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domingo, 29 de marzo de 2020

Pensador de referencia

viernes, 14 de abril de 2017

Retropost #1565 (14 de abril de 2007): Profeta de mal agüero



Una profecía (cumplida, para mayor desgracia) de La traición de los clérigos, de Julien Benda, un libro que ataca el funesto crecimiento de los entusiasmos, ideologías y prédicas nacionalistas y antidemocráticas en su época (1927):

Si nos preguntamos, en efecto, adónde se dirige una humanidad en la que cada grupo se abisma con más saña que nunca en la consciencia de su interés en cuanto particular y escucha por parte de sus moralistas que es sublime en la medida en que no conoce más ley que este interés, incluso un niño hallaría la respuesta: se dirige hacia la guerra más total y más perfecta que el mundo habrá conocido, ya sea una guerra entre naciones, ya sea entre clases.

Tuvo Benda la lucidez y el triste acierto de pronosticar la Segunda Guerra Mundial.

Y no es que fuese un pacifista, lejos de ello: el pacifismo es para él otra forma de la traición de los clérigos, una renuncia al deber intelectual y moral de defender la justicia. Así, critica al pacifista Romain Rolland, que "al tener que juzgar entre dos pueblos en lucha, de los cuales uno se había lanzado sobre el otro frente a todos sus compromisos y el otro se defendía, no supo más que salmodiar "Odio la guerra", y condenar a ambos sin zanjar la cuestión. No sabríamos exagerar las consecuencias de un gesto que habrá mostrado a los hombres que la mística de la paz, al igual que la de la guerra, puede extinguir totalmente en quienes están aquejados de ella el sentimiento de lo justo".

Critica Benda a los "clérigos" o intelectuales que se vuelven voceros o instrumentos políticos olvidando su vocación dedicada a asuntos no prácticos. Por ello mismo está en contra del ideal platónico del "gobierno de los sabios" y aboga en su lugar por una separación de funciones. Los "clérigos" a sus prédicas que no son de este mundo; esa es su función social (en esto recuerda a Arnold)—los políticos, a lo suyo. Ve en el crecimiento desmesurado de las pasiones políticas y nacionalistas, y en la traición de los intelectuales que se someten a esas bajas pasiones, una triste señal de la modernidad y un anuncio de cosas peores:

el final lógico de este realismo integral profesado por la humanidad actual es la matanza organizada de las naciones o de las clases.

Los valores propiamente intelectuales ("clericales") son estáticos, desinteresados y racionales. Es propio del clérigo predicar el ideal fuera de toda consideración práctica.

Muchos son sus enemigos: en el prefacio de 1946 a La traición ataca el pensamiento "débil" que diríamos ahora: el pensamiento procesual, que cuestiona el principio de identidad (desconstrucciones avant la lettre, pongamos), el "pensamiento dinámico" bergsoniano, los conceptos "fluidos", la verdad científica concebida como cambio ininterrumpido... todo son para él maneras de minar la razón, pues de suyo el pensamiento "tiene una vez más por esencia proceder por articulaciones tangibles y asignables" (81).

El papel de los clérigos es precisamente proclamar esa idealidad y ponerse a aquellos que sólo quieren ver las necesidades materiales del hombre y la evolución de su satisfacción. (90).

Políticamente, Benda es un demócrata liberal combativo, un antitotalitario furibundo y desilusionado, que sabe que no es realista creer en la democracia:

El único sistema político que puede adoptar el clérigo si se mantiene fiel a sí mismo es la democracia, puesto que con sus valores soberanos de libertad individual, de justicia y de verdad, no es práctica. (95).

Y a la democracia se opone el crecimiento de las pasiones políticas, sea el nacionalismo o el sectarismo totalitario, que invaden todos los aspectos de la vida y someten a la personalidad:

Añadamos que el individuo confiere una personalidad mística al conjunto del cual se siente miembro, le profesa una adoración religiosa que, en el fondo, no es más que la deificación de su propia pasión, e incrementa en no poco su potencia.

