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miércoles, 29 de enero de 2020

Los viejos stalinistas, y los nuevos






ESTO ES INDIGNANTE.

Ya estamos otra vez blanqueando a la Unión Soviética, desacreditando, o intentándolo, a los que denunciaron los horrores del Gulag, y llamando traidor a Solzhenitsyn. ¿Pero es posible escuchar estas cosas seriamente? ¿En qué piensan Vds, señores? ¿QUÉ TRAGADERAS TIENEN?

En fin, lamentable que se oiga semejante loa a la URSS y se quede todo el mundo tan ancho, hablando de lo crédula que es la gente.

Si le parecen pocas las víctimas del comunismo, o exageradas las cifras, tiene donde debatir, empezando por corregir a la Wikipedia y a los editores del Libro Negro del Comunismo. https://es.wikipedia.org/wiki/El_libro_negro_del_comunismo

Un tío que dice por otra parte, y supongo que con toda sinceridad, que si a él le pagasen por escribir lo contrario escribiría lo contrario—con pseudónimo quizás.

"Propaganda británica", dice, la hambruna de posguerra. HAY QUE JODERSE. https://www.dailymail.co.uk/news/article-4076244/Distressing-photos-1920s-Russian-famine-turned-hopeless-peasants-cannibals-five-million-people-starved-death.html

En fin, un horror que con la excusa del materialismo le den paso a esta ...cosa... en la escuela de Filosofía de Oviedo.



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jueves, 28 de febrero de 2019

Retropost (28 de febrero de 2009): Totalitarismo, historia retroactiva, y control interiorizado

Totalitarismo, historia retroactiva, y control interiorizado
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En Vida y destino, la novela de Vasili Grossman sobre la Rusia comunista durante la Segunda Guerra Mundial, hay varios personajes pasmados por el giro que han dado los acontecimientos—cómo antiguos revolucionarios son ahora acusados de enemigos del pueblo, y cómo ellos mismos han acabado en un campo de concentración o con sus palabras y pensamientos amordazados por el temor a la vigilancia mutua que impone el totalitarismo.  Es un retrato de la opresión de un sistema que no quiere sólo controlarlo todo ahora y por siempre jamás, sino que también pretende someter incluso el pasado, lo ya sucedido:


La tranquilidad en el tono de voz de Madiárov no parecía de este mundo. El poder del Estado había construido un nuevo pasado; hacía intervenir de nuevo a la caballería a su manera, exhumaba nuevos héroes para acontecimientos ya sepultados y destituía a los verdaderos. El Estado tenía poder para recrear lo que una vez había sido, para transformar figuras de granito y bronce, para manipular discursos pronunciados hacía tiempo, para cambiar la disposición de los personajes en una fotografía.
    Se forjaba realmente una nueva historia. Incluso los hombres que habían sobrevivido a aquellos tiempos volvían a vivir la experiencia pasada, de valientes se transformaban en cobardes, de revolucionarios en agentes extranjeros. (346)


No sé si este pasaje de Vida y Destino de Vasili Grossman debe algo a Orwell, donde el protagonista Winston trabaja en una oficina de información estatal en la que se reescriben las noticias antiguas de los periódicos, corrigiendo la historia reciente a conveniencia del gobierno. 


Lo que está claro es que muchos se confundieron pensando que Orwell escribía no sobre su propia experiencia vivida, sino sobre algún futuro que amenazaba un día con llegar, si no en 1984, quizá en un momento lejano, o que quizá fuese una fantasía satírica...  El doublethink y la práctica de la historia retroactiva no hay que proyectarlos al futuro, pues en realidad siempre han estado entre nosotros. Los fenómenos patológicos extremos como el régimen estalinista que bien conoció Orwell no hacen sino permitir que se manifiesten plenamente esas tendencias al conformismo y la sumisión que genera todo sistema de poder y control, especialmente los aderezados por prácticas de vigilancia mutua. También es cierto que en esos casos, y en esos momentos, salen a organizar la vida pública los peores especímenes de burócrata chupatintas servil, y también se airean las peores tendencias servilistas de las buenas personas, simplemente por la presión ambiental—como cuando en Vida y destino el protagonista Shtrum contradice a un crítico del gobierno:



Shtrum, adoptando una actitud que ni siquiera él mismo comprendía, sintió la necesidad de contradecir a Madiárov, aunque compartía punto por punto sus observaciones.
—Hay algo en su razonamiento que no encaja —dijo—. ¿Cómo puede afirmar que los intereses del hombre no coinciden, no confluyen plenamente con los intereses del Estado que ha creado una industria bélica para la defensa? Creo que los cañones, los tanques, los aviones con los que se envía a combatir a nuestros hijos, nuestros hermanos, son necesarios para todos y cada uno de nosotros.
—Rigurosamente exacto —dijo Sokolov. (353)

Hay un fragmento comparable, muy bonito, en Orwell, cuando Smith por fin contempla cómo actúa dentro de sí el doublethink que le impone O’Brien, y reconoce los efectos internos del sometimiento en su propia mente:  la voluntad del Hermano Mayor, por no llamarlo el Gran Hermano, está no sólo por encima de la ley y de la historia, sino por encima de la lógica misma y de las matemáticas:



Almost unconsciously, he traced with his finger in the dust on the table:
2+2=5

’They can’t get inside you,’ she had said. But they could get inside you. ’What happens to you here is for ever,’ O’Brien had said. That was a true word. There were things, your own acts, from which you could not recover.


(George Orwell. Nineteen Eighty-Four, Penguin, 1989, p. 303)

También podemos ponerlo en alemán, para los de Filología Alemana:



Fast unbewusst malte er mit dem Finger in den Staub der Tischplatte:
2+2 = 5

"In dein Inneres können sie nicht eindringen", hatt Julia gesagt. Aber sie konnten in einen eindringen. "Was Ihnen hier widerfährt, gilt für immer," hatte O’Brien gesagt. Das war ein wahres Wort. Es gab Dinge, eigene Taten, die man nie wieder los wurde.


Porque esto pasa en Rusia, en Alemania, en Catalonia, y en todas partes donde haya consignas oficiales, una voluntad de control desmedida y un sometimiento irracional a una autoridad arbitraria.


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sábado, 31 de julio de 2010

Katyn y más horrores


La película histórica de Andrzej Wajda sobre la matanza de Katyn da una imagen tremenda de los totalitarismos del siglo XX, de los  horrores políticos y morales de las dictaduras comunistas en la URSS y en Polonia. Retrata memorablemente las circunstancias que llevan a la gente a doblegar su voluntad y su conciencia, o bien a resistir y mantener el estandarte de la verdad y de los principios, en lugar de acomodarse a lo que hay, a la mentira oficial, y a lo que quiere el poder. 


Vemos en el cineclub Katyn, de Andrzej Wajda—llevo más de treinta años viendo películas de Wajda en cineclubs, parece (y más de cuarenta). Es una película muy bien llevada, a la manera un tanto gélida del director, con una música impresionante de Penderecki. Sigue las andanzas de varios personajes alrededor de la matanza de Katyn—algunos de los polacos asesinados, alguno que se salva, los familiares, los resistentes a la Polonia comunista... y da una imagen tremenda del siglo XX, de los totalitarismos comunistas en la URSS y en Polonia. Retrata memorablemente las circunstancias que llevan a la gente a doblegar su voluntad y su conciencia, o bien a resistir y mantener el estandarte de la verdad y de los principios, en lugar de acomodarse a lo que hay, a la mentira oficial, y a lo que quiere el poder.

Es impresionante la película, pero claro, no para gustos mayoritarios—y es lástima que la vea tan poca gente (cuatro gatos hay en el cineclub, pero bueno, así anda el país, con "otra de gambas" como dice Jiménez Losantos). Aquí hay una buena reseña de Roger Ebert.


En Katyn, Rusia, para quien no se acuerde, el régimen soviético organizó, siguiendo instrucciones del abyecto Stalin, y ejecutada por la NKVD, una masacre de unos veintidós mil prisioneros polacos. No contento con pactar en secreto con Hitler para invadir Polonia, el supuesto "bastión frente al nazismo" (que aún hay algunos que así interpretan su intervención en la guerra de España) organizó en 1940 una matanza sistemática en la que miles y miles de oficiales polacos prisioneros fueron trasladados organizadamente de sus campos de concentración a un matadero donde se les daba un tiro en la nuca y se les enterraba en fosas comunes. Todo bien tabulado y administrativamente controlado: el modelo comunista no tenía nada que envidiar al nazi, y hay un tipo de persona que se queda satisfechísimo negando un pasaporte, o dando un cupón, o pegándole un tiro a alguien, siempre que esto quede convenientemente registrado y anotado y tabulado. El metodismo administrativo del horror masivo, y el acogotamiento público de la verdad—son algunos de los rasgos definitorios del siglo XX.

