Mostrando entradas con la etiqueta Cercas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cercas. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de febrero de 2019

Esa bestia omnívora que es el yo


Me citan en este artículo sobre la autoficción en las novelas de Cercas:


Gómez Trueba, Teresa. (U de Valladolid). "'Esa bestia omnívora que es el yo': el uso de la autoficción en la obra narrativa de Javier Cercas." Bulletin of Spanish Studies 86.1 (2009).* Online at Taylor and Francis 3 Feb. 2009.*
         2019
         Online at Academia (Teresa Gómez Trueba).*
         2019

—oOo—

miércoles, 29 de marzo de 2017

Cercas sobre el gran basural

Teoría de la relatividad de la basura. Javier Cercas considera a Internet un gran basural. Pero, claro, el estudio y definición de la basura daría para muchas tesis, o quizá para muchos tweets.



Un artículo de Cercas contra Internet, o quizá más específicamente contra Twitter, o contra la parte de Twitter que no le gusta: "El gran basural", en El País Semanal.

Es un poco socorrido eso de llamar a Internet, por ciertas partes o usos, un gran basural. Lo mismo podríamos decir de gran parte de cualquier biblioteca, supongo—o de gran parte de El País.

Por otra parte, lo que para uno reluce, para otro es basura, así que vaya Vd. a separar. Por ejemplo,  una apostilla sobre el caso Trueba que menciona Cercas. Lo considera un cineasta valioso, y no lo voy a discutir, porque el abucheo que se montó en Twitter no fue por el valor de sus películas, sino por una ofensa pública al país que le estaba entregando un premio. ¿Es basura esa reacción, como pretende Cercas? Habrá tuits basurientos, desde luego, pero no es esa la cuestión. La cuestión es si era procedente una protesta pública sonora y visible contra las palabras (o actos de habla) de Trueba.

Lo que le resultó ofensivo a tanta gente no es que dijese Trueba que no se sentía español, allá cada cual, sino que dijo que siempre se colocaría al lado de los enemigos de España. Y eso, decirlo en San Sebastián, donde jamás un cineasta ha denunciado a la ETA, no es inocente. Como poco, es no saber lo que se dice. Como mucho, es de una vileza y maldad insondables, y de ahí la respuesta que obtuvo. Lo de 'enemigo de España' se le olvida a Cercas. No es lo mismo declararse indiferente a alguien que declararse su enemigo. Y menos cuando te está dando un premio.

Así que, un poco más de criterio. Para distinguir basuras de basurillas; y la vileza profunda, de la mera estupidez moral. Que las distinga, sobre todo, el interesado.

E Internet es, ni más ni menos, como la sociedad que lo llena de contenidos. ¿Que hay mucha basura? Pues bueno es, al menos, darse cuenta de lo que hay. Y así la próxima vez se puede empezar por no premiar a quien se declara, preventivamente, enemigo tuyo. O, quizá, por no votar a quien le premia.


 


 
—oOo—




 


martes, 12 de mayo de 2015

País de impostores

En su última novela de no ficción, El impostor (Random House, 2014), Javier Cercas cuenta la historia de Enric Marco, ese personaje que se inventó un pasado de resistente antifranquista y de superviviente de los campos de concentración nazis, el represaliado modelo, convertido en líder sindical primero y activista social luego, a caballo de su supuesto pasado—hasta ser espectacularmente desenmascarado. Marco es un personaje inquietante para la parte de impostor que todos tenemos, pero Cercas va más allá al compararlo con el mito nacional, Don Quijote, para convertirlo en un caso peculiarmente español, en el síntoma y emblema de un país de fabuladores e impostores.

La herencia del franquismo es cuestión fascinante precisamente por lo tabú del tema y por la mala conciencia que despierta—o por las tendencias a la fabulación que alienta. Aquí hay una visión desde el extranjero que parece responder a la percepción más común—Tobias Buck, Facing up to Franco.

Por el otro lado, apologistas del franquismo o defensores públicos no los hay tan apenas, y por eso tiene su interés la perspectiva de Pío Moa, en el sentido de que aunque es ciego o miope para el tipo de cosas que dice Buck, sí se permite señalar otras cuestiones que el antifranquismo generalizado ignora. Aquí hay una entrevista sobre su libro Los mitos del franquismo. Pío Moa tiene la gracia (maldita la gracia, para muchos, pues Moa es lo más parecido que tenemos hoy a un chivo expiatorio nacional, él en vida y Franco muerto), la gracia, digo, de que era antifranquista radical de armas tomar en tiempos de Franco, cuando toda España era franquista; y hoy en cambio es de los pocos que presentan el otro lado de la cuestión, hasta el punto de cantarle loas al régimen. En fin, in medio veritas, supongo.

