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viernes, 21 de diciembre de 2018

Retropost (21 de diciembre de 2008): Changeling


Nos vamos a ver la película de Clint Eastwood con Angelina Jolie de protagonista ( Changeling o en español El intercambio). Aquí está la reseña de Roger Ebert. Mantiene la tensión durante dos horas y media, en especial a los padres de niños secuestrables... La actuación de Angelina Jolie destaca—para nada es aquí la misma persona de los carteles y revistas del corazón—así como la recreación de ambientes y paisajes de hace ochenta años. Es una historia de serial killer (otra más, qué obsesión...) en la que la demencia del ogro que atrapa al niño está bonitamente contrapesada por la demencia del sistema policial y psiquiátrico que atrapa a la madre. Y para rematarlo, de guinda, el niñito que le da la policía a cambio y que se quiere hacer pasar por su hijo—en realidad un hijo de la gran puta, que promete mucho para el futuro. Una pesadilla viviente e histórica, en la que se mete Angelina (Christine Collins) sin comerlo ni beberlo, sólo por negarse a hacerle el juego a una policía de Los Angeles tiránica y corrupta.

Lo sorprendente del caso es que estando así la policía, el sistema judicial  fuese tan eficaz como para acabar con la cuestión en unos meses nada más... aún habrá que envidiar a América, aquí semejante caso se empantanaría durante décadas, seguramente. También parece la película hasta cierto punto un alegato a favor de la pena de muerte para malas bestias como ese Gordon Northcott (genial la interpretación de Jason Butler Harner). Vemos la ejecución al detalle, y aunque no se nos ahorra la angustia del ejecutado, las historias con flashback que siguen, rememorando sus escenas de la cueva del cíclope años después, al aparecer viva una de las víctimas, nos ponen del lado de las auténticas víctimas otra vez. Desde luego la madre Christine Collins contempla la ejecución si no con satisfacción sí con frialdad total, y no retira su maldición a Northcott de que se pudra en el infierno. Además, Eastwood opta por no contarnos una cosa de la hermana de Northcott y el padre de los dos, que aparecen un momento en la película cuando el asesino va a refugiarse a su casa en Vancouver—que en realidad su hermana era en realidad además su madre. De esto se enteró en el juicio, pero de esta película se suprime este motivo que podría confundir las actitudes hacia Northcott. Vamos, que si Northcott también  fue víctima de un cambiazo en su propia familia... Eastwood prefiere que nadie vaya a pensar que eso pueda exculparlo.changeling

El editado más artificioso es el de las escenas alternantes de las dobles condenas (de Northcott y de los polis corruptos)—aunque se comprende que Eastwood quiera establecer un paralelismo. Quizá cargue demasiado la mano singularizando la relación entre Northcott y Christine Collins... por lo de añadir dramatismo. No sé si Christine Collins efectivamente fue a entrevistarse con Northcott antes de su ejecución—en fin, también en la vida, y no sólo en la dirección cinematográfica, se cometen errores: en este caso la acción es un error pero está bien llevada la escena. Sobra efectismo en cambio en la escena del juicio a la policía, en algunas escenas del manicomio... Así que un poco de todo. Pero en general está contenida la tendencia a la ficcionalización y no hace que suene falso lo que vemos.

En fin, una historia dura. ¿Por qué las historias de charadas, complots, y asesinos en serie nos gustan? Porque abren repentinamente una realidad dentro de otra, un espacio con leyes propias y distintas como una película de terror o pesadilla. Hacen oscilar nuestro sentido de qué es lo real, y nos hacen conscientes de lo frágil que es la vida ordenada a la que volvemos cuando se apagan las luces del cine—una ilusión no menor que la de la pantalla. Pero los niños seguían arropadillos en la cama.

Changeling.
Clint Eastwood. Written by J. Michael Straczynski.Cast: Christine Collins: Angelina Jolie; Rev. Briegleb: John Malkovich; Capt. J.J. Jones: Jeffrey Donovan; Det. Ybarra: Michael Kelly; Chief Davis: Colm Feore; Carol Dexter: Amy Ryan; S.S. Hahn: Geoff Pierson; Dr. Steele: Denis O'Hare; Mayor Cryer: Reed Birney. Music by Clint Eastwood et al. Universal Pictures, 2008.



