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lunes, 23 de abril de 2018

Retropost #2121 (23 de abril de 2008): Internet en 1908


Hay quien ha hablado del telégrafo como "la Internet victoriana", y es cierto que las redes de comunicaciones se van enlazando unas con otras y sus protocolos no sólo innovan radicalmente a veces sino que también se asientan constantemente en cosas que ya pasaron antes. Y a veces ya se ve de lejos en qué van a parar las innovaciones, porque sólo en parte son nuevas. La interfaz humana sobre la que se aplican no cambia tanto como la tecnología.

Hace cien años que E. M. Forster, victoriano a su pesar, concibió algo bastante parecido a Internet en su relato "The Machine Stops", escrito en 1908 y publicado en 1909. Es una distopía que prefigura bastantes aspectos de Un mundo feliz de Huxley o de 1984 de Orwell, y que es extraño no sea más apreciada o conocida dado el éxito que han tenido estas otras visiones del futuro. Entre sus puntos de interés está la manera en que la sociedad "ideal" / horripilante del futuro está totalmente mediatizada por la Máquina. Las personas viven en ciudades subterráneas, en celdas hexagonales conectadas por pasillos vacíos, donde medios de transporte automáticos, poco utilizados, llevan hasta los aeropuertos. Son las aeronaves al parecer los únicos espacios públicos—y se viaja lo menos posible en ellas, no gustan. La vida está cada vez más mediatizada por la Máquina, que se encarga de proveer todas las necesidades de los individuos con un sistema de domótica perfeccionado: aire acondicionado, música, comida, etc., todo lo provee la Máquina. Vashti, una de los protagonistas, encarnación del ciudadano perfecto, siente típicamente un "horror a la experiencia directa"—y le desagrada sobremanera tener que tomar la aeronave para ir a visitar a su hijo Kuno en la otra punta del mundo, aunque ya hace mucho aviniéndose a viajar a pesar de esa repugnancia. Las visitas, como todo tipo de reuniones cara a cara con otras personas, los paseos, los viajes, etc., son un resto del pasado que está desapareciendo rápidamente de las costumbres.

Pero a pesar de este aislamiento físico de las personas, sin espacios públicos físicos ni reuniones ni visitas, se nos dice que "en algunas direcciones la vida social se había desarrollado enormemente". Se trata de las videoconferencias y el chat a través de la máquina. Vasti al parecer conoce a miles de personas, pero sólo virtualmente, a través de la pantalla. De hecho es profesora—no sabemos si aficionada o profesional o si esa distinción ha desaparecido en el mundo de la máquina. Y quien desea se conecta a sus lecciones a través de la Máquina. Forster anticipa así en cierto sentido las redes sociales. Aunque la tecnología de su máquina por supuesto no queda explicada, y parece un tanto Julio Verne, sí que anticipa un rasgo importante de la Red, que es la personalización y descentralización de sus funciones comunicativas. Así por ejemplo, si hay televisión personalizada tipo YouTube (aunque quizá sólo en directo) no hay en cambio e-mail, y los mensajes escritos los envía la máquina a través de un sistema de correo neumático.

La descentralización de la Máquina también se manifiesta en el anonimato del poder y en la mediatización de todos los aspectos de la vida social por este tipo de distribución de la comunicación y el trabajo. La Máquina se confunde con la estructura social, de hecho los ciudadanos han pasado a ser meras piezas de la Máquina y han de ser dóciles y uniformes para que ésta cumpla su función de regulación y distribución de la manera más eficaz posible. Los rebeldes tipo Neo, uf, digo, tipo Kuno, son perseguidos por vigilantes automáticos, y la máquina mantiene a los rebeldes fuera y repara los agujeros del sistema. Como en el caso de Matrix, hay aquí imágenes de un retorno uterino de pesadilla: Kuno describe su huída al exterior de la máquina con imágenes que evocan el nacimiento y la liberación de cordones umbilicales; y no es casual que la encarnación humana de la Máquina y su más fiel sirviente sea Vasthi, que si no es madre asfixiante en persona es únicamente porque ha delegado ese papel a la Máquina—ahora no hay vida familiar, o más bien sólo hay una relación familiar y obsesiva con un útero-cárcel, la Máquina. Podemos ver aquí una expresión de los deseos de liberación emocional y sexual de E. M. Forster, homosexual reprimido, que convivió largamente con su madre, sin figura paterna cercana y obligado a llevar una vida de respetabilidad victoriana puramente maquinal. En muchas de sus novelas se expresa esa búsqueda de espontaneidad y liberación, huída del sistema victoriano de clases y roles, que aquí aparece encarnado en pesadilla mecánica y desplazado a la Máquina. Aunque cuando Kuno se libera liga con una chica—la publicación de Maurice aún estaba muy lejos en 1908... Kuno es capturado de nuevo por la máquina, pero sueña con un futuro en el que otras personas, en otra generación, puedan vivir fuera de esta Máquina heteroasexual en la que está pillado.

