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sábado, 21 de diciembre de 2024

Gillian Beer on Gambling in the Novel

 

Summary notes taken by J. A. García Landa, from Gillian Beer's lecture "Gambling in the Novel", given at the University of Cambridge (August 1, 1990). 

 


Gambling in the Novel    - Gillian Beer

Gambling in the novel is related to the anxiety provoked in the reader by fiction —the anxiety of the reader to choose different passways, to predict possible outcomes.  Reading as wagering—there is frequent gambling in Victorian fiction.

Carey's Oscar and Lucinda. The shock of having a gambler as a moral centre... and a shock of an explicit moral centre in postmodernism.

Oscar and Lucinda are people who take risks and chances, and look for new possibilities. Pascal's wager as a point of reference: a wager for the presence of the world and God; —living as betting. The problem of the novelist is making a disordered world: writing is already made, ordered. The reader's helplessness: the reader is in a game where skill can always be overcome by chance (by the already written). Cf. Hopscotch. Cf. also comics, which foreground narratological tricks. The plot in Oscar and Lucinda is disrupted by chance. Crossing of two ssytems of belief: Victorian order and posmodern meaning-through-chaos (or: teleological vs. stochastic). Reliance on numercial frequency, statistics, rather than laws. Compare with evolutionary theory in the 19th century: biology is already a narrative, not a system of fixed types. 

Dostoevsky's The Gambler: human control, money, property, the idea of fortune of man, all together in a life project as "slow gambling." 

Thermodynamics can also be seen as a narrative of change: a problematic future is announced by bothe thermodynamics and evolutionary biology, in opposition to the high confidence of imperial control in the Victorian period.

Gambling appears in 19th-c. fiction as a little figuration, a symbol of the problem of staying on top and keeping control. Games of chance and novels alleviate or figure the problem of determining the future. Narrative genetics: the writer is always in control. —But somebody else too? Modern mathematics disregards the asserts that even laws in simple systems do not produce predictable results, but their own form of chaos. 

Hardy exploits gambling in order to resolve the plot of The Return of the Native. The gambler is persuaded of the efficacy of gambling: —> the reader is persuaded by Hardy of the efficacy of fiction. The "reader" watching the gambling scene makes them play again, and wins back everything. But a vertiginous losing again. Hardy displays the absurdity of our belief in narrative fiction and its logic. With a slackening of the rules of play in narrative fiction, there is a growth of gaming scenes. Maxwell presages postmodern fiction.

Thomas Pynchon's The Crying of Lot 49: Another version of the wager applied to narrative. The wagerer is naked, losing at strip poker; we think we know the narrative rules, but they are arbitrary and can collapse. Rule-breaking is important both in the novel and in gambling.

The vocabularies of gambling and insurance are the same: Insurance as bourgeois gambling, gambling in reverse. 

Little Dorrit: the Stock Exchange as gambling. Stock holding in The Major of Casterbridge is also dangerous. 

Gambling is seen in Victorian age as degrading, there it mixed social classes. Whist is also dangerous. A fascination with both futurity (death of the sun) and laws of chance. Game playing as a way of giving the problem a visible form. George Eliot was disgusted by gambling. But in Daniel Deronda she uses gaming as a narrative analogue and an analogue for anxiety about the future. 

Scenes of gambling are often told from the point of view of the spectator (the reader too is a kind of voyeur). The power position of the watcher (a gendered position too in Daniel Deronda). Anxiety is greater when women gamble (Esther Waters by Moore, The Gambler by Dostoevsky). 

Gambling as elation and momentary freedom for the deprived. A disapproval of women taking chances and flouting the slow pace of "insurance" (a secure husband). Also in Thackeray's Vanity Fair. Women trying to get out of society's control, etc. "Always in extremes", the gambler shifts between orgiastic failure or winning sought indifferently. In Trollope gambling is implicated in all types of decision-making in Victorian society (Captain Scarborough). 

