Mostrando entradas con la etiqueta Bermejo Barrera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bermejo Barrera. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de enero de 2018

Retropost #1958 (14 de enero de 2008): Enfermedad profesional

Es conocido mi interés (puramente académico) por la vanidad. En lo que no había caído es en que se trata de una enfermedad profesional. En Fírgoa: Universidade Pública hay un interesante artículo sobre esto, y otras cuestiones: sobre la evolución de la Universidad, y sobre el cambio en la figura del profesor e investigador: José Carlos Bermejo Barrera, "La traición de los profesores y la pérdida de la dignidad académica". En línea con las diatribas de Julien Benda contra los "clérigos" que se metían a comisarios políticos—aquí se denuncia también el abandono de su "espacio propio", el conocimiento, especialmente en estos años de privatización de la Universidad.

Se trata únicamente de analizar cómo los profesores universitarios se han definido a sí mismos en relación con el cultivo del conocimiento, con el poder político y con la riqueza, y cómo, en un determinado momento histórico (a partir de comienzos del siglo XIX europeo) consiguieron crearse un espacio social propio en el que lograr su reconocimiento social a partir de su trabajo y su labor específicos.

Ese fue el espacio académico, del que se derivó en otros tiempos un prestigio social que se desprendía del reconocimiento, tanto por parte de las comunidades académicas como por parte del cuerpo social, de un conjunto de valores propios de las universidades, diferentes de los valores políticos, y por supuesto del valor básico de la economía: el valor de cambio.

Aunque, por matizar, creo que no existe una oposición tajante, sino más bien un continuo, entre los valores académicos y el valor de cambio. Porque el reconocimiento académico también es una forma de valor de cambio, al haber una cierta circulación, todo lo indirecta que se quiera entre el prestigio intelectual y profesional, y la influencia política o los beneficios monetarios que le acompañan.

Traza Bermejo una genealogía del "intelectual" (desde los escribas, los sacerdotes y los filósofos griegos) y de su autoimagen. A San Agustín se remonta el análisis de la libido académica, que lleva a distinguir entre "profesores monjes" (los clérigos de Benda, interesados por el saber mismo) y "profesores cortesanos", en los que su actividad va subordinada al poder político o económico. De Pierre Bourdieu importa Bermejo el concepto del prestigio como ideología (—y por aquí llegamos a la vanidad). Es interesante cómo se reorganiza el prestigio en la era del trabajo en equipo y la investigación a base proyectos organizados y cuantificados (cuantificados en su financiación y en sus índices de calidad, a veces indistinguibles):

En ese mundo de la producción científica masiva ya no existen figuras de grandes pensadores o científicos, sino grupos de científicos industrialmente organizados, y de aquí se deriva un problema.

Ya no existe la distinción intelectual entre grandes, medianos y pequeños científicos. Sin embargo los científicos tienen que ser jerarquizados. En primer lugar por razones económicas e institucionales, y en segundo lugar por motivos académicos y psicológicos.

Todo científico busca el reconocimiento, pero es imposible encontrarlo destacando en esa enorme masa de trabajadores anónimos de la ciencia. Por ello se han establecido criterios de distinción, o excelencia, de tipo cuantitativo, que han llevado a desarrollar un sistema absurdo de clasificación de trabajos (Bermejo Barrera, 2007, pp.2 1/40). En ese sistema, tal y como hemos analizado, desaparecen los criterios cualitativos y son sustituidos por otros meramente cuantitativos.

Se supone que existe una unidad de medida de la ciencia, que es el paper, o artículo, independientemente de su contenido, que nunca se juzga. Los artículos se suman, matizando su número con índices externos de calidad que dependen de un rango convencional de publicaciones científicas, que asumen la distinción intelectual, ausente del trabajo científico anónimo. Sumando artículos, tipos de revistas y número de citas (consideradas también como de valor absoluto, ya que cada cita es una unidad) se puede numerar a un científico con un índice, en el que la cantidad sirve como sustituto de la calidad y la antigua distinción o jerarquía intelectual.