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viernes, 17 de febrero de 2017

Retropost #1476 (19 de febrero de 2007): Letters from Iwo Jima




Buena película (aquí resumen) del género "horrores y temores de la guerra", en la línea de películas sobre la Segunda Guerra mundial como La Delgada Línea Roja, o la del Soldado Ryan del propio productor Spielberg. Esta vez con muy pocas heroicidades y pocas posibilidades de identificación con los protagonistas, pues se nos presenta la acción desde el punto de vista del enemigo, no como en la película compañera de ésta, Banderas de nuestros padres, también dirigida por Clint Eastwood. Las dos son críticas con el patriotismo comecocos que manda a la gente marcando el paso a la muerte. Pero en este caso al esfuerzo militarista de la guerra se suma la crítica a unas estructuras de pensamiento y actitudes sociales poco menos que medievales todavía...

Entre estos soldados enemigos los hay más y menos ilustrados, y fanatizados, y la película juega a mostrar un abanico de actitudes que se pueden tomar una vez se ve uno encerrado en una ratonera absurda, en la que la propia mentalidad planta la mitad de los barrotes. Así pues, poca empatía se fomenta entre el público (al menos este público) y el mundo retratado en la película. Aviso, de entrada, que hay pocas cosas en el mundo que me repugnen más que el feudalismo Mishima y su conclusión lógica, el harakiri, y ese es el trasfondo ideológico del mundo que aquí vemos retratado; de él participan hasta los personajes más humanos, como los tres protagonistas, el general, el jinete olímpico y el panadero Saigo. En la película los malos son los que (por un problema de carácter, se ve) se crecen en semejante ambiente, y acogotan a los demás poniéndolos firmes y haciéndoles gritar las consignas patrióticas con voz que les sale falsa; algunos personajes tanáticos no dudan en ir a la muerte de cabeza pero llevándose primero por delante a todos los subordinados que puedan. Los buenos son los que dudan, los que intentan vivir y dejar vivir, los que interpretan de modo benevolente el reglamento, los que dan opciones a los demás.

En última instancia, la película es una defensa del individualismo liberal, y una condena del feudalismo, fascismo y autoritarismo. Y aun presentando todas las actitudes en un contexto histórico y cultural, también deja claras, por tanto, las responsabilidades individuales. El totalitarismo como un problema de carácter, vamos, tanto de carácter nacional como individual. Y el tratamiento elegido es poco hollywoodiense; hasta el color apagado, casi blanco y negro, contribuye a ello. Sin escapar a la marca de la casa (que todo lo devora), casi vemos aquí un caso de lo que Bordwell llama la estética del materialismo histórico, como si lo hubiese filmado Kozintsev.

Hay sin embargo, a pesar de la multiplicidad de líneas y la apariencia de acción colectiva, una historia claramente recortada: es la historia de una pistola, en cierto modo. Se la regalaron a Kuribayashi sus amigos americanos, y sí es cierto que su estancia en América, si bien no le resquebraja sus valores patrióticos, contribuye a hacerlo más comprensivo y humano. La pistola la empleará no para matar americanos, como temía en broma y serio una señora durante la cena en la que se la dan, sino para matarse a sí mismo, acción de dudoso gusto moral. En lugar de aceptar la derrota y volver a casa a reformar el suelo de la cocina... bueno, casi lo comprendo. Pero Kuribayashi se mata tras haberle dado al panadero-soldado raso Saigo una salida de la ratonera del honor: le exime del suicidio, y le dice: quédate a quemar mis papeles (y que te cojan prisionero los americanos, que es lo mejor que te puede pasar). Y lo es. Algún yankinazi también hay, pero la bondad general de los individuos y del sistema americanos se demuestra al final. El panadero Saigo ve la pistola de Kuribayashi en el cinto de un americano que la ha encontrado, y pierde el oremus, les ataca, casi opta de nuevo por el suicidio (esta vez por cuestión de fidelidad a su amigo, no al Emperador). Pero los americanos, en lugar de darle un tiro, lo tranquilizan de un mamporro, y lo devuelven a su familia. Como al país entero, parece decirnos la película.