Otro aspecto de la Máquina que es relevante es el control de las comunicaciones. Al estar toda comunicación mediatizada por la Máquina, toda comunicación es controlable, y se controla por el bien del sistema. También, al parecer, de una manera rutinaria y automatizada, como parte del mantenimiento del sistema, sin que haya una desagradable figura autoritaria que tome decisiones al respecto. La Máquina es anónima—no hay un Big Brother que dirija el sistema, aunque naturalmente tampoco lo hay en la novela de Orwell. Así, pues, sí, hay también un Echelon en 1908, pero las funciones de policía son en todo caso marginales: la maquinización del mundo se impone no por la fuerza de la violencia sino por la fuerza de los hechos, por el comportamiento espontáneo de las personas en sus circunstancias, como conclusión lógica de la organización social creciente y de la disponibilidad de la tecnología. Aquí es el Sistema mismo el que es la Máquina, por eso nadie en concreto la ha creado, y rueda sola, con su Aparato Autorreparador que la va parcheando y adaptando. Mal que bien, porque al final se derrumbará tras diversos amagos, de la noche a la mañana. Al ser una Máquina (piezas y funciones interconectadas) el derrumbe cuando llega es súbito y total. En este sentido la Máquina (al ser global) es también una encarnación de pesadilla de la totalización globalizadora, que ha sometido el mundo entero a su sistema de circulación y sólo ha dejado fuera a unos pocos rebeldes y marginales. Y esta globalización, aunque haya sabios y mentes pensantes, no la ha diseñado nadie ni la gobierna nadie en concreto, pues es la Máquina la que ha ido imponiendo su propia lógica sobre los comportamientos, voluntades y decisiones. Es la pura eficacia de la organización social humana la que lleva inexorablemente al desarrollo de la Máquina y a subordinar a ella nuestra manera de pensar, de sentir y de hacer—lo que podríamos llamar la cyborganización de la vida social.

En muchos sentidos es la de Forster una profecía cumplida—y no es tanto el mérito (aunque no se lo quiera yo quitar) en cuanto que en muchos sentidos no es ni siquiera una profecía, sino una trasposición metafórica de la vida moderna, de la experiencia urbana, cargando un poco las tintas en la dirección de la alienación y el aislamiento y la taylorización.

Hace poco aparecía en Les Bienveillantes de Jonathan Littell una imagen comparable, una memorable alegoría de la sociedad moderna, nazi o no, en su culminación lógica, una sociedad-máquina también, o una gigantesca cárcel de Piranesi, tal y como se manifiesta en los sueños obsesivos del narrador de la novela tras su visita a los campos de exterminación:


Una secuencia en concreto se repetía y se amplificaba noche tras noche, un sueño oscuro y difícil de describir, sin ningún sentido narrativo pero que se desplegaba siguiendo una lógica espacial. En este sueño recorría yo, pero como desde el aire, a diferentes alturas, y más bien como una pura mirada o incluso una cámara, más que como un ser vivo, una ciudad inmensa, sin límite visible, con una topografía monótona y repetitiva, dividida en sectores geométricos y animada por una intensa circulación. Millares de seres iban y venían, entraban y salían de edificios idénticos, ascendían largas avenidas rectilíneas, bajaban al subsuelo por bocas de metro para salir por otro sitio, incesantemente y sin finalidad aparente. Si bajaba yo, o más bien si bajaba esa mirada en la que me había convertido, a las avenidas para examinarlos al detalle de cerca, comprobaba que estos hombres y mujeres no se distinguían unos de otros por ningún rasgo particular, todos tenían la piel blanca, el cabello claro, los ojos azules, pálidos, perdidos, los ojos de Höss, los ojos de mi antiguo ordenanza Hanika, también, en el momento de su muerte en Jarkov, ojos color de cielo. Había raíles surcando la ciudad, avanzaban trenecitos y hacían paradas fijas para vomitar una oleada de pasajeros enseguida reemplazados, hasta donde llegaba la vista. En las noches siguientes penetré en algunos de los edificios: filas de gentes caminaban entre largas mesas comunes y letrinas, comiendo y defecando en fila de plantación; en camas superpuestas, otros fornicaban, luego nacían niños, jugaban entre las armazones, y cuando habían crecido bastante, salían para ocupar su lugar en la marea humana de esta ciudad de la perfecta felicidad. Poco a poco, a fuerza de contemplarlo desde diferentes puntos de vista, se desprendía de este hervidero aparentemente arbitrario una tendencia: imperceptiblemente, un cierto número de personas terminaban siempre por ir al mismo lado, y entraban por fin en inmuebles sin ventanas donde se acostaban para morir sin decir una palabra. Venían especialistas y cogían de ellos lo que pudiese contribuir todavía a alimentar la economía de la ciudad; luego quemaban sus cuerpos en hornos que servían simultáneamente para calentar el agua que se distribuía por los distintos sectores por canalizaciones; se apilaban los huesos; el humo que salía de las chimeneas se unía, como afluentes, al humo de las chimeneas vecinas, para formar un largo río tranquilo y solemne. Y cuando el punto de vista del sueño retomaba altura, podía yo distinguir un equilibrio en todo esto: la cantidad de nacimientos, en los dormitorios, igualaba el número de fallecimientos, y la sociedad se autorreproducía en un equilibrio perfecto, siempre en movimiento, no produciendo ningún excedente y no sufriendo ninguna disminución. Al despertarme, me parecía evidente que estos sueños serenos, desprovistos de toda angustia, representaban el campo de concentración, pero un campo perfecto, que había alcanzado un punto de stasis imposible, sin violencia, autorregulado, funcionando perfectamente e igual de perfectamente inútil, puesto que a pesar de todo ese movimiento no producía nada. Pero reflexionando sobre esto más adelante, como intentaba hacerlo mientras me tomaba mi sucedáneo en la sala de la Haus der Waffen-SS, ¿no era acaso una representación de la vida social en su conjunto? Liberada de sus oropeles y de su vana agitación, la vida humana se reducía a poco más que esto: una vez que uno se había reproducido, se había alcanzado la finalidad de la especie, y en cuanto a la finalidad propia de uno, no era más que una añagaza, una estimulación para levantarse por la mañana; pero si se examinaba la cosa objetivamente, como yo pensaba que podía hacerlo, la inutilidad de todos los esfuerzos era patente, al igual que la reproducción misma, puesto que no servía sino para producir nuevas inutilidades. Y así daba yo en pensar si el campo de concentración, con toda la rigidez de su organización, su violencia absurda, su jerarquía meticulosa, no sería acaso más que una metáfora, una reductio ad absurdum de la vida corriente?