Otra cuestión interesante a comentar es que el libro de Cercas parece referirse muy explícitamente a España como impostora, y algo de eso hay, pero admite una lectura más entre líneas (y por ello más sugestiva) según la cual en un país de impostores, que disimulan su pasado de aquiescencia mansa con el franquismo, hay uno que destaca en especial: Cataluña, haciendo gala particular de opresión. O dos, ya saben. Según esta lectura Enric Marco, antaño Enrique Marco, sería portavoz y modelo de impostores en tanto que síntoma y símbolo de la impostura catalana, país de mentira (y España profunda por tanto), reescribiendo su historia e inventando su identidad, al precio de encubrir gran parte de la realidad.

Pero juzquen Vds. Así acaba el capítulo 9 de El Impostor:



el impostor

Una última cosa. Antes dije que quizá don Quijote y Marco sean dos novelistas frustrados y que, si hubiesen escrito lo que habían soñado, tal vez no hubiesen intentado vivirlo; también dije o insinué que lo que don Quijote o Marco quieren no es convertir la realidad en ficción sino la ficción en realidad: no escribir una novela sino vivirla. Ambas hipótesis no son incompatibles, pero la segunda me parece superior a la primera.

Don Quijote y Marco no son dos novelistas frustrados: son dos novelistas de sí mismos; nunca se hubieran conformado con escribir sus sueños: ellos quieren protagonizarlos. A los cincuenta años de edad, don Quijote y Marco se rebelan contra su destino natural, que es, pasada ya la cumbre de la vida, darse por satisfechos con lo que han vivido y prepararse para la muerte; ellos no condescienden, no se resignan, no se someten, ellos quieren seguir viviendo, quiern vivir más, quieren vivir todo aquello que nunca vivieron y siempre soñaron con vivir. Y están dispuestos a todo para conseguirlo; a todo significa a todo: también, a engañar al mundo haciéndole creer que son el gran don Quijote y el gran Enric Marco. Entre la verdad y la vida, eligen la vida: si la mentira da vida y la verdad mata, ellos eligen la mentira; si la ficción salva y la realidad mata, ellos eligen la ficción. Auque elegir la ficción suponga negar que hay cosas que se pueden hacer en las novelas pero no en la vida, porque las reglas de las novelas y las de la vida son distintas; aunque elegir la mentira suponga transgredir un principio básico de nuestra moral e incurrir en el "vicio maldito" de Montaigne, en la bajeza y la agresión y la falta de respeto y la violación de la primera regla de convivencia entre humanos, que consiste en decir la verdad. Como el pájaro de un verso de T.S. Eliot, Nietzsche observó que los seres humanos no podemos soportar demasiada realidad y que a menudo la verdad es mala para la vida; por eso abominaba de nuestra pequeña moral pequeñoburguesa, de nuestra ética mezquina de gente respetable que respeta la verdad o que piensa que la verdad es respetable, y elogiaba las grandes mentiras que afirman la vida. Huérfanos de remordimientos y mala conciencia, don Quijote y Marco aparecen, así, como héroes nietzscheanos: no inmorales ni amorales, sino extramorales. ¿Lo son? ¿Es ésta la forma inesperada y grandiosa en que Marco se nos convierte en un héroe? ¿Es Marco un héroe moral o extramoral, un rebelde luciferino no sólo contra las imposiciones de la moral burguesa, sino contra las imposiciones de la realidad? ¿Es ésta la forma en que, después de haberse pasado la vida diciendo Sí y estando con la mayoría, inesperadamente Marco dijo por fin No y se alineó con la minoría?