Es evidente que estos índices no tienen ningún valor, más que el de satisfacer la necesidad de reconocimiento de cada científico, muy necesaria en el caso del trabajo intelectual, como ya habíamos visto, y de proporcionarle así una satisfacción personal, que además le puede ser útil para progresar en el ámbito de su comunidad científica, o dentro de las instituciones académicas o la industria.

(—Aquí habría que matizar, claro: los índices cuantitativos de calidad se basan, al menos idealmente, en una cuantificación de valoraciones positivas, y naturalmente tienen un valor en la institución que sustenta la disciplina, que es a lo que van: porque estamos hablando de organizar una institución, reparto de puestos jerárquicos, de dinero... etc. Otra cosa es el valor o interés que pueda tener para una persona un artículo que es "de calidad" por haber sido valorado positivamente por otra persona).

La asunción de la tecnociencia como valor exclusivo del conocimiento supone, pues, la sentencia de muerte de las viejas universidades como promotoras básicas del conocimiento, y el inicio de este proceso de extinción parece alcanzar una velocidad imparable, a pesar de que muchos científicos académicos no quieran darse cuenta de ello.


Lo curioso del caso es que ese mismo proceso parece que quiere ser imitado por parte de aquellos universitarios que cultivan las Humanidades y las Ciencias Sociales, dos tipos de conocimiento diferentes a las tecnociencias, tal y como ha señalado Wolf Lepenies (Lepenies, 1994), y que no pueden ser medidos por los mismos patrones.

....

... se pretende convertir el estudio de todas las humanidades en un recurso secundario para el desarrollo de la industria del entretenimiento y del ocio, y para el desarrollo del turismo. De ser esto así las humanidades, complementarias de las técnicas de publicidad y marketing necesarias para la venta de recursos turísticos y de objetos culturales de consumo masivo, habrían perdido todo su sentido.

Si aquellos que cultivan las humanidades pretenden seguir el camino de la tecnociencia acabarán por rematar el proceso agónico en el que las universidades inevitablemente están entrando, puesto que la investigación en estos campos estaría financiada no por un tipo de empresas que ante todo necesiten demostrar la eficacia de sus productos frente a otros de la competencia, sino por otras que simplemente tienen que crear productos para el entretenimiento - carentes de función práctica- , como todos los dedicados al ocio que sólo valen en cuanto que son rentables. La ley de Gresham, una ley básica de la economía, nos hará comprender fácilmente que en ese mercado del ocio la moneda mala desplazará necesariamente a la buena y se desarrollará un proceso de empobrecimiento y trivialización de la cultura, al que ya estamos asistiendo, y que parecen saludar con entusiasmo unos académicos que han decidido sustituir los valores del conocimiento por el único valor del dinero, sentando así las bases para la pérdida de la dignidad de sí mismos y de las instituciones en las que se mueven.

....

La dignidad de los intelectuales ha sido enormemente frágil en la historia occidental, debido a su falta de independencia económica y a su vinculación y dependencia de los poderes religioso y político. Pero hubo algunos intelectuales y profesores, quizás no muchos, que hicieron que esa dignidad fuese posible. Los intelectuales y los profesores, como todos los demás seres humanos, están caracterizados por una serie de vicios y defectos que a veces derivan de la estructura sociopsicológica de su profesión. Y uno de esos defectos fue casi siempre la vanidad, a la que se confundió con la dignidad, y que pudo ir unida al elitismo y al espíritu de cuerpo.

Esa vanidad, fruto de la fragilidad psicológica de los intelectuales, fue muchas veces la fuente de errores garrafales, como los de Heidegger, Unamuno y Ortega, y puso de manifiesto, en estos casos y en tantos otros, que la grandeza intelectual no es incompatible con la torpeza social, e incluso con la lisa y llana estupidez personal y política.
....

