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domingo, 1 de julio de 2018

Sobre el borrado de tuits

Lo que nos hemos reído con los concursos de borrado de tuits de los candidatos a presidir RTVE, tras los autozascas del malogrado Màxim Huerta....






miércoles, 30 de mayo de 2018

Retropost (30 de mayo de 2008): Opino demasiado, opino


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Demasiada opinión repele, convengo en ello. Opino demasiado por extenso (en Internet, lo bueno sí breve)—ya me lo han dicho. Pero hoy me concentraré en mi dispersión: opino demasiadas cosas, sobre demasiadas cosas. Esto no es un blog temático—bueno, sí, pero el tema soy yo y mis opiniones sobre lo que entiendo y sobre lo que no entiendo. Qué limitación sería, limitarnos a opinar sobre lo que entendemos. Vamos, se nos cortaría en seco la opinión, a poco que reflexionásemos. Así que hay que opinar también sobre aquello en lo que no somos Expertos de Reconocido Prestigio. Bajar un poco la guardia, ¿no? Si un blog no sirve para eso, es que no sirve para nada.
Qué lamentable esa gente que sólo opina cuando puede dar una opinión bien pertrechada, autorizada, o incluso autoritaria. Sobre las demás cuestiones, encefalograma plano,  o ideas secretas y confidenciales, ns/nc. Eso es más seguro, desde luego, menos comprometido y más educado. Opinar demasiado es presuntuoso, se pone uno en evidencia, pero sobre todo pone a los demás en evidencia (estas cosas, ya lo decía Goffman, suelen ir juntas). A veces sí opina la gente sobre temas variados, como yo, no lo negaré. Pero se dosifican cuidadosamente las opiniones, en general. Esta opinión la reservo para Juanito y Periquito, ésta otra, para Pedrita y Mariquita. Porque no todas gustan a todos, ni les interesan. Que no se nos junten los círculos: quedaríamos en evidencia, y quedarían en evidencia nuestros familiares y conocidos y colegas y lectores. Nuestras opiniones desagradan cuando son muchas y diversas y salteadas—sobre todo si no siguen una lógica identificable, una línea del Partido, o una doctrina optimista y buenista. La variedad y combinación de temas y tonos ofende y disgusta. Bueno, igual a alguien también le atrae y gusta, pero esos no parecen muchos. ¿A quién le pueden interesan mis opiniones sobre J. L. R. Zapatero? ¿O sobre Ibarreche y la Eta? ¿O mis especulaciones neuronales? ¿O la problemática de la prosopagnosia? ¿O mi informe sobre esta película que nadie ha visto, con perdón? —¿O mis despotriques sobre los malos rollos de mi departamento? De esas cosas se habla a la hora del café, con una audiencia selecta y clasificada—en un blog están fuera de sitio, se entera demasiada gente, y no gusta, en la Administración en concreto es más elegante murmurar por lo bajini y si es posible evitar poner recursos contra nadie. La Administración lo agradece. Vocear opiniones, así en público... nono, hay que especializarse, hoy en día si no eres un especialista no eres nadie. Si eres un escritor famoso, o un político o un actor, pues igual puedes soltar alguna opinión de más en una entrevista, pero mejor que sea pintoresca y simpática, y no dispersarse mucho, podrías desagradarle a los lectores, al público, a los votantes que compran las entradas. Mis opiniones políticas son sin duda ofensivas para personas que de lo contrario me considerarían una bellísima persona. Mis gustos literarios me desacreditan una vez salen a la luz. Mis ateas ideas sobre religión y el sentido de la vida son descorazonadoras, mejor no conocerlas. 

Claro que menudas ilusiones la gente en su trato habitual—nos tratamos con imágenes retocadas, filtradas; con ilusiones con patas. Los soponcios que nos llevaríamos si supiésemos lo que piensa la gente con quienes nos tratamos. Las personas a veces se hablan tan tranquilas y como si fuesen aliadas intelectuales o emocionales, sin saber que su interlocutor es un votante del PP, o que este otro es gay, y si no, es partidario del matrimonio entre homosexuales, o fan del Che Guevara. O que éste que parece tan inteligente resulta que cree en la reencarnación. O que es un ateo, o un mormón. Que este otro opina que los funcionarios son unos vagos y chupópteros. Que tal otro considera medio subnormales a los que ven la telebasura, o a los que siguen la Liga. Que este otro—ostrás, todo es ofensivo. Mejor no enterarse... la ignorancia mutua engrasa el trato social. Para que no rechinen los engranajes, lo mejor es hablar del tiempo—mientras no digamos cosas demasiado originales sobre él. Y si haces un blog, que sea estrictamente temático, y si no, un blog rosa y smiley.





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viernes, 2 de marzo de 2018

Retropost #2038 (2 de marzo de 2008): Blogueras en 1800


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"Pondrás esto en tu blog?...." He ahí la cuestión. Ya en 1800, había que tener cuidado con la propia imagen por si la observación pasaba a la red social—que es donde se hacen y rehacen las imágenes:

