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viernes, 4 de enero de 2019

Retropost (4 de enero de 2009): Gran golpe en Irlanda


Gran golpe en Irlanda

Capítulo 2 de 1599: A Year in the Life of William Shakespeare, de James Shapiro ( Londres: Faber and Faber, 2005).


(Capítulo 1: A Battle of Wills).

2. A Great Blow in Ireland.  La expedición a Irlanda de Essex, contra la rebelión de O’Neill, conde de Tyrone.

En 1598 moría el hombre fuerte del régimen de Elizabeth, el Lord Tesorero Burghley, experto en manejar las crisis y desactivar partidismos. A su muerte, los dos partidos se encarnarán en la persona de su hijo, Sir Robert Cecil, y el conde de Essex, de quien Burghley había sido tutor. El partido de los togados contra el de los soldados, respectivamente. Essex, contra quien se murmuraba que promovía la guerra en interés propio, escribió una curiosa Apology defendiéndose, con una evocación nostálgica del reinado de Enrique V y sus exitosas campañas militares en Francia, como un ideal patriótico y caballeroso. "Habiendo prometido escribir una nueva versión de Enrique Quinto, Shakespeare era muy consciente del equipaje político que acarreaba esta historia, tanto más una vez empezó a circular la Apología de Essex" (Shapiro 55, traduzco). Y se encuentran en la obra de Shakespeare numerosas alusiones, tanto implícitas como explícitas, a la campaña irlandesa de Essex.


Essex, favorito de la reina tras sus predecesores Leicester y Hatton, era menos prudente que ellos, además de treinta años más joven, y se indignaba cuando la reina no seguía sus sugerencias políticas. Una célebre bronca tuvo lugar con ocasión de enviar un nuevo administrador a un puesto un tanto envenenado en Irlanda. Essex no quería que Elizabeth enviase allí a su tío y aliado William Knollys, y le hizo un gesto de desaire a la reina, dándole la espalda con insolencia. Elizabeth le dio una bofetada en la oreja. Essex, airado, insinuó que si la reina no fuese mujer no le aguantaría esto—un primer episodio grave, sobre todo cuando Essex se empecinó en su honor combinando razonamientos aristocráticos tradicionales con argumentos modernos contra la tiranía—una combinación peligrosa a los oídos de la reina. Tales fueron los preliminares palaciegos de la expedición de Essex a Irlanda—un lugar donde era fácil fracasar.


En 1597 había habido una derrota sonada de los ingleses en Blackwater, con un ejército masacrado. Elizabeth preparaba la respuesta, y buscaba un jefe para encabezar una campaña de represalia en Irlanda. Essex se veía tentado por la aventura militar, a la vez que veía que era un paso peligroso. Se opuso a que encabezase la expedición de castigo alguien de menos rango que él. Pero Essex conduciría su campaña de modo ineficaz, atento más a su idea tradicional de la guerra que a las peculiaridades de la situación irlandesa—de sus lealtades inciertas, de su paisaje traicionero, y de la estrategia más localizada seguida por Tyrone, basada en el desgaste y en esquivar la batalla, en el empantanamiento del adversario, y el ataque por sorpresa. Volvió de Irlanda desconcertado y fracasado. Su sucesor Mountjoy, a quien Essex se había opuesto en un principio a enviar, siguió los consejos genocidas del poeta Spenser en A present View of the State of Ireland, y en lugar de perseguir a las partidas de rebeldes irlandeses sumió al país en el hambre y la desesperación antes de reducirlo militarmente. Esto no fue ni caballeroso, ni decente, ni ético—pero fue eficaz.


Por su parte, Essex, con su campaña desbaratada, frustrado, y ofendiendo a la reina con sus familiaridades, se vio despedido de la corte. Y cuando intentó a la desesperada montar un golpe de estado para imponerse frente al partido de sus rivales, en 1601, fue arrestado, condenado y decapitado.








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domingo, 12 de abril de 2009

The Invisible Armada

Capítulo 9 del libro de James Shapiro 1599: A Year in the Life of William Shakespeare (Londres: Faber and Faber, 2005).
(Capítulo 8: Is this a holiday?)

9. La Armada Invisible. Los preparativos ante el temor de un ataque español.

Capítulo que versa sobre la amenaza, por fin no materializada, de un nuevo intento de invasión española contra Inglaterra, en el verano de 1599.