No habla Benda de la conjunción de fútbol y política, o de los sectarismos religiosos, pero seguro que también tendría algo que decir al respecto.
 
Tampoco es optimista con el desarrollo de una "religión de la humanidad" (a la Comte) que racionalize la sociedad y supere sus fragmentaciones. Se puede llegar a esto por racionalismo, por organización, pero la racionalización organizada es una carga para el espíritu libre, es una fábrica de voluntades prefabricadas—es el terreno de lo práctico, no de lo ideal. Esta humanidad racionalizada, universalizada y espiritualmente mediocre (que cree llegará) es su versión del Mundo Feliz de Huxley o de la humanidad Macdonaldizada:

Llegaremos así a una "fraternidad universal", pero que, lejos de suponer la abolición del espíritu de nación con sus apetitos y sus orgullos, será por el contrario su forma suprema, ya que la nación pasará a ser el Hombre y el enemigo pasará a ser Dios. Y entonces, unificada en un inmenso ejército, en una inmensa fábrica, no conociendo más que heroísmos, disciplinas, invenciones, despreciando toda actividad libre y desinteresada, de vuelta de haber situado elbien más allá del mundo real y no teniendo más dios que ella misma y sus deseos, la humanidad alcanzará grandes cosas, quiero decir, una dominación verdaderamente grandiosa sobre la materia que la rodea, cuna consciencia verdaderamante feliz de su poderío y su grandeza. Y la historia sonreirá al pensar que Sócrates y Jesucristo murieron por esta especie.
flores hitler

Decididamente difícil de contentar, este Benda... (Claro que la sonrisa de la Historia es una pura proyección de los deseos del autor. Nadie sonreirá, y eso es lo más siniestro). Jesucristo, desde luego, no hubiera contado a Benda entre los tibios a los que despreciaba. He aquí otro pronunciamiento que muestra que era hombre de su época (éste de Un régulier dans le siècle, 1937):

En cuanto a mí, considero que, por su moral, la colectividad alemana moderna es una de las pestes del mundo y si sólo tuviese que apretar un botón para exterminarla totalmente, lo haría de inmediato, llorando sólo por los pocos justos que caerían en la operación.

¿Excesos verbales nada más? Al final ya no sabe si quedarse uno con Hitler o con el exterminador de hitlerianos... Me quedo antes con Hitler cuando aspira a pintor que con Benda cuando fantasea con el genocidio.

Más me gusta, dentro de su cinismo idealista, si cabe la expresión, esta otra profesión de fe en los grandes humanistas y filósofos:

Gracias a ellos podemos decir que, durante dos mil años, la humanidad hacía el mal, pero honraba el bien. Esta contradicción era la honra de la especie humana y constitutía la fisura por la que podía filtrarse la civilización. (150)

Que siempre ha sido escasa y precaria, nos recuerda Benda, y nunca ha estado, ni estará seguramente, a salvo de la recaída en la barbarie. La civilización, dice Benda,

es un feliz accidente en el desarrollo del hombre (...). Ni que decir tiene que si la humanidad llega a perder este ornamento hay pocas posibilidades de que lo vuelva a encontrar; por el contrario, hay muchas de que no lo vuelva a encontrar, al igual que si un hombre hubiese encontrado un día una piedra preciosa en el fondo del mar, y luego la hubiese dejado caer de nuevo, habría muy pocas posibilidades de que la volviese a encontrar jamás.






(La ilustración: unas flores pintadas por Adolf Hitler en sus momentos más contemplativos y menos orientados a la vida práctica y organizativa). 