According to Winnicott, the taste for games is previous to identity-establishing. Or see also Freud's example of the fort-da game, which makes the child gain authority and power... as long as there is an adult watching.Think of iterative games in Beckett. Freud's are played in order to keep the toys inside the cot: —as opposed to external gambling.

An obsession with gambling in Victorians: at the thermodynamical, social, and fiction-communicative levels. Stastistics vs. individuality in the Victorian novel. The gambler stakes all in an outcome, he needs to control inheritance or property. Gambling as a way of setting a plot in motion, opening possible futures. Fiction accelerates the "slow gambling" of life and allows us to see society from that perspective.

 

 

 


Emmanuel College




Diez mil millones de años luz de evoluciones

 

 

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viernes, 22 de septiembre de 2023

Snowboarding Crow

 

jueves, 1 de marzo de 2018

Retropost #2032 (29 de febrero de 2008): Arte cetáceo




Quienes no conocemos a los delfines nos sorprendemos constantemente de las cosas que son capaces de hacer. De hecho, yo creo que hasta quienes creen conocerlos bien se llevan sorpresas de vez en cuando. Uno piensa, por ejemplo, que los delfines de los acuarios hacen juegos y acrobacias por obtener una recompensa—por mucho que se vea que se lo pasan en grande. Pero viendo estos delfines jugar con los aros de burbujas, queda claro que lo hacen por el puro deleite en la forma y en la actividad en sí—vamos, que según los criterios de Kant serían unos puros artistas. De una forma de arte efímero propia de los delfines, seguramente—pues deben llevar haciendo cosas de estas bastante más tiempo que los artistas del tabaco.

Más sobre argumentos kantianos, y seres cuasi-angélicos, en mi comentario al blog de Víctor Gómez Pin.







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domingo, 2 de febrero de 2014

El Gran Juego


El gran juego de la realidad y de la política: Homo actor, Homo pugnans y Homo ludens son la trinidad en la que se manifiesta la naturaleza única de Homo sapiens.  

Voy leyendo El sello indeleble, frase de Darwin y libro así titulado por Juan Luis Arsuaga y Manuel Martín-Loeches (Debate, 2013).  En el capítulo sobre la naturaleza social del hombre, parte de su "sello indeleble" que lo hace a la vez humano y animal (animal a su manera), se habla más explícitamente de lo que se suele de la naturaleza guerrera de los grupos humanos. De esto hablamos en Somos hijos de la guerra, y más habría que hablar todavía. Pero aquí juntan la discusión los autores, de modo interesante, a las nociones de la vida como teatro, y de la realidad social como ficción construida y juego—partiendo de Huizinga y su Homo Ludens. Todos actores, y la guerra va unida a la preponderancia y actuación de los principales actores, los jefes y líderes. Una teoría (asociada a Marvin Harris y otros) que matiza o afina la teoría de nuestro origen guerrero. El hombre es una especie de por sí grupal, tribal y competitiva, que explota o expulsa a otros grupos humanos—o compite agresivamente con ellos. Pero a la vez, la dinámica guerrera se ha acentuado en una determinada fase de la historia. La que conocemos, a grandes rasgos, como la fase civilizada. Paradoja para rumiarla.

Arsuaga, gran fan del fútbol, ve en la violencia simbólica un sustituto útil de la violencia real para dar salida a nuestros instintos agresivos y a las dinámicas tribales primarias. Ya señalábamos la gran importancia del fútbol para la estructuración de la realidad, su dimensión fenomenológica por así decirlo. No, si se puede sostener —desde otro punto de vista, pues aquí aborrecemos el fútbol— que cuando la realidad está hecha de fútbol, y ha sido fagocitada por éste, es por razones muy ligadas no sólo a las circunstancias políticas de la sociedad moderna, sino también al sello indeleble éste que llevamos estampado en las meninges.

