (que para eso se introduce el ejemplo, en lugar de un análisis descontextualizado de verdad y mentira). El daño a la "veracidad", daño abstracto, se convierte en el criterio que habría de determinar mi conducta concreta.

Es obvio que algo había funcionando muy mal, pero que muy mal, en esa gran cabeza. O en el corazón de esa gran cabeza.

Curiosamente, Adam Smith da muchas vueltas a una cuestión parecida en su Teoría de los Sentimientos Morales, y con un rigorismo universalista en principio no muy distinto. (Allí el ejemplo es si debo cumplir mi palabra de caballero de pagar una fortuna a un secuestrador, una vez me haya liberado). Sin embargo, su tratamiento de la cuestión, aun si puede parecer absurdo e incluso perverso, no llega ni con mucho al nivel de perversión mental de Kant, pues Smith comprende perfectamente que (aunque los principios abstractos resultasen dañados, y ello nos pueda avergonzar) a veces las situaciones prácticas requieren semejantes componendas, por las que unos bienes tienen que contrapesarse con otros, y no hay uno que se imponga por axioma sobre todos los demás —no en virtud de esa perversa interferencia entre reglas abstractas y casos concretos que hemos visto en Kant.

En Kant el debate era con Benjamin Constant, que se escandalizaba por esta afirmación de Kant (y también de J. D. Michaelis antes que de Kant). Para Constant, "Decir la verdad no es, pues, un deber más que para con aquellos que tienen derecho a la verdad. Ahora bien, ningún hombre tiene derecho a una verdad que perjudica a otro." Con la primera frase podemos estar de acuerdo, pues (aquí) no consideramos que todo el mundo tenga derecho a cualquier verdad en todo momento; la segunda frase en cambio nos lleva a otro tipo de rigorismo abstracto, y es, sin más, falsa... en muchas situaciones en las que se determina el derecho.  Por ejemplo, quizá los asesinos resulten perjudicados si después del crimen se esconden en mi casa, y yo le digo a la policía la verdad de dónde están. Como se ve, en su razonamiento de oposición a Kant, Constant desbarraba igual que él por la vía del rigorismo abstracto. Y de hecho Kant le reprocha su inconstancia, pues en su teoría constitucionalista, Constant (gran teorizador político, también) sostiene románticamente que en política "Un principio reconocido como verdadero no debe, pues, abandonarse nunca, sea cual fuere su peligro aparente"—otra máxima ésta que podemos decir que si es muy kantiana, es poco maquiavélica y en realidad inaplicable y absurda.  Pero es rigorista, y por eso a Kant le va, y le reprocha a Constant que no sea constante en su rigorismo.

Kant apela a que el daño a toda la Humanidad que se produce cuando se miente es mayor que cualquier daño local que pueda resultar de mentir por filantropía. Evidentemente en la cuenta de resultados no tiene en cuenta el bien realizado a la Humanidad cuando se miente, otra suma igualmente imponderable que habría que añadir al bien realizado a nuestro amigo en ese caso concreto al impedir que lo encuentren los asesinos.

Pero aquí Kant lo está subordinando todo a su principio (su hobby-horse, que diría Sterne). Con cualquier mentira, tiemblan los fundamentos de la sociedad. Es más, nos condena desde su atalaya rigorista, por falsarios:
"El que acepta la pregunta a él dirigida por otro de si pretende o no ser veraz en la declaración que ahora ha de hacer y no se indigna por la expresada sospecha de que bien podría él ser un embustero, sino que reclama la venia de concebir posibles excepciones para él, es ya un embustero (in potentia)." (355)
Y de hecho no le falta razón, pues todos (menos Kant, que no tenía vida social ni vida propia) somos embusteros in potentia y en acto, no sólo en ese caso de mentira ética sino en muchos otros menos justificables éticamente—de hecho hay un continuo entre las mentiras universalmente justificables (para todos menos para Kant) y las que sólo justificaría el interesado; es un gris continuo de juicios prácticos en el que es inútil esperar encontrar principios universales que separasen claramente (para todos) la mentira moral de la perniciosa. (Y ello sin entrar en la cuestión de que lo que es moral para uno, en términos absolutos, bien puede ser pernicioso para otro). Al parecer ese continuo y ese pandemónium práctico es lo que Kant no puede concebir ni aceptar.