La campaña irlandesa de 1599, liderada por Essex, no iba bien; había problemas de abastecimiento y paga, y se veía que no iba a tener un éxito rápido según previsto. Señal de ansiedad: se prohibió terminantemente comentar o publicar noticias sobre Irlanda. "Se murmura en la corte", dice una carta, "que tanto Essex como la reina han amenazado con la cabeza del otro". Y también se comenta que aprovechando la sangría de recursos en Irlanda, los españoles están planeando un nuevo ataque, once años después de la Armada Invencible. Se temía que atacasen directamente Londres subiendo desde el mar, con un desembarco simultáneo en la costa sur.

Hubo preparativos de defensa, planes para bloquear o fortificar el río, movilizaciones de milicias, paranoia, y muchas falsas alarmas este verano. Corrían rumores de la muerte de la reina, que había suspendido su gira de verano, y de desastres en Irlanda. Había vigilancia mutua, sospechas de los criptocatólicos, de los espías infiltrados; se venteaban temores de invasiones coordinadas de escoceses, de daneses; rumores de futuras matanzas, saqueos (como el de Amberes) y conversiones masivas forzosas… Quizá parte de esta ansiedad la recoja Shakespeare, años más tarde, en Otelo, en la escena de las noticias falsas y contradictorias sobre el trayecto de la flota turca; "such crises were rich in drama", observa Shapiro.

Shapiro describe vívida y extensamente este ambiente de preparaciones, temores, y rumorología. No sabemos qué hacía Shakespeare mientras: si fue movilizado, si volvió a Stratford… posiblemente siguió en Londres, con su actividad teatral, que debió ser especialmente intensa, a juzgar por la de sus colegas que este verano no detuvieron sus actividades. Enrique V debió reponerse, sin duda, y quizá desempolvasen los Chamberlain's Men otra obra (mediocre) de su repertorio, El asedio de Amberes, con escenas de matanzas y estímulos al patriotismo y a la movilización popular, avisando contra el egoísmo individualista que había perdido a los de Amberes.

Por otra parte, los reclutamientos habían llegado en la época de la cosecha, y creaban descontento en el campo; había temor de reveltas populares… Para mediados de agosto, la reina ordenó que se desmontasen los preparativos…. sólo para dar lugar a más falsas alarmas, contraórdenes y rumores y movilizaciones y entrenamientos. Pero en fin, para primeros de septiembre fue cayendo la alarma. Elizabeth se retiró a Hampton Court, donde alguien la vio bailar sola con su dama al son de la melodía "The Spanish Panic".

Otros rumores corrían: que las movilizaciones de Londres iban dirigidas no sólo a un posible ataque español, sino como aviso a Essex, no se viese tentado de volver con su ejército irlandés a hacerse con el poder en casa. Bacon mismo sostuvo posteriormente que las preparaciones habían sido tanto para disuadir a Essex como a los españoles, y dice que la gente hacía bromas al respecto, "saying that in the year '88 Spain had sent and Invincible Armada against us and now she had sent an Invisible Armada" (208). El contraste era también visible en la reina y en las reacciones populares: Isabel había adoptado en el 88 actitudes heroicas, al frente de las tropas; ahora no se había dejado ver; y por otra parte el pueblo, quizá aleccionado por los dramas de Shakespeare primordialmente, veía con mayor desconfianza los motivos de sus gobernantes.

Hay alusiones dramáticas a la tensión de ese verano. Es llamativo el Edward IV de Heywood, que retrata preparativos similares contra la invasión en Londres… pero el invasor es aquí otro inglés, Falconbridge (quizá otra alusión a los rumores relativos a Essex). Otra obra de esta temporada, The Overthrow of Turnhold, era una abierta dramatización de la victoria reciente sobre los españoles en los Países Bajos. En cuanto a Shakespeare, el ambiente de incertidumbre y preparativos marciales del principio de Hamlet, obra que empezó a escribir a finales de año, recordaba quizá la atmósfera opresiva y de inseguridad del verano de 1599.







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sábado, 11 de abril de 2009

Is this a holiday?

Capítulo 8 de James Shapiro, 1599: A Year in the Life of William Shakespeare (Londres: Faber and Faber, 2005).
(Capítulo 7: Book Burning)

8. ¿Es fiesta hoy? —La agitación popular en Roma y Londres, en Julius Caesar.