Aquí la sociedad también es una gigantesca cadena de montaje, una gran máquina donde los ciudadanos son a la vez las piezas y los productos. Es una culminación lógica (lógica de pesadilla) de los procesos de organización social y eficiencia. Internet no está aparente, es cierto. Pero es que internet, las máquinas, como los sujetos, no es sino un fenómeno parcial, un elemento de los procesos de organización. Es la organización en sí la que es la red, o la máquina.





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martes, 21 de noviembre de 2017

Retropost #1871 (21 de noviembre de 2007): Reseñando reseñas

Reseñando reseñas

Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa



A photo on Flickr

Dos reseñas de Letras Libres (donde me acabo de inscribir). La primera, excelente, de Edmundo Paz Soldán: reseña de Tu rostro mañana. 3: Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías —una novela excelente para seguir meditando sobre el tema de la retrospección, y de la retrospección anticipada, y de las anticipaciones de retrospección creadas a posteriori... en seguida la emprendo con este tercer volumen.

Y otra reseña de la que en cambio disiento totalmente: reseña por Ana Nuño de la recién publicada traducción de Les Bienveillantes de Jonathan Littell, Las Benévolas, novela a la que se llama "una novela Google" y "el absurdo libro de Littell"—pero me temo que lo que resulta modish es la reseña, no la novela. No sé si aparecerá en Letras Libres... de momento la he leído en el blog de Arcadi Espada. En absoluto le hace justicia Ana Nuño, ni Juan Bonilla días antes en el mismo blog, a la arquitectura y complejidad de esta novela.

Se aportan contra Littell argumentos tan insustanciales como que no es creíble que se juntaran en un solo nazi todas las características y atrocidades del nazismo, o que uno sólo viese los principales escenarios de las atrocidades, desde las oficinas a las limpiezas étnicas y campos de exterminio, o que tuviese perspectiva contemporánea sobre cosas que sólo después han pasado al conocimiento general. O que el nazi exponga ideas nazis ya desacreditadas.... (!).

Bueno, es que para eso es la ficción, y la retrospección ficticia. Nos ofrece Littell la panorámica gigantesca y a la vez microscópica del nazismo; un nazismo a la vez elemental (en estado puro) y detallado en escenas concretas donde interactúa esa abominable pureza con la complejidad de la sucia y no menos abominable realidad. Y si algo falsifica la ficción por lo que de ficción tiene, también sintetiza y organiza, revela y explora, analiza e ilumina. Otra cosa es que lo iluminado sea absurdo: la iluminación no lo es. Pruebe Vd., Ana Nuño, a escribir esta novela con el procedimiento combinatorio de Google según la receta que describe, y gane el Goncourt. Me temo que será para otro día.

En cuanto a Arcadi Espada, me temo que no ha leído el libro de Littell para poder valorar estas reseñas estereoscópicamente... Una reseña ingeniosa, o desdeñosa, no es necesariamente equilibrada, ni inteligente, ni justa. Y al margen que lo que le resulta suficiente o interesante a un reseñista (o viceversa, insuficiente o ininteresante) pocas veces coincidirá con lo que encontremos nosotros en el mismo libro. Claro que para encontrar algo hay que leerlo; lo que nos llega ya leído no es nunca lo más interesante.


(PS: No os perdáis la entrevista con Jonathan Littell que me acaban de pasar, está colgada en Saber o Barbarie )