Por otra parte, puede leerse todo esto en clave iraquí. El asalto a la isla es la Tormenta del Desierto tecnológica, y la mentalidad de turbante prieto de los orientales es en cualquier caso el máximo obstáculo. De ahí la importancia de mostrar cómo es necesario liberarlos primero de sí mismos, y de los paraísos imaginarios que les prometen, y de la mentalidad gregaria que les hace preferir volarse por los aires a quedar mal con los compañeros de trabajo. Los ataques suicidas eran en mis años mozos una excepción al orden de las cosas en la que sólo incurrían los kamikazes: desde entonces ha proliferado lo del cinturón de explosivos, y una de las finalidades de esta película es desautorizar la ideología que lleva a esas abominaciones. Pocas escenas hay más patéticas y abyectas que esa en la que el grupo de fanatizados se van volando por los aires uno tras otro, llorando de miedo pero adelante, no me vayan a criticar estos colegas. El mensaje es el mismo a japoneses y sunitas: "Os habéis metido con un enemigo contra el que no podéis.  Habéis llegado lejos, a base de echarle mucha fe y mucha estupidez colectiva, con un coste personal desproporcionado, y gracias a una ideología oficial que desprecia a la vida propia y ajena. Pero el destino de esa ideología es desaparecer, y vuestro destino ser derrotados. Lo mejor que le puede pasar a Japón, y a Irak, es que América le invada y le libre de sus actitudes y voceros más patrióticos, pues no son sólo peligrosos para los demás, sino autodestructivos: es  triste decirlo, pero  sois una vía muerta en la evolución de la mente humana.  Así que mamporro y vuélvete a casa con tu familia, hijo, luego nos darás las gracias. Ya te pondremos tele, y películas americanas; hasta en japonés si hace falta te las pondremos. Y tus jefes, oye, por mí como si se hacen el harakiri, allá ellos, pero que nos dejen en paz a los demás. La verdad es que creíamos que estaba la cosa más avanzada, pero bueno... por lo que parece les hace falta a estos valientes samurais y jihadistas un poquito más de exposición a los valores de Occidente".


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jueves, 20 de agosto de 2015

Retropost #140 (4 de marzo de 2005): Unlocking 'Million Dollar Baby'



Pues veamos, Million Dollar Baby, de Clint Eastwood. La película va de traumas, y por tanto de cosas que no se pueden mencionar directamente; se tratarán por tanto con símbolos, indirecciones y alusiones. Y eso que a los dos personajes principales, interpretados por Clint Eastwood y Morgan Freeman, les gusta decirse la burrada más gorda y la cosa más dolorosa u ofensiva como viejos colegas que son (esto se llama en inglés banter, en español no sé). Al fin dan la bienvenida a este club de banteadores, masculino por definición, al joven hallazgo de Clint (que tiene por norma no trabajar con chicas). Bueno, pues este Clint resulta que era un abusador, y violaba a su hija de pequeña. La niña ha crecido, y no quiere tratarse con él, como traumada que está, y la conciencia de su pecado tiene traumado a Clint, que se pega los días en la iglesia intentando bantearse al cura, pero el cura lo lleva peor que Morgan. Si la religión del cura no sirve, porque es mecánica y no adaptada al caso, la negra religión de Morgan Freeman, que estudia el caso individual, te da el perdón y el camino que la otra niega. Al final Clint logra superar su trauma desplazando la solución a una hija imaginaria, con la cual deshace el mal que hizo, primero, respetando sexualmente a la persona de esa hija adoptiva, con la que no tiene lazos de sangre (aunque la primera pregunta que le hace, por si acaso, es "¿conozco a tu madre?"). Una vez la chica es ya un colegui y a la vez la hija de Clint, y a la vez él mismo (los dos con su frustrada carrera a cuestas), ya está madura como símbolo para la consumación penitencial. Al fin Clint recupera la infancia perdida, en su Innisfree particular, ("in is free"), comiendo tarta de limón en un cenador que la chica frecuentaba con su padre, y que debía llevar esperándole a él desde los años de la Depresión. Largo tiempo, pero valía la pena porque allí se funden en una su propia niñez, la de su hija y la de la adoptada; es más, se han superado hasta cierto punto las traumantes barreras que separan lo masculino de lo femenino. Es una película donde todo pasa un poco al revés, como nos aclara un autocomentario simbólico: para demostrar el aprecio a los amigos, se les dice algo ofensivo o despectivo; para demostrar a una persona que la quieres, es preciso a veces actuar con ella de modo sancionable por las leyes; para liberarte de un trauma, tienes que hacer algo verdaderamente traumante, para recuperar la inocencia tienes que ir a las profundidades de la experiencia y del desengaño.

Aparte de eso, va toda de boxeadores, y de lo mismo que la de Amenábar (Mar Adentro).

Por cierto, me faltaba la lectura en clave política (gentileza de a nameless person): "hay que protegerse", dice Clint: pero por mucho que intentes protegerte, USA, estás a merced de los hados. Al otro Fitzgerald, Kennedy "el amado", la verde esperanza de América, también se le torció la carrera, y sólo podemos lamer las heridas nacionales tras el gran desengaño. Podemos planificar la repetición de la jugada, volver a dar la batalla (igual esta vez hasta colgamos a Saddam) pero el fiasco se producirá, inevitablemente, por otro lado, incalculable. Por lo menos la tarta de limón sí está rica.