Y en fin, que este fragmento que cito a continuación también se relaciona con otro de los temas que tratamos aquí con frecuencia, aparte de la evolución y de la explotación del hombre como principal fuente de recursos para el hombre-lobo. Tema, digo, que es la teatralidad de la vida cotidiana, la estructura dramatúrgica de la psicología, de las relaciones y de la actuación humana. La virtualidad de la Matrix constituida por el Gran Teatro del Mundo que se infla como un globo-mapamundi, flota como él en la nada, y puede pincharse casi igual de fácil.

Me callo y cito, si citar es callarse—el fin del capítulo 6:

Somos primates sociales, y la existencia de relaciones jerárquicas dentro de los grupos parece algo intrínseco a nuestra especie; nuestro cerebro está especialmente preparado para ello. En cualquier caso, estos líderes de grupos pequeños [en sociedades primitivas de cazadores-recolectores] no serían jefes en el sentido estricto del término.

Con el surgimiento de las jefaturas, sociedades con una jerarquía estricta, el fenómeno de la guerra parece que se volvió más exagerado y frecuente. Fue el momento en el que surgieron los jefes intocables y todopoderosos, verdadero caldo de cultivo para las guerras. A este fenómeno debió de contribuir el hecho de que en los grupos más numerosos, con una cantidad de individuos superior a 200 y, por tanto, más difíciles de manejar mentalmente, las relaciones entre sus miembros debían de quedar definidas por una función por una categoría. Cuando se alcanza esta situación de impersonalidad es cuando pueden aparecer muchos de los fenómenos mentales y sociales de los grupos grandes de humanos mencionados anteriormente. La categoría de "jefe" se aplicaría así a un rol, a una función, y sobre todo, a unas características que pueden perfectamente alejarse del verdadero personaje que asuma ese papel en un momento dado. La lejanía entre los miembros del grupo es suficiente también como para que la mayoría de ellos no hayan tenido un trato cercano y directo con el líder y, por lo tanto, lo ignoren todo de él. Es entonces cuando se puede llenar ese vacío de conocimiento real con unos contenidos y unas capacidades, a veces incluso sobrenaturales, que se le suponen al líder solo por el hecho de ser la persona que ostenta ese título. Efectivamente, el jefe acaba siendo alguien muy especial, incluso una divinidad, alguien a quien hay que obedecer ciegamente, alguien por quien merece la pena luchar y matar y, si hace falta, morir.

El fenómeno debió de volverse cada vez más complejo a medida que los grupos aumentaban cada vez más de tamaño. Especialmente complejo, para nuestra limitada mente, cuando los grupos superaron los 10.000 individuos y empezaron a surgir los estados. Los estados son, según Marvin Harris, una forma exclusivamente humana de agrupación a la que tiende naturalmente nuestra especie, como lo demostraría el hecho de que haya surgido de manera independiente en diversas partes del mundo.

Pero las guerras, como los estados y tantas otras cosas, en el fondo no son más que un juego; un gran juego. El ser humano lucha por conceptos, por ideas, sean estas una nación, un dios o unos ideales. A veces, todo junto. Todos ellos no son otra cosa que meros conceptos mentales, sin más realidad material que la que les otorga nuestro cerebro. Cuando hacemos la guerra, puede que solo estemos jugando, aunque lo que nos juguemos sea la vida.


"Homo ludens"

El ser humano destaca por ser tremendamente propicio al juego. El historiador holandés Johan Huizinga sugirió que nuestra especie podría llamarse Homo ludens (este es, de hecho, el título de su libro publicado en 1950). Para Huizinga, todas las culturas no son más que un mero juego, y cumplen una función lúdica. Es probable que la cultura humana tenga su origen y gran parte de su razón de ser en los mismos mecanismos que el juego.

