El diablo se viste de Prada Publicado en Cine. com. José Ángel García Landa
(
The Devil Wears Prada, David Frankel, 2006). Es arquetípica al menos desde
Great Expectations la
narración del jovenzuelo aspirante a una brillante carrera social que
abandona sus raíces y viejas amistades para volverse un modelno
insoportable en la vida falsa del glamur y el bisnes... hasta la gran
crisis y el retorno humilde y enseñado. Es, con otra variante, la
historia que se cuenta en canciones como
Blue Kentucky Girl o
Streets of Baltimore. Una
variante americana moderna lleva esta historia hacia la ética laboral y
empresarial donde se cruza con el proyecto vital del protagonista:
Wall Street, Crossing Delancy, Tienes un e-mail, etc. Hace poco también comentaba aquí una bonita versión reciente en
In Good Company. Pues de lo mismo va
El diablo se viste de Prada:
jovenzuela aspirante a periodista, que ha de encontrar la autenticidad
(ay, la búsqueda de la autenticidad en el sistema de clases... pues no
tiene tradición ni nada eso, en la novela inglesa). Esto es en Nueva
York, ya se sabe,
bright lights, big city, y
de cómo nos deslumbra. Al final acaba trabajando en periódico
tradicional e intelectual de la urbe, pero eso es tras pasar por una
fase de secretaria en una revista de modas tipo
Vogue
(que ya se sabe que hacen perder la cabeza hasta a las
vicepresidentas). La chica se las promete muy felices, pero para hacer
carrera ha de vender el alma al diablo... cosa muy frecuente, claro,
entre quienes quieren hacer cualquier tipo de carrera, especialmente
meteórica, despegando por la runway hasta la jet-set de tu profesión.
El diablo que se viste de Prada es la directora de la revista—Meryl
Streep, que está, como siempre, genial, en un personaje de los que le
van, una jefa venenosa, con tensión interna acumulada, tiránica,
perfeccionista y workahólica, que vive para su trabajo y para ser la top
of the top, y tener a todos bailando a su son. Le gusta además ver cómo
los demás se venden por las zanahorias profesionales que les ofrece; es
en realidad, seguramente, uno de sus mayores placeres ver cómo para
hacer carrera venden su integridad y traicionan a sus principios y
colegas. El poder: la felicidad de ver a los demás hacer no lo que
quieren (incluso lo contrario de lo que quieren), y verlos haciendo lo
que tú quieres hacer con ellos. Lo dicho, el diablo sobre la tierra, y
desde luego que puede vestirse de Prada, de hecho tiende especialmente a
vestirse de Prada y a vivir en un mundo de pura imagen: que eso es el
poder, el poder proyectar tus imágenes por todo el mundo hasta que
desplazan a la realidad y la rehacen a su medida: un microclima donde el
Jefe es el rey del mambo, el centro del universo.
Pero la
chica periodista recapacita, ve la senda errónea que tomaba, y deja de
contestar a las llamadas de su jefa. No como el brazo derecho de la
Streep, que va a seguir siendo el factótum hasta el fin de sus días...
Así que final feliz; se incluye en él el rechazo al indeseable galán
tentador y sus cafeterías de diseño, y el regreso con el novio de toda
la vida al que habia cambiado por el empleo megafashion (aunque este
final queda un poco abierto, para que imagine el personal, caso
frecuente últimamente, como en
The Break-up o
Eternal Sunshine of the Spotless Mind).
También podrá volver la chica a llevar la talla 38, que es la que le
pedía su cuerpo, en vez de la 36 que exigía la empresa; y Prada que
compre el que quiera, o el que pueda, o el que quiera matarse por ello.
Una historia de género, vamos, que se repite porque debemos tenerla mal
aprendida, y se seguirá repitiendo cada vez más, supongo. Venderle el
alma al trabajo es venderle el alma al diablo, y todos lo hacemos en una
medida u otra. Como dice la Streep, si no llevamos Prada, llevamos la
Prada de hace diez años atrás, rebajada y pasada por el mercadillo. Pero
en fin, siempre aprieta menos que la talla 36 de pasarela.
—oOo—