 

Luego Rusia cambió de bando... y esta matanza masiva fue un recuerdo incómodo para los comunistas polacos, y para la Polonia sometida a Rusia tras la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, hubo que reescribir la verdad, con tácticas orwellianas (justo por entonces estaba Orwell escribiendo 1984) y crear una ficción conveniente: que habían sido los nazis quienes mataron a los polacos, no en 1940, claro, porque entonces no habían invadido Rusia aún, sino supuestamente en 1943. Para eso hubo expertos forenses, etc., que falsificaron los datos en los registros oficiales. Y en la película el reconocimiento o no de esta verdad se convierte en una piedra de toque para la dignidad o bajeza de los personajes.

Así, uno de los supervivientes (por error) de Katyn es ahora miembro del ejército rojo polaco—pero le atormenta lo que sabe. Busca un perdón privado contando la verdad a la familia del oficial que había muerto en su lugar—pero no quieren saber nada de él. Al final, atormentado por la situación falsa en la que se ha metido, se pega un tiro. Otro muchacho, antiguo resistente antinazi, quiere estudiar tras la guerra, pero en su currículum figura la verdad incómoda: insiste en mantener que es hijo de un militar muerto en Katyn en 1940. La directora del colegio le pide que ceda, que se adapte a lo que se le pide—que corrija el currículum. "Currículum sólo hay uno"—le contesta él, y poco después muere en un enfrentamiento con la polícia comunista. Otra muchacha insiste en poner a su hermano muerto una lápida donde figura la fecha "inconveniente" de Katyn: y no sólo es prontamente destruida la lápida, sino que ella es encarcelada al insistir en decir la verdad. Queda muy claro quiénes eligen mentir sabiendo la verdad, y el valor moral de esa opción al perpetuar y reforzar el indigno totalitarismo manteniendo las ficciones impuestas por el poder.


En suma, la película es un análisis memorable de los mecanismos mediante los cuales el totalitarismo impone la docilidad y la sumisión, de arriba abajo, por instrucciones del vértice de la pirámide que se transmiten férreamente por todo el aparato—siendo la falsificación de la verdad, y la sumisión voluntaria o forzada, auténticos requisitos del sistema, para que el poder demuestre su eficacia, su control de la situación y su capacidad de torcer toda otra consideración en la mente de las personas mediante el miedo y el conformismo. 

Otro aspecto del conformismo es expuesto en la película: las propias víctimas son llevadas como borregos al matadero, a veces por guardianes escasos o simplemente siguiendo instrucciones—todo por una comprensión inadecuada de la situación en la que estaban y de la barbarie a la que se enfrentaban. "Par délicatesse, j'ai perdu ma vie."

Es memorable otra escena en la que los universitarios de Cracovia van a una "conferencia" de un supuesto doctor alemán, un militar nazi, y reciben de éste desde el estrado sólo la comunicación de que van a ser internados en un campo de concentración. Se les saca a culatazos de la sala de conferencias y se les mete en vagones que los llevarán al matadero. Me recuerda la escena a otra junta de Facultad, ésta de una novela de Nabokov sobre el fenómeno totalitario, Barra Siniestra. Lo siniestro está a veces incómodamente cercano.

Katyn, la película, sigue una estructura temporal que muestra primero los preliminares de la matanza de Katyn, y luego sus consecuencias en las vidas de los supervivientes—y reserva las imágenes de la matanza en sí para el final mismo, cuando en un flashback uno de los protagonistas es llevado como un cerdo al matadero, recibe su disparo, y es enterrado en la fosa común por los bulldozers. Logra así la película un impacto tremendo en la mente del espectador—y la estructura narrativa en flashback queda justificada por el hallazgo de una libreta en la que este protagonista anotaba hora a hora lo que veía suceder. Es esa libreta la que permite conocer más de cerca el horror que se quiso borrar de la historia y que no acababa de tomar forma.

Una película como ésta es un documento necesario en la historia de un país—y se pregunta uno, aquí en España, para cuándo veremos una película similar sobre el Katyn español, la matanza de Paracuellos. Parece que, a pesar de su obsesión con la guerra civil, el cine español está, para vergüenza suya, en otra película. En Polonia ha costado tiempo hacer la película de la vergüenza nacional. El padre de Wajda fue uno de los asesinados, y su hijo ha esperado a ser octogenario para hacer una película sobre este asunto.