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jueves, 27 de julio de 2017

Retropost #1710 (27 de julio de 2007): Piscina nazi

Piscina nazi

Publicado en Ideología. com. José Ángel García Landa


Sigo leyendo Les Bienveillantes, de Jonathan Littell, imprescindible novela de 900 páginas sobre el genocidio nazi, narrada de buena fuente por el Sturmbahnführer de las SS Max Aue. En sus viajes por el Tercer Reich, va pasando por Berlín, París o Stalingrado—por sitios clave, o por el culo del mundo; conoce a personajes históricos tristemente célebres como Eichmann, Himmler o Höss, o a personas de a pie, que procuran sobrevivir o se aprovechan de las circunstancias infernales en que se atrapan unos a otros. Todo en una Europa de pesadilla, que dejaría a Dante sin esperanzas de pasar al purgatorio. La novela abunda en escenas truculentas y horripilantes que retratan los límites de lo humanamente tolerable y hacen vacilar el sentido de la realidad y los parámetros de comportamiento humanos, obligando al lector a enfrentarse al absurdo que está ahí mismo al alcance de la mano, cuando la vida del otro (y por analogía la propia) no vale nada.
Aue es según él mismo un hombre vulgar y corriente, no un sádico ni un carnicero vocacional... aunque la procesión va por dentro. Sin embargo, en su vida cotidiana, le repugna la violencia directa, y procura hacer su trabajo de capataz de verdugos de modo impersonal y eficaz, pensando en el mejor funcionamiento del sistema—eso sí: sin cuestionar nunca el sistema ni hacer nada por cambiarlo. Y aunque está, como todos, endurecido al crimen por los horrores que va viendo y cometiendo, no se le escapa sin embargo el absurdo de todo lo que le rodea. Así, durante su visita a Auschwitz, tiene sueños o visiones en en los que el mundo "ideal" que está ayudando a crear se le aparece ya realizado como un inmenso campo de concentración, donde la vida humana es una simple cifra sin valor, y filas inmensas de internos van del nacimiento a la tumba, pasando por el trabajo forzado, y de ahí al horno crematorio. Vidas inútiles y despersonalizadas, al servicio de una maquinaria que las procesa y las consume, y que ha vaciado el mundo de sentido.

Al despertarme, me parecía evidente que estos sueños serenos, desprovistos de toda angustia, representaban el campo de concentración, pero un campo perfecto, que había alcanzado un punto de stasis imposible, sin violencia, autorregulado, funcionando a la perfección y también perfectamente inútil, puesto que a pesar de todo ese movimiento no producía nada. Pero reflexionando sobre esto más adelante, como intentaba hacerlo mientras me tomaba mi sucedáneo en la sala de la Haus der Waffen-SS, ¿no era acaso una representación de la vida social en su conjunto? Liberada de sus oropeles y de su vana agitación, la vida humana se reducía a poco más que esto: una vez que uno se había reproducido, se había alcanzado la finalidad de la especie, y en cuanto a la finalidad propia de uno, no era más que una añagaza, una estimulación para levantarse por la mañana; pero si se examinaba la cosa objetivamente, como yo pensaba que podía hacerlo, la inutilidad de todos los esfuerzos era patente, al igual que la reproducción misma, puesto que no servía sino para producir nuevas inutilidades. Y así daba yo en pensar si el campo de concentración, con toda la rigidez de su organización, su violencia absurda, su jerarquía meticulosa, no sería acaso más que una metáfora, una reductio ad absurdum de la vida corriente? (572, trad. mía).

Durante sus tareas como inspector de trabajos forzados, invitan a Aue a una fiesta en el cuartel de las SS en Auschwitz, y tiene lugar una de las muchas escenas donde el horror se potencia al surgir perfectamente integrado en medio de la vida cotidiana.

Claasen me miró: "¿Quiere venir? Hay una piscina al fondo del parque." Cogí otra cerveza de un cubo con hielo y los seguí entre los árboles: delante, oía risas, chapoteos. A la izquierda, corrían alambradas entre los pinos. "¿Qué es?" le pregunté a Claasen. —"Es un campo pequeño de Arbeitjuden. El Gruppenführer los guarda allí para trabajos de mantenimiento, el jardín, los vehículos, cosas de esas." La piscina estaba separada del campo de concentración por un leve montículo de tierra; varias personas, entre ellas dos mujeres en traje de baño, nadaban o tomaban el sol en la hierba. Claasen se puso en calzoncillos y se zambulló. "¿Viene?" exclamó al salir a la superficie. Bebí un poco más, y luego, plegando el uniforme al lado de las botas, me desnudé y entré en el agua. Estaba fresca, un poco color de té; hice algunos largos, luego me quedé en medio, flotando de espaldas, contemplando el cielo y las cimas temblonas de los árboles. Detrás, oía charlar a las dos chicas, sentadas al borde de la piscina, batiendo el agua con los pies. Estalló una algarada: unos oficiales habían empujado al agua a Wippern, que no quería desnudarse; juraba y tronaba al salir de la piscina con el uniforme empapado. Mientras miraba a los otros reír, manteniendo mi posición en medio de la piscina con pequeños movimientos de las manos, dos Orpo con casco aparecieron detrás del montículo, con el fusil al hombro, empujando delante a dos hombres muy delgados con traje a rayas. Claasen, de pie al borde de la piscina, aún en calzoncillos y chorreando, llamó: "¡Franz! ¿Qué coño estáis haciendo?" Los dos Orpo se saludaron: los detenidos, que andaban con la vista en el suelo, gorra en mano, se detuvieron. "Son judetas que los han agarrao pillándose unas peladuras de patata, Herr Sturmbannführer, explicó uno de los Orpo con un fuerte acento de dialecto Volksdeutschen. Nos ha dicho nuestro Scharführer que los fusilemos." Claasen se ensombreció. "Vale, pero ¿espero que no lo vais a hacer aquí, supongo? El Gruppenführer tiene invitados." "No, no, Herr Sturmbannführer, vamos más lejos, a la trinchera de allá." Una angustia insensata me invadió sin transición alguna: los Orpo iban a fusilar a los judíos aquí mismo y los iban a tirar a la piscina, y tendríamos que nadar en la sangre, entre los cuerpos flotando de espaldas. Miré a los judíos: uno de ellos, de unos cuarenta años, examinaba a las chicas de reojo; el otro, más joven, con la piel amarillenta, mantenía los ojos soldados al suelo. Lejos de tranquilizarme por las últimas palabras del Orpo, tenía la sensación de una tensión muy fuerte, mi angustia no paraba de crecer. Mientras los Orpo se ponían de nuevo en camino, me quedé en el centro de la piscina, forzándome a respirar hondo y a flotar. Pero el agua me parecía ahora una capa pesada, asfixiante. Este estado extraño duró hasta que hube escuchado los dos disparos, un poco más lejos, apenas audibles, como el ¡pop! ¡pop! de botellas de champán descorchándose. Lentamente, remitió mi angustia para desaparecer del todo cuando ví volver a los Orpo que seguían andando con sus pasos lentos y reposados. Nos saludaron de nuevo al paso y continuaron en dirección al Campo. Claasen discutía con una de las chicas, Wippern intentaba recomponer su uniforme. Yo me dejé ir de espaldas, y floté. (553-54, trad. mía)