El juego del reconocimiento y la relación dialéctica entre el especialista en el conocimiento, al que llamaremos el  sabio, y su comunidad tiene una historia muy larga y compleja, en la que los factores económicos, sociales y políticos se entremezclan con la compleja interrelación que en las personas de estos especialistas en el conocimiento tiene lugar entre la vanidad y la dignidad, a veces muy difíciles de distinguir.

(—Y tan difíciles. La dignidad de uno es vanidad para el otro).
....

Hoy en día, cuando muchos profesores querrían ser empresarios, o una caricatura de los mismos, políticos, o simples aduladores de los verdaderos políticos, o quizás compartir el poder y el terror que puede proporcionar el uso de la fuerza militar, deberíamos reivindicar la frágil dignidad de los intelectuales que alguna vez brilló momentáneamente en el transcurso de la historia.

Por ello, quizás fuese oportuno concluir con unos breves versos de Leonard Cohen:


“Like a bird on the wire,
like a drunk in a midnight choir,
I have tried in my way to be free”

(“Bird on the wire”).

Pero a ver quién es el guapo que lo consigue, cuando en la historia esto ha sido un ideal (ideológico) más que una realidad. Un ideal necesario, claro. Hay que intentarlo— siendo conscientes de la vanidad de esos intentos.

Interprétese en línea con mi diatriba crítica sobre la investigación en grupo (o tribu).



—oOo—

domingo, 14 de mayo de 2017

Retropost #1609 (14 de mayo de 2007): La institución del VERDUGO


Me estoy partiendo de risa el ejespinazo con un libro de José Carlos Bermejo Barrera que acaba de salir, La aurora de los enanos: Auge y caída de las universidades europeas, una sátira socarrante más que socarrona del proceso de reforma universitaria éste en el que estamos embarcados—el de Planificación para la Convergencia Con Europa Mediante la Sinergia con el Tejido Empresarial y Evaluación de la Calidad Oficialmente Entendida. Vamos, que me río por no llorar, porque estoy viendo que mi entorno departamental es de lo típico típico (en la medida en que las Humanidades pueden ser típicas hoy de la Universidad...)—vamos, que parece que haya estado infiltrado el autor con cámara secreta y grabadora en la sala de reuniones del Departamento nuestro. Donde hay mucho especialista en dividir al personal en Listos y Tontos, o gente con marchamo de calidad y gente sin marchamo de Calidad. Criterios de Calidad que luego se emplean—de modo objetivo, claro—para hacer sayos con las capas propias y ajenas, y regular la dinámica de grupos con normas no escritas, una vez se ha interiorizado en el personal la falta de confianza en sí mismos y el temor al Verdugo.
berengario
Aquí pongo un trozo del capítulo 3: "Declaración particular de los derechos de algunos, o doctrina universitaria del derecho y de la virtud."

Título tercero: del gobierno de las universidades

Artículo 22: el gobierno de las universidades ha de basarse en los siguientes principios:
1. establecimiento de la desigualdad y control de las mayorías
2. creación de la riqueza y reparto desigual de la misma
3. represión de la disidencia mediante el ejercicio de las funciones académicas del VERDUGO.

Glosa: todos estos principios se derivan de los artículos anteriores, por lo que no necesitan explicación. Además, dado que en una Declaración particular de los derechos de algunos únicamente deben establecerse las normas fundamentales que rigen el funcionamiento del derecho, y no entrar en los desarrollos normativos concretos, procede pues limitarse a definir las funciones jurídicas esenciales del instrumento fundamental del gobierno: el VERDUGO

Artículo 23: son funciones esenciales del verdugo la ejecución de los reos y la tortura de los mismos

Glosa: ya se estableció anteriormente que la pena de muerte no tiene sentido. Ello no obsta para que el verdugo siga teniendo una función esencial. No obstante, esa función ha de ser redefinida en el marco de la "sociedad del conocimiento". (…)

Artículo 26: Sólo quienes gobiernan el mundo y la Universidad tienen derecho a establecer los significados de las palabras y a fijar los criterios de la verdad y la falsedad.