Versa este capítulo sobre algunos contextos de la inglaterra de 1599 oportunos para la comprensión del drama de Shakespeare Julio César. En Julio César las alusiones al ambiente político de Roma aparecen llenas de "anacronismos" y alusiones religiosas fuera de lugar—cosa que muchos críticos posteriores intentaron excusar en Shakespeare. Pero según Shapiro lo que hace Shakespeare es muy deliberadamente imbuir a su argumento de Roma antigua con una ambientación que nos recuerda más la atmósfera de intriga política y tensión religiosa del Londres contemporáneo.

La relación entre autoridad religiosa y política era una fuente de conflictos e incertidumbres desde la secesión de la iglesia anglicana. El papa Pío V excomulgó a Isabel I en 1570 y liberó a sus súbditos de obediencia. A medida que se hizo claro que no iba a tener descendencia, quienes temían una sucesión católica se acercaron gradualmente a posiciones cuasi-republicanas para defender una sucesión protestante (por ejemplo las de Thomas Wilson en su inédito "The State of England", 1600). Se debatía aquí la fuente de autoridad política—si es el rey o el pueblo. Se volvió políticamente imprudente hablar para nada de la cuestión de la sucesión de Isabel; se publicaban especulaciones al respecto en Escocia o el continente; en Inglaterra estaban prohibidas. Los principales sucesores in pectore eran Jacobo de Escocia (el que en efecto la sucedió), el conde de Essex, y la infanta de España. De Jacobo era dudoso su compromiso con el protestantismo. Otro peligro eran los asesinos católicos—tras el fracaso de la Armada en 1588, hubo diversos intentos de asegurar una pronta sucesión de la corona inglesa por el procedimiento de eliminar a la reina. O a su posible sucesor Jacobo. Las intrigas políticas y religiosas eran las mismas.

Shakespeare introdujo el término "assassination" en la literatura inglesa, en Macbeth. El tema le era familiar. Quizá fuese pariente lejano suyo (por la rama Arden) John Somerville, que en 1583 había intentado asesinar a la reina; fue asesinado en la cárcel antes de su ejecución, pero otros conspiradores fueron ejecutados en esa ocasión, incluyendo al suegro de Somerville, Edward Arden. Shakespeare le puso el nombre de Somerville a un paisano de Warwickshire en Henry VI 3; no sabemos con qué ojos vio en su momento este complot.

Justo en los meses previos al estreno de Julio César hubo varios intentos de magnicidio, usados por el gobierno para volver al pueblo contra los conspiradores y predicadores infiltrados por los jesuitas. Edward Squires, uno de los asesinos, corsario con Drake, había caído prisionero de los españoles y se le había sometido a un lavado de cerebro. Volvió a ser corsario inglés una vez liberado, esta vez con Essex, y en este año de 1597 envenenó la silla de Essex y también la silla de montar de la reina—sin éxito. Otros hubo, capturados, torturados y ejecutados (hanging, drawing & quartering). Hubo un panfleto de Bacon aireando esta conspiración, y contrapanfletos jesuitas negándola. También el gobierno inglés jugueteaba con el asesinato como arma poítica—estudiando la posibilidad de asesinar al rebelde Tyrone en Irlanda.

El Julio César de Shakespeare dramatiza el uso político del asesinato como una medida extrema que da lugar a consecuencias imprevisibles e incontrolables. En el drama parece quedar claro que a pesar de sus buenos motivos Bruto no ha calculado las consecuencias—o sea, la guerra civil que ocupa la segunda mitad de la obra. Los argumentos a favor del tiranicidio van seguidos de la demostración de las sangrientas consecuencias que tuvo.

