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miércoles, 25 de septiembre de 2024

El paisaje apocalíptico

Me citan en esta tesis de licenciatura sobre Cormac McCarthy y cosas postapocalípticas:

Aguilera Vergara, Olga María. "El paisaje apocalíptico: Apreciación de la literatura y la pintura en relación a la novela La Carretera y el trabajo pictórico de John Martin." Graduate diss. (Licenciatura), U Católica de Santiago de Guayaquil, Ecuador, 2015.*

         http://repositorio.ucsg.edu.ec/bitstream/3317/3527/1/T-UCSG-PRE-FIL-CCS-70.pdf

         2024

 

 Pandemonium

 

Paisajes de pandemia y pandemonium....

El artículo mío que cita es éste:

 

_____. "Hemingway Meets Beckett: The Road, de Cormac McCarthy." Academia 20 Jan. 2014.*

         https://www.academia.edu/167990/

         2014

         https://www.academia.edu/104883537/

         2023

 

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viernes, 4 de agosto de 2023

Mary McCarthyism

 Me citan en este artículo sobre el macartismo en Mary McCarthy:

Zidan, Ashraf Ibrahim Muhamed. (Dpt. of English, Port Said U; ashraf.zidan@arts.psu.edu.eg). "Theory of Reflection as Articulating the Rise and Fall of McCarthysm in Mary McCarthy's The Groves of Academe." ResearchGate (July 2023).*

         https://www.researchgate.net/publication/372719844

         2023

 

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sábado, 30 de diciembre de 2017

Retropost #1932 (30 de diciembre de 2007): Hemingway Meets Beckett




Una foto de Flickr


Hemingway meets Beckett meets Mad Max. Es un poquito el planteamiento de The Road, de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007. Una historia de ciencia ficción con tratamiento contenido a la manera modernista. El mundo habitable ha desaparecido, ya no hay animales ni vegetación, sólo un paisaje desolado, oscuro y cubierto de cenizas, y una carretera infinita por la que avanzan un padre y un hijo empujando un carrito de compras con víveres, mantas y herramientas. Intentando sobrevivir, intentando encontrar comida y esquivar a las hordas de bandidos caníbales que gobiernan los caminos en este mundo post-apocalíptico. Día a día, aguantando nevadas y aguaceros, camino del sur, esperando encontrar algo distinto, algo que seguramente ya sólo está en el pasado. Pues el futuro se va oscureciendo, como la luz del día en el invierno nuclear. "Like the onset of some cold glaucoma dimming away the world" (TR 3).

En el post anterior hablaba de otras historias de catástrofe global, mortandad universal y regresión de la civilización, a cuenta de la película Soy Leyenda. McCarthy evita la espectacularidad fácil, y logra hacer una épica de los últimos días a base de contención, minimalismo e intensidad sostenida. El padre vive para proteger y defender a su hijo, darle una oportunidad y mantener viva en él la memoria de lo que fue la humanidad. La narración vuelve una y otra vez a las actividades básicas de supervivencia: buscar comida, empujar el carro, aguantar bajo la lluvia, encender el fuego. Explorar las ruinas. Esconderse cuando se ve alguna figura a lo lejos. Intercaladas, las conversaciones a base de monosílabos y sobreentendidos entre el padre y el hijo, a modo de Vladimir y Estragón en Esperando a Godot. No conocemos el nombre de uno ni de otro.

Y colocadas con precisión y eficacia en el viaje por este camino narrativo— las escenas de horror, de tensión, las panorámicas de refugiados carbonizados en sus coches, las ciudades devastadas habitadas por algún superviviente espantado entre las ruinas, las carreteras con cadáveres mezclados con el asfalto fundido, los cazadores de carne humana (única proteína visible en el paisaje). Y los recuerdos de lo que era la vida normal, en los sueños, en flashbacks que parecen venir de otro mundo. Todo pasó hace años: pero la devastación es tan grande que ha alterado la sustancia del tiempo, y del lenguaje: la realidad va hundiéndose poco a poco en un marasmo de ceniza que cae del cielo y de supervivencia animal. Como otro personaje de Beckett, el protagonista de How It Is, arrastrándose por el barro y la oscuridad con su saco de provisiones. Pero la visión de McCarthy es más terrible por más realista y por contener más verdad humana: los enfangamientos minimalistas de Beckett y sus monólogos parecen ejercicios artificiales a su lado, experimentos modernistas. El estilo Hemingway de observación externa, focalización centrada en un personaje, y frases cortas e impasibles trabaja en armonía con el minimalismo a que se ha reducido la realidad, y con los gestos básicos de supervivencia, de recolección, de manipulación y de bricolaje que se han vuelto el centro de la existencia.

Es un regreso desolado a On the Road de Jack Kerouac, y a tantos road movies reducidos aquí a su versión carbonizada. Es el camino de la vida, el Pilgrim's Progress centrado especialmente en el Slough of Despond. Es los ríos trucheros de Hemingway imaginados desde la vejez terminal, cuando no podremos volver a ellos. Es una alegoría de la de la vejez sin esperanza, con Dios cada vez más inescrutable e improbable. ("The bastard. He does not exist" —decían en Final de Partida). Esta novela es un endgame ambulante, pero con una dosis de fe terminal y sobre todo de amor que lo hacen más patético. Es una novela de padres e hijos, de la protección y del traspaso de la esperanza (donde apenas puede quedar ya ninguna). El protagonista camina por paisajes desolados con su hijo: en algunos había estado antes con su padre, y sabe que a él le toca ahora no flaquear, y dar una oportunidad al futuro. La madre se ha suicidado—hay aquí una cierta reivindicación vaquera de la virilidad, portando el fuego por territorio sin ley.