Es evidente que los juicios morales no funcionan a la manera que aquí supone Kant, superponiendo un principio abstracto, con exclusión de todos los demás principios abstractos, a una situación concreta y convirtiéndolo en regla única de comportamiento. Sólo los robots más ridículos de la ciencia-ficción serie B han razonado así—ellos, y Kant, en uno de sus momentos más lamentables y que más hacen sospechar de la cabeza de la Filosofía Occidental o de su desarreglo emocional y moral.

Pero es que aparte de lo erróneo del razonamiento abstracto, hay que leerse los detalles del comentario concreto sobre la situación que usa como ejemplo, para ver hasta qué punto toca fondo la lógica de Kant aquí, después de tanta Crítica de la Razón Pura:
"Pero esa mentira bondadosa puede también resultar por accidente (casus) punible según las leyes civiles; mas lo que escapa a la penalidad por mera casualidad puede también ser juzgado como injusto por las leyes exteriores. Así por ejemplo, si mediante una mentira tú has impedido obrar a alguien que se proponía cometer un asesinato, eres jurídicamente responsable de todas las consecuencias que puedan seguirse de ello. Pero si te has atenido estrictamente a la verdad, la justicia pública no puede hacerte nada, sea cual fuere la imprevista consecuencia de ello. ["Imprevista" es una palabra interesante aquí, que daría para mucho; pero por otra parte es evidente que Kant se está refiriendo a un tribunal de jueces rigoristas kantianos. El derecho aplicado da para más variedad.] En cambio, es posible que, después de haber respondido sinceramente que sí a la pregunta del asesino de si su perseguido se encontraba en tu casa, éste se haya marchado de manera inadvertida, de modo que el asesino no dé con él y, por tanto, no tenga lugar el crimen. [¿Y? se pregunta uno.] Pero si has mentido y dicho que no está en tu casa y aquél se ha marchado realmente (aun no sabiéndolo tú), de suerte que el asesino le sorprende en la fuga y perpetra en él su crimen, puede acusársete a ti con derecho como originador de la muerte de aquél. [Esperemos que no nos toque Kant de juez de guardia. Abundan como él en la profesión, por otra parte.] Pues si tú hubieras dicho la verdad tal y como la sabías, acaso el asesino, mientras buscaba a su enemigo en tu casa, hubiera sido atrapado por los vecinos que acudieran corriendo y el crimen se habría impedido. [O no, acaso lo habría matado, y tú tan satisfecho de no haber mentido. Aquí, extrañamente, en los ejemplos de Kant, sólo se consideran los imprevistos o implausibles que vienen a reforzar las consecuencias indeseables según él de faltar a la verdad, casi como por sincronicidad.] Así pues, el que miente, por bondadosa que pueda ser su intención en ello, ha de responder y pagar incluso ante un tribunal civil por las consecuencias de esto, por imprevistas que puedan ser. Pues la veracidad es un deber que ha de considerarse como la base de todos los deberes fundados en un contrato [¿el contrato prioritario que nos liga a los asesinos?], deberes cuya ley, si se admite la menor excepción a ella, se hace vacilante e inútil.
    El ser veraz (sincero) en todas las declaraciones es, pues, un sagrado mandamiento de la razón, incondicionalmente exigido y no limitado por conveniencia alguna. (Kant 352-3).
Un argumento parecido lo vio de modo muy diferente Hemingway en The Killers. Hay como una extraña y monstruosa hubris de Kant desautorizando las pequeñas buenas intenciones, por fallidas que puedan resultar, en favor de su propia buena intención abstracta, universal y deslocalizada y totalizadora, la respuesta a toda duda moral por vía de la apisonadora lógica. Y hay, sobre todo, una ceguera curiosa cuando elige para su ejemplo precisamente un caso en el que la verdad literal ayuda simultáneamente al crimen, a la traición a los amigos, y a la ofensa de las leyes—cuando parece que debería buscar al menos un intento de coherencia ya no digo entre ética y política, sino como mínimo una coherencia con esas otras máximas universalistas kantianas, el imperativo categórico que nos impulsa a a actuar según principios de reciprocidad que puedan darse por universales (un universalismo aquí mal aplicado, como vemos), y aquélla otra sobre "el respeto hacia nosotros mismos en la conciencia de nuestra libertad".