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domingo, 19 de febrero de 2012

J. Edgar: Megalomanía y metaficción

J. Edgar, con Leonardo diCaprio de protagonista, es una buena película de Clint Eastwood sobre J. Edgar Hoover, el fundador y director del FBI durante muchas administraciones. La ambientación es sobresaliente (a pesar de las consabidas listas de anacronismos que pueden encontrarse en IMDb), y la interpretación también. Algún problema con el envejecimiento a base de máscaras de goma, aunque no tanto en el caso de diCaprio, que está realmente acertado, así como su secretaria Naomi Watts. 

Hace tiempo que no se veía una perspectiva tan favorable sobre el aborrecido Edgar Hoover, creador del espionaje masivo a sospechosos y a aliados y a sus amantes y a cualquier persona que pudiese ser candidata a tener influencia. Muere Edgar Hoover al llegar Nixon a la administración, y como se sabe Nixon continuaría con sus prácticas hasta que se le expuso y perdió el cargo en el caso Watergate; a pesar de que sus métodos coincidían, los dos se llevaban a matar, con la desconfianza y paranoia debidas. 

Muy a punto viene, por cierto, esta cuestión de exponer a los escuchadores, ahora que estamos a vueltas con el (ex-)juez Garzón protegiéndonos del crimen a base de escuchas ilegales; quizá este paralelismo indebido con J. Edgar Hoover les dé a su club de fans algo de food for thought, aunque no creo, porque normalmente también son fans del régimen castrista, y allí las tácticas de Hoover, o de los comunistas rusos, que hacían lo mismo, están en plena vigencia. 

Como se ve, Hoover es un personaje paradójico, que por oponerse al peligro soviético amenazaba con instaurar una dictadura policial y burocrática en todo semejante al KGB, imagen especular suya. La película he dicho que da una imagen favorable, quiero decir relativamente—favorable en tanto que es equilibrada y no busca demonizar al personaje, sino retratarlo en su momento histórico y en su psicología interna. En cuanto al momento histórico, varias veces se repite que en momentos de revolución y de plaga terrorista se toman decisiones que otras épocas no entienden. Algo parecido pasó aquí con los GAL, a principios de los 80; y hay que decir que J. Edgar no llegó a los extremos de Mister X en este sentido, aunque sin duda lo hubiera hecho de tener las manos libres. Hoover es oficialmente caracterizado hoy como un indeseable, pero parece claro que los personajes a los que investigaba lo eran todavía más. (Ver por ejemplo esta Emma Goldman, que en la película aparece casi dignificada antes de su deportación. No la querría yo en mi familia, pero pasa por una heroína del feminismo de izquierdas). 

La película se mueve libremente entre distintas épocas, los años 70, los 60, los 50, los 40, los 30.... contrastando a veces de modo inmediato las decisiones iniciales de J. Edgar y el carácter que va adquiriendo el FBI con los años. Un episodio muy central recurrente es el secuestro del hijo de Lindbergh y el arresto del secuestrador, con el desarrollo de métodos de policía científica, análisis de huellas, etc. Era Hoover sin duda una persona de enorme capacidad para la organización, volcando allí una energía casi demente, haciendo para el Estado un trabajo que había que hacer, y que sólo personas obsesivas como él podían hacer. 

Es una demencia y una obsesión que en la película aparecen derivadas de sus frustraciones personales, de una homosexualidad mal asumida y de una inseguridad personal sobrecompensada con una voluntad descomunal y casi inhumana. Obsesionado por vigilarse a sí mismo, temeroso de que descubran su interioridad, avergonzado de su propia orientación sexual, Hoover reacciona con agresividad y sobrecompensación, montando un sistema de vigilancia que asegure que sea él quien sepa los secretos de los demás, y no al revés. El personaje es desagradable y patético, a martinet en el trabajo, y un peligro público a la vez que un modelo de eficacia; es una herramienta del Estado que amenaza con degenerar en cáncer incontrolado. Pero es un retrato humano muy conseguido el de la película, y su historia de amor homosexual reprimido con su colaborador más estrecho, Clyde Tolson, está contada como lo han hecho pocos directores, al menos heterosexuales (se me ocurre quizá Brokeback Mountain)—una historia a la vez patética, despreciable y conmovedora.  Obviamente no hay quien lo aguantase a J. Edgar, excepto con alianzas emocionales inconfesables, como las que lo unen a su secretaria la señorita Gandy, y a Tolson. 

