Mirando por la red, llego a la página de la
Fundación Gustavo Bueno,
que contiene gran cantidad de materiales interesantes. Algunos muy
polémicos últimamente, como los relativos al último libro de Gustavo
Bueno,
Zapatero y el Pensamiento Alicia,
en el que le zurra a la ideología y política del Presidente del
Gobierno de modo inmisericorde, le pisotea hasta las muelas. Dice Bueno
que ha escrito el libro por sentido de deber cívico, porque le
avergüenza que su país esté presidido por un presidente que hace gala de
un simplismo como el de Zapatero. Y le acorrala los argumentos
simplistas con razonamientos lógicos que aspiran a no dejarle
escapatoria. Si lo consigue del todo o no... quizá sea tema para otro
ensayo comparable. Pero desde luego promete una lectura interesante.
Entre los materiales aledaños al libro me ha interesado un vídeo de Gustavo Bueno sobre la causalidad y el determinismo:
"Respuesta
a una pregunta formulada por Javier Pérez Jara: ¿Cómo es posible evitar
desde el determinismo ontológico propio del materialismo filosófico el
fatalismo ordo essendi?" Este es el texto íntegro de la pregunta:
¿Cómo
es posible desde el determinismo ontológico propio del materialismo
filosófico escapar del fatalismo ordo essendi? ¿Es el principio de
symploké, propio del Pluralismo del Orden, el que podría fundamentar
estas «bifurcaciones» que permitirían varios «futuribles» ordo essendi, y
no un único futuro como es propio del fatalismo ontológico (pues la
imposibilidad del determinismo ordo cognoscendi propio de la
«futurología» estaría dada por los sistemas de caos deterministas,
además del principio de symploké)? Esta
pregunta no está formulada con la intención de preguntar por qué es
imposible conocer el futuro (y que por tanto los profetas o el Dios
omnisciente son puros mitos metafísicos); se da por supuesta esta
imposibilidad por la constatación del principio de Symploké y de los
sistemas de Caos determinista. Lo que quiere señalar es por qué, desde
el determinismo ontológico, no se cae en un fatalismo, aunque éste no
podamos conocerlo (o sea, que los futuribles serían «ilusiones»
producidas por nuestra incapacidad de predecir el futuro). Las
«bifurcaciones» reales que al parecer tendría que haber para escapar del
fatalismo ontológico son muy «fáciles» de explicar desde el
indeterminismo ontológico que apele a la causa sui o a las emergencias
metafísicas (explicaciones tan fáciles que de hecho son incomprensibles
cuando vemos que tanto la emergencia metafísica como la causa sui
designan procesos imposibles), pero desde el determinismo ontológico
estas «bifurcaciones» que al parecer serían necesarias para escapar del
fatalismo, me recuerdan al libre arbitrio de indiferencia, que es
sencillamente ininteligible. Gustavo Bueno afirma en sustancia que la concepción tradicional de la causalidad, de la Escolástica a Kant, era binaria, tipo
y=f(x), siendo
x la causa e
y
el efecto. Con esta concepción, nos vemos obligados a tener en cuenta
una multiplicidad de universos, y dar cuenta de una primera causa sin
causa (como hacía Kant, con el libre albedrío), si se ha de negar el
fatalismo. El fatalismo implicaría que todo está en todo, y daríamos en
un monismo donde todo en el Universo está encadenado inflexiblemente. En
última instancia, esta concepción se remite a la causa única, Dios, y
queda especialmente clara en las doctrinas ocasionalistas (en
Malebranche o Geulincx).
El materialismo filosófico, explica Bueno, tiene en cuenta no un binarismo, sino que introduce una tercera variable
h, de
hylé,
la materia (la causa material aristotélica). El efecto no aparece así
en relación única con la causa, sino con la fracturación de un esquema
de identidad. (Aquí subraya Bueno la importancia filosófica del
principio de inercia de la mecánica moderna, que viene a negar la
necesidad de una acción causal continua para explicar el cambio. Hay que
explicar no ya el movimiento, sino los cambios de trayectoria o
aceleración). La
y es función de
h y de
x. Introduciendo
h hemos disociado x ("la causa") que no determina a la integridad de
h, sino a aquellas partes de
h que producen el efecto. Y las relaciones causales se dan a dos niveles: de lo que llama
texto (el fenómeno causal observable, medible) y lo que llama
ultratexto
(el nivel cuántico, pongamos, un nivel no manipulable). El sujeto
operatorio, la teleología, etc., son fenómenos que tienen sentido a
nivel de texto, pero no operan a nivel de ultratexto (podríamos decir
quizá que el sujeto es un fenómeno
emergente
a nivel de "texto"). Al no poderse tener en cuenta los fenómenos
ultratextuales en el cálculo, podemos conservar la noción de
determinismo sin caer en un fatalismo. El fatalismo presupone una
continuidad causal que no se da de hecho en esta concepción al haberse
introducido la variable
h y la disociación entre fenómenos "textuales" y "ultratextuales".
Bien, parece que esta teoría de la causalidad sí sería útil para coordinarla con el estudio de fenómenos emergentes (
no una emergencia metafísica, sino interaccional-simbólica) y con la discusión sobre la
reducción.
En ese sentido me ha parecido interesante. Sin embargo, echo en falta
una dimensión reflexiva o semiótico-comunicativa de esta cuestión. Es
decir, que creo que no puede obviarse en la discusión de causalidad la
crítica nietzscheana a la causalidad, que tiene una interesante
dimensión
retroactiva. Y perceptual-semiótica, también—dos aspectos que van bastante unidos.
