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martes, 26 de septiembre de 2017

Retropost #1800 (26 de septiembre de 2007): Opinión sobre símbolos políticos

Opinión sobre símbolos políticos

Publicado en Política. com. José Ángel García Landa

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Opinión sugerida por el reciente sarampión de debate sobre la ley de banderas, sobre la quema de retratos del rey, etc. Y que vengo expresando en algunos blogs políticos que no me son antipáticos, como Crónicas Bárbaras o Voto en Blanco.

Primero: las banderas y demás símbolos políticos oficiales merecen respeto. Esto no a título de opinión particular mía, o de sentimentalismos patrióticos (tipo "bannerita tú ereh rohaa, bannerita tu ereh gualdaaa") o gusto por los colores (a mí me mola más el rojo que el morado, etc.)—no. Merecen un respeto neutral y de oficio, precisamente como tales símbolos del principio de legalidad y del orden político. Va de por sí en la labor de un funcionario o cargo público el hacer cumplir la legalidad, y los símbolos estatales simbolizan precisamente eso: el orden social y político vigente, las reglas del juego.

(Y viceversa: la transigencia de las autoridades con las ofensas a los símbolos es en sí misma un símbolo de que no se desea mantener el orden mismo en virtud del cual ostentan la autoridad—o que desean jugar con reglas no escritas, detrás de las reglas).

Segundo: en una democracia, la disidencia y la tolerancia son parte del contrato político. Por eso casan mal con el espíritu democrático las persecuciones a quienes atentan simbólicamente contra ese orden—por muy dudoso, opresivo o antidemocrático que sea el sistema que a ellos se les vea desear en su lugar. Por ello puede parecer excesiva la ley actual que criminaliza las ofensas a la figura del jefe del Estado de manera un tanto vaga, pues se presta a iniciativas judiciales desmedidas o desafortunadas, e incluso ambivalentes—como el secuestro de la revista El Jueves este verano, donde ya no se sabe si era el dibujante el ofensor, o el fiscal, que con la boca pequeña buscaba desestabilizar a la Corona.

Creo que es buena medida la que respeta tu derecho a quemar tu bandera nacional, y permitir así que expreses tu antagonismo al Estado, sin que por ello se te multe o encarcele para nada, y puedas así ejercer  libertad de expresión como mejor te parezca. Eso sí: que la bandera sea tuya, comprada con tus ahorros, y no, por supuesto la mía, o la bandera institucional de un edificio público, en cuyo caso es más que oportuna una ley mucho más severa contra el vandalismo, con tipificación especializada.

¿Sin consecuencias, pues, la quema de banderas? Pues tampoco. Hay una figura penal que es la lógica y adecuada para estos casos: no daña económicamente al ciudadano, ni le priva de libertad de movimientos. Es la inhabilitación para ocupar cargos públicos, o incluso para tener empleos públicos, y recibir subvenciones oficiales, por el tiempo que se determinare (¡arre!). Esto ya gusta menos a los "antisistema", que siempre lo son sólo para lo que les interesa, y gustan de dar patadas al sistema sin que éste ofrezca contrapartidas. Y si es posible recibiendo subvención además—cosa que en la España Zapatera está servida.

Una persona que expresa su antagonismo al Estado, a la Constitución y, en fin, a las instituciones garantes de la ley, malamente puede quejarse de que no se la considere fiable para ocupar puestos de responsabilidad pública en ese mismo sistema que quiere desmantelar (o dinamitar, en algunos casos). O, por hablar con más precisión, bien puede quejarse esa persona, pero es un grave error por parte del Estado atender a esa queja, y permitir a los antisistema que sean sistemáticos en la aplicación de la ley del embudo, dejándoles nadar y guardar la ropa, y comerse además el pastel.

¿Que usted es independentista/secesionista? Genial; pues séalo de un modo civilizado, y respetando la constitución—es decir, trabajando por lograr un acuerdo político para reformarla al gusto de usted, pero por métodos constitucionales. ¿Que prefiere quemar banderas españolas? Vale, pero entonces debe ser que no quiere ser concejal o diputado de un sistema tan combustible. O si quiere, que bien puede, mal está que el sistema se lo permita. Porque con eso el sistema se vuelve combustible de facto, y no en efigie; un sistema que trata por igual a sus partidarios y a sus enemigos manifiesta la voluntad de su propia destrucción—y para eso ya están los antisistema, ¿no?

Multarles con inhabilitación para puestos no es perseguir a los disidentes: es hacer que su disidencia tenga valor moral, porque tiene un pequeño precio, renunciando a ciertas orientaciones profesionales. En otro orden de cosas, yo también renuncio a ganar mucho dinero no haciéndome fontanero.

Así pues, debería impedirse ipso facto el ejercicio de cargo público a todo alcalde etc. que no alce la bandera constitucional en la institución de la cual es responsable. Por ley. Y multar—a ese sí, con duretes—al consistorio u órgano administrativo en cuestión. Opino yo.

Porque esto que digo es mi opinión sobre cómo deberían ser las leyes. Ahora bien: de hecho, son de otra manera que yo no he elegido, pero que es el estado de la cuestión del consenso actual. Y entretanto no se cambien esas leyes, por procedimientos legales, han de cumplirse. Con penas para quienes ofendan símbolos patrios, sí, y con castigo a quienes ofendan a la figura del rey. No porque lo diga yo, no, ni porque me guste—sino porque lo dicen las leyes. Y el consenso social sustentado en cumplir las leyes, todas y siempre, es de carácter más básico que el que sirve de apoyo tal o cual ley concreta.

