jueves, 26 de marzo de 2020
lunes, 14 de enero de 2019
Retropost (14 de enero de 2009): Darth Peluche
Recurso al diario
jueves, 30 de agosto de 2018
Retropost (30 de agosto de 2008): Wall.E
Está logradísima por todas partes, desde el mensaje ecologista hasta las alusiones intertextuales y el diseño gráfico inmejorable (hay que ver los reflejos en la ipódica Eva para creerlo). Está llena de detalles simpáticos, y muy lograda está la expresividad de los robots con elementos gestuales minimalistas. Y la ironía sobre sí misma, presentándose al final de los créditos la película como producida por la misma corporación siniestra que acabará por hacerse con el control de toda la economía y convertir el planeta en una basura espacial; un toque inquietante. Y es que también hay (cómo no) un elemento de resignación ante el mundo-basura: la vida sigue, aunque sea en precario (hasta entre los gordos en sus sillones flotantes) e incluso los robots siguen siendo humanos, por mucho que se degrade el entorno. Por otra parte, no va sobre el futuro, sino sobre el presente: la imagen del Axiom con sus gordos flotantes es la América vista por los ojos de un inmigrante del Tercer Mundo. Es Wally (quizá negro, quizá inmigrante, en todo caso currante marginal) quien representa esa perspectiva no americana, una visión de cordura que ve el crucero distópico de la Axiom como una demencia inhumana y degradante—la América de la realidad virtual, y el consumismo insensato, y el supersize me. Aunque lo mismo que hace, deshace, la película: en el mundo que nos retrata, parece que sólo existen los americanos y su nave espacial capitalista autosuficiente, como si ésta en realidad fuese despegable del planeta y tuviese la opción real de dejarlo atrás hundido en la basura. Brilla por su ausencia la humanidad no americana: el problema de la Tierra es una actitud americana, aquí, una cuestión de mentalización. No sé si los gordos volveremos a la tierra, pero lo que está claro es que a los sillones flotantes los hace flotar algo; en Walle nos venden, a la vez que la denuncia, la fantasía de que flotan solos.
miércoles, 8 de noviembre de 2017
Retropost #1856 (8 de noviembre de 2007): Massive Shirt-Loss for Precipitant Investors
Publicado en Sin tema. com. José Ángel García Landa

Estoy leyéndome a pequeñas dosis Infinite Jest, la monumental novela de David Foster Wallace (1996), una especie de cóctel entre Pynchon y Barthelme sólo apto para ciertos paladares especializados (como el mío). Abstenerse de recomendarlo a amantes de la literatura así en general—aunque algunos sí apreciarán su creatividad lingüística y su ironía despiadada.
La acción tiene lugar en un futuro/presente alternativo, una postmodernidad que ya gira en vacío produciendo sus complots y fenómenos paraculturales de modo incontrolado, donde un mundo conectado por un InterLace informático/televisivo va consumiendo ficciones indistinguibles de la realidad. La infinite jest comienza desde la página de copyright, que nos avisa de que "Any apparent similarity to real persons is not intended by the author and is either a coincidence or the product of your own troubled imagination"—bien, también me tomaré un poco a broma la prohibición de reproducir fragmentos, porque quiero llamar la atención sobre un excurso que anuncia la burbuja de las empresas en red en 2000, o "the dotcom bubble" como se la viene conociendo, y otras burbujas que sin duda nos esperan en el presente, pasado y futuro indistinguibles. Profecía, profecía, pero basada naturalmente en la observación.
Bien, el caso ficcionalizado en la novela es el desarrollo de la videotelefonía. Resulta que tras un desarrollo espectacular de los videoteléfonos, se hunde el negocio cuando la gente descubre que le horrorizaba la manera en que aparecía en la pantalla ante los demás, con caras de memo, distorsionadas (ver aquí), caras poco gustables. Y se desarrolló un comercio de máscaras idealizadas primero, para hablar por teléfono, luego de imágenes retocadas, etc.—que a su vez llevaban luego a avergonzarse del propio aspecto en los encuentros en directo—hasta que por fin quebró todo y la gente se dio cuenta de que ofrecía mejor imagen de sí en la vieja telefonía sonora sin más, mejor que en la llamada videophony (de phony). De ahí que el mundo de Infinite Jest mezcle aspectos futuristas con otros retro. Bueno, pues esta es la lección sobre el mercado tecnológico que extrae el narrador, profetizando como digo la crisis de las dotcom... para quien se hubiese leído el libro, y se lo aplicase. Volveremos a repetir la misma maniobra, supongo, esta vez con las empresas dospuntocero, y otras que vendrán.