—oOo—

viernes, 18 de mayo de 2012

Memento Auden-Spender


Voy leyendo Las armas y las letras de Andrés Trapiello, en su edición revisada de 2010. Muy sabrosas trastiendas de las contiendas aparecen, con los escritores normalmente jugando un papel menos que airoso. (Qué mal hemos quedado los del 98, diría Baroja... pero no fueron los únicos). Aquí está el repaso que les da a algunos míticos ingleses simpatizantes de la Spanish War. Koestler y Orwell, Brenan o Graves, son memorables, honestos en su posicionamiento político y en su literatura. Pero algo más fraudulentos y falsarios resultan Spender y Auden:


Entre los ingleses el tiempo se encargó de hacer célebres a dos prosistas y dos poetas por su relación directa con la guerra.Los prosistas fueron Arthur Koestler y George Orwell; Stephen Spender y W. H. Auden fueron los poetas.

Spender, que se había afiliado por aquellos días al Partido Comunista, hizo por Gibraltar, Tánger y Orán una investigación sobre el Komsomol, un barco ruso que se suponía desaparecido y desviado hacia puerto nacionalista por un submarino italiano a la postre, y que acabó hundido por la armada rebelde y originando infinidad de campañas y cuestaciones republicanas. Esas fueron casi todas las actividades militares de Spender.

"En pocas semanas—nos dice el autor de los Poems for Spain—, España se había convertido en el símbolo de la esperanza para todos los antifascistas. Ofrecía al siglo XX un 1848: es decir, un tiempo y un lugar en los cuales una causa que representa un grado de libertad y de justicia más alto que el de su reaccionario oponente lograba alcanzar victorias. Se hizo posible contemplar la lucha entre fascismo y antifascismo como un verdadero conflicto de ideas y no solo como el experimento de unos dictadores para arrebatar el poder a unos débiles antagonistas. España elevó, desde la condición de patética catástrofe hasta las alturas de la tragedia, el destino de los antifascistas. Dado que la zona de los combates en España era limitada y relativamente restringidos los métodos de guerra, las voces del individuo no quedaban apagadas, como quedaron en 1939, por la gran maquinaria militar y la propaganda. Tanto dentro como fuera de España, la Guerra Civil fue en cierto modo un importante debate y en él las tres grandes ideas políticas de nuestro tiempo (fascismo, comunismo y socialismo liberal) eran escuchadas y discutidas".

Luego Spender, en 1951, escribió, cuando ya era un público y notorio anticomunista, unas memorias de la guerra que tituló World Within World en las que viene a confesar, en un tono menos solemne y programático, que la mayor parte del tiempo que estuvo en España lo dedicó a la liberación de un amante homosexual, encarcelado por desertor. "Mariquitas elegantes", los llamó Orwell. ¿Escepticismo, cinismo, esnobismo, alejamiento de las viejas causas? Incluso aborda con humor en ese libro el excesivo protagonismo de algunos compañeros de letras, dispuestos a salir fotografiados en los periódicos a cualquier precio. Y lo hace con retranca porque es la única manera esta de abordar la vanidad que padecen los escritores, tanto cuando la conjugamos en primera persona como cuando se hace en el resto de las personas del verbo. Ellos, frente a tantos voluntarios proletarios, artesanos, empleados que vinieron a jugarse la vida por un ideal, fueron los señoritos de la izquierda, precursores de "la gauche caviar", ruso naturalmente.

La evolución de Spender fue en cierto modo la que experimentó W. H. Auden, que vino a España a conducir una ambulancia que nunca condujo. Tampoco quiso hablar nunca de su experiencia en la guerra, "para no hacer el juego a Franco".

Auden, que había estado en el 5.º Regimiento, publicó su célebre Spain en 1937. Era un poema "considerado—nos dirá el crítico Murray A. Sperber—como la gran llamada a las armas por la República; y aunque probablemente no persuadió a mucha gente para la lucha (la inmensa mayoría de los voluntarios ingleses venían de la clase obrera y apenas estaban familiarizados con las experiencias de Auden en prosodia), Spain representaba para los intelectuales el espíritu de la época".

