En su última novela de no ficción,
El impostor (Random House, 2014), Javier
Cercas cuenta la historia de Enric Marco, ese personaje que se inventó
un pasado de resistente antifranquista y de superviviente de los campos
de concentración nazis, el
represaliado modelo, convertido en líder sindical primero y activista social luego, a caballo de su supuesto pasado
—hasta
ser espectacularmente desenmascarado. Marco es un personaje inquietante
para la parte de impostor que todos tenemos, pero Cercas va más allá al
compararlo con el mito nacional, Don Quijote, para convertirlo en un
caso peculiarmente español, en el síntoma y emblema de un país de
fabuladores e impostores.
La herencia del franquismo es cuestión fascinante precisamente por lo
tabú del tema y por la mala conciencia que despierta—o por las
tendencias a la fabulación que alienta. Aquí hay una visión desde el
extranjero que parece responder a la percepción más común—Tobias Buck,
Facing up to Franco.
Por el otro lado, apologistas del franquismo o defensores públicos no
los hay tan apenas, y por eso tiene su interés la perspectiva de Pío
Moa, en el sentido de que aunque es ciego o miope para el tipo de cosas
que dice Buck, sí se permite señalar otras cuestiones que el
antifranquismo generalizado ignora.
Aquí hay una entrevista sobre su libro
Los mitos del franquismo.
Pío Moa tiene la gracia (maldita la gracia, para muchos, pues Moa es lo
más parecido que tenemos hoy a un chivo expiatorio nacional, él en vida
y Franco muerto), la gracia, digo, de que era antifranquista radical de
armas tomar en tiempos de Franco, cuando toda España era franquista; y
hoy en cambio es de los pocos que presentan el otro lado de la
cuestión, hasta el punto de cantarle loas al régimen. En fin,
in medio veritas, supongo.
Otra cuestión interesante a comentar es que el libro de Cercas parece
referirse muy explícitamente a España como impostora, y algo de eso
hay, pero admite una lectura más entre líneas (y por ello más
sugestiva) según la cual en un país de impostores, que disimulan su
pasado de aquiescencia mansa con el franquismo, hay uno que destaca en
especial: Cataluña, haciendo gala particular de opresión. O dos, ya
saben. Según esta lectura Enric Marco, antaño Enrique Marco, sería
portavoz y modelo de impostores en tanto que síntoma y símbolo de la
impostura catalana, país de mentira (y España profunda por tanto),
reescribiendo su historia e inventando su identidad, al precio de
encubrir gran parte de la realidad.
Pero juzquen Vds. Así acaba el capítulo 9 de
El Impostor:
Una última cosa. Antes dije que
quizá don Quijote y Marco sean dos novelistas frustrados y que, si
hubiesen escrito lo que habían soñado, tal vez no hubiesen intentado
vivirlo; también dije o insinué que lo que don Quijote o Marco quieren
no es convertir la realidad en ficción sino la ficción en realidad: no
escribir una novela sino vivirla. Ambas hipótesis no son incompatibles,
pero la segunda me parece superior a la primera.
Don Quijote y Marco no son dos
novelistas frustrados: son dos novelistas de sí mismos; nunca se
hubieran conformado con escribir sus sueños: ellos quieren
protagonizarlos. A los cincuenta años de edad, don Quijote y Marco se
rebelan contra su destino natural, que es, pasada ya la cumbre de la
vida, darse por satisfechos con lo que han vivido y prepararse para la
muerte; ellos no condescienden, no se resignan, no se someten, ellos
quieren seguir viviendo, quiern vivir más, quieren vivir todo aquello
que nunca vivieron y siempre soñaron con vivir. Y están dispuestos a
todo para conseguirlo; a todo significa a todo: también, a engañar al
mundo haciéndole creer que son el gran don Quijote y el gran Enric
Marco. Entre la verdad y la vida, eligen la vida: si la mentira da vida
y la verdad mata, ellos eligen la mentira; si la ficción salva y la
realidad mata, ellos eligen la ficción. Auque elegir la ficción suponga
negar que hay cosas que se pueden hacer en las novelas pero no en la
vida, porque las reglas de las novelas y las de la vida son distintas;
aunque elegir la mentira suponga transgredir un principio básico de
nuestra moral e incurrir en el "vicio maldito" de Montaigne, en la
bajeza y la agresión y la falta de respeto y la violación de la primera
regla de convivencia entre humanos, que consiste en decir la verdad.
Como el pájaro de un verso de T.S. Eliot, Nietzsche observó que los
seres humanos no podemos soportar demasiada realidad y que a menudo la
verdad es mala para la vida; por eso abominaba de nuestra pequeña moral
pequeñoburguesa, de nuestra ética mezquina de gente respetable que
respeta la verdad o que piensa que la verdad es respetable, y elogiaba
las grandes mentiras que afirman la vida. Huérfanos de remordimientos y
mala conciencia, don Quijote y Marco aparecen, así, como héroes
nietzscheanos: no inmorales ni amorales, sino extramorales. ¿Lo son?