And of course but these advantages were nothing other than the once-lost and now-appreciated advantages of good old Bell-era blind aural-only telephoning, with its 6 and (62) pinholes. The only difference was that now these expensive silly unreal stylized Tableaux were being transmitted between TPs on high-priced video-fiber lines. How much time, after this realization sank in and spread among consumers (mostly via phone, interestingly), would any micro-econometrist expect to need to pass before high-tech visual videophony was mostly abandoned, then, a return to good old telephoning not only dictated by common consumer sense but actually after a while culturally approved of as a kind of chic integrity, not Ludditism but a kind or retrograde transcendence of sci-fi-ish high-tech for its own sake, a transcendence of the vanity and slavery to high-tech fashion that people view as so unattractive in one another. In other words a return to aural-only telephony became, at the closed curve's end, a kind of status-symbol of anti-vanity, such that only callers utterly lacking in self-awareness continued to use videophony and Tableaux, to say nothing of masks, and these tacky facsimile-using people became ironic cultural symbols of tacky vain slavery to corporate PR and high-tech novelty, became the Subsidized Era's tacky equivalents of people with leisure suits, black velvet paintings, sweater-vests for their poodles, electronic zirconium jewelry, NoCoat LinguaScrapers, and c. Most communications consumers put their Tableaux-dioramas at the back of a knick-knack shelf and covered their cameras with standard black lens-caps and now used their phone consoles' little mask-hooks to hang these new little plasticene address-and-phone diaries specially made with a little receptacle at the top of the binding for convenient hanging from former mask-hooks. Even then, of course, the bulk of U.S. consumers remained verifiably reluctant to leave home and teleputer and to interface personally, though this phenomenon's endurance can't be attributed to the videophony-fad per se, and anyway the new panagoraphobia served to open huge new entrepreneurial teleputerized markets for home-shopping and -delivery, and didn't cause much industry concern. (Infinite Jest, 1996, 150-51)
Veo desde aquí el fin de la era de los blogs, estos dioramas idealizados o máscaras retocadas que nos ponemos... O que algunos ponen encima de una cara vacía de maniquí, para crear sujetos virtuales que nunca pisarán las calles. Una vez estalle la blogosfera como una globosfera demasiado inflacionada, será el momento de los espacios personales tipo facebook, accesibles vía teléfono móvil. Mientras duren.
Bueno, pues avisados van todos los que invierten demasiado en estas cuestiones de tecnología de la imagen y la comunicación. Y no sólo dinero, sino también tiempo y energías y esperanzas.
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PS (2009): Comparar las irónicas reflexiones de Foster Wallace con los gráficos que describen el Hype Cycle según los analistas de Gartner. También especialmente aplicable a las nuevas tecnologías y gadgets.
jueves, 21 de abril de 2016
Retropost #863 (17 de abril de 2006): Restlessness
Voy a la FNAC. Miro los iPods - I wish I could buy one, pero nunca es el momento. Y what’s the point, igual perdía la gracia entonces el aparatito, desencanto from the eye of the beholder. Y tampoco me iba a proporcionar a mí "calm of mind, all passion spent". (¿Quizá luego un brazalete con GPS, why not?). Y sin embargo me encantaría comprarlo... Restlessness.
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miércoles, 30 de marzo de 2016
Retropost #793 (3 de marzo de 2006): La utilidad de los números romanos
Qué difícil ver en los discos de hoy en día la fecha en la que han salido. Letra microscópica para la fecha; a veces ni figura. En los DVDs, buéenoooo... información confidencial, secreta y guardada bajo siete llaves con mucho cuidado. Como si fuese la vergüenza de la familia que una película sea de hace dos años, o doce, y no de éste. En los créditos finales, aparece la fecha en números romanos, preferentemente ilegibles (para los americanos, como si se los ponen en números mayas). En los libros tradicionalmente salía la fecha en la portada. Ahora ha pasado a un rincón discreto de la página de copyright. Algunos ya la ponen en una de las páginas finales, también con letra de pulga.
Y es que todo caduca, enseguida caducará antes de haber sido lanzado o publicado. Es una vergüenza para un producto tener más de un año. Si es una reedición de un clásico, pues al menos que sea de hoy, o mejor aún presentarla como si aún siguiese escribiendo el tío. El mercado potencia la cultura de usar y tirar; todo producto del año pasado está desacreditado como no lleve al menos el barniz de este año. Sólo vale lo nuevo, lo recién hecho; lo viejo es una porquería vergonzosa, no sé ni cómo se atreven a venderlo aún. Deberían sacar la producción cultural en formatos que se autodestruyeran con el cambio de año.
domingo, 10 de julio de 2011
Quedarse inmóvil unos segundos
Entre la colecta de libros para el verano, me compré Intervenciones, de Michel Houellebecq, y me ha gustado su ensayo "Aproximaciones al desasosiego", no sólo el título. Houellebecq mira de manera ácida y desapegada la civilización postcapitalista e hipermediática en la que vive, y en el ensayo expresa el desarraigo que se siente en la época de aceleración consumista y proliferación de modas e imágenes.
Es también una defensa de la literatura, arte conceptual por excelencia: sus mundos virtuales dice que nada tiene que temer de la realidad virtual de los ordenadores, pues ya de por sí sustituye a la misma realidad y proporciona una inmersión en un mundo aislado y propio—y sin embargo la gente no saca tiempo para leer, como no saca para otras cosas, y es guiada por las imágenes del consumo descerebrado y acelerado.
Pretende Houellebecq escribir novelas totales, donde quepa de todo, ciencia y reflexión también, y que la forma cuide de sí misma—lo que él quiere sugerir es más bien un cierto impulso o movimiento, y eso hace que sus textos se lean bien la primera vez pero quizá no se dejen releer mucho, es también arbitrario y simplista a veces, con toda su complejidad. Este es el final del ensayo y loa a la literatura en la era de la información:
(Me pregunto, por cierto, si hacer un blog misceláneo y sin comentarios como éste no será una mezcla extraña o imposible no sólo de ficción y reflexión, sino también de inmersión en el consumismo informativo y de ... revolución fría, o aislamiento de ese flujo. Termina así Houellebecq:)
