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miércoles, 4 de mayo de 2016

Origins of Genus Homo–Australopiths and Early Homo




From CARTA (2016). With presentations by William Kimbel, Philip Rightmire, and Pascal Gagneux.
"Origins of Genus Homo - Australopiths and Early Homo; Variation of Early Homo; Speciation of Homo." With presentations by William Kimbel, Philip Rightmire, and Pascal Gagneux.


More from the CARTA February 2016 symposium here:

"Origins of Genus Homo: What Who When Where?" Early Body Form; Life History Patterns." YouTube (U of California Television (UCTV)) 8 April 2016.* (Bernard Wood, Carol Ward, Leslie Aiello).
    https://youtu.be/9W005V6OV_E




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domingo, 16 de noviembre de 2014

Ape To Man

   


Young, Nic, dir. Ape to Man. Prod. Anna Thompson. Exec. Prod. Bill Locke. Ed. Crispin Holland. Cinemat. Brian McDairmant. Music Ilan Eshkeri. Prod. dir. Shahana Meer. Consultant: Chris Stringer. Exec. Prod. Marc Etkind. Prod. Lion Television for the History Channel. 2005.  Video. ("Ape to Man" (2005)).  YouTube (THE History Channel) 27 July 2022.*

         https://youtu.be/xLXxLHUxL4s

         2024

 

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lunes, 27 de julio de 2009

Adam's Tongue 6: Nuestros ancestros en sus nichos

Reseña del libro de Derek Bickerton sobre el origen del lenguaje, Adam's Tongue (2009)



De nuestros parientes los simios nos separa la serie de nichos ecológicos que fueron desarrollando nuestros ancestros, distintos de los de ellos: un nicho de alimentación omnívora terrestre, un nicho como carroñeros de última fila, un nicho como carroñeros de primera, un nicho como cazadores-recolectores, un nicho pastoril, un nicho agrícola. Y podríamos añadir un nicho urbano-industrial. Hasta ahora se ha solido ignorar esta construcción activa de nichos como factor evolutivo, enfatizando en su lugar la mera adaptación AL ambiente, como consecuencia de cambios genéticos que alteraban las capacidades intelectuales y comportamiento de los humano(ide)s: como si los ancestros no hubiesen jugado un papel activo en estas transformaciones, cambiando de costumbres antes de ningún cambio genético.

Bickerton critica las explicaciones genéticas sobre el origen del lenguaje (tan en boga hoy entre los lingüistas de la escuela de Chomsky). No se encontrará ningún "gen del lenguaje", ni el FOXP2 ni ningún otro. Los genes hoy se ven como algo más flexible, capaz de cambiar su expresión para producir múltiples resultados. El origen del lenguaje no tiene por qué deberse a ningún cambio genético.

Es simplista creer que nuestro último antepasado común era "algo así como un chimpancé", dice Bickerton—como si los chimpancés no hubiesen cambiado, y sólo lo hubiésemos hecho nosotros. Pero los bonobos y los chimpancés tienen culturas, alimentación, y relaciones sociales muy distintas entre sí. Los conservadores nos ven como chimpancés, los progres como bonobos. Pero esto es ridículo. El ancestro común era seguramente diferente de todos los simios actuales. Y ninguno tiene ni rastro de lenguaje. En respuesta a cambios climáticos surgió el linaje de los australopitecos; los tipos "robustos" no están en nuestra línea evolutiva. Los tipos gráciles no eran tan diferentes de los demás simios—si bien eran diferentes. No hacían herramientas de piedra, con posible excepción del último, el Australopithecus garhi, y su sistema de comunicación no sería muy distinto del de los simios "a no ser porque es muy probable que añadiesen llamadas de aviso sobre depredadores" (113), en respuesta al nuevo entorno de la sabana.