"I see what you think of me," said he gravely -- "I shall make but a poor figure in your journal to-morrow." "My journal!" "Yes, I know exactly what you will say: Friday, went to the Lower Rooms; wore my sprigged muslin robe with blue trimmings -- plain black shoes -- appeared to much advantage; but was strangely harassed by a queer, half-witted man, who would make me dance with him, and distressed me by his nonsense." "Indeed I shall say no such thing." "Shall I tell you what you ought to say?" "If you please.""I danced with a very agreeable young man, introduced by Mr. King; had a great deal of conversation with him -- seems a most extraordinary genius -- hope I may know more of him. That, madam, is what I wish you to say." "But, perhaps, I keep no journal." "Perhaps you are not sitting in this room, and I am not sitting by you. These are points in which a doubt is equally possible. Not keep a journal! How are your absent cousins to understand the tenour of your life in Bath without one? How are the civilities and compliments of every day to be related as they ought to be, unless noted down every evening in a journal? How are your various dresses to be remembered, and the particular state of your complexion, and curl of your hair to be described in all their diversities, without having constant recourse to a journal? -- My dear madam, I am not so ignorant of young ladies' ways as you wish to believe me; it is this delightful habit of journalizing which largely contributes to form the easy style of writing for which ladies are so generally celebrated. Every body allows that the talent of writing agreeable letters is peculiarly female. Nature may have done something, but I am sure it must be essentially assisted by the practice of keeping a journal."

(Según Jane Austen, Northanger Abbey)

 —¿Quién dijo que los diarios íntimos eran secretos antes de que llegaran los blogs, y se quedaban en un cajón esperando a la posteridad?


 
 
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martes, 31 de julio de 2012

Somos de lo más

Quizá sea una costumbre especialmente occidental, pero creo que es más general que eso. Todos somos dados a presentarnos a los demás con una imagen favorable (ejemplo: este blog, sin ir más lejos). O en lo que suponemos será una imagen favorable: al menos lo intentamos. Subir puntos ante los demás, obtener kudos que dicen los americanos. O, siguiendo la lógica de lo que hemos dicho, al menos obtener puntos imaginarios ante nosotros mismos, habida cuenta de la valoración imaginaria que recibimos.

Decía Goffman que el rostro de uno (interaccionalmente definido, o sea, la face que presentamos ante los demás en un encuentro y cuidamos con el face-work) es sagrado. No sólo en la estimación propia, sino como regla general de fondo del trato social. Así, no sólo no ofendo yo a mi propio rostro, ni al de los demás, sino que espero que los demás van a colaborar conmigo más o menos manteniendo la línea en la cual me presento, y la imagen que quiero dar de mí mismo. Eso al menos si no me como demasiado terreno del vecino. Es parte del ritual social por tanto el protegerse mutuamente la cara, entrando en la ficción de que todos somos guays y extremadamente respetables, y ayudando a mantener el propio rostro y el del vecino a base de cortesía, protocolo y rituales de asentimiento. 

Este es el panorama de fondo, pero claro también hay face-threatening acts, como estudiaron Brown y Levinson en Politeness, después de Goffman—actos comunicativos que al dar respuesta al sujeto hablante amenazan el rostro público presentado por él. A veces estos son directos y explícitos (por ejemplo el comportamiento de muchos trolls en los blogs, atacando anónimamente al bloguero y procurando desacreditar su línea o autoimagen). Otros son indirectos—los que parece que conceden la mayor pero en realidad socavan la idea que pretende dar el sujeto de sí mismo, o de un tema, o de los otros. Estos comentarios pueden ser más o menos corteses o más o menos malignos—en principio siempre es más cortés jugar al juego ritual del respeto mutuo, aunque sólo sea como retórica preliminar.

Unas veces damos una idea favorable de nuestra personalidad en general, de nuestros accomplishments, o rasgos de carácter o belleza física. Otras veces de lo magnífica que es nuestra vida privada, nuestra familia, nuestro círculo de amistades, nuestro enfoque original sobre la vida, lo envidiable de nuestro éxito en tanto que sujetos sociales. La falsa modestia puede ser una estrategia útil a seguir en estos casos, mientras no sea demasiado evidentemente falsa, lo cual sería contraproducente. Pero quizá sea especialmente divertido el contraste que se da a veces en el paso súbito del tono desenfadado o relajado que conviene al hablar de uno mismo, para ponerse súbitamente en tono profesional y presentarse uno mismo como lo más de lo más en cuestiones profesionales—un profesional de eficacia estratosférica, si nos preguntan a nosotros. El trabajo es tan sagrado, o más, que la imagen privada de cada cual— o, por lo menos, el yo privado y el yo profesional sirven de refugios alternantes para las insuficiencias detectables en el otro. De acuerdo, soy feo y mi vida privada carece de interés, pero como profesional no me tose nadie. O bien viceversa: mi trabajo es mediocre y gris, mejor oculto mi faceta laboral en la que soy un mero esclavo de la noria, pero mi yo auténtico está fuera del trabajo, donde soy una persona de infinitas posibilidades, una mente libre e impredecible.

Para eso a veces es conveniente no aventurar demasiado el yo profesional por andurriales no profesionales, o el yo privado fuera de su ámbito, y en general no mostrar mucho ni de uno ni de otro, pues podría perderse el aura. Incluso en cuestiones de la red, es prudente mantener una atractiva nube difuminada de vaguedad sobre cuál es exactamente nuestro status profesional, o qué hacemos con precisión en nuestro trabajo, o en nuestro tiempo libre (a menos que sea espectacular, viajar, etc.). Es una manera de no darle argumentos al adversario, y así ponernos en situación de ser los que más información tengamos sobre nosotros mismos y nuestra valía, en un encuentro determinado. El oyente se verá casi obligado a seguir nuestra línea de autopresentación, a falta de datos propios que aportar en contra. Si decimos que somos de lo más, y ése es el único dato que consta, ¿quién nos va a contradecir? Por desgracia, el control de la autoimagen no siempre está tan fácil. Nos puede quedar el consuelo de que hablen de nosotros aunque sea mal, eso también da puntos.


 
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