El juego no es un fenómeno exclusivo de nuestra especie; muchas otras lo practican durante su infancia. Es una actividad muy destacada en los primates, especialmente en algunos grandes simios, como los chimpancés. El juego parece ser una actividad muy preponderante en especies con un marcado carácter social y que en la edad adulta presentan un comportamiento más flexible. Sin embargo, en nuestra especie se daría el curioso fenómeno de que el juego no disminuye en intensidad con el inicio de la edad adulta, llegando en ocasiones a invadir nuestras vidas hasta sus más íntimos rincones.—
 
[Se sugiere aquí, o puede sugerirse, que la propensión humana al juego deriva en parte de las peculiaridades de la flexibilidad cerebral humana—ese cerebro que viene a un mundo social todavía sin terminar de hacer, y que se inserta así en una matriz social que lo estructura desde dentro, con el lenguaje y el orden simbólico. La naturaleza lúdica y simbólica de la realidad va por tanto unida en cierto modo al carácter altricial del ser humano, y al papel que la neotenia ha tenido en la evolución—algo ligado a su vez, en parte, a la locomoción bípeda y al desarrollo craneal. También es la "vida interna" de ese cerebro, en diálogo directo consigo mismo e indirecto con el mundo, el que lleva al desarrollo de una realidad virtual superpuesta a la realidad física, y estructurándola —JAGL ] 
 
 —Jugar es divertido, o al menos gratificante. El juego llena el cerebro de opiáceos naturales, que  refuerzan y motivan las acciones que estemos llevando a cabo. Esta liberación de sustancias similares a algunas drogas, pero producidas por el propio cerebro y de mucha menor potencia, no solo facilita el trabajo coordinado de diversas acciones de nuestro cerebro, sino que además atenúa y minimiza los conflictos sociales.

Somos primates altamente sociales y, gracias al juego, principalmente durante la infancia, desarrollamos nuestra capacidad para entender lo que es una jerarquía y lo que esta implica. Jugar nos ayuda a desarrollar nuestro lenguaje y nuestra capacidad de comunicación, a aprender y a siguir unas reglas que determinan la convivencia. Con el juego aprendemos a ser humanos. Lo curioso en nuestro caso es que no dejamos de jugar durante el resto de nuestras vidas. El ser humano adulto realiza un juego social muy complejo, con numerosas normas, roles, derechos y obligaciones, con multitud de interrelaciones que hay que entender y memorizar, por lo que ejercitar estas habilidades mediante la actividad lúdica durante el desarrollo resulta absolutamente imprescindible. Entre otras cosas, porque el juego nos permite reconocer la posibilidad de que otros individuos tengan ideas y pensamientos distintos de los nuestros.  Y, lo que es muy importante, también nos permite reconocer que puede (y suele) haber tramposos. Con el juego infantil, que de alguna forma reflejará lo que será el juego de la vida adulta, el niño humano aprende que no todo son buenas intenciones, que hay competencia y que unos ganan y otros pierden. Podría decirse que el ser humano vive inmerso en un gran juego durante toda su vida.
 


Que incluso la guerra se pueda entender como un juego y que la especie humana sea propensa a ella, especialmente si vive en grupos muy grandes, explicaría algunos fenómenos humanos aparentemente muy extraños, pero a la vez tan cotidianos, como la pasión de las masas por los deportes, especialmente si se juegan en equipo.