Como se explica en Man the Hunted, los australopitecos eran más presa que cazadores. Se volvieron más omnívoros que los simios, pero no es probable que desarrollasen una vida social tan complicada como los actuales simios. Estos no tienen depredadores que evitar en su ambiente, y han desarrollado complejas estrategias maquiavélicas para competir unos con otros. A veces se aduce este maquiavelismo como una de las fuentes del lenguaje, con el desarrollo de niveles más complejos de lectura de la mente del otro, pero es más probable que las estrategias maquiavélicas hubieran interferido con las capacidades de supervivencia de nuestros ancestros. De hecho lo que se potenció entre los ancestros humanos fue la cooperación, no la competencia con otros miembros del grupo.



"El único sentido en el que la vida social de los australopitecinos habría sido más rica que la vida social de los simios es precisamente en la atenuación de la competencia interna al grupo (y, en última instancia, en el nacimiento de la cooperación) que sigue inevitablemente cuando tienes que competir con miembros de otras especies, más que con miembros de tu propia especie". (115)


La potencialidad genética para desarrollar una vida social compleja existía, pero a veces la gente olvida que los genes no dictan el comportamiento, excepto en criaturas muy simples. Simplemente lo posibilitan. Son las circunstancias las que deteminan si esas posibilidades se realizan, y cuándo. El entorno se asegura de que quienes obedecen a sus genes, y no al entorno, sean eliminados.

Los gritos de alarma serían en los australopitecos un sistema de comunicación más parecido al de los monos que los tienen, diferenciados, que al de los simios. Y aunque estas llamadas de alarma no son "palabras", sí podrían haber supuesto un primer paso hacia el lenguaje, preparando a nuestros ancestros para las palabras, "acostumbrando a sus usuarios a la noción de que una señal pueda expresar algo más que meros sentimientos, necesidades y deseos" (117). Al menos dirigen la atención hacia un elemento objetivo del mundo externo (aunque no pueda decirse que lo signifiquen), y son gritos arbitrarios. Tienen así dos de las propiedades de las palabras.

El cambio climático, con las sabanas cada vez más secas, planteó presiones evolutivas y cambios de comportamiento a nuestros ancestros omnívoros. Hubo mayor tendencia a la dieta carnívora, menos con caza de acecho que con persecuciones de aguante. Allí da una ventaja la locomoción bípeda. Pero no se hace en grupos grandes, y se requiere también un desarrollo de armas defensivas, pues se es cazador y presa a la vez. Otra fuente de alimentos era la carroña. Pero los grandes felinos, hienas, etc., son carroñeros también, y siguen un orden de prioridad en su acceso a la carroña. Los humanos empezaron por la base de la pirámide: aprovechando la médula de los huesos. Esto también añadió presión para el uso de herramientas de piedra para partir los huesos. Este cambio de dieta, a su vez, propulsó el desarrollo cerebral, que requiere mucho consumo energético. Pero de por sí no hace surgir el lenguaje.

"Un cerebro más grande por supuesto habría venido bien una vez arrancase el lenguaje, y el propio lenguaje llevaría a seleccionar cerebros más grandes" (121)—pero hace falta explicar cómo se dio este desarrollo. Y "para el lenguaje, lo que se necesitaba no eran sesos, ni siquiera inteligencia. Sólo el nicho adecuado" (121).

Bickerton asocia este desarrollo a un cambio de dieta, y de status en la pirámide carroñera. De ser carroñeros de última fila, y comer médula, pasaron los homínidos a consumir la carne de grandes animales muertos, y a acceder a ella en primer lugar. Esto queda probado por el estudio de la posición relativa de las incisiones de dientes y de instrumentos de piedra en los huesos fósiles de grandes animales. En los más antiguos, las huellas de dientes vienen primero, y las de hachas después. En los más recientes, más recientes de dos millones de años, pasa poco a poco a ser al revés: primero llegan al hueso las hachas, y luego las huellas de dientes. Los grandes carnívoros no pueden acceder inmediatamente a los cuerpos de paquidermos, pues sus dientes no pueden desgarrar esa piel y han de esperar a que reviente. Pero las hachas de piedra sí pueden cortarla. Cita Bickerton estadísticas que calculan la accesibilidad relativa de grandes cadáveres en la sabana. Una organización de los grupos en torno al seguimiento de manadas, con vistas a una fuente de proteínas sistemática, y no ocasional, hubiera supuesto un cambio importante en la dieta y en el comportamiento. Son aspectos de la construcción de un nuevo nicho ecológico, como carroñeros de primera categoría. Una indicación adicional la proporciona la teoría de la búsqueda óptima de alimentos de Robert MacArthur y Eric Pianka, según la cual cualquier especie seleccionará, de entre los alimentos disponibles, los que proporcionen mayor cantidad de calorías en relación a la energía gastada en obtenerlos.

