Hemingway meets Beckett meets Mad Max. Es un poquito el planteamiento de
The Road,
de Cormac McCarthy, premio Pulitzer 2007. Una historia de ciencia
ficción con tratamiento contenido a la manera modernista. El mundo
habitable ha desaparecido, ya no hay animales ni vegetación, sólo un
paisaje desolado, oscuro y cubierto de cenizas, y una carretera infinita
por la que avanzan un padre y un hijo empujando un carrito de compras
con víveres, mantas y herramientas. Intentando sobrevivir, intentando
encontrar comida y esquivar a las hordas de bandidos caníbales que
gobiernan los caminos en este mundo post-apocalíptico. Día a día,
aguantando nevadas y aguaceros, camino del sur, esperando encontrar algo
distinto, algo que seguramente ya sólo está en el pasado. Pues el
futuro se va oscureciendo, como la luz del día en el invierno nuclear.
"Like the onset of some cold glaucoma dimming away the world" (TR 3).
En el post anterior hablaba de
otras historias de catástrofe global, mortandad universal y regresión de la civilización, a cuenta de la película Soy Leyenda.
McCarthy evita la espectacularidad fácil, y logra hacer una épica de
los últimos días a base de contención, minimalismo e intensidad
sostenida. El padre vive para proteger y defender a su hijo, darle una
oportunidad y mantener viva en él la memoria de lo que fue la humanidad.
La narración vuelve una y otra vez a las actividades básicas de
supervivencia: buscar comida, empujar el carro, aguantar bajo la lluvia,
encender el fuego. Explorar las ruinas. Esconderse cuando se ve alguna
figura a lo lejos. Intercaladas, las conversaciones a base de
monosílabos y sobreentendidos entre el padre y el hijo, a modo de
Vladimir y Estragón en
Esperando a Godot. No conocemos el nombre de uno ni de otro.
Y colocadas con precisión y eficacia en el viaje por este camino
narrativo— las escenas de horror, de tensión, las panorámicas de
refugiados carbonizados en sus coches, las ciudades devastadas habitadas
por algún superviviente espantado entre las ruinas, las carreteras con
cadáveres mezclados con el asfalto fundido, los cazadores de carne
humana (única proteína visible en el paisaje). Y los recuerdos de lo que
era la vida normal, en los sueños, en flashbacks que parecen venir de
otro mundo. Todo pasó hace años: pero la devastación es tan grande que
ha alterado la sustancia del tiempo, y del lenguaje: la realidad va
hundiéndose poco a poco en un marasmo de ceniza que cae del cielo y de
supervivencia animal. Como otro personaje de Beckett, el protagonista de
How It Is, arrastrándose por el
barro y la oscuridad con su saco de provisiones. Pero la visión de
McCarthy es más terrible por más realista y por contener más verdad
humana: los enfangamientos minimalistas de Beckett y sus monólogos
parecen ejercicios artificiales a su lado, experimentos modernistas. El
estilo Hemingway de observación externa, focalización centrada en un
personaje, y frases cortas e impasibles trabaja en armonía con el
minimalismo a que se ha reducido la realidad, y con los gestos básicos
de supervivencia, de recolección, de manipulación y de bricolaje que se
han vuelto el centro de la existencia.
Es un regreso desolado
a On the Road de Jack Kerouac, y a tantos road movies reducidos aquí a
su versión carbonizada. Es el camino de la vida, el
Pilgrim's Progress centrado
especialmente en el Slough of Despond. Es los ríos trucheros de
Hemingway imaginados desde la vejez terminal, cuando no podremos volver a
ellos. Es una alegoría de la de la vejez sin esperanza, con Dios cada
vez más inescrutable e improbable. ("The bastard. He does not exist"
—decían en
Final de Partida).
Esta novela es un endgame ambulante, pero con una dosis de fe terminal y
sobre todo de amor que lo hacen más patético. Es una novela de padres e
hijos, de la protección y del traspaso de la esperanza (donde apenas
puede quedar ya ninguna). El protagonista camina por paisajes desolados
con su hijo: en algunos había estado antes con su padre, y sabe que a él
le toca ahora no flaquear, y dar una oportunidad al futuro. La madre se
ha suicidado—hay aquí una cierta reivindicación vaquera de la
virilidad, portando el fuego por territorio sin ley.