Dice algo sobre la naturaleza del universalismo de Kant, supongo, el hecho de que coja el toro por los cuernos directamente y vaya a por el ejemplo más extremo y más inaceptable, sin tan apenas prestar atención a factores intermedios entre la universalidad absoluta y la componenda individual—como podrían ser la legalidad o no de los hechos que podrían derivarse de nuestra mentira, o el que fuese esa mentira filantrópica algo más o menos aceptable socialmente, dadas las circunstancias concretas. El tema de la ley lo resuelve por la vía rápida, presuponiendo (y es mucho presuponer) que la ley jamás condenará una verdad y siempre condenará una mentira. Lo de las circunstancias sociales o la opinión, lo desprecia y es de hecho el objeto principal de su crítica.  Podría Kant haberse cuestionado por ejemplo si es aceptable en algún caso mentir a la justicia si la justicia es injusta—pero no, nos coloca no frente a la policía buscando a un criminal (los gendarmes de Brassens, quizá, "toi qui n'as pas applaudi lorsque les gendarmes m'on pris") ni siquiera frente a un vecino de Obabakoak escondiendo, por solidaridad interracista, a un etarra a quien busca la Guardia Civil, sino directamente frente a un asesino buscando a nuestro amigo. Para que se vea que no se anda con chiquitas, y que el mal está mal lo haga quien lo haga.

En todo tiene que haber medida, y si me parece rechazable y absurdo este rigorismo de Kant, por estar demasiado próximo a la ética del androide C3PO,  me parece mal asimismo un exceso de tolerancia con la mentira cometido no por un individuo concreto, él y su circunstancia, sino elevado a categoría de jurisprudencia, o jurisimprudencia —en el sistema legal español.

Entiendo que en un sistema jurídico racional, o razonable, no debería estar permitido mentirle a un juez. Que al margen de las consideraciones éticas o circunstanciales que pudieran llevar a alguien a mentirle a un juez, si esta mentira se descubre y queda acreditada, debería conllevar una pena adicional por entorpecimiento de la justicia. Esto sucede, por cierto, en estos sistemas judiciales donde se jura decir  "la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad"—no en el español, por cierto, que no usa biblias ni otros subterfugios para declarar directamente que es legítimo mentirle al juez en defensa propia. noikant

A mí esto me parece aberrante, aberrante como tantas cosas en la Justicia española, y en los comportamientos generalmente aceptados ante la ley en España, que todo es uno. Que un particular estime llevar su defensa como bien lo estime oportuno, corriendo sus riesgos, lo puede entender cualquiera. Ahora bien, que el propio sistema jurídico se tenga en tan poco a sí mismo que dé facilidades para que se mienta por sistema a los jueces, sin que eso tenga consecuencias ni reproche penal... no, I can't. El sistema legal que establece esto carece de respeto hacia la justicia y hacia la verdad; se trata a sí mismo y al proceso judicial como una mera estrategia una mezcla de procedimiento kafkiano y de broma pesada—y no es de esperar que los ciudadanos lo vean de otra manera.

En suma, se puede mentir por filantropía, a un criminal desde luego, y hasta a los jueces y agentes de la autoridad: por filantropía o por elección moral, si creemos que las leyes no se atienen a lo que idealmente deberían ser. Pero un concepto de ciudadanía coherente requiere que la ruptura de la ley lleve consigo un precio, que no salga gratis. Lo mismo aquí que en el caso de la objeción de conciencia, o de la protesta que vulnera el orden público, lo coherente no es exigir impunidad, sino correr el riesgo y atenerse a las consecuencias. No es un derecho que se vaya a reconocer nunca, el de vulnerar la ley, pero hay casos en el que las leyes deben ser vulneradas. Incluso las más universales—aunque las consecuencias sean, a veces, trágicas. Cuáles son esos casos, eso no hay ley que lo vaya a decir, y ahí está el tira y afloja de los casos particulares, las prioridades personales, la coerción y el orden público. Una ecuación que debe resolverse con "el respeto hacia nosotros mismos" (y hacia los demás) "en la conciencia de nuestra libertad".


