Es conocido mi interés (puramente académico) por la vanidad. En lo que
no había caído es en que se trata de una enfermedad profesional. En
Fírgoa: Universidade Pública hay
un interesante artículo sobre esto, y otras cuestiones: sobre la
evolución de la Universidad, y sobre el cambio en la figura del profesor
e investigador: José Carlos Bermejo Barrera,
"La traición de los profesores y la pérdida de la dignidad académica". En línea con las diatribas de
Julien Benda contra los "clérigos"
que se metían a comisarios políticos—aquí se denuncia también el
abandono de su "espacio propio", el conocimiento, especialmente en estos
años de privatización de la Universidad.
Se
trata únicamente de analizar cómo los profesores universitarios se han
definido a sí mismos en relación con el cultivo del conocimiento, con el
poder político y con la riqueza, y cómo, en un determinado momento
histórico (a partir de comienzos del siglo XIX europeo) consiguieron
crearse un espacio social propio en el que lograr su reconocimiento
social a partir de su trabajo y su labor específicos.
Ese
fue el espacio académico, del que se derivó en otros tiempos un
prestigio social que se desprendía del reconocimiento, tanto por parte
de las comunidades académicas como por parte del cuerpo social, de un
conjunto de valores propios de las universidades, diferentes de los
valores políticos, y por supuesto del valor básico de la economía: el
valor de cambio.
Aunque, por matizar, creo que no
existe una oposición tajante, sino más bien un continuo, entre los
valores académicos y el valor de cambio. Porque el reconocimiento
académico también es una forma de valor de cambio, al haber una cierta
circulación, todo lo indirecta que se quiera entre el prestigio
intelectual y profesional, y la influencia política o los beneficios
monetarios que le acompañan.
Traza Bermejo una genealogía
del "intelectual" (desde los escribas, los sacerdotes y los filósofos
griegos) y de su autoimagen. A San Agustín se remonta el análisis de la
libido académica, que lleva a distinguir entre "profesores monjes" (los
clérigos de Benda, interesados por el saber mismo) y "profesores
cortesanos", en los que su actividad va subordinada al poder político o
económico.
De Pierre Bourdieu
importa Bermejo el concepto del prestigio como ideología (—y por aquí
llegamos a la vanidad). Es interesante cómo se reorganiza el prestigio
en la era del trabajo en equipo y la investigación a base proyectos
organizados y cuantificados (cuantificados en su financiación y en sus
índices de calidad, a veces indistinguibles):
En
ese mundo de la producción científica masiva ya no existen figuras de
grandes pensadores o científicos, sino grupos de científicos
industrialmente organizados, y de aquí se deriva un problema.
Ya
no existe la distinción intelectual entre grandes, medianos y pequeños
científicos. Sin embargo los científicos tienen que ser jerarquizados.
En primer lugar por razones económicas e institucionales, y en segundo
lugar por motivos académicos y psicológicos.
Todo
científico busca el reconocimiento, pero es imposible encontrarlo
destacando en esa enorme masa de trabajadores anónimos de la ciencia.
Por ello se han establecido criterios de distinción, o excelencia, de
tipo cuantitativo, que han llevado a desarrollar un sistema absurdo de
clasificación de trabajos (Bermejo Barrera, 2007, pp.2 1/40). En ese
sistema, tal y como hemos analizado, desaparecen los criterios
cualitativos y son sustituidos por otros meramente cuantitativos.
Se
supone que existe una unidad de medida de la ciencia, que es el paper, o
artículo, independientemente de su contenido, que nunca se juzga. Los
artículos se suman, matizando su número con índices externos de calidad
que dependen de un rango convencional de publicaciones científicas, que
asumen la distinción intelectual, ausente del trabajo científico
anónimo. Sumando artículos, tipos de revistas y número de citas
(consideradas también como de valor absoluto, ya que cada cita es una
unidad) se puede numerar a un científico con un índice, en el que la
cantidad sirve como sustituto de la calidad y la antigua distinción o
jerarquía intelectual.
Es
evidente que estos índices no tienen ningún valor, más que el de
satisfacer la necesidad de reconocimiento de cada científico, muy
necesaria en el caso del trabajo intelectual, como ya habíamos visto, y
de proporcionarle así una satisfacción personal, que además le puede ser
útil para progresar en el ámbito de su comunidad científica, o dentro
de las instituciones académicas o la industria.
(—Aquí
habría que matizar, claro: los índices cuantitativos de calidad se
basan, al menos idealmente, en una cuantificación de valoraciones
positivas, y naturalmente tienen un valor en la institución que sustenta
la disciplina, que es a lo que van: porque estamos hablando de
organizar una institución, reparto de puestos jerárquicos, de dinero...
etc. Otra cosa es el valor o interés que pueda tener para una persona un
artículo que es "de calidad" por haber sido valorado positivamente por
otra persona).
