Cráneo previlegiado Publicado en Literatura y crítica. com. José Ángel García Landa
Volviendo a la Calle del Recuerdo, nos vamos a ver el estreno de
Luces de Bohemia
en el Teatro Principal. Con Alvarete, porque esta obra solía ser
lectura obligada en el bachillerato, así que ahí va él resignado y por
obligación, un alérgico al teatro, aunque luego le ha gustado. Y lo
cierto es que estuvo amena, a pesar de un comienzo un tanto flojo con
problemas de volumen (sobre todo por la gente que sistemáticamente llega
tarde al teatro).
Lo que menos me gustó a mí de esta
producción es el vestuario y caracterización de los personajes—una
especie de intento de ambientarla a mitad de camino entre hoy y hace un
siglo, supongo, pero como a medias y a la mecagüen diez; hubiera estado
mucho mejor con trajes del 1898 remendados y con ínfulas. Con
diferencia.
Tampoco me convenció la interpretación que se
hace de muchos personajes en cuando a movimientos, gestos, acentos,
peinados… pongamos Don Latino, que aunque es un cierto logro cómico el
que vemos aquí, no me sugiere en absoluto al personaje de Valle-Inclán.
En otros personajes se echaba en falta más caracterización y un trajeado
más diferenciado, sobre todo por la abundancia de papeles secundarios
intepretados por los mismos actores: ocho actores para unos cincuenta
personajes. Admirable es que lo consigan, pues en efecto lo
consiguen—pero claro, tiene sus límites la cosa. En lo de los gestos,
echo en falta más teatralidad y pretenciosidad, de las que están
internalizadas en el personaje, y no añadidas por el actor—y por tanto
también más realismo.
Porque estaría bien mostrar que los
espejos del Callejón del Gato son planos, desdichadamente, por mucho que
Max Estrella los quiera creer cóncavos.
Me pareció
acertadísima, sencilla y eficaz, la puesta en escena con las pantallas
móviles, a veces muro de piedra, otras veces filas de nichos, armarios,
puertas o tabiques; ayudan a hacer la transición de escenas de una
manera rápida, fluida y clara.
Se me hizo muy curioso ver la obra con retroperspectiva. Me produjo el efecto como de un cruce entre el
Ulises de Joyce y
Esperando a Godot. Digo
Ulises
sobre todo por el contacto entre las aspiraciones de la intelectualidad
frustrada, y la realidad de la calle y las miserias cotidianas (esplín e
ideal)—pero habría que añadir, claro, la escena de velatorio que Joyce
guardaba para una obra más tardía… era más joven que Valle-Inclán y aún
no pensaba tanto en la muerte al escribir el
Ulises.
Allí hay, sin embargo, una peregrinación urbana y un descenso al fondo
de la noche que emparentan al Bloomsday con esta pieza, y también la
misma imagen central en el proyecto estético de ambas: la de los héroes
clásicos reflejados en un espejo deformante, que no nos produce sino un
efecto de realidad.
Este realismo se obtiene también en
parte por métodos metaficcionales, pues bien sabe Valle-Inclán que no
puede incluir una escena de sepultureros sin mencionar explícitamente a
los de Hamlet; la vida contiene a la literatura, y por eso la literatura
ha de mostrar a la vida interactuando con la literatura.
Yo leí
Luces de Bohemia
en bachillerato, allí por los años setenta, cuando Valle-Inclán era más
joven, y ciertamente era, y es, impresionante. Entonces era una obra
casi atmosférica, con el ambiente del último franquismo y de la
Transición casi retratado en los ministros prohombres y los huelguistas
de la obra; tiempos de
revolution in the air. Y
analogías siempre se le pueden buscar, por supuesto, al presente—es una
obra con bastante fuerza como para volverse actual en cada
representación que la reinvente. Pero a lo que voy—en los años setenta
éramos todos más jóvenes (de verdad) y más revolucionarios (al menos de
boquilla), y llamaban la atención unas cosas en la obra, mientras que
hoy, cuando ya tenemos nuestra pensión gubernamental, destacan otras.