Glosa: en la "sociedad del conocimiento" la realidad sólo puede ser conocida a través de los medios de comunicación y mediante los lenguajes existentes. A esa realidad se le llama realidad virtual. Los que gobiernan, gobiernan poque conocen la realidad gracias a su inteligencia. Si la realidad es virtual, ellos no sólo tienen derecho a controlarla, sino también a crearla, no sólo de la forma más inteligente, sino también con vistas a mantener la existencia de la desigualdad y a favorecer la producción de las riquezas y su reparto desigual, en aras del bien común. Por ello el producto resultante, además de ser bueno y justo, también será verdadero. Cuando un ser humano no conoce la verdad está equivocado. Cuando está equivocado toma decisiones que le perjudican. Si ello se hiciese colectivamente surgiría el caos social. Por ello, con el fin de evitarlo y lograr el bien común, quienes gobiernan tienen derecho a establecer los significados de las palabras, a regular su uso, y a fijar los únicos criterios válidos de la verdad y la falsedad.

Artículo 27: Serán, pues, las funciones esenciales del VERDUGO:

1. Eliminar todos aquellos obstáculos y neutralizar a todas personas, grupos o instituciones, que se nieguen a aceptar la realidad virtual tal y como es

2. Torturar los lenguajes y los sistemas de comunicación, con el fin de alejarlos de la mentira y obligarlos a aceptar la realidad virtual.

Glosa: todos los sistemas normativos de las universidades deberán estructurarse de modo que se pueda lograr este fin. Una vez que esto se haya conseguido y que se pueda controlar a la mayoría disidente, gracias al incremento de su conocimiento, se lograrán cumplir los fines básicos de los sistemas académicos, a saber:

a) fomentar la desigualdad, gracias a la creación de elites diferenciadas por criterios de excelencia.

b) establecer el gobierno de los inteligentes.

c) permitir y obligar a que los inteligentes se enriquezcan, en aras del bien común.

d) construir un lenguaje y unos sistemas de comunicación obligatorios, que establezcan lo que es real y lo que no lo es, lo que es posible y lo que es imposible.

e) obligar a que la mayoría acepte ese lenguaje y ese gobierno, gracias a la institución del verdugo.

f) continuar denodadamente la ardua labor de instrucción y educación de la mayoría de los tontos, con los fines siguientes:

1. que acepten que son tontos, y que no saben.
2. que acepten que deben ser gobernados por su bien.
3. que acepten que no están capacitados en modo alguno para saber quiénes son y cuál es el mundo en el que viven, y que no se puede salir de la realidad virtual.
4. que sepan que siempre estará presente el VERDUGO.

Entre la lista de Virtudes de la Minoría que siguen: el dogmatismo, la omnisciencia, la prepotencia, la arrogancia, la vanidad, la avaricia, la intolerancia, la lujuria, el paternalismo, la displicencia, la compasión...  (—"pero siempre despreciándolos").

(José Carlos Bermejo Barrera, La Aurora de los Enanos, ed. Foca, 2007; 60-64).







—oOo—

martes, 3 de agosto de 2010

La Burocracia Celestial


A veces tengo la sensación de pertenecer a una Burocracia Celestial, y de ser yo mismo un Burócrata Celestial, o un escriba asentado.

Así ve a los funcionarios universitarios José Carlos Bermejo Barrera en el libro La fábrica de la ignorancia: La Universidad del "como si" (2010).

Los funcionarios públicos han sido y son parte fundamental de la estructura de los diferentes estados, desde el Antiguo Egipto o la China imperial hasta la actualidad. Los funcionarios públicos (...) se caracterizan en primer lugar porque poseen un conocimiento especializado, en el cual es fundamental, desde hace ya cinco mil años, el uso de la escritura. Un uso asociado a sus capacidades de organización, de cálculo y de previsión, y al control de los recursos públicos, ya fuesen en forma de rentas en especie o en dinero.