Vaquera y tejana: el colt es imprescindible en este salvaje oeste, sobre todo cuando los nuevos indios disparan flechas y hieren al protagonista… Un western postnuclear. Y viril—esta es una historia between men; la madre sólo podía vivir en un mundo a su medida, toma una opción débil, el suicidio, en lugar de luchar en circunstancias adversas. Apenas es compartida como recuerdo entre el padre y el hijo. Y la nueva madre hallada al final interviene únicamente como mediadora entre el espíritu del Padre, y el hijo. Una novela, pues, sobre la paternidad, y la responsabilidad, sobre todo en la transmisión de la ética y la esperanza de abuelos a nietos, a través de los padres.

Que también una meditación sobre el poder (poder limitado) del lenguaje para crear y sostener mundos posibles. Aun en situaciones límite. Ahora el mundo ha desaparecido, y el lenguaje es sobreabundante, le falta anclaje, le sobran cosas que nombrar que ya nunca existirán. Va a minimalizarse. Pero entretanto también sirve para evocar, para invocar, "like some ancient anointing" (TR 74)—ceremonias amargas y ambivalentes, éstas, ante la evidencia brutal de la muerte del mundo, que va a arrastrar tras de sí al lenguaje. Y a la literatura (así los libros destruidos [TR 187], que hacen pensar en todo el espacio que había en el mundo de antes para las posibilidades, las expectativas abiertas por la palabra).

Por no hacer una alegoría de la muerte de la humanidad sin más, y una diatriba contra Dios, tiene McCarthy que ofrecer una esperanza al final—un gesto minimalista que se esboza continuamente a lo largo de la novela. Y es de hecho el final, más abierto a la esperanza, el elemento más flojo del libro. El padre muere, dando confianza al hijo hasta el final con sus últimas palabras. El chaval se preocupaba por un niño que habían visto en unas ruinas y no habían recogido (por estricto cálculo de supervivencia); le vuelve a la cabeza, y el padre le tranquiliza ahora sobre el destino de ese niño con quien ve que ahora se identifica su hijo. Un vagabundo beckettiano en la carretera les había dicho "There is no God and we are his prophets" (TR 170). Dios ha muerto, en efecto, pero aquí se le sigue nombrando precariamente, manteniendo su recuerdo vivo entre las cenizas. El recuerdo de Dios se identificará con el recuerdo del padre: "He tried to talk to God but the best thing was to talk to his father and he did talk to him and he didnt forget (…) the breath of God was his breath yet though it pass from man to man through all of time" (TR 286). La novela la dedica Cormac McCarthy implícitamente a su padre, deduzco, y explícitamente a su hijo John Francis McCarthy, que quizá no haya llegado a la edad adulta cuando el Autor muera.

Además de darle ánimos a su hijo para seguir viviendo, el padre, sin saberlo, ha conseguido acercarlo a un sitio donde hay una familia que lo adoptará cuando él muere. Esta solución (no menos implausible que el resto del libro) parece sin embargo tramposa, poco lograda. Bastaba, creo, para los fines artísticos de McCarthy con expresar la esperanza que el padre lucha por mantener viva hasta el final. Estilísticamente, el padre ha sido el focalizador principal y casi único, excepto en alguna frase aislada (TR 84). Ahora, tras la muerte del padre, el relato parece perder consistencia al proseguir como si tal, como si no desapareciese el mundo con la muerte (TR 170). La sustitución del padre por otro padre más fuerte y con un rifle más gordo, parece arbitraria, wishful thinking. Para mí debería terminar la novela más o menos en "Goodness will find the little boy. It always has. It will again." Y hasta hay truchas hemingwayianas en un río oculto en la última frase—si oculto en el pasado o en el futuro, no lo sabemos. Quizá sólo estén en el recuerdo, pero se nos recuerda que cerca del final hay que seguir recordando esos emblemas de la vida, y de una inocencia radical que quizá sólo existió en un pasado mítico. Pues no podemos tener a la vez la pureza de la sensación, y la consciencia reflexiva de esa pureza, igual que no podemos tener a la vez la muerte y la angustia por la muerte.

Y es que el final de verdad, el final de la humanidad y todas sus esperanzas, incluida la muerte de los hijos que habrían de perpetuarnos, y el cierre completo del futuro, es como un sol negro que no podemos mirar directamente en el arte de la novela. "Please dont tell me how the story ends" (TR 75). Ya ha mantenido McCarthy la mirada bastante rato, y la experiencia que nos da es de agradecer, y de temer.



miércoles, 13 de julio de 2016

El año del verano oscuro

Sale un artículo en Quo (que ahora no encuentro) sobre el año del verano oscuro, 1816— "El año del verano que nunca llegó". Y hay un artículo de la Wikipedia sobre ese año sin verano.

Hay que resaltar que este verano inspiró también el memorable poema post-apocalíptico de Lord Byron, "Darkness".

Otras catástrofes post-apocalípticas de invierno volcánico aparecen en The Road, novela de Cormac McCarthy, y la película correspondiente:

"Hemingway Meets Beckett: The Road, de Cormac McCarthy." ResearchGate 4 June 2012.* http://www.researchgate.net/publication/33419895
         2012
_____. "The Road, and Company." In García Landa, Vanity Fea 19 Feb. 2010.*
         2010


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jueves, 22 de enero de 2015

The Road, & Company

 

 

The Road, & Company

—artículo que subo a la SSRN, como continuación de mi artículo anterior sobre la novela de Cormac McCarthy, "Hemingway meets Beckett".