Immanuel Kant, "Sobre un presunto derecho de mentir por filantropía." Trans. and notes by Juan Miguel Palacios. . Trans. and notes by Jacobo Muñoz Vega. In Kant, Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Crítica de la Razón Práctica. En torno al tópico: "Eso vale para la teoría, pero no sirve de nada en la práctica". Hacia la paz perpetua. Sobre un presunto derecho de mentir por filantropía. Introd. Maximiliano Hernández. (Grandes Pensadores Gredos; Kant, II). Madrid: Gredos, 2010. Rpt. Barcelona: RBA, 2014. 349-55.



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jueves, 2 de julio de 2015

Retropost #41: 25 de noviembre de 2004




25 de noviembre

Hoy hemos tenido una jornada de ilustración en la Facultad sobre la reforma de las titulaciones. Desaparecen los licenciados en Filología: ahora serán "Graduados en Estudios en el Ámbito de las Lenguas y las Literaturas"  un ámbito en el que caben muchas más cosas que la filología, supongo. Igual ni cabe la filología. Desaparece el Doctorado como un título superior: ahora es un título alternativo al graduado y al Máster- pues ni siquiera será imprescindible, al parecer, tener un grado oficial o un Máster para ser doctor. En cualquier caso no queda claro por qué nadie vaya a querer ser doctor. Desaparecen los programas de Doctorado-- o bien se convierten, como el segundo ciclo, en un Máster. La calidad tan voceada parece ser sólo calidad según y como se entienda: desde luego el criterio de calidad parecen ser los intereses del mercado de trabajo, y lo que se aprecia hasta ahora es más homologación y estandarización que calidad. Mi frase de hoy, contra the Spirit of the Age: "la calidad bien entendida empieza por uno mismo".

No queda claro en las ponencias qué va a pasar con el profesorado de aquellas áreas que se consideren redundantes o no rentables y no merecedoras de implantación: tanto los profesores de más calidad como los de menos de esas áreas se van a encontrar sin encargo docente, supongo. ¿Quizá ello haga subir la calidad de su investigación?

En la Comisión de Doctorado, interrumpo una larga lamentación por la injusticia de que nunca den premios extraordinarios a los doctores en Filología Inglesa con la reflexión de que los premios son inútiles, pues a mí con mis premios a cuestas me pusieron un uno sobre diez en las oposiciones (en el apartado de premios etc.). Eso no pareció injusto entonces a los lamentadores. Pero la observación sí ha parecido improcedente al parecer.

Tomando una caña en el Hemisferio, con unos amigos y mi hemisferio cítrico, JMC acuña su frase del día, una apostilla al imperativo categórico de Kant:

"Trata a los demás como te gustaría que te trataran a tí. Nota: no aplicable a masocas."

Me han hecho una buena reseña en el Humbul Humanities Hub de Oxford cuando les he pedido que actualicen un enlace. Menudo trabajito el de mantener una web en marcha, sobre todo si te la andan bandeando de aquí para allá y ya no existen las direcciones definitivas. Quanta mudança.









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domingo, 23 de febrero de 2014

Hegel and His Problems



An audio lecture by Andrew Cutrofello, "Hegel and His Problems"—With many "retrospectively relevant" reflections on T. S. Eliot, Kant, Zizek, retroaction—and revolutions. And on the catalytic role of spirit in transforming the materials provided by the past.

This is part of a symposium on Hegel at Birkbeck College, The Actuality of the Absolute: Hegel, our Untimely Contemporary.

Cutrofello, Andrew. "Hegel and His Problems." Audio lecture at Hegel, Our Untimely Contemporary, Birkbeck College, 10 May 2013. Backdoor Broadcasting Company.* (Objective correlative).

         http://backdoorbroadcasting.net/2013/05/andrew-cutrofello-hegel-and-his-problems/

         2014

 

 

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PS, 2024: Sadly discontinued some years later,  together with all the contents of the Backdoor Brroadcasting Company.
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De algunas de estas cosas hablamos no sólo en nuestros artículos sobre Hegel, y sobre retrospección, sino también en "Aclaración de la Declaración", a cuenta de la revolución norteamericana y los actos de habla.




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