 


Como un cura reprimido y acogotado por su madre, que con su furia sexual sublimada llega a cardenal rabioso, Hoover traza un trayecto que pocas veces se ve en una película de gran presupuesto, por lo antipático del personaje, claro. Parece que hay un subgénero de películas con personaje falsario y patético en primera plana; se me ocurre en la línea de biopic homosexual la de Capote, en años recientes, aunque como digo no es intención de la película el satirizar a Hoover o criticar sus acciones, sino más bien el dar un retrato global del personaje. 

La megalomanía, por cierto, que le llevaba a promocionar comics de G-Men en los que aparecía él como héroe, a exagerar su protagonismo directo, a montar escenas apañadas para la prensa... esa megalomanía, digo, adquiere aquí una interesante dimensión metaficcional, puesto que al final de la película queda claro que varias de las escenas que hemos visto están infiltradas por la megalomanía de Hoover, y que son no tanto al verdad literal de lo que pasó, cuanto la versión que Hoover filtró o el sesgo que quería darle. Es una manera inteligente de solventar una ficción histórica, en la que los protagonistas normalmente han de desempeñar por razones de construcción estética un papel argumental mucho más central del que en realidad les correspondió en la historia. 

La historia la hacen entre muchos, y el estado policial del FBI no fue obra sólo de Hoover, sino que él actuó como agente y catalizador. Es justo darle un protagonismo personal acentuado, y sin embargo mostrarlo a la vez como producto de una época en la que las cosas se hacían, o se hacen, así. Porque en todas partes cuecen habas, y aquí y ahora, a calderadas. Como muestra un botón: uno de los más siniestros y totalitarios planes que el Lado Oscuro le inspira a J. Edgar, y que en esta ocasión no llega a buen puerto, era la implantación en Estados Unidos de un DNI con información centralizada y huellas digitales similar al que hay en España desde hace muchos años.

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J. Edgar. Dir. Clint Eastwood. Guión de Dustin Lance Black. Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Josh Hamilton, Naomi Watts, Armie Hammer, Ken Howard, Jeffrey Donovan, Josh Lucas, Damon Herriman, Christopher Shyer. Cinemat. Tom Stern. Ed. Joel Cox y Gary Roach. Diseño de producción: James J. Murakami. Producción: Clint Eastwood, Brian Grazer, Ron Howard, Robert Lorenz. USA: Imagine / Malpaso / Wintergreen / Warner, 2011.

 
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domingo, 13 de marzo de 2011

Hereafter (Más allá de la vida)

 

De esta película de Clint Eastwood, Hereafter, traducida como Más allá de la vida, está uno tentado de quedarse con la impresión inicial—que las escenas primeras, las del tsunami, son increíbles, de lo mejor que se puede ver en cine, y que la película decae a continuación. Creo que era Roger Ebert el que dijo que cuenta como un fallo de estructura comenzar con un tsunami y poner la escena culminante en una feria del libro.

Es especialmente fuerte la impresión que produce la escena inicial después de ver en la televisión lo que ha pasado en Japón hace un par de días, el terremoto seguido por un maremoto que arrasaba con coches, casas y gente como si fueran basura o colillas depositadas en la esquina de la calle a las que se les echa un cubo de agua. La película hace una recreación realmente pasmosa de la experiencia de la periodista Marie Lelay (Cécile de France) al llevársela una ola gigante en un pueblo de vacaciones, mientras compraba en un mercadillo; también vemos el panorama desde el punto de vista de su compañero Didier que ve la panorámica, horrorizado, desde la relativa seguridad de un piso alto de su hotel. Marie "muere" golpeada y ahogada, y un estúpido osito de peluche blanco es lo último que ve, flotando hacia ella en el agua.

Pero hay muertos que están mal muertos, así que luego "resucita" Marie, rescatada del agua, y vuelve aparentemente a lo que dejó. Pero la experiencia del "más allá" que ha tenido la llevará a descentrarse profesionalmente, a incumplir su contrato de escribir un libro sobre Mitterrand, y a romper con Didier que es ateo materialista—y tiene en la película, previsiblemente, el papel de asshole (suelen ser cincuentones con barba). La película va así sobre un cambio de pareja a mejor, Marie reuniéndose al final con el vidente George Lonegan (Matt Damon) que huye de su don de poder hablar con los muertos—y se promete un romance en una visión prospectiva. 