Esta visión o pesadilla de Jonathan Littell me ha traído a la mente un sueño que tuve hace ya unas semanas, y que me produjo una sensación parecida. Me he vuelto a acordar varias veces de él estos días, pues también era una escena de horror inhumano asociada a la vida cotidiana—una escena en la que me encontraba yo en un papel similar al del nazi Aue. Voy a intentar recomponer lo que era el episodio central, que me parece una especie de alegoría de esos horrores cotidianos que según decía Vázquez Montalbán "crucifican la Tierra en cruz gamada ". Con lo cual no quiero decir, en absoluto, que todos seamos unos nazis—naturalmente.

Se trataba de un supermercado, un hiper, vamos, pues había grandes pasillos con estanterías de alimentos, y estaba yo con la familia haciendo la compra en la sección de carnicería. Todo productos envasados, en bolsas o en bandejas de corcho blanco, al modo de los hiper. Pues íbamos pasando por unas estanterías refrigeradas, y voy echando al carrito que si unas chuletas con su etiquetado, que si unas cabezas de bebé envueltas en plástico fino. Y me paro a ver este producto, porque al modo de los sueños, resulta que a la vez era perfectamente normal, y a la vez no lo había visto nunca, o no lo había comprado nunca. El caso es que yo lo veía como por primera vez, o como si no hubiese pensado en ese asunto antes. Sin embargo conocía perfectamente el modo de empleo; eran cabezas como cocidas ya, limpias y sonrosaditas como las manos de cerdo; un poquito más grandes que un puño (eran de bebés recién nacidos). Iban envueltas en un plástico de esos muy finos que se adhieren dando varias vueltas, y casi se deshacen, que sólo hay que desenrollarlos pues no están realmente cerrados. Un producto fresco, listo para el consumo. A través del plástico no se distinguían casi los rasgos, y aunque las abrieses no parecían realmente caras humanas, sino a modo de lechoncillos casi idénticos, con facciones refrotadas, apretadas y arrugadas, y bueno, carne barata tipo menuceles. Se echaban en el caldo, o en el cocido, a veces pelándolas, o sea arrancando del cráneo la cara y la carne, que salían muy bien, todo junto, como digo ya iban algo precocidas; o bien se podían poner enteras en las judías. Y yo volvía a coger del carrito una de las cabezas que había echado, y la miraba un poco como Hamlet, y reflexionaba sobre lo poco que me fijo a veces en las cosas. Porque como digo estaba cayendo en la cuenta en aquel momento, no con horror sino con una especie de extrañeza, que si se vendían cabezas de bebé en el hiper, es que alguien estaba matando bebés en plan industrial en algún sitio.Y me extrañaba que a esos bebés no se les diera importancia. Que si se les hubiese dejado crecer, en otro ambiente, etc., hubieran sido como yo, pero tal como estaba la cosa, ellos eran para el cocido, y yo iba comprándolos con mi carro—eso era extraño súbitamente. Pero más me extrañaba el hecho de que no había yo caído en la cuenta de este detalle antes, que era como si se me hiciera la luz. ¿Cómo habría hecho yo para no reflexionar sobre todo esto hasta ese momento? Se me hacía la luz sin mayores consecuencias, por otra parte; seguía comprando, pero era curioso—que no hubiese reparado yo en que si llegaban ahí las cabezas de bebé era porque en alguna parte (¿granjas?) las estaban criando y cortando y envasando. Me quedaba un poco con la sensación de que los hipermercados nos embotan la atención. In my dream.

No sé cómo acababa mi sueño. Felizmente, bien despierto, voy al hiper, y veo que por ninguna parte se venden cabezas de bebé precocinadas. Repito, no somos todos nazis—unas cosas son los asesinatos reales, y otra los símbolos oníricos de sentido ambivalente. Aunque aunque todo sean diferencias de grado, y aunque haya cosas desagradables en nuestra cultura que pudieran simbolizarse así... las diferencias de grado son cruciales, y no conviene echarnos a todos en el mismo saco. Como amenaza con hacer este sueño o pesadilla occidental.







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sábado, 22 de julio de 2017

Retropost #1704 (22 de julio de 2007): El principio de funcionamiento del sistema

El principio de funcionamiento del sistema

Publicado en Ideología. com. José Ángel García Landa


(Domingo 22 de julio de 2007)

De Les Bienveillantes, de Jonathan Littell, novela imponente que voy leyendo, sobre el nazismo visto desde dentro. Aquí el narrador, oficial administrativo de las SS, relata las dificultades que le causa el papeleo oficial debido a la imprecisión de las instrucciones de la superioridad—y cómo un amigo suyo, que tiene olfato innato para el funcionamiento de las jerarquías fascistas, le explica una de las claves del funcionamiento del sistema. A extrapolar a cualquier sistema basado en el autoritarismo, la vigilancia mutua del grupillo, y el terror reverencial al jefe.