¿Es ésta la forma inesperada y grandiosa en que Marco se nos convierte
en un héroe? ¿Es Marco un héroe moral o extramoral, un rebelde
luciferino no sólo contra las imposiciones de la moral burguesa, sino
contra las imposiciones de la realidad? ¿Es ésta la forma en que,
después de haberse pasado la vida diciendo Sí y estando con la mayoría,
inesperadamente Marco dijo por fin No y se alineó con la minoría?
Me gustaría responder sí. Respondo:
sí, aunque sólo en parte. Marco se inventó un pasado (o lo adornó o lo
maquilló) en un momento en que, alrededor de él, en España, casi todo
el mundo estaba adornando o maquillando su pasado, o inventándoselo;
Marco reinventó su vida en un momento en que el país entero estaba
reinventándose. Es lo que ocurrió durante la transición de la dictadura
a la democracia en España. Muerto Franco, casi todo el mundo empezó a
construirse un pasado para encajar en el presente y prepararse el
futuro. Lo hicieron políticos, intelectuales y periodistas de primera
fila, de segunda fila y de tercera fila, pero también personas de todo
tipo, personas de a pie; lo hizo gente de derechas y gente de
izquierdas, unos y otros deseosos de demostrar que eran demócratas
desde siempre y que durante el franquismo habían sido opositores
secretos, malditos oficiales, resistentes silenciosos, o
antifranquistas durmientes o activos. No todo el mundo mintió con la
misma pericia o descaro o insistencia, por supuesto, y pocos llegaron a
inventarse del todo una nueva identidad: la mayoría se limitó a
maquillar o adornar su pasado (o a desvelar por fin una intimidad
celosamente velada u oportunamente oculta hasta entonces). Pero,
hiciera lo que hiciera, todo el mundo lo hizo con tranquilidad, sin
desazón moral o sin demasiada desazón moral, sabiendo que a su
alrededor todo el mundo estaba haciendo más o menos lo mismo y que por
lo tanto todo el mundo lo aceptaba o lo toleraba y nadie estaba muy
interesado en hacer averiguaciones sobre el pasado de nadie porque todo
el mundo tenía cosas que ocultar: al fin y al cabo, a mediados de los
años setenta el país entero cargaba a cuestas con cuarenta años de
dictadura a la que casi nadie había dicho No y casi todos habían dicho
Sí, con la que casi todos habían colaborado por fuerza o por gusto y en
la que casi todos habían prosperado, una realidad que intentó
esconderse o maquillarse o adornarse como Marco había adornado o
maquillado o escondido la suya, inventando un ficticio pasado
individual y colectivo, un noble y heroico pasado en el que muy pocos
españoes habían sido franquistas y en el que habían sido resistentes o
disidentes antifranquistas muchos que no habían movido un dedo contra
el franquismo o habían trabajado codo a codo con él.
Ésa es la realidad: al menos
durante los años del cambio de la dictadura a la democracia, España fue
un país tan narcisista como Marco; también es cierto, por tanto, que la
democracia se construyó en España sobre una mentira, sobre una gran
mentira colectiva o sobre una larga serie de pequeñas mentiras
individuales. ¿Pudo construirse de otro modo? ¿Pudo la democracia
construirse sobre la verdad? ¿Podía el país entero reconocerse
honestamente como lo que era, en todo el horror y la vergüenza y la
cobardía y la mediocridad de su pasado, y a peesar de ello seguir
adelante? ¿Podía reconocerse o conocerse a sí mismo, igual que Narciso,
y a pesar de ello no morir por exceso de realidad como Narciso? ¿O fue
esa gran mentira colectiva una de las nobles mentiras de Platón o una
de las mentiras oficiosas de Montaigne o una de las mentiras vitales de
Nietzsche? No lo sé. Lo que sí sé es que, al menos durante aquellos
años, las mentiras de Marco sobre su pasado no fueron la excepción sino
la norma, y que en el fondo él se limitó a exagerar hasta el extremo
una práctica por entonces común: cuando estalló su caso, Marco no pudo
defenderse diciendo que lo que había hecho no era más que lo que todo
el mundo hacía en los años en que él se reinventó, pero sin la menor
duda lo pensaba. Y lo que también sé es que, aunque nadie se atrevió a
llevar su impostura hasta donde Marco la llevó, quizá porque nadie
tenía la energía, el talento y la ambición suficientes para hacerlo,
también en este asunto nuestro hombre—en parte, como mínimo en
parte—estuvo con la mayoría.
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