Otra cuestión de las que se traslucen en Julio César son los conflictos sobre el calendario y las fiestas. Por el solsticio de primavera de 1571, pudo ver Shakespeare cómo se cambiaban las vidrieras de la iglesia de Stratford por ventanas de cristal simple. Quizá lo del solsticio fuese coincidencia, o quizá quedase recuerdo de los antiguos festivales populares ahora suprimidos bajo el protestantismo. Ya años antes (siendo John Shakespeare miembro del ayuntamiento) se habían eliminado las imágenes de santos del interior de la iglesia; aunque el pueblo estaba desorientado y desconfiado ante estos cambios, visto que recientemente se había pasado de los extremos protestantes de Eduardo VI a los extremos católicos de María Tudor. Bajo Isabel era el ayuntamiento quien decidía cómo ordenar la iglesia, prohibiéndose actuaciones de espontáneos reformistas. Se ha hablado de Shakespeare y su familia como criptocatólicos: de hecho la mayoría del país tenía en su pasado familiar el peso o recuerdo de la tradición católica aunque se hubiese hecho a los nuevos modos del culto oficial. De entre las pinturas blanqueadas de la iglesia de Stratford, San Jorge parece haber tenido especial predicamento; también en las fiestas locales en su honor, con dragón y pólvora y todo. Shakespeare pudo haber nacido el día de San Jorge—la lanza de su blasón incluso recuerda a la de la pintura de San Jorge de Stratford, observa Shapiro. Pero la fiesta había sido eliminada, y también el desfile con dragón. Se había mantenido la festividad en la reforma del santoral de Enrique VIII, ya importante; pero Eduardo VI redujo más las fiestas y suprimió a San Jorge. Con Isabel volvió sin embargo el día de San Jorge como festivo brevemente; luego se quitó de nuevo. El 23 de abril, quizá su cumpleaños, bien podría Shakespeare preguntarse si era fiesta o no.

En los días festivos, por orden del Parlamento de 1571, los no gentilhombres debían llevar una gorra especial de lana; esto duró hasta 1591. La gente era consciente de que el calendario y las fiestas obedecían a tendencias y presiones políticas. El mismo calendario juliano usado en Inglaterra (el tradicional, vigente desde su institución por Julio César precisamente) era distinto del calendario gregoriano introducido en el continente en 1582. La reina hubiera seguido la reforma del papa Gregorio, pero sus obispos estaban renuentes a dar ninguna señal de sumisión al Papa, e Inglaterra se quedó con el calendario juliano hasta bien entrado el siglo XVIII. En Julio César hay preguntas sobre las fechas, sobre si es fiesta o no, alusiones a las gorras de fiesta… No es casual quizá que las distintas rebeliones de esta época que han pasado a la historia iban unidas a nombres de fiestas o antiguas fiestas. La cuestión de "si es fiesta o no hoy" estaba políticamente cargada. Los reformistas habían introducido ansiedad en el calendario.

La reforma protestante había suprimido espectáculo de la religión, imágenes y ceremonias; el teatro religioso popular, la música, y era aversa a las fiestas populares. No es extraño que el teatro pasase a ocupar un espacio ritual y de creación de imágenes públicas que antes iba asociado al ritual católico. Había emergido, de hecho, del drama religioso. Y al retener esta energía semiótico-social, pronto se hizo el teatro blanco de las sospechas e irritación de los reformadores. Philip Stubbes es indicativo a este respecto, tronando contra la disposición de la gente a asistir a obras de teatro en lugar de a sermones.

"As it turned out, in the hands of Shakespeare and his fellow playwrights, this theatre not only absorbed social eneriges that had become unmoored in a post-reformation world, but also explored in the plays it staged the social trauma that had enabled it to thrive, the repercussions of which the culture had not fully absorbed". (172)

Le atraen a Shakespeare los momentos de cambio, de transición; se ve en sus historias "de romanos" anteriores, Tito Andrónico y Lucrecia, momentos de cambios de régimen. También lo es el asesinato de César. Pero Shakespeare lo reimagina en términos contemporáneos, como un duelo de "púlpitos" entre Bruto y Antonio. También las alusiones a las vestimentas de días festivos, y al boca a boca de las noticias populares, todo esto nos hace pensar en el Londres contemporáneo. También las alusiones a la Lupercalia, a las "Ceremonias" y a los adornos puestos y quitados a las estatuas, añaden una atmósfera de tensión religiosa, política y popular muy contemporánea. "Los polemistas católicos y anglicanos llevaban décadas batallando sobre el tratamiento de las imágenes políticas. Pocas cosas les parecían a los católicos más hipócritas que la adoración que dedicaban los protestantes a los iconos políticos, y la supresión que hacían de los religiosos" (177). Invitaba a malentendidos y confusiones entre lo sagrado y lo secular; es célebre la difusión y uso de las imágenes de Isabel, idealizadas y rejuvenecidas. En Julio César se llama la atención al contraste entre la debilidad física efectiva de César y su imagen idealizada; esto parece una alusión indirecta a Isabel y su obsesión con proyectar una imagen adecuada para fines políticos.

