Fragmento de la sección sobre la vista del
ensayo de Adam Smith "De los
sentidos externos." En Smith, Ensayos filosóficos.
Madrid: Pirámide,
1998. 137-72. Se encuentran aquí interesantes precedentes de la
concepción interaccional de los sentidos que aparece en la filosofía de
H. G.
Mead—del mismo modo que Berkeley es un precedente pasmoso de la
fenomenología a principios del siglo XVIII.
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DEL
SENTIDO DE LA VISTA
El Dr. Berkeley en su
Nueva Teoría de la Visión, uno de los
mejores ejemplos de análisis filosófico que cabe encontrar en nuestra
lengua o en cualquier otra, ha explicado con tanta precisión la
naturaleza de los objetos de la vista, sus diferencias y sus
correspondencias y nexos con los del tacto, que apenas tengo nada que
añadir a lo que ya se ha dicho. Si he tenido la presunción de abordar
el mismo asunto después de un maestro tan insigne es sólo para que
algunas de las cosas que diré más tarde resulten inteligibles a los
lectores que puedan no haber tenido la oportunidad de estudiar su
libro. Lo que tenga que exponer sobre el tema, si no ha sido tomado de
él directamente, al menos ha sido sugerido por lo que él ha escrito.
(...)
El benévolo objetivo de la naturaleza al concedernos el sentido de la
vista es evidentemente informarnos acerca de la posición y distancia de
los objetos tangibles que nos rodean. Del conocimiento de esa distancia
y posición depende toda la conducta de la vida humana, en los asuntos
más triviales tanto como en los más relevantes. Incluso el movimiento
animal depende del mismo, y sin él no podríamos movernos y ni siquiera
estar quietos con total seguridad. Los objetos de la vista, como
subraya acertadamente el Dr. Berkeley, constituyen una suerte de
lenguaje que el autor de la naturaleza dirige a nuestros ojos y por
medio del cual nos informa acerca de muchas cosas, cuyo conocimiento
resulta para nosotros de la mátima importancia. Así como en el lenguaje
corriente las palabras o sonidos no guardan semejanza alguna con las
cosas que denotan, en este otro lenguaje los boejtos visibles no
guardan similitud alguna con el objeto tangible que representan y de
cuya posición relativa nos informan—con respecto a nosotros mismos o
algún otro objeto.
Admite que aunque virtualmente no existe palabra que por naturaleza
esté mejor preparada para expresar un significado que otro, ciertos
objetos visibles están mejor preparados que otors para representar
ciertos objetos tangibles. Un cuadrado visible, por ejemplo, es más
idóneo que un círculo visible para representar un cuadrado tangible.
Quizá no exista, hablando con propiedad, un cubo visible o un globo
visible, y los objetos de la vista son todos presentados naturalmente a
nuestros ojos como si estuvieran sobre una superficie. Pero a pesar de
todo existen ciertas combinaciones de colores preparadas para
representar al ojo tanto al cubo tangible cercano como al disante,
tanto sus líneas, ángulos y superficies que avanzan como las que
retroceden; y hay otras perparadas para representar del mismo modo
tanto la superficie del globo tangible que se aproxima como la del que
se aleja. La combinación que representa al globo tangible no servirá
para representar al cubo tangible. Aunque pueda no haber semejanza,
entonces, entre los objetos visibles y tangibles, existe una suficiente
afinidad o correspondencia entre ellos para hacer que cada objeto
visible sea más idóneo para representar un cierto objeto tangible en
concreto antes que ningún otro objeto tangible. Pero la gran mayoría de
las palabras parecen no mantener ninguna clase de afinidad o
correspondencia con los significados o ideas que expresan; y si la
costumbre así lo ha ordenado, también podrían con igual propiedad ser
utilizadas para manifestar cualquier otro significado o idea.