Según Nietzsche, al establecer una relación causal, pasamos por alto
que es la percepción del efecto la que nos lleva a remontarnos en el
tiempo a buscar su causa. La descubrimos, o asignamos, y es entonces
cuando queda establecida la secuencia familiar
causa-efecto en su orden cronológico familiar: pero queda establecida
una vez ha tenido lugar esa retrospección.
Es decir, Nietzsche introduce un doble plano de relación: el
ontológico, en el que la causa determina al efecto, y el epistemológico,
en el que dado un efecto necesitamos asignar una causa (por cuestiones
de índole práctico: éticas, pragmáticas, legales...). Y es fácil ver,
dado este planteamiento, que el plano ontológico no es ni con mucho el
prioritario, antes bien, es él mismo el resultado de una interpretación
epistemológica. La disociación entre uno y otro es, o bien puramente
regulativa, para explicar una teoría de la causalidad en dos planos
(como hacemos aquí) o bien es el resultado de una disparidad de
interpretaciones a la hora de establecer una relación causal dada. Si
digo, "el imperialismo de EE.UU. fue
la causa del 11-S",
quedan contrapuestos un fenómeno (complejo) y una interpretación (entre
comillas) simplista, en contraposición a otras igualmente simplistas
como "el fanatismo de bin Laden fue la causa del 11-S"—que pueden
aducirse como explicaciones causales de un determinado fenómeno. El
fenómeno, por un lado: las representaciones y narraciones del fenómeno,
por otro. Pero es obvio que el fenómeno no existe como objeto (cultural,
histórico, de debate, comunicativo, científico, etc.) al margen de sus
representaciones. Casi deviene, de hecho, un epifenómeno entre la
multiplicidad de interpretaciones enfrentadas. Tanto como el hecho
causado
en sí (que forma parte del pasado), adquieren promienencia, y orientan
la acción, y la atribución de causalidad, otro tipo de fenómenos:
planes, proyectos (de invasiones, por ejemplo). Y así, la atribución de
causa entre dos fenómenos pasados viene modulada y orientada por fines aledaños, o
proyectos actuales y futuros.
Hume creía que la atribución de causalidad es gratuita. La causalidad
no se percibe como tal: se atribuye por hábito a secuencias repetidas de
fenómenos. Las narraciones, que organizan secuencias causales
interpretadas y valoradas, son un instrumento cognitivo de primer orden
para comprender la causalidad. Para comprender la causalidad, el
analizar las estructuras narrativas ayuda.
Las secuencias causales se asignan, podríamos decir, por
distorsión retrospectiva, o hindsight bias. Volviendo al análisis de Bueno, podemos decir que la relación indeterminada entre
x y
h
queda determinada (a efectos discursivos) por la asignación de
causalidad. Determinada, claro, mientras no se conteste o rechace la
determinación, mientras no se conteste la atribución de causalidad o
mientras no se someta a crítica la estructura narrativa impuesta sobre
los hechos. El fatalismo, visto desde la teoría de la narración, es el
triunfo absoluto del principio causal ignorante de su construcción
semiótica, el triunfo del
hindsight bias.
Se ignora la flecha del tiempo y pasa a considerarse el orden de los
acontecimientos como enteramente reversible; se equipara determinación
hipotética y efectiva mediante una maniobra retórica y perspectivística:
"
ha sucedido y
, porque antes ha sucedido x
. De hecho ya sabíamos
cuando sucedió x que iba a seguir y como su efecto". La mitad de las veces
decimosque
lo sabíamos, y lo decimos... luego, a toro pasado. Nos llevamos
sorpresas, claro: alguien se suicida, pongamos. Pero luego, enseguida,
ya se veía venir. Y se debió a... tal. Las causas de las cosas se ven
más claramente cuando han tenido lugar los efectos. Pero antes de los
efectos, está el conflicto de las interpretaciones. Y durante, y
después, también.
Es decir, que lo que echo en falta, creo, en
el análisis de Bueno es que se mantiene a un nivel puramente
ontológico, mientras que la discusión de la causalidad es incomprensible
sin tener presente cómo esa ontología deriva de una epistemología y una
semiótica (a la vez que las fundamenta): la causa existe en un proceso
hermenéutico de reinterpretación que pasa del efecto a la causa y
viceversa. Una teoría materialista de la causalidad ha de incluir esta
dimensión reflexiva, que dé cuenta del surgimiento de la causalidad como
un esquema interpretativo y un fenómeno interaccional. La atribución de
causas tiene una dimensión cognoscitiva, interpretativa, que no se
puede soslayar en la discusión de este asunto, pues quedaría la propia
teoría flotando en el aire sin sustentación material. La ontología
materialista necesita esta dimensión reflexiva, precisamente para no
hacer del mundo material un apriori idealista, y darle una sustentación
(todo lo firme que puede ser) como un fenómeno de la experiencia, y como
tal relacionado dialécticamente con los procesos de interacción
comunicativa. O, dicho de otra manera, para explicar la causalidad, y su
percepción, como fenómeno emergente.
También la explicación
narratológica evita la identificación de determinismo y fatalismo, por
una parte porque ve en el último una especie de exacerbación del propio
principio narratológico: contemplar el libro del destino como si
estuviese ya escrito, cuando es un
work in progress. Y, en última instancia, porque considera a ambos, determinismo y fatalismo, como dos
historias,
dos representaciones de la realidad que está siempre ya, narrativizada.
Aunque el destino de toda narración sea volver a ser narrada de otra
manera.
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