Aquí comentamos la película de John Hillcoat 'The Road', basada en la novela homónima de Cormac McCarthy. La narración post-apocalíptica de la película, y respuestas representativas a la misma, se sitúan en el contexto de la norteamérica posterior al 11-S, y en el contexto de la crisis ecológica de la civilización industrial, y se evaluá desde un punto de vista ideológico y estético la película en tanto que adaptación de la novela.

English Abstract: A commentary of John Hillcoat's film 'The Road', based on Cormac McCarthy's novel of the same title. The post-apocalyptic narrative of the film, and representative responses to it, are set in the context of post-9/11 America and the ecological crisis of industrial civilization, and the film is evaluated as an adaptation of the novel from an ideological and aesthetic viewpoint.


Keywords: Film, Adaptation, Literature, Novel, Post-apocalyptic fiction, Science fiction, Cormac McCarthy

http://papers.ssrn.com/abstract=2549563 
También está en:
LIT Subject Matter eJournals
    
        




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_____. "The Road, & Company." In García Landa, Vanity Fea 22 Jan. 2015.*
         2015
_____. "The Road, & Company." Academia 11 May 2016.*
         2016
_____. "The Road & Company." ResearchGate 12 May 2016.*
         2016

viernes, 19 de febrero de 2010

The Road, and Company


The clocks stopped at one seventeen one morning. There was a long shear of bright light, then a series of low concussions. Within a year there were fires on the ridges and deranged chanting. By day the dead impaled on spikes along the road. I think it's October but I can't be sure. I haven't kept a calendar for five years. Each day is more gray than the one before. Each night is darker—beyond darkness. The world gets colder week by week as the world slowly dies. No animals have survived. All the crops are long gone. Someday all the trees in the world will have fallen. The roads are peopled by refugees towing carts and road gangs looking for fuel and food. There has been cannibalism. Cannibalism is the great fear. Mostly I worry about food. Always food. Food and our shoes. Sometimes I tell the boy old stories of courage and justice—difficult as they are to remember. All I know is the child is my warrant and if he is not the word of God, then God never spoke.

The Road
es una novela que extrañamente conseguía parecer a la vez un poema en prosa y un guión cinematográfico—estaba hecha para ser filmada, si alguien estaba a la altura. La película dirigida por John Hillcoat es dura y es una excelente adaptación—una de las pocas películas de este último año que no conviene perderse. Hay una buena reseña de MrWhiplash en IMDb. La traduzco añadiendo en cursiva lo que me parezca.

Lo maravilloso de The Road es que es más que probable que les guste a los dos bandos—al que no se ha leído el libro de Cormac McCarthy ganador del premio Pulitzer, y al que sí lo ha hecho. Tiene uno sin embargo una sensación nerviosa al mirar el trailer—¿será esto un espectáculo atiborrado de super-acción, estarán por allí todo el rato esas imágenes que abren el trailer con "¡EL FIN DEL MUNDO SE ACERCA!", y saldrá tanto de verdad Charlize Theron en la película? Y resulta ser que si te gustó el libro mucho y te preocupabas de cómo aparecerían sus deprimentísimos y oscurísimos paisajes negros y (sobre todo) grises, eso sí que lo proporciona de manera perfecta. (A mí el mundo de la película me parece un poco claro o "día nublado" de más—ver imagen al pie—más claro de lo debido para la novela—pues ésta sí sugiere un paisaje mucho más de noche casi cerrada, ya desde su cubierta negra. Claro que eso hubiera sido apenas tolerable como trasfondo para toda una película. Es un compromiso aceptable, como aquellas noches filmadas en pleno día con filtro azul, y demasiado gris será ya para la mayoría, aunque el gris detrae de la oscuridad del libro. Otra cuestión: aparecen muchas plantas, secas pero plantas, cuando deberían haber desaparecido ya hace unos años. Así que se queda corto en el tono de gris.). Y si no has leído el libro... igual funciona como película, primero en tanto que drama de supervivencia, una historia "simple pero no" de un padre y un hijo aferrados a su humanidad—y muy en segundo lugar en tanto que thriller post-apocalíptico.