El Dr. Berkeley, con esa facilidad para la ilustración que casi nunca
lo abandona, destaca que esto en realidad no es más que lo que ocurre
en el lenguaje corriente; y que aunque las letras no son en nada
parecidas a las palabras que denotan, a pesar de ello la misma
combinación de letras que representa una palabra no siempre será apta
para representar otra; y que cada palabra es mejor representada siempre
por su propia combinación de letras. La comparación, empero, resulta
aquí totalmente alterada. El nexo entre los objetos visibles y
tangibles fue ilustrado primero mediante la comparación entre el
lenguaje hablado y los significados o ideas que el lenguaje hablado nos
sugiere; yha ahora es ilustrado mediante la conexión entre el lenguaje
escrito y el oral, lo que es totalmente diferente. Además, ni siquiera
esta segunda ilustración se aplica perfectamente al caso. Es verdad que
cuando la costumbre ha determinado exactamente las potencialidades de
cada letra, cuando ha estipulado, por ejemplo, que la primera letra del
alfabeto siempre ha de representar tal sonido, y la segunda letra tal
otro sonido; cada palabra llega entonces a ser representada por una
cierta combinación de letras o caracteres escritos más correctamente
que por ninguna otra combinación. Pero aun los caracteres mismos son
totalmente arbitrarios, y no tienen afinidad o correspondencia de
ninguna clase con los sonidos articulados que denotan. El carácter que
señala la primera letra del alfabeto, por ejemplo, si la costumbre así
lo hubiese ordenado, podría con total propiedad haber sido utilizado
para expresar el sonido que hoy anexamos a la segunda, y el carácter de
la segunda para expresar el que hoy anexamos a la primera. Pero los
caracteres visibles que representan ante nuestros ojos el globo
tangible no representarían tan bien el cubo tangible; y los que
representan el cubo tangible no representarían con tanta propiedad el
globo tangible. Existe, pues, evidentemente, una cierta afinidad y
correspondencia entre cada objeto visible y el objeto tangible concreto
por él representado, muy superior a la que tiene lugar entre el
lenguaje escrito y el oral, o entre el lenguaje hablado y las ideas o
significados que sugiere. El lenguaje que la naturaleza dirige hacia
nuestros ojos tiene claramente una idoneidad representativa, una
aptitud para significar las cosas precisas que denota, muy superior a
la de cualquiera de los lenguajes artificiales que el arte e ingenio
humanos han sido capaces de inventar hasta hoy.
El que esta afinidad y correspondencia entre los objetos visibles y
tangibles no puede de por sí, y sin la asistencia de la observación y
la experiencia, enseñarnos a inferir por cualquier esfuerzo racional
qué objeto tangible preciso es representado por cada objeto visible, si
no es suficientemente evidente por lo dicho hasta aquí, lo será
completamente a partir de las observaciones del Sr. Cheselden sobre el
joven ya mencionado que operó de cataratas. "Aunque decimos que este
caballero estaba ciego—afirma el Sr. Cheselden—como lo hacemos de todas
las personas que padecen cataratas, en realidad nunca están por tal
causa ciegos, sino que pueden discernir el día de la noche; y en la
mayoría de los casos pueden con una luz potente distinguir el blanco,
el negro y el escarlata; pero no pueden percibir la forma de ninguna
cosa, porque la luza a la que se efectúan tales percepciones entra
oblicuamente a través de humor ácueo, o la superficie anterior del
cristalino (por la que los rayos no pueden enfocarse sobre la retina),
y no pueden discernir, como no podría un ojo sano a través de un
cristal lleno de jalea, donde una gran variedad de superficies
refractan la luz de modo tan diferente que los numerosos haces de rayos
no pueden ser recogidos por el ojo en su foco apropiado; de ahí que la
forma de un objeto en tal caso no puede ser percibida en modo alguno,
aunque su color sí; y así fue cómo este joven, aunque conocía esos
colores separados a la luz del día, cuando lo vio después de la
operación, las ligeras ideas que tenía antes sobre ellos no le
resultaban suficientes para reconocerlos después; y por eso creía que
no eran los mismos que antes había conocido con tales nombres". Este
joven, pues, tenía alguna ventaja sobre la persona que de un estado de
ceguera total pasa a ver por primera vez. Tenía una noción imperfecta
de la distinción entre colores; y debió saber que esos colores poseían
alguna clase de conexión con los objetos tangibles que que se había
acostumbrado a sentir. De haber emergido de una ceguera completa sólo
podría haber aprendido esta conoexión a partir de un curso prolongado
de observación y experiencia pero lo poco que dicha ventaja le sirvió
queda claro en parte de los pasajes del relato del Sr. Cheselden ya
citados, y del siguiente:
"Cuando vio por primera vez—afirma este diestro cirujano—ponderaba tan
mal las distancias que pensaba que todos los objetos tocaban sus ojos
(así lo decía) como sentía que lo hacían con su piel; y creía que no
había objetos tan agradables como los suaves y regulares, aunque no
podía formarse una opinión sobre su forma o averiguar qué era lo que en
cualquier objeto le agradaba. Desconocía la forma de todo y no
distinguía una cosa de otra, por distintas que fueran su forma o
magnitud; pero cuando se le apuntaban las cosas cuya forma conocía él
antes por el tacto, las observaba cuidadosamente, de modo de
reconocerlas después; aunque como debía familiarizarse con mucho
objetos a la vez, olvidaba a bastantes de ellos; y (como él decía)
primero aprendía a conocer, y después se olvidaba de mil cosas al cabo
del día. Relataré sólo una circunstancia (aunque pueda parecer
insignificante): al haberse olvidado muchas veces cuál era el gato y
cuál el perro, sentía vergüenza de preguntar; entonces tomaba al gato
entre sus manos (conocía su tacto), lo miraba con resolución, y después
lo dejaba en el suelo diciendo: minino, ya sabré quién eres la próxima
vez".