"The opening scenes of the play feel more contemporary than classical. The theologically tinged language, the casual references to Elizabethan dress codes, professions, guilds and shops, chimney tops and windows, and soon enough to pulpits, clocks, books with pages, and nightgowns, all contribute to a sense that either Shakespeare cared little about historical accuracy, or wanted to collapse the difference between classical Rome and Elizabethan London" (178-79).

Incluso en "triunfo" de César, el gran desfile público, recuerda a los espectáculos londinenses organizados por la corte o por el Ayuntamiento — espectáculos alegóricos y alusivos a los que habían contribuido muchos de los colegas de Shakespeare, aunque no él, significativamente. Una descripción de un "triunfo" semejante figura en su obra, en la recepción del victorioso Enrique V, con imágenes que enfatizan los paralelos con los triunfos romanos. Nos recuerda esto el mítico origen troyano, como Roma, de los británicos con el mítico Bruto (otro Bruto), y la supuesta atribución de la Torre de Londres a Julio César, otras cuestiones éstas a las que alude Shakespeare. La imaginería romana como fuente de autoridad y tradición ya se usaba en tiempos de Isabel—tenía ella en sus estancias un tapiz con el asesinato de César, de hecho. César era una figura simbólica potente y conocida.

El comienzo con las Lupercales nos proyecta a un ritual religioso-político, ligado a la identidad colectiva y al sacrificio—como preludio de la acción central, el asesinato de César, que repite y actualiza esa escena sacrificial. También es significativamente ambiguo cómo presenta Shakespeare la escena política central (en la que César rechaza la corona) de modo indirecto, a través de la narración que hace Casca a Bruto y Casio. No sabemos si César es realmente ambicioso o si es todo la interpretación de Casca. Es curioso que en Plutarco César es mucho más intrigante, realmente había preparado este espectáculo para sondear la opinión popular, y decide que no es favorable a que se haga con la corona, a pesar de haber infiltrado a partidarios suyos entre la multitud para que liderasen las aclamaciones. Shapiro observa que esta escena de Plutarco recuerda mucho a la escena de Richard III en que Ricardo y Buckingham manipulan a la multitud, sin éxito, con agentes infiltrados… En Julio César, en cambio, elige Shakespeare suprimir este asunto de la manipulación, y no cargar la balanza contra César.

César se apropia de una festividad religiosa para fines políticos. Esto también es un signo de los tiempos nuevos, tras la Reforma; como lo es en Enrique V la idea de una celebración popular de San Crispín que conmemore una victoria militar. Las fiestas patrióticas asociadas a la nación son un invento nuevo asociado al nuevo auge del Estado como propietario del calendario. Los isabelinos tenían el 17 de noviembre, día del Acceso de la reina al trono, como fiesta política semirreligiosa (también un antiguo santo). Fue probablemente la primera fiesta política nacionalista del calendario anglófono, que iría seguida de otras como el día de Guy Fawkes, días de la Independencia, etc. Y el gobierno emitía instrucciones sobre los temas deseables a tratar ese día en los sermones, La pervivencia, reutilización, reciclaje o supresión de las antiguas fiestas católicas era motivo frecuente de debates, tensiones o tomas de posición por parte de puritanos, anglicanos o católicos, ya fuese para criticar al gobierno o para tomar posiciones junto a él. Los críticos puritanos rechazaban la manera en que los anglicanos y la reina reconvertían para sus fines los rituales y fiestas del catolicismo. Así por ejemplo un sermón "a dos voces" frente a San Pablo, en noviembre de 1599, donde un predicador defendió la fiesta de Acceso de la reina, y otro, Richardson, criticó veladamente la política que se estaba llevando en Irlanda.

Se llamó al orden al predicador Richardson en esta ocasión. El gobierno era sensible a las insinuaciones de que la reina fuese equiparable a un tirano, y también a las críticas de que había un culto político en torno a ella. Isabel estaba muy atenta a la importancia política de los sermones, y hacía lo posible por controlarlos con instrucciones ("tuning the pulpits", lo llamaba). En Julio César se reconoce una tensión muy isabelina entre la festividad religiosa popular tradicional, y su manipulación o reutilización con fines políticos y personalistas. Fue llamativa la manera en que se apropió Shakespeare de la historia romana para hacerla resonar con ecos presentes. Quedó memoria (en poemas de Weever, de Digges) especialmente del duelo de los oradores Bruto y Antonio, y de la intensidad con que sus personajes se grabaron en la mente del público—no abundan semejantes alusiones a obras contemporáneas. (Señal quizá de la importancia creciente que estaba adquiriendo la oratoria pública sobre temas políticos como instrumento de creación de opinión y manipulación de masas).