Describir el argumento no es imposible pero sí un tanto innecesario. Lo único que necesitas saber al entrar (si eres del bando de los no-he-leído-el-libro) es que un padre y un hijo, tras quedarse solos al irse la madre de la casa, viajan juntos hacia la costa cruzando un paisaje literalmente post-apocalíptico. Nunca se nos da una explicación totalmente clara de por qué o cómo tuvo lugar el apocalipsis. Esto es mejor que mejor, porque la película de John Hillcoat se centra en el padre y el hijo (llamados en los títulos de crédito simplemente Padre e Hijo, interpretados por Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee), no hay necesidad de nada realmente específico. Al menos esto irá genial para la mayoría de la gente que a estas alturas pueden estar ya cansados de las explicaciones habituales de tipo viral o religioso o (maldita sea...) tipo 2012. Se nos dan algunas pistas, sin embargo, de que puede haber habido mutaciones (?????—yo no las he visto) o algún tipo de fenómeno geológico (hay terremotos en un par de ocasiones)—más allá de esto, estamos como los viajeros, se nos deja con lo puesto. (Tiene su pequeño inconveniente el ocultar la fuente del desastre, o hacerla aparecer natural—en la novela no hay terremotos, y allí se sugiere sin decirlo un invierno nuclear. Es bastante diferente, políticamente hablando. Lo segundo es responsabilidad achacada a los humanos y cómo han hecho las cosas, y es algo bastante indisociable de la novela de McCarthy por muy poco que cargase el acento en causas precisas. Siendo el desastre algo tan prominente y que merece una introducción en off, queda artificial ocultarlo—casi como una voluntad de alegorismo no muy oportuna aquí. Pero no es un inconveniente serio: la atención realmente se desvía a otras cuestiones. Los terremotos añaden tensión en la película, pero son una concesión inoportuna al espectáculo y confunden y distorsionan la medida de responsabilidad humana que es central para la ética del relato de McCarthy. Por otra parte, crucemos los dedos con respecto a los desastres que nos puedan suceder de manera realista o previsible, pero los terremotos parecen bastante más remotos e irreales, más ficticios, que el invierno nuclear que muchos hemos temido siempre que nos acabase tocando un poquito más aquí del horizonte).
Cómo sucedió no es en cualquier caso tan fascinante ni tan visualmente impactante como el asunto de qué aspecto tiene ahora. The Road nos proporciona muchas escenas y vistas de una desolación lúgube, terrible y precisa. Algunas están llenas de detalles visuales, como las tomas de grandes paisajes urbanos, y otros, como cuando el Padre y el Hijo están en el acceso de una autopista, son íntimos y duros (este paraje proporcona también uno de los momentos más conmovedores, cuando el personaje de Mortensen por fin 'deja ir' dos recuerdos importantes que guardaba de la difunta madre de su hijo. Y otras veces Hillcoat simplemente nos deja absorber la grisalla de todo, igual que uno captaba las escenas de nubes de moscas en su película The Proposition. Es sobre este trasfondo de lluvia y agua sucia y roña y ruina con lo que resalta tan enormemente este lazo intenso entre el padre y el hijo, y la complejidad que conlleva el no limitarse a seguir vivos sino conservar la humanidad y la dignidad y tratar bien o mal a la gente con la que se encuentran.
Esto no será nuevo para la gente que haya leído el libro. Yo, aun habiéndomelo leído hace dos años (que normalmente parece por desgracia mucho tiempo a la hora de recordar imágenes específicas de un libro) todavía no me puedo quitar de la cabeza las descripciones de algunas escenas, o la manera despojada de todo en que hablaban los personajes y en que se transmitía el horror existencial. Pero, insisto, la película no sólo respeta esto sino que le da una vida adicional. Las escenas de diálogos en la película (excepto un par de las escenas de flashback con el personaje de Charlize Theron de la Madre) nunca interfieren con la narración, cosa que hay que vigilar en la adaptación del libro. Y aún más importante, la actuación y la química entre los dos actores principales es increíble. Mortensen es un actor que se implica a fondo en sus personajhes, tanto que cuando se quita la camisa vemos su torso huesudo como algo que es de verdad lo que es, y es magnético contemplarlo. Pero también es crucial ver lo bueno que es el chaval Smit-McPhee, especialmente cuando llega el momento de las escenas en que el chico ha de enfrentarse a la desesperación creciente de su padre o al enfrentamiento electrizante con un ladrón. (Cierto, y sin embargo hay un ligero problema de casting con el chaval, en el sentido de que está demasiado bien alimentado para su personaje, y no tiene grabado en el rostro el horror y desconfianza que debería tener en sus rasgos alguien que hubiese crecido en el mundo en el que él ha crecido. Un niño de un reformatorio de Europa Oriental, o un pilluelo de la calle decimonónico, marcado pero a la vez desvalido, darían mejor la idea del personaje que sería visualmente necesario aquí. El niño que vemos es un un niño de la América de hoy, no un niño producido por el mundo que se presenta en la pantalla).

Claro, un par de breves apariciones de Guy Pearce (como otro viajero parecido) y especialmente de Robert Duvall como un "hombre de 90 años" según dice su personaje, proporcionan algo de espacio necesario, y Hillcoat tiene un par de fragmentos de flashback/sueño muy inteligentes, con el Hombre y su esposa—sobre todo un momento muy breve, brillante, con un piano), pero en conjunto son los dos personajes principales quienes han de cargar con la película, y con ellos responde con la fuerza con que lo hace. Mientras tengas claro que esta película no está centrada en grandes secuencias de acción (aunque haya un par de ellas) ni en grandes efectos especiales (aunque también los hay), y que es más parecida a un relato de a vida o muerte, no muy distinto en eso de Hotaru no haka, sabrás lo que esperar con The Road.
En conjunto es muy deprimente, y no es exactamente lo que recomendaría como película para una primera cita—a menos que seas tan fan de Mortensen y/o de Cormac McCarthy que te da igual todo. Sin embargo, es depresión "de la buena", e igualmente es la mejor adaptación posible del libro a la vez que proporciona una visión tremenda y original para el espectador medio.