Cuando el joven declaraba que los objetos que veía tocaban sus ojos
ciertamente no quería decir que presionaban o resistían contra sus
ojos; porque los objetos de la vista nunca actúan sobre el órgano en
ninguna manera que se asemeje a la presión o la resistencia. No podía
querer decir más que estaban cerca de sus ojos o, para hablar con más
propiedad, quizá, que estaban en sus ojos. Una persona sorda que
pudiera de pronto oír, podría del mismo modo naturalmente proclamar que
los sonidos que oye tocan sus oídos, queriendo decir que los siente
cerca de ellos o, por decirlo con más propiedad, quizá, dentro de
ellos.
El Sr. Cheselden añade después: "Pensamos que pronto se daría cuenta de
lo que eran los cuadros que se le mostraban, pero comprobamos más tarde
que estábamos equivocados; dos meses después de la operación descubrió
que representaban cuerpos sólidos, cuand ohasta ese momento los
consideraba sólo planos multicolores, o superficies con una diversidad
de pinturas; e incluso entonces quedó sorprendido, porque esperaba que
los cuadros serían al tacto como las cosas que representaban y se
admiró al verificar que las partes que por su luz y su sombra parecían
redondas e irregulares, al tacto eran tan planas como el resto; y
preguntó cuál era el sentido que engañaba, el tacto o la vista".
La pintura, al combinar luz y sombra, análogamente a lo que hace la
naturaleza en los objetos visibles que nos presenta, procura imitar
esos objetos; pero nunca ha sido capaz de igualar la perspectiva de la
naturaleza, o de proporcionar a sus producciones la fuerza y claridad
de relieve y proyección que la naturaleza confiere a las suyas. Cuando
el joven empezaba a comprender la intensa y nítida perspectiva de la
naturaleza, la tenue y débil perspectiva de la pintura no le impresionó
nada, y el cuadro le pareció lo que en realidad era: una superficie
plana salpicada con varios colores. Cuando se familiarizó más con la
perspectiva de la naturaleza, la inferioridad de la de la pintura no le
impidió descubrir su semejanza con la de la naturaleza. En la
perspectiva de la naturaleza había observado que la posición y
distancia de los objetos tangibles y representados se correspondían
exactamente con la que los objetos visibles y representantes le
sugería. Esperaba ver la misma cosa en la perspectiva similar aunque
inferior de la pintura, y le desilusionó el comprobar que en este caso
los objetos visibles y tangibles no manifestaban su correspondencia
habitual.
"Un año después de ver —agrega el Sr. Cheselden— el joven caballero fue
llevado a Epsom-downs, y al observar un vasto panorama disfrutó con él
sobremanera, y lo llamó una nueva clase de visión". Es obvio ue en ese
momento ya había comprendido perfectamente el lenguaje visual. Los
objetos visibles que esa amplia perspectiva le presentaba no parecía ya
que tocaran el ojo o que estuvieran cerca de él. Ya no parecían de la
misma magnitud que aquellos objetos a los que se había acostumbrado
poco después de su operación, en el pequeño cuarto donde se hallaba
confinado. Esos nuevos objetos visibles a un mismo tiempo y como si
fuera espontáneamente asumían tanto la distancia como la magnitud de
los grandes objetos tangibles que representaban. Parece, pues, que
había llegado a controlar completamente el lenguaje visual, y lo había
hecho al cabo de un año, un períoodo mucho más breve que el que
requeriría cualquier persona adulta para aprender totalmente un idioma
extranjero. También parece que hizo grandes progresos incluso en los
dos primeros meses. En ese primer período empezó a comprender hasta la
tenue perspectiva de la pintura; y aunque al principio no podía
distinguirla de la poderosa perspectiva de la naturaleza, no pudo haber
sido así engañado por una imitación tan imperfecta si los grandes
principios de la visión no hubiesen sido antes profundamente impresos
en su mente, y si no hubiera estado, por asociación de ideas o algún
otro principio ignoto, firmemente resuelto a esperar ciertos objetos
tangibles como consecuencia de los visibles que se le habían
presentado. Este rápido progreso puede ser quizá explicado por esa
preparación para la representación, que ya ha sido destacada, entre los
objetos visibles y tangibles. Cabe decir que en este lenguaje de la
naturaleza las analogías son más perfectas; las etimologías, las
declinaciones y las conjugaciones, por así decirlo, son más regulares
que las de ningún lenguaje humano. Hay menos reglas y las que hay no
admiten excepciones.
(...)
Sobre
esta cuestión hay que tener en cuenta también el debate en torno
al "problema de Molyneux", una paradoja sobre la cual la postura de
Adam Smith (y la de Berkeley, por otra parte) parece bastante clara.
Ver la conferencia de Carmen Baños, "El
problema de Molyneux",
9 Feb. 2016.*