Fue este saber letrado y la capacidad organizativa de los escribas y los funcionarios lo que permitió la coordinacióin de la fuerza de trabajo de los grandes imperios y la movilización de los recursos necesarios para el reclutamiento de los ejércitos y la planificación o ejecucuón de la guerra o para la construcción de las grandes obras públicas y la prestación de determinados servicios necesarios para la comunidad (Wittfogel, 1966). En ese sentido podríamos afirmar que, al hablar de los funcionarios, no hay nada nuevo bajo el sol.

Ahora bien, es necesario distinguir (...) las funciones necesarias que los funcionarios desempeñan de la idea que los funcionarios se hacen de sí mismos. Una idea mediante la que intentan, también desde hace unos cinco mil años, marcar la distinción entre ellos mismos y el resto de la población con el find de justificar sus privilegios económicos, sociales y políticos. Y es una parte fundamental de esa idea la importancia que los escribas, letrados y funcionarios otorgan a sus largos, trabajosos y complejos procesos de formación. La educación letrada pasaría así a ser una de las bases esenciales que les permitirían reivindicar sus privilegios, como ha señalado Pierre Bourdieu (1984).

Los escribas y los funcionarios tienden a mantenerse alejados de la realidad económica y social. Los funcionaros suelen tender a creer que se puede vivir en un mundo perfecto, en el que todo está regulado al milímetro, en el que todo se puede explicar, y en el que por lo tanto todo está perfectamente justificado. En el caso de la Antigua China, algunos sociólogos denominaron a este tipo de funcionarios, eficaces, sí, pero obsesionados por la jerarquía y los rangos, así como por los signos externos de distinción, los gestos y el ceremonial, la burocracia celestial. (...)

Los funcionarios se describen siempre a sí mismos como letrados, y por eso aman los textos, su estudio y su comentario, pudiendo llegar a obsesionarse con los detalles de la corrección gramatical, con las sutilezas de la exégesis y la interpretación textual, sea legal o no, y siempre estarán orgullosos de poder producir ellos mismos esos textos, o al menos sus comentarios. Esto ocurre desde hace milenios y sigue ocurriendo exactamente igual en la actualidad. (...)

Como los funcionarios y los letrados viven de las rentas del rey o el emperador, del Estado, de la Iglesia o de la nobleza (recueérdese ue las universidades europeas anteriores al siglo XIX vivían de las rentas de sus tierras), tienden a situarse por encima de la realidad económica, del mundo de la producción y el consumo, puesto que siempre tienden a tener unos ingresos garantizados. Por esta razón solían despreciar el trabajo físico, como se puede ver en la Sátira de los Oficios que leían los escribas egipcios, en los textos sumerios o acadios, o en los textos de los mandatarios chinos, para los que el cultivo de unas muy largas uñas era un símbolo de distinción social porque mostraba su libertad de no tener que trabajar con las manos.

Es ese aislamiento de la realidad económica y de sus fluctuaciones, unido al alto concepto que los funcionarios suelen tener de sí mismos, lo que hace que tiendan a sobrevalorar la importancia de su trabajo, cuya necesidad no se puede discutir, y a creer que siempre merecerían estar mejor pagados y a aque sus instituciones son merecedoras de recibir más dinero. Como los funcionarios poseen una mentalidad de rentista suelen tener una cierta tendencia, típica de esa mentalidad, a no medir los gastos, e incluso a despilfarrar el dinero en lo que ellos consideran como lo más importante: su propia promoción y el cultivo de sus propios sistemas de honores y valores. (...)