Vaquera y
tejana: el colt es imprescindible en este salvaje oeste, sobre todo
cuando los nuevos indios disparan flechas y hieren al protagonista… Un
western postnuclear. Y viril—esta es una historia between men; la madre
sólo podía vivir en un mundo a su medida, toma una opción débil, el
suicidio, en lugar de luchar en circunstancias adversas. Apenas es
compartida como recuerdo entre el padre y el hijo. Y la nueva madre
hallada al final interviene únicamente como mediadora entre el espíritu
del Padre, y el hijo. Una novela, pues, sobre la paternidad, y la
responsabilidad, sobre todo en la transmisión de la ética y la esperanza
de abuelos a nietos, a través de los padres.
Que también una
meditación sobre el poder (poder limitado) del lenguaje para crear y
sostener mundos posibles. Aun en situaciones límite. Ahora el mundo ha
desaparecido, y el lenguaje es sobreabundante, le falta anclaje, le
sobran cosas que nombrar que ya nunca existirán. Va a minimalizarse.
Pero entretanto también sirve para evocar, para invocar, "like some
ancient anointing" (
TR 74)—ceremonias amargas y ambivalentes,
éstas, ante la evidencia brutal de la muerte del mundo, que va a
arrastrar tras de sí al lenguaje. Y a la literatura (así los libros
destruidos [
TR 187], que hacen pensar en todo el espacio que
había en el mundo de antes para las posibilidades, las expectativas
abiertas por la palabra).
Por no hacer una alegoría de la
muerte de la humanidad sin más, y una diatriba contra Dios, tiene
McCarthy que ofrecer una esperanza al final—un gesto minimalista que se
esboza continuamente a lo largo de la novela. Y es de hecho el final,
más abierto a la esperanza, el elemento más flojo del libro. El padre
muere, dando confianza al hijo hasta el final con sus últimas palabras.
El chaval se preocupaba por un niño que habían visto en unas ruinas y no
habían recogido (por estricto cálculo de supervivencia); le vuelve a la
cabeza, y el padre le tranquiliza ahora sobre el destino de ese niño
con quien ve que ahora se identifica su hijo. Un vagabundo beckettiano
en la carretera les había dicho "There is no God and we are his
prophets" (
TR 170). Dios ha muerto, en efecto, pero aquí se le
sigue nombrando precariamente, manteniendo su recuerdo vivo entre las
cenizas. El recuerdo de Dios se identificará con el recuerdo del padre:
"He tried to talk to God but the best thing was to talk to his father
and he did talk to him and he didnt forget (…) the breath of God was his
breath yet though it pass from man to man through all of time" (
TR
286). La novela la dedica Cormac McCarthy implícitamente a su padre,
deduzco, y explícitamente a su hijo John Francis McCarthy, que quizá no
haya llegado a la edad adulta cuando el Autor muera.
Además de
darle ánimos a su hijo para seguir viviendo, el padre, sin saberlo, ha
conseguido acercarlo a un sitio donde hay una familia que lo adoptará
cuando él muere. Esta solución (no menos implausible que el resto del
libro) parece sin embargo tramposa, poco lograda. Bastaba, creo, para
los fines artísticos de McCarthy con expresar la esperanza que el padre
lucha por mantener viva hasta el final. Estilísticamente, el padre ha
sido el focalizador principal y casi único, excepto en alguna frase
aislada (
TR 84). Ahora, tras la muerte del padre, el relato
parece perder consistencia al proseguir como si tal, como si no
desapareciese el mundo con la muerte (
TR 170). La sustitución
del padre por otro padre más fuerte y con un rifle más gordo, parece
arbitraria, wishful thinking. Para mí debería terminar la novela más o
menos en "Goodness will find the little boy. It always has. It will
again." Y hasta hay truchas hemingwayianas en un río oculto en la última
frase—si oculto en el pasado o en el futuro, no lo sabemos. Quizá sólo
estén en el recuerdo, pero se nos recuerda que cerca del final hay que
seguir recordando esos emblemas de la vida, y de una inocencia radical
que quizá sólo existió en un pasado mítico. Pues no podemos tener a la
vez la pureza de la sensación, y la consciencia reflexiva de esa pureza,
igual que no podemos tener a la vez la muerte y la angustia por la
muerte.
Y es que el final de verdad, el final de la humanidad y
todas sus esperanzas, incluida la muerte de los hijos que habrían de
perpetuarnos, y el cierre completo del futuro, es como un sol negro que
no podemos mirar directamente en el arte de la novela. "Please dont tell
me how the story ends" (
TR 75). Ya ha mantenido McCarthy la mirada bastante rato, y la experiencia que nos da es de agradecer, y de temer.