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viernes, 10 de abril de 2009

Book Burning

Capítulo 7 de James Shapiro, 1599: A Year in the Life of William Shakespeare (Londres: Faber and Faber, 2005).
(Capítulo 6: The Globe Rises)

7. Quema de libros. Por orden de los obispos: la historia de Henry IV de Hayward.

Dos libros sobre el reinado de Enrique IV se vendían en Londres en la primavera de 1599: uno era el drama de Shakespeare, The First Part of the Life and Reign of King Henry IV, y el otro era The History of the Reign of Henry the Fourth de John Hayward.

Este segundo libro había hecho alguna pequeña finta para pasar la censura sin pena ni gloria, y luego había sido dedicado por su autor al conde de Essex con ocasión de su expedición a Irlanda: "You are great indeed, both in present judgment and in expectation of future time" (134). Esto en un momento de incertidumbre dinástica cuando muchos sospechaban de las intenciones del conde (futuro rebelde decapitado) para hacerse con la corona. Ante el éxito de ventas que tuvo este libro, el conde le escribió al arzobispo Whitgift, pidiéndole que investigase esa dedicatoria — distanciándose así del libro, o, según sugiere Shapiro, jugando a dos cartas, disfrutando de la dedicatoria y de los rumores a la vez que se separaba prudentemente de la iniciativa. Sus enemigos le criticaron más adelante que no sólo le había gustado el libro sino que había estado presente varias veces "en su representación"— ¿prueba quizá de que la gente confundía el drama de Shakespeare con el libro de Hayward?

Shapiro alude a alguna posible representación privada de una obra teatral para el conde—pero no queda claro si se refiere a Henry IV de Shakespeare, o (como me parece más probable) a Richard II, que también narra el principio de la historia de Enrique IV y de su usurpación de la corona. Recordemos que en vísperas de su conspiración, Essex encargaría a la compañía de Shakespeare una representación (pública) de Ricardo II. Vistas las alusiones que se reconocían en esta obra con el reinado de Isabel, milagro parece que Shakespeare salvase la cabeza, y es un paso atípicamente arriesgado en su carrera; pero recordemos que la reina favorecía la toma de posiciones a su lado. Lo hizo con Bacon, consejero de Essex, que se vio oblidado a liderar la acusación contra el conde; y lo hizo con los Lord Chamberlain's Men, cuyo castigo y humillación (y premio, supongo) fue hacer otra función de vísperas: actuar para la reina con antelación a la decapitación pública del conde, una vez fracasó su conspiración. (—Pero en este asunto de Ricardo II no entra mucho Shapiro).

Sea como sea, el arzobispo Whitgift ordenó que en el libro de Hayward se arrancase la dedicatoria a Essex de la mitad de la edición que aún no se había vendido. No es que la dedicatoria fuese especialmente llamativa ni provocadora, pero el hecho mismo de que se eliminase, y de que se chismorrease sobre el asunto, sugiere que el tema se prestaba a susceptibilidades. Es, después de todo, una historia que narra la deposición de un rey debilitado por un súbdito poderoso—algo que Essex se vería tentado a hacer en un futuro, si no le rondaba ya por la cabeza por estas fechas.

Una segunda edición de la obra de Hayward salió, con un prólogo defendiéndose de imputaciones fantasiosas… pero dando una vez más pie a que se viesen paralelos entre el reinado de Ricardo II y el de Isabel, ambos reyes sin hijos… y con problemas similares en Irlanda, cuestión ésta resaltada por Hayward. Shakespeare y Hayward seguramente fueron lectores atentos uno de otro por estos tiempos. Hayward era un historiador dramático, que utilizaba generosa y eficazmente los parlamentos inventados en boca de sus personajes, y prestaba gran atención a la caracteriología y su influencia en decisiones y acontecimientos históricos. Y su versión de la historia de Enrique IV se había visto influenciada por el Ricardo II de Shakespeare—pues de ahí y no de las crónicas viene el Enrique populista que retrata. Y es un escritor osado, en la línea de Tácito, ajeno a la historia providencialista, pesimista y realista en cuanto a los motivos humanos… cosa que debió hacer reflexionar a Shakespeare, necesariamente más tradicional por el género en el que trabajaba, de cara al público. "En comparación," nos dice Shapiro, "sus propios dramas históricos parecían anticuados y algo mansos".