El poema, de tiro épico y vagamente surrealista, al modo del Waste Land de Eliot ("espero que no haya muchos surrealistas en España", había dicho con sorna al venir), era torrencial, enumerativo y de comprensión difícil, o al menos ambigua, como cuando sostiene "la aceptación consciente de culpa ante el asesinato necesario; / Hoy el desgaste de energías / En el torpe panfleto efímero y el mitin aburrido".

El poema, en especial la estrofa en la que abordaba tales crímenes "necesarios" sería contestado implícitamente por Orwell en su Inside the Whale cuando afirmaba que solo un hombre que nunca ha visto morir a otros puede decir que el crimen es "necesario". Y que Auden no vio muchos muertos puede desprenderse de estas líneas de Robert Graves en The Crowning Privilege de 1955. Son de un pasaje un tanto malvado y hacen alusión a quienes como Spender, auden o el mismo Cyril Connolly se constituyeron en "autores-turistas", muy de moda en la España republicana, modalidad de turismo muy criticada por no pocos de sus colegas de izquierdas como Graves o Brenan (quien se pasó la guerra primero en zona republicana y luego en zona nacional, experiencia que aprovecharía en su hermoso y honesto The Spanish Labyrinth. An Account of the Social and Political Background of the Civil War, de 1943), o de derechas, como Pound. Pues bien, Graves revelaba: "Auden fue a la guerra de España como otro camarada más, lleno de ardor combativo. Como Tennyson, no vio ni un solo combate, pero, al contrario que Tennyson, estuvo todo el rato jugando al ping-pong en un hotel de Sitges". Orwell había ido más lejos; atacando a Auden, quien había publicitado su poema, cediendo los derechos de autor que generase su publicación (?) al Medical Aid of Spain, del que dependían, supongo, las ambulancias: "Por la mañana un par de asesinatos políticos, un interludio de diez minutos para calmar remordimientos 'burgueses' y luego una comida apresurada, y una tarde y noche ocupadas en pintar muros y repartir panfletos". Esa era la vida, para Orwell, de aquellos militantes y simpatizantes comunistas. Mucho más lírico lo dijo Hemingway: "Nuestra maravillosa y terrible guerra civil". O sea, como María Teresa León: "Los mejores años de nuestra vida"; o en palabras de su marido: "La belle époque". Una bonita guerra.

Una bonita guerra, "a fine war", era la impresión de John Cornford, que vino aquí a dejarse la piel "por el comunismo y la libertad", una causa dudosa. Los intelectuales sputniks, comprometidos con su ceguera voluntaria con los crímenes de los suyos, son retratados en las figuras de Olga y su marido David, antiguos maestros, una miserable pareja de enamorados estilo "y que reviente el mundo", en la novela de José María Gironella Un millón de muertos. Esta llegaría a ser la novela clásica de la guerra, en pantalla panorámica, para el bando nacional y los años 60. Su reverso, en el bando republicano, sería For Whom the Bell Tolls, de Hemingway. Allí no hay intelectuales sputniks, a no ser el propio autor y su trasunto protagonista convenientemente desintelectualizado. Para Trapiello tampoco es acertada esta obra, "novela en la que lo español se tiñe de un cierto aire mejicano-hollywoodiense". Peores cosas seguirían. También le reprocha Trapiello a Hemingway una tendencia a ver los toros desde la barrera, a pesar de su machada ambiental. Muchos episodios de las armas y las letras en la guerra de España pueden colocarse, lamentablemente, bajo el epígrafe de lo que Julien Benda, también antifascista, llamaría la trahison des clercs, la traición de los intelectuales diríamos hoy. Su avidez por el compromiso con los totalitarismos y la autocensura, su admiración por el olor a tigre de los matones—y su falta de compromiso con la libertad individual, los derechos humanos, la honestidad intelectual y la conciencia crítica, ornamentos intelectuales que en principio uno supondría que iban a ir más con ellos... pero no.




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