Así, por ejemplo, ayer me llamó especialmente la atención la
hostilidad antiburguesa y antisemita de Max Estrella, y del autor por
extensión, y sus llamadas a la masacre de la burguesía y a plantar "la
guillotina eléctrica" en la Puerta del Sol. O también los planes del
héroe proletario de la obra, el preso que va ser "paseado" por los
policías como mártir simbólico de la España negra: resulta que este
representante del pueblo auténtico es todo un pequeño Pol Pot en
potencia—no se conformaría con pasar a cuchillo a todos los judíos y
demás burgueses de Barcelona, o a poner una bomba bajo la realidad
nacional (de estos tenemos más que suficientes), sino que pretende
destruir la ciudad misma, a la camboyana. Visto con perspectiva el
resultado de estas bellas utopías—tras el genocidio nazi, los diversos
Gulags y los jemeres rojos—casi se reconcilia uno con el asesinato
extrajudicial. Me dio la impresión que ni los actores ni el público
sabían muy bien qué hacer con estos pronunciamientos stalinazis.
En la obra, la "propiedad privada" no se menciona sino con desprecio,
como algo propio de mentalidades de tenderos mezquinos y degollables: y
se echa de ver que esa neurona le patina de modo parecido a Max Estrella
y a Valle-Inclán (antiguo carlista, y más tarde "socialista" colocado
por el Ministerio). Se insulta a la Academia, pero se busca con
desesperación un enchufe de los fondos reservados del Ministerio...
porque está claro que la propiedad privada despreciable es sólo la de
los demás—o el dinero público, que no es de nadie. El enchufe
ministerial y el billete de lotería juegan un papel estructural
similar—el billete está ahí tan sólo para hacer transferible y
expoliable la pensión del Ministerio. Max Estrella, y Valle-Inclán,
resultan ser terreno abonado para fumar no sólo la pipa de kif, sino
sobre todo el opio de los intelectuales, y para bendecir alegres
masacres colectivas en nombre de las Ideas, de la Revolución y del
insaciable afán—eso sí, mientras tengamos a un amigo en el ministerio
que nos pase la subvención. Síndrome del titiritero sputnik, entregado a
los totalitarismos, y lameculos del poder con delirios de gloria
laureada: todo un síntoma del siglo XX, y de otros anteriores también.
Un arquetipo, vamos.
En los años setenta, para mí Max
Estrella era Max Estrella, o en todo caso Villaespesa. Hoy es, mucho
más, Valle-Inclán, autorretratado, con mucha menos distancia y
ecuanimidad, con mucho menos control racional de la obra—que si tiene
fuerza no es por la fuerza intelectual de un cráneo previlegiado, sino
por pura expresión poética y vital, que combina en uno solo el
hiperrealismo y el esperpento, al modo en que se combinaban en la
persona y experiencia del autor. Imposible separar lo que es juicio
sopesado de lo que es una jeremíada narcisista ("En España el talento
auténtico se desprecia", etc. etc.) o un pronunciamiento político
maximalista (
off with his head),
y mal se haría atendiendo a la mirada cruda sobre la hordinariez
nacional sin atender también al instrumento óptico que la muestra. En
esto es Valle-Inclán a la vez típico e inconfundible por la manera en
que lo lleva a cabo: se nos muestra ese cristal óptico, Max, como algo
distorsionado, caprichoso, veleidoso—menudo síntoma ambulante, Max
Estrella, como para ir haciendo diagnósticos por ahí—y a la vez ese
espejo deformado de la realidad hispana nos es exhibido en otro no menos
deformado, el del propio autor Valle-Inclán, tan egocéntrico, ciego y
lúcido a la vez como Max Estrella. Con el resultado desconcertante de
que por momentos no sabemos si las dos deformaciones son la misma, si
una exagera todavía más la otra, o si la anula como un espejo convexo a
uno cóncavo; si la ironía vuelta sobre sí nos muestra sin más lo que
hay, en el teatro público y privado, y lo poco en que queda al acabar la
función.
(Luces de Bohemia, de Ramón
María del Valle-Inclán. Teatro del Temple, dir. Carlos Martín, coord.
Alfonso Plou, prod. María López Insausti. Actores: Ricardo Joven, José
L. Esteban, Gabriel Latorre, Francisco Fraguas, Rosa Lasierra, Javier
Aranda, Gema Cruz, Jorge Usón).
—oOo—