En la época de la Reforma y de las guerras de religión se redescubrió la obra de Tácito y su retrato de enfrentamientos políticos sin ambages ni idealizaciones; Justus Lipsius lo editó en 1574 y veía en él "un teatro de la vida cotidiana". Sidney había comentado sobre el "veneno de maldad" que se encontraba en sus páginas; Henry Savile, secretario latino de la Reina, lo había editado en 1591, y se reeditó en 1598, completado por Richard Grenewey con una dedicatoria a Essex comparándolo a Vespasiano. Según Jonson, era el propio Essex quien había dictado esta dedicatoria, que alude a la decadencia del reino y las intrigas de los políticos contrapuestos a hombres de acción y de honor (tal como gustaba él de verse). Shakespeare debió conocer esta traducción de Tácito: el episodio de Enrique V con el rey disfrazado hablando con sus soldados recuerda un episodio parecido en Tácito, una anécdota sobre Germánico. Y Hayward había reutilizado o copiado mucho Tácito en su historia de Enrique IV; la Reina (nos dice Bacon) no creía que Hayward fuese el autor y amenazó con hacerlo torturar para que confesase quién era el auténtico autor (quizá sospechando de Essex). Bacon le repuso que traición no veía en el texto, pero sí felonía literaria, por los hurtos a Tácito.

Shakespeare podía sospechar que el clima político amenazaba con una nueva ola de censura y prohibiciones que podía poner en peligro su teatro; por otra parte, no podía resistirse a tratar los temas que interesaban a sus contemporáneos; era un dilema. Había escarmentado en cabeza ajena con el interrogatorio brutal de Kyd, el asesinato de Marlowe posiblemente instigado por las autoridades… Lo que eligió hacer fue escribir sobre la censura, en lugar de arriesgarse a incurrir directamente en sus iras.

Es significativa la escena de Cinna el poeta en Julio César. La muchedumbre lo confunde con Cinna el conspirador que había participado en el asesinato, y lo linchan; ve Shapiro aquí una alusión al peligro para los escritores en estos tiempos de conspiración política; pero Shakespeare muestra poca simpatía por este poeta y por otro que se interpone intentando reconciliar a Bruto y Casio—Casio intenta excusarlo, pero Bruto dice "I'll know his humour when he knows his time. / What should the wars do with these jigging fools?" (IV.iii). Para Shapiro, "el mensaje parece ser que un poeta sabio es el que conoce su lugar y su tiempo, y no anda buscándose problemas en el peligroso mundo de la política". (Luego nos dirá Shapiro que Shakespeare entendía perfectamente su lugar y su tiempo—de ahí lo calculado de sus riesgos).

Hayward había prestado especial interés, en su Historia, a la búsqueda de "popularidad" por parte de los aspirantes políticos—de una popularidad populista, retratada por Shakespeare en el Bolingbroke de su Ricardo II (también hay alusiones a estrategias populistas en Enrique IV 1 y Enrique V). Ahora la idea estaba en el aire, y Shakespeare vuelve a ella en Julio César—allí Bruto es popular entre los romanos, y Antonio manipula al pueblo con los favores de César en su testamento. En Inglaterra era Essex quien cultivaba la "popularidad", y la reina y Cecil estaban vigilantes al respecto. Bacon aconsejó repetidamente a Essex sobre su imagen pública, avisándole de que se desvinculara de las causas "populares" y del uso de la religión para estas cuestiones. Años más tarde diagnosticaría Bacon este mismo deseo populista en Julio César. Y las comparaciones de César con Essex ya aparecían en Enrique V. Ahora, en Julio César, evita Shakespeare referencias directas a Essex y a la política del momento, pero impregna la historia romana con ecos del ambiente político contemporáneo.

Hayward incluye en su historia un debate sobre si se puede ser leal al Estado sin ser leal al rey—una teoría política peligrosa para la monarquía, aunque Hayward se cuida de presentar en debate argumentos contrarios a estas ideas, de tal modo que mal se le puede condenar por traición… y Shakespeare tomará buena nota de cómo tratar estos debates de modo que no quede claro de qué lado de la argumentación se posiciona el autor. En Julio César encontraremos argumentos a favor y en contra del regicidio; también sabía Shakespeare que podía permitirse más latitud que Hayward puesto que la censura isabelina sólo examinaba con extremo cuidado lo que quedaba impreso, no lo que se decía en un escenario. (Es significativo que Julio César no se imprimiría hasta el First Folio, veinticuatro años después—y también que se titulase con el nombre de César y no con el de quien es más bien su protagonista, el regicida y republicano Bruto).

