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jueves, 24 de febrero de 2022

Retropost replay

 



Esto de los retroposts potencia mucho la sensación de estar viviendo una post-existencia. O una vida póstuma, si la vida póstuma es vida.

 

Cápsulas de memoria

 

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miércoles, 8 de abril de 2020

Vida Póstuma en el Archivo de Internet


Empecé mi Blog de Notas en 2004, y lo llevé al día durante años, en mi sitio web personal de la Universidad de Zaragoza, hasta 2018. Casi quince años, y veinte mil artículos más tarde, el Rectorado súbitamente lo cerró y me obligó a borrarlo, a consecuencia (creo) de unas quejas de unas alumnas feminazis-lesbopodemoides a las que no les gustaba su contenido. El Rectorado, sumiso.

Yo también, porque si no no me dejaban acceso a Internet, y no estaba yo para tirar el trabajo de años así a la ligera (ellos sí). Tampoco estoy para pleitos, ya harto de ellos; y además tenía copia del blog.

Bien, tenía varias copias; una o dos en el alterego del blog, Vanity Fea aquí presente; también me guardé una copia en Dropbox (una copia que ahora no entiendo ni descifro), y otra hice, con las portadas y títulos que me hacían gracia, en Flickr. Aquí empieza:


After Life: Blog de notas de enero de 2019


Pero little did I know, or remember, que había otra versión del Blog de Notas archivada en forma de varios registros sueltos, accesibles mediante la Wayback Machine, en el Archivo de Internet. Aquí:


Blog de Notas en la Wayback Machine  

 Creo que lo voy a reconstruir, ordenando un poco el registro, y haciendo así un poco de resurrección y vida póstuma. Pocas cosas más provechosas, o menos provechosas, se pueden hacer en este paréntesis de la existencia, o vida prepóstuma, que nos impone el Confinamiento.







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viernes, 29 de enero de 2016

Retropost #582 (4 de noviembre de 2005): Cápsulas de memoria







Acabo de pasar mis Obras Completas a uno de estos chismes que se llaman memoria USB, o memoria flash, o disco de lápiz, o mechero; después de aferrarme a los diskettes durante años después de que suprimieran las disketeras de los ordenadores, al final me compro una de estas cápsulas de memoria, y a la semana siguiente, vaya, me regalan otra en la Universitat Jaume I, que ya las hacen con logotipos para regalo y todo. Bueno, así tendré dobles copias de seguridad, o quíntuples, o tréintuples, si contamos los dos ordenatas, y la copia en red, y los cé-dés que voy grabando.... se crea una sensación de multiplicación de lo inútil muy curiosa. Comentaba hace poco sobre el mechero de memoria ese que te puede provocar una crisis de identidad, al pensar que todo lo que has escrito, corregido, traducido, etc. en tu vida cabe tranquilamente allí, y que nuestra labor sobre el planeta podría resumirse diciendo "este señor realizó ciertos cambios microscópicos o inscripciones efímeras en un mechero de memoria". Y me sugería una corresponsal invisible que podemos considerarlos también cápsulas de tiempo de estas que gusta a los americanos: podíamos enterrar nuestro mechero personal en un jardín, o debajo de la piedra angular de un edificio, y que el futuro descubra nuestros esfuerzos, gustos y preocupaciones. Aunque también podíamos pedir que nos la pongan en el ataúd, en plan memento viví - ocupa menos que las obras completas. Es curioso, no hay costumbre de poner los libros de los autores dentro de sus ataúdes, y eso que un libro, con su negra tinta, siempre tiene algo de funerario. Había un teórico marxista, Nicos Poulantzas, que se suicidó tirándose por la ventana abrazado a sus obras completas. Menuda recomendación para los lectores. Pero con estos mecheros, más de un ejecutivo saltará por la ventana con sus obras completas, sin darse cuenta siquiera de que las lleva puestas. En Neuromante, la cápsula de memoria se ha perfeccionado: ahí pueden guardarse hasta los esquemas de personalidad y de pensamiento para interactuar con ellos en versión chatbot después de la muerte del interesado. Case, el caso clínico protagonista de la novela, tiene la de un amigo, un hacker al cuadrado a quien le hace consultas informáticas postmortem. Y le dice el colega... "Oye, y cuando acabes, hazme un favor, borra esta cosa". La prasentia in absentia, que empieza con toda escritura, nos lleva a estas reflexiones por un camino natural. Recuérdame, decimos, y después destruye este mensaje.



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