Para algunos autores, el ser humano es único en exhibir las más variadas y sorprendentes formas de demostrar que se está bien adaptado, que se está en forma y que se es un candidato idóneo y preferible con quien tener descendencia. La guerra puede haber sido de algún modo una de esas formas de exhibirse, de mostrar que se es de los mejores física y mentalmente. Además, en la guerra hay no solo un jefe supremo y otros tantos mandos organizados jerárquicamente; también hay combatientes, guerreros valerosos y héroes. Curiosamente, en el deporte se dan muchos paralelismos con la guerra. la pasión y el entusiasmo con que una gran parte de la población humana de todo el planeta se relaciona con el mundo del deporte nos tienen que poner sobre aviso de que es probable que estemos ante algo que verdaderamente forma parte de lo más esencial de nuestra naturaleza. En la afición al deporte, muchos seres humanos se ponen de parte de un equipo, lo siguen con sumo interés en todas sus batallas e implican de lleno a su sistema emocional. Si el equipo pierde, sufren, y si gana, estallan de alegría. Los seguidores celebran en masa las victorias de su equipo de una manera muy poco discreta, y se produce una verdadera orgía de hormonas en sus cerebros. Sí, se puede vivir pasionalmente el deporte incluso sin ser deportista. Es más, se suelen destinar al deporte enormes sumas de dinero, cantidades que de por sí mismas podrían ayudar a paliar de manera notable muchos de los problemas más básicos y acuciantes del tercer mundo. Sin embargo, se están invirtiendo en el hecho de que, por ejemplo, grupos de personas adultas en pantalón corto den patadas a una pelota que tienen que meter entre tres palos. Así es el sistema moral de nuestra especie; y así es el ser humano, imperdonablemente amante del juego. Si queremos realmente definir y entender a nuestra especie, no nos debemos olvidar de este tipo de cosas.

El deporte, en especial el deporte de equipo, es un buen sinónimo y sustituto de la guerra. El deporte llena el vacío que necesitan nuestros instintos guerreros, y esta es posiblemente una de las principales razones de su tremendo éxito. Entre el deporte y la guerra, como decíamos, existen numerosos y sospechosos paralelismos. En la guerra hay naciones, estados, reyes, príncipes, héroes y soldados; estrategias, objetivos y batallas; himnos, banderas, colores (que se defienden con la vida), vencedores, vencidos y premios; campos de batalla y, sobre todo, un impresionante baño de nuestros órganos en adrenalina y una tremenda demostración de fuerza física— 
 
[y, en la guerra, también de inteligencia tecnológica, organizativa, estratégica y maquiavélica, añadamos—JAGL] 
 
— llevada al límite de nuestras capacidades. Pues bien, más allá de la mera práctica del deporte, del ejercicio para mantenerse en forma, toda la parafernalia que lo rodea hace un uso demasiado evidente de todos estos conceptos guerreros. Hay quien dirá que el deporte no es más que un juego. Sí, es cierto, pero es un juego que muchos seres humanos parecen tomarse muy en serio Así es como jugamos los humanos. Cuando el filósofo Ortega y Gasset habla del "sentido deportivo y festival de la vida" no podía mostrarse más acertado.




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sábado, 13 de julio de 2013

Implicarse en el juego

En el juego hay que implicarse, y si no se consigue, no se juega bien ni a gusto. Algo al respecto decía Huizinga en Homo ludens—la experiencia auténtica del juego, la inmersión en ese ámbito aparte de lo no-serio, ese paréntesis en la realidad, implica paradójicamente tomarse el juego en serio, atenerse a sus reglas, y olvidarse momentáneamente de lo que rodea al espacio de juego y a los jugadores. 
 
Sigue en esto el juego la lógica de la teoría de los marcos; el espacio virtual inserto en un espacio conceptual mayor funciona según sus propias normas, y es capaz de concentrar toda la atención de los sujetos, sujetos al juego, y malos jugadores si desbaratan las barreras invisibles que lo aíslan de la realidad circundante, ese otro juego.

Algo parecido sugiere Gadamer en su ensayo "Hombre y lenguaje" de 1965. Cito un párrafo sobre diálogo y juego:

Como he mostrado en otro lugar [Cf. I, 461 s.], la forma efectiva del diálogo se puede describir partiendo del juego. Para ello es preciso liberarse de un hábito mental que ve la esencia del juego desde la conciencia del sujeto ludente. Esta definición del hombre que juega, popularizada sobre todo por Schiller, sólo capta la verdadera estructura del juego en su apariencia subjetiva. Pero el juego es en realidad un proceso dinámico que engloba al sujeto o sujetos que juegan. Así, no es pura metáfora hablar del juego de las olas, del juego de los mosquitos o del libre juego de las articulaciones. La fascinación del juego para la conciencia ludente reside justamente en ese salir fuera de sí para entrar en un contexto de movimiento que desarrolla su propia dinámica. Hay juego cuando el jugador toma el juego en serio, es decir, no se reserva como quien se limita a jugar. De las personas que son incapaces de hacer esto solemos decir que no saben jugar. Mi idea es que la naturaleza del juego, consistente en estar impregnado de su espíritu—espíritu de ligereza, de libertad, de la felicidad del logro—y en impregnar al jugador, es estructuralmente afín a la naturaleza del diálogo, que es el lenguaje realizado. El modo de entrar en conversación y de dejarse llevar por ella no depende sustancialmente de la voluntad reservada o abierta del individuo, sino de la ley de la cosa misma que rige esa conversación, provoca el habla y la réplica y en el fondo conjuga ambas. Por eso, cuando ha habido diálogo, nos sentimos "llenos". El juego de habla y réplica prosigue en el diálogo interior del alma consigo misma, como definió Platón bellamente al pensamiento. (Verdad y Método II 150-51)

Lo que se aplica a esa invaginación que es el juego se aplica a la vida en su conjunto. Tampoco sabe vivir, tendemos a creer, el que no se toma la vida en serio, a pesar de sus arbitrariedades e insustancialidades. Es una idea que a veces me gusta aplicar al fútbol—la teoría del fútbol como sustancia de la vida. Parece que de algún modo pide una esfera este tipo de razonamientos globales, que implican a toda la realidad, como el Ser de Parménides. El fútbol es, de por sí, y más dado su uso desproporcionado en España, una actividad irrelevante y estúpida, escandalosamente arbitraria. Su único mérito para atraer la atención (más que el balonmano pongamos, o que el water-polo) reposa en un razonamiento circular o esférico—atrae la atención de uno porque atrae la atención de otros. Es una esfera de (ir)realidad autosustentada, o sustentada colectivamente en una especie de autohipnosis de masas. 
 
Es difícil de creer que, visto el extremo hasta el que juega con la irrelevancia más indignante, extendiéndose por las ondas de radio y televisión durante horas y horas hasta la extenuación, analizando vapores informativos con una insustancialidad que deja chiquitas a las especulaciones de la escolástica y sus doctores angélicos, y absorbiendo injustificadamente la atención de todo dios—digo que visto el punto hasta el cual el fútbol provoca nuestro sentido de las prioridades, haciendo ostentación de gratuidad y desproporción... parece mentira que no lleve a la gente a reflexión sobre la naturaleza de la realidad.

Pero en cierto modo lo hace. Es de hecho, creo, una reflexión inconsciente o vivida in actu, una teatralización de lo que tenemos delante y que todos sabemos pero sin embargo pocos reconocen en público (como sucede con otras verdades evidentes, como que Dios es una ficción, o que los muertos han muerto para siempre). El fútbol, como juego por excelencia, es a la vez una exhibición de la gratuidad del juego, y una demostración de que esa gratuidad ha de perderse de vista para quienes se implican en él. En eso es como la vida, y si la gente se lo toma tan en serio es por aferrarse de alguna manera con seriedad a la vida. Que de por sí tiene menos agarraderos que una esfera engrasada.

Yo tengo algo de aguafiestas, y siento una atracción (resistible) hacia las rupturas de marco. Me gusta ver los juegos como juegos, y poner de manifiesto sus arbitrariedades y sus adhesiones irracionales. Quizá sea por esa satisfacción del diálogo con uno mismo a la que alude Gadamer. Es un tanto peligroso esto de señalar a las convenciones del juego, o apartarse de ellas, en lo que se refiere al juego de la vida—pero puede verse también en eso una especie de juego, un juego con el juego. Después de todo, todo juego es un juego conceptual a un determinado nivel. Y toda regla social está ahí (nos dice Goffman en Behavior in Public Places) no para seguirla automáticamente, sino para tenerla en cuenta a la hora de actuar y de mover pieza. En el tablero de negras noches y de blancos días.



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