[E]sos valores específicos pueden correr el riesgo de convertirse en meros instrumentos de justificación de los privilegios económicos, sociales y políticos de los que pueden disfrutar los distintos tipos de funcionarios. Y así la solidaridad d grupo o el "espírigu de cuerpo" necesario para la existencia de cualquier grupo de funcionarios pueden transformarse en una solidaridad de clase, cerrada frente al exterior, y orientada ante todo al mantenimiento y a la expansión del propio grupo, a costa de la supervivencia de otros grupos y en perjuicio del bien común.


domingo, 1 de agosto de 2010

Profesores monjes y profesores cortesanos



 
Las reflexiones de José Carlos Bermejo Barrera sobre la dinámica del prestigio y la distinción en la Universidad no sólo proporcionan herramientas conceptuales certeras desde una perspectiva satírico-costumbrista ("profesores cortesanos", "proyectitis", empalabramiento, "capitalismo imaginario", pastoreo universitario...) sino que pueden ayudar a entender la generación por observación mutua (y a veces la súbita transformación) de ideologías, creencias, y doctrinas científicas y académicas, en función del material humano en el que se desarrollan, y de sus dinámicas sociales.
 


Es una distinción, ésta entre profesores monjes y profesores cortesanos, a la que alude José Carlos Bermejo Barrera en su libro crítico-satírico sobre la universidad española, La fábrica de la ignorancia, y que ciertamente tiene su dosis de verdad. Parte del mal que diagnostica Bermejo en la Universidad como "fábrica de la ignorancia" se debe a la proyectitis, de la cual ya hablábamos aquí otro día ("La investigación individual sobra en la Universidad"). A través de los grupos de investigación subvencionados, los profesores se embarcan en una dinámica que Bermejo denomina capitalismo imaginario:


"Unos profesores que últimamente valoran más la actividad investigadora basándose no en los resultados científicos obtenidos y publicados, sino en el dinero gastado en los años anteriores, de acuerdo con el llamado por R. Merton efecto San Mateo, conocido desde hace más de cuarenta años en las universidades norteamericanas, un efecto que, de acuerdo con las palabras de ese evangelio dice que al que tiene, se le dará, y al que no tiene incluso eso se le quitará.
Unos profesores que no dudan a la hora de cambiar todo tipo de criterios para la valoración de la docencia y la investigación de sus colegas, según cada caso y cada persona, y que pueden llegar a considerar cosas como que si es necesario publicar en revistas de prestigio, eso puede lograrse bien accediendo a esas revistas, o bien pasando a considerar como revistas de prestigio aquellas revistas en las que ellos ya publican, lo que se puede conseguir fácilmente convirtiéndose en evaluador en las comisiones que establecen las catalogaciones de las revistas científicas." (68)

Pongo algunas de las observaciones más jugosas sobre la universidad, vista desde dentro por este experto conocedor de la fauna académica. En especial en el capítulo IV, "¿En qué creen los profesores y por qué es tan fácil manipularlos?". No le sorprenderá a nadie que se trate aquí de cuestiones muy relacionadas con el feudalismo en la academia, por mucho que Bermejo no entre de lleno en el tema.


"En la universidad española actual además parece estar vigente el concepto de servidumbre voluntaria. al que el amigo de Michel de Montaigne, Étienne de la Boétie, había dedicado un libro que citábamos en el capítulo primero. Los profesores españoles, en efecto, parecen haberse convertido de unos años a esta parte en unos seres aparentemente sumisos dispuestos a aceptar toda clase de normas y a someterse a todo tipo de pruebas, a cambio de unas mínimas compensaciones económicas" (71).

La docilidad de los profesores viene, según Bermejo, de la misma manera en que se constituye su identidad como sujetos de reconocimiento mutuo. "Los profesores somos seres empalabrados, debemos construir discursos en los que se comunique el conocimiento, y nuestra identidad depende de los discursos que seamos capaces de construir y de nuestra capacidad de comunicarnos con los demás" (73). El reconocimiento mutuo, tan importante en toda sociedad humana, es todavía más crucial en la Academia, que no es sino una sociedad organizada de reconocimientos mutuos. De allí que se produzcan en ella fenómenos patológicos ligados a los procesos, necesidades y ansiedades del reconocimiento mutuo.