Es una resolución por vía erótica que no conjuga adecuadamente los temas planteados en la película: la existencia de una vida después de la muerte, el más allá, etc.—es como un gambito lateral que si quiere decir algo parece que sólo quiere decir que los creyentes tienen que buscar a otros creyentes y evitar a los ateos materialistas, que tienen una perspectiva limitada y torcida sobre el mundo, y les impiden realizarse como personas. Así pues, es una película, considérenla fantástica o seria, que se basa en la existencia del más allá y de los médiums que pueden verlo (Aquí le falla la interpretación a Roger Ebert, cuando arguye que la película no se pronuncia al respecto, pues está claro que Lonegan sí se nos presenta como un médium auténtico, que o bien contacta con el más allá o bien les lee la mente a sus pacientes con poderes sobrenaturales).

Sea hipótesis estética o convencimiento religioso de los autores, la película, desde luego, se coloca sin dudas ni matices del lado de quienes creen en la inmortalidad del alma y la persistencia de los muertos —no en nuestros recuerdos, imaginación, etc., sino como sujetos individuales y flotantes que están en un más allá viviendo otra vida de la cual nada sabemos. En fin, precisamente lo que no son y donde no están, qué quieren que les diga. Que son creencias mayormente americanas, y residualmente europeas, aquí llevadas con cierta mala conciencia.  Y que la película, a pesar de hacerlas suyas, lo hace también con una especie de falta de convencimiento o falta de seriedad fundamental, a pesar de la propia sustancia de la historia, que requeriría tomarse su tema en serio—pues en tanto que película no sabe muy bien cómo resolver luego el tema planteado. 

Sí sugiere a los creyentes que no deberían dejarse acogotar por el escepticismo ambiental, y defender lo que consideran como un "hecho probado" con "demostraciones científicas". Pues hala, adelante, pierdan la vergüenza, que desde luego por lo que se ve hay más creyentes que no creyentes, siempre los ha habido y probablemente siempre los habrá. No es extraño que alguna película con ribetes religiosos salga, por tanto; raro es que no haya más, y ahí le doy la razón—pero es que muchos supuestos creyentes en realidad se sospechan lo que todos de hecho sabemos a un nivel u otro, y por eso guardan sus creencias en el armario, dado que ventilarlas demasiado no les hace ningún bien ni a ellos ni a ellas.

Por supuesto sí hay elementos aprovechables en la película, de hecho todo menos el guión—e incluso en el guión, por ejemplo, la historia de los dos gemelos Marcus y Jason separados por la muerte cuando atropellan a uno. Se nos ha mostrado a los chavales protegiendo a su madre drogadicta, haciendo los deberes, yendo mano a mano, y echándose por la noche—y es desgarrador ver luego a Marcus solo, en su cuarto de las dos camas, mirando la urna con las cenizas de Jason. 
 
El chaval irá a la caza de videntes que le permitan hablar con su hermano—y aquí está la mala fe de la película, en que después de mostrar todos los fraudes, explotadores y cantamañanas que pueblan este mundo, nos propone que sí hay auténticos videntes, que se trata de localizarlos... 
 
La película está bien al mostrar cómo muchas veces la gente desea o cree desesperadamente que quienes murieron sigan vivos de alguna manera, pero es errónea al dar pruebas de esa vida o presentarlo como un hecho demostrable. Realmente creo que al guionista Peter Morgan le patina una neurona con esta cuestión (será creyente, piensa uno), o que aquí le ha fallado el toque. Si es cierto como dicen que el guionista en realidad no cree en el más allá, la empanada implausible que le ha salido es buena fe de que no se pueden manejar estas cuestiones a la ligera, en una mitad de camino indefinida, entre la fe en la otra vida, la sinceridad fingida y el género thriller parapsicológico. 
 
O peor aún, pasa la película a situarse al nivel de las consolaciones fraudulentas que retrata y parodia.

En fin, que Marcus persigue al vidente George Lonegan hasta que consigue hablar con su hermano a través de él, y despedirse de él. Y se utiliza esta historia como puente para unir a George y a Marie, con unas casualidades no sólo implausibles sino también innecesarias, unas pasarelas endebles que son la mejor prueba de que aquí el guión falla seriamente y no sabe a dónde va.  