El inconveniente para pasar a carroñeros de primera era la presencia de los otros carroñeros alrededor de los cuerpos de paquidermos. La única ventaja posible de los homínidos, arguye Bickerton, estaba en los grandes números y en la cooperación, pero los grandes números se contradicen con la dispersión de la sabana y con los pequeños grupos en que trabajarían los cazadores-batidores. Ahí es donde entra en acción el factor lenguaje.

miércoles, 1 de abril de 2009

Doce últimos hombres





El año Darwin pega fuerte. Y el gripazo. Ayer se conjuntaron de tal modo que no pude asistir a la conferencia que tenía previsto en la Universidad, sobre la extinción masiva del Cretácico o finales. Así que en su lugar me escuché esta conferencia virtual de Carl Zimmer, "Darwin and beyond: How Evolution Is evolving" en Blip.tv, que no me ha traicionado como YouTube (ahora parece ser que es mi ordenador, el traidor, el único que no me deja ver YouTube). De hecho hay toda una colección de conferencias sobre evolución de Carl Zimmer en Blip, enlazadas a esa. Menos mal que tenemos a Zimmer para consolarnos malamente de la desaparición de Stephen Jay Gould. Hoy he empezado uno de sus últimos libros, I Have Landed, y me he emocionado con su dedicatoria, y he llorado porque ya no escribirá más libros... Adiós y hola desde aquí, Stephen.

Este libro me lo encargué en cuanto salió, pero lo aparqué mientras le hincaba el colmillo a The Structure of Evolutionary Theory, increíble arquitectura de palabras y conceptos en la que Gould integra en un razonamiento ordenado e increíblemente complejo, que hasta Hegel debería envidiar, todo lo que parecían curiosidades dispersas en sus anteriores libros. Como riff final para su obra, desde luego se debió quedar ancho, él que le gustaba asociar cosas aparentemente disparatadas de maneras sorprendentes, y ver que se tenía junto el castillo cada vez más alto de fichas de dominó, y subía y subía.





Otro libro que me acabo de encargar en cuanto lo he visto es The Last Human: A Guide to Twenty-Two Species of Extinct Humans, de G. J. Sawyer y Viktor Deak—una espectacular obra de divulgación sobre casi todos los humanos y homínidos conocidos. Hay que reconocer que varios de los "humanos" a que se refieren son primos muy lejanos: de los que ves y piensas "gorila", o "chimpancé" antes que "semihumano inquietante". Los ardipitecos y australopitecos y parántropos que ocupan la mitad del libro no son, probablemente, ni siquiera antepasados nuestros... más bien sus primos, quizá, aunque bien pudiera ser que alguno sí sea un tatarabuelo remoto. Y nada de esto es muy muy seguro.






Así por ejemplo el Paranthropus boisei hasta hace poco era el Australopithecus boisei; y antes fue el Zinjanthropus. Parece claro que pertenece a una línea derivada que no está entre nuestros antepasados, aunque sí tengamos un antepasado común, como lo tenemos con los chimpancés y gorilas. No llega tan lejos por cierto este libro, pues aunque es generoso con lo que considera "humano" no llega hasta los antepasados comunes con los simios—Oreopithecus o sus familiares próximos. Comienza en Sahelanthropus, que ciertamente no tenía que vivir en lo que hoy llamamos el Sahel, pues bien distinto sería en sus tiempos (aunque el libro subestime los cambios en la climatología africana). Y Sahelanthropus desde luego es un auténtico chimpancé a la vista—aunque en realidad no sepan si colocarlo mucho antes. La cuestión es que tenía al parecer caninos pequeños... un dato que lo aproxima a los humanos. Pero su fotografía es la de un chimpancé. Digo fotografía porque las ilustraciones son clave en el libro, admirables falsificaciones digitales que ayudan a imaginar lo que pudieron ser estos humanoides. La foto del boisei que nos muestran es la del cuñado de un gorila, no la de un humano, ni siquiera uno muy muy paleto. Estos aún no habían llegado ni siquiera a la fase de la caverna y el garrote.