Me gustaba Thomas, pero nunca le hubiera hablado de mis problemas personales; sin embargo, para dudas profesionales, era el mejor confidente que conocía. Una vez me expuso de manera luminosa el principio de funcionamiento del sistema (debía ser en 1939, o incluso a finales de 1938, cuando los conflictos internos que habían sacudido al movimiento tras la Kristallnacht): "Que las órdenes resulten siempre vagas, es normal, es incluso deliberado, y se deriva de la lógica misma del Führerprinzip. Corresponde al destinatario el reconocer las intenciones del remitente, y actuar en consecuencia. Los que insisten en recibir órdenes claras o que quieren medidas legislativas no han comprendido que lo que cuenta no son las órdenes sino la voluntad del jefe, y que corresponde al receptor saber descifrar esta voluntad e incluso anticiparse a ella. El que sabe actuar así es un excelente nacional-socialista, y nunca se le vendrá a reprochar su exceso de celo, aunque cometa errores; los otros son los que, como dice el Führer, tienen miedo de saltar por encima de su propia sombra." Esto yo lo había comprendido, pero comprendía también que me faltaba talento para penetrar las fachadas, para adivinar lo que de modo oculto se hallaba en juego: pues bien, ese talento, Thomas precisamente lo poseía en grado sumo, y por eso circulaba por ahí en deportivo mientras yo volvía a casa en metro.



 

lunes, 17 de abril de 2017

Retropost #1569 (17 de abril de 2007): Somos la peste


Me acabo de empezar a leer el último premio Goncourt, Les Bienveillantes, de Jonathan Littell, una impresionante novela sobre el genocidio nazi, y la participación en él del narrador, viejo nazi y genocida, buen burgués discreto, y jamás represaliado. Viene a sacar las últimas consecuencias de lo que Hannah Arendt llamaba "la banalidad del mal" en su libro Eichmann en Jerusalén. Ya no es sólo que Eichmann fuese un tipo vulgar, en lugar de un demente psicópata; lo malo es que a fuerza de vulgaridad, todos somos como Eichmann. Que Eichmann es, como su nombre indica...—Everyman. Lo terrible, nos muestra la novela, no son tanto los asesinos locos, como el de la Universidad de Virginia de ayer, sino la gente de orden que sigue la corriente, y que yendo donde va la gente, acaba cometiendo las mayores atrocidades: por inercia, por disciplina, por indiferencia, por cobardía, por interés, por comodidad, por autoengaño, por seguidismo... Por no sacar los pies del tiesto, básicamente. Ya no digo los que seguían a Hitler, sino los que siguen a Bush en sus guerras preventivas, o a los terroristas en sus "procesos de paz", o a Ibarreche camino de su roble, o al cacique de turno... El madera de psicópata o el líder iluminado al frente, los borregos detrás, o quizá los borregos aupando al psicópata por el proceso natural de las cosas. Y así pasa siempre lo que pasa. Pocos se libran, o nadie. Hasta Hannah Arendt fue amante primero, y amiga íntima siempre, del rector nazi Heidegger.