"En una institución determinada cada sujeto asume uno o varios roles y logra consolidar un lugar propio o estatus, y de este modo construye su identidad. Se da la paradoja, como señalaba J. L. Moreno, que la identificación entre cada sujeto y su rol puede llegar a ser tan fuerte en algunos casos, que los ataques más profundos que se le pueden hacer a una persona no serán aquellos que vayan dirigidos a los aspectos más íntimos de su personalidad, sino a su yo externo, al yo que desempeña en una institución con la que se siente identificado" (72)

Lo mismo comentábamos a propósito de la teoría de Goffman sobre la generación grupal de identidades, en el post sobre "Equipos y sujetos... al equipo". Parece lógico que el academicismo al cuadrado, o sea, la pertenencia a grupos específicos dentro de la academia, producirá patologías académicas elevadas asimismo al cuadrado. La raíz de esas patologías: la inseguridad y endeblez de la identidad académica—


"El carácter fuertemente lingüístico de la institución académica hace que el grado de identificación entre lo que podríamos llamar el ego interno y el ego externo sea mucho mayor que el resto de las profesiones (...). Podríamos decir que en el mundo universitario más que definir a una persona mediante la fórmula: yo soy lo que hago, o he hecho, se la define mediante la fórmula alternativa: yo soy lo que digo, o lo que he dicho. En términos literarios podríamos traducir esta proposición por yo soy mi obra, que en los términos académicos actuales sería: yo soy mi currículum. (73).

Siguiendo a Pierre Janet y a J. L. Moreno, ve Bermejo una implicación intelectual de la persona con su discurso, o quizá más bien con su imbricación en el discurso de la academia, que lleva a un mayor gasto de energía psíquica y mayor vulnerabilidad psíquica, a que "esa energía que mantiene la tensión necesite un mayor grado de reconocimiento social":


"Ésa esa la razón que puede explicar la tendencia a la vanidad de los profesores universitarios y su búsqueda constante de ser reconocidos por los demás. Por la misma razón estará allí su flanco más vulnerable: podrán ser manipulados mediante el halago, humillados mediante la injuria verbal y controlados gracias a la creación de sistemas que dosifiquen la alabanza y la crítica individual y colectivamente.
El carácter empalabrado de los profesores, unido a su constante necesidad de búsqueda del reconocimiento y al hecho de que por su profesión siempre están juzgando a sus alumnos y a otros profesores, valorando sus grados de conocimiento, hace que el uso del lenguaje pueda adquirir en el mundo universitario unas características muy particulares en el campo de la agresión verbal.
La agresión verbal en las universidades no se realiza básicamente mediante el insulto, sino mediante el uso y manejo constante de argumentos y contraargumentos, de alabanzas, de juicios de aprobación y de refutaciones. Cuando un profesor intenta atacar verbalmente a otro, lo que suele hacer es atacar su rol, su yo externo, siguiendo la lógica implícita, a la que ya habíamos aludido, según la cual: yo soy lo que digo o lo que he dicho." (74).

Sobre la vanidad de los académicos ya había disertado antes Bermejo—ver este post sobre "Enfermedad profesional". Vanidad que, aclaremos, no siempre se manifiesta haciendo ostentación, sino también, conversamente, en forma de inseguridad.


"La necesidad de reconocimiento académico por parte de los profesores es perfectamente natural, puesto que en primer lugar todos los seres humanos necesitamos el reconocimiento de los demás en todos los terrenos y por otra parte el gasto de energía psíquica que implica el trabajo intelectual hace que la necesidad de ese reconocimiento sea aún mayor, lo que los convierte en blanco fácil para la credulidad. Una credulidad que puede llegar a ser incluso un poco infantil y que resulta paradójica en unas personas y en unas instituciones que deberían estar dedicadas al cultivo de la inteligencia. Y es precisamente en esa crédula necesidad de reconocimiento en donde reside la gran debilidad de los profesores españoles actuales, una debilidad que será sistemáticamente manipulada por el sistema universitario español, de un modo especialmente perverso en el momento presente." (74)

Cosas como ésta suceden, es de suponer, en cualquier departamento. Y también en el mío, qué cosas—véase algún ejemplo relacionado con evaluación de méritos, en "Más Aneca".