Como digo, hay elementos bonitos en estas historias—la historia de Lonegan y su compañera de clase de cocina, romance incipiente que fracasa al llegar a saber demasiado él de los traumas infantiles de ella; o la despedida de los gemelos, primero en el accidente y el funeral, y luego la necesidad de Marcus de tener una despedida formal—siempre hace falta un ritual de despedida, o público, o privado, o los dos... Pero la película es simplista, claro, o falsa, al convertir esa despedida simbólica en una despedida literal. Es lo malo de las películas sobre el más allá de siluetas y luces blancas y voces a los médiums: que ignoran la auténtica naturaleza del más allá, cuando deberían situarlo más acá. Vamos, que hay otros mundos, pero están en éste. Y relaciones con los muertos las tenemos constantemente, pero no vayan a buscar médiums en Google para mejorarlas—that way madness (and) lies.

 

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Hereafter. Dir. Clint Eastwood. Written by Peter Morgan. Cast: Cécile de France (Marie Lelay), Thierry Neuvic (Didier), Matt Damon (George Lonegan), Frankie McLaren and George McLaren (Marcus / Jason), Bryce Dallas Howard (Melanie), Marthe Keller (Dr. Rousseau), Derek Jacobi (himself), Jay Mohr (Billy), Richard Kind (Christos). Music by Clint Eastwood. Photog. Tom Stern. Ed. Joel Cox, and Gary Roach. Prod. des. James J. Murakami. Art dir. Patrick M. Sullivan. Sets by Gary Fettis. Exec. prod. Frank Marshall, Tim Moore, Peter Morgan, Steven Spielberg. Prod. Clint Eastwood, Kathleen Kennedy, Robert Lorenz. USA: Malpaso / Amblin, 2010.*




 
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martes, 28 de abril de 2009

Gran Torino

Hace ya días que vi la última de Clint Eastwood (la última última dice que es como actor, espero que no sea el caso), y me había olvidado de comentar nada. Y eso que me gustó mucho: absolutamente recomendada. Sobre todo porque funciona de principio a fin, es absorbente, bien llevada, con la tensión medida, y mucho humor, y un retrato interesante de la América multicultural; una galería de personajes perfectamente retratados e interpretados, y un mensaje muy a la era Obama... pero derivo, lo importante es que funciona mejor que ninguna otra que haya visto este año.

Es, en esencia, la historia de un hombre que se redime antes de morir, el duro y gruñón, Walt Kowalski (Clint Eastwood, con un ceño escultural) que elige sacrificarse en parte por amistad y generosidad, en parte por desengaño ante lo que le queda por vivir, y en parte para liberarse de un sentimiento de culpa que lo reconcomía por dentro. Kowalski está solo en el mundo: comienza la película con el funeral de su esposa, y se retratan sus relaciones tensas y distantes con unos hijos y nietos vulgares e interesados a los que desprecia. También está aislado en su barrio: todos sus vecinos se han mudado al convertirse el barrio en un guetto de una etnia indochina, los Hmong. Kowalski es racista y antipático, desprecia a sus vecinos y no se corta de espetarles lo mal que le caen y que se podían haber quedado en la selva, o en la montaña, o en el sitio que los parió. Sólo se encuentra a gusto con algún viejo amigo con quien tiene relaciones así como de bar y fútbol, insultándose virilmente para demostrarse su confianza y su aprecio mutuo. Todo esto está muy bien llevado, con escenas cómicas que parecen también una sobrada verbal muy deliberada para hacerles un corte de mangas a los defensores de la corrección política—con un tono muy ambivalente, dándonos una juerga de xenofobia y lenguaje viperino, y eso que también se consigue criticar las limitaciones, intolerancia y cerrazón de Kowalski, y lo injusto que es con sus vecinos.

Bueno, con un par de ellos desarrolla una relación, con una chica, Sue, y su hermano Thao. Una banda de matones Hmong les acosa, y Kowalski los defiende en plan Clint Eastwood, en realidad un tanto por defensa propia y por asco incontenible hacia la escoria social. Y poco a poco se va tratando con ellos: el chaval había intentado robarle a Kowalski su adorado Ford Gran Torino del 72 (icono de sus mejores años) a instancias de los pandilleros: ahora se redime haciéndole al viejo trabajos caseros, y Kowalski se venga haciéndolo sudar pero bien—y poco a poco le va cogiendo aprecio, y lo encamina hacia una colocación en la construcción. La hermana del chico, Sue, que es quien idea el castigo, también le debe una a Kovalski, pues éste le espanta a unos pandilleros negros que la acosaban, y descubren Kowalski y Sue un poco para sorpresa mutua que se entienden bien: ella no se deja arredrar por sus malos modos y le contesta deslenguadamente y tomándoselo a guasa, y a él le hace gracia la chica y vuelve a por más, desarrollando con ella una relación bruto-intimista extrañamente similar a la que tiene con sus colegas de los del manotazo en la espalda. Y luego, además, resulta que le encanta la cocina Hmong cuando accede a regañadientes a probarla, jurando por lo bajo (es que ya no tiene cocinera en casa...).