Se abre la novela con una autojustificación inicial, bastante escalofriante, en la que el narrador nos pide a todos ("hermanos humanos" nos llama este individuo) que no lo juzguemos precipitadamente como una bestia abyecta—pues no es ni mejor ni peor que nosotros. Para ser un unreliable narrator, un narrador poco fiable, nos deja bastante poco satisfechos. No podemos fiarnos ni de su poca fiabilidad—vamos, que argumenta que todos somos tan poco fiables como él. Que él es un tipo normal, que es como nosotros, sin más. Y nos deja casi convencidos de que en efecto es así.... Qué digo casi. A mí me deja convencido de que soy la peste.
Adivino vuestros pensamientos: He aquí un hombre bien malvado, os decís, un mal hombre, abreviando, un tipo sucio se mire como se mire, que debería pudrirse en la cárcel mejor que endosarnos su filosofía confusa de viejo fascista medio arrepentido. En lo de fascismo, no confundamos todas las cosas, y en lo que se refiere a mi responsabilidad penal, no prejuzguéis, aún no he contado mi historia; en cuanto a la cuestión de mi responsabilidad moral, permitidme algunas consideraciones. Los filósofos políticos han observado a menudo que en tiempos de guerra el ciudadano, varón al menos, pierde uno de sus derechos más elementales, el derecho a vivir, y eso desde la Revolución Francesa y la invención del reclutamiento obligatorio, principio ahora universalmente admitido, o casi. Pero rara vez han observado que ese ciudadano pierde a la vez otro derecho, igual de elemental y para él quizá todavía más vital, en lo referente a la idea que se hace de sí mismo como persona civilizada: el derecho a no matar. Nadie te pide tu opinión. El hombre que está de pie sobre la fosa común, en la mayor parte de los casos, no ha pedido estar ahí—igual que no lo ha pedido el que está tumbado, muerto o agonizante, en el fondo de esa misma fosa. Me objetaréis que matar a otro militar en combate no es la misma cosa que matar a un civil desarmado; las leyes de la guerra permiten una cosa y la otra no; la moral corriente lo mismo. Un buen argumento en abstracto, ciertamente, pero que en absoluto tiene en cuenta las condiciones del conflicto en cuestión. La distinción completamente arbitraria establecida después de la guerra entre las "operaciones militares" por una parte, equivalentes a las de cualquier otro conflicto, y las "atrocidades" por otro, llevadas a cabo por una minoría de sádicos y de chiflados, es, como espero mostrar, una fantasía consoladora de los vencedores—de los vencedores occidentales, debería especificar, puesto que los soviéticos, con toda su retórica, siempre entendieron de qué iba la cosa: Stalin, después de mayo de 1945 y pasados ya los primeros gestos para la galería, se mofaba infinitamente de una "justicia" ilusoria; quería mano dura, lo concreto, esclavos y material para levantar y reconstruir, no remordimientos ni lamentaciones, porque sabía tan bien como nosotros que los difuntos no oyen el llanto, y que los remordimientos no ponen judías en el puchero. al enemigoNo invocaré a la Befehlnotstand, la obediencia debida a las órdenes tan apreciada por nuestros buenos abogados alemanes. Lo que hice, lo hice con pleno conocimiento de causa, pensando que se trataba de mi deber y que era necesario que se hiciese, por desagradable y miserable que fuese. La guerra total es eso también: el civil ya no existe, y entre el niño judío gaseado o fusilado y el niño alemán muerto bajo las bombas incendiarias, no hay sino una diferencia de medios: esas dos muertes eran igualmente vanas, ninguna de las dos abrevió la guerra ni un segundo; pero en los dos casos, el hombre o los hombres que los mataron creían que era justo y necesario; si se equivocaron, ¿a quién hay que culpar? Lo que digo sigue siendo cierto aunque se distinga artificialmente de la guerra eso que el abogado judío Lempkin ha bautizado como el genocidio, haciendo notar que en nuestro siglo al menos no ha habido nunca un genocidio sin guerra, que el genocidio no existe fuera de la guerra, y que como la guerra, se trata de un fenómeno colectivo: el genocidio moderno es un proceso infligido a las masas, por las masas, y para las masas. Es también, en el caso que nos ocupa, un proceso segmentado por las exigencias de los métodos industriales. Del mismo modo que, según Marx, el obrero está alienado con respecto al producto de su trabajo, en el genocidio o en la guerra total en su foma moderna, el ejecutor está alienado con respecto al producto de su acción. Esto vale incluso en el caso en el que un hombre coloca un fusil contra la cabeza de otro hombre y acciona el gatillo. Porque la víctima ha sido traída allí por otros hombres, su muerte ha sido decidida por otros más, y el tirador también sabe que no es sino el último eslabón de una cadena muy larga, y que no tiene que hacerse más preguntas de las que se hace un miembro de un peloton que en la vida civil ejecuta a un hombre debidamente condenado por las leyes. El tirador sabe que es el azar el que hace que sea él quien dispare, que su camarada esté de centinela, y que un tercero conduzca el camión. Todo lo más podrá intentar cambiar su puesto con el guarda o el chófer. Otro ejemplo, sacado de la abundante literatura histórica y no de mi experiencia personal: el del programa de exterminación de los discapacitados severos y de los enfermos mentales alemanes, conocido como programa "Eutanasia" o "T-4", llevado a efecto dos años antes del programa "Solución final". Aquí, los enfermos seleccionados en el marco de un dispositivo legal eran acogidos en un edificio por enfermeras profesionales, que los apuntaban en el registro y los desnudaban; había médicos que los examinaban y los conducían a un cuarto cerrado; un obrero administraba el gas; otros limpiaban; un policía extendía el certificado de defunción. Interrogada tras la guerra, cada una de esas personas dice: ¿Culpable, yo? La enfermera no mató a nadie; no ha hecho más que desnudar y calmar a los enfermos, gestos ordinarios de su profesión. El médico tampoco ha matado, simplemente confirmó un diagnóstico según criterios establecidos por otras instancias. El encargado que abre el grifo del gas, el que está por tanto más cercano al asesinato en el tiempo y el espacio, efectúa una función técnica bajo el control de sus superiores y de los médicos. Los obreros que vacían la cámara proporcionan una labor necesaria de saneamiento, que además es bastante repugnante. El policía sigue su