Tampoco había alcanzado mucha inteligencia—ni mucha belleza, como su nombre indica—el Orrorin. Poco sabemos de él. Que era implume, sí. Bípedo, puede.

Y también son simiescos los diversos australopitecos: chimpancés que andan de pie—y que parecen por tanto extrañamente presuntuosos o con resabios de elegancia, como queriendo lucir tipo.



Aunque, allí está el arte del ilustrador, basta ponerles ojos humanos, con mucho blanco, a los photoshops de los australopitecos, para que adquieran inteligencia, y si no inteligencia para hacer sudokus, sí al menos un alma humana, una personalidad capaz de sentimientos y de amistad hacia nosotros.



De las ilustraciones que aquí figuran, el Homo rudolphensis del lago Turkana (antes lago Rudolph) es el primero al que en este libro se le concede blanco de los ojos, o quizá sólo amarillo, pero con un poquito basta.



Es importante, el blanco de los ojos. Sirve para ver a dónde está mirando la otra persona, de modo que contiene todo un programa de reflexividad y de "teoría de la otra mente" consigo. Instintivamente reconocemos, en alguien que mira de reojo, a un congénere. Las miradas de reojo son por tanto especialmente chocantes en los rostros no humanos, como el de este orangután—



o el de este otro australopiteco:






Estas ilustraciones no vienen de The Last Human: como digo, allí es el Rudolfensis el primero que mira meditativamente. ¿Serían capaces de reconocer los sentimientos e intenciones del otro, de trazar planes maquiavélicos, de proyectar el futuro? La mayoría no sabe, no contesta—su mirada es inexpresiva. La mirada de Boisei, aunque mire un poquito de reojo, es opaca, indicativa de encefalograma plano detrás, o de vocación de mascador de plátanos y tallos tiernos, todo lo más. A Lucy y a su hija se les concede cierto encanto en The Last Human, un poquito a lo Helena Bonham Carter en El Planeta de los Simios. Pero por muy monas que sean, son monas y nada más. No tienen aquí vida interior.




Mirad en cambio, qué sabiduría resignada, y qué melancolía profunda de cantante de blues, en este Homo Erectus reojado:




Por contra, a este aborigen más moderno no le han sacado el blanco de los ojos en la foto, y como resultado está el hombre demasiado poco comunicativo, cejijunto:



Hay que recordar que el blanco de los ojos fosiliza mal.

Lo de la vida interior, por cierto, supongo que depende de un rico universo social y simbólico; depende primero de tenerlo fuera, y luego de interiorizarlo. O de desarrollarlo en una dialéctica dentro-afuera, entiéndaseme. Aquí hay una teoría sobre la interiorización de nuestro trato con los demás, o sobre cómo nos amueblamos por dentro con los símbolos del mundo externo: "Goffman: El teatro de la interioridad". Esto me recuerda que había una teoría semejante sobre la creación de una interioridad en Nietzsche, en La Genealogía de la Moral. Allí iba más ligada la creación de esa moral y de esa interioridad a la violencia, la dominación y las relaciones de poder. En todo habrá un ápice de verdad, al menos.

A lo que iba–en este libro, no hay gran cosa de la interioridad, no llegamos hasta ahí, pero sí sobre la aparición de la capacidad simbólica. Un fenómeno que prefieren no describir como evolutivo (en el sentido de "lento", por selección natural, etc.) sino como emergente, una súbita explosión de capacidades que sin embargo quedan así, a bote pronto, muy mal explicadas. Una vez más, tendremos que integrar la evolución del simbolismo en el seno de la evolución, supongo.