De hecho, es toda una experiencia catártica, The Road, con escenas tan duras como esas en las que el padre enseña al hijo cómo suicidarse, o está a punto de matarlo para evitar que caiga en manos de los caníbales. El terror al futuro que iba unido a la Guerra Fría vuelve aquí, como el retorno de lo reprimido, en el relato de alguien que lo vivió y lo absorbió bien, y que nos recuerda, por si queríamos olvidarlo, que todo es frágil y todo lo que tenemos podría convertirse en un recuerdo apenas ya creíble que nos atormentase en un mundo infernal, tipo How It Is. La tecnología lo puede—hasta allí hemos avanzado, cumpliendo este camino. Y el otro lado de la catarsis, o del aviso, viene de la consciencia irracional de sentir que si lo hemos vivido en The Road ya no hará falta que pasemos por ello en la realidad. Una especie de exorcismo artístico viene a ser: ver qué sería lo peor, y pasar a otras cosas al salir de la sala, agradeciendo que lo que vemos cada día está todavía allí. Así es una excelente película para enterarnos no sólo de lo que podría haber, sino de lo que hay. Es la función del arte, según Shklovsky: hacer que la piedra sea pétrea. Es especialmente memorable como retrato del cariño desesperado, casi inexpresable, que inspiran los hijos a sus padres, cuando necesitan proteccion. También de la dimensión a la vez mítica y de andar por casa que tienen los padres para sus hijos. Y de la compañía que dan los recuerdos de los seres queridos, a veces tormento y a veces ángeles de la guarda, de los únicos que hay.

Otra reseña que voy a traducir
, pues casi la podría recitar a coro, la escribe Roger Ebert (que por cierto ha pasado él mismo recientemente por una experiencia terriblemente traumática, un antes y un después, que bien merecería una dura película también. Lo cuenta en su blog.).


"The Road" evoca las imágenes y los personajes de la novela de Cormac McCarthy. Es poderosa, aunque para mí le falta el mismo núcleo de sentimiento emocional. No estoy seguro de que esto sea culpa de ninguno de los que la han hecho. La novela misma no estaría lograda si se limitase a sus personajes e imágenes. Su efecto viene ante todo de la prosa de McCarthy. Sucede lo mismo con toda la obra de McCarthy, pero especialmente con esta, al ser su diálogo tan contenido, menos barroco de lo habitual.

La historia es sencilla: América ha sido devastada.
Los núcleos habitados han sido destruidos o abandonados, la vegetación está muriendo, las cosechas han fallado, la infraestructura de la civilización ha desaparecido. Esto está tan reciente en la memoria que incluso el Niño, tan joven, nació en un mundo sano. (Aquí falla Ebert, pues obviamente esto no es así: la madre del niño no quería traerlo a un mundo que ya no era habitable, y ha de dar a luz ayudada sólo por su marido en el refugio que comparten). McCarthy evoca los temores generalizados de la era post-11/S. El Chico y el Hombre avanzan hacia el mar, quizá por ninguna razón más allá del hecho de que el mar ha sido siempre la dirección de la esperanza en este país, (Apostillemos. Resucitadas quizá por la ansiedad colectiva post 11/S, las angustias de McCarthy y las nuestras vienen de más lejos, como he dicho, y son la herencia de la guerra fría y de la espada de damocles nuclear, esa de la que creemos que nos hemos olvidado. Es significativo cómo la perspectiva de Ebert está restringida a EE.UU, alias "América", mientras que la de McCarthy, por muy quintaesencialmente estadounidense que sea, se remite a una destrucción universal).

La población que ha sobrevivido se ha visto reducida a unos supervivientistas asalvajados, que esclavizan a los más débiles, y posiblemente los emplean como comida. (Lo de 'posiblemente' será un decir, visto que hay en la novela y en la película más de una situación de canibalismo apenas "ob-scena", como ésa especialmente aterradora cuando los protagonistas descubren una cárcel de prisioneros desnudos—y caníbales—conservados como ganado para ser descuartizados y comidos a su vez por sus carceleros. Da la medida de la película y de la novela de McCarthy que no sólo muere el protagonista, sino que lo hace sin poner orden en situaciones como ésta, logrando apenas salir de ellas salvando a su hijo. Estas cosas no pasaban en Hollywood). Siempre hemos hecho eso, empleando al ganado vacuno por ejemplo para pastar en las praderas para poder consumir las calorías concentradas de su trabajo. En una tierra en la que la comida escasea, los vagabundos buscan alimentos en lata y temen que su propio cuerpo haga este trabajo para los caníbales. (Bueno, ejem, aquí parece Ebert identificar a caníbales y no caníbales, a humanos y a animales, metiéndolos en el mismo saco—y nivelando una diferencia que, en Occidente y más allá, suele ser relevante. El que nos horrorice el canibalismo es un horror complejo: a la vez basado en el horror que despierta tratar a los humanos como si fueran animales, y en otra cosa muy distinta: en el horror que inspira la manera en que tratamos a los animales sabiendo que comparten con nosotros ciertos aspectos de la consciencia. Un curioso bucle retroalimentativo—o retrocanibalizante, por así decirlo).

Aunque leemos sobre algunos que almacenan rifles y munición en previsión de un apocalipsis, los depósitos de armas de The Road se han diezmado. El Hombre tiene una pistola a la que le quedan dos balas. Es un viajero desconfiado, que sospecha de todos a los que ve. Él y el Chico transportan unas pocas posesiones en un carrito de compra. Anima a su hijo a seguir caminando, pero alberga pocas esperanzas sobre el final de su viaje.