Siendo el reconocimiento un bien tan ambicionado, es previsible que se intentará conseguirlo por diversas vías, o incluso mediante sucedéaneos. Explica Bermejo en otros capítulos cómo tiende a confundirse la unidad de valoración (el artículo) con la unidad de conocimiento, primando la cantidad de calidad sobre la calidad de la calidad, por así decirlo. O cómo tiende a supeditarse el reconocimiento del conocimiento al reconocimiento del poder institucional—o directamente a primarse la influencia económica en forma de contratos y proyectos como medida de calidad. Es lo que Bourdieu (a quien se remite Bermejo) ha identificado en su libro Homo academicus como dos formas de deseo y ambición en la institución universitaria, la libido sciendi y la libido dominandi. El ansia de saber puede estar muy oculta, no se sabe quién la tiene y quién no... —pero la otra, la ambición de dominio, suele manifestarse de modo bastante más evidente y visible.


"Podríamos, para sintetizar, establecer una contraposición ya consagrada en los estudios de sociología de las universidades entre dos tipos ideales de profesores: el profesor monje, que valora el cultivo del conocimiento por el conocimiento mismo, que asume el gran esfuerzo intelectual y personal que ese cultivo exige y que sólo espera el reconocimiento de sí mismo en términos puramente intelectuales, no aspirando a salirse del marco académico ni a lograr grandes riquezas. Y el profesor cortesano, que se da cuenta de que, en último término, lo único que importa es el prestigio, que todo prestigio es externo, ya que depende de la valoración que los demás hagan de nosotros, y que ese prestigio se puede conseguir manipulando los mecanismos que le son propios." (78-79)

Por supuesto, entre los cortesanos los hay serviles, meros pajecillos, y los hay conde-duques, cada cual intentando situarse en la corte según sus posibilidades. Cuando esta lógica llega a imponerse en el sistema, por diversas circunstancias que Bermejo analiza en detalle, en relación con la estructura político-económica de España y de la evolución de su sistema universitario, puede generarse un sistema bastante perverso "en el campo del conocimiento, en el que a partir de ahora estarán destinados a sobrevivir los más hábiles y oportunistas, es decir, aquellos que—como los virus—sepan encontrar y manipular los puntos débiles de los demás" (81)

Son procesos sin duda siempre presentes, pero que según lo ve Bermejo pueden proliferar de manera especialmente virulenta en la actual situación de la Universidad española [en 2010, y no digamos en 2020]. Así, se pervierten los sistemas de supuesta evaluación de la calidad, que operan sobre un sistema universitario políticamente irreformable, por el galimatías de la descentralización autonómica y la proliferación de normas y administraciones—En este contexto la evaluación de la calidad tiene efectos, pero son quizá tan perversos como beneficiosos:


"esa universidad está sobredimensionada, es disfuncional y se halla en un estado caótico. Sin embargo no se puede reformar por razones políticas y sindicales, y por la imposibilidad de coordinar las universidades de las diecisiete autonomías existentes. Por esta razón debería dar igual evaluar a las universidades que no evaluarlas, si se buscase algún fin real. Ese fin real no se busca, porque si se hallase no se podría aplicar, pero la evaluación cumple sin embargo un papel fundamental, del mismo modo que la instrucción en orden cerrado en el patio de un antiguo cuartel franquista: mantener a los soldados ocupados y disciplinados" (86).

En Fírgoa, web/blog sobre la Universidad, pueden (o podían...) encontrarse más artículos de Bermejo Barrera, por ejemplo algunos textos preliminares de La Fábrica de la ignorancia, o una entrevista sobre el actual proceso de reforma universitaria.   

______
 

PS: La web Fírgoa se suprimió por razones no sé si diga de política o de prudencia temerosa de los académicos editores.  Pueden encontrarla, sin embargo, en la Wayback Machine.







—oOo—


Mi fotoblog

Mi fotoblog
se puede ver haciendo clic en la foto ésta de Termineitor. Y hay más enlaces a cosas mías al pie de esta página.