Me gustaría responder sí. Respondo: sí, aunque sólo en parte. Marco se inventó un pasado (o lo adornó o lo maquilló) en un momento en que, alrededor de él, en España, casi todo el mundo estaba adornando o maquillando su pasado, o inventándoselo; Marco reinventó su vida en un momento en que el país entero estaba reinventándose. Es lo que ocurrió durante la transición de la dictadura a la democracia en España. Muerto Franco, casi todo el mundo empezó a construirse un pasado para encajar en el presente y prepararse el futuro. Lo hicieron políticos, intelectuales y periodistas de primera fila, de segunda fila y de tercera fila, pero también personas de todo tipo, personas de a pie; lo hizo gente de derechas y gente de izquierdas, unos y otros deseosos de demostrar que eran demócratas desde siempre y que durante el franquismo habían sido opositores secretos, malditos oficiales, resistentes silenciosos, o antifranquistas durmientes o activos. No todo el mundo mintió con la misma pericia o descaro o insistencia, por supuesto, y pocos llegaron a inventarse del todo una nueva identidad: la mayoría se limitó a maquillar o adornar su pasado (o a desvelar por fin una intimidad celosamente velada u oportunamente oculta hasta entonces). Pero, hiciera lo que hiciera, todo el mundo lo hizo con tranquilidad, sin desazón moral o sin demasiada desazón moral, sabiendo que a su alrededor todo el mundo estaba haciendo más o menos lo mismo y que por lo tanto todo el mundo lo aceptaba o lo toleraba y nadie estaba muy interesado en hacer averiguaciones sobre el pasado de nadie porque todo el mundo tenía cosas que ocultar: al fin y al cabo, a mediados de los años setenta el país entero cargaba a cuestas con cuarenta años de dictadura a la que casi nadie había dicho No y casi todos habían dicho Sí, con la que casi todos habían colaborado por fuerza o por gusto y en la que casi todos habían prosperado, una realidad que intentó esconderse o maquillarse o adornarse como Marco había adornado o maquillado o escondido la suya, inventando un ficticio pasado individual y colectivo, un noble y heroico pasado en el que muy pocos españoes habían sido franquistas y en el que habían sido resistentes o disidentes antifranquistas muchos que no habían movido un dedo contra el franquismo o habían trabajado codo a codo con él.

Ésa es la realidad: al menos durante los años del cambio de la dictadura a la democracia, España fue un país tan narcisista como Marco; también es cierto, por tanto, que la democracia se construyó en España sobre una mentira, sobre una gran mentira colectiva o sobre una larga serie de pequeñas mentiras individuales. ¿Pudo construirse de otro modo? ¿Pudo la democracia construirse sobre la verdad? ¿Podía el país entero reconocerse honestamente como lo que era, en todo el horror y la vergüenza y la cobardía y la mediocridad de su pasado, y a peesar de ello seguir adelante? ¿Podía reconocerse o conocerse a sí mismo, igual que Narciso, y a pesar de ello no morir por exceso de realidad como Narciso? ¿O fue esa gran mentira colectiva una de las nobles mentiras de Platón o una de las mentiras oficiosas de Montaigne o una de las mentiras vitales de Nietzsche? No lo sé. Lo que sí sé es que, al menos durante aquellos años, las mentiras de Marco sobre su pasado no fueron la excepción sino la norma, y que en el fondo él se limitó a exagerar hasta el extremo una práctica por entonces común: cuando estalló su caso, Marco no pudo defenderse diciendo que lo que había hecho no era más que lo que todo el mundo hacía en los años en que él se reinventó, pero sin la menor duda lo pensaba. Y lo que también sé es que, aunque nadie se atrevió a llevar su impostura hasta donde Marco la llevó, quizá porque nadie tenía la energía, el talento y la ambición suficientes para hacerlo, también en este asunto nuestro hombre—en parte, como mínimo en parte—estuvo con la mayoría.







—oOo—

domingo, 15 de marzo de 2015

Anatomía de un instante: una causualidad


Me entretiene mucho Sánchez Dragó, persona que a muchos entretiene e irrita a muchos. Yo lo considero una fuerza de la naturaleza, por sus muchas capacidades que me desbordan, empezando por la sociabilidad, la simpatía y la labia. Y siguiendo por todo lo que lee y cómo se le queda y se le combina en la cabeza. Sólo lo he visto una vez en directo, en una interesante conferencia que dio, sentado, con el título de "Y el mono se irguió y habló." A veces me irrita también su levedad del ser o frivolidad deliberada, y hasta le reconvine algunas opiniones pro-falangistas en su libro Muertes paralelas. Me encanta la enciclopedia mitopoética de Gárgoris y Habidis, y su mezcla feliz entre documentación y fabulación. Y la manera en que a fuerza de hablar desinhibidamente del escritor y sus circunstancias, complica Sánchez Dragó la relación entre ficción y realidad y crea metaficción ambulante y locuaz. 


Otra de las cosas que sí me irritan de Sánchez Dragó es su misticismo pop, qué le voy a hacer, materialista que es uno.