Los conceptos de tiranía, abuso del poder, tiranicidio, resuenan en la obra constantemente. Pero Shakespeare modula cuidadosamente la figura de César para alejarla de la imagen de un tirano; es el debate en torno a César el que le interesa; quiere presentar de modo dramático el conflicto y la diferencia de valoraciones y opiniones, sin que pueda decirse que está a favor de los conspiradores o en contra. "Shakespeare no concebía su tragedia en términos aristotélicos—es decir, como la caída de un gran hombre que tiene defectos—sino más bien como la colisión de principios profundamente asentados e irreconciliables, encarnados en personajes que son destruidos cuando entran en colisión estos principios" (147). Es el tipo de tragedia que describirá Hegel en su Estética, en relación a la Antígona de Sófocles.

Hay en Julio César además un elemento vívido y dinámico que suele faltar en las obras sobre la Antigüedad clásica. Es muy visible en la descripción del asesinato, que Shapiro relaciona con otros dos episodios shakespeareanos: uno, la anécdota de Aubrey al efecto de que Shakespeare había sido aprendiz de carnicero, y que pronunciaba discursos solemnes antes de matar un becerro. Si su padre trataba con pieles y curtidos, no es disparatado que algo tenga de cierto... Otro, en Hamlet: la comparación del asesinato de César a la muerte de un becerro, cuando Hamlet comenta con Polonio los días de actor de éste, en la Universidad (por cierto, que esto es una alusión no sólo a los días de estudiante de Polonio sino también a algo que estaba mucho más reciente cuando se estrenó Hamlet—el propio drama de Julio César interpretado por los mismos actores en ese mismo escenario poco tiempo antes, una broma metateatral).

Quizá este asunto de Hayward animó a Shakespeare a tratar temas políticos no en relación a la historia inglesa como venía haciendo, sino con temática romana. (Hubo también pronto una prohibición gubernamental de tratar temas de historia reciente).

Para tratar el tema de César estudió Shakespeare a Plutarco (monárquico y del gusto de la Reina, que lo traducía) más bien que al republicano Tácito. Venía leyendo las Vidas paralelas desde hacía años, y aprendió allí psicología, el retrato de la interioridad de los personajes. Tras la lectura de Plutarco adquiere Shakespeare (en comparación a alusiones anteriores a este asunto den sus obras) una visión más compleja del asesinato de César—ahora pone el acento en el dilema político, no en las relaciones familiares "parricidas". Ahora, en la primavera de 1599, escribió Julio César deprisa, casi de un tirón, una obra intensa y centrada en este nuevo tipo de invención que conjunta la tensión política, la interioridad de los caracteres, las alusiones a la atmósfera contemporánea.

Por ejemplo, el debate interno de Bruto sobre cómo llegar a una decisión terrible (II.i. 63-69): se asocia la tensión interna del personaje a la insurrección política entre fuerzas distintas; se asocian lo real y lo fantasmático, anunciando los fantasmas que atormentarán a Bruto; el parlamento anticipa parlamentos similares en Macbeth—es aquí donde nace el germen de esta obra también. Aprende también Shakespeare a sugerir callando, con frases de los personajes que sugieren más que dicen: "Portia is dead", etc.—evitando los excesos de expresión explícita de Enrique V.

La segunda edición de la obra de Hayward fue secuestrada y quemada por orden del obispo de Londres, Richard Bancroft, a mediados de mayo. Y para principios de junio, muchos más libros se ordenaron quemar: sátiras de Hall, Giulpin y de Middleton, de John Davies; se prohibió imprimir más libros de Nashe y de Gabriel Harvey. Pusieron fin así las autoridades al auge que estaba alcanzando la sátira sobre asuntos contemporáneos. También se prohibió la publicación de libros de historia a no ser con licencia especial del Privy Council, con lo cual se desalentaba a la mayoría de los autores. También se restringía la publicación de obras de teatro. La compañía de Shakespeare optó por publicar versiones "autocensuradas" de la Segunda parte de Enrique IV y de Enrique V (suprimiendo las alusiones a Essex), y por retirar estas obras del repertorio para no dar lugar a sospechas ni debates, en un momento delicado como era la apertura de su nuevo teatro del Globe.








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