Bien, pues Kowalski en última instancia se deja matar por esta parejita de Hmongs, cuando se da cuenta de que los pandilleros los van a acosar hasta la muerte (a la chica la violan y al chaval le dan una paliza). Kowalski no los ataca a tiros, sino que los asusta públicamente, y les hace creer ante muchos testigos que les iba a disparar... pero no iba armado, y cuando lo acribillan la policía los detiene y los empapela. Kowalski cae en actitud de Cristo Crucificado, una imagen en la que se le va un poquito la mano al director. Elige hacerlo así Eastwood para subrayar que esta decisión va junto con un retorno a la religión, a hacer las paces con Dios antes de morir. Kowalski rechazaba los rituales católicos y los intentos de acercamiento del párroco (que lo perseguía por encargo póstumo de su mujer). Al final también se ablanda por allí, sobre todo cuando también le ataca por otro frente el brujo de la tribu Hmong, que lee en él que arrastra un gran dolor interno. Era en realidad un trauma de guerra, desde Corea, donde mató más gente de la que le ordenaban, tirando de gatillo fácil, por miedo quizá y por error. Ahora ve en su amistad con los Hmong una manera de purgar ese pecado, y mientras lo acribillan muerte agarrando un rosario y rezando a la Virgen. Bueno, el arte de Clint Eastwood es que esto logra no parecer ñoño, así que chapeau, descubrámonos ante su Cuerpo Yacente.

Es una alegoría de la Vieja América, este Eastwood, con sus virtudes y defectos, más virtudes que defectos resulta tener al fin; quizá donde dice coreanos esté diciendo también japoneses de Hiroshima, con quienes también aplicaron el gatillo fácil los americanos, o Vietnam, o Irak. Ahora la película busca una solución a esos traumas con una transmisión simbólica en el testamento de Kowalski. En lugar de dejar su Gran Torino, símbolo de las esencias, a su familia (a la pedorra pastillera de su nieta), pues se lo pasa a su vecino Thao, el chaval Hmong. Es toda una declaración simbólica contra la política de la identidad (versión americana de nuestros nacionalismos quizá). Thao se ha ganado su respeto demostrando que estaba dispuesto a luchar contra los pandilleros, y también buscándose un trabajo duro como el que tuvo Kowalski y sabiéndose ganar la vida honradamente. América para los americanos—y americanos son quienes se la trabajan, sean chinos o polacos, viene a decirnos Gran Torino, y todo encastillamiento en la propia comunidad es racista, y traiciona el sueño americano.

Una cierta fantasía (white mythology, quizá) sí que veo en ese paso casi sin transición del lenguaje del racismo al de la intimidad y camaradería, pero desde luego si non è vero, è ben trovato, y la película consigue en su espacio imaginario derribar las barreras no sólo de la incomprensión, sino de la hipocresía y la distancia que van unidas muchas veces a la corrección política "obligatoria" en el espacio multicultural. Recomiendo no intentarlo mucho fuera del cine, las reacciones podrían ser impredecibles. Mejor verlo por pantalla interpuesta, y en todo caso no perderse esta película.







Gran Torino. Dir. Clint Eastwood. Written by Nick Schenk and Dave Johansson. Cast: Clint Eastwood, Christopher Carley, Brian Haley, Geraldine Hughes, Dreama Walker, Brian Howe, John Carroll Lynch, William Hill, Brooke Chia Thao, Chee, Thao, Choua Kue, Scott Eastwood, Xia Soua Chang, Sonny Vue, Doua Moua. Music by Kyle Eastwood and Michael Stevens. Cinemat. Tom Stern. Ed. Joel Cox and Gary Roach. Prod. des. James J. Murakami. Art dir. John Warnke. Exec. prod. Jenette Kahn, Tim Moore, Adam Richman. Prod. Clint Eastwood, Bill Gerber, Robert Lorenz. USA: Matten Productions / Double Nickel Entertainment / Gerber Pictures / Malpaso Productions / Media Magik Entertainment / Village Roadshow Pictures / Warner Bros, 2008.




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