Aberrante es, por tanto, que el ministro de Justicia diga que no se va a cumplir la ley de banderas, y que no le preocupe esta situación. (O, más bien, que sólo se va a cumplir en lo relativo a ikurriñas y banderas catalanas, y no en lo relativo a la bandera española). Este señor, o elemento, debería estar haciendo cualquier cosa menos tener un puesto de responsabilidad política, en el que no va a hacer sino cuidar de que se aplique una siniestra ley del embudo, donde no hay ley sino para quienes aceptan cumplirla. O, como dice la vicepresidenta, sólo para quienes estén convencidos por la ley, sin forzar a nadie. Los demás, se van de rositas o no, según decidan los que mandan el cotarro en cada sitio.

Y esa bandera invisible, la de la ley no escrita, de la arbitrariedad y los hechos consumados—de la ley de los poderosos y caciques locales, y del oportunismo—esa la bandera que alza el gobierno Zapatero, al mantener arriada la bandera constitucional.




sábado, 16 de septiembre de 2017

Retropost #1787 (16 de septiembre de 2007): Hairspray

Hairspray

Publicado en Cine. com. José Ángel García Landa


Hairspray
Parece como si aún saliésemos de ver la vieja Hairspray de 1988, de John Waters, y nos metemos a ver la nueva versión musical, corregida y aumentada de talla por si hacía falta. La Travolta está divina, y los demás no se quedan parados; los colores son brillantes, los peinados molan, los bailes espectaculares, las canciones buenísimas y el ritmo contagioso. Salimos del cine bailando como gordas, así que queda recomendada de todas todas.

Supuestamente la película va a favor de la integración erótico-social de las marujas y de las tallas grandes, contra la estética Barbie, y a favor de la sociedad multirracial y mezclada, sin complejos ni apartheids legales o mentales. No sorprende que sea la batalla siempre por ganar, y que el Baltimore racista de hace cuarenta y cinco años, cuando éramos pequeñitos, sea una metáfora adecuada de la separación de facto entre círculos blancos y negros en los USA (o en cualquier otro sitio) hoy en día. Muy claro quea cuando hay que protestar contra las leyes discriminatorias, pero yo recuerdo que en los tiempos de la primera Hairspray en el comedor de la universidad americana Brown, que hacía gala de su política de affirmative action, por supuesto los blancos se sentaban con los blancos y los negros con los negros sin que nadie les prohibiese ni les dijese nada; y era lo normal... no se fuese nadie a pensar que se buscaba poner en evidencia a la gente, porque (por racismo invertido, o sin invertir) las minorías necesitan su espacio, o lo tienen aunque no lo necesiten. Y así sigue la cosa parecida en muchos aspectos.

Digo lo de que supuestamente defiende la película, porque aunque es explícita y elocuente en la defensa de los negros, y las gordas, y las gordas negras, y de las amas de casa, sigue siendo el caso que los negros tienen un papel secundario y que las gordas juegan un papel ambivalente: por una parte siguen siendo, como siempre, entes inherentemente cómicos, y por otra lo llevan con alegría y ritmo ejemplares, algo desde luego aconsejable en cualquier caso.

También "supuestamente", digo, porque hay otra cuestión sobre la que la película no dice nada, sólo hace: en su llamada a la lucha contra los prejuicios y barreras mentales, y a favor de la mezcla bailona de estilos, subculturas y maneras de ser, no menciona nunca a las homosexuales—cuando ahora (aunque no en 1962) son los gays y lesbian@s y los transexuales heterosexuales (whatever that means) los que están embarcados en una lucha por derechos civiles. La integración de finales del XX y principios del XXI tiene a las autoridades y al público general desconcertados, haciendo gestos tímidos, o atrevidos, o contradictorios, o evitando hablar del tema en lo posible muchas veces. Esta película, como digo, trata el asunto por la vía ambivalente de no mencionarlo, pero incluyendo a Travolta, como al travestí Divine en la película anterior, en plan gorda alocada en el papel de Edna Turnblad. Pero claro, ahí estamos trabajando con marcos distintos de realidad (y se cuidan de evitar escenas de besos etc.). Así que el alegato a la vez es y no es, sugiere pero no se pronuncia, y defiende como sin atreverse. Pero sí hace pensar "educadamente y sin ofender a nadie" en la analogía entre los negros discriminados de 1962, los homosexuales discriminados de 2002, o las gordas discriminadas de facto si no por ley (mucho más eficaz el de facto) en la cultura de la imagen. Aunque a veces van las gordas y a base de sudárselo ganan Operación Triunfo. Pero con la energía hay que echarle, si es que hasta adelgazas por el camino.

Hairspray. Directed by Adam Shankman. Screenplay by Leslie Dixon, based on John Waters's film Hairspray and the musical play by Mark O'Donnell. Cast: Nikki Blonsky, John Travolta, Michelle Pfeiffer, Christopher Walken, Amanda Bynes, James Marsden, Queen Latifah Brittany Snow, Zac Efron, Elijah Kelley, Allison Janney, Taylor Parks, Paul Dooley, Jerry Stiller. Music by Marc Shaiman. Cinematog., Bojan Bazelli. Ed. Michael Tronick. Prod. des. David Gropman. Art dir. Dennis Davenport. Prod. Neil Meron, Craig Zadan. USA: Gabriel Simon / Storyline Entertainment / Ingenious Film Partners / New Line Cinema / Zadan/Meron, 2007.




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