Es inevitable que dentro de cien años se reirán (si les queda risa) de las magníficas ilustraciones de este libro, que les parecerán como nos parecen ahora las de neandertales jorobados, con nariz de borrachín y con garrota (que igual sí eran así...). Pero entre tanto, es una historia plausible que nos cuentan los antropólogos e ilustradores. Insisto sin embargo que de los ventidós "humanos" sólo hay aquí doce con luz en los ojos, y —será casualidad—son todos los homos. Creo que sólo a éstos se les concederían hoy derechos humanos, en lugar de derechos de los Grandes Simios. O igual habría que inventar unos derechos menos erectos... Por suerte o por desgracia, la extinción y el genocidio nos han librado del dilema.

Así pues, veo en The Last Human algunos humanoides, primates y parántropos, pero sólo doce especies humanas: Homo rudolfensis, Homo habilis, Homo ergaster, Homo georgicus, Homo erectus, Homo pekinensis, Homo floresiensis, Homo antecessor, Homo rhodesiensis, Homo heidelbergensis, Homo neanderthalensis, Homo sapiens.

Curioso elemento, éste, el Homo sapiens. A veces vive tan en cueros como un australopiteco, y sus conocimientos de cibernética no van mucho más allá. Pero tiene sin embargo un universo simbólico que le hace acicalarse, y ponerse piercings, y contarse historias de cómo los Dioses crearon al primer hombre—del barro salió, dicen.


Siempre me han gustado las historias de últimos hombres—desde el Planeta de los Simios—y luego First and Last Men de Olaf Stapledon, Earth Abides de George R. Stewart, y también, antes de todas éstas venía, The Last Man, de Mary Shelley. He pensado muchas veces en cuál debió ser el fin de los neanderthales, y de los Hombres de Flores, las últimas especies humanas con las que hemos coexistido. Quizá unos eran ogros para nosotros, y los otros enanitos... ¿Fueron exterminados? ¿Esclavizados? ¿Arrinconados? ¿Ignorados en la medida de lo posible?

En todo caso, la idea de la evolución como un ascenso gradual de los simios a los humanos queda transformada con esta sobreabundancia de eslabones perdidos que han surgido en el último siglo. Ahora se plantea la relación de coexistencia o rivalidad no sólo entre tribus o naciones de la edad de piedra, sino también entre distintas especies de humanos y humanoides que coexistían, expandiéndose algunos de ellos fuera de África. Como sigue dándose todavía, esa extraña coexistencia, aunque algo más desdibujado queda el tema, entre nosotros y los grandes simios. No me olvidaré del imponente gorila del zoo de Madrid, sentado como el Pensador de Rodin, mirando al público que lo miraba, con una tristeza, una impotencia, y un resentimiento infinitos—a menos que me los esté imaginando yo.

El Último Hombre... el último hombre ha existido ya muchas veces: once veces, al menos. También el último parántropo. Y una vez extintas todas las especies queda, esta vez sí, por vez primera... el último hombre, hipócrita lector, monstruo refinado al que conoces. Al que le sujetas la mirada en el espejo.

En este libro The Last Man sale el último hombre plantando una bandera en Marte, wishful thinking de momento. Y quizá, quizá la pinche... un lasting last man. Pero eso no le librará de la extinción, a la que todo va abocado. 

Esta mañana andaba por el campus, veía muchos homo sapiens como yo, afanándose aquí y allá, haciendo sus planes y acuerdos, hablando por sus teléfonos móviles, organizando la distribución del trabajo, andando entre esas curiosas conchas móviles, multicolores, que de repente han ido apareciendo por todas partes. Y me ha parecido una cosa tan rara, tan atípica, una demencia súbita (fascinante, eso sí), una burbuja de actividad frenética después de dos millones de años de caminar por la sabana.... La realidad cotidiana que tan sólida nos parece es una apariencia, es nuestra Caverna, la Caverna de la que creíamos haber salido para estudiar filosofía.



... no durará, no. Nada dura, por largas que sean las historias de la Historia, ese noticiario de anteayer. El Último Hombre, todos lo somos.








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