procedimiento, que es constatar un fallecimiento y dejar constancia de que ha tenido lugar sin violación de las leyes vigentes. ¿Quién es culpable, pues? ¿Todos, o ninguno? ¿Por qué el obrero asignado al gas habría de ser más culpable que el obrero asignado a las calderas, al jardín, a los vehículos? Lo mismo sucede con todas las facetas de esta inmensa empresa. El guardaagujas del ferrocarril, por ejemplo, ¿es culpable de la muerte de los judíos que él dirige hacia un campo de concentración? Ese operario es un funcionario, hace el mismo trabajo desde hace veinte años, cambia las agujas de la vía según un plan, no tiene por qué saber lo que hay dentro. No es por su culpa si se transporta a esos judíos, vía su cambio de agujas, de un punto A a un punto B, donde los matan. Y sin embargo ese guardaagujas juega un papel crucial en el trabajo de exterminación: sin él, el tren de judíos no puede llegar al punto B. Lo mismo el funcionario encargado de requisar apartamentos para los siniestrados por los bombardeos, el impresor que prepara los carteles de deportación, el suministrador que vende cemento armado o alambre de espino a las SS, el suboficial de intendencia que hace el reparto de gasolina a un Teilkommando de la SP, y Dios en las alturas que permite todo esto. Claro, se pueden establecer niveles de responsabilidad penal relativamente precisos, que permiten condenar a unos y de dejar a todos los otros a su conciencia propia, a poco que la tengan; tanto más fácil cuanto que se dictan las leyes tras los hechos, como en Nuremberg. Pero incluso allí hicieron más o menos lo primero que salió. ¿Por qué colgar a Streicher, ese mierda impotente, pero no al siniestro von dem Bach-Zelewski? ¿Por qué colgaron a mi superior, Rudolf Brandt, y no al de él, Wolff? ¿Por qué colgar al ministro Frick y no a su subordinado Stuckart, que le hacía todo el trabajo? Un hombre con suerte, este Stuckart, que nunca se manchó las manos más que con tinta, nunca con sangre. Repito, aclarando: no intento decir que no soy culpable de tal o cual acción. Soy culpable, vosotros no—vale. Pero deberíais sin embargo ser capaces de deciros que lo que he hecho yo, también vosotros lo habríais hecho. Quizá con menos celo, pero quizá también con menos desesperación, sea como sea lo habríais hecho de un modo u otro. Creo que se me puede permitir concluir como un hecho establecido por la historia moderna que todo el mundo, o casi, en un conjunto de circunstancias dado, hace lo que le dicen, y, con perdón, hay pocas probabilidades de que usted sea la excepción, como no lo fui yo. Si usted ha nacido en un país o en una época donde no sólo no viene nadie a matar a vuestra esposa, a vuestros hijos, sino que además nadie viene a pedirle a usted que mate a las esposas o hijos de otros, bendiga Vd. al Señor y váyase en paz. Pero quédese siempre con este pensamiento en el espíritu: quizá haya tenido usted más suerte que yo, pero no es usted mejor. Porque si tiene usted la arrogancia de pensar que sí lo es, allí empieza el peligro. Se acostumbra a oponer el Estado, totalitario o no, al hombre ordinario—chinche o junco. Pero se olvida entonces que el Estado está compuesto de hombres, todos más o menos ordinarios, cada uno con su vida, su historia, la serie de casualidades que han hecho que un día se encontró en el lado bueno del fusil o de la hoja de papel mientras que otros se encuentran en el malo. Este recorrido muy rara vez es objeto de una elección, ni siquiera de una predisposición. Las víctimas, en la inmensa mayoría de los casos, no fueron torturadas o asesinadas porque fuesen buenos; del mismo modo, sus verdugos no los atormentaron porque ellos fuesen malos. Sería un poco ingenuo creer eso, y basta con estar familiarizado con cualquier burocracia, incluso la de la Cruz Roja, para convencerse. Stalin, por cierto, proporcionó una demostración elocuente de esto que digo, tranformando a cada generación de verdugos en víctimas de la generación siguiente, sin que por eso llegasen a faltarle jamás verdugos. Pues bien, la maquinaria del Estado está hecha de la misma aglomeración de arena frágil que lo que va moliendo grano a grano. Existe porque todo el mundo está de acuerdo para que exista, incluso (a menudo hasta el último minuto) sus víctimas. Sin los Höss, los Eichmann, los Goglidze, los Vychinski, pero también sin los guardaagujas de los trenes, los fabricantes de cemento armado y los contables de los ministerios, un Stalin o un Hitler no son más que un odre inflado de odio y de terrores impotentes. Decir que la amplia mayoría de los gestores de los procesos de exterminación no eran sádicos o anormales es ahora casi un lugar común. Sádicos, pirados, los hubo, claro, como en todas las guerras, y cometieron atrocidades sin nombre, es cierto. También es cierto que las SS podrían haber intensificado sus esfuerzos por controlar a esta gente, aunque hizo más de los que se suele pensar; y eso no es evidente: id a preguntarles a los generales franceses, buenos problemas que les daban, en Argelia, sus alcohólicos, sus violadores, sus asesinos de oficiales. Pero el problema no está allí. Chiflados los hay por todas partes, a todas horas. Por nuestros pacíficos barrios residenciales pululan los pedófilos y los psicópatas, por nuestros refugios nocturnos, los locos furiosos megalómanos; algunos de hecho se convierten en un problema, matan a dos, a tres, a diez, incluso a cincuenta personas—luego, ese mismo Estado que los utilizaría sin pestañear en caso de guerra, los aplasta como mosquitos inflados de sangre. Esos hombres enfermos no son nada. Pero los hombres ordinarios que constituyen el Estado—sobre todo en tiempos inestables—esos son el auténtico peligro. El auténtico peligro para el hombre soy yo, es usted. Y si no le convence esto, es inútil que siga leyendo. No entenderá usted nada, y se enfadará, sin provecho para usted ni para mí.




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martes, 23 de marzo de 2010

Más sobre LES BIENVEILLANTES


En el blog The Reading Experience, una reseña positiva e interesante de Les Bienveillantes de Jonathan Littell—esa novela narrada por un inteligente psicópata nazi. Especialmente atenta está la reseña a la cuestión narratológica del "narrador no fiable" (unreliable narrator). Es por cierto una novela que sigue siendo recomendable, aunque ya no haya montones de ella en las librerías.

Somos la peste


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