La asunción de la tecnociencia como valor exclusivo del
conocimiento supone, pues, la sentencia de muerte de las viejas
universidades como promotoras básicas del conocimiento, y el inicio de
este proceso de extinción parece alcanzar una velocidad imparable, a
pesar de que muchos científicos académicos no quieran darse cuenta de
ello.
Lo
curioso del caso es que ese mismo proceso parece que quiere ser imitado
por parte de aquellos universitarios que cultivan las Humanidades y las
Ciencias Sociales, dos tipos de conocimiento diferentes a las
tecnociencias, tal y como ha señalado Wolf Lepenies (Lepenies, 1994), y
que no pueden ser medidos por los mismos patrones.
....
... se pretende convertir el estudio de todas las humanidades en
un recurso secundario para el desarrollo de la industria del
entretenimiento y del ocio, y para el desarrollo del turismo. De ser
esto así las humanidades, complementarias de las técnicas de publicidad y
marketing necesarias para la venta de recursos turísticos y de objetos
culturales de consumo masivo, habrían perdido todo su sentido.
Si aquellos que cultivan las humanidades pretenden seguir el
camino de la tecnociencia acabarán por rematar el proceso agónico en el
que las universidades inevitablemente están entrando, puesto que la
investigación en estos campos estaría financiada no por un tipo de
empresas que ante todo necesiten demostrar la eficacia de sus productos
frente a otros de la competencia, sino por otras que simplemente tienen
que crear productos para el entretenimiento - carentes de función
práctica- , como todos los dedicados al ocio que sólo valen en cuanto
que son rentables. La ley de Gresham, una ley básica de la economía, nos
hará comprender fácilmente que en ese mercado del ocio la moneda mala
desplazará necesariamente a la buena y se desarrollará un proceso de
empobrecimiento y trivialización de la cultura, al que ya estamos
asistiendo, y que parecen saludar con entusiasmo unos académicos que han
decidido sustituir los valores del conocimiento por el único valor del
dinero, sentando así las bases para la pérdida de la dignidad de sí
mismos y de las instituciones en las que se mueven.
....
La
dignidad de los intelectuales ha sido enormemente frágil en la historia
occidental, debido a su falta de independencia económica y a su
vinculación y dependencia de los poderes religioso y político. Pero hubo
algunos intelectuales y profesores, quizás no muchos, que hicieron que
esa dignidad fuese posible. Los intelectuales y los profesores, como
todos los demás seres humanos, están caracterizados por una serie de
vicios y defectos que a veces derivan de la estructura sociopsicológica
de su profesión. Y uno de esos defectos fue casi siempre la vanidad, a
la que se confundió con la dignidad, y que pudo ir unida al elitismo y
al espíritu de cuerpo.
Esa
vanidad, fruto de la fragilidad psicológica de los intelectuales, fue
muchas veces la fuente de errores garrafales, como los de Heidegger,
Unamuno y Ortega, y puso de manifiesto, en estos casos y en tantos
otros, que la grandeza intelectual no es incompatible con la torpeza
social, e incluso con la lisa y llana estupidez personal y política.
....
El
juego del reconocimiento y la relación dialéctica entre el especialista
en el conocimiento, al que llamaremos el sabio, y su comunidad tiene
una historia muy larga y compleja, en la que los factores económicos,
sociales y políticos se entremezclan con la compleja interrelación que
en las personas de estos especialistas en el conocimiento tiene lugar
entre la vanidad y la dignidad, a veces muy difíciles de distinguir.
(—Y tan difíciles. La dignidad de uno es vanidad para el otro).
....
Hoy
en día, cuando muchos profesores querrían ser empresarios, o una
caricatura de los mismos, políticos, o simples aduladores de los
verdaderos políticos, o quizás compartir el poder y el terror que puede
proporcionar el uso de la fuerza militar, deberíamos reivindicar la
frágil dignidad de los intelectuales que alguna vez brilló
momentáneamente en el transcurso de la historia.
Por ello, quizás fuese oportuno concluir con unos breves versos de Leonard Cohen:
“Like a bird on the wire,
like a drunk in a midnight choir,
I have tried in my way to be free”
Pero
a ver quién es el guapo que lo consigue, cuando en la historia esto ha
sido un ideal (ideológico) más que una realidad. Un ideal necesario,
claro. Hay que intentarlo— siendo conscientes de la
vanidad de esos intentos.
Interprétese en línea con mi diatriba crítica sobre la
investigación en grupo (o tribu).
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