No estoy seguro de que los personajes pudiesen interpretarse mejor, ni de otra manera. Viggo Mortensen retrata al Hombre como persistente y obstinado, decidido a proteger a su chico. Kodi Smit-McPhee es convincente como niño traumatizado por la destrucción, dependiendo de su padre en un mundo en el que tiene que ver claramente que cualquier hombre puede morir en un instante. La película resiste cualquier tentación de hacer al niño encantador, o de atraer con ninguno de los dos el afecto del espectador.
Unas escenas de flashback presentan a Charlize Theron como esposa y madre de los dos en tiempos anteriores y más soleados. Estas secuencias muestran el matrimonio desmoronándose, y son recuerdos que atormentan al Hombre. No estoy seguro de la relevancia de este argumento secundario con el conjunto de la película; un matrimonio triste o feliz, ¿no viene a ser lo mismo en este nuevo mundo? Tiene mucha relevancia sin embargo para el Hombre y el Chico. En un tiempo de devastación total, es a los recuerdos a lo que nos agarramos. (Maticemos que, aparte de lo que pienso yo, en los términos de la película es una diferencia abismal el tener una pareja con quien entenderse o no. En absoluto es lo mismo, nunca, un matrimonio triste que uno feliz. El carácter suicida de la mujer del protagonista es a la vez comprensible en el contexto apocalíptico, y sin embargo tan incomprensible como todos los suicidios, y hace que el recuerdo de la mujer sea ambivalente, pues ella le falla escandalosamente a su marido y a su hijo, allí donde el hombre aguanta por pura fuerza de carácter, y por amor desesperado, más allá de cualquier convencimiento. La novela de McCarthy va mucho, muchísimo, sobre la figura del Padre, a la vez precario e imprescindible. Hasta el punto de parecer injusto con las madres, algo que queda compensado en parte con la figura materna del final que adopta al niño, y hace terminar la película en una nota positiva que llega como todo un alivio. Esta escena está bastante lograda en la película, allá donde McCarthy caía en un sentimentalismo sui géneris, justo en esta escena crucial, que hacía flojear el final del libro).
Los acontecimientos externos de la novela han sido resueltos con atrevimiento, y es ésta una producción imponente. Pero la prosa de McCarthy tiene una increíble capacidad de transmitir más que diálogos e incidentes. Es densa como poesía. Es más austera en The Road que en una obra más ornamentada como Suttree; en The Road es muy evocativa en la manera en que lo es la de Samuel Beckett. (Por cierto, yo definía en mi post y luego artículo la prosa de McCarthy en The Road como una convergencia de los estilos y paisajes emocionales de Beckett y de Hemingway). Si no lo fuese, The Road podría ser simplemente una película más de ciencia ficción apocalíptica. Es demasiado fácil imaginar cómo podría vulgarizarse este material, como lo fue el de Richard Matheson en la versión de 2007 de Soy Leyenda.

¿Cómo podrían el director y el guionista, John Hillcoat y Joe Penhall, haber invocado la fuerza de la escritura de McCarthy? ¿Podrían haber utilizado unas imágenes más estilizadas, en lugar de un realismo inflexible? ¿Un blanco y negro granuloso, para sugerir recursos limitadísimos? No tengo ni idea. Quizá McCarthy, como Faulkner, sea completamente imposible de filmar. (Y sin embargo es la influencia de la prosa de McCarthy la que ha hecho probablemente que esta película se atenga en la medida en que lo hace a la crudeza de su realismo y su austeridad, resistiendo muchos gestos de las superproducciones heroicas. En ese sentido está en la línea de la estética dura y desengañada del Rey Lear de Kozintsev, o de A Ciegas de Fernando Meirelles, antes que de cosas del tipo Soy Leyenda).

La única gran película hecha sobre su obra es No es país para viejos de los Coen, pero empezaba con un personaje extraordinario y lo rodeaba con otros. The Road no es terreno fértil, al presentar un mundo con la vida que se le va vaciando. Las novelas más grandes de McCarthy son Suttree y Blood Meridian. La segunda, ambientada en el viejo Oeste, va sobre un temible hombre esquelético y calvo llamado el Juez Holden, que es implacable en su deseo de infligir sufrimiento y muerte. (Blood Meridian la está preparando Todd Field, director de In the Bedroom).

La película anterior de Hillcoat, The Proposition (2005), escrita por Nick Cave, tiene casi un aire de McCarthy. Algo en la obra de McCarthy atrae a ella a Hillcoat, y tienes que ser un director valiente para dejar que suceda eso. Al escribir esto, me doy cuenta de que no se puede esperar que muchos espectadores hayan leído The Road, aunque fue una selección del Club de Lectura de Oprah. (Que parece que ya cuenta más que el Pulitzer...). Y aún menos habrán leído las otras obras de McCarthy.


Llevo años diciendo que un crítico cinematográfico debe reseñar la película que tiene delante, y no lo 'fiel' que sea la película al libro—como si estuviésemos casados en cierto modo al libro y fuese adulterio la adaptación a la pantalla. Me doy cuenta de que la culpa la tengo yo mismo por estar tan familiarizado con Cormac McCarthy. Eso puede afectar a la capacidad que tenga de ver cualquier adaptación cinematográfica de su obra con ojos nuevos. Cuando sé que están filmando una novela, muy deliberadamente no leo el libro. Y sin embargo doy gracias por haber leído los de McCarthy.

Unas cuantas cuestiones más sugiere esta película, que no he mencionado aún, ni lo han hecho mis reseñistas. Una, la medida en la que esta película, a la vez no tiene coches (sólo ruedan en ella un camión destartalado, y un carrito de supermercado), es un road movie apocalíptico, y a la vez extremadamente fiel a muchas reglas del género. Bueno, coches hay muchos, pero hechos chatarra todos, lo cual da la medida de su crítica al sueño americano.