Y sin embargo me divirtió lo que me sucedió ayer mientras le oía (le leía, vamos), digresionar sobre las sincronicidades de Jung, esas coincidencias prodigiosas a las que Sánchez Dragó llama causualidades—porque volvemos sobre ellas y les damos sentido a toro pasado, una vez han sucedido,  buscando retroactivamente causas donde la simple casualidad nos ofende demasiado por su improbabilidad. Es un tema, el de las sincronicidades y causualidades, que me tiene que interesar necesariamente, dado mi interés por lo retro.

Me compré el otro día, en la misma tancada, dos no-novelas, o novelas de no-ficción, la última de Sánchez Dragó, La Canción de Roldán, y El impostor de Javier Cercas. Esta última se la pasé a Beatriz, y yo la emprendí con la de Sánchez Dragó.

Empieza éste con una discusión de las casualidades, ya que conoció por casualidad a Luis Roldán, en el Teatro de los Gatos de Moscú, pocos días antes de que su editor le propusiese, o encargase, escribir un libro contando la historia de Roldán (ahora que los corruptos son fashion). Bueno, todo tiene explicación parcial, hasta las causualidades. Pero Sánchez Dragó adereza esta sincronicidad con otras varias; por ejemplo, que le habían nombrado a Roldán en Laos, lugar donde supuestamente se había escondido Roldán, antes de ser entregado a las autoridades españolas por el Capitán Khan, a no confundir con el Capitán Tan. Esto fué en Don Khon, donde Sánchez Dragó estaba leyendo El Cero y el Infinito, de Arthur Koestler, que le iba a inspirar la idea animadora del libro sobre Roldán, y (a la vez, oh causualidad), también estaba leyendo El misterio de las coincidencias, escrito por un tal Eduardo Zancolli, traumatólogo o taumaturgo de Buenos Aires.

Zancolli se remite, por supuesto, a las sincronicidades de Jung, y así recoge su enseñanza Sánchez Dragó:


Más que aviso, fue aquello insondable manifestación de eso que Jung llamaba "sincronicidad":* la del famoso escarabajo cuasi aúreo —una cetonia aurata de la familia de los coleópteros crisomélidos—que se estampó contra el ventanal de su estudio mientras una de sus pacientes le hablaba de un sueño muy significativo en el que ese insecto desempeñaba un papel relevante.

* Simultaneidad de dos o más sucesos vinculados entre sí de forma acausal. Así suele definirse el fenómeno al que aludo.  (La Canción de Roldán, 21)

De sobra está añadir que, como es lógico, no até cabos en el momento de escoger ese libro entre los que la maleta contenía, pero era—hoy lo sé—el segundo aviso de lo que se avecinaba. La novela de Koestler, a juzgar por lo que sucedería más tarde, desempeñó en lo que aquí desvelo un papel semejante al del escarabajo de Jung. (22)

Koestler, Roldán, Laos, Jung y Zancolli. Causualidades, o no. Pero aún había otro libro en la maleta:

Su autor—Javier Cercas—le había puesto un título borgesiano: Anatomía de un instante. (23)

Cercas. Coño. Mira que hay autores en el mundo. A Beatriz la tengo al lado leyendo El Impostor, de Javier Cercas. Le menciono la coincidencia. También Cercas inspiró a Dragó:
   
Lo abrí, y a poco de empezarlo, en su décimo sexta página, me topé con un párrafo que reitero, pues figura al frente de este volumen: "No hay novelista que no haya experimentado alguna vez la sensación presuntuosa de que la realidad le está reclamando una novela, de que no es él quien busca una novela, sino una novela quien lo está buscando a él. Yo la experimenté el 23 de febrero del año 2006."

Otra sincronía, otra causualidad. ¿Me buscaba una novela sin que yo ni su protagonista lo supiésemos?

Era el cuarto aviso.

El quinto (y último) estaba a punto de llegar. (La Canción de Roldán, 23)


Por ahondar en el tema de las sincronicidades, le pregunto a Beatriz de qué iba el libro de Cercas, y de qué hablaba en este momento. Iba El Impostor sobre el impostor Enric Marco, un estafador que se hizo pasar por superviviente del campo nazi de Mauthausen. En la página 16, escribe Cercas:

Cuando conocí a Marco acababa de publicar mi décimo libro Anatomía de un instante (16)

Y la frase Anatomía de un instante es la que estaba leyendo Beatriz en el instante en que le llamé la atención sobre esta sincronicidad.




—oOo—



Mi fotoblog

Mi fotoblog
se puede ver haciendo clic en la foto ésta de Termineitor. Y hay más enlaces a cosas mías al pie de esta página.