El horror de Katyn no acaba allí, sin embargo, cuando la tierra de la fosa común cubre la pantalla del cine. Al poco de filmarse la película de Wadja, hubo una espeluznante continuación a modo de epílogo, para sentar bien clara la perpetuación del trauma histórico. Los rusos, tras haber negado durante el período soviético la responsabilidad de Rusia en la matanza, acabaron reconociéndola. Y hace poco organizaron, en abril de 2010, un solemne acto de desagravio en Katyn, al que iban a asistir las autoridades soviéticas y polacas en pleno.

El primer ministro polaco, Lech Kaczynsky, acudió al homenaje en un avión, con gran parte de su gobierno—y el avión sufrió un accidente y se estrelló. Murió allí Kaczynsky (uno de los dos célebres políticos gemelos, cuyo nombre no deja de recordar a Katyn)—así como los demás ocupantes del avión, 95 personas, dejando a Polonia sin sus principales autoridades, y añadiendo un espanto adicional y póstumo a la historia de Katyn. Así dice la Wikipedia:

 
Según el gobernador de Smolensk y la agencia PAP de Polonia, citando a fuentes rusas, no hubo supervivientes y en el accidente murieron los noventa y seis pasajeros, entre ellos se encontraban su esposa Maria Kaczyńska, 8 miembros de la tripulación, la cúpula militar polaca como son el jefe del Estado Mayor y los comandantes en jefes de los Ejércitos de Tierra, Mar, Aire y Fuerzas Especiales, el gobernador del Banco Central, el Defensor del Pueblo, varios viceministros, miembros del Parlamento, una delegación del Gobierno, su gabinete político, prelados de la Iglesia Católica y otros altos cargos, lo que provocó la desaparición de la élite del poder en Polonia en lo que se ha denominado ya como "la maldición de Katyn".

Lo más terrorífico del asunto es que al parecer el piloto fue obligado a aterrizar, contra su criterio, por el propio Kaczynsky—"Si no aterrizo, me matará", decía al parecer el piloto en la caja negra—las noticias son confusas, y se ha hecho lo posible por taparlas:

 
“Si no aterrizo, me matarán”. Según el canal privado de televisión, TVN24, esas palabras pertenecen al piloto del avión siniestrado. El ministro de Justicia se ha negado a comentar esta información y solo ha añadido que "es una buena noticia: han logrado descifrar los extractos incomprensibles hasta ahora". (Cope)

Aquí hay otra versión, pero parece que se va a correr un tupido velo sobre el asunto. Kaczynsky provenía de los niños mimados del régimen, sindicalista oficial, hasta que se convirtió en uno de los activistas sindicales que llevaron a la revolución anticomunista de Polonia. Putin, con quien se iba a reunir, también es un "demócrata" reciclado, que viene de los más turbios recodos del régimen soviético. Dos supuestos anticomunistas, antiguos comunistas, personajes que crecieron y treparon en un régimen totalitario que bien conocían, organizan una ceremonia patriótica, en una ambigua maniobra de reconciliación obligada y forzada. Para quedar bien rusos y polacos unos con otros, los rusos que ya no son los rusos los que hicieron la matanza— pero todos antiguos comunistas, unos y otros... Y los tortuosos caminos de la violencia, de la culpa colectiva y de las actitudes autoritarias, del trauma histórico, y de la casualidad, llevan a repetir el trauma en lugar de curarlo.

La película de Wajda es magistral, e impresionante. Pero la historia se ha encargado de hacer que ahora sólo narre la mitad de la historia—hay que volver a hacer otra película sobre Katyn, que incluya este epílogo, uno de los sarcasmos más crueles que ha dado jamás la historia.




 
Katyn. (2007). Director: Andrzej Wajda. Guión de A. Wajda, Przemyslaw Nowakowski and Wladyslaw Pasikowski, basado en una historia de Andrzej Mularczyk.  Actores: Andrzej Chyra, Maja Ostaszewska, Artur Zmijewski, Danuta Stenka, Jan Englert, Magdalena Cielecka, Agnieszka Glinska Pawel Malaszynski, Maja Komorowska, Wladyslaw Kowalski, Antoni Pawlicki, Agnieszka Kawiorska, Sergey Garmash, Joachim Paul Assböck, Waldemar Barwinski, Stanislawa Celinska.




 
Averías irreparables
 
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