Pero el sueño americano está allí, sin embargo, y a veces en dosis paranoicas. El niño y su padre pueden leerse como esa histerizada Norteamérica post-11/S, o más allá, como esa Norteamérica que sabe a la vez a dónde lleva su delirio armamentista, y que está dispuesta a mantenerlo hasta el final. Dos balas hay en la recámara, pero ya no son para el enemigo: el protagonista sabe que son balas suicidas, y a la vez aún habla de mantener el Fuego, la Luz. Comprendámosle, pues está en una situación límite, pero lo hemos inventado en este siglo, o en el pasado, y es un aspecto de nuestra situación límite el que expresa.





Por otra parte, no hay que esperar a que llegue el Apocalipsis. Si es creíble que pudiera llegar este mundo, a un cierto nivel emocional es que ya ha llegado. Y eso hace que esta película sea una película no sobre el futuro, sino sobre ciertos aspectos o temores del presente. Y sobre una manera de vivir la relación con los demás—una relación combativa, justificadamente combativa, en el Hombre. Es impresionante la escena en la que deja desnudo al ladrón que le había robado, aplicándole el ojo por ojo estricto—y muy bien elegido el actor negro que interpreta al ladrón. El niño y la familia que al final lo adopta dulcifican un poco esta relación de salvajísimo oeste con los demás—y también un western es esta película, cómo no.

Para muchos en América, además, y no tan al oeste, no es sólo un color emocional lo que retrata esta película—aunque ellos no la verán. El homeless hobo con su carrito, sin techo y solo en un mundo lleno de extraños que lo rehuyen, o de dementes que lo atacan, está en las calles de nuestras ciudades, a veces con carrito de compra incluido, aunque normalmente sin niño—a no ser en algún rincón de su recuerdo, que anda con ellos por el camino haciéndoles compañía. Beckett nos los enseñó desde otro ángulo interno, menos crudo en su realismo al ser más intelectual. En uno y otro, es extraño ver el mundo entero nivelado desde esa perspectiva del deshauciado, pero no deja de ser instructivo.

The Road. Dir. John Hillcoat. Screenplay by Joe Penhall, based on the novel by Cormac McCarthy. Cast: Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce, Molly Parker, Michael K. Williams. Music by Nick Cave and Warren Ellis. Photog. Javier Aguirresarobe. Prod. des. Chris Kennedy. Art dir. Gershon Ginsburg. Set decor. Robert Greenfield. Ed. John Gregory. Exec. prod. Marc Butan, Mark Cuban, Rudd Simmons, Todd Wagner. Coprod. Erik Hodge. Prod. Paula Mae Schwartz, Steve Schwartz, Nic Wechsler. USA:K Dimension Films / 2929 Productions / Nick Weschler / Chockstone Pictures / Road Rebel, 2009.




sábado, 2 de mayo de 2009

No es país para viejos

Me gustó mucho esta película de los hermanos Coen; está a la altura de Fargo, o mejor aún... cosa que no es poco decir. Desde luego no tiene color a su lado otro de de sus últimos esfuerzos, Quemar después de leer—la diferencia entre ésta y No es país para viejos es como entre una película hecha por un muerto viviente y otra por un vivo. Para leer una reseña introductoria y muy acertada, aquí está la de Roger Ebert, No Country for Old Men.

De lo que me llamó la atención: a ver... lo primero, lo redondo de todo, el toque infalible que hace que la película esté viva de principio a fin, la perfección en la actuación, en la fotografía, en la caracterización de los personajes, en el ritmo... Una obra maestra, en suma, que combina elementos de cine negro, road movie, western, y película sobre psicópatas, todo un género muy demandado éste. El arte está en la manera en que se cogen ingredientes de todos estos géneros y se usan con destreza e inteligencia, para guiarnos la atención a la vez que se evita que la película se quede en los tópicos de los géneros, y se nos torean las expectativas a los espectadores con la misma sencillez con que un sicario experimentado hace su trabajo.

Básicamente lo que la hace distinta de Fargo es que en Fargo vence, quizá contra toda expectativa, la gente decente y eficaz; la mujer polícía embarazada hace su día de trabajo y arresta a los criminales que parecían superiores a ella. Pero que una película de policías acabe con el asesino capturado no es realmente inesperado. Aquí en No es país para viejos se juega con las expectativas de otra manera más cruel.

Un tipo corriente, oportunista, un cazador "duro" como es Llewellyn Moss encuentra, en el desierto de Texas, el dinero de unas bandas de traficantes de droga que se han matado entre sí. Y decide quedárselo, pero comete dos errores. El primero, de carácter humanitario (y nos lo dice él mismo que es un error): le remuerde la conciencia y decide volver a la escena del crimen para llevarle un bidón de agua a un gángster moribundo que había quedado en un coche. Y allí le localizan su coche los socios criminales de una de las bandas, y empieza una persecución... hasta que lo maten en un motel de El Paso, siguiéndole la pista cuando llama a su familia para quedar allí con ellos. El otro fallo es que el maletín del dinero llevaba un trazador electrónico, y Moss tiene detrás de sí a un matón contratado por los dueños del dinero... pero un matón que de repente decide trabajar solo, y mata a sus socios, para seguir a Moss y hacerse con la pasta. Este es Anton Chigurh, un psicópata eficaz, encarnación aquí del ángel de la muerte para muchos; va dejando cadáveres por donde pasa. No alcanzará a Moss, aunque le anda cerca; hasta le roza con algún disparo; y llega a hablar con él y le asegura que aunque él, Moss, va a morir, si le entrega el dinero Chigurh no matará a su esposa. Moss, hombre de combate, ex-veterano de Vietnam, decide pelear, pero muere... a manos de los mexicanos de la droga, inesperadamente.

Chigurh llega tarde, pero se hace con el dinero pues sabía dónde solía esconderlo Moss, en los tubos de aire acondicionado de los moteles. Y luego va a cumplir su promesa al muerto, a matar a su esposa. Y lo hace... sólo para ser víctima de un accidente estúpido, cuando lo embiste un coche que se salta un semáforo. Se va Chigurh de la película con una fractura espantosa con un hueso saliendo del brazo... pero sobrevivirá, y se va, no sabemos a dónde, al final. Ha sobrevivido al ordinary guy de la película, el tejano duro y americano cien por cien que debería haber acabado con él en otra película cualquiera... aquí Moss plantea pelea, con valentía y mediana eficacia, pero sabemos que no es enemigo para Chigurh, que es una especie de Terminator. También se quita de enmedio Chigurh, con facilidad, a otro tipo duro, el cazador de recompensas Carson Wells, contratado por los del dinero para reconducir la situación. Otro personaje excelentemente retratado: parecía que iba a ser quien salvase la situación, más duro que el duro... pero no. Chigurh se los lleva por delante a él y luego, a domicilio, al magnate que los había contratado a los dos en un principio.

Este Chigurh es un personaje deliberadamente impenetrable, que asocia sus actuaciones al destino, y disfruta haciendo que sean las víctimas quienes, echando una moneda, decidan si van a vivir o morir. La esposa de Moss se niega a hacerlo por dignidad, pero muere igual. Claro que Chigurh no es el destino, el destino está en manos de los guionistas, que le recuerdan en el accidente final que ningún plan llega a bien, ni siquiera los suyos, y que la lógica cinematográfica no tiene por qué adherirse a esquemas morales, puesto que el mundo no lo hace: son engañosas las películas que nos muestran cómo los acontecimientos del mundo adoptan la forma de una enseñanza moral—pues quizá sean los menos los que lo hacen, tan sujetos estamos a los planes de los demás, que escapan a nuestro control, y a la contingencia de los acontecimientos. Así los Coen desfamiliarizan los guiones moralizantes de las películas de criminales y policías, que vienen a ser intentos, bien intencionados quizá pero engañosos, de creer que hay un orden comprensible en el mundo, o que si no lo hay lo podemos imponer los humanos. Los humanos somos parte del desorden.

Chigurh, por eficaz que sea, no llega nunca a dar caza a Moss que se le va escurriendo, hasta que se escurre más allá de la muerte. Hay aún otro perseguidor que va tras los dos—esta película establece el ritmo sistemático de hacer desfilar ante nosotros los mismos sitios: primero pasa por ellos Moss, luego Chigurh, luego el tercero en discordia, el que debería ser, puesto que no lo es Moss, el garante del orden moral de la película—el sheriff Ed Tom Bell, un viejo veterano a punto de jubilarse... y que se jubila de hecho sin llegar a resolver este caso, por cerca que esté a veces. De hecho se libra por poco del balazo de Chigurh. En cualquier otra película habría resuelto el caso: aquí no puede hacer nada. Bell es eficaz, pero no lo suficiente para poner orden en un mundo que escapa a sus manos. No es país para viejos éste en el que aparece un tipo de crimen organizado que desborda lo que Bell conocía. Pero es que el mundo siempre es igual, y nunca es país para viejos.

Bell tiene conversaciones desengañadas con viejos colegas suyos en las que reconocen que su tiempo ha pasado, que han hecho lo que han podido, pero que en última instancia no han podido estar a la altura. Nadie puede. Hay una evocación muy Cormac McCarthy al final de la película, con Tom Bell ya jubilado, que cuenta un sueño a su mujer: ha soñado con su padre, que también había sido sheriff—en el sueño. su padre, simbólicamente, es el guardián del fuego, lo lleva a él de niño a caballo por la pradera, y hace una hoguera cuando acampan por la noche. Bell acude a esa evocación para consolarse, para compararse a su padre o para intentar ponerse a su altura, pero despierto no se puede— los viejos habitan el país del desengaño, en el que ya se ha perdido la fe en nuestras fuerzas para poner un orden moral en el mundo. Ese orden existe en nuestros recuerdos, en la imagen de nuestros padres cuando somos niños (y siempre lo somos al pensar en nuestros padres, que fueron gigantes)—en los sueños que guardan el fuego... En esta película sólo puede evocarse ese orden sagrado de las cosas, sin hacerlo nunca llegar a materializarse, pues si no el final de la película falsificaría, como siempre hacen todas, lo que hemos visto que sucede durante su desarrollo. La película ni siquiera acaba—se interrumpe, como la vida, con un balance a medio hacer.




No Country for Old Men. Dir. Ethan and Joel Coen. Screenplay by Joel and Ethan Coen, based on the novel by Cormac McCarthy. Cast: Tommy Lee Jones, Javier Bardem, Josh Brolin. Casting by Ellen Chenoweth. Music by Carter Burwell. Ed. Roderick Jaynes. Prod. des. Jess Gonchor. Photog. Roger Deakins. Exec. prod. Robert Graf, Mark Roybal. Prod. Scott Rudin, Ethan Coen, Joel Coen. Scott Rudin / Mike Zoss Production. USA: Paramount / Miramax, 2007. Spanish DVD: No es país para viejos. Madrid: Parmount Home Entertainment Spain, 2008.* (Oscars for best film, direction, best adapted screenplay and best secondary actor, Bardem).








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